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LA CARTA
Ella caminaba apresuradamente por la calle atestada de gente, los sábados y a principio de mes todo el mundo hacía compras.
Encerrada en su casa desde hacía mucho tiempo, no compartía las costumbres de su barrio ni de su entorno.
En la penumbra de un cuarto de madera, rodeada de libros que escondían historias atrapantes, y con los ojos siempre abiertos de una veintena de muñecos, que la observaban desde los estantes, encontraba en ese espacio su mundo.
No recordaba cuando fue la última vez que abrió el pesado picaporte de la puerta de su casa.
El primer deseo fue entrar corriendo otra vez a la tierna penumbra del hogar, pero esta vez se había prometido que lo haría, que saldría rumbo a esa Institución.
Respiró profundo, miró a su alrededor y no pudo entender que estaba sucediendo.
Le pareció que venía de un lugar muy antiguo, muy conocido por ella y que este nuevo mundo bullicioso y tan iluminado era ajeno, extraño y hasta grotesco.
Cuando en una tarde de otoño la encontraron entre los rieles de una vía, de un ferrocarril cuyo ramal no se usaba, abandonado hacía tiempo, ella no supo decir quien era ni a donde iba.
Sus zapatos dejaban ver que llevaba mucho tiempo caminando.
La piel reseca de su rostro y las escamas en sus labios lo mostraba, como su pelo enredado, sucio y sin color, de que había dormido sobre el piso de polvo en algún costado del camino.
La llevaron a la comisaría, una casa pequeña en ese pueblo pampeano, donde la recibió un tipo, a medio vestir, con un viejo uniforme, tomando mate y un joven detrás de un escritorio.
La miraron con desprecio y el jefe casi sin levantar la voz dijo – lo que nos faltaba , ¡ una loca roñosa!
Alina miró fijamente la jarra de agua que había sobre el escritorio, el joven que escribía en una máquina con dos dedos se dio cuenta de su necesidad y le acercó un vaso lleno.
Ella casi sin mirarlo tomó el vaso y lo bebió de un sorbo.
El joven dijo - ¡despacio! puede hacerle mal, tomará todo lo quiera pero hágalo despacio.
Al escuchar la voz, Alina se sobresaltó, tuvo miedo, pero la sed era más grande que el susto y siguió tomando.
Despertó en una sala cuyas paredes habían sido de un color rosa durazno y que ahora entre el moho y lo descascarado tenía en ciertos lugares una pátina gris.
El cuerpo le dolía, quiso levantar el brazo y vio que lo tenía atado a unos barrotes. Una aguja pinchada en su vena se comunicaba a una bolsa de líquido apenas amarillento.
No había nadie con ella, se escuchaban pasos ligeros detrás de la puerta.
Quiso recordar qué había pasado y a su memoria vino una carta recibida justo el Sábado de Gloria, ¿por qué recordó la fecha? - una semana después se casaba.
Un joven vestido de oscuro le entregó el sobre. Había bajado las escaleras corriendo, los mensajeros en esos días trajeron tarjetas decoradas con flores pequeñas y anillos dorados y con campanas y lazos. Alina recibió correspondencia de diferentes lugares, instituciones, grupos y amigos que estuvieron con ella y le hacían notar que no la olvidaban.
Un enfermero entró a la sala, la saludó con un gesto amistoso y ella se le quedó mirando sin atinar a preguntar nada, el ambo blanco le estrujó el corazón, le traía recuerdos tristes, todavía no del todo claros. Emitió un quejido cuando la aguja se movió en su vena al cambiarle la bolsa colgada del soporte.
El joven le dijo con voz afable – si te mejorás un poquito, esta noche te darán de comer algo rico.
Ella lo miró y pensó -¿qué cosas son ricas?, no recordaba el sabor de ninguna comida.
Tomó la carta, firmó el remito y sintió que le quemaba en las manos.
Se sentó en el segundo escalón, no esperó llegar arriba, abrió el sobre con cuidado, casi retrasando lo que vería. Era la pequeña letra de él nerviosa y suelta.
Le decía "Alina, querida Alina, no puedo ir a tu encuentro. Ya no me esperes, sé que sufrirás mucho y no tengo derecho, pero no puedo evitarlo, no soy dueño de mí.
Salió corriendo a la calle y gritando buscó al cartero - ¡llévatela, llévatela!
¡No puedo señora! , adónde voy a llevarla si usted ya la abrió.
¡No me tire de la ropa señora... cálmese!
El camino era largo y no lo conocía, pero el Sol brillaba a lo lejos y hacia ese horizonte iría, no tenía destino sólo era un irse.
