Se había
acostumbrado al sistema: de lunes a jueves, cuatro días con su madre.
De viernes a domingo, tres días con su padre. Manolo tenía la
ropa que usaba cuando estaba con su padre, y los libros que leía en el
departamento de su madre. Una pequeña valija para el viaje semanal de
Miraflores a Magdalena, de un departamento a otro. Su madre lo quería
mucho los jueves, porque al día siguiente lo vería partir, y su
padre era muy generoso los domingos, porque al día siguiente le tocaba
regresar donde «ella». Se había acostumbrado al sistema.
Lo encontraba lógico. «No soy tan viejo», le había
dicho su padre, una noche, mientras cenaban juntos en un restaurante una mujer
le había sonreído coquetamente. «Tienes diecisiete años,
y eres un muchacho inteligente», le había dicho su madre una mañana.
«Es preciso que te presente a mis amigos.» Jueves. Sentado en una
silla blanca, en el baño del departamento, Manolo contemplaba a su madre
que empezaba a arreglarse para ir al cóctel.
-Es muy simpático, y es un gran pintor -dijo su madre.
-Nunca he visto un cuadro suyo.
-Tiene muchos en su departamento. Hoy podrás verlos. Me pidió
que te llevara.
Además, no me gusta separarme de ti los jueves.
-¿Va a ir mucha gente? -Todos conocidos míos. Buenos amigos y
simpáticos. Ya verás.
Manolo la veía en el espejo. Había dormido una larga siesta, y
tenía la cara muy reposada. Así era cuando tomaban desayuno juntos:
siempre con su bata floreada, y sus zapatillas azules. Le hubiera gustado decirle
que no necesitaba maquillarse, pero sabía cuánto le mortificaban
esas pequeñas arrugas que tenía en la frente y en el cuello.
-¿Terminaste el libro que te presté? -preguntó su madre,
mientras cogía un frasco de crema para el cutis.
-No -respondió Manolo-. Trataré de terminarlo esta noche después
del cóctel.
-No te apures -dijo su madre-. Llévatelo mañana, si quieres. Prefiero
que lo leas con calma, aunque no creo que allá puedas leer.
-No sé... Tal vez.
Se había cubierto el rostro con una crema blanca, y se lo masajeaba con
los dedos, dale que te dale con los dedos.
-Pareces un payaso, mamá -dijo Manolo sonriente.
-Todas las mujeres hacen lo mismo. Ya verás cuando te cases.
La veía quitarse la crema blanca. El cutis le brillaba. De rato en rato,
los ojos de su madre lo sorprendían en el espejo: bajaba la mirada.
-Y ahora, una base para polvos -dijo su madre.
-¿Una base para qué? -Para polvos.
-¿Todos los días haces lo mismo? -Ya lo creo, Manolo. Todas las
mujeres hacen lo mismo. No me gusta estar desarreglada.
-No, ya lo creo. Pero cuando bajas a tomar el desayuno tampoco se te ve desarreglada.
-¿Qué saben los hombres de esas cosas? -Me imagino que nada, pero
en el desayuno...
-No digas tonterías, hijo -interrumpió ella-. Toda mujer tiene
que arreglarse para salir, para ser vista. En el desayuno no estamos sino nosotros
dos. Madre e hijo.
-Humm...
-A toda mujer le gusta gustar.
-Es curioso, mamá. Papá dice lo mismo.
-Él no me quería.
-Sí. Sí. Ya lo sé.
-¿Tú me quieres? -preguntó, agregando-: Voltéate
que voy a ponerme la faja.
Escuchaba el sonido que producía el roce de la faja con las piernas de
su madre.
«Tu madre tiene buenas patas», le había dicho un amigo en
el colegio.
-Ya puedes mirar, Manolo.
-Tienes bonitas piernas, mamá.
-Eres un amor, Manolo. Eres un amor. Tu padre no sabía apreciar eso.
¿Por qué no le dices mañana que mis piernas te parecen
bonitas? Se estaba poniendo un fustán negro, y a Manolo le hacía
recordar a esos fustanes que usan las artistas, en las películas para
mayores de dieciocho años. No le quitaba los ojos de encima. Era verdad:
su madre tenía buenas piernas, y era más bonita que otras mujeres
de cuarenta años.
-Y las piernas mejoran mucho con los tacos altos -dijo, mientras se ponía
unos zapatos de tacones muy altos.
-Humm...
-Tu padre no sabía apreciar eso. Tu padre no sabía apreciar nada.
-Mamá...
-Ya sé. Ya sé. Mañana me abandonas, y no quieres que esté
triste.
-Vuelvo el lunes. Como siempre...
-Alcánzame el traje negro que está colgado detrás de la
puerta de mi cuarto.
Manolo obedeció. Era un hermoso traje de terciopelo negro. No era la
primera vez que su madre se lo ponía, y, sin embargo, nunca se había
dado cuenta de que era tan escotado. Al entrar al baño, lo colgó
en una percha, y se sentó nuevamente.
-¿Cómo se llama el pintor, mamá? -Domingo. Domingo como
el día que pasas con tu padre -dijo ella, mientras estiraba el brazo
para coger el traje-. ¿En qué piensas, Manolo? -En nada.
-Este chachá me está a la trinca. Tendrás que ayudarme
con el cierre relámpago.
-Es muy elegante.
-Nadie diría que tengo un hijo de tu edad.
-Humm...
-Ven. Este cierre es endemoniado. Súbelo primero, y luego engánchalo
en la pretina.
Manolo hizo correr el cierre por la espalda de su madre. Listo», dijo,
y retrocedió un poco mientras ella se acomodaba el traje, tirándolo
con ambas manos hacia abajo. Una hermosa silueta se dibujó ante sus ojos,
y esos brazos blancos y duros eran los de una mujer joven. Ella parecía
saberlo: era un traje sin mangas. Manolo se sentó nuevamente. La veía
ahora peinarse.
-Estamos atrasados, Manolo -dijo ella, al cabo de un momento.
-Hace horas que estoy listo -replicó, cubriéndose la cara con
las manos.
-Será cosa de unos minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
-¿Qué? -preguntó Manolo. Se había distraído
un poco.
-Digo que será cosa de minutos. Sólo me faltan los ojos y los
labios.
Nuevamente la miraba, mientras se pintaba los labios.
Era un lápiz color rojo rojo, y lo usaba con gran habilidad. Sobre la
repisa, estaba la tapa. Manolo leyó la marca: «Senso», y
desvió la mirada hacia la bata que su madre usaba, para tomar el desayuno.
Estaba colgada en una percha.
-¿Quieres que la guarde en tu cuarto, mamá? -Que guardes ¿qué
cosa? -La bata.
-Bueno. Llévate también las zapatillas.
Manolo las cogió, y se dirigió al dormitorio de su madre. Colocó
la bata cuidadosamente sobre la cama, y luego las zapatillas, una al lado de
la otra, junto a la mesa de noche. Miraba alrededor suyo, como si fuera la primera
vez que entrara allí. Era una habitación pequeña, pero
bastante cómoda, y en la que no parecía faltar nada. En la pared,
había un retrato suyo, tomado el día en que terminó el
colegio. Al lado del retrato, un pequeño cuadro. Manolo se acercó
a mirar la firma del pintor: imposible leer el apellido, pero pudo distinguir
claramente la D de Domingo. El dormitorio olía a jazmín, y junto
a un pequeño florero, sobre la mesa de noche, había una fotografía
que no creía haber visto antes. La cogió: su madre al centro,
con el mismo traje que acababa de ponerse, y rodeadas de un grupo de hombres
y mujeres. «Deben ser los del cóctel», pensó. Hubiera
querido quedarse un rato más, pero ella lo estaba llamando desde el baño.
-¡Manolo! ¿Dónde estás? -Voy -respondió, dejando
la fotografía en su sitio.
-Préndeme un cigarrillo -y se dirigió hacia el baño. Su
madre volteó al sentirlo entrar. Estaba lista. Estaba muy bella. Hubiera
querido abrazarla y besarla. Su madre era la mujer más bella del mundo.
¡La mujer más bella del mundo! -¡Cuidado!, Manolo -exclamó-.
Casi me arruinas el maquillaje -y añadió-: Perdón, hijito.
Deja el cigarrillo sobre la repisa.
Se sentó nuevamente a mirarla. Hacía una serie de muecas graciosísimas
frente al espejo. Luego, se acomodaba el traje tirándolo hacia abajo,
y se llevaba ambas manos a la cintura, apretándosela como si tratara
de reducirla.
Finalmente, cogió el cigarrillo que Manolo había dejado sobre
la repisa, dio una pitada, y se volvió hacia él.
-¿Qué le dices a tu madre? -preguntó, exhalando humo.
-Muy bien -respondió Manolo.
-Ahora no me dirás que me prefieres con la bata del desayuno. ¿A
cuál de las dos prefieres? -Te prefiero, simplemente, mamá.
-Dime que estoy linda.
-Sí...
-Tu padre no sabe apreciar eso. ¡Vamos! ¡Al cóctel! ¡Apúrate!
Su madre conducía el automóvil, mientras Manolo, a su derecha,
miraba el camino a través de la ventana. Permanecía mudo, y estaba
un poco nervioso. Ella le había dicho una reunión de intelectuales,
y eso le daba un poco de miedo.
-Estamos atrasados -dijo su madre, deteniendo el auto frente a un edificio de
tres pisos-. Aquí es.
-Muy bonito -dijo Manolo mirando al edificio, y tratando de adivinar cuál
de las ventanas correspondía al departamento del pintor.
-No es necesario que hables mucho -dijo ella-. Ante todo escucha. Escucha bien.
Esta gente puede enseñarte muchas cosas. No tengas miedo que todos son
mis amigos, y son muy simpáticos.
-¿En qué piso es? -En el tercero.
Subían. Manolo subía detrás de su madre. Tenían
casi una hora de atraso, y le parecía que estaba un poco nerviosa. «Hace
falta un ascensor», dijo ella, al llegar al segundo piso. La seguía.
« ¿Va a haber mucha gente, mamá? » No le respondió.
Al llegar al tercer piso, dio tres golpes en la puerta, y se arregló
el traje por última vez. No se escuchaban voces. Se abrió la puerta
y Manolo vio al pintor. Era un hombre de unos cuarenta años. «Parece
torero», pensó.
«Demasiado alto para ser un buen torero.» El pintor saludó
a su madre, pero lo estaba mirando al mismo tiempo. Sonrió. Parecía
estar un poco confundido.
-Adelante- dijo.
-Éste es Manolo, Domingo.
-¿Cómo estás, Manolo? -¿Qué pasa? -preguntó
ella.
-No recibieron mi encargo? -Llamé por teléfono.
-¿Qué encargo? -Llamé por teléfono, pero tú
no estabas.
-No me han dicho nada.
-Siéntense. Siéntense.
Manolo lo observaba mientras hablaba con su madre, y lo notaba un poco confundido.
Miró a su alrededor: «Ni gente, ni bocadillos. Tenemos una hora
de atraso». Era evidente que en ese departamento no había ningún
cóctel. Sólo una pequeña mesa en un rincón. Dos
asientos. Dos sillas, una frente a la otra.
Una botella de vino. Algo había fallado.
-Siéntate, Manolo -dijo el pintor, al ver que continuaba de pie-. Llamé
para avisarles que la reunión se había postergado. Uno de mis
amigos está enfermo y no puede venir, -No me han avisado nada -dijo ella,
mirando hacia la mesa.
-No tiene importancia -dijo el pintor, mientras se sentaba-. Cometemos los tres
juntos.
-Domingo...
-Donde hay para dos hay para tres -dijo sonriente, pero algo lo hizo cambiar
de expresión y ponerse muy serio. Manolo se había sentado en un
sillón, frente al sofá en que estaban su madre y el pintor. En
la pared, encima de ellos, había un inmenso cuadro, y Manolo reconoció
la firma: «La D del dormitorio», pensó.
Miró alrededor suyo, pero no había más cuadros como ése.
No podía hablar.
-Es una lástima -dijo el pintor ofreciéndole un cigarrillo a la
madre de Manolo.
