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VIAJES Y AVENTURAS

 

El viaje constituye una de las actividades más remotas de la humanidad, siempre sujeta a movimientos migratorios producidos por la necesidad de subsistencia, pero también por razones más profundas que afectan a nuestro subconsciente. Para C. G. Jung el viaje es la manifestación simbólica de la insaciabilidad de un deseo ante su reiterado desencuentro.

 

Todos, pues, en algún momento nos vemos impulsados a abandonar el ámbito de lo cotidiano y lanzarnos a la conquista de lo desconocido. Pudiendo ser este desplazamiento físico o imaginario; todo depende del medio de transporte que utilicemos. Hoy en día, los libros constituyen una forma económica de viajar y conocer otros lugares, y además ofrecen la posibilidad de desplazarse al pasado o al futuro, ventaja que todavía no ha podido hacer suya la tecnología moderna.

 

Y al viaje se asocia siempre la aventura, que significa etimológicamente "lo que ha de venir", pero además implica el riesgo, el peligro y exige en quien la emprende la curiosidad y el valor.

 

En la sociedad actual cada vez tienen más éxito las ofertas de turismo de aventura; existen múltiples propuestas -la adopción del término extranjero aumenta el exotismo- cuyo fin es adentrar al viajero en parajes insólitos realizando trekking (viajar andando), ranking (a bordo de una embarcación llamada raft), etc. Si los atlas están cambiando, no es precisamente porque se descubran nuevos territorios –la gran aventura de exploración terminó en el siglo XIX-, sino por la definición de fronteras determinada por los cambios políticos. hace, entonces, necesaria la salida de los límites que impone la civilización tecnológico-industrial. Así, frente al itinerario excesivamente planificado, se nos ofrece el enfrentamiento con el lance extraño y arriesgado que permite demostrar nuestras capacidades en plena naturaleza La aventura goza de actualidad como dimensión necesaria de la experiencia; pero si se la convierte en un objeto más de consumo, en algo prefabricado, corre el peligro, sobre todo en literatura, de alcanzar sólo el nivel superficial y no ahondar en la problemática humana -se obviaría entonces el desplazamiento interior-. Prueba de ello es la etiqueta de subliteratura que se ha aplicado muchas veces a la novela de aventuras.

 

En cierto modo, quizás hayamos perdido el placer de vagabundear sin prisas para, a través del conocimiento de lo ajeno, de los otros, encontrarnos a nosotros mismos, lo que equivaldría a emprender la auténtica aventura.

 

Las sensaciones que experimenta el viajero son por otro lado análogas a las del lector frente a la necesidad de lo diferente. Todo país extraño, todo texto se nos presenta como un enigma. Y si en el viaje el contacto con lo ajeno rompe la rutina, podríamos esgrimir que en la literatura, aparte de permitir el acceso a otras realidades, el lenguaje, como medio de comunicación, suele quebrar lo establecido. Desde el punto de vista de la educación; entendida como desarrollo integral de la persona, tanto el viaje como la lectura desempeñarían una función informativa; una función lúdica, al sacarnos de nuestras coordenadas espacio-temporales y de las limitaciones de la rutina; una función ontológica, al facilitar el encuentro de unas señas de identidad y una función socializadora, al permitir la asimilación y el respeto hacia otras culturas.

 

Este apartado dedicado a los libros de viaje y aventuras quedaría justificado desde el punto de vista literario, por ser un género que siempre se ha asociado con la adolescencia, y educativo.

 

 

La narrativa de aventuras

 

La delimitación del género de aventuras es bastante compleja, ya que "toda narración perteneciente al género literario de ficción relata en principio una aventura de algún tipo". Por ello, debemos distinguir entre la aventura buscada o la búsqueda de aventuras que caracteriza al género y la aventura casual, presente en otro tipo de relatos. La búsqueda de aventuras enlaza con el viaje hacia el espacio ignoto en el espacio y el tiempo. La aventura temporal nos conduciría a dos modalidades dentro del género: la novela de aventuras histórica y la de ciencia-ficción -de esta última no vamos a hablar por haber sido analizada como un tipo particular de fantasía-. La aventura espacial por otro lado, siempre ha tenido un texto virtual: los libros de viaje, en los cuales se prioriza el cómo se va a llegar sobre el descubrimiento nuevos territorios.

