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CUENTO EN VARIOS TIEMPOS

La cena había sido abundante, quise rehusarme a la invitación, pero tu cara me dijo que no podría hacerlo.
Últimamente las invitaciones que me haces no sirven nada más que para hacerme sentir peor. Trato de no llevarte el apunte pero ya sabes como manejarme y gozas sabiendo que lo que estoy haciendo es totalmente en contra de mi voluntad, te sientes más poderoso, más fuerte, y aunque sé que eres un gusano, no puedo menos que obedecerte.

Él -  ¿Qué carajo estás haciendo? - entró en el cuarto

Yo -   Siempre tienes la maldita costumbre de entrar sin avisar y gritando como un marrano, (le digo gritando más fuerte que él)

Él  - ¿Qué carajo estás haciendo?, (me pregunta otra vez)

Yo -  Nada, ¿no ves?, no estoy haciendo nada, es más, no quiero hacer nada.

Él -  ¿Te das cuenta la hora qué es?

Yo -  No me importa una mierda, que sea la hora que sea.
 
 

Y después de la cena siempre la misma conversación, de cómo funcionan los negocios, las alzas de la Bolsa, las inversiones en bonos, los promotores, las sucursales, y ese infeliz creyéndose el rey de los vivos, el dueño de todas las mujeres conectadas a la empresa.
Pero claro, te crees el predilecto. Y sos capaz de prestarme por una noche con tal de demostrarle tu adhesión. Él -  ¿Te das cuenta de qué manera te comportaste ayer?

Yo -  ¿De qué manera? ¿acaso no hice lo que querías que hiciese? El baboso de tu jefe me miraba, no hacía otra cosa que mirar mi escote. ¿No me habías puesto a la venta?

ElSos una puta, una reverenda puta.

Yo -  Y eso a vos te emociona, o vas a negarme que te emociona ver como me tocan y como me miran.
 
 

Y el rincón del Salón fue el lugar elegido, en privado pero fácilmente violable, para aumentar el ego de conquistador irresistible
Sus manos empezaron a recorrer toda mi piel, las sentía húmedas, casi pegajosas, pero le dejaba hacer, es más, acompañaba su recorrido con mis quejidos entrecortados y mis movimientos sinuosos, refregándome como una babosa a su cuerpo. Él -   Esas son tus alucinaciones!, siempre inventando historias y creyéndotelas, que es lo peor (Gritó, golpeando las sillas para atemorizarme)

Yo -   ¿Así qué ahora invento historias?, ¿ no es cierto lo que te digo?,

¿ puedes negarme mirándome a los ojos qué lo que te digo no es cierto?

Él -   Claro que puedo negarlo mirándote a los ojos, y mirándote,  me doy cuenta que cada día estás más loca.

Yo -   Será tu desgraciada compañía la que me enferma; eso te lo puedo asegurar y vos serás el culpable de lo que me pase.

Él -   Dejate de melodramas y empezá a trabajar, mirá la hora que es y todo está sin arreglar, ni guardaste lo del día de ayer.
 
 

El calor parecía aumentar en el Salón, me bajó los breteles del vestido y sedoso, cayó a mis pies dejando al descubierto el cuerpo, sólo una pequeña trusa de color gris igual que el vestido.
Sus ojos parecían las de un alucinado, despedían reflejos rojizos y sus manos calientes se detenían en cada rincón de mi geografía.
Buscaba mis zonas más escondidas y negándome sólo con el deseo de sentirle más caliente a mi lado, apretaba mis muslos y me escurría. Yo -  No creo hacer melodramas, creo actuar de acuerdo a las circunstancias y a lo que esperan de mí, sin defraudar a nadie.

Él -  ¿Ahora me harás creer que lo haces pensando en mí?

Yo -  Ya ni sé en quien pienso cuando lo hago, pero de algo estoy segura, mi vida hubiese sido distinta de no haber tenido la desgracia de cruzarme contigo.

ÉlTarde para lamentaciones, ¿cómo te crees que me hubiese ido a mí sin el estorbo tuyo a mi lado?
 
 

Pero era ya imposible detener lo que se venía, se desabrochó el pantalón y empujándome con furia contra la columna que sostenía un angelito de yeso con alas doradas y sonrisa abierta, me penetró casi salvajemente.
Sentí fuego quemándome las entrañas y un grito cercano detuvo nuestro movimiento.
Abrí los ojos que tenía cerrados y un rostro detrás de un barbijo blanco y unos ojos grises sobre él me miraban. Escuché hablar a las personas que estaban en ese lugar pero no entendí qué decían.
En los brazos me pusieron un niño que dijeron era mi hijo, tenía la sonrisa de un viejo y sus ojitos abiertos despedían fuego.

                                                                                                   Beatriz Martinelli