Dos conversaciones con Julio Ramón Ribeyro Dos conversaciones con Julio Ramón Ribeyro
(Entrevista)
UNO
-¿Por qué se muestra reacio frente a los periodistas, señor Ribeyro?
-En realidad por dos motivos: el primero es que la mayoría de periodistas que vienen a entrevistarme no saben nada de literatura. El segundo, porque creo que ya lo dije todo, porque siempre vienen con las mismas preguntas. Estoy cansado de responder a lo mismo: ¿y cómo escribe usted?, ¿por qué escribe usted?.
-Pero son muchos los jóvenes que no tienen la oportunidad de leer las entrevistas que le hicieron hace muchos años.
-Es cierto. Lo mejor sería que se publicaran en un libro; porque tengo tantas entrevistas, algunas en revistas o publicaciones que ya desaparecieron. Una vez una sobrina me enseñó pilas de recortes.
-Este libro que dice ¿por qué no lo publica con un solo periodista que le pregunte de todo?
-Pero para qué, si hay entrevistas, si lo dicho está ahí.
-Pero, a veces, usted cambia de ideas.
-Ah, bueno, eso es un riesgo.
-Por ejemplo, usted, un tiempo quería escribir una novela innovadora. Confesaba que pretendía: "Escribir una novela de vanguardia, con carácter experimental, destinada a fraguarme un nuevo lenguaje y una nueva forma de expresión". Tenía esa intención.
-Ah, claro, esa es una entrevista que me hicieron en 1960 para La Gaceta de Lima. Vea usted la cantidad de años que han pasado, 1960, estamos en 1991, treinta y un años.
-Deben ser miles las entrevistas que ha concedido.
-No, miles ni hablar. Serían cien, digamos, o quizás un poco más.
-Entonces miles las rechazadas.
-Sí. (Risas).
-Además de ello, usted evade la publicidad.
-Porque no me gusta promocionar un libro por todo el mundo luego de publicarlo. En ese sentido no me siento tan presionado por mis editores como lo están Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa.
-¿Se considera usted un solitario, un lobo estepario, entonces?
-No, si no no tendría esposa ni hijo. Aunque, claro, no tengo tantos amigos como Alfredo Bryce, por ejemplo. No se imagina la cantidad de amigos que tiene por todas partes, amigos que lo adoran.
-¿No le resulta paradójico que usted, el menos publicitado, tenga la mayor preferencia del público lector?
-Pues no sé. Tal vez se debe a que las personas que me leen encuentran muy suya esa atmósfera de frustración, de desadaptación, de marginalidad que caracteriza a mis relatos. Acaso porque los lectores sufren los mismos chascos y humillaciones, acaso porque en mis cuentos no hay vencedores.
-Sin embargo, en sus narraciones últimas usted ha cambiado de temas. ¿No cree que esto haya causado el decaimiento de estos últimos cuentos?
-No creo, la temática ha cambiado, claro, porque los otros temas los había tratado. Los argumentos que trabajo actualmente ya no son esos asuntos candentes, de enorme gravedad, sino más reflexivos. De otra parte, no creo que estos últimos cuentos estén mal escritos, por el contrario.
-Con respecto a su técnica ¿no cree que le faltó Faulkner para tener mayores perspectivas?
-La verdad, no he leído a William Faulkner, o más bien lo poco que he leído de él me resultó sumamente pesado. Y no me avergüenzo de decir esto. Lo peor, en este caso, sería mentir y decir que lo he leído.
-Faulkner, en su momento, fue un autor que debían leer los jóvenes escritores. ¿Cuál o cuáles cree que deben leerse ahora?
-No sé. No leo los libros de moda.
-Hace algún momento se refirió a la frustración. ¿No se considera usted una persona frustrada?
-No, porque he realizado lo que he querido. Yo he querido viajar a Europa, publicar libros, casarme con la mujer que quiero, tener un hijo, tener una casa en Barranco y otra en Europa, y lo he conseguido. No, no me siento frustrado. Aunque no puse en estas cosas el empeño que otros ponen.
-¿Cuál es su mayor orgullo, entonces?
-(Breve silencio). Ser reconocido por algunas personas cuando camino, por una parejita de enamorados y que diga: "Mira, ese es Ribeyro". Por el mozo del hotel Bolívar, por un chofer de taxis. (Nueva pausa). Siento cierta satisfacción.
-Aunque, lo leía por ahí, usted desearía pasar desapercibido. ¿No hay algo contradictorio en lo que dice?
-Bueno, me gusta pasar desapercibido, pero me halaga ser reconocido. ¿Cómo se puede entender esto? Yo preferiría, en todo caso, pasar desapercibido.
-¿A usted, cuando era joven, no le agradaba o trataba de conocer a los escritores que tenía a su alcance como Ciro Alegría, José María Arguedas.?
-No, nunca.
-Sin embargo, más tarde, conoció a Borges.
-¿Cómo sabe?
-Lo leí en una revista de los años sesenta. Había allí una entrevista a Borges, que había ido a Alemania, adonde fue usted también.
-Sí, fue en el año 1964. Fui invitado, como muchos otros escritores, al Congreso por la Libertad de la Cultura. Ahí también se encontraban Miguel Ángel Asturias, Guimarães Rosa, Eduardo Mallea, Günter Grass, Ciro Alegría y Roa Bastos. (Toca su rostro con la palma derecha). Recuerdo que había dos bandos: uno con Borges y el otro con Asturias. Mientras Asturias se ponía a hablar de literatura comprometida, Borges, en cambio, hablaba de la estética y no le hacía caso. Asturias era un demagogo. Todo esto es muy gracioso, ¿no?
-¿Y usted a qué bando iba?
-Un rato estaba en una mesa y otro rato en la otra. Recuerdo también que por esa fecha llegó un cable que decía que la novela de Vargas Llosa La ciudad y los perros había sido quemada en el patio del Colegio Militar. Enterados, Roa Bastos y yo redactamos una protesta por ello y firmamos todos los escritores presentes. Es el único documento en donde aparecen juntas las firmas de Borges y Asturias. Pero este documento no se hizo público porque Mario dijo que no había necesidad.
-Usted también ha firmado otros documentos, incluso políticos. Leí uno en que usted aparece firmando con Sartre, Simone de Beauvoir, Vargas Llosa y otros contra el apresamiento de Hugo Blanco.
-Puede ser, he firmado tantas cosas que ni sé lo que he firmado. A veces cuando todo estaba ya redactado y venían a mí a que yo firmara, yo no podía hacer nada porque mi nombre estaba en la lista, entonces aceptaba no más por amistad. (Sonríe).
-En todo caso a usted siempre se le vincula con la izquierda.
-No soy izquierdista, aunque he tenido actitudes y acciones izquierdistas. Por ejemplo, apoyé a la guerrilla del 64, de Javier Heraud, o a la guerrilla del 65, de Guillermo Lobatón, Paul Escobar y otros. Me acuerdo que en París, Guillermo Lobatón dijo que había llegado el momento de la decisión: que quiénes iban a la lucha. Todos levantaron la mano, menos yo. (Sonríe nuevamente). Pero qué iba a hacer; yo no tengo espíritu de soldado. No obstante, Guillermo Lobatón, que además fue mi compañero en la Universidad, me dijo: "No te critico, podrás servir aquí". Eran más o menos treinta los que levantaron la mano, pero era por pura figuración, ya que al final sólo fueron cinco, los cinco que murieron. Los otros levantaron la mano sólo para hacerse los machos.
-¿Y qué hizo en Mayo del 68?
-Bueno, en ese entonces estaba trabajando en la France-Presse, y tenía que ir al trabajo en medio de una huelga general. No había metro ni autobuses ni taxis, por lo que tuve que ir a pie hasta la oficina, pese a la huelga. En el camino todo era un caos, agitaciones y marchas estudiantiles por todas partes, la policía que me detenía a cada rato para que le mostrara mis documentos. Fue terrible.
-Cierto sector, también, lo vinculó al aprismo cuando recibió la Orden del Sol.
-Y eso qué, ¿soy aprista?
-No, le digo que las críticas fueron duras.
-Ah, sí, alguien dijo por ahí que arrojara la medalla.
-Dígame, señor Ribeyro, ¿por qué usted, que tenía tantos amigos en la Universidad de San Marcos, no estudió allí?
-Porque en la Católica el ambiente era más tranquilo, sin huelgas, con poca política. Si yo frecuentaba La Casona era para hacer amigos y conversar luego con ellos en los bares. De ese grupo éramos Washington Delgado, Eleodoro Vargas Vicuña, Alberto Escobar, Carlos Eduardo Zavaleta, Alejandro Romualdo, Pablo Guevara, Francisco Bendezú, Pablo Macera y Carlos Germán Belli, a quien no le gustaba mucho el trago. En cambio la Universidad Católica era muy seria para mí.
-¿Estudió en la Católica pese a que tiene un antepasado suyo como rector de la Universidad de San Marcos?
-Tengo dos, mi bisabuelo y mi tatarabuelo. Sí, pese a eso, pero creo que lo poco que he aprendido ha sido en Europa.
-¿Desencantado con la patria? ¿Por qué continúa viviendo en París?
-Porque allá viven mi esposa, mi hijo, que es de nacionalidad francesa; porque allá vengo viviendo desde hace treinta años.
-¿Ya encontró la playa en el Perú para vivir algún tiempo en ella?
-No, todavía la sigo buscando. (Sonríe).
-De otro lado, usted plasmó la gente de una generación. Hoy es otra cosa, tal vez la gente de esta generación requiera su voz.
-Esta Lima me demandaría mucho tiempo, sabe, tendría que vivir aquí nuevamente. A esta Lima la conozco de manera superficial, de modo que esto no sería posible, además tengo ahora otros temas.
-Como miembro del jurado del concurso de cuento Juan Rulfo ¿cuál es el balance de la actual narrativa hispanoamericana?
-Bueno, le diré que hay muy buenos cuentos, excelentes cuentos, excelentes cuentos a la altura de cualquier escritor consagrado. Pero hay un hecho curioso, el 50 por ciento -de los dos mil o tres mil trabajos que se presentan-son de escritores argentinos, a quienes les siguen los mexicanos y los colombianos. Aunque, en una oportunidad, ganó el peruano Rodolfo Hinostroza, quien precisamente no es narrador sino, más bien, poeta.
-¿Cómo es el caso con el concurso "El cuento de las mil palabras"?
-Bueno, el año anterior estuve como miembro del jurado y le puedo decir que el concurso no tuvo tanto nivel como los anteriores. Lo mismo aceptaron los demás miembros del jurado.
-Finalmente, señor Ribeyro, ¿cuándo aparece el tan esperado cuarto volumen de La palabra del mudo?
-No lo sé. También Carlos Milla, mi editor, me lo está exigiendo. Lo que pasa es que yo quiero que se imprima con la misma calidad de papel, formato y carátula con que se imprimieron los otros tomos. Lo que actualmente es difícil. Así es que estamos en tratos. Espero que salga pronto, porque ya tengo el material casi listo.
1991
DOS
-Sobre Dichos de Luder no hay declaraciones suyas. Además que es una obra muy poco difundida, ¿verdad?
-Bueno, puedo decirle por qué. Es que la mitad de la edición fue enviada a París como pago por los derechos de autor. Está allá todavía, la tengo guardada en un ropero. (Sonríe).
-500 ejemplares, ¿no?
-Sí, más o menos. No sé si fueron 500 o mil los ejemplares que se editaron. Sólo sé que me enviaron la mitad de los libros publicados.
-¿Cree usted que este libro es una evolución de Prosas apátridas o una disgregación de este libro?
-No, no tiene nada que ver con Prosas apátridas.
-Pero ambos tienen el tono pesimista, filosófico.
-Sí, puede ser. Pero, obviamente, que en Prosas apátridas los textos son un poco más desarrollados, un poco más largos y, además, son mis propias reflexiones, directamente mías. Los textos de Dichos de Luder, en cambio, son réplicas, respuestas, afirmaciones, "dichos" por eso. Lo que pasa es que no he encontrado la fórmula que corresponde a lo que en francés se llama "propos" a esto o "les propos". Hay una cantidad de libros de este tipo en Europa. Por ejemplo: Les propos de Valery, Les propos de Sartre, que son cosas muy breves que sus autores han dicho.
-¿Aforismos?
-No sólo aforismos. Pueden ser también chistes, observaciones originales, ocurrencias o paradojas. En el caso de Dichos de Luder hay cosas que yo he dicho y cosas que yo he escuchado a otros escritores, como Julio Cortázar o Pablo Neruda.
-Por otro lado, con el relato "Silvio en El Rosedal" ¿no cree usted que inicia otra etapa narrativa? Es decir, una etapa más reflexiva, más personal tal vez en donde deja usted los temas candentes de la primera época.
-Bueno, en el fondo los temas son de menos actualidad, es cierto, y más personales, más íntimos; no son como de los primeros cuentos. Digamos que en los primeros relatos, en su mayoría, si exceptuamos todos los primeros escritos en primera persona, son cuentos de temas en que hablo de otros personajes, de mí mismo no hablo.
-Esta misma tonalidad.
-Usted dirá que "Silvio en El Rosedal" está escrito en tercera persona pero Silvio es, más o menos, una representación, un delegado mío, yo soy una especie de Silvio en el fondo.
-¿Esto mismo va a continuar en La palabra del mudo, tomo cuatro?
