El Romanticismo español: Larra, Espronceda y Bécquer 

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LA COSMOVISIÓNROMÁNTICA

En sentido positivo, como toda tendencia cultural, el Romanticismo fue en primer lugar una cosmovisión o forma de entender el mundo y la sociedad; es decir una determinada visión de la realidad que rodea al ser humano (no solamente una tendencia o escuela artístico-literaria).
Según los críticos el Romanticismo, como tal, fue un movimiento originado en Inglaterra y, sobre todo, en Alemania a finales del s. XVIII, desde donde se extendió por el resto de Europa desde principios del s. XIX. Ya desde sus orígenes el Romanticismo implicó:
* El fin del “orden clásico” con su dominio de la monarquía absoluta, la razón y la normativa.
* La instauración de la democracia, la libertad y la voluntad individual
* El predominio del “yo” (subjetivismo) idealista frente a la realidad exterior, rompiendo así con el objetivismo racionalista.
* Culto al nacionalismo político frente a las pretensiones universalistas ilustradas.
* La reivindicación del Cristianismo y la Historia de Europa frente a la Historia Clásica (greco-latina).
* La imitación de nuevos modelos (Shakespeare, Calderón, Dante, etc.) frente a los greco-latinos.
* La proclamación absoluta de la libertad individual frente a todo tipo de reglas (sociales, artísticas, morales, etc.)
Para otros críticos “el romanticismo surgió como una tendencia consciente y militante de las  artes  en Inglaterra,  Francia y Alemania hacia 1800 (al final de la década de la Revolución francesa) y sobre una zona mucho más amplia de Europa y América después de Waterloo. Fue precedido  antes  de la  Revolución (también  en Francia y Alemania sobre todo) por lo que se ha llamado  el  pre-romanticismo  de  Juan  Jacobo Rousseau, y el movimiento ”Tempestad y violencia” (“Sturm und Drag”) de los jóvenes poetas  alemanes. 
Probablemente,  la  era revolucionaria de 1830-1848 conoció la mayor boga europea del romanticismo. En un sentido amplio, éste dominó varias de las artes creadoras de Europa, desde los comienzos de la  Revolución francesa. Sin embargo, aunque no esté claro lo que el romanticismo quería, sí lo está lo que combatía: el término medio. Todo su contenido era un credo extremista. Los artistas y pensadores románticos en su  más estricto sentido se  encuentran  en la extrema  izquierda, cómo el poeta  Shelley, o en la extrema derecha, como Chateaubriand y Novalis, saltando  de la izquierda a la derecha como Wordswordth, Coleridge y  numerosos  partidarios desilusionados de la Revolución francesa, saltando de la monarquía a la extrema izquierda como Víctor Hugo, pero rarísima vez entre los moderados o liberales del centro racionalista. No sería excesivo llamarle ‘credo antiburgués’, pues el elemento revolucionario y conquistador de las promociones jóvenes que llegaban a atacar al cielo, fascinaba también a los románticos. Napoleón se convirtió en uno de sus héroes míticos, junto a Satán, Shakespeare, el Judío Errante y otros pecadores más allá de los límites ordinarios de la vida. El elemento demoníaco en la acumulación de dinero del capitalismo, la ilimitada e ininterrumpida aspiración al más, por encima  de  todo cálculo y  todo freno racional,  la necesidad de grandes extremos de lujo, les encanaba. Algunos de sus héroes más característicos, Fausto y Don Juan, compartían su implacable ansiedad.
Así pues, una vez que la sociedad burguesa triunfa  de hecho en las Revoluciones francesa e industrial, el romanticismo se convirtió indiscutiblemente en su enemigo instintivo y en justicia puede ser considerado como tal”.
De una u otra forma, el Romanticismo afectó a todos los órdenes de la vida. Con él se invirtió la relación entre el ser humano y la realidad que le rodea. Desde el Romanticismo será el “yo” del individuo, su interioridad la que domine y modele el mundo exterior y no al revés. Ese domino sobre el mundo es lo que, según los románticos, hace libre al ser humano.
La libertad, como meta máxima de los románticos, ha pervivido desde entones a través de la historia en el “mundo occidental”: liberación del individuo frente a la sociedad, de la mujer frente al hombre, de la región frente a la nación, de la nación frente al imperio, de la colonia frente a la metrópoli, del obrero frente al patrón.
Pero, a su vez, toda deseo de liberación suele conllevar sentimientos como la soledad, la incomprensión, etc. Romper con lo establecido para liberarse comporta también pesimismo, melancolía, vacío, insatisfacción. Los románticos fueron los primeros en desear y sentir todo ello (el llamado “mal du siècle”).
De forma genérica, puede decirse que la “cosmovisión romántica” se caracteriza por los siguientes rasgos:
Individualismo
El sentimiento individualista -mucho mayor en esta época que en el s. XVIII pero menor que en el s. XX- es el verdadero “foco cosmovisionario” o núcleo de la cosmovisión romántica.
El individualismo se entiende como el sentimiento que todo ser humano tiene de si mismo y de su “yo”, de sus diferencias para con los demás. Individualismo como auto-conciencia.
Se entiende entonces el gusto romántico por todo aquello que esté fuertemente individualizado, que tenga “color local” y carácter propio.
- Lo popular. Desarrollo del costumbrismo: lo repre-sentativo y lo “típico”: Estebánez Calderón o Mesonero Romanos en España, por ejemplo.
- Regionalismo y Nacionalismos (nacidos políticamente como sistema de oposición a los imperios del “Antiguo Régimen”  en Europa): Lord Byron en Grecia, casos de Italia, Irlanda, Hungría, Servia, Croacia, Alemania, Países Nórdicos, Polonia, etc.
- Auge de las lenguas y literaturas vernáculas (Cataluña, País Vasco, etc.), como consecuencia de lo anterior.
En el caso del ser humano, los románticos están convencidos de que lo que nos diferencia de los demás y nos da personalidad reside en nuestro interior, nunca en las apariencias externas (se verá con más detalle al hablar del irracionalismo, el subjetivismo, la inspiración, etc.)
El individualismo romántico llevará muchas veces a que el artista adquiera una actitud “endiosada”: el artista llegará a considerarse la cúspide de su sociedad, casi dotado de poderes mágicos y conocimientos ocultos.
En general, puede decirse que este fuerte individualismo también se ve favorecido por los acontecimientos sociales de la época: por ejemplo los avances técnicos que siguen a la revolución industrial inglesa (s. XVIII) o los derechos políticos que se generalizan a toda la sociedad tras la Revolución Francesa (1789).
 Irracionalismo
Éste es uno de los rasgos más novedosos del Romanticismo frente al pasado.
Frente al racionalismo universalizador del s. XVIII (la razón como única fuente de conocimiento de lo universal y lo genérico), los románticos se declaran fuertemente irracionalistas.
