Teatro español del siglo XVIII

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         # LA TRAGEDIA NEOCLÁSICA
         # LA COMEDIA NEOCLÁSICA
         # EL TEATRO SENTIMENTAL (ERUDITO O CULTO)
> BIBLIOGRAFÍA


A la hora de trazar un breve panorama del teatro español del siglo XVIII nos hemos tomado la libertad de no seguir los tópicos tantas veces repetidos en los libros de “historia de la literatura”. Así que no nos centraremos en la consabida división en teatro posbarroco, teatro neoclásico, teatro menor (los sainetes) y teatro prerromántico. En cambio, preferimos otros criterios mucho más fáciles de comprender y que, tal vez, se ajusten más a la realidad del hecho teatral durante este periodo de tiempo.
Ignacio de Luzán en la segunda edición de La Poética, o reglas de la poesía en general y de sus principales especies (realizada póstumamente en 1789) incluyó un capítulo titulado “De la poesía dramática española, su principio, progresos y estado actual” donde analiza la historia del teatro español. Allí se establece una acertada clasificación en dos tendencias:
La dramática española se debe dividir en dos clases: una popular, libre, sin sujeción a las reglas de los antiguos, que nació, echó raíces, creció y se propagó increíblemente entre nosotros; y otra que se puede llamar erudita, porque sólo tuvo aceptación entre hombres instruidos. (La Poética de Luzán, edición de R. P. Sebold, Barcelona, Labor, 1977, pág. 392)
Al final de ese capítulo, Luzán bautiza “popular” como “antigua”, “erudita” como “moderna”, y prosigue con estas palabras:
Reflexionando ahora sin preocupación el principio, progreso y estado actual de la poesía dramática entre nosotros, y sus dos clases, que yo distingo en antigua y moderna, se verá que la antigua es la que únicamente ha tenido séquito en España; y que la moderna, esto es la que se funda en las reglas que nos dejaron Aristóteles y Horacio, no ha sido recibida ni practicada en España, aunque algunos nacionales hayan escrito sobre sus reglas, insinuado o aprobado algunos de sus preceptos, escrito algunas tragedias o comedias con intención de observarlos y hecho críticas juiciosas o sátiras del desarreglo general. [...] [Esto] me confirma en la opinión de que en España no ha sido jamás recibida ni practicada en los teatros la nueva poesía dramática según las reglas de Aristóteles y Horacio; y de que siempre ha dominado la antigua. (Págs. 408-409)
Luzán escribió estos fragmentos entre 1750 y 1754, cuando el teatro llamado neoclásico sólo había dado como fruto dos tragedias de Montiano (Virginia y  Ataúlfo) que, además, nunca se representaron en los teatros españoles. De ahí ese pesimismo que refleja el autor. Sin embargo, la división de Luzán sigue siendo válida para explicar el teatro español del siglo XVIII –incluso valdría desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX–. De modo que un estudioso actual, Emilio Palacios, la recoge y amplía en su libro El teatro popular español del siglo XVIII. Nosotros retocamos levemente la clasificación de Emilio Palacios para introducir el teatro neoclásico que él por razones metodológicas no incluye en su clasificación.
1. TEATRO POPULAR.
Carácter comercial, basado en el espectáculo escénico, sólo tiene como intención la diversión o entretenimiento de los espectadores. Obtuvo el apoyo mayoritario del público
a.     
Teatro espectacular. El argumento es una disculpa para el cambio de decorados, los efectos escénicos, luchas de actores con espadas, cantos, bailes, etc. A esta variante pertenecen: la comedia heroico-militar, la comedia de santos, la comedia de magia y el teatro musical: la zarzuela y la ópera, entre otras formas musicales.
b.     
Teatro novelesco o “romancesco”. Obras llenas de episodios extravagantes que las convierten en “novelas dialogadas”. Aquí se incluyen las comedias de guapos y bandoleros (primera mitad del siglo XVIII) y el teatro sentimental (desde 1780): dramas donde afloran las lágrimas y las emociones intensas, que anticipan el teatro romántico.
c.      
Teatro costumbrista. Se basa en la descripción humorística y divertida de personajes y tipos populares, tanto rurales como urbanos. Destacan el sainete y la tonadilla. Es el llamado teatro menor o teatro breve.
El teatro popular  merece ser estudiado y apreciado por la importancia que tuvo realmente en el siglo XVIII, aunque también es cierto que la calidad literaria de muchas de estas obras deja bastante que desear. Sus autores más significativos fueron Antonio de Zamora y José de Cañizares (pertenecientes al llamado teatro posbarroco en la primera mitad del siglo), Ramón de la Cruz en los sainetes; y, en los últimos años del siglo y, por tanto, coetáneos de Moratín, Luis Moncín, Fermín del Rey, Laviano, José Concha, Rodríguez de Arellano, Dionisio Solís, Antonio Valladares, y, sobre todo, dos nombres, Gaspar Zavala y Zamora y Luciano Francisco Comella, este último víctima de los ataques de Moratín en La comedia nueva (1792).
RÁMÓN DE LA CRUZ Y EL SAINETE
  
Ramón de la Cruz es el más famoso, fecundo y popular de los autores dramáticos del siglo XVIII.  Para los críticos «nacionalistas», Ramón de la Cruz era exponente genuino de la dramática tradicional y del teatro popular y castizo.  No obstante, se le ha visto como pintor superficial del más intrascendente costumbrismo. 
     Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla nació en Madrid el 28 de marzo de 1731.  Estudió humanidades y quizá jurisprudencia, aunque no consta que terminara carrera alguna.  Pasó toda su vida como empleado en la Contaduría de penas de Cámara y gastos de Justicia, donde ingresó como oficial tercero en 1759.  Hasta 1771 no consiguió ascender a oficial primero.  Gozó de la amistad y protección del Duque de Alba y de la Condesa de Benavente, en cuya casa murió el 5 de marzo de 1794, a los 63 años de edad.  La Condesa de Benavente otorgó a la viuda e hija del escritor una pensión, que recibieron hasta su muerte.
     Ramón de la Cruz tradujo y arregló del italiano y del francés un buen número de tragedias, comedias y zarzuelas.  Tradujo también el Hamlet shakespeariano de una traducción francesa con el título de Hamleto, rey de Dinamarca.  Transformó en zarzuelas algunas óperas italianas.  También intentó en 1768 una zarzuela, Briseida.  Escribió a la vez gran cantidad de loas, introducciones, intermedios, fines de fiesta, obras de circunstancias y obras de encargo. 
     Ramón de la Cruz había profesado en un comienzo ideas neoclásicas sobre la dramática y hasta llegó a escribir contra los sainetes, a los que califica de «lastimoso espectáculo», así como a las tonadillas.  Sin embargo, muy pronto se olvidó de sus convicciones neoclásicas para entregarse de lleno al cultivo de aquellos géneros populares que había denostado.  A ellos debe su fama.
     El sainete es la forma dieciochesca del entremés tradicional, y en sustancia no se diferencia de él.  Es pieza en un acto, de carácter cómico y popular.  Por lo común no se representaba independientemente sino intercalado entre los actos de una obra extensa o como fin de fiesta de otra obra cualquiera.  A su vez, los sainetes incluían diversos intermedios musicales, las tonadillas, que se cantaban y bailaban, y que casi nunca faltaban al final de una obra.