-No, el tomo cuatro va a tener, va a constar de varias partes. (Breve silencio). Hay una serie de relatos como "Ausente por tiempo indefinido" en los cuales el personaje es un escritor. Y también hay una serie de relatos sobre el barrio miraflorino de Santa Cruz, un barrio en el que he vivido en mi infancia y juventud. Estos últimos cuentos son de varias vertientes, de varios estilos y hasta de varias épocas. Ya resulta un poco abusivo el título general de mis cuentos, La palabra del mudo, porque ya son otras cosas. Pero como para mantener este título en buena cuenta está bien. Porque originalmente -como lo digo en el prólogo del primer tomo-La palabra del mudo es la palabra de la gente que no tiene la posibilidad de expresarse. Mientras que ahora es mi voz, es la mía, se ha convertido en eso. La palabra del mudo, cuarto tomo, soy yo. El mudo que estaba callado y que, de pronto, habla y aparece con nuevos campos.
-Actualmente, ¿se está dedicando a escribir o a corregir?
-Paralelamente estoy escribiendo y corrigiendo. En especial sobre los años cuarenta en el barrio de Santa Cruz, sobre el Miraflores de esa década.
-Con respecto a tener temas más íntimos los críticos dicen que esto corresponde a la crisis del escritor, que ya no tiene otras perspectivas, que ya no tiene otras posibilidades de hablar.
-Es posible, yo no lo pongo en duda. Pero yo he creído siempre que el escritor verdaderamente genial es el que escribe no importa qué, olvidándose de sus propias experiencias, de su propia vida. Qué le puedo decir: sobre las cruzadas, sobre Platón, de algo que pasó en Afganistán o en Japón. Ese es el escritor verdaderamente épico, que inventa, que saca todo de la nada. Mientras que el tipo que está sacando cosas del interior, de su propia vida, de su propia experiencia, es un escritor lírico, menor, ¿no?, de menor peso, de menor envergadura, pero al.
-¿Pero...?
-Pero al mismo tiempo -como todo tiene su contraparte, como todo argumento tiene su contrargumento-hay grandes escritores que han tratado íntegramente sobre su propia vida, que es el caso de Proust. Efectivamente, Proust no ha hecho sino escribir sobre él mismo, desde la primera hasta la última línea.
-¿A qué libros se refería cuando decía haberse arrepentido de haberlos leído en su juventud? ¿A los bodoques de La comedia humana?
-No, a los de La comedia humana no, nunca. Me he arrepentido de haber leído a.
-¿A Thomas Mann?
-No, a Thomas Mann no. Creo que hablaba de Goethe, de las Novelas de aprendizaje, que son realmente aburridísimas.
-Refiriéndonos a su escepticismo: ¿Cuándo se inició esto en usted? ¿Cuándo tomó conciencia de ello?
-La verdad, yo creo que a fuerza de preguntársemelo y decírsemelo yo he terminado por creerlo. (Risas). Bueno, escéptica es la persona que duda y que considera que es muy difícil llegar al conocimiento de la verdad. Si lo consideramos así, tal vez, yo sea un escéptico. Aunque hay personas mucho más rigurosas que, digamos, no creen en nada, en ese sentido no soy así, porque yo creo en algunas cosas.
-Pero duda siempre.
-Sí, sí. La duda siempre.
-¿Como don?
-No, como método. Un poco a la manera de Descartes.
-Muy racionalista, ¿no es cierto?
-Sí.
-¿Y quién es Ribeyro para usted?
-¿Ribeyro? Vaya qué difícil, qué pregunta. Esta es una buena pregunta, para esto tendría yo que acabar un libro, precisamente mi autobiografía que la vengo escribiendo desde hace algún tiempo. Tal vez sepa la respuesta al final, cuando termine el libro.
-¿No le parece que su silencio lo hace famoso?
-No, pero ha contribuido a ello.
-¿No crea usted un aura mítica?
-Es posible. Por eso es que no me conviene, si quiero mantener esa aura mítica, conceder entrevistas demasiado largas.
En esos momentos llega la fotógrafa, seguida de dos compañeras del diario. Julio Ramón dice: "Adelante, pasen" y luego me pregunta: "¿Quiénes son?". Le explico que una de ellas es fotógrafa y las otras dos, admiradoras suyas. Julio Ramón se inquieta, sonríe y dice: "Lamentablemente yo tengo que hacer dentro de un ratito". Lily Saldaña, la fotógrafa, me pide que abra las cortinas para algunas tomas de contraluz y, mientras voy tirando del cordón, le digo a Julio Ramón: "¿En qué estábamos?". Mientras Lily sigue disparando, Julio Ramón dice: "Ah, estaba diciéndole que estoy, que me están privando de mi marginalidad y que están maltratando mi aura de hombre solitario, de hombre que no concede entrevistas. Puede ser, ah. Es la última vez.".
-¿Es la única entrevista que ha concedido en estas semanas?
-La única en todo el año -siento que la entrevista está a punto de quebrarse.
-¿No se siente un poco privado -le pregunta mi amigo Luis Bullón, que hasta el momento no había intervenido-de cosas que quiere hacer, como portarse como un mortal corriente?
-Yo me comporto como un mortal corriente cuando estoy de incógnito -responde Julio Ramón sonriendo.
-¿En París -vuelve a intervenir Luis Bullón-se siente más cómodo?
-Ah, en París, claro, nadie me conoce -replica Julio Ramón.
-Pese a que Alfredo Bryce -le digo-se fue de París a Barcelona porque lo molestaban mucho.
-Sí -dice Julio Ramón-, pero igualmente lo van a molestar allá en Barcelona. Incluso ya dejó Barcelona, ahora está en Madrid.
-La emigración a París -le digo-¿no le parece que es un signo del fracaso cultural de América Latina?
-No, no creo -dice Julio Ramón, mientras gasta unas bromas con la fotógrafa-. Hay muchos escritores y quizá los mejores escritores peruanos nunca han salido de Lima o del país, en todo caso, han viajado poco a Europa. Puedo citar el caso de Martín Adán, quien es, después de Vallejo, el más grande poeta peruano, creo que viajó sólo una vez a Arequipa y Cusco, además ya de viejo. Pero casi no se movió de Barranco o del Larco Herrera. El caso de José María Arguedas es otro. Arguedas es un escritor que ha hecho su obra en el Perú, a pesar de haber vivido en España algunos meses gracias a una beca y a pesar de haber realizado conferencias en Francia, Alemania y otros países. Aunque tuvo influencias bien marcadas del ambiente cultural de otros países, Arguedas ha hecho toda su obra en el Perú.
-De otro lado, ¿le molestaría a usted que lo consideraran filósofo?
-No -dice Julio Ramón.
-¿Se cree filósofo?
-Yo creo que sí. Si me define usted al filósofo como a un hombre que busca la razón de las cosas y, lógicamente, como amante de la Sabiduría, yo creo que sí, sí me gustaría.
-¿Un Platón peruano?
-Un Platón sería un orgullo, una gloria para mí.
-En narrativa peruana, haciendo comparaciones, tal vez usted es un Hemingway y Vargas Llosa un Faulkner.
-¿Un Hemingway?
-Por lo claro y sencillo.
-¿Es un juicio de valores?
-No. Lo que quiero decir es que usted es el polo opuesto, digámoslo así, de Vargas Llosa en la técnica narrativa, como lo fue Hemingway de Faulkner.
-No crea usted. En Hemingway hay una técnica, una gran técnica que no se nota mucho, que no se percibe demasiado. Pero yo no conozco mucho a Hemingway, no lo conozco muy bien. He leído cuentos de él, algunas de sus novelas, no todas, pero quien lo conoce bien es Alfredo Bryce, que es un fanático de Hemingway. Alfredo dice que hay una técnica en la obra de Hemingway de la cual ha aprendido muchísimo. (Breve silencio). Hemingway es un poco un narrador que describe comportamientos, ya que sus personajes están siempre en acción. Hemingway no se pone a explicar lo que piensa un personaje, nunca, sino los hace actuar. Hemingway tiene cuentos geniales, como es el caso de "Los asesinos". Por ejemplo ahí hay gente que está hablando, haciendo cosas y no pensando. El lector se entera de los personajes por medio de sus actos y no por descripciones. Yo no sé si en Alfredo Bryce se nota esto. Tendría que releer los libros de Alfredo Bryce para ver si hay una presencia de Hemingway, si relata estados del alma o simplemente acciones.
-¿El cambiar de temas no cree que le cause menor aceptación dentro de los lectores porque ya no trata generalmente de sus problemas?
-No, no, no. A mí muchas veces me han dicho, amigos y críticos, que por qué no sigo escribiendo cuentos como la primera época, que es lo que le gusta al lector. A mí no me importa, qué voy a hacer yo, yo no voy a escribir para darle gusto al lector.
-¿Y los críticos le interesan?
-Me interesan poco. ¿Cómo le puedo decir? Leo libros de crítica, pero sobre los autores que me interesan. He leído una cantidad considerable de libros sobre las obras de Flaubert, Stendhal o Kafka, esos libros sí me interesan un poco, pero que escriban sobre mí, no.
-¿Qué diferencia encuentra entre los críticos peruanos y los franceses o europeos?
-Yo creo que los críticos peruanos siguen con cierto retraso las tendencias de la crítica europea o extranjera. Lo que está de moda, quiero decir. No citaré nombres, pero hay quienes siguen todavía con el método de Roland Barthes, Georg Luckács, Lucien Goldmann.
-¿De Sartre?
-De Sartre también.
-¿Sartre influenció mucho en usted?
-No.
-¿No? ¿Ni en lo social?
-No.
-¿Ni en lo comprometido?
-No.
-¿Anatole France? -intervino mi amigo Luis Bullón.
-Anatole France probablemente más que Sartre. Anatole France es un escritor que nadie lee ahora, está sumamente olvidado. Pero curiosamente, hay una especie de renacimiento de Anatole France ahora en Francia. Quiero decir que están reeditándose sus libros en colecciones de bolsillo, porque en una época ya no se editaban más. Había que buscarlos en las librerías viejas. Ahora, como repito, ya están saliendo hasta en libros de bolsillo. La gente lo lee con interés porque es un gran escritor, un gran prosista, un hombre como Sartre -si quiere usted-del siglo XIX: muy comprometido con lo social, en su caso con el caso Dreyfus.
-Como lo fue Proust.
-Pero Proust estuvo defendiendo a Dreyfus porque era judío como él, es decir, por razón de consanguinidad.
Lily Saldaña sigue disparando y Julio Ramón se pone de pie para algunas tomas.
-Una de las causas del éxito -dice mi amigo Luis Bullón-que tienen sus cuentos se debe a que usted es muy asequible a todo tipo de público, no sólo a uno elitista sino a un público no muy iniciado en literatura. Cualquier lector entiende muy bien y se divierte muy bien con sus cuentos.
-Ah, ya, eso sí. Asequibles son mis cuentos, no yo. No, la verdad, yo también lo soy.
-Tiene un sentido del humor -vuelve a intervenir Bullón-, de la ironía, del absurdo muy especial. Creo que es un don, no se puede aprender eso. Parece que usted tiene eso.
-Sí, en todo caso -dice Julio Ramón-hay un aspecto de mis cuentos, de mis libros, que es muy poco percibido por los críticos y justamente es el humor. Toda la gente me considera un escritor muy sombrío, muy escéptico, muy trágico, es decir, pesimista, cuando hay, yo creo, cosas muy divertidas. Yo me divierto mucho cuando escribo.
Todos sabíamos que eran los últimos instantes, de manera que le pedimos una última molestia: que, por favor, nos dedicara, a Luis Bullón y a mí, Prosas apátridas; cada uno de los dos había traído un ejemplar. Julio Ramón cogió un bolígrafo y:
-Debe parecerle -comentó Luis Bullón-muy superfluo este tipo de ceremonias. ¿De repente usted lo hizo de joven?
-Ah, sí, sí. Yo tengo dedicatorias importantísimas.
-¿Cómo cuáles?
-Tengo libros dedicados por John Steinbeck, Samuel Beckett, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar.
-¿Y de los peruanos? -dije.
-De los peruanos, todos.
-¿Fue una broma eso de que el libro autografiado por Ciro Alegría lo cambió por cigarrillos? -dijo Luis Bullón.
-Ah, sí, eso lo cuento en "Sólo para fumadores". Fue una exageración mía. (Sonríe).
-Estaba muy gracioso -dijo Bullón-. Le tuvo que aumentar el teatro de Antón Chéjov. (Julio Ramón está dedicándonos sus libros). ¿Últimamente tiene interés personal por algún escritor? -agregó Bullón-. Milan Kundera, de repente, ¿ha leído algo de él?
-Sí.
-¿Qué le parece? -dijo Bullón.
-Es bueno, eh. Aunque un poquito manierista.
-Sobre la muerte de Graham Greene, ¿qué puede usted decir? -le pregunté.
-Nada. (Pausa). La otra vez me preguntó por teléfono, hasta París, un grupo de periodistas: "Oiga, ¿qué opina usted sobre el Premio Nobel concedido a Octavio Paz?". (Gestos con las manos). No pienso nada, dije. (Risas). ¿Para qué? ¿Que quieren que diga? "¿Ah, qué suerte, es un alto honor para América Latina?". Tonterías.
-¿Guarda aunque sea -dijo Bullón-una pequeña esperanza de que a usted lo reconozcan con ese premio?
-No, está muy difícil.
-¿Alguna vez -volvió a preguntar Bullón-lo pensó como posibilidad, aunque sea muy remota?
-No, con recibir el Premio Nacional de Literatura es suficiente.
-¿Y el Asturias? ¿Y el Cervantes? -le dije.
-No, no creo. (Breve silencio). Bueno, muchachos, creo que eso es todo.
Julio Ramón Ribeyro había hecho hablar al mudo. Era el momento de despedirnos. Le agradecimos sus atenciones. Sentí una fuerte emoción, inolvidable, cuando estreché su mano y cuando lo vimos cerrando amable, cortésmente la puerta de su departamento. Más tarde, cuando viajábamos en el automóvil del diario, con el corazón grande y alegre, abrí las Prosas apátridas y leí: "A Jorge Coaguila, que me atormentó durante horas con preguntas para una publicación en El Peruano, muy cordialmente, Julio Ramón".
1991 RETORNO