Influidos por el pensamiento de Fichte, Rousseau, Herder, etc., creen que la fe es la forma de conocimiento superior, un conocimiento que no requiere siquiera del examen empírico previo.
Por otro lado, el romántico se declara enemigo de toda generalización o abstracción. Así, por ejemplo, se repudian las preceptivas artístico-literarias tan en boga en el s. XVIII o cualquier otro tipo de normativa.
Como consecuencia de todo ello, se concibe el arte como una actividad portadora de un significado oculto y misterioso, superior, no racional. Claros ejemplos son Schelling, Scheller, Schlegel, Göethe, Humboldt, Novalis, Nerval, etc... En España destaca, en este sentido, la poesía de Bécquer.
 Historicismo
Frente al espíritu generalizador y normativo del s. XVIII, el Romanticismo intenta conocer y dignificar todo lo concreto.
Así, por ejemplo, los ilustrados consideran del hombre sólo su razón y, a través de ella, se le proyecta fuera del tiempo y el espacio. El ser humano es, para ellos, una realidad abstracta y genérica. En cambio, los románticos consideran a cada ser humano -no al ser humano en general- como algo irrepetible que está en un determinado contexto espacio-temporal también irrepetible. Como el hombre, para el romántico, también cada momento de la historia es irrepetible.
Buena parte de la producción artística romántica está ambientada en determinados momentos del pasado, en especial la Edad Media y el s. XVII en España (W. Scott y la novela gótica, Don Juan, los romanceros, etc.), que pasan a ser vistos como “tiempos dorados” (gusto por lo ruinoso).
 Subjetivismo: grandeza y sinceridad
Como consecuencia directa del individualismo romántico, se desarrolla en gran manera el subjetivismo:
  INDIVIDUALISMO Conciencia que cada hombre tiene de su “yo”  
  SUBJETIVISMO Importancia que cada hombre da a su “yo” y, sobre todo, a su interioridad.
Tan importante es la subjetividad para el romántico que puede decirse que no le importa el mundo, la realidad, sino “la impresión que el mundo, la realidad le producen”
MUNDO El “no-yo”. Sólo importa como generador de sentimientos
YO” El sentimiento, la impresión
El romántico se interesa especialmente en aquello del mundo-realidad que le impacte de modo especial: de ahí que la infinitud, la grandeza, lo peligroso, lo deforme, etc., gocen del gusto romántico (el mar, las montañas, las tormentas, la muerte, la pasión, los personajes monstruosos, etc.)
De esa relación entre realidad y “yo” del artista surge en esta época la técnica del “corelato subjetivo”, muy utilizada en literatura y artes plásticas en adelante.
Por otra parte, del subjetivismo romántico se desprende el deseo de sinceridad que el artista tiene cuando comunica sus sentimientos con la obra de arte.
De este deseo de sinceridad que muestra el artista romántico nace la repetida confusión que en literatura suele producirse entre el “yo-autor” y el “yo-narrador” (relato) o “yo-hablante lírico” (poesía). Si el primero pertenece a la realidad histórica, los segundos pertenecen a la ficción artística (dos planos que el escritor romántico se afana en confundir premeditadamente con sus deseos de sinceridad).
Libertad:  inspiración y revolución
Frente a la vigencia de las preceptivas, modelos, reglas y academias en el s. XVIII, el artista romántico se declara absolutamente libre y transgresor. El concepto de “creación” sustituye, para él, al de “mimesis”.
La inspiración es, entonces, el motor de toda creación artística; pero, a su vez, esa inspiración romántica se rige por los instintos del artista.
Tal vez se deba a ello el predominio que, durante el periodo romántico, se da por parte de la poesía, las cartas y las memorias frente al teatro y al relato
Por otra parte, y como otra de las consecuencias del culto a la libertad, el artista romántico suele ser, no sólo un innovador en el terreno artístico, sino también un revolucionario en lo socio-político. Tras su exigencia de libertad absoluta reside el intento de romper con todas las convenciones estéticas y sociales de su época. Ejemplos de ello son Lord Byron en Inglaterra o Espronceda y Larra en España.
Desengaño y desilusión
Como norma, el romántico es un inadaptado, alguien que se siente constantemente solo e incomprendido: sentimientos de matiz negativo como la depresión, el desencanto, la melancolía o la decepción suelen caracterizarle.
Se trata, en todo caso, de respuestas pasivas del “yo” ante el mundo-realidad y, que, con bastante frecuencia acaban acercándose a la muerte (Larra, Byron, Mary Shelley, etc.), la desesperación o la locura.
Otras veces estas respuestas pasivas se traducen en actitudes distantes ante ese mundo que les disgusta: humor, ironía, desprecio, sarcasmo, burla, chiste, idealización fantasiosa (la rima XI de Bécquer es un buen ejemplo) o la huida.
- Hacia el pasado: medievalismo.
- Hacia el futuro: Jules Verne.
- En el espacio: exotismo-orientalismo.
En definitiva, este tipo de actitudes y sentimientos son resultado de una visión a menudo maniquea de la realidad (Sancho Saldaña, las novelas góticas inglesas, por ejemplo).
El “YO” romántico es, por definición, desarraigado, desamparado en un entorno social materialista, deshumanizado y hostil, regido sólo por la ley de la oferta y la demanda. En ese sentido, el mismo entorno comercial de la literatura (ediciones, colecciones, éxito de ventas, etc.) asquea al escritor, que considera el arte como un lujo inútil y privilegiado al margen de las layes capitalistas que dominan la sociedad del momento.
 Solidaridad
Frente a estas huidas del “yo”, otro tipo de respuesta más activo es el típicamente revolucionario (Byron en Grecia o Espronceda en las barricadas parisinas).
El compromiso solidario de algunos artistas románticos (no todos, ni mucho menos) nace de esa relación problemática entre mundo y “yo” de la que ya hemos hablado.
De esta cosmovisión participan multitud de artistas que, en la época romántica, se suceden por toda Europa. Los más representativos serían:
·  NOVELA: Alejandro Dumas, Walter Scott, Victor Hugo, Mary W. Shelley, Hoffmann, hnos. Grimm, Dickens, Hans Anderssen, E. Allan Poe, H. Melville,  hnas. Brönte, Turgueniev, etc.
·  POESÍA Y TEATRO: Lamartine, Pushkin, Chateaubriand, Leopardi, Heine, Hölderlin, Schiller, Byron, Keats, Schelley, Göethe, Schlegel, Novalis, Mme. de Stäel, “Ossian”, “George Sand”, A. de Musset, Coleridge, Nerval, A. de Vigny, Blake, Wodsworth, Petöefi, Thackeray, etc.
·  ARTES PLÁSTICAS: Delacroix, Thurner, Géricault, G. D. Friedrich, Daumier, Constable, etc.
·  MÚSICA Y ÓPERA: Beethoven, Schubert, Mendelsohn, Schumann, Brhams, Berlioz, Wagner, Offenbah, Bizet, Rossini, Donizetti Glinka Liszt, Bellini, Weber, Mérimée,  Verdi, Chopin, etc.