     Aparentemente, los sainetes de Ramón de la Cruz se escribieron contando muy de cerca con los actores que los habían de representar, para los cuales se adaptaban las circunstancias incluso físicas de los personajes y, descontado, los chistes y gestos, situaciones y actitudes, en que aquellos actores sobresalían. 
     Ramón de la Cruz concede gran importancia al aspecto visual de sus obras, influido sin duda por el afán espectacular que distingue al teatro popular de la época, y varía la escena con frecuentes cambios.  Hay mucho movimiento y variedad de los grupos.  Los sainetes de Ramón de la Cruz son manifestación ejemplar del tradicional realismo español.  Según el autor, los sainetes son «pintura exacta de la vida civil y de las costumbres de los españoles» de la época de Carlos III.  Sin embargo, Cruz no capta la realidad sino una sola vertiente, la de sus aspectos más pintorescos, el costumbrismo colorista y popular.  Sus gentes se reducen a la clase baja y algo de la media, y siempre están vistas desde sus ángulos cómicos, con técnica caricaturesca, para producir a la vez la risa del espectador y la denuncia moralizadora.  No se retrata, pues, una sociedad completa, sino sólo una parte y con óptica deformada.  Queda en cambio por decidir la densidad de la sátira y de la intención moralizadora del autor.  Sería absurdo alinear a don Ramón de la Cruz entre los inquietos reformadores de su tiempo ya que su moral y su concepto de las cosas es llanamente tradicional.  En efecto, Cruz no parece tener dudas sobre los cimientos de la sociedad en que vive, cuyo orden jerárquico reverencia.  Ha que notar que en muchos de sus sainetes se pretende ridiculizar a los que se proponen audacias fuera de su clase. 
     Los personajes que ataca Cruz en sus superficiales farsas satíricas son: médicos incapaces, abogados charlatanes, peluqueros y modistas afrancesados, gente cursi, abates mujeriegos, artesanos perezosos, beatas hipócritas, mercaderes ladrones, lacayos tramposos, enfermos de aprensión, esposas dengosas, viejos verdes, alcaldes y alguaciles reformadores, maridos asfixiados por la tiranía conyugal, etc.  El panorama no es nuevo pero sí es eterno.  El sainetero usa a sus «títeres» para hacer reír al espectador, casi siempre sin más consecuencias. Usa también el verso romance asonantado hasta el fastidio.  Lo único que hace soportable a los sainetes es la variedad de personajes y la agilidad del diálogo. 
     Consta pensar que los sainetes provocaban las iras de los reformadores ilustrados.  La índole popular y cómica del sainete, sobre todo los números cantables y bailables, estimulaban la desenvoltura de las actrices, según ellos.  Sin embargo, la mayoría de los espectadores que acudían al teatro soportaban a duras penas la comedia básica del espectáculo en espera de los movidos minutos de los sainetes y fines de fiesta, que eran todo cuanto les apetecía contemplar.  En efecto, las abundantes censuras de estas obras sugieren que las actrices no siempre se comportaban con la modestia conveniente. 
     El mundo que Cruz retrata es una sociedad pintoresca de majas, artesanos, petimetres, damiselas, desocupados y vividores.  Es también idéntico este mundo al que Goya llevó a sus cartones y tapices (aunque no a sus Caprichos).
     Los ilustrados, sobre todo Moratín y Tomás de Iriarte, hicieron blanco a Ramón de la Cruz de incesantes ataques contra su teatro popular y costumbrista, el cual consideraban inmoral.  Este juicio negativo, obviamente, contrastaba con la finalidad moralizadora de las obras ilustradas.  Leandro Fenández de Moratín opinó que Cruz «perdió de vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado a sus pequeñas fábulas; prestó al vicio (y aun a los delitos) un colorido tan halagüeño, que hizo aparecer como donaires y travesuras aquellas acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan con severidad las leyes».  Para los ilustrados, los sainetes de Cruz no eran sino una exhibición de gentes desvergonzadas, maridos tolerantes y mujeres chulas y andariegas.  Sin embargo, eran popularísimas estas obras.  Contrastaban estos sainetes paródicos con la tragedia que los neoclásicos deseaban aclimatar.  El Manolo, tragedia para reír o sainete para llorar, en campanudos endecasílabos, es un buen ejemplo de esto.
 
2. TEATRO NEOCLÁSICO.
Retomando las palabras de Ignacio de Luzán, la principal –que no única– diferencia entre el teatro “popular” o “antiguo” y el teatro “moderno”, es decir, neoclásico reside en el cumplimiento de las reglas, muchas de ellas escritas por Aristóteles y Horacio. Ahora bien ¿cuáles son las reglas a las que alude Luzán en su Poética? La respuesta más breve posible, y señalando sólo las más importantes, sería la siguiente, teniendo en cuenta los “dogmas” clasicistas tal y como los define Guillermo Carnero:
a.
      Separación radical de los dos géneros reconocidos: la tragedia y la comedia.
¨     
Tragedia sería, por tanto, “una representación de una gran mudanza de fortuna, acaecida a reyes, príncipes y personajes de gran calidad y dignidad, cuyas caídas, muertes y desgracias y peligros exciten terror y compasión en los ánimos del auditorio, y los curen y purguen de estas y otras pasiones, sirviendo de ejemplo y escarmiento, pero especialmente a los reyes y a las personas de mayor autoridad y poder” (Luzán, la Poética, pág. 433)
¨     
Comedia sería, en palabras de Moratín, “Imitación en diálogo (escrito en prosa o verso) de un suceso ocurrido en un lugar y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad y recomendadas, por consiguiente, la verdad y la virtud” (“Discurso Preliminar”, en Obras de...,Biblioteca de Autores Españoles, II, pág. 320).
b.      Cumplimiento de las tres unidades, la de acción, la de lugar y la de tiempo. Lo que Moratín explica como “un suceso ocurrido en un lugar y en pocas horas”.
c.       El espectáculo teatral es una imitación de acciones humanas y ha de guardar siempre la verosimilitud, es decir, que el público tenga la ilusión o “engaño” de que es posible la historia que está siendo representada ante sus ojos y oídos. De aquí derivan otras reglas como el decoro (los personajes deben comportarse siempre según la condición social que encarna su figura) y el lenguaje claro y sencillo, aunque con los recursos y figuras propios de la lengua poética o literaria.
d.      El teatro, al igual que las otras manifestaciones literarias, tiene la doble finalidad de agradar y de enseñar al público. Esto en el caso del teatro es especialmente importante, ya que se trata de una “escuela de costumbres” –como dirían los tratadistas neoclásicos–.
Como consecuencia de todas estas reglas, y a partir del hecho de que los autores ilustrados y neoclásicos ocupaban puestos de privilegio y responsabilidad en la administración del Estado, se adoptaron una serie de medidas encaminadas a imponer su modo de entender la escena teatral:
¨      Sustitución de los corrales de comedias por los coliseos. El nuevo tipo de edificio teatral  cuadraba mejor con el modelo clasicista y permitía una mejor utilización de la tramoya y demás recursos teatrales. Así se construyeron en Madrid los coliseos del Príncipe, de la Cruz, y de los Caños del Peral (destinado para la ópera y la zarzuela), o se crean lugares como los Reales Sitios, dedicados únicamente para la representación de obras clasicistas españolas o traducidas de otros idiomas.
¨      Prohibición en 1765 de la representación de los autos sacramentales, uno de los géneros característicos de la dramaturgia barroca.