Bryce Echenique: «Martín Romaña, como yo, escribe para comprender»

PILAR ORTEGA BARGUEÑO
EL MUNDO | 10/09/2001
Desde que se marchó definitivamente a su Perú natal, nunca se sabe muy bien dónde está Alfredo Bryce Echenique. Hasta sus amigos de siempre lo desconocen, pero le imaginan en algún lugar de Europa. Es en un viaje relámpago con destino a El Escorial donde el autor de 'Un mundo para Julius' revela que está escondido en Las Palmas, que es allí donde da las últimas pinceladas a su próxima novela, porque esa isla le da la paz necesaria para escribir. Aparece como una exhalación, pero se las ingenia para volver la vista atrás, nada menos que 20 años, y recordar, sin aviso previo, el proceso de gestación de La vida exagerada de Martín Romaña, una novela que escribió, entre 1978 y 1981, en escenarios tan diversos como Málaga, París, Théule-sur-Mer, Sant Antoni de Calonge, Saint-Raphaël y Montpellier.
– Demasiado trasiego para trenzar una historia tan compleja.
– Cuando la empecé a escribir andaba muy enredado, pero fue en Montpellier donde más la trabajé. Antes de acabarla, me llamó Carlos Barral desde Barcelona y me dijo: «Alfredo, ¿tienes novela? La publico». El no sabía que era tan larga.
– ¿Cuánto hay de Bryce Echenique en Martín Romaña?
– Está mi mirada de entonces, una mirada irónica, abierta, comprensiva y tierna en la que no cabía el desprecio, ni el escarnio, ni la burla. Martín Romaña, como yo, es un hombre que escribe porque quiere comprender, pero también revela la sensibilidad de aquellos años, del mayo del 68, de la politización de todas las actividades, de los latinoamericanos que jugaban al exilio, de la moda del Che Guevara, del boom de los charangos y las quenas...
– ¿Puede decirse que es la historia de su generación?
– Es un balance de lo que había sido mi vida y la de mi generación, bajo el foco del idealismo, de París, de la moda latinoamericana... Todo está en la novela bastante idealizado. Yo quise resaltar cómo el fanatismo político, en el caso de Inés de Romaña, triunfa sobre el cariño. Ella lo adora pero, por unas ideas y un partido político, lo abandona y lo traiciona y él se queda literalmente deshecho, triste.
– ¿Es entonces cuando se refugia en su cuaderno azul?
– Sí. Años después, Martín Romaña empieza a escribir en un cuaderno azul. Es un diario de navegación por las aguas tormentosas de París. Sin rencor, con humor y una mirada tierna al pasado, recupera su dignidad y vuelve a ponerse en pie. Hasta ese momento es un hombre caído. Pero al hablar y al contar lo que ha vivido logra hacer las paces con el mundo.
– ¿Cómo fue la redacción?
– Trabajé intensamente, siempre andaba escondiéndome para trabajar. Escribía hasta las dos de la madrugada y me olvidaba hasta de comer. No recordaba nada de tanto como me envolvía. Y cuando la terminé, sentí un enorme vacío, como si hubiera vivido con todos los personajes en mi casa.
– ¿Qué representa el sillón Voltaire que aparece en el primer párrafo del texto?
– Se convirtió casi en un personaje principal. Esta novela recibió en 1983 el premio a la mejor novela publicada en Francia. Vinieron a verme a mi piso y vieron que no tenía ningún sillón Voltaire. Nunca lo tuve hasta entonces, pero representa el viaje alrededor de mi cuarto, de mi país, de mi mundo... Y todo desde un sillón.
– ¿Había mucha añoranza de Perú en París?
– Yo nunca fui nostálgico, pero los latinoamericanos sí lo eran mucho. Yo me integraba. Era profesor, muy amigo de mis alumnos, salía con ellos, participaba de su vida y de sus fiestas, de su monotonía... Vivía intensamente y no me juntaba con latinoamericanos. Para eso, me hubiera vuelto a Perú.
– ¿Cómo era París entonces?
– Era un París alegre y movido. El Barrio Latino bullía y no tenía nada que ver con el barrio residencial de ahora. Entonces se vivía en cuartos de alquiler y los cafés estaban llenos de jóvenes. Era una ebullición nuestro París, nuestro barrio..., pero ya ha desaparecido. Ya no queda nada. Mi Guía triste de París es un homenaje a ese París que ya se ha ido.
– ¿Cómo consigue que brote el humor cuando no hay motivos?
– Uno no lo puede calcular. Es inevitable. Es el humor de mirada triste, un humor que mezcla la ternura con la tristeza. Hay que mirar la vida con humor, aunque ésta ofrezca una cara patética.
– ¿Es tan exagerada la vida de Bryce Echenique como la de Martín Romaña?
– La mía es más aburrida y disciplinada. La gente se defrauda al ver mi casa perfectamente arreglada y descubrir que soy un maniático del orden y la puntualidad.

–Prólogo | Marcos–Ricardo Barnatán
–Guía alegre de París | Juan Bonilla
–La colección

Bryce Echenique: «El éxito de este libro me condujo al psiquiatra»

PILAR ORTEGA BARGUEÑO
EL MUNDO | 12/10/2001
Le pilló tan de sorpresa el éxito de 'Un mundo para Julius', su primera novela, que no fue capaz de digerirlo en poco tiempo. Alfredo Bryce Echenique, que se autodefine como «un tímido que habla por los codos, muy amiguero pero no sociable», hubo de enfrentarse a una depresión aguda que le condujo directamente a la consulta del psiquiatra. Aquella novela, un tierno retrato de un niño de buena familia, ingenuo y rebelde, que había nacido en un palacio de la avenida Salaverry de Lima, fue devorada entonces por unos lectores sorprendidos, a principios de los 70, por la juventud de un escritor que fue capaz de seducirles con su pluma irónica, divertida y entrañable. Bryce Echenique, que recibió el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972, había pintado un espléndido cuadro, con toda clase de lujos, miserias y crueldades, de la vida de la clase aristocrática en el Perú de mediados de siglo.
Han pasado más de 30 años y ahora llama la atención lo mal que llevó entonces tanto reconocimiento público. ¿Le sorprende también a usted?
El éxito lo encajé bastante mal. Todo eran elogios, tuve que hacer varios viajes a España, de repente tenía amigos y quienes no me habían saludado hasta ese momento querían hablar conmigo. Aquello me produjo una depresión profunda que tuvo que tener tratamiento médico. A mí se me cae la taza de café, y hasta la sopa... Soy un tímido que habla por los codos, muy amiguero pero no sociable. Yo admiro a los tímidos que miran profundamente y callan. Lo pasé muy mal, hasta el punto de dejar de escribir por varios años. Luego empecé a escribir secretamente La felicidad ja ja.
Una reacción muy poco frecuente entre los escritores jóvenes, al menos en los tiempos que corren.
Para mí fue un sufrimiento, una neurosis. Tenía una absoluta carencia de vanidad y eso hacía que a mí me hiriera lo que a otros les hubiera hecho felices. Pero desgraciadamente uno va aprendiendo y se llena de máscaras para ir tirando y evitar al intruso, para esconderse. Pero en el fondo todavía siento ese vértigo, y esa ansiedad, y ese temblor.
Hábleme de la génesis de «Un mundo para Julius».
Fue un proceso bastante sorprendente, sobre todo si pienso que lo que empecé a escribir era un cuento. Era el tercero que escribía después de haber leído los relatos de Julio Cortázar, cuya lectura me dio una gran libertad para expresarme. El título era Las inquietudes de Julius y lo había tomado de Pío Baroja, cuyas novelas me deleitaban. La vida de Julius empezó a crecer y crecer, y aparecieron sus hermanos, su colegio... Y al final escribí la historia del crecimiento de un niño.
El carácter y la sensibilidad de Julius, ¿tenían algo que ver con los del niño Alfredo Bryce?
Lo más autobiográfico que hay en esa novela es el goce infinito que me produjo su escritura y las lecturas de entonces, de autores que ahora estoy releyendo: Stendhal, Flaubert, Céline... También está en ese libro mi sensibilidad infantil. Por lo demás, es la crónica de un mundo, una época y un tiempo, de una ciudad que podrían ser muchas ciudades de esos años. Pero mi padre no murió cuando yo era un niño, como en la novela, ni mi hermana tampoco... La atmósfera sí es fruto de mi sensibilidad, de esa capacidad que tiene Julius de observar, de ponerse del lado del pobre, de establecer una guerra larvada entre él, un niño sin palabras, y el padrastro perfecto.
¿Qué queda de aquel mundo en usted?
La mirada. Me sigue sorprendiendo la terrible desigualdad que existe en la sociedad peruana.
¿Dónde escribió «Un mundo para Julius»?
En París casi íntegramente, salvo unos trocitos en Alemania, donde pasé un tiempo estudiando alemán.
¿Queda algún escenario en pie?
Ha cambiado prácticamente todo, menos el imaginario. Sin embargo, esta novela la siguen leyendo los escolares y me sorprende, porque la sociedad de aquel momento no existe ya. Les interesa mucho más el niño, porque ése es el lado universal, el que pervive. El referente de Julius era Europa, París, Londres, Praga, Roma, Madrid... y el referente de las oligarquías iberoamericanas en la actualidad es Miami y los cursis de Miami, porque ser cursi en Miami es ser cursi al cubo. Y eso es lo que observo en Lima cuando voy, que el mal gusto impera. Aún sobreviven el club de golf y la plaza de toros que se describen en el libro, pero en medio está hoy, por desgracia, Calcuta.
¿Se quiere más a Perú en la distancia?
Sí. Perú duele de forma espantosa cuando estás allí. Es un país que a mí me hace daño y por eso me vengo a Europa, y cuando estoy en Europa estoy loco por volver. Perú es una ficción para los peruanos. Pero, finalmente, el país con los años se reduce a unos amigos y unos paisajes.
Vd. ha dicho que su literatura nace de un empacho de asombro. ¿Le sigue alucinando tanto la realidad?
Sí. A veces veo a un vendedor vender y me quedo absolutamente asombrado. Hay cosas que me producen miedo, otras aburrimiento, otras desazón y otras, puro asombro. Y de ésas escribo. Los escritores partimos de un cierto rechazo de la realidad y por eso creamos una construcción verbal para aliviarla y buscar una salida. En la vida real el destino se cumple cuando estamos muertos, pero en las novelas lo modificamos.