 LA ESTÉTICA ROMÁNTICA: la literatura

Los elementos más característicos de la literatura romántica son, en general:
·  Concepción individualista del arte: ello lleva a que todo objeto artístico -los textos literarios, por ejemplo- estén fuertemente teñidos de subjetividad. El arte se convierte en el contexto de la liberación subjetiva del “yo” romántico.
·  De ahí, por consiguiente, que la literatura romántica sea, primordialmente, sentimental y/o apasionada. El arte como expresión de la vida interior del individuo. Literatura, pues, exhibicionista, impúdica. En este sentido, los sentimientos mostrados suelen ser negativos: el artista romántico expresa la imposibilidad de vivir su ideal en el presente. La existencia entonces pierde valor y aparece el deseo de morir, la melancolía, la soledad, etc.
·  La otra gran tendencia temática de la literatura romántica es la historicista: el romántico escribe, preferentemente sobre la historia de su propio país -la Edad Media y el s. XVII sobre todo-. Se suele ver en ello una especie de “escapismo” del artista frente al desagradable presente. En este sentido, los hechos históricos forman el telón de fondo de la historia, lo que da mayor verosimilitud a la trama argumental propiamente. El pasado se enfoca a menudo como un tiempo en el que valores como el honor, etc., tenían vigencia. La temática historicista se desarrolló en la poesía narrativa y, sobre todo, en la novela: la llamada “novela histórica” es una forma narrativa originada en esta época.
·  Tendencia a la irracionalidad: ya que se trata de expresar la interioridad del “yo”, se acepta que esa vida interior (pasiones, sueños, fantasías, sentimientos, etc.) nunca está regidas por la razón.
·  El siguiente paso, dentro de esta tendencia, será dado, ya en pleno siglo XX, por los surrealistas: mientras que el escritor romántico expresa lo iracional-subjetivo de forma racional, (en lo que respecta a la expresión lingüística, se entiende) aquéllos lo harán con un lenguaje pretendidamente irracional[2]. La consecuencia que se deriva de ello afecta al la “implicación” del lector en la recepción, comprensión e interpretación del texto literario: un texto de la época romántica suele exigir un “esfuerzo” lector mucho menor que un texto surrealista.
·  El escritor romántico intenta expresar de forma inteligible lo que, en suma, es irracional. De ahí que un motivo recurrente en la literatura romántica sea la incapacidad expresiva de las palabras, sobre todo en el caso de la poesía (Bécquer, Espronceda, etc.)
·  La incapacidad del lenguaje para expresar la subjetividad del artista suele ser, en si mismo, un tema típico de la literatura romántica.
·  Como las palabras son un mecanismo expresivo insuficiente o inexacto, el artista romántico recurre frecuentemente a los símbolos: la luna, el mar, las cumbres montañosas, la noche, el silencio, las ruinas, etc., son los más frecuentes.
·  El uso de este tipo de símbolos hace que el arte romántica manifieste una fuerte tendencia al paisajismo. Pero el paisaje no es sólo una referencia a la realidad circundante, sino que, sobre todo, se traza un correlato subjetivo entre éste y los sentimientos que el artista intenta comunicar/expresar. El entorno, el mundo, la realidad tienen siempre un significado oculto.
·  La estética romántica se fundamente en la “inspiración” del artista, un “ego” superior que tiene en ciertos momentos un conocimiento “mágico” de la realidad que es inalcanzable para los demás. Elitismo.
·  Formalmente, la estética romántica es iconoclasta; es decir, tiende siempre a la innovación y la ruptura de las tradiciones y convenciones del pasado (en especial las de las preceptivas artístico-literarias del s. XVIII): se trata, en todo caso, de proyectar el espíritu del artista en la materia y la forma del objeto artístico. Así se tiende a mezclar en el teatro verso y prosa, lo trágico y lo dramático; en la poesía aparece el poema narrativo que se confunde muchas veces con el relato breve, dando lugar a la “leyenda”; etc.
Muchos de estos elementos, innovadores en su gran mayoría respecto a la tradición literaria inmediata, han sido reivindicados y utilizados después (el Modernismo en España, el Simbolismo de principios de siglo en Francia, el Surrealismo, por ejemplo).
 

EL CONTENIDO DE ESTA SECCIÓN ES UNA ADAPTACIÓN DE

http://www.desocupadolector.net/apuntes/cosmovrom.htm

Y DE

http://www.desocupadolector.net/apuntes/estetrom.htm

 

BIBLIOGRAFÍA

¨Abrams, M. H., El Romanticismo: tradición y revolución, Visor, Madrid, 1992.

¨Bloom, H., "The internalization o Quest-Romance", en Romanticism and Conciousness, New York, Norton, 1970.

¨Bowra, C. M., La Imaginación romántica, Taurus, Madrid, 1972.

¨Béguin, A., El alma romántica y el sueño, Fonde de Cultura Económica, Madrid, 1993.

¨Gras Balaguer, M., El Romanticismo, Montesinos, Barcelona, 1988.

Contexto histórico del romanticismo español
También en España el surgimiento del movimiento del romanticismo literario estuvo fuertemente vinculado a la evolución de los sucesos históricos, y especialmente al surgimiento del nacionalismo como un fenómeno político occidental preponderante en el Siglo XIX.
Como en muchos otros componentes de la historia de la España moderna, el surgimiento del romanticismo español, se vincula fuertemente con la caída de Napoléon luego de su derrota en Waterloo; y la evolución de la sociedad española luego de la desaparición del gobierno impuesto en la península ibérica por las invasiones napoleónicas.
Las Revoluciones Francesa y Norteamericana de fines del Siglo XVIII, impulsaron el surgimiento de corrientes de pensamiento liberal, republicano y antimonárquico en casi toda Europa. Por otra parte, la oposición al bonapartismo y a las ideas republicanas, estuvo dirigida por la Santa Alianza, que apoyó a los monarcas absolutistas en los principales Estados europeos.