-Gracias, Domingo. Yo quería que conociera a tus amigos.
-Tiene que venir otro día.
-Por lo menos hoy podrá ver tus cuadros.
-¡Excelente idea! -exclamó-. Podemos comer, y luego puede ver mis
cuadros.
Están en ese cuarto.
-¡Claro! ¡Claro! -¿Quieres ver mis cuadros, Manolo? -Sí.
Me gustaría...
-¡Perfecto! Comemos, y luego ves mis cuadros. -¡Claro! -dijo ella
sonriente-.
Fuma, Manolo. Toma un cigarrillo.
-Ya lo creo -dijo el pintor, inclinándose para encenderle el cigarrillo-.
Comeremos dentro de un rato. No hay problema. Donde hay para dos...
-¡Claro! ¡Claro! -lo interrumpió ella.
© Alfredo Bryce Echenique
Alfredo
Bryce Echeñique
El hombre, el cinema y el tranvía
El jirón
Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la
República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías,
las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas,
tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores
suelen saltarse las descripciones muy extensas e inútiles.
Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea, y caminó
hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con sección
al Paseo de la República. Eran las seis de la tarde, y podía ser
un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la
función de matiné acababa de terminar, y la gente que abandonaba
la sala, se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos
treinta años, y un muchacho de unos diecisiete o dieciocho, parados en
la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre
que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta
del cine, y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión
de ver o no esa película.
Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección
al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia.
Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada no parecieron impresionar
mucho al hombre que podía ser un empleado. Cruzó hacia los del
lado izquierdo. El tranvía se acercaba, y los afiches vibraban ligeramente.
No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo,
con su esposa, o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor,
y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono
de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino,
mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo
puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención.
La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se
le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás,
y perdió el equilibrio al pisar sobre el sardinel.
Voló tres metros, y allí lo cogió nuevamente el tranvía.
Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía
entre las ruedas de hierro, y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto.
El hombre continuaba apareciendo y desapareciendo. Cada vez era menos un hombre.
Un pedazo de saco.
Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El
tranvía logró detenerse, y el conductor saltó a la vereda.
Los pasajeros descendían apresuradamente, y la gente que empezaba a aglomerarse
retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y
balcones se abrían en los edificios.
-No pude hacer nada por evitarlo -dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.
-¡Dios mío! -exclamó una vieja gorda, que llevaba una bolsa
llena de verduras-.
En los años que llevo viajando en esta línea...
-Hay que llamar a un policía -interrumpió alguien.
La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual a la
gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.
-Circulen. Circulen -ordenó un policía que llegaba en ese momento.
-No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
-¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
-Hay que llamar a una ambulancia.
Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a
llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido
en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron
bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre
que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener
dieciocho caminaban hacia la Plaza de San Martín.
-Vestía de azul marino -dijo el muchacho.
-Está muerto.
-Es extraño.
-¿Qué es extraño? -preguntó el hombre de unos treinta
años.
-Vas al cine, y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones,
y uno se divierte.
-El arte y la vida.
-Humm... El arte, la vida... Pero el periódico...
-Ya lo sabes -interrumpió el hombre-. Si tienes un accidente y ves que
empiezan a cubrirte de periódicos... La cosa va mal...
-Tú también vas a morirte...
-Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro... Eso no
es soñar, mi querido amigo.
-¿Siempre eres así? -preguntó el muchacho.
-¿Conoces los chistes crueles? -Sí, ¿pero eso qué
tiene que ver? -¿Acaso no vas a la universidad? -No te entiendo.
-¿Sabes lo que es la catarsis? -Sí. Aristóteles...
-Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
-Eres increíble -dijo el muchacho.
-Hace años que camino por el centro de Lima -dijo, hombre-. Como ahora.
Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré
de que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso...
Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí
-dijo, mientras abría la puerta de un bar-. ¿Una cerveza? -Bueno
-asintió el muchacho-. Pero no todos los días.
-Diario. Y a la misma hora.
Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres
en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común,
aunque fuera tan sólo la cerveza que bebían. El bar no estaba
muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado
tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro.
Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio,
y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.
-Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te
trae tu cerveza sin que tengas que pedirla -dijo el hombre.
-¿Es verdad que vienes todos los días? -preguntó el muchacho.
-¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar
a la gente.
¿Ves esa mesa vacía allá, al fondo? Pues bien, dentro de
unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán
su aperitivo.
-¿Y si hoy prefiere una cerveza? -Sería muy extraño -respondió
el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
-¿Dos cervezas, señor Alfonso?
-No sé si quiero una cerveza -intervino el muchacho, mirando a un viejo
que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
-Tengo que prepararle su aperitivo al viejito -dijo, el mozo.
-Decídete, Manolo -dijo el hombre, y agregó mirando al mozo-:
Se llama Manolo...
-Un trago corto y fuerte -ordenó el muchacho-. Un pisco puro.
© Alfredo Bryce Echenique
Alfredo
Bryce Echeñique
Antes de la cita con los Linares
A Mercedes y Antonio, siempre.
-No, no, doctor
psiquiatra, usted no me logra entender, no se trata de eso, doctor psiquiatra;
se trata más bien de insomnios, de sueños raros...
rarísimos...
-Pesadillas...
-No me interrumpa, doctor psiquiatra; se trata de los rarísimos pero
no de pesadillas; las pesadillas dan miedo y yo no tengo miedo, bueno sí,
un poco de miedo pero más bien antes de acostarme y mientras me duermo,
después vienen los sueños, esos que usted llama pesadillas, doctor
psiquiatra, pero ya le digo que no son pesadillas porque no me asustan, son
más bien graciosos, sí, eso exactamente: Sueños graciosos,
doctor psiquiatra...
-Sebastián, no me llames doctor psiquiatra; es casi como si me llamaras
señor míster Juan Luna; llámame doctor, llámame
Juan si te acomoda más...
-Sí, doctor psiquiatra, son unos sueños realmente graciosos, la
más vieja de mis tías en calzones, mi abuelita en patinete, y
esta noche usted cagando, seguramente, doctor psiquiatra... no puedo prescindir
de la palabra psiquiatra, doctor... psiquiatra... ya lo estoy viendo, ya está
usted cag...
-Vamos, vamos, Sebastián. Un poco de orden en las ideas; un poco de control;
al grano; venga la historia desde atrás. desde el comienzo del viaje...
-Sí, doctor psiquiatra... «cagando».
-Ya te lo había dicho: Un café no es lugar apropiado para una
consulta: A cada rato volteas a mirar a los que entran, debió ser en
mi consultorio...
-No, no, no- nada en el consultorio; no hay que tomar este asunto tan en serio;
entiéndame: Una cita con el psiquiatra en su consultorio y tengo miedo
a la que le dije; aquí en el café todo parece menos importante,
aquí no puede usted cerrar las persianas ni hacerme recostar en un sofá,
aquí entre cafecito y cafecito, doctor psiquiatra, porque si usted no
me quita esto, doctor psiquiatra, perdóneme, no puedo dejar de llamarlo
así, si usted no me quita esto, es mejor que lo siga viendo cagar, perdóneme...
pero es así y todo es así, el otro día, por ejemplo, he
aquí un sueño de los graciosos, el otro día un ejército
enorme iba a invadir un país, no sé cuál, podría
ser cualquiera, y justo antes de llegar todos se pusieron a montar en patinete,
como mi abuelita, y a tirarse baldazos de agua como en carnaval, y después
arrancó, en el sueño, el carnaval de Río hasta que me desperté
casi contento... Lo único malo es que aún eran las cinco mañana...
Como ve, no llegan a ser pesadillas o qué sé yo...
-Un poco de orden, Sebastián. Empieza desde que saliste de París.
Había terminado de arreglar su maleta tres días del viaje porque
era precavido, maniático y metódico. Había alquilado su
cuarto del barrio latino durante verano porque era un estudiante más
bien pobre. Había decidido pasar el verano en España porque allá
tenía amigos, porque que veneraba al Quijote y porque quería ver
vez también por todo lo que allá le iba a pasar.
Le había alquilado su cuarto a un español que venía a preparar
una tesis durante el verano. El español llegó dos días
antes de lo acordado y tuvieron que dormir juntos. Conversaron. Como el español
no lo conocía muy bien aún, le habló de cosas superficiales,
sin mayor importancia; o tal vez no: -Si dices que has perdido seis kilos, ya
verás como los recuperas; allá se come bien y barato.
-Odio los trenes. No veo la hora de estar en Barcelona.
-¡Hombre!, un viaje en tren en esta época puede ser muy entretenido.
Ya verás: O te toca viajar con algunas suecas o alemanas y en ese caso,
como tú hablas español, nada fácil que sacar provecho de
la situación; o de lo contrario te encontrarás con obreros españoles
que regresan a su vacaciones y entonces pan, vino, chorizo, transistores, una
semijuerga que te acorta el viaje; no hay pierde.
El español no lo acompañó a tomar ese maldito tren. Sebastián
detestaba los trenes y se había levantado tempranísimo para encontrar
su asiento reservado de segunda, para que nadie se le sentara en su sitio, y
porque, maniático, él estaba seguro de que el conductor del tren
lo odiaba y que para fastidiarlo partiría, sólo ese día,
antes de lo establecido por el horario. Fue el primero en subir al tren. E1
primero en ubicar su asiento, en acomodar su equipaje. Como al cabo de tres
minutos el vagón continuaba vacío, Sebastián se puso de
pie y salió a comprobar que en ese tren no hubiese ningún otro
vagón con el mismo número ni, ya de regreso a su coche, ningún
otro asiento con su número. Esto último lo hizo corriendo, porque
temía que ya alguien se hubiese sentado en su sitio y entonces tenía
que tener tiempo para ir a buscar al hombre de la compañía, uno
nunca sabe con quién tendrá que pelear, para que éste desalojara
al usurpante. Desocupado. Su asiento continuaba desocupado y Sebastián
lo insultó por no estar al lado de la ventana, por estar al centro y
por eso de que ahora, como en el cine, nadie sabrá jamás en cuál
de los dos brazos le tocaría apoyar el codo y eso podría ser causa
de odios en el compartimiento. Pero tal vez no porque ya no tardaban en llegar
dos obreros andaluces, con él tres hombres, con el vino, el chorizo y
los transistores, y luego las tres suecas, tres contra tres, con sus piernas
largas, sus cabelleras rubias, listas a morir de insolación en alguna
playa de Málaga. Él empezaría hablando de Ingmar Bergman,
los españoles invitando vino, todos hablarían a los diez minutos
pero media hora después él ya sólo hablaría con
la muchacha sueca con que se iba a casar, ya no volveré más a
mi patria, con que se iba a instalar para siempre en Estocolmo, y que era incompatible
con la dulce chiquilla vasca que lo haría radicarse en Guipúzcoa,
un caserío en el monte y poemas poemas poemas, tan incompatible con los
ojos negros inmensos enamorados de Soledad, la guapa andaluza que lo llevó
a los toros, tan incompatible con, que lo adoró mientras el Viti les
brindaba el toro, tan incompatible con, triunfal Santiago Martín El Viti...
Todo, todo le iba a suceder, pero antes, antes, porque después, después
volvería a estudiar a París.
Las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Las cinco. No bien partió
el tren, las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Él no tenía
un revolver para matarlas y además no lograba odiarlas. Iban limpísimas
las cinco monjitas y lo habían saludado al entrar al compartimento. Entonces
el viaje empezó a durar ocho horas hasta la frontera; sesenta minutos
cada hora hasta la frontera; ocho mil horas hasta la frontera y las cinco monjitas
viajarían inmóviles hasta la frontera y él cómo
haría para no orinar hasta la frontera porque tenia a una limpiecita
entre él y la puerta y no le podía decir «madre, por favor,
quiero ir al baño», mientras ella a lo mejor estaba rezando por
él. Tampoco podía apoyar los codos; tampoco podía leer
su libro, cómo iba a leer al marqués de Sade ese que traía
en el bolsillo delante de ellas, cómo iba a decirle a la que había
puesto su maleta encima de la suya: «Madre, por favor, podría sacar
su maleta de encima de la mía? Quisiera buscar un libro que tengo allí
adentro». Se sentía tan malo, tan infernal entre las monjitas.