¨      Promulgación de reformas legales que afectaban a la estructura, financiación y régimen jurídico de las compañías de actores, los edificios teatrales, la censura, las funciones y las obras representadas. En estas reformas legales, sobre todo la del conde Aranda, bajo el reinado de Carlos III, y la de 1799-1801, participaron los principales autores y pensadores neoclásicos: Nicolás Fernández de Moratín, Bernardo de Iriarte, Pablo de Olavide, Jovellanos, Santos Díez González, Leandro Fernández de Moratín, etc.
>    Entre los autores y obras más significativos del teatro neoclásico español, a excepción de Moratín hijo, destacan para la tragedia: Nicolás Fernández de Moratín (Hormesinda, Lucrecia), Cadalso (Sancho García, Solaya y los circasianos), Vicente García de la Huerta (Raquel), Jovellanos (Pelayo o La muerte de Munuza), Ignacio García Malo (Doña María Pacheco), Ignacio López de Ayala (Numancia destruida), Álvarez Cienfuegos (La condesa de Castilla) y Manuel José Quintana (Pelayo).
>    Y para la comedia sobresalen Nicolás Fernández de Moratín (La petimetra), Jovellanos (El delincuente honrado, drama sentimental cuyo “neoclasicismo” ha sido seriamente puesto en duda), Cándido María Trigueros (Los menestrales y El precipitado, un drama de rasgos bastante semejantes a El delincuente honrado) y Tomás de Iriarte, junto con Moratín el autor cómico más importante (Hacer que hacemos, El señorito mimado, La señorita mal criada y El don de gentes).
Como final de este apartado, reproducimos la acotación escénica que cierra el acto segundo de una comedia heroica de Gaspar Zavala (Leopoldo el Grande, 1789) y la acotación inicial que abre La comedia nueva (1792) de Moratín. Las diferencias entre una y otra muestran cómo a menudo teatro “popular” y teatro “neoclásico” solían marchar por sendas  muy divergentes:
 ·       
Gaspar Zavala: “Todo el teatro le ocupa un espacioso jardín con una cascada al frente en el centro del foro, y más adelante dos fuentes que figuran recibir el agua de ella: alrededor del teatro un orden de macetas que pueden ocultar a un hombre, y sobre ellas algún tejido de flores y yerbas, pero todo figurado: durante el ritornelo descenderá de las bambalinas por la derecha en una nube La Fama con alas y clarín cantando[...]” (Leopoldo el Grande)
·       
Moratín: “El teatro representa una sala [de un café madrileño] con mesas, sillas y aparador de café; en el foro una puerta con escalera a la habitación principal, y otra puerta a un lado que da paso a la calle.” (La comedia nueva)
LA TRAGEDIA NEOCLÁSICA
Como señala Jesús Pérez Magallón, (El teatro neoclásico, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001) según Luzán, la tragedia es "una representación dramática de una gran mudanza de fortuna, acaecida a reyes, príncipes, y personajes de gran calidad y dignidad, cuyas caídas, muertes, desgracias y peligros exciten el terror y compasión en los ánimos del auditorio y los curen y purguen de estas y otras pasiones, sirviendo de ejemplo y escarmiento a todos, pero especialmente a los reyes y a las personas de mayor naturalidad y poder". Consecuentemente la tragedia neoclásica es el género idóneo para la reflexión sobre el poder político y la difusión de un modelo de monarquía ilustrada que sólo busca la felicidad de los ciudadanos. La tragedia neoclásica contradice la desafortunada expresión de "despotismo ilustrado", fórmula con la que Menéndez Pelayo y Luis Sánchez Agesta calificaron malévolamente a los monarcas del XVIII, pues aunque fueron monarcas absolutos, estaban muy alejados del prototipo del tirano. El estilo de monarquía difundido por la tragedia neoclásica está más cerca de la bondad paternalista que de la apetencia caprichosa y ciega.
Los temas de la tragedia neoclásica española son de muy diversa índole: luchas militares y de poder en la antigüedad, conflictos de ambición entre godos, hechos heroicos del periodo de la Reconquista, descubrimiento de América, rebelión de los comuneros, luchas de poder en lugares exóticos, en regiones bíblicas o en el reino musulmán andalusí. Pero en todas ellas late la misma reflexión sobre el poder ilustrado y el heroísmo que debe caracterizar a los gobernantes. En la década de los cincuenta Montiano abre la experimentación con dos reflexiones sobre el poder tiránico y la insumisión nobiliaria: Virginia escenifica el enfrentamiento entre unos ciudadanos romanos partidarios de la libertad y un decenviro déspota y tiránico; Ataúlfo opone dos concepciones del poder, uno legítimo, civilizado y pacífico y otro aristocrático, belicoso e incontrolable. Los dramaturgos posteriores (Cadalso, Nicolás Moratín, Jovellanos, Trigueros, López Sedano, Cristóbal Cortés, Gálvez de Cabrera, Cienfuegos, etc.) parten del mismo rechazo de la tiranía despótica y señalan los rasgos característicos de este nuevo concepto de monarquía legítima, obsesionada con el bien público y la felicidad de sus súbditos, respetuosa hacia la religión e imagen representativa de Dios en la tierra; el monarca virtuoso gobierna con espíritu amoroso y enérgico al mismo tiempo, y en todo momento se comporta revestido de dignidad; la razón y la prudencia le llevan a controlar las pasiones y a responsabilizarse en las situaciones difíciles. La reinterpretación de la historia de España encuentra en la entronización de Pelayo el icono para simbolizar la restauración borbónica, mientras que la figura de Guzmán el Bueno señala el modelo de obediencia y veneración hacia el rey justo; no es ejemplo de obediencia ciega a la autoridad, sino de nobleza leal y respetuosa con la jerarquía. Es muy frecuentes que los neoclásicos orienten su análisis hacia las formas degeneradas de la monarquía para mostrar así la extrema inadecuación de las fórmulas despóticas de gobierno. La caída de los déspotas es toda una advertencia de las consecuencias de una institución monárquica incontrolada y lujuriosa, prepotente e incapaz de someter las pasiones a la razón, violenta y tramposa en el manejo de la ley. La sublevación estará entonces justificada. Aunque René Andioc había calificado la tragedia Raquel (Vicente García de la Huerta, 1778) de ser "neoclásica sólo en la forma", Pérez Magallón la integra perfectamente en el conjunto de la época, pues la figura inicial de Alfonso VIII, trazada por García de la Huerta, es la contraimagen del monarca ilustrado, cuya conducta está regida por la influencia de los "extranjeros", la lujuria y el descontrol, el espíritu aguerrido y los intereses nobiliarios.
Por otra parte, Guillermo Carnero, en su análisis de los “dogmas neoclásicos en el ámbito teatral”( En Estudios sobre el teatro español del siglo XVIII) señala que el Neoclasicismo observa escrupulosamente esta exigencia de que el rango elevado de los personajes es condición indispensable para la existencia misma del poema trágico, al menos en el doble eje de la emisión y de la recepción:
# Emisión: los ilustres (príncipes, reyes, etc.) acometen y sufren las consecuencias de acciones y de pasiones propias de su condición social: la ambición de poder, la ira, la codicia, etc; y, en menor medida, las pasiones amorosas.
# Recepción: la mudanza de fortuna conmueve más al público, a causa de la veneración que despiertan los ilustres y de que lo representado tiene consecuencias que afectan a las naciones y reinos regidos por ellos. Los príncipes son también destinatarios preferentes de esta especie poética. Luzán y Díez González, por citar sólo dos ejemplos, insisten en que “los príncipes pueden aprender a moderar su ambición, su ira y otras pasiones con los ejemplos que se representan de príncipes caídos” (La Poética, p. 194).