Llegó a una estación antigua, con techo de chapa verde y con una cenefa acanalada con flores de lis en todo su contorno. Los bancos de madera, estaban ocupados. Uno por dos tipos que parecían instalados desde hacía tiempo, pues tenían un cajón con paquetes y cajas adentro. Un vaso, una botella de vino y un plato sucio.
Estaban cubiertos con una frazada gris mugrienta haciendo el amor y emitían desagradables sonidos.
Alina se escondió entre las maderas tiradas a un costado del andén. No estaban mojadas de rocío y le parecieron más calientes.
El viejo que dormitaba en el otro banco le alcanzó unas bolsas de arpillera cuando se acostó y ella por alguna razón no le tuvo miedo.
Estaba muy cansada y recordó que se durmió muy rápido. Despertó con el calor de un perro sarnoso que estaba apoyado en su espalda.
El calor del animal la animó, fue como un cable a tierra. Cuando despertó el sol estaba alto en un cielo celeste y el silencio era agradable a sus oídos distantes.
Todavía resonaba la voz que ella tanto amaba, diciendo - "no me esperes".
Una lágrima grande y cristalina se escapó de cada uno de sus ojos y se deslizó por sus mejillas, quedó remoloneando en la comisura de los labios y luego las bebió. Eran saladas y necesitaba de su propio líquido.
Miró al costado y tras la ventana de vidrio una rama de sauce se mecía con el viento. El enfermero la dejó en silencio, entendió que todavía no era el tiempo para la comunicación.
Se levantó, las maderas si bien eran cálidas eran muy duras y le dolían todos sus huesos.
Se sentó en el andén y vio que los tipos seguían durmiendo. Decidió continuar caminando antes de que despertaran.
En verdad sentía repulsión por esos cuerpos malolientes, con ropa que guardaba las manchas de todas sus secreciones.
Eran verdaderamente asquerosos.
Tomó una de las bolsas que le alcanzó el viejo y se cubrió los hombros a modo de ruana, tenía frío.
Se puso entre las vías y empezó a caminar hacia ese horizonte.
El perro la siguió un tramo largo y ella se sintió acompañada. Llegando a un nuevo pueblo, se fue detrás de otros, que ladrando, seguían un carro repleto de verduras.
El color de esa verdulería en movimiento le trajo a su memoria una tarde al costado del río, caminaban juntos. Se detenían frente a esos cajones y canastos que desbordaban colores y sabores.
Todavía recordaba esa sensación bella, de caminar tomados de la mano, sintiendo la presión de la suya y guiada por esa masa de gente mimetizada con el fondo de flores y frutas.
Parecían dos chicos adolescentes, él estaba radiante, nunca lo había visto así, sus comentarios dichos tan libremente descubrían el poeta que llevaba adentro, ese que a muchos asustaba, sólo porque era diferente.
Salieron ese mediodía, nadie lo notó, se encaminaron a la estación y tomaron el rápido que los dejó al lado del río en poco minutos.
La casita frente al muelle, el ruido de las lanchas, los grillos, las ranas, y las luciérnagas encendiendo la noche oscura del Tigre.
Esos días fueron para Alina, como días vividos por otra persona. Sintió que se desdoblaba y que una mujer distinta a la que vivió en su cuerpo casi 40 años había nacido asombrando no sólo a ella sino a todos los que la rodeaban.
El amor sobre el húmedo césped, los besos robados, las caricias descubriendo que eran uno para el otro, que podían sentir juntos el placer de los cuerpos y que la carne era un regalo inagotable y nunca antes conocido.
Pero había que volver, estarían intranquilos y no debían alarmar más a la gente, si querían que todo marchara bien.
La ciudad era bastante grande y la estación aunque ahora sin uso estaba en el centro.
Los pobladores parecían personas tranquilas, por eso cuando esos dos hombres la llevaron tomada de los brazos a esa casa blanca donde funcionaba la comisaría la miraron discretamente sin dejar de hacer lo que estaban haciendo.
Encerrada en esa habitación silenciosa y descascarada con el sauce moviéndose detrás del vidrio, perdió el recuerdo de las frutas y verduras y la imagen de un hombre moreno y delgado de charla amena y voz grave. Aquel que sabía descubrir todas sus zonas ocultas y la hacía sentirse mujer como no lo había sentido nunca antes, ese que podía decirle las cosas más bellas y más profundas que sólo ella entendía.
Ese
sábado siguió caminando apresuradamente, la parada del colectivo
quedaba a dos cuadras,- pero pensándolo mejor tomaría un
taxi- , la hora de las visitas empezaba en media hora, y aunque hoy era
un poco más extensa, luego vendrían los señores de
blanco con la medicina para dormirlo. Ellos nunca lo entendieron, no entendieron
nada.
Beatriz Martinelli