«Madrecita regáleme una estampita», pensó, y en ese
instante se le vino a la cabeza esa imagen tan absurda, las monjitas contando
frijoles negros, luego otra, las monjitas en patinete hasta la frontera, y entonces
como que se sacudió para despejar su mente de tales ideas y para ver
si algo líquido se movía en sus riñones y comprobar si
ya tenía ganas de orinar para empezar a aguantarse hasta la frontera.
-Y cuando me quedé dormido, doctor psiquiatra, no debe haber sido más
de media hora, doctor psiquiatra, estoy seguro, tome nota porque ésa
fue la primera vez que soñé cosas raras, esos sueños graciosos,
las monjitas en patinete, en batalla campal, arrojándose frijoles en
la cara. Creo que hasta me desperté porque me cayó un frijolazo
en el ojo.
-¿Estas seguro de que esa fue la primera vez, Sebastián? -Sí,
sí, seguro, completamente seguro. Y la segunda vez fue mientras dormitaba
en esa banca en Irún, esperando el tren para Barcelona. Llovía
a cántaros y se me mojaron los pies; por eso cogí ese maldito
resfriado. .. Maldita lluvia.
-¿Y las religiosas? . . . .
-Las monjitas tomaron otro tren con dirección a Madrid. Yo las ayudé
a cargar y a subir sus maletas; si supiera usted cómo me lo agradecieron;
cuando me despedí de ellas pensé que podría llorar, en
fin, que podrían llenárseme los ojos de lágrimas; se fueron
con sus rosarios... limpísimas... Si viera usted la meada que pegué
en Irún...
-¿Los sueños de Irún fueron los mismos que los del tren?
-Sí, doctor psiquiatra, exactos, ninguna diferencia, sólo que
al fin yo las ayudé a cargar sus patinetes hasta el otro tren. En el
tren a Barcelona también soñé lo mismo en principio, pero
esa vez también estaban las suecas y los obreros andaluces y no nos atrevíamos
a hablarles porque uno no le mete letra a una sueca delante de una monja que
está rezando el rosario...
Llegó a Barcelona en la noche del veintisiete de julio y llovía.
Bajó del tren y al ver en su reloj que eran las once de la noche, se
convenció de que tendría que dormir en la calle. Al salir de la
estación, empezaron a aparecer ante sus ojos los letreros que anunciaban
las pensiones, los hostales, los albergues. Se dijo: «No hay habitación
para usted», en la puerta de cuatro pensiones, pero se arrojó valientemente
sobre la escalera que conducía a la quinta pensión que encontró.
Perdió y volvió a encontrar su pasaporte antes de entrar, y luego
avanzó hasta una especie de mostrador donde un recepcionista lo podría
estar confundiendo con un contrabandista. Quería, de rodillas, un cuarto
para varios días porque en Barcelona se iba a encontrar con los Linares,
porque estaba muy resfriado y porque tenía que dormir bien esa noche.
El recepcionista le contó que él era el propietario de esa pensión,
el dueño de todos los cuartos de esa pensión, de todas las mesas
del comedor de esa pensión y después le dijo que no había
nada para él, que sólo había un cuarto con dos camas para
dos personas.
Sebastian inició la más grande requisitoria contra todas las pensiones
del mundo: a el que era un estudiante extranjero, a él que estaba enfermo,
resfriado, cansado de tanto viajar, a él que tenía su pasaporte
en regla (lo perdió y lo volvió a encontrar), a él que
venía en busca de descanso, de sol y del Quijote, se le recibía
con lluvia y se le obligaba a dormir en la intemperie. «Calma, calma,
señor», dijo el propietario-recepcionista, «no se desespere,
déjeme terminar: voy a llamar a otra pensión y le voy a conseguir
un cuarto».
Pero alguien estaba subiendo la escalera; unos pasos en la escalera, fuertes,
optimistas, definitivos, impidieron que el propietario-recepcionista marcara
el número de la otra pensión en el teléfono, y desviaron
la mirada de Sebastián hacia la puerta de la recepción. Ahí
se había detenido y ellos casi lo aplauden porque representaba todas
las virtudes de la juventud mundial. Estaba sano, sanísimo, y cuando
se sonrió, Sebastián leyó claramente en las letras que
se dibujaban en cada uno de sus dientes: «Me los lavo todos los días;
tres veces al día». Llevaba puestos unos botines inmensos, una
llanta de tractor por suelas, en donde Sebastián sólo lograría
meter los pies mediante falsas caricias y engaños y despidiéndose
de ellos para siempre. Llevaba, además, colgada a la espalda, una enorme
mochila verde oliva, y estaba dispuesto, si alguien se lo pedía, a sacar
de adentro una casa de campo y a armarla en el comedor de la pensión
(o donde fuera) en exactamente tres minutos y medio. Tenía menos de veinticuatro
años y vestía pantalón corto y camisa militar. Era rubio
y colorado y sus piernas, cubiertas de vellos rubios y enroscados, podrían
causarle un complejo de inferioridad por superioridad.
Hizo una venia y habló: «Haben Sie ein Zimmer?». El propietario-recepcionista
sonrió burlonamente y dijo: «Nein». Pero entonces Sebastian
decidió que el dios Tor y él podían tomar el cuarto de
dos camas por esa noche. Fue una gran idea porque el propietario-recepcionista
aceptó y les pidió que mostraran sus documentos y llenaran estos
papelitos de reglamento. Sebastián no encontraba su lápiz pero
Tor, sonriente, sacó dos, obligándolo a inventar su cara de confraternidad
y a decidirse, en monólogo interior, a mostrarle en el mapa que Tor sacaría
de la casa de campo que traía en la mochila, dónde exactamente
quedaba su país, a lo mejor le interesaba y mañana se iba caminando
hasta allá.
Se llamaba Sigfrido, no Tor, y Sebastián, ya con pulmonía, le
entregó su mano para que se la hiciera añicos, obligándolo
a cargar su maleta con la mano izquierda y a seguirlo mientras desfilaba enorme
hasta la habitación bastante buena, con ducha y todo. Sebastián
estornudó tres veces mientras se ponía el pijama y, cuando al
cabo de unos minutos, vio a Tor desnudo meterse a la ducha fría, luego
lo escuchó cantar y dar porrazos, no sabía bien si en la pared
o en su pecho vikingo, decidió cubrirse bien con la frazada porque esa
noche se iba a morir de pulmonía. «Tara-la-la-la-la-la-la; trra-la-la-la-la-lala-la;
Jijoanito Panano, Jijoanito Panano...» -Estoy seguro, doctor psiquiatra,
de que venía de dar la vuelta al mundo con la mochila en la espalda y
los zapatones esos que eran un peligro para la seguridad, para los pies públicos.
Y todavía podía cantar con una voz de coro de la armada rusa y
bañarse en agua fría, sólo teníamos agua fría
y no hubo la menor variación en el tono de voz cuando abrió el
caño; nada, absolutamente nada: Siguió cantando como si nada y
yo ahí muriéndome de frío y pulmonía en la cama...
-Sebastián, yo creo que exageras un poco; cómo va a ser posible
que un simple resfriado se convierta en pulmonía en cosa de minutos;
te sentías mal, cansado, deprimido...
-A eso voy, doctor psiquiatra; a eso iba hace un rato cuando lo empecé
a ver a usted cag...
-Ya te di je que había sido un error tener la cita en un café;
constantemente volteas a mirar a la gente que entra...
-No, doctor psiquiatra; no es eso; los sacudones que doy con la cabeza hacia
todos lados son para borrármelo a usted de la mente cag...
-Escucha, Sebastián...
-Escuche usted, doctor psiquiatra, y no se amargue si lo veo en esa postura
porque si usted no es capaz de comprender que un resfriado puede transformarse
en pulmonía en un segundo por culpa de un tipo como Tor, entonces es
mejor que lo vea siempre cagando, doctor psiquiatra...
-...
-¿No comprende, usted? ¿No se da cuenta de que venía de
dar la vuelta al mundo como si nada? ¿No se lo imagina usted con la casa
de campo en la espalda y luego desnudo y colorado bajo la ducha fría,
preparándose para dormir sin pastillas y sin problemas las horas necesarias
para partir a dar otra vuelta al mundo? -¿Cómo acabó todo
eso, Sebastian? -Fue terrible, doctor; fue una noche terrible; se durmió
inmediatamente y estoy seguro de que no roncó por cortesía; yo
me pasé horas esperando que empezara a roncar, pero nada: No empezó
nunca; dormía como un niño mientras yo empapaba todo con el sudor
y clamaba por un termómetro; nunca he sudado tanto en mi vida y ¡cómo
me ardía la garganta! Empecé a atragantarme las tabletas esas
de penicilina; me envenené por tomarme todas las que había en
el frasco. Fue terrible, doctor psiquiatra, Tor se levantó al alba para
afeitarse, lavarse los dientes y partir a dar otra vuelta al mundo; a pie, doctor
psiquiatra, las vueltas al mundo las daba a pie, no hacía bulla para
no despertarme y yo todavía no me había dormido; ya no sudaba,
pero ahora todo estaba mojado y frío en la cama y ya me empezaban las
náuseas de tanta penicilina. Tor era perfecto, doctor psiquiatra, estaba
sanísimo, y yo no sé para qué me moví: Se dio cuenta
de que no dormía y momentos antes de partir se acercó a mi cama
a despedirse, dijo cosas en alemán y yo debí ponerle mi cara de
náuseas y confraternidad cuando saqué el brazo húmedo de
abajo de la frazada y se lo entregué para que se lo llevara a dar la
vuelta al mundo, me ahorcó la mano, doctor psiquiatra...
-¿No lograste dormir después que se marchó? -Sí,
doctor psiquiatra, sí logré dormir pero sólo un rato y
fue suficiente para que empezaran nuevamente los sueños graciosos; fue
increíble porque hasta soñé con las palabras necesarias
para que el asunto fuera cómico; sí, sí, la palabra holocausto;
soñé que el propietario-recepcionista y yo ofrecíamos un
holocausto a Tor, allí, en la entrada de la pensión, los dos con
el carnerito, y el otro dale que dale con su «Haben Sie ein Zimmer»
y después empezó a regalarme tabletas de penicilina que sacó
de un bolsillo numerado de su camisa...
Era domingo y faltaban dos días para el día de la cita. Sebastián
fue al comedor y desayunó sin ganas. Había vomitado varias veces
pero era mejor empezar el día desayunando, como todo el mundo, y así
sentirse también como todo el mundo.
Necesitaba sentirse como todo el mundo. Era un día de sol y por la tarde
iría a toros. Por el momento se paseaba cerca del mar y se acercaba al
puerto. Se sentía aliviado. Sentía que la penicilina lo había
salvado de un fuerte resfrío y que vomitar lo había salvado de
la penicilina. Se sentía bien. Optimista.
Caminaba hacia el puerto y empezaba a gozar de una atmósfera pacifica
y tranquila y que el sol lograba alegrar. Sonreía al pensar en el Sigfrido
que él habia llamado Tor y se lo imaginaba feliz caminando por los caminos
de España.
En el puerto se unió a un grupo de personas y con ellas caminó
hasta llegar al pie de los dos barcos de guerra. Eran dos barcos de guerra norteamericanos
y estaban anclados ahí, delante de él. Sebastián los contemplaba.
No sabía qué tipo de barcos eran, pero los llamó «destroyers»
porque esos cañones podrían destruir lo que les diera la gana.
La gente hacía cola; subía y visitaba los «destroyers»
mientras los marinos se paseaban por la cubierta y, desde abajo, Sebastián
los veía empequeñecidos; entonces decidió marcharse para
que los marinos que lo estaban mirando no lo vieran a él empequeñecido.
Eran unos barcos enormes y Sebastián ya se estaba olvidando de ellos,
pero entonces vio la carabela.
