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SU OTRA PARTE

En la habitación el desorden mostraba que había sido un día muy agitado el de su huésped, con entradas y salidas apresuradas.
En el piso dos ambos blancos tirados, unas botas de fiselina y la cofia a un costado de la silla.
La ducha era lo más hermoso recibido por ese cuerpo agotado por tantas horas de pie junto a la mesa de operaciones.
- " Hoy la gente decidió enfermarse y entrar al quirófano en estado crítico",pensó Mariana, mientras dejaba caer el agua templada sobre sus firmes senos y sobre su espalda dolorida.
El lunar estrellado bajo su pecho quedó encerrado en una pompa de jabón. Es un tatuaje natural, como un sello, una marca, una entificación.
Su madre siempre le decía cuando trataba de vestirla después del rico baño en la amplia bañera, "mi niña que nació con estrella y no estrellada", mientras ella saltaba en la cama grande.
El jabón con un perfume exquisito, tornaba acariciable su piel aún tersa.Después de tanto castigo le venían muy bien estos pequeños regalos de placer, mientras tarareaba esa melodía que le había quedado fija en su memoria.
Tomaría una bebida fría con un poco de alcohol, una naranja con ron no le vendría mal. El cansancio y el alcohol la dejarían dormir.
Una corta bata cubrió su cuerpo y se acercó a la pequeña heladera de la habitación. Abrió un cartón de jugo y sacó una botella pequeña de ron medio escondida entre otras. (Las bebidas alcohólicas estaban prohibidas durante las guardias).
Se sentó sobre su cama. La compañera de habitación estaba ausente por una enfermedad, por lo tanto, la guardia de quirófano debía cubrirla ella solamente.Encendió el televisor y cuando se disponía a beber golpearon en su puerta.
Mariana se sobresaltó, pues pensaba que su trabajo había concluido. Era José Luis que le avisaba la entrada de una paciente a Terapia. Su estado era grave y el Jefe de Turno, el doctor Diéguez visitaba a otro paciente en la habitación para hacerle controles.Mariana no podía creerlo - ¿Recién termino y tengo que volver? Su trabajo como médico cirujano del equipo del doctor Páez la estaba superando. Creía que no podría llevar ese ritmo tan loco.
Ganar el concurso y entrar a trabajar en el Equipo de ese capo en medicina, la llenó de satisfacción y orgullo, no sólo a ella, sino también a su padre, ya anciano y a su madre.
Él un médico querido por todo el pequeño pueblo cordobés, hizo despertar en su hija el amor por esa profesión y la responsabilidad en el trabajo.

 Mariana colocó sobre su desnudo cuerpo una chaquetilla limpia color rosa pálido, se calzó los pantalones que anudó con un lazo a la cintura. Buscó otras botas limpias y una cofia que colocó sobre su pelo mojado recogido con una trenza en la nuca.
La Sala de Terapia estaba un piso más arriba y usó las escaleras. Cuando entró, mientras le protestaba al médico asistente por llamarla con tanta urgencia, pasó al lado de una camilla donde una mujer con evidentes signos de haber sufrido un accidente, se quejaba en estado de semi inconsciencia.
Cuando se acercó a la camilla quedó paralizada y dejó escapar un grito. Quien estaba acostada en esa camilla era ella misma con otro color de pelo. Por un momento no supo qué hacer. El enfermero le acercó el tensiómetro y los resultados de los controles ya realizados, anotados en una planilla.
El estado de la enferma era grave, los golpes en la cabeza habían provocado un derrame que de no pararlo afectaría centros vitales que serían irreparables, eso, en el mejor de los casos.
Como primera medida debía preparar una punción en la médula para liberar la presión craneana, pero era de riesgo porque si se descomprimía de golpe podía producir un colapso.
Cuando el enfermero empezó a lavar el cuerpo de la enferma, rompió la blusa de seda verde, y quedó al descubierto el pecho que, sin soutien, se mostraba firme, Mariana vio un lunar oscuro y de forma estrellada, debajo del seno izquierdo igual al de ella.
Siempre había pensado que ese lunar oscuro y con una forma tan definida debería ser una señal muy especial para identificarla en caso de accidente y ahora se encontraba con ese mismo lunar pero en el cuerpo de otra persona que era su calco.
Sintió en ese momento que estaba decidiendo sobre su propia vida, ya no la de otra, sino sobre su destino.