Cuando en 1833 muere el Rey Fernando VII, que a pesar de haberse aprobado una Constitución de Cádiz en 1812 había restablecido la monarquía absolutista, estalló en España la primera de las Guerras Carlistas, en que luego de 7 años los partidarios de que ascendiera al trono español el hermano del rey, fueron derrotados por los partidarios de Isabel, hija de Fernando VII.
A la derrota de los Carlistas siguió una etapa de gran inestabilidad política, pautada por una fuerte corriente antimonáquica que desembocó en la revolución de 1868 que dejó al General Prim como hombre fuerte. Luego de dos años de una inestable monarquía bajo el reinado de Amadeo I de Saboya, sobrevino la Primera República, que no alcanzó a durar un año; y que fue seguida por otro gobierno revolucionario encabezado por el Gral. Serrano.
Asesinado Prim en 1871, el gobierno pro-monárquico de Cánovas del Castillo restableció la monarquía proclamándose rey en 1874 a Alfonso XII, hijo de Isabel y nieto de Fernando VII. La situación militar internacional de España fue altamente negativa, debiendo enfrentar la Guerra de Cuba con EE.U. y la de las Filipinas, ambas perdidas en 1898.
Cabe considerar que los comienzos del romanticismo español lo constituyen los poemas escritos hacia 1823 por José Joaquín de Mora, por entonces desterrado en Londres; a quien se señala como uno de los tres impulsores iniciales del romanticismo, conjuntamente con Alcalá Galiano y Blanco White.

A la muerte de Fernando VII retornaron a España un grupo de políticos e intelectuales liberales, y comenzó a publicarse en Madrid una revista literaria de orientación romántica, llamada “El Europeo” en que aparecen, entre otras, las obras de Mariano José de Larra. En los años de 1830 y 1840 aparecen las principales obras clásicas del período inicial del romanticismo español, especialmente las de Zorrilla, Espronceda, Bretón de los Herreros, Mesonero Romanos. Poco después aparecen las obras de Bécquer, la gallega Rosalía de Castro, de Miguel de Campoamor y de Núñez de Arce.
El período de oro del romanticismo español se prolonga hasta la época de publicación del célebre “Don Juan Tenorio”, de José Zorrilla, aparecido en 1844; pero indudablemente, los factores esenciales del movimiento romántico permanecen firmemente arraigados, y en alguna medida, se manifiestan en buena parte de la literatura posterior.

La generación romántica
Los años gloriosos del romanticismo español van de 1834 a 1844. Con la muerte de Fernando VII acaba el absolutismo y madura un depósito de ideas que han ido introduciéndose en España desde 1800 por lo menos. En una década el romanticismo transforma el panorama cultural, social y político español. Se inicia con una obra de teatro, La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa, y acaba con Don Juan Tenorio de Zorrilla. Entre estas dos fechas escriben Larra, Espronceda, Zorrilla, etc.
E. Allison Peersadmite la existencia de una generación romántica, pero niega que hayan tenido conciencia de grupo con una intenciones, unos objetivos determinados y una estrategia para lograrlos. Por eso lo ve como un movimiento con escasa vitalidad.
Ricardo Navassitúa el fin del neoclasicismo hacia 1830; el romanticismo entre 1830-50; el postromanticismo entre 1850-75; y el realismo entre 1875-98.
La generación romántica incluye el grupo de los "viejos", nacidos antes de 1800 (Martínez de la Rosa, Duque de Rivas, Fernán Caballero, Bretón de los Herreros, etc.); y el de los "jóvenes", nacidos entre 1800-1810: Larra, Espronceda, Gil y Carrasco, Arolas, Ventura de la Vega, etc.
Los primeros son los hombres de las Cortes de Cádiz, responsables de la Constitución de 1812. Comenzaron su carrera como neoclásicos y se hicieron románticos en la emigración. Introducen el romanticismo en España.
Los segundos todavía reciben la educación neoclásica del buen gusto y la moderación, pero son liberales entusiastas y llevan al romanticismo el entusiasmo juvenil y el ardor. Los mejores murieron temprano, como Larra y Espronceda.
También puede hablarse de un tercer grupo, los nacidos entre 1810-20. Se educan en pleno fervor romántico y admiran a Larra y Espronceda. Son favorables a un orden estable, buscan un romanticismo menos agresivo, más histórico y tradicional, más conservador. Han vivido las guerras carlistas y las luchas entre moderados y progresistas. Adolecen de un cierto desencanto por las ideas radicales. Son los Zorrilla, Campoamor, etc.
Aunque les separan treinta años a unos de otros, aunque cada uno hizo una literatura con matices propios, aunque no hubo un líder claro (casi lo fue Espronceda), es evidente que llevaron a cabo una transformación importante en la sociedad y en la literatura.

EL ROMANTICISMO ESPAÑOL: HISTORIA

1.Los orígenes

La polémica Böhl de Faber-Mora: Aunque antes de 1814 ya habían penetrado en la península algunos elementos románticos como el ossianismo, el mal del siglo o la sensibilidad ante la naturaleza, es ese año el que marca el primer paso firme hacia el nuevo movimiento con la polémica sostenida entre Böhl, alemán establecido en Cádiz, y Mora, ilustrado. El alemán defendía a Calderón de la Barca y el romanticismo, mientras Mora se le oponía en nombre del buen gusto y del arte clásico. Es la primera escaramuza entre clásicos y románticos.
El Trienio liberal (1820-23): España volvió en 1820 al liberalismo por tres años. En tan corto espacio de libertad aparecieron tres hitos románticos: Mis ratos perdidos (1822) de Mesonero Romanos, primera manifestación del costumbrismo; El Europeo (1823-24), periódico cultural con colaboradores españoles, ingleses e italianos: intento cosmopolita de difusión de los grandes autores románticos, de sus doctrinas y de la vida literaria europea. Y, finalmente, la primera novela histórica original española, Ramiro, conde de Lucena (1823), de Humara y Salamanca, que incorpora rasgos típicamente románticos como el medievalismo, el orientalismo árabe y el sentimentalismo.
La década ominosa (1824-1833): El recrudecimiento del absolutismo borbónico frenó el desarrollo del romanticismo. Con la censura y la falta de libertad rebrota el neoclasicismo y muchos liberales se ven forzados a emigrar a París o Londres, donde se convierten en románticos y contribuyen, al volver a la muerte del rey, al triunfo del romanticismo en España.
Dentro del país aumentan las traducciones de Byron, Scott y otros románticos gracias al editor valenciano Cabrerizo y al barcelonés Bergnes de las Casas. Larra publica sus periódicos costumbristas a partir de 1828, y en Barcelona aparece El Vapor, que reúne a los románticos catalanes y en donde se publica la "Oda a la Patria" de Aribau.
Es tiempo de sociedades y tertulias, como la liberal "Los numantinos", en la que Espronceda y sus amigos hacían política liberal y exaltada. En torno a una mesa del Café del Príncipe se formó en 1829 la importante tertulia romántica El Parnasillo.
En 1828 publica Agustín Durán su Discurso, donde defiende el teatro antiguo español frente a las descalificaciones clasicistas con criterios románticos. Publicó, asimismo, sus importantes Romanceros populares antiguos.
En 1829, Donoso Cortés pronunció un Discurso de apertura en el Colegio de Humanidades de Cáceres, defendiendo al romanticismo como esencia europea frente al clasicismo.
En 1830 publica Ramón López Soler Los bandos de Castilla, imitación de Scott y continuadora de la novela histórica autóctona. Martínez de la Rosa estrena Abén Humeya en París y publica La conjuración de Venecia con unos Apuntes sobre el drama histórico, que va abriendo paso al género histórico en el teatro.
Se dan a conocer a partir de 1828 los costumbristas Larra, Mesonero y Estébanez Calderón e impulsan el género.
Comienza la reivindicación de las lenguas y culturas catalana y gallega.
2.El triunfo romántico