–Prólogo | Benjamín Prado
–La colección

RESPUESTAS

1. Bryce, mójese y cite algunos escritores actuales que merezcan ser tenidos en cuenta. Gracias.
Como yo ahora vivo entre España y Perú, puedo decir con todo gusto que hay escritores en ambos países que para mi son realmente admirables. En España pienso en gente como Luis Landero, Almudena Grandes, Enrique Vila Matas, Pedro Zarraluqui y Antonio Martinez de Tizón. A todos ellos les he seguido desde sus inicios y la verdad es que son diferentes, originales, practicamente únicos en lo suyo. Y esto mismo en Perú, es el caso de escritores como Alonso Cueto, cuyo último libro estoy disfrutando en este instante, y Abelardo Sánchez León, Fernando Ampuero, Giovanna Pollarolo e Iván Thaiz, el más joven de todos, y cuya busqueda personal me parece particularmente original y lograda. Creo que dentro de muy poco, por lo que ya he empezado a leer de ella, podré decirles lo mismo de María de la Pau Janer.

2. ¿qué hacemos si vivimos con una Inés, y conocemos al mismo tiempo a una Octavia de Cádiz?
Huir despavoridos.

3. Usted ha estado varias veces en las quinielas para adjudicarse el premio Plantea; ¿que le diría a aquellas que opinan que "El huerto de mi amada" fué creado con el único fin de adjudicarse el Planeta?
Que se equivocan de cabo a rabo.

4. ¿que es el cine para Bryce Echenique? ¿ Cree en Dreyer, se emociona con Ford y se rie con Woody?
Es esa maravilla que empezó con mi infancia y me acompañará siempre. Es ir al cine, llegar al cine y esperar que se apaguen las luces, que se levante el telón y que aparezca la magia que jamás he podido encontrar en una pantalla de tv. Estoy totalmente de acuerdo. Creo en Dreyer, Ford es parte de mi educación sentimental y Woody Allen, el humor de mi vida.

5. ¿Se puede realmente volver a viivir a una ciudad, aunque sea la tuya, 25 años después, como hizo usted al regresar a Lima, y no sentirte completamente fuera de todo?. Saludos. os despues
Fueron en realidad casi 35 años y es duro, para que lo voy a negar, pero como todo en esta vida no se puede celebrar los pasteles sin envenenarse a veces con las ciruelas.

6. ¿Son los españoles hoy cada vez más eurociudadanos y menos iberoamericanos?
No da la impresión por lo que voy viendo.

7. ¿Y, después del Planeta, qué?
Escribir y escribir y escribir.

8. Le descubrí hace poco a través de una entrevista de Sabina y desde entonces ya ha leído tres libros suyos. ¿Qué tal se lleva con él?
Intimamente bien, es como un hermano, es como un peruano. Su casa es mi casa, la mia la suya y lo único que voy a extrañar esta noche al presentar "El huerto de mi amada" en Madrid es a Joaquín, que igual me debe estar extrañando en la presentación de su disco.

9. ¿cree que el premio planeta le ha llegado en un buen momento de su carrera?
Si, yo creo que si. Yo desde luego me presenté porque tenía un libro terminado, había gozado enórmemente con su escritura y quería, que gracias al Planeta, esa novela, "El huerto de mi amada", llegara a muchos más lectores que mis libros anteriores. Y mira, acaba de salir el libro y ya todos hemos comprobado que es lo que está sucediendo.

10. hola Mr Echenique. Con una pregunta no me basta, pero podría decirme de dónde saca tanta imaginación cuando escribe. si es sólo disciplina, o si uste d tiene momentos de inspiración y lo aprovecha. Si se emborracha para escribir o si le salen las frases así de corridito y tan fáciles como uno las lee más tarde. En cualquier caso me encantan sus historias y siempre las recomiendo.
Mil gracias ante todo. Y no se si te defraudaré al contarte que jamás he logrado escribir una sola línea bajo los efectos del alcohol, que la inspiración no existe y que si existe tiene otro nombre, y este es transpiración. Y que corrijo y corrijo hasta que parezca que no he corregido. Crear la ilusión de la oralidad en la escritura es, créeme, endemoniadamente difícil y requiere disciplina y entrega total. Y bueno pues para que negarte que cuando esto se logra, entonces si lo celebro.

11. Creo haber leido en algún sitio que usted dijo que se había hecho escritor para que le quisieran más. ¿Es cierto?. Le confieso que me gustaría que si fuese cierto. Es el mejor motivo que jamás le escuchado a un escritor apuntar como móvil de su vocación.
Es cierto, 100% cierto.

12. Dígame un aroma que nuca falte en su vida
El perfume de violetas que usó mi madre.

13. ¿Que le pasa a esta sociedad que cada vez va a peor?
Tal vez es porque no leemos lo suficiente. Y por consiguiente no hacemos camino ni al andar ni al sentarnos.

14. Bryce, sus novelas han fluctuado entre la critica de la sociedad limeña (tipo Un mundo para Julius) y la desaventuras de artistas sudamericanos en Europa, piensa en un futuro escribir sobre un tercer argumento, quizás usando como escenario algún lugar distinto a Europa o Lima?
No, los escenarios nunca han sido importantes en mis novelas. Tanto es así que los arquitectos, por ejemplo, se desesperan al leer mis libros porque en ellos jamás se ha descrito el lugar en el que viven los personajes. Y sin embargo, si describo con minuciosidad el hecho de que Felipe Carrillo en "La última mudanza de Felipe Carrillo" tiene dos tocadiscos que oye al mismo tiempo y en uno pone canciones pesimistas y en el otro optimistas. En realidad, les explico yo a los arquitectos y a los amigos que se fijan en este hecho que el escenario y el paisaje emana del alma del propio personaje o incluso de hasta de su estado de ánimo.

15. Empezó a escribir en un "Huerto", ahora este otro. ¿Qué ha transcurrido entre ambos?
Unos veinte títulos, más o menos.

16. ¿Sigue persiguiéndole el insomnio? ¿Novela cuando no consigue dormir?
El insomnio es un mal de nuestro tiempo y como yo soy tan bueno pues parece que a mi me aqueja con mayor gravedad que a otros. Gracias a Dios que a veces la realidad llega a ser tan aburrida que me lleva a atravesar periodos que podriamos considerar como muy extensas curas de sueño, duermo como un lirón, de noche, por la mañana, e incluso me doy el lujo de dormir una demagógica siesta.

17. Ya se que es un poco topico pero, ¿ en que va a emplear el dinero? me da la impresion lo poco que le conozco que el dinero no significa demasiado para usted (espero no equivocarme)
La verdad, la verdad, es que me han desequilibrado totalmente el presupuesto y estoy angustiadísimo.

18. Me cae usted muy simpático. El otro día escuché que los aviones que llegaban de Lima aterrizaban directamente en su terraza y eso no hay hígado que lo soporte. A pesar de ello, ¿cree que la gente que no bebe no es de fiar?
En realidad, mi opinión más sincera es que de quien hay que desconfiar más bien es de los borrachos. Ahora bien, tu sabes que solo los imbéciles no se contradicen. dv

19. me gustaría saber cual es el proceso que sigue para buscar un título a los libros, y si considera este aspecto importante en una obra.
Fundamental. Y nunca sabré de donde salen los títulos de mis libros aunque si es verdad que mientras no hay título, no hay libro. Puedo recordar, por ejemplo, que un día bajando del metro de París -de uno de esos viejos vagones de entonces- el cerrojo metálico produjo un golpe seco y rotundo al cerrarse y yo pronuncié el nombre Baby Schiafino, jamás había oido ese nombre antes pero pocas horas después se estaba ya convirtiendo en el título de un cuento muy largo de mi libro "La felicidad ja,ja".

20. Pregunté una vez a Joaquín Sabina que por qué, con esa imaginación que tiene y ese pulso narrativo, no escribía novelas o cuentos. Y él me dijo que Bryce ya lo había escrito todo y que él no lo haría mejor. ¿Es esa una razón para no escribir? Reprenda usted al maldito Sabina del «maldito Bryce», jajaja
Acaba de publicar un maravilloso libro de sonetos con el título "Cien de catorce volando", le aconsejo leerlo. Está editado por la editorial Visor de Madrid.

21. ¿qué aporta la literatura a este mundo loco?
Muchísima más locura.

22. ¿existe Octavia de Cádiz?
Octavia de Cádiz nació así: yo estaba escribiendo "La vida exagerada de Martín Romaña" y leyendo las memorias de Pablo Neruda, y por ahí me tope con esta sensacional descripción de Federico García Lorca, hecha por Neruda: "Su persona era delgada, morena y traía la felicidad". Yo decidí que Martín Romaña ya del todo abandonado por Ines reviviera gracias a una persona delgada, morena, que trajera la felicidad y que se llamara Octavia de Cádiz.

23. ¿Puede ser la almorrrana fuente de inspiración poética? Particularmente, desde que leí el espisodio memorable de la almorrana en su Martín Romaña le evoco acuclillado en la taza del váter rogándole a esa musa atroz y persistente.
Si y Rabelais hizo de todo esto, literatura genial. Y no olvides que el Pantaleón de la novela de Mario Vargas Llosa "Pantaleón y las visitadoras" sufre terriblemente de almorranas. Y además, dicen los médicos especialistas en el tema que las principales víctimas de esta enfermedad son los camioneros, las mujeres en cinta y los escritores. O sea todas aquellas personas que se sientan largas horas en estado de gran tensión.

24. Me llamó la atención en su libro "La amigdalitis de Tarzán" la frase "éramos mejores por carta", ¿tan difícil es mantener una relación con alguien en este mundo?
En el caso de ellos dos fue casi imposible. Gracias a las cartas lo que pudo haber sido un amor imposible se convirtió en un triunfo de la lealtad, de la amistad y de la complicidad, incluso.

25. la camara en vivo no funciona y desestiman mis preguntas. ¿Soy un desgraciado como alguno de sus "otros yo"?
Yo soy un pesimista que desea que todo salga bien y espero que esta respuesta te contagie un poquito

26. Este fin de semana afirmaba ser un dandy. Y, ciertamente, la pariencia la tiene. ¿Qué más significa eso?
No olvides que el mundo, finalmente, se salva por las formas. Y que en esta etapa sin Dios y sin dioses, y de tanto nihilismo y materialismo hayq ue volver los ojos a Kant, para quien Dios también había muerto pero que aconsejaba vivir como si existiera.