Mientras que en el teatro del siglo XVII se generaliza un hermafroditismo que modificó el precepto de los personajes ilustres para la tragicidad e introduce varias combinaciones:
>          , Personajes ilustres protagonizan obras marcadas de tragicidad, es decir, con rasgos temáticos como perseguidor / perseguido, matar / morir, cometer un error o un acto de maldad, etc. Estas obras coinciden, en este aspecto, con las reglas establecidas para el género trágico.
>          , Personajes no ilustres participan muy activamente en obras marcadas de tragicidad. Son los casos de Fuenteovejuna, Peribáñez, El alcalde de Zalamea, etc.
>          , Personajes ilustres protagonizan dramas de dudosa tragicidad o de evidente comicidad. Serían las comedias heroicas al modo de Corneille o las comedias palaciegas que Bances Candamo define con el nombre de comedias de fábrica.
El Neoclasicismo español abandona tales mixturas, y además, desde un punto de vista teórico, considera una barrera infranqueable la dicotomía entre comicidad = personajes particulares, y tragicidad = personajes ilustres. Es más, en aras de la verosimilitud y para conseguir los efectos de escuela de costumbres que el Siglo de las Luces pretendía en todo espectáculo teatral, se cuida al máximo la base histórica y todo el conjunto de detalles para una correcta ambientación espaciotemporal de la tragedia. Si los personajes son reyes, príncipes, héroes míticos y personas de linaje elevado, entonces no deben ser entidades totalmente imaginarias o ficticias, sino que han de ver confirmada su existencia con el aval y testimonio de la historia, aunque ésta en ocasiones no sea, según la perspectiva del siglo XX, una prueba demasiado fiable como relatos bíblicos, los libros de Herodoto o leyendas nacionales.
Así, José J. Berbel Rodríguez (Orígenes de la tragedia neoclásica española, Universidad de Sevilla, 2003), clasifica la tragedia neoclásica española en dos grandes grupos según su temática:
A) De una situación inicial de amistad o parentesco se pasa a un enfrentamiento abierto o enemistad.
B)
Situación inicial de dos bandos adversarios o de una relación de enemistad familiar o personal que condiciona en todo momento la acción trágica.
Sin embargo, conviene señalar dos casos más en este segundo supuesto:
B.1) El enfrentamiento entre dos bandos o fuerzas contrarias determina totalmente la acción trágica, por encima incluso de la voluntad de los personajes. 
B.2) El conflicto condiciona las relaciones de amistad o parentesco en uno de los bandos y provoca en su interior rebeliones, conjuras, traiciones y asesinatos.
Para un mejor comprensión, tomamos como ejemplos dos tragedias neoclásicas, Guzmán el Bueno de Moratín el Viejo, y Sancho García de Cadalso. En la primera, el asedio de Tarifa actúa como una especie de fatum, de fuerza implacable del destino de la que el protagonista no puede liberarse y que le obliga a decidir la muerte de su hijo antes que entregar la ciudad al enemigo. El caso de Sancho García es diferente: doña Ava, enamorada del rey enemigo, Almanzor, intenta asesinar a su propio hijo con tal de agradar a su amante. Aquí los dos bandos enemigos constituyen un condicionante de la acción pero no un determinante: si doña Ava, en vez de Almanzor, se hubiera enamorado de alguien de su corte castellana y hubiese planeado el crimen del hijo, también habría habido “tragedia”. Es decir, la guerra de Castilla contra los musulmanes es sólo un factor externo, un elemento del contexto histórico de la tragedia de Cadalso.
De todos modos, puede confeccionarse un esquema en el que se consideran algunas tragedias neoclásicas significativas pertenecientes uno de estos dos supuestos teóricos:
A) SITUACIÓN INICIAL DE AMISTAD O PARENTESCO ROTA POR REBELIONES O TRAICIONES, SIN EXCLUIR LA EXISTENCIA DE CONFLICTOS OCULTOS O LATENTES CONTRA UN BANDO CONTRARIO.
1) Rebelión o conjura contra un ilustre que se comporta como un tirano que, cegado por una pasión, realiza actos de maldad
(Virginia de Montiano y Lucrecia de Moratín el Viejo) o que comete el error de confiar en depravados consejeros (Idomeneo de Cienfuegos) o de enamorarse de quien no debe como ocurre en Raquel de Vicente García de la Huerta
2) Traición contra un ilustre justo; los traidores actúan por ambición, venganza u otras pasiones negativas que serán debidamente castigadas al final de la tragedia: La virtud coronada de Luzán, Ataúlfo de Montiano, y Pítaco de Cienfuegos.
B) SITUACIÓN INICIAL DE ENFRENTAMIENTO ABIERTO ENTRE DOS BANDOS CONTRARIOS:
B.1) El conflicto actúa como una fuerza del destino situada por encima de la voluntad de los personajes
: Guzmán el Bueno de Moratín el Viejo y El cerco de Tarifa o los Guzmanes de Trigueros; Numancia destruida de Ignacio López de Ayala.
B.2) En uno de los bandos hay conjuras y rebeliones. Aquí se observan dos situaciones semejantes a las del grupo A):
B.2.1) Rebelión contra el ilustre tirano: Sancho García y las tragedias sobre don Pelayo: Hormesinda de Moratín el Viejo, La muerte de Munuza de Jovellanos y Pelayo de Quintana.
B.2.2) Traición contra un ilustre justo: Los Teseides o El Codro de Trigueros, Doña María Pacheco de Ignacio García Malo, Solaya y los circasianos de Cadalso.

LA COMEDIA NEOCLÁSICA
La comedia, para Luzán, es "una representación dramática de un hecho particular y de un enredo de poca importancia para el público, el cual hecho y enredo se finja haber sucedido entre personas particulares o plebeyas con fin alegre y regocijado; y que todo sea dirigido a utilidad y entretenimiento del auditorio, inspirando insensiblemente amor a la virtud y aversión al vicio, por medio de lo amable y feliz de aquélla y de lo ridículo e infeliz de éste". De manera consecuente, se basa en la ilusión de realidad y construye, desde la proximidad y la naturalidad, el nuevo paradigma de comportamiento de las clases medias emergentes. Por tanto, esta nueva comedia de costumbres contemporáneas pretende difundir los nuevos modos y los nuevos valores burgueses, cuya orientación se basa en una precisa amalgama de racionalidad y sensibilidad (compasión). Amparada por el poder, la comedia neoclásica exhibe la riqueza de los ilustrados y vuelve una y otra vez a recalcar las ideas de productividad, utilidad, ennoblecimiento por medio del trabajo, interés económico, mejora social, progreso y civilización. Y por otra parte, las conductas sociales negativas (en buena medida, propias de la nobleza rancia) serán calificadas de locura o extravío mental, como paso previo para su exclusión de la vida pública.
Como señalan René Andioc y Pérez Magallón, el crecimiento de las clases medias y la punzante insatisfacción de la mujer sitúan en el primer término teatral el debate social sobre el matrimonio. La búsqueda armónica entre las aspiraciones de la nueva clase social y el deseo de estabilidad social encuentran en el principio de la libre elección una primera vía para consolidar el principio de libertad con el del amor, la racionalidad y el orden. El tema de la libre elección es una pieza fundamental de lo que José Antonio Maravall definió como "libertad dirigida", no frente al poder político sino frente a los poderes informales de la cultura y de la economía.
