Era hora de
hacer el equipaje. Después de estar un año y medio trabajando en esta casa,
había llegado el momento de partir. Hacía días que Remedios presentía que esto iba
a suceder, lo veía venir. Esta mañana, cuando la señora habló con ella, se
confirmaron sus sospechas.
Desde que murió
el abuelo ya no era necesaria su presencia en la casa. Todos en esta familia se
las daban de señoritos, pero la
verdad era que la fortuna de la familia había ido en declive.
En esta casa,
quien verdaderamente valía algo era el abuelo. Él había fundado el negocio, él
se había hecho cargo de todos los miembros de la familia. Ellos por su parte,
le recompensaron siendo unos parásitos que habían vivido bajo el amparo del
éxito y del trabajo del viejo.
Nadie, en
aquella familia, sería capaz de mantener a flote el negocio. Eran unos inútiles
mal criados. Desde que el abuelo sufrió la embolia cerebral, hace casi dos
años, todo lo bueno se iba acabando, ahora llegaba la época de las vacas
flacas.
Remedios estaba
segura que el anciano no murió por lo delicado de su estado, sino que murió de
sufrimiento, de la impotencia y rabia contenida por tener que ver como,
aquellos inútiles, dilapidaban la fortuna conseguida con el esfuerzo y el sudor
de toda su vida.
A Remedios sólo
la habían contratado para deshacerse del estorbo que suponía estar pendiente
del viejo, de sus medicinas y de limpiarlo cada vez que se hacía sus
necesidades encima. Muerto el anciano, se acabó limpiar aquel cuerpo débil y
huesudo. Ya no tenía sentido que ella siguiera en aquella casa, ahora se había
convertido en un gasto más a reducir.
Aquel empleo no
era una panacea pero, al menos, a Remedios le aportaba un mísero sueldo seguro
cada mes.
Remedios era una
mujer de una apariencia física poco agradecida, sin ningún atractivo en
especial, pero sin llegar a ser del todo fea. Mujer de baja estatura, pelo
moreno y media melena, complexión esbelta y un poco falta de carnes. Su carácter
humilde, su educación pueblerina, un bajo nivel de estudios, todo en su
conjunto, contribuía a que estuviese predestinada a ser alguien anónimo toda su
vida. Al igual que las miles de personas que forman la base de la sociedad
actual, cuyo único objetivo es salir adelante, con la esperanza que la fortuna
y el destino no les acarreen demasiadas sorpresas desagradables en esta vida
que les había tocado en suerte.
El equipaje era
liviano, pocas cosas había atesorado Remedios durante este tiempo, apenas nada,
no tenía tiempo ni dinero para ello. Sólo había disfrutado de una tarde libre a
la semana y, en muchas ocasiones, no la tomaba porque no sabía dónde ir sola,
no conocía a nadie en aquella ciudad y estaba cansada de tardes solitarias en
el parque. No saliendo, ahorraba dinero para enviarlo al pueblo para sus padres
que, con su escasa pensión de jubilación, un hijo alcohólico y holgazán, cada
vez se les hacía más difícil llegar a final de mes.
Remedios sentía
mucha pena por la situación de sus padres, toda la vida luchando para al final
de ésta, malvivir de aquella forma. Sin embargo, ella no era consciente que a
sus treinta años, desarraigada de su hogar, sin trabajo, sin ahorros y con unos
padres mayores a los que mantener, tal vez, ella misma, era una caso más digno
de lástima que el de sus propios padres. El suyo no era un panorama que fuese
de envidiar por nadie.
-¡Hola
Remedios!. ¿Ya estás haciendo el equipaje? -le preguntó la señora de la casa.
-Sí señora, cuanto antes lo tenga listo
mejor, así puedo terminar esta tarde de planchar y doblar todo el montón de
ropa que queda pendiente.
-Pero… ¿No te vas hoy?. ¿Verdad?. Te
marchas mañana por la mañana.
-Sí, hasta mañana no tengo reserva de
habitación en la pensión.
-¡Bueno mujer!. No era necesario que te
fueras a vivir a una pensión. Aquí te podías haber quedado unos días hasta que
hubieses encontrado un nuevo trabajo.
