EL ENCUENTRO

El tren se anunciaba con su estruendoso silbato, y llenaba de música la polvorienta estación. 

El jefe salía peinándose los gruesos y largos bigotes con sus dedos húmedos y el chaleco desprendido. Los chicos se acercaban corriendo, empujando el aro con la horquilla y las niñas tomadas de sus brazos lucían moños recién ajustados en sus prolijos peinados. 

La llegada del convoy ponía en la tarde de cada jueves un poco de emoción en ese tranquilo pueblo serrano tan alejado de la ciudad y sus atracciones. 

Cuando el tren paró en el andén cubriéndolo de húmedo y gris vapor, en el interior de los coches los pasajeros se dispusieron a bajar las valijas del porta equipaje que estaba sobre los asientos. 

Los niños paraditos en hilera parecían la guardia de honor con don Ramón, el jefe de la Estación, con su vientre prominente y la cadena dorada donde pendía un reloj con tapa labrada. 

Una dama de mediana edad asomó su llamativo sombrero, con tul sobre los ojos, lila pálido. Descendió despaciosamente como si bajara la escalera de un escenario. 

Los niños quedaron maravillados con la aparición y de golpe se pusieron más firmes. El vestido ceñido al cuerpo, le alcanzaba las pantorrillas, cubiertas sus piernas con medias de muselina color gris. Los zapatos de taco fino azules, se cerraban sobre el empeine con cordones de seda del color del sombrero. Los guantes de cabritilla eran lilas, y colgaba de su brazo un pequeño bolso redondo de tela.

 Evaristo, el chofer del Hotel Continental, corrió a recibirla, se quitó la gorra y con una inclinación exagerada pareció saludar a un personaje Real. 

El maletero, ya en el hotel, hombre rudo y callado, comenzó a bajar el equipaje de la señora que por lo visto viajaba sola. La habitación reservada era la nupcial. Se entraba a un pequeño salón, frente a la ventana había un sillón estampado con grandes flores rojas y naranjas y hojas que iban del verde esmeralda al verde amarillento. Las cortinas que cubrían el largo ventanal eran de la misma tela, el visillo, de gasa ocre. El dormitorio tenía una gran cama cubierta con un acolchado de seda azul brillante y la sábana de hilo blanco con puntilla de encaje.

 Amanda despidió a la mucama que le había traído toallas y había preparado el baño para la distinguida pasajera. Eran las seis de la tarde de un caluroso día de primavera y el perfume de las enredaderas del jardín entraba en la habitación. 

Sentada en el suelo, con un viso que dejaba ver su cuerpo delgado y fibroso, encendió un cigarrillo. El humo dibujó en el aire ondas y rulos que se desvanecían. Una cita alejada de miradas y comentarios, un lugar elegido casi al azar, sería el escenario de este irremediable encuentro. No sabía exactamente cuando sería el día, pero estaba segura que no pasaría mucho tiempo, en caso de dilatarse la espera, Amanda tenía todo arreglado para que no fuera demasiado dolorosa.

 El cansancio del viaje y la penumbra de la habitación la invitaron a dormir, hasta que la despertaron unos golpes en la puerta de la habitación, era el gerente que avisaba a la señora que la cena estaría servida en una hora, y que Don Eugenio y su padre estarían gustosos de agasajarla en su mesa.

 Amanda pensó que hubiera sido mejor cenar sola pero no creyó conveniente desairar la invitación. Recogió el pelo que aún tenía húmedo en un rodete alto. Se colocó un vestido de seda negro con escote redondo; los aros de perla y el collar eran sus únicos adornos.

 Su rostro estaba pálido y la piel fina semejaba a la de una muñeca de porcelana. Siempre cuidó de su persona, la vejez era algo que la asustaba y a pesar de no tener una figura deslumbrante se mantenía delgada. Su porte era distinguido. Sólo sus manos denotaban fuerza y parecían de otra persona. 

Se encaminó al Salón comedor y sintió que, desde las mesas, todos los ojos se depositaban sobre ella. Estaba acostumbrada a sentirse observada por su profesión, pero el peso de las miradas la hizo sentirse un tanto incómoda. 

Cada noche el restaurante del Hotel se animaba con los personajes importantes del pueblo: el juez de paz, el médico, el dueño del aserradero, el gerente de la planta tabacalera, entre otros.

 El maître la acompañó hasta la mesa donde la esperaban de pie don Eugenio y su padre. Don Eugenio, como todos lo llamaban, era un hombre extremadamente joven para la imagen que se había hecho de él; su padre un señor muy agradable y conversador. La charla resultó ser fluida y Amanda pudo enterarse del movimiento no sólo cultural sino económico del pueblo. Pensó que hubiese sido agradable haber vivido en ese lugar, tan alejado de los avatares políticos de la época y donde todas las noticias parecían llegar con atraso y atenuadas.