De manera complementaria, la comedia neoclásica difunde otros aspectos fundamentales de la filosofía de la Ilustración y la felicidad burguesa, como son: las vías correctas de promoción social, los nuevos modos de relación social, los principios de honradez social y secularización de la vida cotidiana y la nueva propuesta de libertad vigilada para encauzar la relación entre padres e hijos. Los fraudulentos enredos, las engañosas suplantaciones y las quimeras aristocráticas y vanidosas siempre quedan en entredicho frente al ascenso firme y seguro que plantea una mentalidad virtuosa, moderada, productiva, amante del trabajo y los negocios. Así mismo, la comedia neoclásica se hace eco de las nuevas formas de amistad y sociabilidad: el café y la sala de estar son los espacios privilegiados para la conversación y el diálogo íntimo, para resolver las cuestiones de manera franca, lógica y razonable. Los honrados ciudadanos no se valen de estratagemas ni de falsedades, sino que son verdaderos ejemplos secularizados de rectitud ética, sinceridad, integridad moral y honestidad; la religiosidad pertenece al mundo de las conciencias y, en líneas generales, queda al margen del debate teatral; excepcionalmente, en La mojigata y en El sí de las niñas Leandro Fernández de Moratín condena el binomio compuesto por la hipocresía y la gazmoñería, así como las consecuencias de una educación que obliga a las jóvenes al fingimiento y la falsa devoción. Los padres son esenciales en el universo de la comedia neoclásica porque son los responsables de la educación y del matrimonio de los hijos; los padres ilustrados son modelos de virtud y equilibrio social, pues son reflexivos y flexibles en sus maneras de ver la vida, dialogan con sensatez y sus decisiones están basadas en la razón, la sensibilidad y el espíritu compasivo. En el polo opuesto, los representantes de la sociedad rancia son o bien despreocupados en el tema educativo o bien autoritarios irracionales, cuya ceguera e irresponsabilidad quedan bien patentes.
El teatro neoclásico apuesta por un modelo de sociedad perfectamente definido y estratificado. Otorgando a la clase aristocrática los valores esencialmente burgueses, la tragedia señala que la mujer virtuosa, en última instancia, debe ser consciente de que la estabilidad del marido y de la familia son su verdadero norte. La fidelidad inequívoca, la constancia en el amor, la decencia, el decoro, la obediencia y el sometimiento son los valores supremos de la imagen de dignidad, que, en ocasiones, se complementa con la mentalidad pacífica, la voluntad civilizadora y el arte del entendimiento. La peor imagen (por ejemplo, la de Raquel) es la que conforman la promiscuidad, la corrupción, el engaño, la ambición y la tiranía vengativa.
En el terreno de la comedia, la moda y las novedades sociales son vertientes fundamentales de la mentalidad ilustrada. El lujo moderado y el vestuario innovador son signos evidentes del nuevo espíritu de desahogo y disfrute de la vida, pero el gasto desmesurado y el consumo atrevido son ya transgresiones de la norma social. La petimetra de Nicolás Fernández de Moratín es un ejemplo de apariencia vanidosa, extravagancia y derroche: permanece en la cama hasta bien avanzado el día, va a pasear al Prado sin acompañante, entabla conversación con el primero que sale y lleva un tren de vida muy por encima de sus posibilidades reales. Para la mentalidad ilustrada es más conveniente que la mujer, aunque culta, se circunscriba al espacio del hogar y que maniobre con recato y modestia. La mujer que intenta desligarse de la intimidad hogareña y de las ataduras domésticas, como es el caso de doña Agustina en La comedia nueva, sufre un riguroso escarmiento porque el espacio de la creación literaria y de la discusión pública todavía no le son propios, según la mentalidad ilustrada. Aunque en un principio doña Agustina declara que "para las mujeres instruidas es un tormento la fecundidad", finalmente el fracaso de El gran cerco de Viena le coarta sus pretensiones democráticas.
Los excesos y las transgresiones tampoco son bien vistos en el caso de los personajes masculinos. Aquellas conductas que desestabilizan la sociedad, la familia, la moral o las convenciones económicas son continuamente denunciadas por la comedia neoclásica. Los trasnochados nobles que todavía solventan sus diferencias mediante los duelos o los estériles y mimados que rechazan la idea del trabajo harían mejor en escuchar las palabras de don Justo, que en El delincuente honrado advierte: "Bien sé que el verdadero honor es el que resulta del cumplimiento de los propios deberes". Así expresa Jovellanos la idea de que la virtud civil no deriva del heroísmo aristocrático ni de los anacrónicos lazos sanguíneos, sino de la utilidad social y de la contribución al progreso. Aquellos nobles que se entregan a la vida ociosa y ruinosa y aquellos que muestran apego a la estética de los majos y los petimetres son amonestados por sus conductas antisociales (como haría Jovellanos en su famosa sátira segunda A Arnesto).
AUTORES DE LA COMEDIA NEOCLÁSICA
1.- TOMÁS DE IRIARTE (1750-1791) había nacido en el archipiélago canario y era sobrino del literato Juan de Iriarte.
    En 1770 publicaba Hacer que hacemos, sátira del hombre importante y ocupado, a la que seguiría La librería (1780). El conde de Aranda le anima a traducir a los dramaturgos franceses y, en 1787, aparece, en el tomo cuarto de sus obras, El señorito mimado, representado en 1788:    Don Mariano, maleducado por su madre Dominga, pierde la mano de doña Flora, que se casará con don Fausto, al descubrir que Mariano es un vividor a quien explota doña Mónica, astuta tramposa. Don Cristóbal salva a su sobrino Mariano de la ruina a cambio de un correctivo ejemplar.
   Iriarte repetirá el modelo de esta comedia en La señorita malcriada, publicada en 1788 y representada en 1791. Doña Pepita pretende casarse con el falso Marqués de Fontecalda, que arruinó a la familia, como demuestra don Carlos. Doña Clara enmienda a Pepita internándola en un colegio. Don Eugenio renuncia a casarse con ella, por su pésima educación.
   Un año antes de morir escribió Iriarte El don de gentes o la habanera, publicada en 1805. Presenta un modelo femenino, que triunfa por su inteligencia y buenas costumbres.

2.- LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) -Inarco Celenio entre los Árcades de Roma-, madrileño como su padre Nicolás. Unas viruelas sufridas a los cuatro años le hicieron tímido y reservado. Desde niño se aficionó al teatro y su amigo Juan Antonio Melón lo recuerda como un hábil imitador de personajes como Jovellanos, García de la Huerta o el propio rey Carlos III. Desde 1787 fue secretario del Conde de Cabarrús y dos años después toma órdenes menores para obtener un beneficio eclesiástico.
-El 22/5/1790 estrena El viejo y la niña, acaso inspirado en su propia experiencia. La comedia, en verso y tres actos, representa el disgusto de don Juan al ver a su Isabel engañada por su malvado tutor y casada con el viejo don Roque. Isabel elegirá terminar sus días en clausura, como la joven esposa de El celoso extremeño.
- El 7/2/1792 se estrena La comedia nueva o el café, en dos actos en prosa e impresa ese mismo año. Esta sátira ridiculiza la comedia heroica y alude indirectamente al dramaturgo Comella y a sus familiares y amigos: Don Eleuterio estrena la comedia heróica El gran cerco de Viena, que imaginamos por lecturas de diferentes personajes. Convencido de su futuro éxito, su autor imprime la obra y planea casar a su hija Mariquita con don Hermógenes. La ansiedad y un fallo en el reloj de este pedante les hacen llegar a tarde al fracaso estrepitoso de la comedia. Don Hermógenes los abandona, pero la familia se salva gracias a la filantropía de don Pedro, que ofrece un empleo a don Eleuterio sin burlarse de él, como su amigo don Antonio.