-¡Sí seguro!. Para seguir limpiando y
trabajando gratuitamente -pensó Remedios.
-Gracias señora, pero las despedidas,
cuanto más cortas mejor, luego una se siente mal -contestó Remedios con una
sonrisa en la cara.
-Hablando de despedidas -dijo la señora
sacando un sobre doblado del bolsillo-, aquí tienes el dinero de este mes. He
incluido una pequeña gratificación por los servicios que nos has prestado a
todos durante este tiempo. Me hubiera gustado darte más dinero pero, ya sabes
que, las cosas en esta familia han ido de mal en peor -se excusaba la señora.
Siendo
como era la señora, seguro que la gratificación era pequeña pero para las
cremas, gimnasios, operaciones de estética, trajes y perfumes de París, la
señora nunca había escatimado en gastos.
-También te he escrito unas muy buenas
recomendaciones y, eso hoy en día, vale su peso en oro.
Remedios
notaba que la estaba tratando con la misma frialdad con la que se trata a una
empleada cualquiera. A ella, que los había querido como a su propia familia,
que se había preocupado por ellos, que había pasado las noches en vela
atendiendo al viejo para al día siguiente, continuar con las labores de la casa
y ahora, en el momento de la despedida, se la despachaba con una gratificación
monetaria. Ni unas gracias, ni un abrazo. ¡Deprimente, la vida siempre es
decepcionante!.
Pero...,
no tardarían en darse cuenta y en echarla en falta, en el momento en que la
porquería se amontone en la casa, seguro. Teniendo en cuenta que eran señoritos todos, esto no tardaría mucho
en ocurrir.
-No se tenía que haber molestado
-contestó Remedios-. Yo me doy por pagada con el trato que he recibido en esta
casa.
-¡Tú siempre tan humilde Remedios!.
Bueno, es hora de marcharme. Si no nos vemos mañana, te deseo lo mejor querida
-se despidió la señora.
-Gracias señora.
-Muy mal tengo que estar para volver a
trabajar con esta loba -pensaba Remedios-. Esta familia es un grupo de ingratos
que no saben valorar lo que una ha hecho por ellos. Pero... Cuando no tengan a
la Remedios para hacer y recoger todo en la casa, ¿dónde van a encontrar a otra
tonta que les trabaje sin vacaciones, sin seguro y sin protestar?. ¡Ya se
acordarán de mí, ya... !.
Sábado por la mañana
Remedios
había pasado la noche en blanco, dando vueltas a los recuerdos y los momentos
vividos con la familia que dejaba atrás en aquella casa. También le preocupaba
la incertidumbre de estos momentos, no tenía claro que iba a hacer, ni que
sería de ella en las próximas semanas.
Era
el momento de abandonar la casa y de tomar conciencia que ella no había
representado nada para aquella familia. No había salido nadie a despedirla. Por
un lado, debía considerar que era las nueve de la mañana y eso era muy temprano
para aquella gente.
Pero…
Tal y como sospechaba, la ridiculez de la gratificación monetaria que le había
dado la señora, lo decía todo de ellos. Sabía que no aparecería nadie para
darle un abrazo y un adiós. Tenía que aprender la lección y en la próxima casa
en la que trabajase no debía de involucrase emocionalmente con la familia,
simplemente debía ser la chica de la limpieza y nada más.
Remedios
abandonó la casa. Una bolsa y una maleta era todo su equipaje. Tomó un taxi y
en menos de un cuarto de hora había llegado a la pensión. La habitación no
estaría libre hasta el mediodía pero le dejaron depositar el equipaje en la
consigna hasta entonces.
Salió
decidida a la calle en busca de su futuro, sintiéndose extraña en su propia
inseguridad. Compró un periódico local, se sentó en una terraza y se puso a
leer los anuncios de la bolsa de trabajo, en compañía de una taza de café con
leche bien caliente.
En
la sección de la bolsa de trabajo del periódico, sólo había ofertas para gente
con estudios universitarios, sobre todo para puestos de informáticos y agentes
comerciales. En estas ocasiones, Remedios se lamentaba de no tener estudios,
sin embargo, no podía reprochar a su familia el no haberle dado un nivel
elevado de formación, ya que nunca había sobrado el dinero en la casa y ella
por su parte, tampoco demostró dotes de buena estudiante.
