EL PODER DE LA PALABRA
El narrador de historias aparecía de vez en cuando por la hacienda y siempre era bien recibido. En realidad, era un vagabundo desarraigado que se ganaba el sustento contando historias y leyendas por el mundo. Sus narraciones no siempre fueron nuevas, pero su modo de relatarlas les otorgó una especie de magia especial. Su voz podía resonar como un trueno o susurrar como un céfiro. El viajero era capaz de imitar una docena de voces a la vez y de silbar como un pájaro con tal fidelidad que las propias aves acudían a él para escuchar lo que tenía que decir.
Y, cuando imitaba el aullido del
lobo, el sonido era capaz de erizar el pelo de la nuca a los oyentes y
atenazarles los corazones como si hubiera llegado lo más crudo del invierno. El
viejo era capaz de imitar el sonido de la lluvia y el viento y, lo más
asombroso del todo, el sonido de la nieve al caer. Sus historias estaban llenas
de sonidos que les daban vida, y a través de ellos y de las palabras con que
urdía sus relatos, parecían cobrar vida también para sus arrebatados oyentes
las imágenes, los olores e incluso el tacto de unos tiempos y lugares remotos y
extraños. El narrador ofrecía gratis todas estas maravillas a cambio de unos
platos de comida, unas jarras de cerveza
y un rincón cálido del cobertizo del heno donde poder dormir. El hombre
vagaba por el mundo tan libre de posesiones materiales como los pájaros
David
Eddings, Crónicas de Belgarath.