Para Peers no hubo tal: el romanticismo duró apenas diez años. Apareció con Don Álvaro y terminó con Don Juan. Le sucedió un eclecticismo que seleccionaba lo bueno de ambos bandos (clásicos y románticos) y entronizaba el justo medio.
Pero la generación romántica cambió, en diez años, el panorama cultural y literario español. Acabó con las reglas clasicistas y el afrancesamiento, impuso la libertad expresiva. Larra, Espronceda, Rivas o Zorrilla son los padres de la modernidad literaria española.
Poco público lector y la pervivencia de la censura hacen difícil la vida del escritor. A diferencia de París o Londres, era muy complicado vivir exclusivamente de la pluma, y el escritor tenía que combinar su oficio literario con el periódico, el empleo público o la política. La literatura, las letras, frecuentemente no eran sino un medio para conseguir destinos más jugosos. No fue posible, en general, el escritor puro, independiente, como Larra, Zorrilla o Espronceda. Y la literatura se tornó acomodaticia tras el triunfo del liberalismo.
El pensamiento y la literatura gozó de gran prestigio social durante el romanticismo. A ello contribuyeron en Madrid dos instituciones creadas por entonces: el Ateneo (1835) y el Liceo (1837). Ambos centros culturales difundieron las más novedosas ideas y fueron ejemplo de tolerancia ideológica.
Las disputas entre clásicos y románticos se agudizaron a partir de 1833. En 1834, además del estreno de Macías, de Larra, y de La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas publicó El moro expósito con un prólogo de Alcalá Galiano que pasa por ser un manifiesto romántico.
El estreno de Don Álvaro en 1835 desató una enconada reacción por parte de los clasicistas, que atacaron la obra. Los románticos contaban con una revista militante fundada en 1835, El Artista, desde la que defendieron el teatro romántico y atacaron a los clasicistas. Espronceda publicó en él su celebrada sátira "El pastor clasiquino".
Los clasicistas achacaban al romanticismo su inmoralidad, y poco a poco los románticos, ya en el poder, fueron moderándose, como demuestra la revista No me olvides, continuadora de El Artista, donde colaboran Zorrilla, Hartzenbusch y Campoamor. Donoso Cortés intenta conciliar ambas tendencias, lo que fue difícil, como evidencian los nuevos ataques de Lista a los románticos.
Contra los excesos románticos proliferaron también famosas sátiras como las de Larra ("El casarse pronto y mal"), Gorostiza ("Contigo pan y cebolla"), Bretón de los Herreros ("Todo es farsa en este mundo") y Mesonero Romanos ("El romanticismo y los románticos"). Se satiriza al romántico tal y como la moda lo había caracterizado: melenudo, ojeroso, pálido, leyendo versos a la luna.
El romanticismo reaccionó contra la rígida separación de géneros clasicista en nombre de la libertad y la naturalidad. Se proclamó el derecho a mezclar los géneros y se negaron las reglas que querían encauzar el genio. Se consagró el relativismo como principio fundamental de la creación literaria. En el teatro se puso de moda el drama, en el que se funden elementos trágicos y cómicos; se toleró en él la poesía lírica; se mezcló prosa y verso y sólo solía respetarse la unidad de acción. En poesía se mezcló también el tono serio con el festivo, introduciendo la ironía como recurso apto para expresar el desengaño romántico. Se experimentó con la métrica y se aceptaron todo tipo de palabras, incluso las consideradas antipoéticas o vulgares. Espronceda cultivó el diálogo dramático en sus poemas narrativos, y sus héroes épicos ya no tenían por qué ser aristócratas: podían pertenecer al pueblo.
Los románticos inventaron el fragmento, expansión espontánea del alma del artista desgajada de todo cuerpo unitario.

EL ROMANTICISMO TARDÍO

Década de los años 60. Últimos años del reinado de Isabel II. Gobierno de González Bravo. Años pre-revolucionarios. 1868: Sexenio Revolucionario. Amadeo I de Saboya. I República Española. Restauración borbónica: Alfonso XII.
Son los años de G. A. Bécquer. Rosalía de Castro. Últimas obras de Zorrilla. Años iniciales del “Realismo” (novela).

El teatro romántico

Varios ingenios del periodo romántico cultivaron la comedia moratiniana de costumbres. Fue Bretón de los Herreros el mejor, junto a Gil y Zárate, Ventura de la Vega, etc. Éste último la transformó con resortes románticos, la situó en esferas sociales elevadas y así creó la "alta comedia" con El hombre de mundo (1845).
Sobrevivió el melodrama dieciochesco (La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa) y se cultivó la tragedia, la comedia ligera o vaudeville (Scribe) y la comedia de magia, de inmenso éxito (La pata de cabra, de Grimaldi).
El drama romántico trajo la novedad de intentar ser un drama natural y no artificial, verdadero, reflejo de la vida. Un drama que quiso ser guía social, defendiendo la libertad y la autenticidad, comprometido con los derechos del hombre, dispuesto a establecer la conciencia del individuo por encima de leyes escritas. El drama romántico fue eminentemente social, enraizado en los conflictos de su tiempo, ante los cuales asumió una actitud. Contrastó la estructura social existente con los principios nuevos en busca de un mundo mejor, más feliz. Normalmente condenó a la sociedad española arcaica, conservadora.
Defendieron la libertad frente a la represión tiránica obras como La conjuración de Venecia (1834) de Martínez de la Rosa, Simón Bocanegra (1843) de García Gutiérrez y Juan Lorenzo (1865), del mismo autor.
La lucha de clases, la brutalidad de las dominantes y la opresión sobre los débiles son temas tratados en Dón Álvaro (1835) de Rivas y El trovador (1836) de García Gutiérrez.
Se proclama la primacía del individuo sobre los códigos morales en Macías (1834) de Larra, Los amantes de Teruel (1837) de Hartzenbusch o Don Juan Tenorio (1844) de Zorrilla.
Todo ello desató la enemiga de los sectores conservadores, que veían estos personajes e ideas como horrendos y monstruosos.
Este teatro social fue, sin embargo, historicista. Lejos de la vida coetánea, al pasado llevaron los problemas y desde él analizaron el presente. Se trata, pues, de un drama histórico. Pero la Historia no les interesó demasiado en sí misma, sino como lección relacionada con temas aplicables al presente.
Vacilaron los románticos entre el empleo del verso o la prosa en sus dramas históricos. Se impuso la solución usada en Don Álvaro de mezclar verso y prosa, como en Shakespeare.