Tras
revisar pacientemente cuatro páginas de anuncios, al fin, encontró un anuncio
que se ajustaba a lo que ella buscaba:
Ref
K-273.14: “Se necesita empleada de hogar, a dedicación completa durante todo el
día, se valora experiencia con ancianos. Sueldo a convenir. Telf: 31.415.927“
Continuó
buscando con la esperanza de encontrar más oportunidades y no halló nada más.
Parece
que lo de encontrar trabajo no lo iba a tener muy fácil. Sólo había encontrado
un anuncio que se pudiera ajustar a sus características. Esta falta de
oportunidades le preocupaba enormemente.
Aún,
a malas, siempre podía limpiar por horas en las casas y porterías. Pero el
coste de la pensión era muy alto. Realizando labores de limpieza no iba a poder
costearse ese ritmo de gastos. Estos ingresos tampoco serían suficientes para
permitirse el lujo de alquilar un piso donde vivir. Como consecuencia de ello,
la prioridad era encontrar una casa con dedicación exclusiva, donde poder
trabajar y alojarse a la vez. Si no conseguía esto pronto, entonces, habría que
valorar otras alternativas, o tal vez, renunciar al sueño de la ciudad y volver
al pueblo con sus padres, aunque en este caso no sabía de qué iban a vivir.
Terminó
de tomarse el café con leche y se puso en marcha a la búsqueda de un teléfono
público desde el que hablar con la intimidad que proporciona el anonimato.
Después
de caminar a lo largo de un par de calles, encontró una cabina telefónica.
Marcó el número de teléfono del anuncio del periódico y quedó a la escucha. Una
voz, procedente de un contestador automático le habló desde el otro lado de la
línea:
- …“Le
atiende el contestador automático de la empresa Work&Express. Si desea
usted solicitar una entrevista para un puesto de trabajo, introduzca el número
de referencia del anuncio cuando suene la señal. Por favor, introduzca las
cinco cifras del número de referencia del anuncio de trabajo después de sonar
la señal. Piiii”
El
número es 2_7_3_1_4 -terminó de
marcar Remedios. Todos estos cacharros modernos le incomodaban, antes las cosas
eran más simples.
-…“Espere
por favor” -dijo el contestador.
Transcurrieron
unos diez segundos y retornó el mensaje:
-...”Espere
por favor”...
El
teléfono tragó otra moneda, Remedios comenzaba a impacientarse. Unos segundos
más de espera. Otra voz de contestador reanudó la conversación:
- ...“El
anuncio seleccionado es… Se necesita empleada de hogar, a dedicación completa
durante todo el día, se valora experiencia con ancianos. Sueldo a convenir.
Para la entrevista de trabajo debe presentarse el próximo lunes en la calle
Trafalgar número 29 de 9:00H a 13:00H“.
El
teléfono volvió a tragar otra moneda, ya no le quedaban más. Por suerte, el
contenido del mensaje se repetía una y otra vez de una forma continuada, por lo
que sólo restaba escucharlo una vez más para asegurarse que había tomado los
datos correctamente y ya se podría cortar la comunicación cuando quisiera.
Remedios
comprobó los datos, todo parecía correcto, ya sólo quedaba esperar hasta el
lunes. Ahora debía ir al mercado, comprar algunas cosas para comer y prepararse
para disfrutar de un fin de semana tranquilo y ocioso, ¡cómo hacía tiempo que
no tenía!. Si había suerte y encontraba pronto trabajo, no iba a disfrutar de
muchos días ociosos en los próximos meses.
Lunes por la mañana.
Tras
el lento transcurrir del fin de semana, después de una noche apenas sin dormir
por culpa del miedo a permanecer mucho tiempo desempleada, el lunes había
amanecido. Un traje oscuro realzaba la esbelta silueta de Remedios. Aparentar
fuerza, aparentar educación le brindarían la oportunidad para emplearse. Zapatos
pulcros, risa informal, vestir esmerado, referencias anteriores, todo era
necesario que estuviera en su punto para dar la imagen que ella deseaba.