Ahí estaba, nuevecita, impecable, flotando, anclada, trescientos metros
más acá de los «destroyers», no a cualquiera le pasa,
la carabela, y Sebastián dejó de comprender. Quiso pero ya no
pudo sentirse como después del desayuno y ahora se le enfriaban las manos.
Ya no se estaba paseando como todo el mundo por Barcelona y ahora sí
que ya no se explicaba bien qué diablos pasaba con todo, tal vez no él
sino la realidad tenía la culpa, presentía una teoría,
sería cojonudo explicársela a un psiquiatra, una contribución
al entendimiento, pero no: nada con la que te dije, nada de «recuéstese
allí, jovencito», nada con las persianas del consultorio.
Su carabela seguía flotando como un barco de juguete en una tina, pero
inmensa, de verdad y muy bien charolada. Sebastián se escapó,
se fue cien metros más allá hasta las «golondrinas».
Así les llamaban y eran unos barquitos blancos que se llevaban, cada
media hora, a los turistas a darse un paseo no muy lejos del puerto. Ahí
mismo vendían los boletos; podía subir y esperar que partiera
el próximo; podía sentarse y esperar en la cafetería. No
compró un boleto; prefirió meterse a la cafetería y poner
algún orden a todo aquello que le hubiera gustado decirle a un psiquiatra,
a cualquiera.
No pudo, el pobre, porque al sentarse en su mesa se le vino a la cabeza eso
de los niveles. Recién lo captó cuando se le acercó el
hombre obligándolo a reconocer que tenía los zapatos sucios, él
no hubiera querido que se agachara, yo me los limpio, pero estaban sucios y
el hombre seguía a su lado, listo para empezar a molestarse y él
dijo sí con la cabeza y con el dedo y para terminar y ahora el hombre
ya estaba en cuclillas y ya todo lo de los pies y los marineros de los «destroyers»
arriba, sobre los taburetes, delante del mostrador, pidiendo y bebiendo más
cerveza. «Yo también quiero una cerveza», dijo, cuando lo
atendieron. El mozo también estaba a otro nivel.
Después pensaba que el lustrabotas no tenía una cara. Tenía
cara pero no tenía una cara, y cuando se inclinaba para comprobar sólo
le veía el pelo planchado, luchando por llenarse de rulos y una frente
como cualquier otra; nunca la cara; no tenía una cara porque también
cuando se deshacía en perfecciones y dominios lanzando la escobilla,
plaff plaff, como suaves bofetadas, de palma a palma de la mano, cada vez más
rápido, lustrando, puliendo, sacando brillo con maña, técnica,
destreza, casi un arte, un artista, pero no, no porque no era importante, era
sólo plaff plaff, arrodillado, y los barquitos, «golondrinas»,
continuaban partiendo, cada media hora, llenos de turistas, a dar una vuelta,
un paseo, no muy lejos del puerto, por el mar.
El lustrabotas le dijo que el zapato tenía una rajadura, él ya
lo sabía y no miró; entonces el hombre sin cara le dijo que no
era profunda y que se la había salvado, le habia salvado el zapato, el
par de zapatos; entonces él miró y ahí estaba siempre la
rajadura, sólo que ahora además brillaba, obligándolo a
apartar la mirada y agradecer, a agradecer infinitamente, a encender el cigarrillo,
a beber el enorme trago de cerveza, a mirar al mostrador, a volver a pensar
en niveles, a hablar de su adorado zapato, le había costado un dineral,
obligándolo a pensar ya en la propina, qué le dijo el español
sobre las propinas, qué piensan los Linares sobre los lustrabotas, cuántas
monedas tenía, plaff plaff plaff, como suaves bofetadas, casi caricias,
que es la generosidad.
Todavía por la tarde, fue a los toros.
-La peor corrida del mundo, doctor psiquiatra; no se imagina usted; fue la peor
corrida del mundo, con lluvia y todo. Puro marinero americano, puro turista;
sólo unos cuantos españoles y todos furiosos; todos mandando al
cacho a los toreros, pero desistieron, doctor psiquiatra, desistieron y empezaron
a tomarlo todo a la broma, doctor psiquiatra; burlas, insultos, carcajadas,
almohadonazos; sólo la pobre sueca sufría, la pobre no resistía
la sangre de los toros, se tapaba la cara, veía cogidas por todos lados,
lloraba, era para casarse con ella, doctor psiquiatra, pero lloraba sobre el
hombro de su novio, doctor psiquiatra, desaparecía en el cuello de un
grandazo como Tor, doctor psiquiatra, un grandazo como Tor aunque este no estaba
tan sano...
-¿Y tuviste más sueños, Sebastián? -Ya no tantos,
doctor psiquiatra, ya no tantos; sólo soñé con la corrida:
Era extraño porque el grandazo de la sueca era y no era Tor al mismo
tiempo... Sí, sí, doctor psiquiatra, era y no era porque después
yo vi a Tor llegando a una pensión en Egipto y preguntando «Haben
Sie ein Zimmer?», aunque eso debió haber sido más tarde,
en realidad no recuerdo bien, sólo recuerdo que yo me asusté mucho
porque la plaza empezó a balancearse lentamente, se balanceaba como si
estuviera flotando y sólo se me quitó el miedo cuando descubrí
que las graderías habían adquirido el ritmo de las mandibulas
de los marineros: Eran norteamericanos, doctor psiquiatra, y estaban mascando
chicle... Parecían contentos...
No le gustaba jugar a las cartas; no sabía jugar solitario, pero cree
que puede hablar de lo que siente un jugador de solitario; cree, por lo que
hizo esa mañana, un día antes de la cita con los Linares.
Desayunó como todo el mundo en la pensión, a las nueve de la mañana.
Después se sentó en la recepción, conversó con el
propietario-recepcionista, evitó los paseos junto al mar y fumó
hasta las once de la mañana. Una idea se apoderó entonces de Sebastián:
por qué no haberse equivocado en el día de la cita; se habían
citado el martes treinta de julio, a la una de la tarde, pero se habían
citado con más de un mes de anticipación, y con tanto tiempo de
por medio, cualquiera se equivoca en un día. Además le preocupaba
no conocer Barcelona; ¿y si se equivocaba de camino y llegaba después
de la hora?, ¿y si se perdía y llegaba muy atrasado?, ¿y
si ellos se cansaban de esperarlo y decidían marcharse? Bajó corriendo
la escalera de la pensión y se volcó a la calle en busca del Café
Terminus, esquina del Paseo de Gracia y la calle Aragón. Y ahora caminaba
desdoblando ese maldito plano de la ciudad que se le pegaba al cuerpo y se le
metía entre las piernas con el viento. «Por aquí a la derecha,
por aquí a la izquierda», se decía, y sentía como
si ya lo estuvieran esperando en ese maldito café al que nunca llegara.
El sol, el calor, el viento, la enormidad del plano que se desdoblaba con dificultad,
que nunca jamás se volvería a doblar correctamente, que podía
estar equivocado, ser anticuado... No, no; parado en esa esquina, la más
calurosa del mundo, sin un heladero a la vista, no, el ya nunca más volvería
a ver a los Linares.
Y después no pudo preguntarle al policía ése porque el
propietario-recepcionista se había quedado con su pasaporte, su único
documento de identidad, ¿y si había vencido ya su certificado
de vacuna?, a ese otro sí podía preguntarle: peatón, transeúnte,
hágame el favor, señor, y luego lo odió cuando le dijo
que el Terminus estaba allá, en la próxima esquina, y él
comprobó que faltaba aún una hora para la cita, además
la cita era mañana.
Realmente ese mozo del Terminus tenía paciencia, no le preguntaba qué
deseaba, aunque no debía seguirlo con la mirada. ¿Qué podía
estar haciendo ese señor? ¿Por qué se sentó primero
en el interior y después en la terraza? ¿Por qué se trasladó
del lado izquierdo de la terraza, al lado derecho? ¿Qué busca
ese señor? ¿Está loco? ¿Por qué no cesa de
mirarme? Me va a volver loco; ¿no se le ocurre comprender? Y así
Sebastián estudiaba todas las posibilidades, se ubicaba en todos los
ángulos, estudiaba todos los accesos al café, para que no se le
escaparan los Linares. Escogería la mejor mesa, aquella desde donde se
dominaban ambas calles, desde donde se dominaban todas las entradas al café.
La dejaría señalada y mañana vendría, con horas
de anticipación, a esperar a los Linares.
Pero ahora también los esperó bastante, por si acaso.
La noche antes de la cita tambien soñó, pero era diferente. Por
la mañana se despertó muy temprano, pero se despertó alegre
y desayunó sintiéndose mejor que todo el mundo. También
caminó hasta el Café Terminus, pero ahora ya conocía el
camino y no traía el plano de la ciudad. Llevó ropa ligera y anteojos
de sol, pero el sol estaba agradable y no quemaba demasiado. Una vez en el café,
encontró su mesa vacía y el mozo ya no lo miraba desesperantemente;
se limitó a traerle la cerveza que él pidió, y luego lo
dejó en paz con el cuaderno y el lapiz que había traído
para escribir, porque aún faltaban horas para la hora de la cita. Y escribía;
escribía velozmente, y durante las primeras dos horas sólo levantaba
la cabeza cada diez minutos, para ver si ya llegaban los Linares; luego ya sólo
faltaba una hora, y entonces levantaba la cabeza cada cinco minutos, cada tres,
cada dos minutos porque ya no tardaban en llegar, pero escribía siempre,
escribía y levantaba la cabeza, escribía y miraba... un mes.
-Dices que eran unos sueños diferentes, Sebastián...
-Sí, doctor, completamente diferentes; eran unos sueños alegres,
ahí estaban todos mis amigos, todos me hablaban, los Linares llegaban
constantemente, no se cansaban de llegar, llegaban y llegaban; eran unos sueños
preciosos y si usted me fuera a dar pastillas, yo sólo quisiera pastillas
contra los otros sueños, para estos sueños nada, doctor, nada
para estos sueños de los amigos y de los Linares llegando...
¿Cuál de los dos está más bronceado? ¿Él
o ella? ¿Cuál lleva los anteojos para el sol? ¿Quién
sonríe más? Maldito camión que no los deja atravesar. Y
el semaforo todavía. Ponte de pie para abrazarlos. No derrames la cerveza.
No manches el cuento. No patees la mesa. Luz verde. Cuál de los dos está
más bronceado. A quién el primer abrazo. Las sonrisas. Los Linares.
Las primeras preguntas. Los primeros comentarios a las primeras respuestas.
-¡Hombre!, ¡Sebastián!, pero si estás estupendo.
-Sí, sí. Y ustedes ¡bronceadísimos! Ya hace más
de un mes.
-¡Hombre!, mes y medio bajo el sol; ya es bastante. ¿Y no ves lo
guapa que se ha puesto ella? -Y ahora, Sebastián, a Gerona con nosotros.
-¿Tres cervezas? -Sí, sí. Asiento, asiento.
-¿Y esto qué es, Sebastián? -Ah, un cuento; me puse a escribir
mientras los esperaba; tendrán que soplárselo.
-¡Vamos!, ¡vamos!, ¡arranca! -No, ahora no; tendría
que corregirlo.
-¿Y el título? -Aún no lo sé; había pensado
llamarlo Doctor psiquiatra, pero dadas las circunstancias, creo que le voy a
poner Antes de la cita, con ustedes, con los Linares.
París, 1967
© Alfredo Bryce Echenique
Alfredo
Bryce Echenique
Verita y la Ciudad luz
A Noële y Jean Franco
"¡Mamita!
¡Qué tal par de cretinos!", fueron las primeras palabras que
escuché decir a Verita. Aún no lo conocía, ni sabía
quién era, ni sabía tampoco que era peruano ni en qué momento
había hecho su aparición en L'Escale, un pequeño, muy oscuro
y sumamente atabacado local musical, situado en la rue Monsieur le Prince, entre
los bulevares Saint Germain y Saint Michel, y en pleno corazón elegante
del Barrio latino.