El drama romántico tuvo su vigencia entre 1834-1844, y su triunfo ocasionó reacciones adversas literarias, por no ajustarse a las reglas, y sociales, por propagar ideas disolventes. Se criticaba, sobre todo, la influencia dañina francesa de Hugo y Dumas, a quienes se traducía.
Se abogó por un teatro nacional que estudiara las costumbres del dia y no la historia pasada. Es la dirección que inauguró Ventura de la Vega con El hombre de mundo. La "alta comedia" discutía problemas actuales sin ropajes historicistas. En conclusión, el drama romántico transformó la escena española y se recicló en la "alta comedia".

La poesía romántica

La lírica romántica desterró el amaneramiento y superficialidad de la poesía neoclásica. El poeta podía dejar volar libremente su fantasía sin sujetarse a modelos ni normas, buscando tan sólo la expresión auténtica de su alma, sus sentimientos más sinceros. Lo importante era ser original y dejarse llevar por la inspiración y no imitar o elaborar trabajosamente las formas.
El Yo halló en la poesía el cauce ideal para desnudarse sentimentalmente en un neurótico exhibicionismo: hablar de sí mismo, de sus ilusiones, amores; o proyectándose hacia los demás, de su compasión por los oprimidos, de sus preocupaciones políticas, de su visión de un mundo en libertad.
Surgió una poesía subjetiva amorosa, moral y social. La intimidad se enfatiza, se habla a gritos, con una excesiva retórica. Pocos pulsaron la cuerda del intimismo menor, tal vez Gil y Carrasco y, después, Bécquer y Rosalía.
1840 es el año excepcional: Poesías de Espronceda, Ternezas y flores de Campoamor, Poesías de Pastor Díaz, Poesías caballerescas y orientales de Arolas. En 1841: Poesías de Gómez de Avellaneda. Después vendría Zorrilla.
Abundó la poesía satírica y festiva en autores como Martínez Villergas. Floreció la poesía narrativa en consonancia con la revitalización del Romancero antiguo: El estudiante de Salamanca y El diablo mundo de Espronceda, los Cantos del trovador de Zorrilla y los Romances históricos del Duque de Rivas. Son poemas largos y filosóficos o cortos (romances, leyendas o cuentos). La leyenda la practicó Zorrilla en sus Cantos del trovador. Vagamente histórica, a veces inventada, por lo general se centra en tradiciones folclóricas o literarias ligadas a lugares famosos, mezclando historia y fantasía, usando lo maravilloso y lo misterioso, el milagro y lo sobrenatural, etc.
La poesía romántica, al expresar un ideal y un mundo interior se pobló de símbolos para expresar el misterio, la melancolía y el amor imposible. Símbolos muchas veces tomados de la Naturaleza, como las hojas caídas (desilusión). Además, el colorido descriptivo exigió un lenguaje sonoro, musical y pictórico.
Desaparece la mitología clasicistas y aparece la nórdica (sílfides, walkirias) ossianica.
El romanticismo propugnó utilizar todas las variaciones métricas existentes. La polimetría fue práctica frecuente, como las escalas ascendentes y descendentes de Espronceda. Los románticos liberaron a la poesía de las limitaciones preceptistas. Abundó la silva, el endecasílabo agudo, la octava real, el terceto en la epístolas y la lira. La estrofa más popular fue el cuarteto y el verso octosílabo cobró vigencia junto a la redondilla y la quintilla del teatro. Espronceda popularizó la octavilla aguda en la Canción del pirata.

La novela

El romanticismo puso de moda la novela histórica y la novela social o de costumbres, en la línea de Scott, Hugo y Dumas. Como Sancho Saldaña de Espronceda y El doncel de Don Enrique el doliente de Larra en 1834. El Señor de Bembibre de Gil y Carrasco en 1844, y muchas más: Navarro Villoslada, García de Villalta, Escosura, Estébanez, etc.
Son novelas ambientadas en la Edad Media, melodramáticas, como las de Scott, novelista muy admirado en España. Las hay superficialmente históricas y comprometidas, que buscan iluminar el presente a través de ejemplos pasados.
Se cultivó el regionalismo novelesco, buscando una identidad perdida y una exaltación de la historia local, como en los casos de Cortada, López Soler, Gil y Carrasco y Navarro Villoslada.
La novela social y de costumbres se inicia en la década de 1840, sobre la base de traducciones de Balzac, Dumas, Sand o Sue. El gran novelista social español fue Ayguals de Izco, introductor de Sue, preocupado por los problemas de la clase obrera. Popularizó la novela folletín o por entregas, hoy llamada folletinesca, melodramática, cuyos temas eran históricos, obreristas y sexuales. Su novela más conocida fue María o la hija de un jornalero (1845), cuya protagonista es acosada por un clérigo y un noble.

El Costumbrismo

Entre 1820-1830 sobresalen Larra, Mesonero y Estébanez en revistas y periódicos. Publican sus Artículos (Larra, 1835-37), Panorama matritense (Mesonero, 1835) y Escenas andaluzas (Estébanez, 1846). A ellos se suman otros escritores: Antonio Flores, Modesto Lafuente, etc. Y un libro colectivo: Los españoles pintados por sí mismos, de 1834-44.
Por un lado los costumbristas pretendían salvar un mundo que se iba, el alma castiza de la nación. Por otro, testimoniar un mundo cambiante y defender a España de la visión de los extranjeros, algo deformada, con una descripción de sus tipos y costumbres realista. También censurar los defectos de la sociedad española. Larra era crítico profundo y Mesonero más superficial.
La importancia del costumbrismo romántico fue grande. Con sus métodos de observación y análisis de la realidad abrió el camino a la novela realista.
BIBLIOGRAFÍA

¨Juan Luis Alborg, Historia de la Literatura Española. El Romanticismo, Madrid, Gredos, 1980.
¨Víctor García de la Concha, Historia de la Literatura Española. El Siglo XIX (I), Madrid, Espasa Calpe, 1998.
¨Susan Kirkpatrick, Las Románticas, Castalia, Madrid, 1991.
¨Vicente Llorens, El romanticismo español, Madrid, Fundación Juan March, Castalia, 1983.
¨Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Madrid, Cátedra, 1982.
¨E. Allison Peers, Historia del movimiento romántico en España, Gredos, Madrid, 1954, 2 vols.
¨Leonardo Romero Tobar, Panorama crítico del romanticismo español, Madrid, Castalia, 1994. 