Necesitaba este trabajo y no podía permitirse el lujo de fallar.
Remedios salió de la pensión con paso firme y decidido. Durante el fin de semana había tenido tiempo de consultar donde era la dirección de la entrevista de trabajo, el lugar quedaba muy cerca de una salida de metro, por lo que tomó este medio de transporte, al fin y al cabo, era más rápido que el taxi y mucho más barato.
Llegó
enseguida a la calle de la dirección, todavía no era las nueve de la mañana,
faltaban algunos minutos. Al llegar al lugar apreció que se trataba de una
agencia de trabajo temporal, en la puerta había una pequeña cola de personas.
Remedios se acercó, preguntó y pidió el turno en la cola.
Delante
de ella, no había muchas personas, tal vez, unas diez, todas con carpetas con
papeles. Ella sólo llevaba el sobre con la carta de referencia que le había
dado su antigua señora, pero es que no había más, desde que llegó del pueblo,
aquella casa era el único lugar en el cual había trabajado.
No
había transcurrido ni diez minutos cuando la fila comenzó a avanzar a buen
paso, pronto le tocaría a Remedios, era de las primeras, la cola había crecido
y ahora había al menos, otras treinta personas que llegaron después que ella.
“A quien madruga, Dios le ayuda” decía
siempre la abuela de Remedios. Un día su abuelo no quería madrugar y Remedios
recordaba cómo su abuelo había replicado este dicho diciendo: …“Un señor se levanta temprano por la mañana,
va sólo por la calle y encuentra un monedero lleno de billetes, a este hombre
madrugador, Dios le había ayudado. Pero no es más verdad que el dueño del
monedero era el que más había madrugado, a este buen madrugador, Dios lo había
jorobado”. Su abuelo siempre sabía como dar la vuelta a las cosas para que
acabaran favoreciéndole a él.
Inmersa
en los recuerdos de su infancia, Remedios llegó hasta la puerta. Allí una
recepcionista le preguntó por la referencia de su anuncio. Remedios le mostró
el recorte del periódico y la recepcionista le indicó la mesa a la que se debía
dirigir. En esos momentos, en aquella mesa, estaban atendiendo a otra persona
por lo que debería esperar su turno.
Se
fue hasta la mesa y a una distancia prudencial, permaneció de pie esperando su
turno tras una línea amarilla dibujada en el suelo.
La
persona que estaba solicitando el trabajo era una mujer de mediana edad.
Remedios puso atención a la conversación en un intento de escuchar cómo era
aquello de una entrevista de trabajo. Hasta ahora nunca había hecho ninguna.
Ella había entrado a trabajar en la casa por medio de un familiar, por lo que
no fueron necesarios ni trámites ni entrevistas previas.
Se
sintió aliviada al comprobar que aquella mujer hablaba de un trabajo que no era
el mismo de Remedios, temía que se le hubiesen adelantado. Aquella mujer
hablaba de algo relacionado con productos farmacéuticos o químicos. Por otro
lado, las preguntas que hacía la entrevistadora de la mesa, no eran nada fuera
de lo normal. Una vez finalizada la entrevista, aquella mujer se levantó y se
despidió agradecida. Ahora le tocaba el turno a Remedios.
-Por favor tome asiento -le indicó la
oficinista.
-¡Buenos días!. Venía por el anuncio de
la empleada de hogar -dijo Remedios tomando asiento y mostrando el recorte del
anuncio del periódico.
-¡Ah!. ¡Sí!. Déjeme ver. ¡Ajá!. ¡Aquí lo
tengo! –exclamó la oficinista sacando una hoja de papel de entre un montón de
hojas apiladas.
-Se trata de un trabajo de empleada de
hogar –remarcó de nuevo Remedios.
-¿Ya sabe usted que este trabajo es de
dedicación completa?. Es decir, que va a alojarse en la casa en la que va a
desempeñar su labor.
-Sí, algo así es lo que estoy buscando.
En el otro trabajo que estuve era también así. Aquí traigo las referencias de
allí.
