Poemas 
La maldición El martinete del otoño avisa: Cerrad las puertas y los ojos antes de que el maléfico poder de un vate enajenado invoque la sibila. Los cangilones de esta noria impía rechinan con la congoja del trance, la condena silenciosa que trae el aliento apestoso de mi herida. No queda ante la muerte alternativa. La sindientes me ha recompuesto un traje que arde sobre la piel, que cauteriza. Maldito soy porque no tengo vida y, de haberla tenido, sin coraje determiné existir para vivirla. El camino de la sabiduría Mientras el hombre aguarda la llegada de tiempos nuevos y mejores para sus sueños, unos pocos sabios miran y escuchan la llamada de los astros. El soplo suave de la brisa escoge un bucle de sus pensamientos y habla en sus oídos mientras llega presta la noche perfumada. Siempre queda sin desvelar algún misterio antiguo. Aquéllos que eligieron la cordada de los espíritus contritos pueden recorrer el camino sin temores. Al hombre sabio lo mantiene a salvo la búsqueda del bien, mientras se caen las hojas, mientras cantan los peñascos. La verdad se contiene en lo pequeño, en la curiosa observación de un beso. Compases de la vida en ciernes, de los eternos argumentos de esta farsa. Destino Ayer la fortuna llamó a mi puerta y la lluvia dibujaba senderos que arrastraban viejas huellas del tiempo. No quise que entrara con su luz muerta, diosa que vuela sin posarse nunca. (Miserables los hombres que retiene, sedienta, en sus deliciosos vaivenes, y los destroza, con su aliento, muda.) La lluvia me dejó un mensaje cierto que decía no poder convencerme del destino que en la vida poseo: ser siervo de verdades trascendentes sin otra esperanza que un sueño eterno que haga reposar mi alma para siempre. Desengaño No creo en tus promesas ya gastadas ni confío en que vengas a decirme que recuerdas tu amarre de mi puerto cada noche que besas mi nostalgia. Me parece que nos perdimos solos antes de que el amor envejeciera. Lamento que mi lecho fuera tierno cuando dejaste tu cariño lejos. El dolor de tu ausencia inexplicable envenenó mi sangre, abrió mi duelo. Paseo por la senda del infierno del amor prometido y siempre falso. Ya sé que no amanecerán más días, y he de dejar el alma retirada. El mar contempla la tierra del luto mientras aún se escoran algunos barcos. Las anclas van ascendiendo despacio anunciando, como torpes sirenas, la apremiante partida de Odiseo. No le bastarán todos los océanos para soñar que no existen los dioses. Cuando venga la tempestad postrera, su áspera voz resonará en el viento. Los acantilados leves de Ítaca abrirán sus brazos para acogerlo, mas nadie acudirá para escucharlo. Tanto tiempo fuera de casa, Ulises ya no recuerda siquiera quién es. Penélope insomne Penumbras que se arrastran indolentes mientras se dibujan constelaciones con mortecino brillo de miseria. Apenas puedo distinguir las huellas que deben conducirme hasta tus ojos. ¿Sabríamos acaso distinguirnos en la mirada vidriosa del viento? Hace varios días que aún es de noche, no sirven sortilegios ni conjuros la magia se ha perdido para siempre. Convertido en una sombra lejana, te imagino surcando el mar eterno y no puedo alcanzar otro descanso que no sean tus brazos protectores. Maldigo los años y los inviernos que llevo sin haber podido amarte y los soles desalmados que traen la terrible guadaña de tu ausencia. |