AUTORES DEL ROMANTICISMO ESPAÑOL

1.- MARIANO JOSÉ DE LARRA

Mariano José de Larra nació en Madrid en 1809, pero se trasladó a Francia en 1813. Su familia se exilió allí con motivo del trabajo del padre como médico en el ejército francés de José Bonaparte. En 1818 Larra volvió con sus padres a España; estudió Derecho en Valladolid y Medicina en Valencia. A los 19 años abandonó los estudios para dedicarse al periodismo.
Larra se casó con Josefina Wetoret en 1829. Este matrimonio duró poco y terminó en separación en 1834. Larra mantuvo unas relaciones amorosas con Dolores Armijo que duraron hasta el final de su vida. En 1836 fue elegido diputado por Ávila, aunque las elecciones se anularon en toda España tras el motín de los Sargentos de la Granja ocurrido en ese mismo año. Larra se suicidó de un pistoletazo en febrero de 1837, muy poco después de escribir su famoso artículo "La Nochebuena de 1836" y tras el desengaño producido por la ruptura con Dolores. Otro posible motivo del suicidio fue el desespero que sentía Larra frente al fracaso de las ideas liberales en el ámbito político de la época.
Obra literaria y periodística:
 Como muchos autores románticos, Larra combinó sus actividades periodísticas y literarias con su interés en la política. Fue un escritor comprometido en el sentido más moderno del término. La literatura para Larra era un instrumento del progreso humano. Junto con Goya, Larra representa el paso del neoclasicismo al romanticismo, y pueden considerarse como iniciadores del arte moderno en España.
Larra cultivaba diferentes géneros literarios, pero es más conocido por sus artículos periodísticos publicados bajo el seudónimo de Fígaro o el de El pobrecito hablador. Su actividad periodística puede clasificarse en artículos de costumbres, artículos literarios y artículos políticos.
En sus artículos de costumbres, Larra adopta las formas costumbristas, dotándoles de una nueva perspectiva moral y reformadora. El propósito de Larra en estos artículos es proponer el cambio social e individual. Utilizaba la sátira para retratar los diferentes defectos que observaba, pero siempre con un afán didáctico y reformador. Sus ideas liberales se observan en los artículos de asunto político en los que defiende el progreso y la tolerancia, y critica el conservadurismo y el absolutismo. Era un defensor incansable de la libertad. Su crítica más violenta iba dirigida contra el absolutismo del gobierno de Fernando VII y los carlistas, que representaba los males que amenazaban a la patria: el fanatismo, la ignorancia y el inmovilismo. Debido a su acérrimo espíritu independiente Larra criticaba también unos aspectos de los gobiernos liberales.
En los artículos literarios, Larra se centraba en la crítica teatral. Autor de un drama romántico original, Macías,y de varias adaptaciones de dramas franceses, Larra era también crítico teatral en la prensa.
Los artículos más conocidos de Larra son "Vuelva usted mañana," "El casarse pronto y mal," "La Nochebuena de 1836," "El castellano viejo," "Yo quiero ser cómico," "Modos de vivir que no dan de vivir," "El café," "Literatura," "Lo que no se puede decir, no se debe decir."
Además de su prolija producción periodística, Larra era autor de poemas, dramas y novelas. Por lo general sus versos son de estilo neoclásico y representan los ideales de la Ilustración. Lara dejó unos poemas amorosos dedicados a Dolores Armijo. Su novela histórica, El doncel de don Enrique el Doliente, es un modelo de este género. El protagonista de la novela aparece también en el drama Macías, y representa la figura de un trovador medieval, ejemplo y modelo de enamorados.
Otros autores contemporáneos a Larra y con quienes comparte el arte costumbrista son Ramón de Mesonero Romanos (Escenas matritenses, 1832-42) y Serafín Estébanez Calderón (Escenas andaluzas, 1847)
 Con el tiempo Larra se ha convertido en uno de los escritores españoles más recordados y reivindicados por diferentes autores, grupos o generaciones futuras: Galdós, “Clarín”, muchos escritores de la “Generación del 98”, etc.
Las conclusiones más importantes que pueden hacerse de un autor como éste son las siguientes:
1.- Larra escribió siempre bajo un pseudónimo: los posibles problemas con la censura fueron una causa de ello, pero también la voluntad de representar bajo la “máscara” las estilizaciones de su espíritu e intenciones. El pseudónimo en Larra es siempre la representación de la personalidad desde la que se quiere escribir, analizar y opinar sobre la realidad social.
2.- Larra fue el primer escritor que, de modo explícito, defendió la libertad y la independencia ideológica del escritor en España.
3.- En sus etapas finales Larra representa claramente al “escritor asalariado” burgués que, desde su independencia total, escribe a cambio de dinero.
4.- Frente a otros autores costumbristas de la época (Mesonero Romanos o Estébanez Calderón, por ejemplo) Larra representa una visión de la realidad social española crítica y progresista: la realidad no es un fin en si mismo ni algo que haya que perpetuar; la realidad es algo que hay que transformar constantemente para mejorarla. En su caso, esa voluntad de transformar la España de la época se dio desde la ideología liberal burguesa (bien desde el progresismo, bien desde el moderantismo).
5.- Por su vocación de incidencia en el entorno social para cambiarlo de acuerdo con unos intereses de clase media, por su profesionalización absoluta, por sus vaivenes ideológicos y por su fracaso final, Larra es la mejor expresión del Romanticismo español (burgués y liberal, como ya se ha dicho) de la primera mitad del s. XIX.
Bibliografía selecta sobre Larra:
 Bautista Moreno, Rafael. Larra.Madrid, Espasa-Calpe, 1951
Benítez, Rubén, ed. Mariano José de Larra. Madrid: Taurus, 1979.
Escobar, José. Los orígenes de la obra de Larra. [Madrid] Prensa Española, 1973.
Kirkpatrick, Susan. Larra: el laberinto inextricable de un romántico liberal. Madrid: Gredos, 1977
Lorenzo-Rivero, Luis. Estudios sobre Mariano José de Larra. Madrid: J. Porrúa Turanzas, 1986
Rosenberg, John, R., ed. Resonancias Románticas: Evocaciones del Romanticismo Hispánico en el sesquicentenario de la muerte de Mariano José de Larra. Madrid: José Porrúa Turanzas, 1988
Servodidio, Joseph V. Los artículos de Mariano José de Larra : una crónica de cambio social. New York : E. Torres & Sons, 1976.
 Umbral, Francisco. Larra: anatomía de un dandy. Madrid : Biblioteca Nueva, 1976.
Varela, José Luis. Larra y España. Madrid: Espasa-Calpe, 1983.