   Desde el prólogo avisaba Moratín de su fin moral y de que "ofrece una pintura fiel del estado de nuestro teatro". Advierte del valor documental que tendría con el tiempo y refleja la situación de la escena en su época. La han aplaudido hasta hoy los estudiosos del teatro español.
Moratín viaja a Francia y, ante el Terror de la Revolución, marcha a Inglaterra, donde traduce Hamlet, publicado en 1798. De 1793 a 1796 visita Italia, donde destruiría una comedia llamada El tutor. Vuelve a España tres años después para dirigir una Junta de censura del Gobierno (1799) para la reforma del teatro, que fracasó en 1802 ante las protestas del Municipio y de los actores. Finalmente, se impuso un teatro más tradicional.
- Desde 1787 guardaba Leandro una zarzuela titulada El barón. Por las manipulaciones a que la someten diversas manos, su autor la estrena en 1803, en forma de comedia en dos actos: Isabel, enamorada de Leonardo, transige con su madre, que la obliga a atender a un falso barón, con quien pretende casarla. Don Pedro, tío de Isabel, y Leonardo descubren la impostura del barón, que huye dejando libres a los jóvenes amantes.
.- Al año siguiente estrena Moratín La mojigata (19/5/1804), escrita desde 1791: la discreta doña Inés debe casarse con el figurón don Claudio. Doña Clara, hipócrita mojigata, finge una vocación religiosa, deshecha a los primeros requiebros de Claudio, que busca su dote. Dicha dote pasará a Inés, que la reparte con los novios.
   Leandro debió tomar elementos de la comedia de su padre, La petimetra, que él mismo había comentado desfavorablemente. La mojigata le traería problemas con la Inquisición.
-Su obra maestra fue, sin duda El sí de las niñas (24/1/1806), acaso refundición de su comedia perdida El tutor. Representa la renuncia del viejo don Diego a su matrimonio con la niña doña Francisca, al verla enamorada de su sobrino don Carlos.
   Ataca la educación hipócrita de las damas en los conventos y los matrimonios desiguales entre ancianos y jovencitas. Subraya valores como la disciplina, la sinceridad, etc.
   La obra se imprimió en 1805 y fue la última de su autor, que en 1808 huye de Madrid, para volver en 1811 a ocuparse de la Biblioteca Real con José Bonaparte.
   Un año después acompañaría a Valencia al gobierno francés. Reside en Peñíscola, de donde viaja a Barcelona. Allí estrena en 1814 una de sus dos comedias traducidas de Molière: El médico a palos. La segunda fue La escuela de los maridos.
   Hasta 1820 vivió entre Francia e Italia. El Trienio Liberal le anima a regresar a Barcelona, de donde vuelve a Francia, con Manuel Silvela, por una epidemia de peste.
   Murió en París con sesenta y ocho años. En 1830 la Academia de la Historia publica entre sus obras los Orígenes del teatro español.
Para saber más de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, pincha aquí http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Moratin/estudios.shtml


EL TEATRO SENTIMENTAL (ERUDITO O CULTO)
Como es sabido, uno de los méritos atribuidos a Luzán fue el de introductor del teatro sentimental, cuando en 1751, con el título de La razón contra la moda, tradujo Le préjugé à la mode de Nivelle de la Chaussée. El florecimiento de estas obras sentimentales en España se produjo fuera de los límites cronológicos que nos hemos impuesto (1737-1754). Así que remitimos a la bibliografía más importante existente sobre estas manifestaciones, dado que sólo se abordarán, en cambio, las relaciones existentes entre la tragedia neoclásica y estas formas que a mediados del siglo XVIII ya muestran existencia en Europa Occidental.
Los primeros problemas son referentes a su definición y a la gran cantidad de etiquetas con que se designaron las obras de esta manifestación escénica conocida como “teatro sentimental”. De todos modos, Guillermo Carnero realiza una propuesta de clasificación, en virtud de la cual habría los siguientes elementos:
DRAMA: género en el que se vulnera la dicotomía clásica entre tragedia y comedia:
1) La Comedia Seria: tratamiento no cómico pero tampoco patético + final feliz.
2) La Comedia Sentimental (según Díez González, Tragedia urbana): tratamiento sentimental y patético + final feliz.
3) La Tragedia Burguesa o Doméstica: tratamiento sentimental y patético + final desgraciado
Sin embargo, para una mejor comprensión de esta propuesta, es conveniente reflexionar sobre el complejo proceso que da lugar al Drama o teatro sentimental. Primeramente, las transformaciones sociales existentes en el siglo XVIII provocan el surgimiento de nuevos gustos estéticos, de reivindicaciones culturales, ideológicas y políticas, que paulatinamente afectan también a la vieja mentalidad europea, un sistema de creencias basado en las estructuras aristocráticas de la monarquía absoluta. Una consecuencia de esto es que comienza a desmoronarse la milenaria estética teatral que imponía que la tragicidad representara los avatares y peligros de los ílustres, mientras que la comicidad se centrara en la ridiculización de los vicios de las personas particulares
La burguesía, protagonista ascendente en la vida económica y cultural del XVIII, no podía aceptar las condiciones de un teatro que, como el clásico, obedecía a una visión aristocrática del mundo, y en el que el género elevado y digno, la Tragedia, estaba dedicado a personajes aristocráticos, siendo los de otras clases sociales objeto de un tratamiento degradado de acuerdo con el modelo cómico” (Guillermo Carnero, La cara oscura del Siglo de las Luces, op. cit., p. 42). Este trasfondo social se expresa en Entretiens sur“Le fils naturel” y De la poésie dramatique de Diderot, en el Esssai sur le genre dramatique serieux de Beaumarchais y en Du théatre, ou Nouvel essai sur l'art dramatique de Mercier.
Dicho de otro modo, por causas bien distintas a las del Barroco español, se crea un hermafrodito o monstruoso ambigu (según diría Juan Andrés en Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, pero con la intención de que los poetas no se acobarden con la novedosa criatura) que toma respectivamente rasgos de la tragedia y de la comedia clásicas y que produce una nueva genericidad basada en las siguientes peculiaridades:
, El teatro sentimental no es exactamente “tragedia” porque:
# Sus héroes pueden ser personas particulares, no pertenecientes al linaje ilustre.
# Puede no tomar su argumento de la historia ni del pasado legendario o  mítico. A menudo la acción se ambienta en la vida cotidiana, contemporánea y familiar.
# Puede tener un final totalmente feliz (por ejemplo, la boda de los jóvenes protagonistas), aunque no se excluyen los finales desgraciados en obras como Las víctimas del amor de Gaspar Zavala (versión libre de la novela Anne Bell, histoire anglaise de Baculard d’Arnaud).
, El teatro sentimental no es exactamente “comedia” porque:
# No ridiculiza, con la intención de corregirlos, los vicios de personas privadas.
# Sus protagonistas son, muchas veces, seres virtuosos dignos de admiración cuyos sufrimientos, al final recompensados, sirven de lección moral al público.