27. ¿Qué credibilidad debemos dar a un Jurado que otorga Premios?Me parece muy imparcial e injusto,creo que los premios los deben otorgar los lectores
Los lectores nunca son imparciales, y también los jurados son lectores. O sea que siempre nos morderemos la cola.

28. ¿ Como considera ó explica la relación actual de la literatura Latinoamericana y la Literatura Universal?
En ambas el escritor sea chino o peruano, se enfrenta con el espeso bosque de la realidad.

DESPEDIDA
Ha sido un gusto, una alegría y una emoción permanente. Mi intento por responder bien a cada pregunta, si lo he logrado seré además muy feliz. Mil gracias por haberme llamado y hasta la próxima. Besos y abrazos de Alfredo.

LA PERSONA LITERARIA Y SENTIMENTAL

"Mi literatura nace de un empacho de asombro. El escritor es un ser sorprendido"
"La dificultad de expresar sentimientos conduce a la ruptura del párrafo, que está muy ligada también a la narrativa oral"
"Mi escritura es un proceso de recaptura mediante la memoria y de reelaboración mediante el oficio"
Con la publicación de Huerto cerrado, en 1968, se abría una nueva y sorprendente página en la literatura, sobre todo en la literatura que se escribe en español. En esa página, Alfredo Bryce Echenique ha ido trazando un personalísimo camino creativo que, partiendo de Perú, ha recorrido también otros continentes, a veces por las amplias avenidas de la memoria, a veces por los estrechos callejones del sentimiento, ahora yendo, luego regresando, teniendo siempre como única guía la propia sensibilidad y, como vehículo, ese estilo característico que hace creer a quien se deja llevar por él que es oyente de lo que lee.
Tras aquel primer libro de cuentos llegaron otros, pero llegaron también novelas, como Un mundo para Julius o ese memorable díptico en el que Martín Romaña navega por los mares de la imaginación y del sentimiento a bordo de un sillón Voltaire.
Bryce Echenique sigue escribiendo y se encuentra quizá en un momento de plena madurez literaria. El pasado 1995 ha sido para él un año muy fértil, sobre todo en el terreno editorial: el hito principal lo marca la publicación de su por ahora última novela No me esperen en abril (Anagrama); por otra parte, Espasa Calpe ha editado una antología de su narrativa bajo un título indudablemente cargado de sugerencias, Para que duela menos, interesante panorámica apoyada en un sólido estudio que, a modo de introducción, ha realizado el crítico Juan Ángel Juristo sobre la obra del escritor peruano; al acabar el año, aparecía además en el mercado el volumen Cuentos completos (Alfaguara), una recopilación de sus relatos y de otros textos muy característicos.
Resulta obvio decir, por tanto, que últimamente se ha hablado y se ha escrito mucho sobre la obra de Alfredo Bryce Echenique. Así que nuestra conversación en su casa de Madrid se planteó desde el principio como un abordaje a la figura del escritor y su proceso creativo, más que como repaso de sus ya numerosos libros publicados, desde la certeza, claro está, de que autor y obra no son fácilmente separables, y menos en este caso.
Acababa de volver a España después de pasar una temporada en los Estados Unidos como profesor invitado por la universidad de Yale. La charla se desarrolló sin prisa. Su actitud era a veces concentrada, hurtando la mirada apenas entrevista; otras veces divertida, con una risa más guasona que alegre. Su voz, pausada, fluyendo bajo la visera de un bigote muy poblado, parecía provenir de muy adentro.
- Hay quien escribe por necesidades de expresión y quien lo hace con el objetivo de vivir de la literatura; otros incluso ansían la fama y la inmortalidad. ¿Cuál es su caso?
- Uno escribe por necesidad. Lo hago porque me gusta, porque me encuentro cómodo en ello. Desde niño fui siendo conducido a la conciencia de que lo que deseaba era escribir, antes de desear ser escritor, y después fui asumiendo el oficio con todas sus consecuencias. Siento la necesidad de hacerlo, constantemente pienso en ello; en fin, es algo que está ligado totalmente a mí y ya una parte importantísima de mi vida es escribir. Le he dedicado muchos años e incluso mucho trabajo extraliterario. El hecho mismo de haberme venido a Europa y haber dado clase en colegios y universidades por aquí y por allá era probablemente porque no pensé nunca que la literatura era un oficio que me iba a dar de comer. Si eso lo he conseguido al cabo de los años, es un resultado pero no es una búsqueda. En cuanto a la gloria y la fama, no van mucho con mi carácter.
- ¿De qué se nutre? De la memoria, la imaginación, las musas, la literatura ajena, el buen oído...
- Yo creo que la memoria influye mucho en lo que escribo, es un proceso de recaptura mediante la memoria y de reelaboración mediante el oficio, el trabajo, la imaginación. No creo que deje nada a las musas, las musas son el trabajo y nada más. Y sí, en mi vida hay dos tipos de experiencia que se marcan en la literatura: la vital, la que me ha dado el ser quien soy y como soy, mis viajes, mi estancia en distintos países, mis recuerdos de Perú, mis recuerdos de Europa, los muchos años que llevo ya por aquí; y la otra experiencia, que yo creo que es muy importante, es la cultural, el hecho de haber sido durante mucho tiempo profesor universitario y haberme dedicado a la cultura latinoamericana, no solamente a la literaria, sino a la sociológica, a la política, etcétera. Y haber leído tanto. Es importantísima para mí la literatura; en los momentos en que escribo leo mucha novelística y literatura en general. La literatura de los demás me ha servido mucho, me ha estimulado. Una buena novela es un gran acicate para una persona que está escribiendo; tal vez lo sea para mí en particular, porque siempre he sido un escritor más intuitivo y emotivo que racional: necesito estímulos -que suelen venir de los libros, de la grandeza de la obra de otro- que me hagan sentir que también yo quiero escribir, que me justifiquen un poco. Nunca he sido demasiado profesional, en el sentido frío del término, necesito estímulos afectivos para escribir y llego a establecer relaciones muy afectivas con determinados libros. Hay escritores importantes a los que uno vuelve siempre: esta mañana estaba leyendo unas cosas de Stendhal, por ejemplo; este otoño que he pasado en Estados Unidos he leído mucho a Rabelais y a otros clásicos franceses y todo eso me espolea. Hay algunos estimulantes seguros, como Cervantes, pero también los hay imprevistos, porque de repente puede caer en tus manos una buena novela de algún joven, de algún amigo, y eso también es un estímulo.
- ¿Esta comunicación entre vida y literatura es abierta y total o hay algún filtro?
- Es una comunicación abierta: los libros que uno lee y le emocionan, uno los vive, es vivir la emotividad. Descubrir a un escritor como Céline o leer algunos cuentos de Hemingway son vivencias que trazan una especie de río profundo entre vida y obra. Definitivamente lo creo. No tengo una actitud racional y crítica ante la obra de otros, simplemente admirativa.
- ¿Se siente usted un personaje literario? Porque lo es, ¿no? Al menos anda alguno por ahí circulando con su nombre.
- Persona literaria, mejor que personaje literario. Sí, soy una persona que vive mucho la literatura, que vive con ella y para ella y de esa forma todo me alimenta, incluso las cosas más alejadas de los libros acaban siendo literarias para mí.
- ¿Qué importancia tienen para usted los lugares?
- ¿Los lugares? Depende: si hay amigos en ellos, tienen mucha importancia; si no hay amigos, normalmente los tacho del mapa para no volver más. A mí me interesa el paisaje humano. Cada día me doy más cuenta de hasta qué punto me molesta viajar a donde no se me ha perdido nada, a donde no hay nadie que me espere.
- ¿Hay algún lugar al que desee volver?
- Me gustaría mucho volver al Perú, a Lima, a mi ciudad, a la costa, porque el país de uno es también amigos y paisaje.
- ¿Entonces se sigue sintiendo peruano?
- Sí, claro que me siento peruano, es difícil dejar de sentirse peruano. Nunca se llega a ser otra cosa, ni se debe intentar.
- ¿Tiene usted voluntad de estilo? Ese estilo oral, como tantas veces se ha llamado, ¿es natural o está muy pulido para llegar a conseguir las metas que se propone?
- No sé si puedo hablar de voluntad de estilo. Llegué a este estilo escribiendo y leyendo. Muchas veces he explicado la deuda que tengo con Julio Cortázar y con algunos escritores más, pero sobre todo con Julio por el momento emotivo en que lo leí: acababa de terminar mi primer libro de cuentos, me sentía lleno de ciertas ataduras, con ciertos temores de infringir la regla, el academicismo, la sintaxis, la gramática, y Cortázar fue para mí una especie de ventarrón de libertad con su manera deshilachada, rota, de crear un párrafo, sobre todo en sus relatos, que es lo que yo leí en ese momento. Eso me llevó a redactar un cuento, "Con Jimmy, en Paracas", que no estaba en ese primer libro, Huerto cerrado, y con él reemplacé el segundo de los relatos que no me gustaba nada, ¡y en ese relato me encontré, encontré mi estilo! Luego ha ido proliferando de un libro a otro, extendiéndose o haciéndose más conciso dependiendo del tema, de la envergadura de la obra y de lo que uno pretenda en cada caso. Ese estilo con el tiempo sufre cambios, quizá porque se enaltece y se va casi hasta escapárseme de las manos -que es una de las cosas que más trabajo me cuestan, evitar que se me escape de las manos-, pero no es algo preconcebido. Yo no podría escribir de otra manera, aunque mis libros vayan teniendo variantes o sigan distintos derroteros de sentimientos, porque es un lenguaje muy afectivo el que creo al escribir. A veces reflexiono sobre este aspecto, o alguien me lo comenta, o leo algún artículo crítico sobre mí y tomo conciencia de ello, pero sobre esa toma de conciencia aún incide más trabajo, más escritura. Si mi estilo es oral, que lo es, la oralidad me cuesta mucho, porque no es grabación, es sensación de oralidad, de libertad de expresión, pero en el fondo es fruto de mucho trabajo, de mucha corrección. Y cada vez más.
- Llevando al extremo esa oralidad, ¿no le gustaría ser un cuentacuentos, o un juglar?
- Admiro la bondad de los cuentacuentos porque en realidad no dejan huella, sólo está el momento de alegría y de emoción que provocan en un auditorio. Yo he querido llevar ese homenaje y esa admiración a mi obra. Además, también me gusta contar un buen cuento oralmente en momentos determinados; antes lo hacía con mayor frecuencia, tal vez ahora no lo hago tanto porque con los años uno prefiere guardar sus energías para la escritura. Pero gozo con el espectáculo de la narrativa oral, hablada quiero decir, porque he tenido la suerte de conocer a narradores orales magistrales. La pena es que esa gente no deje nada escrito, porque es demasiado reducido el ámbito de los auditorios.
- La digresión, tan característica en su obra, ¿es un recurso narrativo o es un reflejo de una digresión vital y existencial?