 

Algunas obras de este tipo de narratíva se han convertido en clásicos al presentar una aventura espacio-temporal, uniéndose así al espacio físico que el héroe debe salvar, el desplazamiento interior que representa su crecimiento. Para Joan Manuel Gisbert "el movimiento de la Aventura es dual: recorre los espacios urbanos, geográficos o cósmicos, pero discurre también por las vías íntimas del ser". La búsqueda de aventuras se convierte en la búsqueda de la propia identidad, a partir de la superación de las limitaciones u obstáculos que nos rodean; el viaje enlaza entonces con el proceso iniciático que simboliza el paso de la adolescencia a la madurez. De ahí el marcado carácter juvenil de estas novelas.

 

El mito de la aventura se percibe como característico de la infancia. Isabelle Jan reflexiona sobre ello a partir de los títulos de obras clave de la literatura infantil: Aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Pinocho, de Tom Sawyer, etc., y constata el hecho de que los niños y niñas consideran novelas de aventuras a todas aquellas historias que leen hasta el final con placer. En este sentido, Fernando Savater realiza una defensa de las narraciones que gustan a los más jóvenes y que tratan temas tales como "el mar, las peripecias de la caza, las respuestas de astucia o energía que suscita el peligro, el arrojo físico, la lealtad a los amigos o al compromiso adquirido, la protección del débil, la curiosidad dispuesta a jugarse la vida para hallar satisfacción, el gusto por lo maravilloso y la fascinación de lo terrible, la hermandad con los animales..." porque transmiten la confianza en las propias posibilidades dentro de la zozobra en que vivimos. La narrativa de aventuras siempre se inclina a favor del lector, ya que éste se identifica de inmediato con el héroe al ir superando con éxito todas las pruebas; pero frente al cuento maravilloso u otro tipo de narración fantástica, la trama siempre queda dentro del campo de lo verosímil. El lector de este tipo de historias, por otra parte, debe haber adquirido cierta experiencia de la vida, según Isabelle Jean -hay que pensar sobre todo en ciertas obras clásicas- para dejarse arrastrar por los detalles prácticos y las descripciones científicas que aporta el narrador e iniciar así su propia aventura; por ello se recomienda su lectura en la etapa de la adolescencia.

 

 

Origen y proyección del género

 

La novela de aventuras adquiere identidad en el siglo pasado, cuando se la reconoce como género aparte -generalmente reservado a niños y jóvenes- y una proyección que permite su supervivencia hasta nuestros días -se sigue leyendo y reeditando a Veme, Dumas, Cooper, Stevenson, etc.-. La narración se consagra entonces a contar las peripecias de un héroe que inicia un viaje hacia lo desconocido impulsado por el azar o el destino. Y el escenario que rodea a la trama es por

excelencia exótico, desde las islas desiertas, misteriosas y poseedoras de tesoros de Daniel Defoe -la novela de este autor del siglo XVIII constituye un antecedente del género-, Jules Veme y R. L. Stevenson, pasando por el África de Las minas del rey Salomón de Henry Rider Haggard, el desierto y la selva de Sienkiewickz, los paraísos salvajes en los que el hombre se adapta a las leyes de la naturaleza de Edgar Rice Burroughs y Ruyard Kipling, la Malasia de Salgari, el inexcrutable oceáno de 20.000 leguas de viaje submarino  no, Moby Dick y gran parte de la producción de Joseph Conrad, hasta el mismísimo centro de la tierra. Ante esta amplia gama de aventuras que siguen el canon clásico merece la pena detenernos en una modalidad muy difundida: las "Robinsonadas", peripecias centradas en la figura de Robinson y la supervivencia en una isla desierta.

 

 

Robinsonadas

 

El tema de la supervivencia en una isla desierta ha cautivado siempre a los niños y a los adultos, de ahí las diversas versiones literarias a las que ha dado lugar el Robinson Crusoe de Defoe, escrita en 171911. Pero, especialmente, el mito de la creación de un mundo autónomo en el que hay que construir todo de nuevo a imagen y semejanza de la sociedad civilizada -de modo provisional, al encontrarnos dentro de] marco salvaje de la naturaleza-, se ha asociado a la infancia y a sus espacios destinados al juego. Por ello no es extraño que esta famosa obra, que en principio no fue destinada al público infantil y juvenil, se haya convertido en uno de sus clásicos. Para Isabelle Jan con Robinson Crusoe se profundiza en el mito de la aventura y en la figura del aventurero, al ponerse en juego dos aspectos del viaje: la aspiración hacia lo desconocido y la nostalgia de lo conocido.