Sin embargo, L'Escale distaba mucho de ser un local distinguido o minimamente
elegante, siquiera, y ahí uno se instalaba como podía en mesitas
apretujadas y se sentaba en incomodísimos y muy bajos taburetitos, sin
saber nunca muy bien qué hacer con las piernas. Pero aquel simpático
y muy popular antrillo era algo así como la meca musical de los latinoamericanos
en la época en que llegué a París y lo seguiría
siendo muchísimos años después. En él habían
cantado o tocado la guitarra, el arpa, la quena, el charango y qué sé
yo cuántos instrumento más del folclor latinoamericano, con la
única finalidad de ganarse un con qué vivir, jóvenes promesas
de las letras y de las artes, como el venezolano Soto, cuya obra plástica
adquiriría con el tiempo renombre universal, Y a él acudía
cada noche, a escuchar su música y beberse tintorros y sangrías
de nostalgia, o simple y llanamente a divertirse con un grupo de amigotes o
con una chicoca, toda una fauna proveniente de cuanto rincón pueda encontrar
uno entre el Grande y la Patagonia.
Una noche estaba yo ahí sentado con mis amigos y compatriotas Carmen
Barreda, futura gran pintora peruana, Raúl Asín, futuro abogadazo
y hasta presidente de una gran empresa, y el simpático y siempre correcto
Carlos Condemarín, otro mayúsculo futurible más, y no sé
bien si hasta ministro aún en pañales, pero sí algún
día presidente, me parece, de algo tan importante como el Banco de la
Nación o el Reserva del Perú, o qué sé yo, pero
a lo grande, eso sí.
Y estábamos de lo más tranquilos con nuestra jarra de sangría,
escuchando canciones paraguayas, pasillos ecuatorianos y Juan Charasqueado,
nuestra canción preferida, cuando a alguien se le ocurrió mandarse
La Cumparsita y dos bonaerenses casi se nos mueren juntitos de nostalgia, a
pesar de encontrarse ubicados en las dos mesas más distantes que había
en L'Escale.
- Llo no aguanto más sin Buenos Aires - se quejó amargamente el
bonaerense invisible de la mesa del fondo del negro local.
- Y llo mucho más que vos - se amargó lamentablemente el invisible
de la mesa justito al pie del estrado.
- Fíjate que lla llevo tres días desde que salí - dialogó
en la oscuridad el llo del fondo invisible.
- Y llo toda una semana - empezaba a batir su propio récord el invisible
de al lado del estrado, cuando se oyó que un tipo soltaba la carcajada,
al tiempo que encendía un encendedor Zippo y se ponía la tremenda
mecha encendida en la cara, para que lo vieran bien y oyeran aún mejor
su irónico y exclamativo comentario:
- ¡Mamita! ¡Qué tal par de cretinos!
Era Verita, por supuesto, y resultó ser peruano y bien macho, si lo pide
la ocasión, y hasta se puso de pie con el Zippo de fogata, porque aquí
el que ronca ronca y qué, pero felizmente los bonaerenses ni lo vieron
ni lo oyeron, de puro enfrascados en la nostalgia en que se hallaban.
Así conocimos a Luis Antonio Vera, alias Verita, por lo entrañable
y simpático que era, ingeniero agrónomo de profesión, enólogo
de especialización, en Francia y donde haya buen vino, hombre de sonrisa
eterna que jamás en su vida había tenido un problema, y que en
su enológico y motorista recorrido por los viñedos de Europa y
media, iba dejando una estela de alegría y positivismo absolutos y contagiosamente
maravillosos. Porque para Verita todo lo bueno era posible y todo lo malo simple
y llanamente imposible. Verita era un ejemplar único de peruano optimista
de principio a fin y de cabo a rabo, de sol a sol y de año tras año
y de década tras década, mañana, tarde y noche. Yo, un
día, por ejemplo, le pregunté por Cesar Vallejo, el más
metafísicamente triste y pesimista de todos los peruanos, que ya es decir,
y que incluso consideraba muy seria y gravemente la posibilidad de haber nacido
un día en que Dios estaba enfermo...
- No me vengas con cuentos, hermanito - me interrumpió Verita, agregando:
- Sin ánimo de querer discutir con todo un hombre de letras de cambio,
je je, como tú, permíteme decirte que, por más grande y
genial que fuera Vallejo como poeta, sólo a un huevas tristes se le ocurre
pensar una cosa semejante, y además soltártela en un poema.
- Bueno, pero se le ocurrió.
- Púchica, hermanito. Ponme tú al Cholo Vallejo delante y meto
tal inyección de desahuevina que lo convierto en Walt Whitman. A ese
hombre seguro que le faltaba una buena hembrita y uno de esos vinos cuyo secreto
sólo posee este pechito.
Así esa Luis Antonio Vera, Verita para sus amigos y Varita Mágica
para sus amigas. Todavía lo recuerdo, corriendo en su moto por todo París
con una chica en el asiento posterior. Y una chica distinta, cada día.
Y sin embargo, Verita no era un donjuán ni un veleta, ni era tampoco
un motociclista que recorría Europa dejando un amor en cada puerto. Verita
era simple y llanamente simpático y contagioso. Sí, sumamente
contagioso. Porque durante el año que permaneció en París
todos conocimos montones de chicas encantadoras y muchos incluso nos casamos.
Yo, el primero. Y nadie tenía un centavo para celebrar su boda pero eso
no fue jamás problema alguno para aquel muchacho tan generoso como entrañable
y alegre. Se conquistaba al primer dueño de restaurante que conocía,
organizaba una colecta en pro del amor, y todo quedaba pagado en un comedor
especial que él hacía cerrar para los festejos, aunque con una
extraña condición, eso sí: que lo dejaran sacar a la novia
cargada del restaurante cuando terminara el bailongo.
- ¿Y eso por qué, Verita? - Le pregunté un día.
- Para entrenarme, hermanito - me decía. - Porque el día que Verita
ame, nadie va a amar como Verita. Y a su hembrita la va llevar cargada por el
mundo entero.
- ¿Y por qué no te entrenas cargando a todas las chicas que paseas
en tu moto?
- Pa' que no se hagan locas ilusiones, pues, hermanito. Cargando a las novias
de mis amigos nadie se hace ilusiones y en cambio Verita se mantiene en forma
para el gran día del amor.
Verita, que jamás conoció ni oyó hablar de caduco y lamentable
Remigio González, el peruano aquel que tiempo antes de su llegada se
pasó un año entero en París dedicado única y exclusivamente
a meterle letra a cuanta chica se cruzaba en su camino, y que abandonó
la Ciudad luz con la cara de héroe muerto en batalla perdida, tras haber
llegado con un optimismo guerrero que ni los generales Eisenhower, Patton y
Mac Arthur juntos. Verita, que con su permanente sonrisa, sus ojitos chinos
de felicidad y vivaces y locuaces miraba a mil sitios al mismo tiempo y de cada
uno de ellos le llovía una muchacha para su moto, Verita, sí,
era una suerte de inmensa y definitiva reivindicación del honor perdido
por un peruano tan cretino como creído y tan caduco en su estilo como
lamentable en su grosera ambición. Verita nos había dado, en cambio,
y nos seguía dando cada día, lo mejor de su campechanismo, de
su naturalidad, de su nobleza y de su contagiosísima alegría.
O sea que Verita se merecía lo mejor, y lo encontró en París.
Y había que verlo y oírlo cuando nos hablaba de su Ingrid, con
su habitual plaga de diminutivos: "Una alemanita, hermanito, una diocesita,
una virgencita de altar", Y se montaba en su moto y salía disparado
a sus cursos intensivos de alemán en el Instituto Goethe de París.
Y nos mostraba feliz las buenas notas que iba acumulando mientras su Ingridcita
visitaba a sus padres en Alemania para anunciarles su inminente boda con el
enólogo peruano diplomado summa cum laude en la lengua de Goethe y todo.
Y la esperaba soñando en diminutivo y con la más grande y feliz
ternura que he visto en mi vida. Y por mi departamento caía a cada rato
para mantenerse en forma, cargando un rato a mi carcajeante esposa. Y de mi
departamento corría al de otro amigo y luego al de otro y así
de visita en visita para que uno tras otro los amigos le prestáramos
cinco minutitos a tu señora, hermanito, para que cuando mi Ingridcita
regrese yo esté en forma para llevarla cargada por el mundo entero y
sus viñedos...
Nevaba el día en que tomamos conciencia de que hacía varios meses
que nadie veía a Verita. Y fuimos varios los amigos que nos acercamos
al departamento en que vivía, en busca de noticias. Un portero locuaz
nos hizo saber que el señor Luis Antonio Vera había sufrido algún
tipo de dolencia y que también algún problema personal o sentimental;
lo había hecho vender su motocicleta, cancelar su contrato de alquiler
y desaparecer de la noche a la mañana, sin despedirse de nadie.
Tuve que esperar un año para enterarme, de la forma más casual,
que Ingridcita, su alemanita, su diocesita y virgencita de altar, no sólo
lo había estafado, dejándolo sin un centavo, sino que al mismo
tiempo le había trasmitido una enfermedad venérea. Melo contó
un estudiante de medicina que conocí una tarde y que, al enterarse de
que yo era peruano, recordó el caso de un pobre compatriota mío
que, encontrándose en la miseria, se había prestado como conejillo
de indias en una clase práctica de la Facultad de Medicina, a cambio
de un tratamiento gratuito. Se llamaba Luis Antonio Vera y un catedrático
de la Facultad lo había expuesto en su clase como ejemplo de lo que puede
ser una feroz gonorrea, ante un grupo de muy atentos alumnos.
© Alfredo Bryce Echenique
Alfredo
Bryce Echenique
Pobre gente de París...
A Remigio González
le había dicho su padre, cuando le despidió allá en su
Lima natal, que no se anduviese con cuentos en París, que le sacase un
enorme provecho a su beca para estudiar cooperativismo, y que, por encima de
todo, mucho pero mucho cuidado con pescar una gonorrea en invierno. "Hijo
mío -le había concluido su padre a Remigio González, hablándole
de hombre a hombre y abrazándole entre paternal, brutal, y los hombres
también lloramente, ante la puerta de embarque número cinco del
aeropuerto de Lima-. No olvides, mijito mío de mi alma, que yo soy la
voz de la experiencia y que también viví mi París de soltero,
allá por el año veinticinco. Y créeme que un invierno en
París es cosa seria y que con gonorrea el asunto se pone ya de necesidad
mortal. Y recuerda siempre que, por más de la puta madre (con el perdón
de aquí tu señora madre) que esté una franchutita, en el
fondo de su alma no es más que una puta. Y jamás olvides que la
piba más bella del barrio latino terminó convertida en una madame
Ivonne, en Buenos Aires, según canta en un tango el inmortal Carlitos
Gardel, que de minas francesas supo casi tanto como Dios, porque, además,
nació en Toulouse de Francia. Todas, mijito, dan muy mal pago y gonorrea.
Y todas, todititas, son como la Brigitte Bardot esa, que mucho acentito lindo
y mucho pimpollo y pepa de mango, pero que de BB nada y de PP todo".
Después, el padre de Remigio González le cedió la palabra,
el último abrazo, el beso conmovedoramente prolongado y el llanto a mares,
a aquí tu señora madre, que ante la puerta de embarque y última
llamada número cinco del aeropuerto de Lima sólo atinó
a desgarrarse aún más, aunque logrando a pesar de todo exhalar
un lamentable y último suspiro de limeña. Consistió éste
en la promesa eterna de llevar el hábito color morado del Señor
de los Milagros cada mes de octubre, porque en octubre se estaba embarcando
suijito, y porque el Señor de los Milagros no le fallaba nunca a nadie
y era el Cristo moreno y patrón de la ciudad de Lima, también
llamada Ciudad Jardín, por entonces, algo que en la altamente tugurizada
Lima que se fue, de hoy y de Chabuca Granda, resulta ya totalmente imposible
y suena más bien a insulto de extranjero indeseable.