- Las dos cosas. Es un recurso narrativo porque, en una literatura emotiva y sentimental como es la mía, la digresión es fundamental: la dificultad de expresar sentimientos conduce a la ruptura del párrafo, a que la frase entre por un lado del túnel y pretenda salir por otro lado que no existe, aunque luego vuelva al camino. El desorden de la sensibilidad y la emotividad está ligado a ese no terminar una cosa y empezar con otra, de ahí que haya escritores -yo no tanto, aunque lo podría hacer si reflexionara sobre ello- que acuden con frecuencia a signos como los puntos suspensivos. Dejar unas cosas sugeridas para entrar en otras y quizá después retomar aquéllas está muy ligado también a la narrativa oral, a esos cuentos que muchas veces no tienen ni principio ni final, y todo eso ha ido brotando en mis libros por la necesidad interna de contar tal y como yo soy. Uno de los aspectos más autobiográficos de mis libros es la sensibilidad y el placer que encuentro en la escritura.
-¿El género supone una atadura?
- No, nunca he sentido el género como atadura. Gómez de la Serna se topó con todos los géneros y ninguno, ejerció todos en uno, y a mí estas cosas me seducen. Hay géneros que no he trabajado porque no tiendo a la forma aquélla específica, pero en mi prosa hay aspectos teatrales y aparecen versos sin rima y sin medida, así que puedo decir que he tocado esos otros géneros. A mí particularmente más bien se me presenta el problema de la extensión en la narrativa. Siempre digo que estoy nostálgico del cuento porque me gusta escribirlos, por eso suelo alternar la novela y el libro de relatos, pero la necesidad de escribir historias largas me ha hecho romper esa alternancia y ahora estoy pensando en nuevas novelas.
- Pero éste era el turno del cuento, ¿no?
- Es probable que pronto vuelva a escribir cuentos porque requieren menos tiempo. Mi dedicación a la literatura es tan intensa que en cuanto tengo que atender un par de torpezas burocráticas ya no tengo ganas de escribir, me siento impuro para la literatura, contaminado por la sociedad y por las incomodidades de la realidad. Ahora quiero escribir un par de novelas -que no serán muy extensas, lo intuyo por los temas- y espero dejar una terminada y la otra tenerla al menos muy avanzada antes de un viaje de retorno a Perú que tengo pensado para pasar allí un tiempo largo. Espero no volverme loco el primer año de readaptación, que será atroz, que será kafkiano burocráticamente. Además, esta vez tengo que plantearme la mudanza; al venir a Europa me fue suficiente con una maleta, pero ahora tengo que levantar una casa y eso es algo que me quita el sueño. Pasará un año entre una cosa y otra y ahí aprovecharé para escribir cuentos, aunque sea con la mínima estabilidad. Tengo una carpeta llena de temas para narraciones cortas, incluso alguna iniciada, muchas notas, pero no estoy todavía en el momento de escribirlas. Es triste: pienso que algún día puedo ir a la carpeta y ver que todo eso se me ha enfriado.
- ¿Qué es la lengua para usted? ¿Un simple material de trabajo?, ¿una amiga?, ¿una enemiga?
- Para un escritor es una amiga y una enemiga. El escritor tiene que pelearse con ella mientras va creando la suya propia dentro de esa otra que es común a todo un mundo, llámese en este caso español o hispanoamericano, porque es la misma lengua, y en ello estamos. Yo escribo literatura en lengua castellana y no voy a hacer nunca literatura en ningún otro idioma. Es también el útil de trabajo, es la herramienta, y unas veces se utiliza mejor y otras peor. Hay que jugar con ella, luchar con ella, estirarla, pero son una maravilla sus posibilidades.
- ¿No hay mucho inglés en sus obras?
- Es algo autobiográfico, vivencial. Yo he tenido una formación anglosajona que se suma a las canciones que he escuchado, el cine que he visto -sin subtítulos, por supuesto- y la literatura que he leído y a la que vuelvo cada cierto tiempo. Esto se tiene que reflejar en una literatura emotiva, es inevitable: si quiero hacer una literatura que esté mezclada de vida, tengo que poner en ella lo que es la vida para mí.
- ¿Verbo, sustantivo, adjetivo?
- ¿Con cuál me llevo mejor? Nunca me lo había planteado así, pero me enteré por un estudio lingüístico que alguien hizo sobre mí que no hay nadie que adverbialice más los adjetivos, los sustantivos y lo que encuentre por delante.
- ¿Qué diferencias ha podido percibir entre literatura y periodismo?
La diferencia está en el encargo: que me pidan un artículo sobre tal tema no es lo mismo que escribir lo que me apetece y luego ver dónde lo publico. Sé que hay una diferencia pero yo no he sabido estar a la altura de esa diferencia: mi periodismo ha sido muy literario y, en la medida en que lo ha sido, me he encontrado a gusto al escribirlo. Hay artículos escritos por mí de la nada, podríamos decir, que me encantan, y otros sesudos y concienzudos de los cuales me he aburrido; he querido cumplir con mi deber, estar a la altura del compromiso, pero no ha sido igual el resultado. Porque yo, si estoy a gusto, tiendo a extenderme y, claro, si me dicen tantos folios, cuatro o seis, ya le están poniendo una traba a mi manera de escribir.
- Los críticos hablan de extrañamiento al referirse a la actitud ante la vida que muestra en su literatura. ¿Qué le extraña de la vida?
- ¡Uf! Me extraña todo casi. Mi literatura nace de un empacho de asombro, es la única forma que tengo de darle respuesta a la angustia, al miedo, al aburrimiento que me produce la realidad. A veces veo las cosas con un temor que no se justifica. El escritor es un hombre sorprendido.
- ¿Y el humor es una defensa?
- Puede serlo. En la medida en que me hace soportar las cosas con menos amargura, con menos cólera o con menos temor, sí, es un paraguas o un pararrayos vital. De todas formas, está ligado a mi persona, no puedo escribir sin reírme un poco.
- ¿Y el amor?
- El amor es un motivo de sorpresa. He querido mucho en la vida. Mis amigos lo saben.
- Habla usted de amor, de afecto; ¿no se cree, sin embargo, el ombligo del mundo?
- ¡El ombligo del mundo es el Cuzco! No, mi actitud sentimental no me lleva a querer ser el centro de las cosas, sino a estar en el centro de ellas.
- ¿Qué es lo que más valora de su herencia familiar?
- El humor. Vengo de una familia que se ha reído mucho siempre y eso me ha marcado. Nunca hemos tenido una buena relación con la realidad, somos gente un poco sobrepasada por los acontecimientos y reaccionamos mediante el humor. Las reuniones de la familia de mi madre son increíblemente graciosas.
- ¿Se ve Perú mejor desde fuera?
- Habría que comparar la respuesta de un peruano que esté dentro con la de otro que esté fuera. Uno que vive allí diría ahora que está en el quinto cielo; y yo, que estoy fuera, me pregunto si tanta ilusión corresponde a la realidad. Después del horror la gente ha necesitado sentirse viva, no tener miedo a salir a la calle y eso se ha plasmado en un régimen autoritario, eficaz en muchas cosas. Los peruanos están viviendo una sensación maravillosa de posguerra, no les gustan los ruidos estridentes, les traen malos recuerdos. Hace unos meses estuve allí y asistí a una escena curiosa: unos niños hicieron estallar unos petardos y eso provocó una enorme ansiedad entre las personas que estaban cerca; a mí sólo me molestaron por el ruido, pero a ellos les traían evocaciones dolorosas. Entiendo que esto ocurra después de haber sufrido pavor. Hoy muchos peruanos pueden decir que están viviendo en el país de la bonanza y del neoliberalismo, pero la miseria que uno ve desde fuera -y cuando vas allí lo sigues viendo desde fuera porque no conectas con la sensibilidad de la gente- a mí me da miedo. Desde luego yo no lo veo tan bien como lo ven ellos, pero llega un momento en que digo que, si están tan contentos de todo y las cosas les parecen tan positivas, a lo mejor es que es cierto. Pero no. Anoche terminé de leer un libro sobre el Perú que me dejó muy preocupado: allí todos están con la ilusión de plantearse como modelo los llamados "tigres asiáticos" y este libro estudiaba la economía de esos países; las diferencias son tan notables que creo que ese sueño de llegar a ser un tigre puede acabar en la realidad de ser un tigre de papel. Es algo muy peligroso.
- Volvamos aquí. ¿Se puede escribir en Madrid y sobre Madrid?
- He escrito bastante en Madrid y sobre Madrid. Es una ciudad que me está dejando marcas literarias, marcas susceptibles de ser llevadas a la literatura; eso es indudable. Luego es una ciudad donde ha habido siempre mucha tertulia, aunque yo a esto no soy muy afín porque nunca he sido de un grupo sino que me he querido mantener abierto a muchos grupos y explotar con inteligencia y con cariño mi imagen de extranjero. Esto es algo que aprendí en Francia, era una forma de no mezclarme en aquellas cosas que me iban a hacer daño o que me iban a aburrir. Aquí me muevo entre amigos que a veces tienen que ver con la literatura y mucho, porque la leen, la hacen, la comentan, la critican, o que son totalmente ajenos a este mundo, pero para mí tienen la misma importancia desde el punto de vista de la experiencia literaria: una cosa es la experiencia cultural y otra la vivencial, aunque luego se mezclan, por supuesto.
- ¿Disfruta usted su trabajo de profesor?
- Ahora ya en pequeñas dosis. Disfruté mucho durante muchos años, pero mis últimos cursos de profesor en Francia no fueron muy afortunados, a pesar de tener el mejor grupo de colegas que uno pueda soñar. Después he vuelto en pequeñas dosis, como digo. He estado en la universidad de Austin, en Texas, y ahí sí, la amistad, la enseñanza, todo se mezcló de forma preciosa; luego en Puerto Rico ocurrió así nuevamente y ahora otra vez en Yale. Pero claro, si acepté ir a esos lugares era porque me acercaban a una tonelada de amigos o porque me permitían aislarme para escribir, y así fue: La última mudanza de Felipe Carrillo la escribí la mitad en Cuba y la mitad en Austin; ahora en Yale he empezado un libro nuevo, he leído mucho, he tenido alumnos muy buenos que me han querido mucho y yo he tenido otra vez esa relación que hace que mi trabajo como profesor sea positivo, no sólo para ellos sino para mí, es decir, una relación en la que veo que hay placer, en la que se intercambia algo más que el frío dictado de una clase. Mi fama en Francia era la de un antiprofesor, mis clases empezaban antes y terminaban después, es decir, la hora de clase no era necesariamente lo más importante, y eso es probable que me hubiera afectado en el último periodo en Montpellier.
- ¿Significa algo para usted ser un escritor de final de milenio?
- Imagino lo que puede ser decirle a una niña en el año 2001 ó 2002, oye, si vas a Nueva York tráeme música de mediados del siglo pasado: algo muy chocante. Pero soy un escritor de la segunda mitad del siglo XX, para bien o para mal. La idea del fin de milenio, sin embargo, es como Navidad o Año Nuevo, sólo algo desasosegante, interminable y aburrido. Decididamente, para mí no significa nada. Yo soy bastante más prosaico.