# Tratamiento serio, patético, e incluso lúgubre, de la acción representada.
En segundo lugar, al margen de nociones como sensibilidad y sublimidad y sus repercusiones teatrales en el último tercio del siglo (Guillermo Carnero en la “Introducción al siglo XVIII”, Historia de la Literatura Española, Vol. 6, op. cit., pp. XIX-LXXVIII y Russell P. Sebold, “Capítulo 3. Neoclasicismo y Romanticismo dieciochescos”, Ibidem, pp. 137-207), una clave del género sentimental es la especial connotación de la virtud, convertida en fuerza temática distintiva. Así, el virtuoso es un “ser honesto, generoso, tolerante, buen ciudadano e individuo ejemplar [...] [porque] este nuevo código ético estaba basado en los intereses de una sociedad a cuyo progreso debía contribuir el individuo [...] Los burgueses entendieron que la clave de su éxito social estaba precisamente en destruir esa idea de herencia en la cualidad moral más valorada en este siglo. La virtud ya no se transmite de generación en generación –proclaman los burgueses–; el individuo, sea cual sea su clase y condición, debe adquirirla con su comportamiento”. Lo que García Garrosa (La retórica de las lágrimas: la comedia sentimental española: 1751-1802, Valladolid, Universidad, 1990), con acierto, denomina “retórica de las lágrimas” consiste en esta “exaltación de la virtud” innata en el individuo deriva un nuevo tipo de héroe: el héroe sentimental, un ser humano (muchas veces mujer) marcado por cualidades ya consabidas de bondad y sensibilidad (que) y, por lo común, de condición social humilde.
Junto a la escasa profundidad psicológica con que se presenta al héroe sentimental, otra cualidad importante del género es el maniqueísmo: el héroe virtuoso y sensible sufre las consecuencias del enfrentamiento con un antihéroe  perverso, egoísta, intransigente y a menudo miembro de la nobleza.
Guillermo Carnero, por ejemplo, analiza cómo en el teatro sentimental de Gaspar Zavala se plasma un universo dramático escindido en “buenos” y “malos”:
> “BUENOS”: 1) Mujeres enamoradas; 2)Hombres enamorados; 3) Amigos generosos; 4) Criados fieles; 5) Nobles humanitarios.
> “MALOS”: 1) Estáticos o impenitentes; 2) evolutivos o arrepentidos.
En tercer lugar, el teatro sentimental español no se desvía demasiado de las “reglas” del poema dramático; aunque aparecen algunas transgresiones que afectan a la unidad de lugar, mucho más que a la de tiempo, algunas veces a la de acción por las fuertes conexiones entre el teatro sentimental y los diversos géneros novelescos, y, por esto último, se introducen también inverosimilitudes bajo la forma de imprevisibles y casuales peripecias que modifican intensamente el desarrollo lógico de la acción.

Indudablemente, el teatro sentimental supone una alteración notoria del concepto clasicista y aristotélico de katharsis. Al margen de los planteamientos de Rousseau en la Carta a D'Alambert sobre los espectáculos o de Diderot en su Discurso sobre la poesía dramática, la principal modificación consiste en que el teatro sentimental tiende a conceder una gran importancia al eleos (lástima, compasión) que, a veces, se sitúa incluso por encima del phobos (terror). He aquí algunos testimonios de la época, mencionados por los estudiosos e investigadores del género:
a) Entre los numerosos calificativos (Mª J. García Garrosa señala más de veinte denominaciones) que designan la nueva criatura teatral, aparece muchas veces el término lastimero o lastimoso:
, El duque de Almodóvar (Década epistolar, 1781): “No pudiéndose llamar tragicomedias a semejantes dramas nuevos y siendo preciso darles el epíteto, aunque impropio, de comedias lastimeras, para entendernos mejor...”.
, Sempere y Guarinos (Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reynado de Carlos III, 1783): “Aunque esta comedia [se refiere a El delincuente honrado de Jovellanos] no tuviera más mérito que ser la primera que se ha publicado en España del género tan extendido en Europa en este siglo de las que llaman lastimosas, era muy recomendable por este motivo”.
, Andrés Miñano (Prólogo a El gusto del día, 1802): “El Gusto del Día tiene por objeto contener los progresos de las Comedias tristes é lastimeras. El Autor conoce bastante lo arduo de su empresa; sabe muy bien que esta especie de Dramas sentimentales lleva en sí misma grande atractivo y recomendación”.
b) En las definiciones y clasificaciones teóricas del último tercio de siglo, se hallan expresiones como “lástima” o “compasión” (rasgos propios del eleos catártico) entre los atributos del género:
, Santos Díez González (Instituciones poéticas, 1793): “La tragedia urbana es imitación dramática en verso de una sola acción, entera, verosímil, urbana y particular, que excitando la lástima de los males ajenos, y estrechándolo entre el temor y la esperanza de un éxito feliz, lo recrea con la viva pintura de la variedad de peligros a que está expuesta la vida humana, instruyéndola juntamente en alguna verdad importante [...] Las acciones urbanas, en nuestro concepto, son las que comúnmente pasan entre personas de un carácter regular, y no entre las de un carácter ridículo, y entre caballeros, y no entre gente plebeya [...] Toma el nombre de tragedia pues mueve los afectos de lástima, temor y esperanza, que aunque no sean tan vehementes como los de la tragedia heroica, son tristes y lastimosos, y en cierta manera trágicos”.
,#  Jovellanos (Curso de humanidades castellanas): “Ha pocos años que apareció en el teatro francés una especie de comedia tierna o drama sentimental [...] Esta especie de drama o comedia tiene por principal objeto el promover los afectos de ternura y compasión, sin que deje de dar lugar al desenvolvimiento de caracteres ridículos, que fueron desde sus principios el fundamento de las composiciones cómicas [...]; pues si la primera castiga los vicios y extravagancias de los hombres con el ridículo, esta otra forma el corazón sobre los útiles sentimientos de humanidad y benevolencia”.
,#  Juan Cayetano Losada (Elementos de Poética..., 1799): “Hay otra especie de comedia [...] a la qual dan unos el nombre de comedia seria o patética, y otros el de tragedia urbana. En esta ocupan las pasiones y su pintura todo el lugar que en la precedente tiene el ridículo, si bien no se excluye del todo: su objeto es presentar situaciones interesantes, y que pintadas con toda expresión, excitan las lágrimas; v. gr. un padre desgraciado, un hombre reducido a miseria, o un virtuoso perseguido, o la situación a que puede conducir una acción buena o mala. Deben ser muy bien pintadas las situaciones y los caracteres para mover los afectos de lástima, y tener dudosos los espectadores, aunque con algún recelo de futura prosperidad, la que en realidad deberá seguirse”.
Este resaltar lo “lastimoso”, este intentar conmover excitando el llanto, la compasión y la ternura inscriben al teatro sentimental dentro de la reivindicación de las emociones, la sensibilidad y lo sublime que se produce en la segunda mitad de siglo. En muchos de estos dramas, el agón (conflicto dramático) entre el héroe sentimental y el antihéroe sentimental suele concluir en final feliz, en la integración social de la pareja de enamorados y sensibles jóvenes, tras vencer todos los obstáculos que les ha puesto el mundo que les rodea y el antihéroe sentimental, en los casos en que éste último aparece como tal.