Soplaban vientos de otoño, de 1964, y de Charles Aznavour cantando La
bohème y Comme c¹est triste Venise, cuando entre varios centenares
más de latinoamericanos de ambos sexos y del más amplio espectro
y aspecto (cholos chatos, multiformes y todoterreno, mulatos alegres al principio,
pero luego los peores para aguantar inviernos de comida sin picante y lontananzas
sin ritmos patrios, una minoría negra, entre serena, virreinal y muy
en su lugar, o sea, sólo por encima del indio, ningún indio de
mierda, un pelirrojo como Dios manda, arios bajo sospecha y un millonario de
verdad, que quería empezar de cero, como empezó su padre), Remigio
González ocupó por primera vez su lugar en la cola del edificio
Chatelet, donde chicas y chicos españoles y latinoamericanos cobraban
mensualmente la beca del gobierno francés.
El era el pelirrojo de verdad. Y era tan alto y pelirrojo y fornido que ya casi
no parecía un latinoamericano, sino un actor de Hollywood años
cincuenta representando el papel de Un americano en París. Pero, no,
qué va. A Remigio González, a pesar de la gonorrea mortal de su
padre y del hábito desgarradoramente morado de su señora madre,
su alma-corazón-y-vida lo delataron como un gran seductor made in Perú
y muy años sesenta, o sea, ya casi decimonónico, en el preciso
momento en que llegó a la ventanilla de pago y la funcionaria de turno
-que no estaba nada mal para ser una funcionaria de turno y porque en tiempo
de guerra todo hueco es trinchera y La bohème, la bohème..., de
Charles Aznavour-, con el fin de ubicar el sobre con sus miserables cuatrocientos
ochenta francos mensuales, le preguntó su nombre, nacionalidad y la rama
del saber que lo había traído a Francia. Sintiendo y tarareando
el orgullo y la felicidad de ser peruano, de haber nacido en esa hermosa tierra
del sol, donde el indómito Inca, prefiriendo morir, legó a su
raza la gran herencia de su valor, etc., etc., y con su mejor espíritu
de futbolista peruano con camiseta patria en estadio extranjero, Remigio González
untó su voz con miel de abejas y néctar de dioses, y se presentó:
-La bohème, la bohème, mamasel mamacita. My name is Remi, aunque
solo para ti soy made in Perú, de pies a cabeza, y mi especialidad en
el saber es la de latin lover, pero latino, además, lo cual es, como
quien dice, un primer valor añadido...
El iba a agregar mucho más, el inefable, caduco y lamentable Remigio
González iba a preguntarle a qué hora salía del trabajo
mamasel mamacita, cuando la funcionaria le rompió en sus narices el sobre
con sus cuatrocientos ochenta francos del alma y del mes, a gritos se lo rompió,
además, llamando a su jefe y éste luego a la policía, por
si las moscas, mientras en la cola enfurecían los españoles porque
ya basta de tanta espera por el pelirrojo ese de eme, coño.
Entre los latinoamericanos, en cambio, nació al unísono la más
alegre solidaridad anti Remigio González cuando una panameña desenfadada,
de buen ver y mejor estar en este mundo, gritó, autoritaria y lideresa:
"¡Qué cobre el que sigue y que viva el mambo de Pérez
Prado. Y usted, compadre made in Perú, lo menos que agarra este mes para
dormir y comer es un muelle del Sena by night, o sea, que mucho ojo con los
clochards, que también los hay del otro equipo!". La verdad, hasta
Simón Bolívar habría aprovechado ese momento de total concordia
latinoamericana para crear un gran estado fuerte y unido al sur del río
Grande.
"Alfredo Bryce" -me dije, lo menos bolivarianamente que darse pueda,
y profundamente triste, mientras observaba el avergonzado y solitario caminar
de cabeza gacha con que Remigio González abandonaba al edificio Chatelet.
"Alfredo Bryce" -me repetí, abandonando enseguida mi lugar
en la cola para acercarme al pelirrojo más derrotado que he visto hasta
hoy en mi vida. Pero que hay gente que hasta la muerte es como Remigio González,
aprendí en aquella oportunidad, cuando al acercarme y presentarme pude
comprobar que hay individuos que, por decirlo de alguna manera, se crecen ante
la adversidad cuando tienen ante sí a un tipo aún más imbécil
que ellos. Remigio González no sólo me dejó con la mano
tendida, sino que pegó un escupitajo que me rozó un zapato, olvidó
por completo y para siempre que acaba de portarse como un imbécil y,
recuperando la totalidad de su metro ochenta y cinco y el esplendor rojo de
su engominado pelo, cruzó la calle como quien cruza un baile limeño
muy 1960 para matar a una hembrita con sus andares y su mirada, y partió
hacia un millón de conquistas amorosas.
Volví a entrar al edificio, y me disponía a ubicarme al final
de la cola cuando un español me dio la voz y me dijo que me había
estado guardando mi lugar, delante de él, en esa cola.
-Mi nombre es Antonio Linares -me dijo-, y vengo de Málaga a estudiar
sociología. Debo confesarte que llevo un buen rato observándote
y que eres el único aquí que no se ha pasado todo el rato mirándole
el culo a las mujeres. ¿Cómo te llamas?
-Bryce... Alfredo Bryce... Muchas gracias por guardarme el sitio.
-Nada, hombre... ¿Peruano?
-De Lima, sí. Y he venido a estudiar literatura francesa.
Antonio Linares fue mi primer amigo en París. Y fue también mi
maestro. Y aunque con el tiempo el hombre se politizó en exceso y sólo
vivió para su causa, siempre hizo una risueña excepción
conmigo, como si aquel fracaso mío con el cretino de Remigio González
le hubiese abierto una pequeña brecha en el corazón de paredón
que reinaba entre la izquierda de aquellos años. Me refiero, claro, a
los hispanohablantes, a los españoles y, sobre todo, a los latinoamericanos.
Mezclado con éstos, y al mismo tiempo no sintiéndome jamás
completamente mezclado con nada, aprendí que era gente peligrosa por
un hecho fundamental: porque es malo creer en una sola idea, sobre todo en el
caso en que se tiene una sola idea.
En fin, como el semanario que todos leíamos en aquella época,
Le Nouvel Observateur, muy pronto me descubrí convertido en una suerte
de nuevo observador, a menudo condenado a fracasos como el que había
experimentado sólo por apiadarme de Remigio González. Y entonces
parecía un espectador taurino que, en el medio de la más apoteósica
faena, descubre que a la roja y grave muleta del torero le falta un pespunte
y que, en cambio, la capa trae una alegre y hermosa perfección que le
permite al matador ejercer con plenitud la personificación de su arte,
o sea, aquello que Joselito llamó el estilo y que, según él,
no era otra cosa más que la gracia con que se viene al mundo.
Por todo ello puedo decir, hoy, que al inefable matador de hembritas parisienses
Remigio González le faltó siempre un pespunte y que nunca me cansé
de observarlo. En otoño llevaba siempre un impermeable a lo Albert Camus
y Humphrey Bogart, y esquineaba por todas las calles del barrio latino, poniéndose
en marcha, eso sí, no bien pasaba una mamasel mamacita digna de que él
pusiera en funcionamiento la estudiada y presumida ciencia del enamoramiento
que allá, en su Lima de barrio chico y cortas miras, le había
resultado tan exacta como infalible. Yo conocía sus itinerarios preferidos
y me dedicaba a observarlo con tanta curiosidad como piedad. ¿Cuál
era su error? ¿Cuál era la razón por la que, una y otra
vez, tarde tras tarde y noche tras noche, abandonara el barrio latino sin una
sola presa?
Yo creo que era que ya las muchachas de aquel momento parisiense y cosmopolita
ni lo entendían. Y que poco a poco el altivo pelirrojo empezaba a parecerse
cada vez más un desamparado indio que baja a Lima desde sus andinas alturas
y quiere preguntarnos algo desesperadamente, en un idioma que le es ajeno. Se
ha dicho, y es cierto, que por Lima uno pude curzarse con un hombre que acaba
de llegar, por ejemplo, del siglo XVI. Pues eso es lo que creo yo que le ocurría
al pobre.
Porque cuando llegó al invierno y Remigio González -que, dicho
sea de paso, jamás pisó el curso de cooperativismo para el que
se le había otorgado la beca- estrenó un abrigo simple y llanamente
inenarrable, y se engominó más que nuca su roja cabellera lacia
y dijo más que nunca mamasel y mamacita y ¿voulezvous un café
avec un péruvien comme moi à París la bohème?, Sin
la más remota posibilidad de éxito, él y su decaída
fama de don Juanito -éste era su apodo, desde mediados del invierno,
más o menos-, no tuvieron más remedio que trasladar sus puntos
de observación del devenir femenino al mundo de las hembritas árabes.
Y ahí no sólo fracasó, una vez más, sino que le
llegó, además, la noche en que una mancha estudiantil árabe
obró grupalmente, asestándole tremenda paliza por el solo hecho
de haber pisado territorio magrebí.
Y todo esto se debe, cómo no, a que un magrebí es como un latinoamericano
corregido y aumentado, en todo lo que al eterno femenino se refiere. Los magrebíes
respetan tu terreno con ley de hampa donjuanesca y hasta le hacen serias y respetuosas
venias a tu pareja, por más bella y sublime que ésta sea. Y, ay,
por consiguiente, ay de ti si te metes con una falda que les pertenece. Te aplican
la ley del más macho con nocturnidad, alevosía y gran maldad,
y eso equivale a que te caen de a montón magrebí y te dejan bien
pateado en el suelo y convertido en carne de ambulancia.
Y a aquella soberana paliza se debió la prolongada desaparición
del barrio latino, sus esquinas y sus calles, del ya pobrecito Remigio González,
y también su coja y tardía reaparición primaveral en el
bulevar Saint Michel. Dicen que Valle Inclán fascinaba a las mujeres
contádoles mil y una versiones de la pérdida de su brazo. Limitémonos
a decir que, definitivamente, Remigio González no escribió Divinas
palabras ni Luces de bohemia ni nada que se le parezca, ni muchísimo
menos tampoco. Y que con la llegada del verano, y tras un fracaso en el ambiente
de las latinoamericanas, redujo al máximo su campo de acción y
ya sólo probó suerte sin suerte alguna entre sus compatriotas
peruanas. Y que se fue de París sin saber absolutamente nada acerca de
París y que en Lima se quedó calvo tan rápido que, hablándole
muy de hombre a hombre, su padre le preguntó si por casualidad no había
sobrevivido con las justas a una gonorrea en primavera o en verano, porque la
gonorrea en el París de 1925 del señor González padre también
era menos maligna y mortal que en invierno.
Yo hubiera pagado por asistir a aquella conversación de hombre a hombre
entre un padre de 1925 y un hijo que regresó del frente de batalla, en
1965, sin una sola condecoración y sin haber aprendido absolutamente
nada sobre cooperativismo. Pero yo no estaba en Lima cuando Remigio González
regresó de la guerra y perdió lastimosamente su pelirrojez, muy
probablemente debido al clima desalentador y gris en que debió recordar
uno por uno los momentos mil en que no logró disparar un solo tiro en
París.
Y eso que era terco como una mula, el lamentable y caduco Remigio. Esto me consta
porque, entrado ya el calor fuerte del verano parisiense, hizo una última
aparición donjuanesca por la rue des Ecoles.
Tuve el triste privilegio de cruzármelo en mi camino y me detuve para
verlo avanzar en dirección nada menos que al Panteón, con unos
pantalones que ni un torero soportaría, de tan apretados, y una amplísima
camisa hawaiana de mangas super cortas y que le colgaba por delante y por detrás
con dos grandes faldellines. Mataba como nunca el asfalto poblado de féminas
con su andar de torero en prostíbulo y de esbirro de dictadura trujillista
en una imaginaria República Dominicana de 1965. Ahí lo dejé,
camino al Panteón, sin que una sola muchacha se dignara pegarle una miradita
siquiera a aquel gran macho del novecientos.
Y seguí caminando por ese barrio latino poblado de latinoamericanos en
el que ya triunfaban un Julio Cortázar, un Mario Vargas Llosa y un Miguel
Angel Asturias. Y en el que todos los latinoamericanos eran de izquierda. Sí,
todos eran de izquierda. Hasta los de derecha en vacaciones lo eran. Todos,
toditos lo eran en aquel entonces barrio estudiantil por el que yo continuaba
caminando y tarareando una canción que años atrás había
dado la vuelta al mundo, creo:
Pobre gente de París
No la pasa muy feliz...