Canto a la amistad

-¿Cuándo pensaste en ser escritor?
-Mi historia se remonta a mi infancia, cuando estudiaba en Chosica. Uno de mis profesores se percató de mi habilidad para tejer historias. El me hizo leer Don Quijote, y vaticinó que seria un escritor. Tuvo buen olfato.
-¿Sigues siendo fiel a los escritores que influyeron en ti?
-El principal escritor que influyó en mí fue Cortázar. El me enseñó a ser fiel conmigo mismo. Los maestros del boom literario son mi referencia, me enseñaron mucha disciplina. Su mejor consejo fue: "Descúbrete a ti mismo como escritor. No intentes seguir caminos que no son los tuyos. El tuyo es un camino que descubrirás solo trabajando mucho, y muy disciplinadamente". Es un consejo que me ha servido y que me permite volver a mi país con los deberes hechos.
-Todas tus obras tienen un significado especial, reflejan aspectos o personajes vinculados a ti. -¿Cómo surge La amigdalitis de Tarzán?
En primer lugar, todo empieza cuando en Estados Unidos hubo una critica de una profesora universitaria en torno a la narrativa sentimental de Alfredo Bryce, hablaba de mi escritura femenina, decía que yo era un escritor-mujer. Entonces me dije que tenía que escribir un libro donde una mujer sea la protagonista, la que predomine en la novela. Es en realidad un homenaje a una mujer salvadoreña, Ana María Dueñas, una heroína, cuyo tesón y valentía para encarar el drama de la vida y del exilio es digno de resaltar. En la novela la caso y cual vaticinio, refleja se casó realmente al poco tiempo, es increíble.
-Hay giros centroamericanos, salvadoreñismos...
-Para mi suerte, en Montpellier, el sitio donde la escribí, conocí a una profesora salvadoreña. Ella me enseñó muchas cosas del lenguaje de ese país, así como datos históricos, nombres, todo lo que necesitaba para darle un contexto adecuado a la novela.
-Tiene mucho de epistolar.
-Si, es una historia apatir de las cartas entre Fernanda María y Juan Manuel, un amor destinado a ser mejor por carta y que deviene en una gran amistad. Incluso hay frases de cartas escritas por mi mamá. Es también un homenaje a mí mismo porque siempre me ha gustado mantener correspondencia.
-¿Y por que Tarzán?
-Allí pues, ello se debe a la capacidad de la protagonista por sacar fuerzas de flaqueza y sobreponerse ante la jungla de asfalto y las ingratitudes de la vida.
-¿La novela habla de amigos, ¿eres amiguero?
-La amigdalitis es un canto a la amistad. Yo necesito el afecto de mis amigos, me lo merezco, lo cultivo. Soy amiguero, y es que mucho tiempo prescindo de eso para escribir.
-¿Y cómo ves a la literatura latinoamericana?
-La veo muy bien, vigorosa, cambiante, renovada. Cada vez mas escritores latinoamericanos producen obras que trascienden sus fronteras, e incluso las del continente. Y si bien no es fácil llegar y triunfar en Europa, muchos lo están haciendo. Seguramente aún falta mucho para que entren al mercado mundial, pero están empezando a surgir en públicos distintos a los suyos. En México, Chile, Venezuela hay muchísimos escritores estupendos. Los mayores ganan premios y sirven como base o influencia a muchos escritores españoles.
-Acabas de ganar el Premio Nacional de Narrativa 1997 en España por tu novela Reo de nocturnidad, ¿Qué significa eso para un escritor peruano?
-Bueno, es suerte. La oportunidad del premio fue muy bonita y la forma en que se dio. Ese es un premio que jamás se ha dado a un escritor que no sea nacido en España, pudo haber generado envidia entre los españoles, pero no ha habido nadie que no haya estado contento, han señalado que es un premio merecido, y que era un broche de oro en mi relación con España.
-En el mundo las grandes editoriales han empezado a considerar al libro como una mercadería lucrativa. Lógicamente ello va en desmedro de la creatividad porque predispone al escritor a escribir algo comercial, ¿Crees que esa sea la tendencia?
-Eso es un peligro. Indudablemente que existe, pero yo creo que eso no es importante cuando el escritor es un escritor de verdad y consideras que el trabajo voluntarioso, solitario y firme de los escritores serios siempre triunfará sobre la idea del fácil lucro y comercio con el libro. El acto de escribir en España está amenazado por una serie de peligros; ahora cuando un joven escritor de 25 años tiene éxito en ese país con un libro, al ida siguiente ya tiene un trabajo en televisión, artículos en cualquier medio de comunicación, lo invitan a dar conferencias en todas partes. Es muy fácil aturdirlo y "matarlo" como creador.
-¿Es fácil encontrar el equilibrio?.
-En uno de sus libros Ernest Heminway cuenta que un amigo alemán le preguntó cuales eran los enemigos de un escritor. El respondió: "el éxito, la fama, el dinero, el alcohol, las mujeres y la falta de mujeres, de alcohol, de dinero, de fama". Realmente si uno no encuentra su propio equilibrio se complica el panorama.
-¿Dices que en Lima no podrías sentarte a escribir, lo has intentado en provincias?
-No, eso no va conmigo. No lo he pensado mucho, pero creo que no podrán hacerlo.
-Entonces, ¿qué harás a tu retorno?
-He escrito bastante. Descansaré, me dedicaré a estar con la familiar con los amigos. Leeré lo que se escribe aquí, que es mucho. Quiero renunciar a la comodidad que tengo en Europa para escribir. Por otro lado, no está en mis planes enseñar en universidades. Seguramente viajaré loos sitios que añoro.
Lo demás caerá por su propio peso. Pero antes de regresar a Lima voy a viajar mucho y ya que tal vez me instale aquí a fines de 1999, lo iré haciendo de a pocos. Va a ser una experiencia sumamente enriquecedora. El día que quiera escribir aquí en Lima y no pueda, desaparezco; tenlo por seguro.

El juego de las mentiras
Alfredo Bryce Echenique
Enero 09, 2001

DICE ENCONTRARSE EN EL MOMENTO más fatal de su vida, Alfredo Bryce Echenique, Lima, 1939, ficcionador. Porque iba a embarcarse en un sueño, el resgreso a Perú, que se ha tornado en pesadilla de kafkianas burocracias; papeleos, funcionarios, bajas y altas. Y él, preferiría no: no vivirlo. Pero ha iniciado el destierro nuevo. Tránsfuga. Transitador. La pasada semana el agente inmobiliario le sorprendió "flojeando no más en la cama". Al cliente tuvieron que explicarle, que "el señor no está incluido en la venta de la casa". Atormentado, ayer abandonó su hogar en Madrid, la terraza que durante 14 años ha sido aeropuerto central de vuelos transatlánticos procedentes de la América Latina. Lo ha dejado todo en manos de la mudanza, que le dejen sólo el fax, porque anda siempre Bryce liado con el fax, aunque las cartas que llegan con la electrónica traigan tinta indeleble que no se emborrona del sentir.
Alfredo Bryce inicia un nuevo periplo en su viaje sin final. Termina el tramo Europa, de 34 años, escritor y profesor, Francia y luego España. Le han dado el Premio Nacional de Narrativa 98, que es un buen "broche de oro". Lo cuenta y le divierte su finura: broche de oro, "para que este señor se vaya feliz". "Reivindico la ternura, me interesa la posición del otro, soy curioso de las vidas privadas", dice. "Me encantaba jugar al fútbol, y siempre me dejaban echar un tiempo en un lado y otro, en el contrario. Pero cuando llegué al Universitario Deportes, que es un real club de fútbol, y quise pasarme al equipo argentino en el segundo tiempo, me botaron: del Perú, del Argentina, del estadio y de todas partes. Yo no había sido traidor a nada, era sólo una enorme curiosidad por romper fronteras. Así que me di cuenta de que esto sólo era posible en la literatura".
P.-Andaba evocando boleros, música andrógina, y alguien le dijo que era usted el primer escritor mujer.
R.-No es exacto, pero hay un trabajo de una profesora norteamericana que dice que mi escritura tiene rasgos femeninos. Yo no estoy de acuerdo, será quizá que revela zonas de la realidad del hombre y la mujer que otros escritores no han tocado. Ocurre que esta profesora toma la figura del bolero, que yo ultilizo, y que es una música andrógina, para decir que entre la literatura que yo hago y la que hacen escritoras latinoamericanas no hay grandes diferencias tonales.
P.-Cualquiera diría que ha salido usted dándole la razón, con este nuevo personaje de su nueva novela, esta mujer-Tarzán, generosa y fortísima que va por ahí recogiendo hombres desastre.
R.-Sí, probablemente es una realidad de la novela. En todo caso, el tercer hombre que recoge no es tan desastre: le da paz y estabilidad.
P.-Y esa realidad de la novela, ¿procede de la observación o es pura inventiva?
R.-Es algo que he contemplado muchas veces. En la relación de la pareja siempre hay uno más entero que el otro, y esto suele atribuírsele a los hombres, que son más fuertes psíquica y físicamente. Yo he observado que muchas veces la mujer es la persona fuerte en la pareja.
P.-¿Por qué será, Bryce, que las mujeres gustan de la femineidad del hombre?
R.-Porque es un elemento inesperado, encontrar a un hombre que tiene vasos comunicantes con su carácter. La mujer se siente más a gusto con un hombre que tiene rasgos que suelen atribuírsele a la mujeres.
P.-O sea, que les atrae.
R.-Creo que sí, y eso hace que tantas mujeres se fijen más en hombres débiles: los encuentren más accesibles, más abordables y capaces de intimidad, de complicidad, de convivir con ellas las mismas experiencias, no sólo convivir.
P.-Bryce, ¿quién le espera en Lima y cuántos abriles lleva esperándole?
R.-Amigos, familares, playas: los mismos que me han esperado siempre. Gente con la que a lo largo de estos 34 años no he perdido en absoluto el diálogo, ha sido tan fluido... Incluso me dicen que entre ellos sólo se ven cuando yo llego: amigos de colegio, de universidad, escritores, hermanos.
P.-¿Cuánto tiempo le han esperado?
R.-Probablemente mucho, hasta pensaron que nunca volvería, que iría siempre de visita. Les ha sorprendido mucho mi decisión de volver a vivir en el Perú: creían que yo ya era una persona afincada en Europa definitivamente, muy viajera, eso sí. La verdad es que nunca me preguntaron por qué o cuándo regresaba: yo era el que venía de tiempo en tiempo, los reunía y luego se iba y se desconvocaba la fiesta.
P.- ¿Por qué decide volver?
R.-Siento que mi experiencia europea ha terminado. Lo digo con toda la gratitud, pero Europa y yo ya nos hemos sacado el jugo mutuamente. Así como antes abandonaba un país y un trabajo muy bueno para marchar a otro, y entre la bolsa y la vida siempre he escogido la vida, ahora que estoy bastante establecido, nuevamente escojo la vida: es una experiencia rejuvenecedora, peligrosa, difícil, un desafío volver a un país que ha cambiado tanto respeto a lo que yo conocí. Aquello ya no es la Lima que yo viví, pero están las mismas personas, y ésas no cambian.
P.-Dice que volver es un desafío. Hasta hace bien poco su opinión sobre Perú era muy pesimista.
R.-Los franceses, tan cartesianos, me dicen que si vuelvo a Perú será que el país ha mejorado mucho. Si voy a esperar a que mejore... ¿Qué es que un país mejore? Para un ciudadano que regresa a su casa no es el elemento más importante. La situación no es ideal, pero si espero a que lo sea nunca volvería.
P.-Anuncia que se va y le dan el Nacional de Narrativa, ¿querrán que no se vaya, o que vuelva?
R.-Yo lo he tomado como una especie de broche de oro para una relación que ha sido muy fluida y cariñosa. España siempre me acogió muy bien con mis libros. Sí, la coincidencia hace pensar que hubieran dicho: bueno, este señor se va, hay que premiarlo para que se vaya feliz.
P.-Una vez me dijo que si había llegado tarde a todo y se había quedado solo, era por falta de maldad. ¿Así son sus protagonistas?
R.-Lo dice Fernanda en la novela: "Nunca fuimos el peso para el otro que hizo que pudiéramos causar daño a un tercero y estar juntos. Tal vez un poquito de trampa lo hubiera arreglado todo". Pero lo que ella admira en él es que tampoco es capaz de esa trampa.
P.-¿Eso es generosidad?
R.-Es ponerse en el pellejo del otro y no poder actuar.
P.-¿Por eso son bellos los perdedores?
R.-A mí me interesan más que los ganadores, tienen más que revelarnos y contarnos.
P.-Bryce, ¿a usted, el tiempo de llegada, el renombrado E.T.A. de su novela, se le quedó colgado ya en el primer amor?
R.-No tengo esa sensación, son cosas que se descubren después. Mi primer amor fue como el de todos. Lo que ocurre es que normalmente la gente lo pierde y lo olvida, y yo ni lo he perdido ni lo he olvidado: sigo tan unido a esa persona como lo estaba en el mejor momento, y tal vez ahora la relación sea mejor.
P.-Dice que todos sus amores profundos quedarán en una simple amistad. Difícil tarea, ¿no es preferible el olvido?
R.-He tenido esa suerte. Probablemente sea más fácil el olvido, pero la continuidad es más enriquecedora: es fuente de mucho placer.
P.-Estos ex amores amigos, que terminan siendo como hermanos incestuosos, ¿supondrían el estado superlativo del amor?
R.-En todo caso es el estado al que se llega cuando no se puede ir a más. Se llega a una alianza que la da el tiempo y la complicidad, la inteligencia, el humor, la ternura: no se puede crear de la nada. Cuanto más se alejan Fernanda y Juan Manuel más próximos se sienten, su diálogo continúa aún en el silencio.
P.-Entre el amor incómodo, "que puede llevarte a la más húmeda y fría y feliz sordidez", y el no amor, ¿con qué se queda?
R.- Si hay sordidez elijo el no amor: el silencio (se sonríe, cabeza abajo, barbilla sobre el pecho).
P.- Bryce, su humor es como un acto de penitencia. ¿Sus personajes ríen para pedir perdón por amar o sufrir tanto?
R.- Sí, yo creo que detestan molestar. Entonces actúan casi en la sombra, llegan con cara de que ya no tardan en irse: no quieren pesar, ser invasores de la realidad del otro sino ser llamados: en ese momento están siempre disponibles.
P.- Cuando publicó sus antimemorias hubo quien le reprochó un exceso de ironía sobre sí mismo, ¿le sirve para no afrontar la tristeza o para qué?
R.-No, creo al contrario que la ironía vela la realidad para mejor sugerirla. Es la sonrisa de la razón, que penetra las cosas, pero no como un dardo destinado a herir. El ser irónico se ríe del otro y de sí mismo, sufre lo mismo que sufre el destinatario.
P.- En La amigdalitis de Tarzán, con el pretexto de hacer reír, cuenta una historia tristísima.
R.-Yo creo que a veces la gente se ha equivocado al leer mis libros porque sólo perciben humor. Son propuestas bastante dramáticas, contadas con humor porque así es mi temperamento, porque yo trato de ver el lado divertido. El libro es triste y duro, pero no amargo: en sus personajes nunca aflora la amargura.
P.-Personajes que "experimentan la angustia y la tristeza, pero jamás estuvieron tristes una mañana", dice citando a Hemingway. ¿Usted es un impúdico o un sibarita de la tristeza?
R.-Me considero más un sibarita de la tristeza, o una persona silenciosa. Yo si estoy triste no aparezco, no molesto.
P.-¿La tristeza es bella?
R.-Para mí sí, es fuente de mucha observación: desde la tristeza se observa mucho más que desde la alegría.
P.-Una vez me dijo que si le han querido es porque se quedó en la adolescencia, territorio cruel, ¿usted cree que da lástima?
R.-No. Es una forma de estar en el mundo. Yo no sé qué es una persona madura: sé lo que es una persona podrida, pero madura, no. Me atraen, me conmueven, me muevo más a gusto entre personajes que viven como si fueran eternamente adolescentes: sorprendidos, desbordados y heridos por la realidad. Probablemente esto esté ligado a mi carácter: dicen que actúo como un inmaduro. La madurez, si existe, en todo caso me aburre. Lo dice ya Martín Romaña ("La vida exagerada de..."): "Quisiera prolongar la adolescencia hasta que me sorprenda la muerte". Son personajes que quieren disfrutar de la inmensa diversidad de la vida.
P.-¿Habla Martín Romaña o Bryce Echenique?
R.-En cierto modo, soy yo.
P.-Ficción y realidad, ¿cuál de las dos le invade el terreno ajeno? ¿Escribe lo que sucede o interpreta lo que sucede según la ficción en que esté metido?
R.-Yo creo que lo segundo. Lo que sucede lo reelaboro según lo que esté escribiendo, de tal manera que a veces le digo una frase a alguien y se sorprende: ¡Pero a éste qué le pasa, qué está contando!
P.-¿Todavía miente, o exagera, como cuando era niño?
R.-Miento por diversión, entretengo con mis mentiras, con mi visión exagerada de la realidad: es imaginación, fantasía. Engañar es otra cosa. Ni mis personajes ni yo engañamos, más bien somos engañados. Mis mentiras son producto de esa rapidísima reelaboración: veo distinto que los demás. Mis amigos se reían de eso, y hoy que ya son mayores me buscan por lo mismo: a ver este hombre qué nos cuenta, qué aventuras ha vivido. Tengo esa capacidad de crear momentos largos de felicidad, de amistad, de camaradería. Por ejemplo, cuando visité Perú después de escribir No me esperen en abril todos mis compañeros del colegio, que eran los protagonistas, se buscaron después de años sin saber nada unos de otros y se reunieron. Habían pasado 40 años y conversábamos como si aún estuviéramos en el colegio: aquello no parecía una comida de amigos, sino el sueño de una comida de amigos.
P.- Bryce, ¿qué propicia todo esto?
R.-No sé, ellos me dicen que cada vez que los visito se preparan como para un estriptis.
P.-¿Qué cosas raras le están sucediendo ahora?
R.-Sobre todo me están pasando cosas aburridísimas, torturantes: no veo la hora de terminar con esto, no tiene nada que ver con el regreso a un país, te ponen tantas trabas para realizar tu sueño. Probablemente estoy viviendo el momento más difícil de mi vida.
P.-¿Quién es en realidad María Fernanda de la Trinidad, etc, etc?
R.-Es un personaje realmente inventado. Mis amigos me preguntan, pero de dónde te has sacado a ésta que no la conocíamos.
P.-¿Cree que el lector cómplice va a encontrar su propia biografía en La amigdalitis de Tarzán?
R.-Sí, creo que la gente va a tomar conciencia de cuántas veces ha perdido la hora de llegada en la vida y no se ha dado cuenta.
P.-¿Hay quienes sí llegan a tiempo?
R.-Pues sí, los seres maduros llegan a tiempo.
P.-"Los escritores somos tres o cuatro obsesiones, luego hay algunos que tienen una sola y por eso son mejores". ¿Cuáles son sus obsesiones, Bryce, numeradas?
R.-Creo que soy una persona de una sola obsesión, que apuesta por la amistad, por la lealtad, por la fidelidad: tengo todas las cartas a un solo número.