 Contó en parte su profesión y se guardó para ella algunos detalles que siempre resultaban chocantes para una sociedad pacata y victoriana. Habló de sus cátedras de filosofía y lengua en la Escuela de Maestros y comentó su vocación, la plástica; no dijo que era escultora, pues sólo eran aceptados los escultores varones y se los consideraba más artistas que los pintores.

 No podía comentar que en el Taller de su maestro ella era su modelo y las venus y las ninfas que adornaban las fuentes de los parques eran su cuerpo y su piel; era ella misma modelada y esculpida por las manos de su maestro amado. 

Haber asistido al Taller de la Boca, llevada por una escritora, amiga de todos los bohemios y artistas, fue lo que cambió su vida. Hija menor de una familia tradicional, de fuertes creencias religiosas, la habían marcado, pero se sintió siempre fuera del contexto familiar y no podía verse casada como sus hermanas mayores y llenas de niños, atendiendo a unos maridos histéricos y prepotentes. Fue por eso que estudió y luchó para conseguir esa cátedra en la Escuela Superior de Maestros. Pudo después de mucha discusión y presiones, vivir sola en la casa que los abuelos paternos habían dejado vacía al fallecer. Estaba cerca de la Escuela. 

La familia se sintió muy avergonzada por la decisión de Amanda. Se preguntaban qué diría la gente de una mujer que vive sola, teniendo todavía la casa paterna y a sus dos padres vivos. Pero Amanda no era de perder batallas, y su resolución y perseverancia la hicieron una mujer totalmente independiente, a pesar de su familia. 

Antonio era mayor que ella y si bien en un principio la trató como a una discípula, en una clase de dibujo, cada vez más asiduas, una tarde en la que estaban solos, él la desvistió y sin decirle una palabra comenzó a dibujarla casi de una manera febril, mientras le arreglaba su largo pelo, lo tiraba sobre el pecho, lo recogía sobre la nuca, parada frente a la ventana, o recostada sobre el sillón de pana roja, gastado y sucio, casi ardorosamente, él la dibujó.

 Ella sentía que su cuerpo era acariciado por esas grandes manos, fuertes manos, hermosas manos, que todavía no la habían tocado. En silencio, cuando la noche se filtraba por la persiana de madera, y los ruidos de la calle eran cada vez menos notorios, él la poseyó intensamente como cuando la dibujaba. 

Las líneas de su pasión se modularon y los claros y oscuros del desborde inundaron dos cuerpos transpirados; amanecieron uno al lado del otro, sobre la alfombra del taller. Recién en ese momento hablaron, con la vista en el cielorraso, la mano de él sobre la de ella.

 Amanda estaba deslumbrada, se sintió poseída por un Dios. Esa mujer liberal e independiente frente a Antonio era como una pequeña niña de pueblo, insignificante y sometida. Pasó mucho tiempo hasta que cambió de actitud y empezó a valorarse. 

Él la llevaba a las tertulias con sus amigos pintores y poetas. La hacía participar de todas las discusiones, y se sentía orgulloso cuando ella defendía sus posturas de una manera casi violenta, muy poco frecuente en una mujer de esa época. 

Antonio estaba casado con una mujer de la sociedad, culta y educada. Su vida siempre se había desarrollado de una manera tranquila, ella era la que ordenaba sus finanzas, la única responsable de la educación de sus dos hijos, que ya eran mayores, y estudiantes avanzados universitarios. Antonio, era el bohemio, el artista, el iluminado y sus obras estaban bien cotizadas. Se vendían tanto en el país como en el extranjero, pero no se preocupaba demasiado, para ello estaban su mujer y su hermano. 

A medida que Amanda fortalecía su relación con Antonio, fortalecía sus conocimientos artísticos y demostraba una extraordinaria capacidad para el modelado y la talla. La discípula no igualaba al maestro, pero sus obras tenían una fuerza y un estilo que las hacía impactantes y no había persona que no se parara frente a sus trabajos y quedara largamente sorprendida.

 Amanda, "la amante del escultor", empezó a tener peso entre la gente del ambiente. Su presencia y comentarios eran recibidos con admiración. Para Antonio, que se consideraba el inventor de esta artista, no le era fácil aceptar la nueva situación y las peleas y discusiones fueron cada vez más frecuentes. Él la insultaba y casi era violento con ella, le refregaba la posición de amante, que él mismo había forjado, y Amanda si bien había cambiado mucho; frente a Antonio siempre se sentía en inferioridad de condiciones, además, la admiración por él no había disminuido, sino todo lo contrario, iba en aumento. 

Quiso cortar esta relación, quiso descubrirla frente a la esposa, pero el miedo a perderlo siempre la paralizó, se fue encerrando en un estado de melancolía que casi la suspendió para todo. Su psiquis se resintió y su tristeza aumentaba. Se encerraba en su atelier para trabajar casi sin dormir . Las obras tenían una fuerza tremenda y las formas estilizadas manejando los volúmenes, los llenos y vacíos, como no era habitual. 