 

Robinson, al reconstruir en la isla el universo familiar que ha abandonado, vence a la naturaleza, simbolizando de alguna manera el desarrollo del hombre y la cultura. Sus posibilidades educativas -la adaptación al medio requiere el desarrollo de distintas capacidades: la inteligencia, la imaginación, el coraje, la decisión...- ya fueron señaladas por Rousseau y determinaron el carácter pedagógico de las versiones más próximas, como La familia del Robinson suizo de Wyss (1812).

 

A finales de siglo, Jules Verne con su Escuela de Robinsones va a desmitificar un poco el papel del héroe naúfrago, al descubrirse al final de su novela que la mayor parte de las aventuras han sido creadas por el rico tío del protagonista, poseedor de la isla a la que llegan. En el siglo XX Michel Tournier vuelve a retomar el tema en Viernes o los limbos del Pacífico (1967), obra por la que obtuvo un premio importante de la Academia Francesa. Pero, realmente, el libro que ha pasado a formar parte de la literatura juvenil es la reescritura de dicha novela, que el autor realizó con posterioridad y tituló Viernes o la vida salvaje, en la cual según sus palabras integró "mas intíma y profundamente la cana filosófica" dentro de la narración. El resultado es una magnífica historia en la que la filosofía del primitivo Robinson ha cambiado: frente a la construcción del mundo inmovilista del héroe de Defoe, donde el tiempo se mide por el ritmo del trabajo, este nuevo naúfrago –creado desde una perspectiva moderna- se da cuenta de que en vuelta del azar a su vida está el secreto de la felicidad y

de la juventud, por ello decide no dejarse rescatar y quedarse en su isla para inventar nuevas aventuras.        

 

La universalidad del mito queda ratificada por otro libro juvenil que obtuvo en 1960 la Medalla Newbery de los Estados

Unidos y cuya historia ha sido llevada al cine. En La isla de los delfines azules Scott O'dell rememora la historia real de una india que vivió sola desde 1835 a 1853 en la isla de San Nicolás -próxima a las costas de California-. La novela tiene el atractivo de presentar a una Robinson femenina; además, de acuerdo con los nuevos tiempos, en ella se pone el acento sobre la defensa de los modos de vida de otras etnias.

 

 

Otras modalidades de aventura

 

Aventuras históricas

 

En la narrativa actual destinada a los adolescentes la aventura aparece a veces influida por otros géneros. La dificultad de encontrar espacios desconocidos hace volver la vista hacia el pasado -como ya ocurría en el Romanticismo-; el alejamiento temporal confiere a la historia un áurea de misterio y exotismo que permite realizar al protagonista su destino heroico, liberado del marco de la sociedad actual. En este sentido, cabría destacar dentro de la producción española las obras que reflejan dos hitos claves dentro de nuestra historia que se ciñen a la estructura del viaje, de la expedición y la aventura: la conquista de América y las peregrinaciones medievales del Camino de Santiago.

 

 

Itinerarios de conquista

 

Como itinerario de conquista resulta representativa la trilogía de Jose María Merino formada por El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol. El propio autor aclara sus intenciones a la hora de escribir la obra: "Escogí la época de la Conquista de América porque, lector impenitente de Crónicas de Indias desde hace varios años, me ha interesado mucho, tanto desde el punto de vista de la aventura física como de la moral". Así, a través de las peripecias del joven mestizo Miguel Villacé Yólotl, que participa en la búsqueda mítica de reinos de palacios de oro o de tesoros, conocemos hechos importantes de la historia -como las guerras civiles en el Perú entre los partidarios de Diego de Almagro y Francisco de Pizarro- y asistimos al proceso de crecimiento interior del héroe, que se debate entre dos culturas: la española y la americana.

