logotipo

img_google

 


La montaña azul
por Beatriz Martinelli



Las siestas en la montaña azul eran solitarias pero llenas de juegos. Difícilmente Ramiro se encontraba con otro chico, sus amigos vivían lejos de su casa, los encuentros eran en la escuela y los días de fiesta en la ciudad, por ejemplo el día de la Patria, y el día del Santo protector, donde la Iglesia se adornaba con guirnaldas de colores, había puestos de frutas, se servía un riquísimo café con los bizcochos que cocinaban las damas del Escapulario de la Virgen del Carmen y las familias participaban de juegos comunitarios.

Ramiro llevaba en sus salidas sus preciosas cosas, unas canicas, sus figuritas brillantes, las marquillas de cigarrillos que su tío le guardaba, unos lápices de colores y algunos pequeños papeles que rescataba de los paquetes de la proveeduría. Era solitario pero su imaginación le daba tantas posibilidades que nunca sufría por eso.

En su casa, la madre muy estricta y seria, imponía órdenes a todos aquellos que a su alrededor estaban. La pobre niña de la limpieza, de un lado para el otro, con el trapo de repasar los muebles, bajo su inquisidora mirada, no perdonaba el mínimo signo de polvo sobre sus preciosos armarios y sus elegantes sillas.

Las hermanas de Ramiro ayudaban en la cocina a su madre. En la montaña y en esos años la cocina era una tarea de mujeres y llevaba muchas horas. Ramiro tenía la ventaja de ser el menor y además la de ser varón, y en ese momento era una gran ventaja, pues se les permitía más libertad e independencia.


El padre, era un señor alto, risueño, y de muy buen humor, y de una delicadeza que contrastaba con el tosco entorno de la campiña, en el hogar ponía un poco de distensión y de relajo al clima estricto que imponía la madre. Con don Atilio hasta se podía llegar hacer alguna broma.

Ramiro colocaba en su bolsa toda su riqueza, y siempre llevaba para su merienda un pan redondo y oloroso hecho en el horno de barro del patio. Se internaba en un pequeño bosque en la base de la montaña. Las tardes veraniegas lo encontraban todavía jugando, cuando ya empezaban a iluminarlas los cocuyos, las luciérnagas. Y él las consideraba sus invitadas.

Una tarde, ya casi de noche, Ramiro conversaba animadamente. No se veía a nadie cerca de él, pero mientras guardaba en forma ordenada sus cosas en la bolsa, contaba una historia con lujo de detalles, que tenía que ver con una princesa de alas transparentes y un príncipe convertido en campesino.

Ramiro según sus mayores estaba cada vez más raro. El verano estaba llegando a su fin, y pronto se reintegraría a la escuela, esa de curas, donde pasaba casi todo el día. Ese verano, había convertido al chico en un adolescente. Su rostro ya mostraba el inicio de su barba. Sus pies se hicieron enormes al igual que sus manos y el cuerpo con un crecimiento tan apresurado parecía no estar acostumbrado dentro de su piel.

Su carácter había cambiado, estaba menos comunicativo, más silencioso, durante la cena no participaba de las pocas conversaciones en que se les daba oportunidad a los jóvenes para hablar.


Ramiro ya no llevaba en su bolsa, camino al bosque, las canicas, las había cambiado por un libro de hojas amarillentas que entre preciosos arabescos se leían poesías. Cargaba su mochila con hojas para cartas y su precioso lápiz comprado en la última kermese trabajado con hilos de seda de colores formando guardas en su cuerpo.

Todas las tardes Ramiro arreglaba el espacio donde pasaría esas horas doradas y tranquilas. El libro de poesías colocado delicadamente sobre la gramilla, a su lado las hojas, sobre ellas el precioso lápiz con hilos de seda.

Ramiro tenía un gran secreto, no podía contárselo a nadie, estaba enamorado, muy enamorado. Nunca había sentido esa sensación y un malestar dulce y amargo le llenaba el cuerpo. Cada tarde a la misma hora, cuando ya el sol comenzaba a perderse detrás de lo más alto del azul de la montaña, Ramiro recibía la visita de su amada. Ya oscureciendo, él conversaba con una princesa de alas transparentes que se acercaba tímidamente a su lado. Le tenía preparada unas cartas escritas con su pequeña letra despareja, le leía poemas de su viejo libro y la acariciaba tiernamente, casi sin tocarla.

Ella lo miraba con sus redondos ojos y movía sus transparentes alas. Se entendían perfectamente, hablaban el mismo idioma. Ramiro creía ser un príncipe alejado de su reino y traído a una casa de colonos. Sabía que su lugar estaba lejos y que la estadía en casa de sus padres sería por poco tiempo.

Esto no lo entristecía, porque entendía que su identidad era otra y que su vida estaba lejos de ese lugar, del bosque, de la montaña azul, del cafetal y de sus amorosos padres.


Sabía que el pertenecía a otro lugar, de colores tenues, de perfumes suaves, de sonidos lejanos y melodiosos. Sabía que estaba en este mundo sólo para cosas bellas, para amar y ser amado.

Ramiro quería mucho a sus padres y hermanas, amaba a su silenciosa abuela y al recuerdo de su abuelo, pero siempre supo que eso no era de él, ni su bello bosque, ni su azul montaña. Ahora estaba enamorado y sabía que la princesa de alas transparentes y él pertenecían al mismo sitio.

Eran visitantes de ese país. Cuando se conocieron Ramiro no sabía de donde venía ella, pero una tarde apareció a su lado, y viéndola por primera vez supo que se conocían desde siempre.

Su familia pensaba que era un chico aún, aunque en esos tiempos, los niños crecían de golpe. No tenían una larga adolescencia, casi no la había. De niños se convertían en hombres, como se pudiera. Ya Ramiro tenía sentimientos muy firmes.

Todas las tardes la cita era al pie del bosque, cuando el sol escondiéndose detrás del azul de la montaña, pintaba el aire de colores cuarzo, violáceos, azules y verdosos. El otoño se acercaba, el bosque mostraba rojizos y amarillos, el sol se acostaba más temprano y las citas se hacían más cortas, pero el sentimiento era más fuerte. No podían separarse, cada noche, el camino de vuelta a casa se le hacía más doloroso y más largo.


Una noche supo que sería la última, no habría más vuelta. Llegó a su casa, ordenó sus cosas más queridas. Dejó sus canicas con un cartel con el nombre de su amigo de grado, Ernesto, acomodó en una caja de lata todas las marquillas de cigarrillos que su tío le juntaba. Ató las cartas escritas para su amada junto con el lápiz de los hilos de colores.

A la hora de la cena, alrededor de la mesa familiar estuvo muy atento a las conversaciones de sus padres y participó de las bromas con sus hermanas.

Se acomodó en su mullida cama. Sintió el olor de naranjas que su madre colocaba en el armario de la ropa blanca para perfumarlas. Se durmió muy tranquilo gozando ese encuentro con el sueño.

Temprano se levantó y salió al bosque, llevó el paquete de cartas, el libro de poemas, la caja de lata. Las dejó escondidas al lado de los árboles frondosos donde él siempre se sentaba. Esperó que llegara la tarde, la esperó nervioso, sabía que era el tiempo pues las luciérnagas en el otoño ya no encienden sus luces.

Cuando se vieron, se miraron a los ojos, unieron sus cuerpos, y una brisa suave y húmeda los acompañó en el viaje.



© Beatriz Martinelli   ( Todos los derechos reservados por el autor )