-No, para mí no son necesarias, guárdelas
para enseñarlas cuando se las pidan en la casa. Yo no soy la que realiza la
selección ni la contratación, nosotros en esta oficina, solamente actuamos como
mediadores, cobramos al solicitante una pequeña cantidad de dinero por cada
persona que enviamos a entrevistarse.
-¿Eso qué quiere decir?. ¿Qué yo tengo
que pagar dinero? –preguntó un poco extrañada Remedios.
-No, no, todo lo contrario. Usted no paga
nada, quien paga es quien pone el anuncio de trabajo –explicó la oficinista.
-¡Ya entiendo!.
-Me comenta usted que tiene experiencia
en este tipo de trabajo. ¿Verdad?.
-Sí, en la casa de donde vengo, trabajaba
en las mismas condiciones.
-Mejor así, puede que esta vez tengamos
suerte, porque las dos candidatas que le hemos enviado a esta señora, nos las
ha rechazado. Una porque era una descarada y la otra porque era demasiado
moderna. A mí personalmente, las dos candidatas me parecieron muy normalitas.
Según parece, esa señora es un poco especial. Puede que usted encaje mejor en
el perfil que quiere esa señora.
-¿Qué habría querido decir la oficinista
con aquel comentario? -pensó Remedios-. Tal vez ella tenía pinta de recatada o
lo que es peor de pueblerina.
-Aquí tiene las señas de la casa. Espero
que tenga usted más suerte que ellas.
Remedios
leyó despacio la dirección, pero no tenía ni idea de dónde era.
-¿Por dónde cae esto? -preguntó Remedios.
-Esto está muy cerca, aquí mismo –comenzó
a explicar la oficinista-. Mire, saliendo de la oficina doble a mano derecha,
después en la segunda bocacalle, doble de nuevo a la derecha, luego siga recto
hasta encontrar la escultura del General Aguirre, ya verá, es una estatua de un
militar montado a caballo. Allí pregunte a alguien porque está muy cerquita, es
una calle con caseronas antiguas. ¡No tiene pérdida! –dijo la oficinista
finalizando la explicación.
-¿Ya está todo?. ¿Me puedo marchar?
-preguntó ansiosa Remedios.
-No, todavía no. Necesito una fotocopia
de su carnet de identidad y un número de teléfono de contacto dónde se le pueda
localizar, es para su ficha personal.
-Aquí tiene el carnet, pero no tengo
ningún número de teléfono donde me podáis llamar porque estoy viviendo en una
pensión -se excusaba Remedios.
-Mé vale con el teléfono de la pensión.
-Lo siento, no tengo ni idea de cual es,
lo tenía apuntado en un papelito y no lo llevo encima.
-No importa, sólo era una formalidad.
Espere un momento que hago la fotocopia de su carnet y se lo devuelvo
enseguida.
Remedios
se quedó esperando a que volviera la oficinista con su carnet. Aquella
entrevista había sido más fácil de lo que pensaba, al fin y al cabo, no era más
que una simple conversación. El verdadero examen vendría más tarde, en la casa.
Seguramente no sería fácil. La señora había devuelto a las otras dos candidatas
y Remedios no estaba segura que ella fuese a encajar.
La
oficinista le devolvió el carnet a Remedios. Ella por su parte se despidió
cortésmente y salió con paso rápido hacia la dirección que le habían dado, no
fuera que hubiese más candidatas al mismo puesto de trabajo en la cola de espera
y llegasen antes que ella a la entrevista con la señora.
A veces, Remedios no entendía por
qué era tan difícil encontrar trabajo. Para cualquier cosa solicitaban un
montón de papeles y estudios. Por ejemplo, sin ir más lejos, seguro que para
hacer el trabajo de la oficinista que la acababa de entrevistar, era necesario
tener estudios y cumplir un sin fin de requisitos. Cuando en realidad, ese era
un trabajo sencillo que ella misma hubiera podido realizar perfectamente.
Total, sólo se trataba de hacer siete u ocho preguntas, rellenar un par de
impresos, una fotocopia y ¡ya está!. A cobrar un buen sueldo al final de cada
mes. La vida era muy injusta y Remedios estaba cansada que se cebara de mala
manera con ella.
NOTA.- El texto que acabas
de leer pertenece a la novela "El Don"; si quieres leerla completa,
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