 

Itinerarios de descubrimiento

 

Entre los itinerarios que vamos a denominar de descubrimiento paralelos a los de conquista- por el espíritu científico que alienta a sus protagonistas, podemos citar como muestra El capitán James Cook de John Hooker, obra publicada por la editorial SM en la que se relatan los viajes de este famoso navegante y La isla soñada del español Fernando Martínez Gil. En esta última novela, ambientada también en el siglo XVIII, el autor, al igual que en la trilogía de Merino, simula recoger la crónica del narrador protagonista: un joven que se embarca en una expedición científica con rumbo a los mares del Sur. En la obra encontramos bastantes referencias sobre este período de la historia en el que la razón, la educación y la ciencia se pensaba harían posible la felicidad de los pueblos; asimismo aparece el mito de la Arcadia, del paraíso perdido y del buen salvaje, presente en tantos textos literarios.

 

Caminos de peregrinación

 

Y junto a estos caminos de descubrimiento y conquista, se cruzan los caminos de fe transitados por los peregrinos que acudían a Santiago en El bordón y la estrella de Joaquín Aguirre Bellver y Endrina y el secreto del peregrino de Concha López Narváez.

 

El camino, metáfora de la vida, es el medio ideal para que surja la aventura y los protagonistas -en Endrina encontramos una heroína- se enfrenten a lo adverso para reafirmar su existencia; en definitiva se trata de vencer a la muerte, siempre presente.

 

 

Aventuras urbanas

 

Otro de los géneros dentro del ámbito juvenil, bastante consolidado dentro de la literatura para adultos, que presenta un contagio con la narrativa de aventuras es la novela de misterio, novela negra o policiaca. La razón es que en las obras destinadas a los más jóvenes sigue primando la acción, a través de los obstáculos que ha de vencer el protagonista, sobre el proceso intelectual que lleva a desentrañar la intriga. La novela negra se superpone en nuestros días a la novela de aventuras, ya que como reflexiona Jaume Fuster "resulta más difícil vivir en una gran ciudad que en la selva amazónica".

 

Dentro del panorama de la literatura juvenil española encontramos narraciones en las que el ambiente urbano y los personajes marginales -característicos de la novela negra- configuran la trama que rodea al protagonista adolescente. En cierto sentido, se podría hablar de "antiaventuras", si las comparamos con los clásicos del género, pues el final no resulta muy satisfactorio para todos aquellos que las emprenden. En el mundo moderno en que vivimos la visión del hombre y la mujer no es tan optimista y los héroes suelen volver a la cotidianeidad sin un mensaje claro que transmitir. Los protagonistas actuales suelen reflejar las dudas y las incertidumbres de la persona humana ante la realidad, por ello los personajes modélicos han desaparecido.

 

En Pupila de Águila, de Alfredo Gómez Cerdá, la acción se desarrolla en Madrid; un narrador objetivo nos presenta el proceso evolutivo que sufren dos jóvenes en el esclarecimiento de un asesinato. Los autores Andreu Martín y Jaume Ribera eligen, por su parte, a Barcelona, y más en concreto un barrio periférico y marginal, como "cuartel general» del aprendiz de detective apodado el Flanagan. Este personaje, protagonista de la serie que encabeza No pidas sardina fuera de temporada y Todos los detectives se llaman Flanagan, se verá envuelto en una acción vertiginosa en la que no faltan los golpes, las persecuciones y los secuestros, tan propios de los telefilmes, pero también aprenderá a distinguir entre la realidad, a menudo desagradable, y el mundo de ficción con el que soñaba.

 

Y otra de las ciudades que podríamos señalar como escenario de una intriga policiaca es Málaga. En Cuartos oscuros Juan Madrid, reconocido autor de novela negra, hace una incursión en el campo de la narrativa juvenil para contamos el viaje iniciático de un adolescente que parte en busca de aventuras y se encuentra envuelto en una historia sórdida, a partir de la cual descubre que no existen los héroes: la figura de su padre queda rebajada de aventurero a simple gangster

 

La vitalidad del género de aventuras queda patente en nuestros días, ya sea porque se sigue leyendo a los clásicos o libros que imitan su estilo, ya sea por la creación de nuevas formas para plasmar empresas arriesgadas o la fusión que se produce con otros géneros narrativos en los que predomina la acción. Lo cierto es que nos encontramos ante un tipo de literatura muy gratificante, puesto que el texto de la aventura no se agota cuando se cierra el libro, sino que se continúa en el viaje iniciático que ha conseguido despertar en el lector.