Con la única excepción de Verita, por supuesto, que, por decirlo
de alguna manera, a París llegó en 1966 para vengar a Remigio
González y volver a izar hasta las nubes el pabellón del eterno
seductor latinoamericano, aunque en una versión bastante actualizada,
para decir la verdad. ¿O qué se han creído ustedes que
era Verita? Verita era...
© Alfredo Bryce Echenique.
Alfredo
Bryce Echeñique
Las notas que duermen en las cuerdas
Mediados de diciembre.
El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad.
¡El sol! Durante algunos meses, algunos sectores de Lima tendrán
la suerte de parecerse a Chaclacayo, Santa Inés, Los Ángeles,
y Chosica. Pronto, los ternos de verano recién sacados del ropero dejarán
de oler a humedad. El sol brilla sobre la ciudad, sobre las calles, sobre las
casas. Brilla en todas partes menos en el interior de las viejas iglesias coloniales.
Los grandes almacenes ponen a la venta las últimas novedades de la moda
veraniega. Los almacenes de segunda categoría ponen a la venta las novedades
de la moda del año pasado.
«Pruébate la ropa de baño, amorcito.» (¡Cuántos
matrimonios dependerán de esa prueba!) Amada, la secretaria del doctor
Ascencio, abogado de nota, casado, tres hijos, y automóvil más
grande que el del vecino, ha dejado hoy, por primera vez, la chompita en casa.
Ha entrado a la oficina, y el doctor ha bajado la mirada: es la moda del escote
ecran, un escote que parece un frutero. «Qué linda su Medallita,
Amada (el doctor lo ha oído decir por la calle). Tengo mucho, mucho que
dictarle, y tengo tantos, tantos deseos de echarme una siestecita.» Por
las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran
ellas las que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente.
Te dan la mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es, pero
te suena a piel, a brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno
que te decide a invitarla al cine. El doctor Risque pasa impecablemente vestido
de blanco. Dos comentarios: «Maricón» (un muchacho de dieciocho
años), y «exagera. No estamos en Casablanca» (el ingeniero
Torres Pérez, cuarenta y tres años, empleado del Ministerio de
Fomento). Pasa también Félix Arnolfi, escritor, autor de Tres
veranos en Lima, y Amor y calor en la ciudad. Viste de invierno. Pero el sol
brilla en Lima. Brilla a mediados de diciembre, y no cierre usted su persiana,
señora Anunciata, aunque su lugar no esté en la playa, y su moral
sea la del desencanto, la edad y los kilos ...
El sol molestaba a los alumnos que estaban sentados cerca de la ventana.
Acababan de darles el rol de exámenes y la cosa no era para reírse.
Cada dos días, un examen. Matemáticas y química seguidos.
¿Qué es lo que pretenden? ¿Jalarse a todo el mundo? Empezaban
el lunes próximo, y la tensión era grande.
Hay cuatro cosas que se pueden hacer frente a un examen: estudiar, hacer comprimidos,
darse por vencido antes del examen, y hacerse recomendar al jurado.
Los exámenes llegaron. Los primeros tenían sabor a miedo, y los
últimos sabor a Navidad. Manolo aprobó invicto (había estudiado,
había hecho comprimidos, se había dado por vencido antes de cada
examen y un tío lo había recomendado, sin que él se lo
pidiera). Repartición de premios: un alumno de quinto año de secundaria
lloró al leer el discurso de Adiós al colegio, los primeros de
cada clase recibieron sus premios, y luego, terminada la ceremonia, muchos fueron
los que destrozaron sus libros y cuadernos: hay que aprender a desprenderse
de las cosas. Manolo estaba libre.
En su casa, una de sus hermanas se había encargado del Nacimiento. El
árbol de Navidad, cada año más pelado (al armarlo, siempre
se rompía un adorno, y nadie lo reponía), y siempre cubierto de
algodón, contrastaba con el calor sofocante del día. Manolo no
haría nada hasta después del Año Nuevo. Permanecería
encerrado en su casa, como si quisiera comprobar que su libertad era verdadera,
y que realmente podía disponer del verano a sus anchas. Nada le gustaba
tanto como despertarse diariamente a la hora de ir al colegio, comprobar que
no tenía que levantarse, y volverse a dormir. Era su pequeño triunfo
matinal.
-¡Manolo! -llamó su hermana-. Ven a ver el Nacimiento. Ya está
listo.
-Voy -respondió Manolo, desde su cama.
Bajó en pijama hasta la sala, y se encontró con la Navidad en
casa. Era veinticuatro de diciembre, y esa noche era Nochebuena. Manolo sintió
un escalofrío, y luego se dio cuenta de que un extraño malestar
se estaba apoderando de él. Recordó que siempre en Navidad le
sucedía lo mismo, pero este año, ese mismo malestar parecía
volver con mayor intensidad. Miraba hacia el Nacimiento, y luego hacia el árbol
cubierto de algodón. «Está muy bonito», dijo.
Dio media vuelta, y subió nuevamente a su dormitorio.
Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles
que encontraba, las ventanas de las casas, los árboles en los jardines,
y trataba de recordar el nombre de cada planta, de cada flor. Esos paseos que
uno hace para no pensar eran cada día más frecuentes. Algo no
marchaba bien. Se crispó al recordar que una mañana había
aparecido en un mercado, confundido entre placeras y vendedores ambulantes.
Aquel día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta. Decidió
regresar, pues pronto sería la hora del almuerzo.
Almorzaban. Había decidido que esa noche irían juntos a la misa
de Gallo, y que luego volverían para cenar. Su padre se encargaría
de comprar el panetón, y su madre de preparar el chocolate. Sus hermanos
prometían estar listos a tiempo para ir a la iglesia y encontrar asientos,
mientras Manolo pensaba que él no había nacido para esas celebraciones.
¡Y aun faltaba el Año Nuevo! El Año Nuevo y sus cohetones,
que parecían indicarle que su lugar estaba entre los atemorizados perros
del barrio. Mientras almorzaba, iba recordando muchas cosas. Demasiadas. Recordaba
el día en que entró al Estadio Nacional, y se desmayó al
escuchar que se había batido el récord de asistencia. Recordaba
también, cómo en los desfiles militares, le flaqueaban las piernas
cuando pasaban delante suyo las bandas de música y los húsares
de Junín. Las retretas, con las marchas que ejecutaba la banda de la
Guardia Republicana, eran como la atracción al vacío. Almorzaban:
comer, para que no le dijeran que comiera, era una de las pequeñas torturas
a las que ya se había acostumbrado.
Hacia las tres de la tarde, su padre y sus hermanos se habían retirado
del comedor. Quedaba tan sólo su madre, que leía el periódico,
de espaldas a la ventana que daba al patio. La plenitud de ese día de
verano era insoportable. A través de la ventana, Manolo veía cómo
todo estaba inmóvil en el jardín. Ni siquiera el vuelo de una
mosca, de esas moscas que se estrellan contra los vidrios, venía a interrumpir
tanta inmovilidad. Sobre la mesa, delante de él, una taza de café
se enfriaba sin que pudiera hacer nada por traerla hasta sus labios. En una
de las paredes (Manolo calculaba cuántos metros tendría), el retrato
de un antepasado se estaba burlando de él, y las dos puertas del comedor
que llevaban a la otra habitación eran como la puerta de un calabozo,
que da siempre al interior de la prisión.
-Es terrible -dijo su madre, de pronto, dejando caer el periódico sobre
la mesa-. Las tres de la tarde. La plenitud del día. Es una hora terrible.
-Dura hasta las cinco, más o menos.
-Deberías buscar a tus amigos, Manolo.
-Sabes, mamá, si yo fuera poeta, diría: «Eran las tres de
la tarde en la boca del estómago».
-En los vasos, y en las ventanas.
-Las tres de la tarde en las tres de la tarde. Hay que moverse.
«Ante todo, no debo sentarme», pensaba Manolo al pasar del comedor
a la sala, y ver cómo los sillones lo invitaban a darse por vencido.
Tenía miedo de esos sillones cuyos brazos parecían querer tragárselo.
Caminó lentamente hacia la escalera, y subió como un hombre que
sube al cadalso. Pasó por delante del dormitorio de su madre, y allí
estaba, tirada sobre la cama, pero él sabía que no dormía,
y que tenía los ojos abiertos, inmensos. Avanzó hasta su dormitorio,
y se dejó caer pesadamente sobre la cama: «La próxima vez
que me levante», pensó, «será para ir al centro».
A través de una de las ventanas del ómnibus, Manolo veía
cómo las ramas de los árboles se movían lentamente. Disminuía
ya la intensidad del sol, y cuando llegara al centro de la ciudad, empezaría
a oscurecer. Durante los últimos meses, sus viajes al centro habían
sido casi una necesidad. Recordaba que, muchas veces, se iba directamente desde
el colegio, sin pasar por su casa, y abandonando a sus amigos que partían
a ver la salida de algún colegio de mujeres. Detestaba esos grupos de
muchachos que hablan de las mujeres como de un producto alimenticio: «Es
muy rica. Es un lomo». Creía ver algo distinto en aquellas colegialas
con los dedos manchados de tinta, y sus uniformes de virtud.
Había visto cómo uno de sus amigos se había trompeado por
una chica que le gustaba, y luego, cuando te dejó de gustar, hablaba
de ella como si fuera una puta. «Son terribles cuando están en
grupo», pensaba, «y yo no soy un héroe para dedicarme a darles
la contra».
El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía
sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo
colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia.
Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho
se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura
que un placer, pero no podía vivir sin ello.
Esperaba esos uniformes azules, esos cuellos blancos y almidonados, donde para
él, se concentraba toda la bondad humana. Esos zapatos, casi de hombres,
eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse muy hombre.
Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía
cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro
azul, eran dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba
a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería como siempre: se quedaría
estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer
sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo,
se lanzaría entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina,
el cuello tieso, un grito ahogado en la garganta, y una obsesión: alejarse
lo suficiente para no ver más, para no sentir más, para descansar,
casi para morir.
Los pocos días en que no asistía a la salida de ese colegio, las
cosas eran aún peor.
El ómnibus se acercaba al jirón de la Unión, y Manolo,
de pie, se preparaba para bajar. (Le había cedido el asiento a una señora,
y la había odiado: temió, por un momento, que hablara de lo raro
que es encontrar un joven bien educado en estos días, que todos los miraran,
etc. Había decidido no volver a viajar sentado para evitar esos riesgos.)
El ómnibus se detuvo, y Manolo descendió.
Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón
de la Unión. Se detenían en cada tienda, cada vidriera, mientras
Manolo avanzaba perdido entre esa muchedumbre. Su única preocupación
era que nadie lo rozara al pasar, y que nadie le fuera a dar un codazo. Le pareció
cruzarse con alguien que conocía, pero ya era demasiado tarde para voltear
a saludarlo. «De la que me libré», pensó. «¿Y
si me encuentro con Salas?» Salas era un compañero de colegio.
Estaba en un año superior, y nunca se habían hablado. Prácticamente
no se conocían, y sería demasiada coincidencia que se encontraran
entre ese tumulto, pero a Manolo le espantaba la idea. Avanzaba. Oscurecía
cada vez más, y las luces de neón empezaban a brillar en los avisos
luminosos. Quería llegar hasta la Plaza San Martín, para dar media
vuelta y caminar hasta la Plaza de Armas. Se detuvo a la altura de las Galerías
Boza, y miró hacia su reloj: «Las siete de la noche». Continuó
hasta llegar a la Plaza San Martín, y allí sintió repugnancia
al ver que un grupo de hombres miraba groseramente a una mujer, y luego se reían
a carcajadas. Los colectivos y los ómnibus llegaban repletos de gente.
«Las tiendas permanecerán abiertas hasta las nueve de la noche»,
pensó.
«La Plaza de Armas.» Dio media vuelta, y se echó a andar.