Para José J, Berbel Rodríguez (Orígenes de la tragedia neoclásica española...), esto resalta posibles puntos de contacto entre una de las variantes de la tragedia neoclásica española y el teatro sentimental: la exaltación de la virtud con cierta tendencia al maniqueísmo a través del conflicto dramático entre héroes y antihéroes, y el patetismo intenso, sobre todo en las heroínas, para provocar el sentimiento de lástima o ternura en el público. Lo cual explicaría que lo sentimental fuera relativamente aceptado, a pesar de los reparos puestos por teóricos más escrupulosos contra su hibridismo, los incumplimientos de las unidades de lugar y tiempo y de reglas fijadas desde antiguo por el Clasicismo tales como el abuso de la agnición como recurso dramático, ciertas inverosimilitudes, etc.
Buenas pruebas de la relativa aceptación serían que Luzán emprendiese la tarea de introducir el género en España con su traducción La razón contra la moda y que el círculo de Olavide, Jovellanos, Trigueros, Tomás de Iriarte y Llaguno (entre otros de los que intervinieron en la reforma teatral del ministro Aranda), contribuyera decisivamente a su implantación mediante traducciones y estimulando la producción de obras como El delincuente honrado (Jovellanos) y El precipitado (Cándido María Trigueros).
Precisamente, en torno a estos dos dramas sentimentales de Jovellanos y de Trigueros se ha debatido intensamente no sólo su carácter romántico, sino también, desde una visión más extensa, la filiación romántica o ilustrada-neoclásica del teatro sentimental español. R. P. Sebold es el principal defensor del carácter romántico de obras como El delincuente honrado y El precipitado, mientras que se inclinan por el carácter ilustrado o incluso neoclásico, los estudios de García Garrosa en La retórica de las lágrimas (op. cit.) y en “Diderot y Trigueros: sobre las posibles fuentes de El precipitado”, en Revista de literatura, 107, LIV, 1992, 183-203, y de Emilio Palacios, “La comedia sentimental: Dificultades...”, art. cit., pp. 85-112. Finalmente, Pataky- Kosove y McClelland subrayan el carácter de transición al Romanticismo del teatro sentimental. Para comprender estos factores, en el caso del drama de Trigueros, consúltese “El Precipitado”. Edición de Piedad Bolaños Donoso, Sevilla, Alfar, 1989.
Esta polémica inclina a J. J. Berbel  a realizar algunas puntualizaciones:
# El teatro sentimental presenta un corpus bastante extenso, por lo que es una osadía etiquetarlo en su totalidad bajo los rótulos de neoclásico, ilustrado  o romántico. Esto, evidentemente, no impide distinciones y clasificaciones como la ya citada de Guillermo Carnero, como la de García Garrosa al diferenciar comedia lacrimógena (larmoyante) y drama burgués o al establecer sus épocas en España. A lo cual hay que sumar la acertada apreciación de Emilio Palacios, al subrayar la existencia de dos grandes ramas en el teatro sentimental: el “erudito”, ligado a la minoría culta, conocedora de las reglas que coincide con la época de introducción del género, cuyos autores más destacados serían Luzán, Jovellanos y Trigueros, entre otros, y que persigue instruir moralmente a través de las lágrimas; y el “popular” de los últimos años del siglo, más descuidado en el cumplimiento de las reglas, fuertemente inclinado a introducir elementos novelescos y que busca sobre todo el éxito comercial.
# Luzán, Jovellanos y Trigueros, además de pertenecer a esta tendencia culta del género sentimental, también formaron parte del conjunto de autores que tradujeron o compusieron obras más o menos acordes con los principios y reglas del Clasicismo dieciochesco o Neoclasicismo.
# Esta afirmación es compatible tanto con la tesis de que el género sentimental es proclive al Primer Romanticismo (R. P. Sebold), sobre todo El delincuente honrado y El precipitado, como con la opinión que defiende el carácter ilustrado o incluso neoclásico de esta manifestación teatral. Porque en el mismo nivel que la controversia en torno al carácter del teatro sentimental (ilustrado, neoclásico, anticipo del Romanticismo, género de transición y muestra palpable del Primer Romanticismo) se sitúa la distinción entre teatro erudito y teatro popular, que por cierto ya perfiló Luzán en el borrador de la segunda edición de la Poética
Evidentemente no se niega ninguno de los elementos del Primer Romanticismo que Sebold señala en El delincuente honrado y en El precipitado, entre los que destacan como más importantes: a) Un concepto de moralidad diferente que produce que el agón dramático se centre en un héroe de corazón puro y naturalmente bueno, que si ha cometido una fechoría (matar en un duelo, un presunto incesto, las tendencias suicidas, etc.) ha sido en el seno de una sociedad corrupta basada en un orden injusto; lo cual, supone de paso un total alejamiento del héroe “culpable”, sometido a la caída trágica o al ridículo cómico, porque los valores vigentes socialmente constituyen una norma inviolable. b) Configuración de las dos obras en cuadros o “tableaux vivants”, muy semejantes a los grabados pictóricos, donde predominan ambientes oscuros, tristes y patéticos, donde no es raro hallar expresiones como las que aparecen en El precipitado (“la más negra desesperación”, “mil espectros horrorosos”, “revolcado en mi propia sangre”...) Y c) Empleo de moldes formales que ya no son los más apropiados según el Clasicismo (la prosa, cierta alteración de las unidades, los cuadros pictóricos ya señalados, etc.).
Sin embargo, también hay que considerar que Jovellanos y Trigueros son autores eruditos y no autores populares que pertenecieran a lo que Emilio Palacios denomina “teatro romancesco”. Es decir, no insertaron fragmentos altamente novelescos que restasen verosimilitud a sus obras, a la vez que cuidaron el estilo y lenguaje literario, que no hicieron concesiones al “vulgo” para introducir criados “graciosos” o incluso situaciones de comedia de enredo dentro de un drama serio, como acostumbraba Gaspar Zavala, que no cayeron en el “socialismo folletinesco” ni complicaron la intriga con “enigmas policiales” como gustaba hacer Comella.
Esto no supone desmerecer en absoluto a autores como Zavala, Rodríguez Arellano, Valladares y Comella, quienes, a pesar de todo, constituyen una verdadera “vanguardia” que, paulatinamente al margen de una desfasada preceptiva neoclásica, revitalizaron la escena española y abrieron definitivamente las puertas hacia el teatro romántico del siglo XIX.

BIBLIOGRAFÍA
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B.- SOBRE EL TEATRO DEL SIGLO XVIII:
-ANDIOC, René: Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII. Madrid, Castalia, 1988
-CARNERO, Guillermo: Estudios sobre el teatro español del siglo XVIII. Zaragoza, Universidad, 1997.
-PALACIOS, E.; CALDERA, E.; CALDERONE, A.; RUBIO, J.: El teatro español, siglos XVIII y XIX en José María Díez Borque, ed.: de Historia del teatro en España (t. II) Madrid, Taurus, 1988.
-RULL, Enrique: La poesía y el teatro en el siglo XVIII. Madrid, Taurus, 1987.
-RUÍZ RAMÓN, Francisco: Historia del teatro español. Desde sus orígenes hasta 1900. Madrid, Cátedra, 1986 (y post.)
- Historia de la literatura española, siglo XVIII (volúmenes 6 y 7), dirigida por Víctor García de la Concha y coordinados por Guillermo Carnero (Madrid, Espasa Calpe, 1996).
- PÉREZ MAGALLÓN, Jesús: El teatro neoclásico (Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001).
- MERIMÉE, Paul:  L'art dramatique en Espagne dans la première moitié du dix-huitième siècle. Toulouse, Université, 1983 (2ª ed.)
- CAMPOS, Jorge: Teatro y sociedad en España, 1780-1820, Madrid, Moneda y Crédito, 1969


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