Alfredo Bryce Echenique: ''He escrito 'El huerto de mi amada' con gozo''

Dicen los críticos que ‘El huerto de mi amada’ es probablemente la mejor novela de Alfredo Bryce Echenique, y que el Premio Planeta ha salido ganando en calidad y credibilidad al haberle sido concedido a este escritor peruano que alcanza con esta novela su mejor etapa, sin perder las que ya son señas de identidad de su obra literaria: la sensualidad, la ternura y la ironía.
El huerto de mi amada Una apasionada historia de amor entre un adolescente y una hermosa mujer de treinta y tres años.

T.- ¿Cómo surge una historia tan peculiar como la de 'El huerto de mi amada'? A veces casi disparatada, por momentos tierna...
A. Bryce Echenique.-Las novelas surgen cada una de hechos que a uno mismo después le sorprenden. Ésta, en concreto, nace de dos hechos; uno, el que al volver al Perú después de 34 años yo dijera un día "se lo llevaron al huerto" y nadie me entendiera. Entonces yo, que pensaba llamar a la novela 'A Carlitos Alegre se lo llevaron al huerto' me quedé como destitulado y desmotivado, y eso me tuvo varios meses un poco triste, porque para mí lo más importante de una novela es un título y yo ya me había aferrado a ese, el personaje ya tenía su nombre y yo siempre arranco de títulos y personajes. Y andaba yo como desmovilizado por la falta de título y un día oí el vals 'El huerto de mi amada', de Felipe Pinglon, un compositor muy querido en Lima, y renació la idea y otra vez tuve título.
Y el otro elemento es que un día un primo mío argentino muy beato que estaba estudiando en Alemania vino a visitarme a París y me contó cómo una profesora del instituto donde estudiaba, mayor que él y a la cual él miraba como a la maestra, se lo había llevado no al huerto, sino a la Selva Negra, y se lo había pachamanqueado, se lo había comido con salsita y todo. Y cuando me contó la historia, que luego se prolongó años y terminó siendo una parte importante en su vida, lo que vi es la locura de la pasión, el beato interrumpido y violado, y al mismo tiempo contento de que todo esto hubiera ocurrido. Y esos son los dos ingredientes mágicos que ponen en marcha la novela.
T.- Es muy curiosa la relación de Carlos Alegre y Natalia Larrea, ¿cómo es posible que una mujer como ella, hermosa, rica, deseada por todos, se enamore tan perdidamente de Carlos Alegre, apenas un adolescente, despistado, demasiado religioso... y casi sin conocerle?
A.B.E.- Hay cosas que se van sabiendo poco a poco después. Ella odiaba esa sociedad. A cada uno de los hombres que había en esa fiesta en la que conoció a Carlos Alegre, que la desnudaban con la mirada y al mismo tiempo querían pegarla y matarla, y el chico le produce una imagen de pureza y le hace reír. Aparte, el chico es muy atractivo y ella se da cuenta de otra cosa, estas cosas que no se dicen pero que están en la mente de los personajes; que él, por ser tan distraído y vivir tan fuera de la realidad, no tiene ni uno solo de los prejuicios de esa clase. Por lo tanto, es un marginal como ella, que ha sido marginada, porque le han pegado moral y físicamente, la han casado de niña, es una víctima. Y ella reivindica esa rebelión y encuentra sin querer al aliado ideal.
T.- La novela está ambientada en la sociedad limeña de los años 50. ¿Ahora que ha regresado a Lima ha vuelto a encontrarse los mismos vicios en las relaciones sociales?
A.B.E.- Es indudable que me estoy refiriendo a la sociedad limeña, es mi sociedad y es donde más cómodo me siento escribiendo, además en aquellos años en que yo fui joven ahí y aspiré toda la putrefacción -y toda la pureza, que de las dos cosas había- de ese mundo. Pero al salir de allí, cuando viajo, encontré que eso no era puramente limeño, que existía por todos lados. Ahora las sociedades se parecen más, pero Perú lo que tiene es un grave problema étnico y cultural. Hay mucho racismo, eso es innegable.
T.- Aunque el retrato que hace de la sociedad limeña es bastante duro, nunca abandona el sentido del humor y la ironía, algo característico además de toda su obra literaria. ¿Qué es para usted el humor y por qué lo considera tan necesario
A.B.E.- No es que lo considere necesario, el humor es gratuito, fluye y no puedes dosificarlo ni pensarlo. A los latinoamericanos nos gusta mucho reír, y cuando leía a los grandes maestros del 'Boom' los encontraba muy serios. Julio Cortázar decía: "Yo no sé que le pasa a los escritores latinoamericanos, que en cuanto se ponen a escribir se ponen serios. ¿Hasta cuándo va a ser el humor patrimonio de Bioy Casares, de Borges y de los anglosajones?" Por eso en el 'boom' fue siempre un hombre aparte, porque introdujo la ironía. Y como dice Eduardo Galeano, dar de reír es una de las cosas más serias que se han hecho desde que el hombre es hombre. Siempre digo que el humor no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido.
Dicen algunos críticos que 'El huerto de mi amada' es su mejor novela, y que el Premio Planeta -siempre polémico- ha ganado en credibilidad con usted. ¿Cuál es su opinión al respecto?
A.B.E.- Sí, por ahí he leído en titulares que yo he premiado a la editorial Planeta. Pero yo no creo eso así nomás, es una generalización muy fácil de hacer. No olvidemos que el Planeta lo han ganado grandes escritores, lo ganó Rosa Regàs el año pasado, y remontándonos más atrás, lo ha ganado Mario Vargas Llosa... ha habido excelentes novelistas que lo han ganado. Creo que como es un premio materialmente tan cuantioso, la gente lo ve como una cosa un poco metalizada. Yo mismo podía haber tenido ese temor y ese prejuicio. Si dicen que mi novela es buena, yo me alegro mucho, pero me presenté porque el Planeta era un gran premio también, así que digamos que hay una coincidencia feliz.
T.- ¿Y cree de verdad que es su mejor obra?
A.B.E.- Mi mejor obra es la que voy a escribir después... uno siempre está tratando de escribir su mejor obra. Pero esta novela, sí es verdad, que me ha dado tal goce su escritura, he sido tan feliz escribiéndola, que algo pasaba ahí, y probablemente era que yo mismo notaba que me estaban saliendo bien las cosas. La he cuidado, y la he parado de escribir para que no se me fuera a escapar de las manos, para que no me sobrara ni una palabra, he corregido, y no me he impacientado, y si alguien me impedía escribir agarraba un avión y me largaba de allí, me encerraba en una isla y ahí terminaba. En Lima mismo, un amigo me dejó una casa abandonada en la playa y me fui ya fuera de temporada, casi sin luz, y ahí acabé la novela. También es una novela distinta a las otras, creo que cumple su ambición. Otras tal vez fueron más ambiciosas, pero no cumplieron tanto su ambición... no sé, no soy el juez.

No se puede jugar con París
Manuel Delgado

Es el retorno, después de tanto años. Un retorno desde una Europa que le permitió escribir la mayor parte de sus obras a una ciudad de la que se pueden decir muchas cosas. ¿Por qué