Se adelantó a sus contemporáneos y Antonio eso lo había notado. Él le exigía más atención, ella quiso que él definiera su situación, que se separara de su mujer, que por otra parte ya sabía de la existencia de Amanda.

 Amanda no se consideraba una aventurera y pedía de él un compromiso mayor. Su salud se deterioraba, cuando los estudios médicos le dieron mal, el especialista le habló de los peligros de seguir viviendo de ese modo. Sin cuidarse, todo se desencadenaría rápidamente. Amanda no soportararía verse cada vez más enferma y dependiente de la ayuda de los demás.

 Preparó el equipaje, dejó una nota sobre el escritorio de Antonio anunciándole que se marchaba de viaje, que había recibido una propuesta de trabajo, con buenas perspectivas y que daba por terminada la relación entre los dos.

Antonio, supo después Amanda, se desesperó buscándola, preguntó a todo el mundo por ella, en el Colegio donde trabajaba le dijeron que estaba con licencia por salud. Fue así, que Antonio se enteró de la realidad de su viaje, pero a nadie había dicho dónde iría o por lo menos no encontró a ninguna persona que quisiera decírselo.

 Eugenio quedó impactado por la pasajera, tan culta y agradable. En realidad no pudo dejar de pensar en ella en toda la noche. Al día siguiente le envió un hermoso ramo de flores a la habitación, y Amanda lo recibió con asombro, le pareció una atención exagerada pero su ego tan venido abajo se elevó un poco y por un momento se sintió mejor. 

Hoy tenía planeado salir a pasear por los alrededores. El sol, el agua fresca de los arroyos y el fuerte perfume a menta le harían muy bien a su maltratado cuerpo. Con una bicicleta se alejó del Hotel Continental, el vestido que llevaba puesto era de tela suave y fresca y se inflaba con el viento. En la canastita sujeta al manubrio guardaba algunos emparedados que le preparó especialmente el cocinero. No pensaba volver a almorzar.

 Eugenio creyó que éste era el momento preciso para tratar de encontrarla. No había demasiados lugares y la hallaría, aunque sólo para verla. 

Amanda se sintió muy bien con los pies descalzos en el arroyo helado, que corría entre las pequeñas piedras redondas, gastadas de tanta fricción. Recordaba a Antonio, no podía olvidarlo, sufría con su separación, pero de ninguna manera quería tenerlo cerca, cuando ella ya no estuviera bien. Siempre tan independiente y autosuficiente, sólo con él no había sido así, pero en esta situación su temperamento surgió como antes. . 

Sentada a orillas del arroyo la encontró Eugenio, quien se acercó despacio, realmente impresionado por la belleza grácil de ella, tan diferente su figura con su temple. Amanda se sobresaltó, pero con una amplia sonrisa le ofreció un lugar al lado de ella sobre la manta. El comportamiento de Amanda era tan libre, tan desinhibido, tan fuera de lo previsible que lo sorprendía y lo maravillaba al mismo tiempo. Se quedaron largo rato hablando de sus fantasías, más que de sus realidades, y se dieron cuenta que el vuelo de los dos era parecido. Amanda estaba cansada pero se sentía feliz. 

Al regresar preparó la bañera con sales y perfume y se sumergió como si su cansado y enfermo cuerpo volviera al interior del útero. De golpe se dio cuenta que la vida no era tan mala, que no sería tan cruel pedir ayuda y tener a alguien que pudiera tomarle de la mano y recibir el peso de su cabeza en el hombro. 

Las semanas en el Hotel Continental se sucedían con toda tranquilidad para los asiduos visitantes, pero no, para esa pasajera llegada de la ciudad. Eugenio la visitaba todas las noches en su habitación y las mucamas y camareros habían hecho un pacto de silencio, raro en ese pequeño pueblo, que como en todo pequeño pueblo, donde la rutina los envuelve, la gente se hace chismosa y entrometida. 

Amanda había adelgazado bastante y salía al jardín a tomar un poco de sol todas las mañanas y las tardes. Eugenio, leía al lado de ella, que con los ojos cerrados, se adormecía y cada tanto un rictus de dolor endurecía su semblante; él, entonces, apretaba su mano y ella entreabría sus ojos y lo miraba dulcemente agradecida. 

Una mañana Amanda no apareció en el salón para desayunar; la tarde anterior había estado tomada de las manos de Eugenio con una manta sobre la espalda. Él le ayudó a tomar el té y cuidó que los almohadones la mantuvieran cómoda. Al no verla Eugenio supo que el encuentro se había realizado; la vino a buscar en silencio y sin demasiado sufrimiento.

 Cuando entró a la habitación, encontró sobre la mesa de luz un vaso con agua y un pastillero de plata abierto. Su rostro de porcelana era de color blanco. 

           Beatriz Martinelli