Una extraña e impresionante palidez en el rostro de la gente era efecto
de los avisos luminosos. «Una tristeza eléctrica», pensaba
Manolo, tratando de definir el sentimiento que se había apoderado de
él. La noche caía sobre la gente, y las luces de neón le
daban un aspecto fantasmagórico. Cargados de paquetes, hombres y mujeres
pasaban a su lado, mientras avanzaba hacia la Plaza de Armas, como un bañista
nadando hacia una boya. No sabía si era odio o amor lo que sentía,
ni sabía tampoco si quería continuar esa extraña sumersión,
o correr hacia un despoblado. Sólo sabía que estaba preso, que
era el prisionero de todo lo que lo rodeaba. Una mujer lo rozó al pasar,
y estuvo a punto de soltar un grito, pero en ese instante hubo ante sus ojos
una muchacha. Una pálida chiquilla lo había mirado caminando.
Vestía íntegramente de blanco. Manolo se detuvo. Ella sentiría
que la estaba mirando, y él estaba seguro de haberle comunicado algo.
No sabía qué. Sabía que esos ojos tan negros y tan grandes
eran como una voz, y que también le hablan dicho algo. Le pareció
que las luces de neón se estaban apoderando de esa cara. Esa cara se
estaba electrizando, y era preciso sacarla de allí antes de que se muriera.
La muchacha se alejaba, y Manolo la contemplaba calculando que tenía
catorce años. «Pobre de ti, noche, si la tocas», pensó.
Se había detenido al llegar a la puerta de la iglesia de la Merced. Veía
cómo la gente entraba y salía del templo, y pensaba que entraban
más para descansar que para rezar, tan cargados venían de paquetes.
Serían las ocho de la noche, cuando Manolo, parado ahora de espaldas
a la iglesia, observaba una larga cola de compradores, ante la tienda Monterrey.
Todos llevaban paquetes en las manos, pero todos tenían aún algo
más que comprar. De pronto, distinguió a una mujer que llevaba
un balde de playa y una pequeña lampa de lata. Vestía un horroroso
traje floreado, y con la basta descosida. Era un traje muy viejo, y le quedaba
demasiado grande. Le faltaban varios dientes, y le veía las piernas chuecas,
muy chuecas. El balde y la pequeña lampa de lata estaban mal envueltos
en papel de periódico, y él podía ver que eran de pésima
calidad. «Los llevará un domingo, en tranvía, a la playa
más inmunda. Cargada de hijos llorando. Se bañará en fustán»,
pensó. Esa mujer, fuera de lugar en esa cola, con la boca sin dientes
abierta de fatiga como si fuera idiota, y chueca, chueca, lo conmovió
hasta sentir que sus ojos estaban bañados en lágrimas. Era preciso
marcharse. Largarse. «Yo me largo.» Era preciso desaparecer. Y,
sobre todo, no encontrar a ninguno de sus odiados conocidos.
Desde su cama, con la habitación a oscuras, Manolo escuchaba a sus hermanas
conversar mientras se preparaban para la misa de Gallo, y sentía un ligero
temblor en la boca del estómago. Su único deseo era que todo aquello
comenzara pronto para que terminara de una vez por todas. Se incorporó
al escuchar la voz de su padre que los llamaba para partir.
«Voy», respondió al oír su nombre, y bajó lentamente
las escaleras. Partieron.
Conocía a casi todos los que estaban en la iglesia. Eran los mismos de
los domingos, los mismos de siempre. Familias enteras ocupaban las bancas, y
el calor era muy fuerte. Manolo, parado entre sus padres y hermanos, buscaba
con la mirada a alguien a quien cederle el asiento. Tendría que hacerlo,
pues iglesia se iba llenando de gente, y quería salir de eso lo antes
posible. Vio que una amiga de su madre se acercaba, y le dejó su lugar,
a pesar de que aún quedaban espacios libres en otras bancas.
Estaba recostado contra una columna de mármol, y desde allí paseaba
la mirada por toda la iglesia. Muchos de los asistentes, bronceados por el sol,
habían empezado a ir a la playa. Las muchachas le impresionaban con sus
pañuelos de seda en la cabeza. Esos pañuelos de seda, que ocultando
una parte del rostro, hacen resaltar los ojos, lo impresionaban al punto de
encontrarse con las manos pegadas a la columna; fuertemente apoyadas, como si
quisiera hacerla retroceder.
«Sansón», pensó.
Había detenido la mirada en el pálido rostro de una muchacha que
llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, y cuyos ojos resaltaban de una
manera extraña.
Miraban hacia el altar con tal intensidad, que parecían estar viendo
a Dios. La contemplaba. Imposible dejar de contemplarla. Manolo empezaba a sentir
que todo alrededor suyo iba desapareciendo, y que en la iglesia sólo
quedaba aquel rostro tan desconocido y lejano. Temía que ella lo descubriera
mirándola, y no poder continuar con ese placer. ¿Placer? «Debe
hacer calor en la iglesia», pensó, mientras comprobaba que sus
manos estaban más frías que el mármol de la columna.
La música del órgano resonaba por toda la iglesia, y Manolo sentía
como si algo fuera a estallar. «Los ojos. Es peor que bonita.» En
las bancas, los hombres caían sobre sus rodillas, como si esa música
que venía desde el fondo del templo, los golpeara sobre los hombros,
haciéndolos caer prosternados ante un Dios recién descubierto
y obligatorio. Esa música parecía que iba a derrumbar las paredes,
hasta que, de pronto, un profundo y negro silencio se apoderó del templo,
y era como si hubieran matado al organista. «Tan negros y tan brillantes.»
Un sacerdote subió al púlpito, y anunció que Jesús
había nacido, y el órgano resonó nuevamente sobre los hombros
de los fieles, y Manolo sintió que se moría de amor, y la gente
ya quería salir para desearse «feliz Navidad».
Terminada la ceremonia, si alguien le hubiera dicho que se había desmayado,
él lo hubiera creído. Salían. El mundo andaba muy bien
aquella noche en la puerta de la iglesia, mientras Manolo no encontraba a la
muchacha que parecía haber visto a Dios.
Al llegar a su casa, sin pensarlo, Manolo se dirigió a un pequeño
baño que había en el primer piso. Cerró la puerta, y se
dio cuenta de que no era necesario que estuviera allí. Se miró
en el espejo, sobre el lavatorio, y recordó que tenía que besar
a sus padres y hermanos: era la costumbre, antes de la cena. ¡Feliz Navidad
con besos y abrazos! Trató de orinar. Inútil. Desde el comedor,
su madre lo estaba llamando. Abrió la puerta, y encontró a su
perro que lo miraba como si quisiera enterarse de lo que estaba pasando. Se
agachó para acariciarlo, y avanzó hasta llegar al comedor. Al
entrar, continuaba siempre agachado y acariciando al perro que caminaba a su
lado. Avanzaba hacia los zapatos blancos de una de sus hermanas, hasta que,
torpemente, se lanzó sobre ella para abrazarla. No logró besarla.
«Feliz Navidad», iba repitiendo mientras cumplía con las
reglas del juego. Los regalos.
Cenaban. «Esos besos y abrazos que uno tiene que dar...», pensaba.
«Ésos cariños.» Daría la vida por cada uno
de sus hermanos. «Pero uno no da la vida en un día establecido...»
Recordaba aquel cumpleaños de su hermana preferida: se había marchado
a la casa de un amigo para no tener que saludarla, pero luego había sentido
remordimientos, y la había llamado por teléfono: «Qué
loco soy».
Cenaban. El chocolate estaba demasiado caliente, y con tanto sueño era
difícil encontrar algo de qué hablar mientras se enfriaba. «No
es el mejor panetón del mundo, pero es el único que quedaba»,
comentó su padre. Manolo sentía que su madre lo estaba mirando,
y no se atrevía a levantar los ojos de la mesa. A lo lejos, se escuchaban
los estallidos de los cohetes, y pensaba que su perro debía estar aterrorizado.
Bebían el chocolate. «Tengo que ir a ver al perro. Debe estar muerto
de miedo.» En ese momento, uno de sus hermanos bostezó, y se disculpó
diciendo que se había levantado muy temprano esa mañana. Permanecían
en silencio, y Manolo esperaba que llegara el momento de ir a ver a su perro.
De pronto, uno de sus hermanos se puso de pie: «Creo que me voy a acostar»,
dijo dirigiéndose lentamente hacia la puerta del comedor. Desapareció.
Los demás siguieron el ejemplo.
En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Había algo en la atmósfera
que lo hacía sentirse nuevamente como en la iglesia. Le parecía
que tenía algo que decir. Algo que decirle a alguna persona que no conocía;
a muchas personas que no conocía. Escuchaba el estallido de los cohetes,
y sentía deseos de salir a caminar.
Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia
las cuatro de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse
con un muchacho de unos quince años, que caminaba con el rostro bañado
en lágrimas.
© Alfredo Bryce Echenique
Editorial - 02/2001
LOS
VIEJOS LIMEÑOS
La Lima de hoy
es mucho menos alegre y viva, mucho menos humana y habitable que la que dejé
hace tres largas décadas. Tal vez los ojos habituados no perciban la
magnitud de las transformaciones; pero los míos, que son los de un hombre
que algún día se puso el mundo por montera y, como un personaje
cualquiera de Cavafis, se liberó y se fue, no salen aún del doloroso
asombro y la zozobra total del retorno. Los veinte años de su tango son
muchos, muchísimos años, créame, señor Gardel -que
una cosa es con guitarra y otra con cajón-, y si yo encima les añado
tres lustros más en los que Lima ha perdido casi todo su lustre, usted
seguro que abre sus ojos de recién resucitado en Medellín e inmediatamente
clama por un avión para estrellarse de nuevo con su repertorio y todo,
más las rubias de Nueva York, Peggy, Betty, Nelly y Julie.
La gente le explica a uno que ahora Lima es chicha y se sigue de largo. Chicha
es el señor presidente, el tráfico, la música, el gusto,
el clima, la televisión peruana, el patrioterismo, el equipo peruano
de fútbol ("Jugaron como peruanos y perdieron", me explicó
un experto, después de una de las tantas derrotas consecutivas de una
selección en la que, increíble, juegan futbolistas que uno vio
hace años en España, en equipos de segunda, de tercera; mientras
un embajador sugería que se prohibieran las retransmisiones de partidos
de fútbol extranjero para evitar comparaciones de goleada con eso que
aquí aún llamamos fútbol, o que se le cambiara de nombre
al fútbol jugado por peruanos en el Perú; y mientras un ex dirigente
deportivo me decía que él había abdicado del fútbol
nacional), chicha es el medio ambiente, chicha es el alma, chicha es la idiosincracia,
chicha es la corrupción y chicha es la degradación moral, y por
supuesto que son chicha los sociólogos que inventaron la palabra chicha.
Se trata, pues, de un circuito vicioso chicha y por ahí patea latas el
hombre que regresó. No tiene los reflejos chicha, los mecanismos de defensa
chicha, tampoco los mecanismos de ataque y ofensa y agresión chicha,
mucho menos tiene los recursos deshumanizados de ver sin ver y de sufrir vacío
de dolor o de volverse loco sin el sufrimiento de la demencia, ni mucho menos
tiene la capacidad chicha de no ser asesinado por los decibeles salvajes del
volumen chicha y los ruidos molestos que en Lima son todos y chicha. Para ello
habría que saber montar a pelo el potro salvaje de la vulgaridad y la
violencia, de la fealdad instalada en el barrio más feo y el más
caro (ya no existe el barrio más bonito), del hambre y la miseria, del
desempleo y el desamparo, del infame pacto de hablar eternamente a media voz
(algo que puede llegar a ser preferible, en vista de lo mal que habla la gente,
sobre todo en la televisión chicha, que es casi toda), de los semáforos
en que se exhiben todas las cortes de los milagros que en el mundo han sido
y nos espera agazapado apenas el quinto asalto personalizado en lo que va del
año. Hay asaltos y raptos al paso, al gusto, portátiles, con o
sin dolor, tristes, teóricos y prácticos, an