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El cuarto azul "Estoy cansada, mi vida se está desarrollando con una monotonía que me desgasta. Ya ni el trabajo me da demasiadas satisfacciones. Entusiasmar a las autoridades en un proyecto de investigación no redituable es cada día más difícil. Son muchos años con la misma lucha" - recordaba Ana con que alegría había recibido la invitación de trabajar en la Fundación y formar parte de sus investigadores. Se le abría un panorama alentador para su carrera cuya perspectiva en el campo laboral era muy poca. Todo el grupo tenía mucho coraje para enfrentar las dificultades que se les presentaban de cualquier índole. Eran unidos, trabajadores, compañeros. "Si algo hay que agradecer a la Fundación - se decía Ana - es formar parte de este grupo". "Pero ya con el correr de los años estamos un poco cansados, y yo como directora del área de arqueología no puedo entusiasmarlos a ellos porque me falta entusiasmarme primero yo " - todo esto pensaba Ana mientras acomodaba su nuevo escritorio. Las refacciones hechas en su casa le habían dado un lugar nuevo, amplio para trabajar. Tener dos habitaciones vacías esperando los hijos que no llegan es más frustrante todavía. Trasladó parte del despacho de la Fundación a su casa. Trabajaría más horas en su domicilio, ahora con las nuevas tecnologías no necesitaba estar en la fundación todo el día. |
| Había poco espacio, estaba descuidado, y Ana ofreció
parte de su despacho a los investigadores para instalar esos nuevos
instrumentos de precisión donados por una compañía extranjera. Esto
le daría la posibilidad de estar más tiempo en su casa, la relación
con Pablo estaba cada vez más fría y distante. Pablo es arquitecto, y últimamente tomó la dirección de una obra bastante grande en La Rioja, Ana no sabía bien en que preciso lugar de la provincia estaba, ni que era realmente lo que se estaba construyendo, creía que una ruta de acceso a un yacimiento, y las oficinas de una gran empresa. En la cena las pocas veces que estaban juntos, la televisión era la invitada de lujo, y ésta los liberaba de hablar, cada día lo hacían menos. Perdidos en sus propios pensamientos una barrera cada vez más alta y espesa los separaba. Ya ni se acordaba cuando había sido la última vez que hicieron el amor y no había sido un momento para recordar, más bien un momento para no tener en cuenta. ¡Cómo había cambiado la relación!, pensar que cuando se conocieron, todavía estudiando, los días eran maravillosos. Se reunían para estudiar cada uno lo suyo, salían los fines de semana con el cesto repleto de sandwich y bebida, y se perdían por algún parque, donde compartían estudio, sueños, proyectos y cariños. Ana se dijo - "Hace mucho tiempo que no hablo con Pablo, debería hacerlo". "¿Saldrá con otra mujer?, no creo, es demasiado transparente y creo que se le notaría. ¡Me encanta como quedó arreglada la oficina!, que no es oficina ni despacho". Un escritorio grande, comprado en un remate de muebles antiguos, sobre una alfombra azul en un rincón del cuarto. Un sillón de pana gris, dos sillas de madera oscura. Una lámpara de pié, con pantalla de viejo pergamino, en estilo provenzal y la moquete color gris azulado. Una biblioteca con estantes y puertas, sus cuadros favoritos, esas viejas estampas sacadas casi de la basura en la Feria de Dorrego. La nueva computadora, con todos los adelantos. Una mesita para tomar el té, una pava eléctrica. La pequeña heladera que tenía en la Fundación y ahora estaba incorporada a su nuevo lugar, dentro de ese mueble bar que encontró en el Mercado de las Pulgas, en Tristán Narvaja. |
| "Por lo visto no saldré de acá - se dijo
sonriendo Ana, cuando contempló su oficina ordenada. Podría quedarme a
vivir en este espacio, tengo todo lo necesario, hasta el baño, un
elegante baño todo blanco, con bañera antigua con patas, un lavatorio
empotrado en un armario de roble, un buen espejo y unas plantas, ya que
el ambiente recibía aire y luz por una claraboya cerca del techo". A Pablo, cuando le comentó la idea de lo que quería hacer en su casa, no le pareció mal. Le extrañó, porque Pablo siempre dio a entender que no renunciaba a ser padre. "¡Estoy agotada! el ordenar el cuarto azul. ¡De ahora en más lo llamaré el cuarto azul! , como el del tango... "cuartito azul, de mi primera ilusión..."
Sintió que de ahora en más ése era su lugar, ya no toda su casa, sino esa parte de la casa, sólo esa parte. Se acercó a la mesa donde estaba la computadora, la encendió, revisó el trabajo que había empezado hace tres días, y suspendido por los arreglos. Debía terminar ese informe lo antes posible, de eso dependería que este año se pudiera realizar el trabajo de campo, que sería más importante pues irían especialistas de diferentes disciplinas, esto enriquecería los resultados y el mismo trabajo. Después de un rato conectó el modem, y como hace ya muchos días empezó a buscar el chat de una lista de arqueólogos, historiadores, artistas y otra gente. Era bastante interesante, y las charlas no sólo eran con los motivos específicos. Se hablaba de cualquier tema y había gente muy divertida. Nunca había entrado tan tarde, no sabía si encontraría a la gente de siempre. Colocó su nik, y sin darse cuenta equivocó las dos últimas letras, ahora era Marea. Se dio cuenta tarde pero no le preocupó ya aclararía el asunto. Apenas entró leyó la lista de personas que estaban en plena charla, era un desorden, pues hablaban todos con todos, por lo tanto se quedó leyendo para entender que tema estaban tratando - Hola !!!!! le escribió alguien que se llamaba Río, te estoy esperando - Ana, pensó en aclarar la situación pero le pareció que podría ser divertido. |
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Ana se puso nerviosa, una rara sensación sentía en
el estómago, algo que hacía mucho no experimentaba.
Las horas pasaron entre besos, caricias, entre recorrerse detenidamente sus cuerpos, en sentir que se humedecían. Descubrieron un espacio, un cuarto azul, una moquete gris azulada, una lámpara con pantalla de viejo pergamino que dejaba una luz amarillenta y cálida. Él le sacó su bata blanca, ella desabrochó su camisa, se besaron suavemente, sintieron el olor de la piel. Él le desató la cinta dorada del pelo, y enredó sus dedos en esa cascada que caía sobre la alfombra. Le besó sus ojos, juntó suavemente sus labios a los de ella, se entretuvo en sus orejas, descargó su pasión en los senos, Ana sintió como el corazón se escapaba como paloma. Bebió el cántaro de su vientre, se acostó en el trigal de su pubis, y allí Ana supo que nunca había sentido tan fuerte... Recorrió sus piernas largas, le sacó las medias, le besó los pies, en una entrega de humildad que ella no conocía. Galoparon por prados, recorrieron playas de arenas blancas, humedecieron sus tobillos en la fresca espuma del mar. Agotados, temblando, sintiendo lo que hace mucho no sentían, se dijeron un hasta mañana lleno sal, lleno de azúcar, lleno de rocío... Ana se despertó con la voz de Pablo, que la llamaba... ¡ María!, desde su altura la miraba con ojos asombrados, la camisa desabrochada, la piel húmeda y un reflejo en la mirada que le recordaba a alguien desconocido que había estado con ella hace muy poco tiempo. © Beatriz Martinelli ( Todos los derechos reservados por el autor ) |