 Cuando era pequeña Mariana jugaba con una hermana imaginaria, menor que ella y que podía gobernar a su antojo.
Cuando la madre la veía jugando a la maestra, escribiéndole un montón de deberes, se sonreía y le decía -¡ Pobre! te abusas de ella pues es tu hermana menor y no nació con tu estrella", su madre participaba de los juegos y entraba en sus fantasías.

 El doctor Diéguez entró a Terapia y quiso leer los resultados btenidos hasta ese momento. Mariana sabía que el Dr. era implacable con su persona y que no le permitía el más mínimo rasgo de indecisión; que las conclusiones a las que arribara debían ser defendidas por ella con total seguridad. El doctor se impresionó al mirar el rostro de la enferma y levantó la vista a la cara de Mariana. Sus ojos fueron más elocuentes que mil palabras.
Mariana le dijo - ¿vio doctor?, es mi clon, encontré la otra mitad mía, sin buscarla y sin saber que existía. Diéguez no le contestó y siguió revisando los signos vitales de la paciente.
La intervención era inminente, no podían esperar más tiempo. Era muy riesgosa; Mariana quería dilatarla. Siempre decidida en estos casos y muy pensante, ofrecía ahora argumentos poco convincentes para posponer la operación, que no eran creíbles ni a ella misma. En verdad no podía decidir profesionalmente ante esta situación, era como decidir sobre su propio destino.

 De golpe se vio jugando en el patio lleno de plantas, era la casa de la abuela. Sus padres por primera vez la habían dejado al cuidado de su abuela Clara.
Era una abuelita de cuento, delgada y pequeña, su pelo recogido en un rodete en la nuca y sus anteojos colgados de una cadena de canutillos celestes.
Sus padres habían estado nerviosos y ellos que nunca discutían lo habían hecho a los gritos encerrados en el dormitorio.
Por esos días no la dejaron mirar televisión, en cambio le alquilaban películas para que pasara las tardes con su prima Alicia, más pequeña que ella.
¿Por qué recuerda eso?. Vienen a su mente cuadros de una película acelerada, donde uno y otro momento se suceden con rapidez y sin detalles, son flash que saltan de un acontecimiento a otro.
¿Por qué cambió tres veces de escuela?, era una buena alumna y no tenía conflictos ni con sus compañeros ni con sus maestros; el paso siempre fue a institutos cada vez más pequeños y exclusivos.
Se ocuparon muchísimo de su educación, siempre exigiéndole que se esforzara más y más y cuando de adolescente quiso compartir un grupo de la Parroquia que trabajaba en zonas carenciadas se pusieron como locos.
Evoca esa discusión y todavía no comprende porque se habían puesto tan agresivos, los desconocía. Su padre la asustó, le retorció el brazo para sujetarla cuando ella casi gritando y bañada en lágrimas decía - ¡no los entiendo, no los entiendo!

 El doctor Diéguez la sacó de su viaje y de golpe tomó conciencia. Ahora frente a la paciente debía decidir por alguien que fue y es parte suya aunque no lo supiera hasta este momento.
Mariana supo que era adoptada. La historia de su adopción le fue contada de la manera más dulce. Le explicaron que su madre biológica sabía que iba a morir, pues no superaría el parto y trató de encontrar una pareja que tuviera muchos deseos de tener un hijo. El juez después de evaluar muchas familias los había elegido a ellos, entre una larga lista de posibles adoptantes.
Nunca le hablaron de su padre, dijeron que era desconocido.
Mariana tendrás que asistir en la operación, le dijo el doctor Diéguez. Ella no sentía deseos de hacerlo pero, por otro lado, no podía dejar en manos ajenas casi su propia vida.
Sus padres habían fallecido y la única que la llevaría a completar el rompecabezas que de golpe se desarmó delante de sus ojos, sería esa mujer, su otra parte.
Ellos y su abuela Clara se llevaron el secreto a la tumba. Seguramente Clarita, como solía llamarla ella cuando jugaban, le hubiese dicho la verdad, pero ahora quien la haría recuperar su historia perdida era esa mujer.
Los alaridos de una señora la vuelven a la realidad, era jueves, con un pañuelo blanco en la cabeza entró preguntando entre gritos y sollozos por su nieta.

 Beatriz Martinelli