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2.- LA POESÍA ROMÁNTICA ESPAÑOLA: autores más importantes

En general, puede decirse que la poesía romántica (el género más típico de esta época) está bastante mal conocida. La causa principal estriba en que se conoce sólo una serie de autores muy pequeña, olvidándose otros como Escosura, Gª Tassara, N. P. Díaz, C. Coronado, el padre Arolas, Gil y Carrasco, P. Piferrer, Alcalá Galiano, Bermúdez de Castro,  M. Bretón de los Herreros, S. Estébanez Calderón, A. Gil y Zárate, G. Gómez de Avellaneda, J. J. de Mora, M. Milà i Fontanals, Fco. Navarro Villoslada, A. Ros de Olano, Ventura de la Vega, etc.
Por otra parte, al hablar de poesía romántica se suele hacer referencia a dos autores -Bécquer y Rosalía de Castro- que pertenecen a otro momento histórico y cuyo romanticismo es, en todo caso, bastante “tardío” (la década de los 60 y los 70).
Con todo, los poetas “románticos” más conocidos -por unas u otras causas- son éstos: Martínez de la Rosa (1787-1862)
Más que la de escritor, la faceta que más destacó durante toda su vida fue la política: nacido en una familia de la alta burguesía y educado en el depotismo ilustrado, mantuvo siempre un gran desprecio hacia los sectores populares de la sociedad española. Básicamente fue un liberal moderado. Fue amigo de Mora, Alcalá Galiano, Rivas, Quintana y Gallego.
Participó activamente en la Guerra de la Independencia y fue diputado en las Cortes (1813). Empeñado después en que Fernando VII acatar la constitución liberal fue encarcelado y desterrado a La Gomera (1815-20) para regresar a Madrid tras el triunfo de Riego. Sufrió varios atentados y fue jefe de gobierno en 1822 -llamado por los romántico más jóvenes y progresistas “Rosita la pastelera”-. Fue de nuevo desterrado tras la intervención de la Santa Alianza y viajo por Italia y Francia, donde se hizo gran amigo de Balzac. Amnistiado por la regente Mª Cristina, volvió a formar gobierno (1834-35). Se opuso a Mendizábal, fue jefe del Partido Moderado (1837-39) y director de la R.A.E.L. (1839). Nuevamente exiliado (1840-43), llegó a ser embajador en París y ministro con Narváez gestionando internacionalmente el reconocimiento de Isabel II.
Como poeta fue bastante mediocre, anclado aún en un poesía de finalidad didáctica (Neoclasicismo) patriótica y filosófica: El libro de los niños”, “Zaragoza, El recuerdo de la patria, La tormenta, La vuelta a la patria” y “Epístola” son algunos ejemplos.
Duque de Rivas (1791-1865)
Ángel de Saavedra, cordobés y de familia noble, fue educado a la francesa y participó activamente con Alcalá Galiano en los acontecimientos políticos españoles desde los últimos años de Carlos IV. Fue desterrado (Londres y Malta) en 1823 por Fernando VII. A su regreso participó en el gobierno de Istúriz, evolucionando desde el liberalismo progresista al moderantismo. Su secretario particular era Juan Valera.
Como poeta destacan sus poemas épico-narrativos El moro expósito (París, 1834) con un prólogo de Alcalá Galiano que se considera uno de los manifiestos del romanticismo español, Romances históricos (París, 1841).
Las características más importantes de sus poemas son:
·  Polimetría
·  Temas históricos y patrióticos (relacionados muchas veces con personajes de su propia familia)
·  Tonalidad descriptiva (gran afición del autor por la pintura) y narrativa
·  Fragmentarismo
Este tipo de poesía, de gran éxito en la época contacta con la tradición española de los Romanceros medievales.
José de Espronceda (1808-1842)

Educado por A. Lista en Madrid, fundó de muy joven la “Academia de los Numantinos” con Escosura y Ventura de la Vega con la finalidad de luchar por las libertades cívicas a raíz del fusilamiento de riego. Fue por ello condenado a prisión. Se exilió en 1827 (Lisboa, Bruselas, París). Luchó en las barricadas parisinas en 1830 y residió después en Londres, donde inició sus relaciones amorosas con “Teresa”. Regresa a España con la amnistía (1833) y tuvo varios problemas con la justicia por editar “versos subversivos”.
Pertenece a la “2ª generación romántica” (los escritores más jóvenes). En 1835 es ya muy famoso por sus versos y su vida bohemia (mujeres, duelos, etc.). Escribe en diferentes periódicos (algunas veces junto a su amigo Larra) y se enfrenta al gobierno de Toreno. Se presentó a las elecciones (junto a Larra) con Istúriz. Su trayectoria ideológica fue radicalizándose de forma progresiva y tuvo a Byron como prototipo y héroe a imitar. Criticó duramente a la regente Mª Cristina y se declaró finalmente republicano (diputado en 1842). Por sus textos y por su forma de vida se le conoció como “el Byron español”.
Sus textos poéticos más importantes fueron El Pelayo (1834), El estudiante de Salamanca (1836), La Alhambra (1839), Poesías (1840) y El diablo mundo (1841). En ellos parece evidente la influencia de Lord Byron: escepticismo ante el cristianismo, pesimismo vital, desprecio por la sociedad, liberalismo a ultranza, desorden en los textos literarios, exhibicionismo del “yo” constante, etc. Temáticamente, la variedad es lo más característico de su producción poética: protesta social, intimidad y sentimentalismo, denuncia de acontecimientos políticos del presente, lamento por la juventud perdida, medievalismo, orientalismo, etc. Además, en sus poemas se advierte una fuerte tendencia a la dramatización.
En definitiva, Espronceda se convirtió en el ejemplo más aproximado al “héroe romántico” en España como ser humano y como artista. Además de su coherencia ideológica (en él no se da el paso del progresismo al moderantismo, sino que el progresismo se va radicalizando cada vez más, como en el caso de su amigo Larra), algunos de sus poemas breves pasan por ser el ejemplo más claro de la poesía romántica en España: “Canción del pirata, El mendigo, El verdugo, El cosaco, El reo de muerte, Canto a Teresa, A Jarifa en una orgía, etc. (de los dos últimos se ha dicho que son los mejores poemas de amor escritos en español en todo el s. XIX). Además realizó la más radical y profunda renovación del lenguaje poético en España: todo tipo de rupturas métricas, utilización de un lenguaje exaltado, de gran expresividad (Espronceda nunca sugiere sino que explicita claramente aquello que quiere decir).

Bibliografía: 

¨Morrast, Robert “Jose Espronceda y su tiempo, literatura, política y sociedad en los tiempos del romanticismo” Espasa Calpe.
¨Marrast Robert “Poesías líricas de Espronceda” Castalia
¨Casalduero Joaquín “Espronceda”Gredos 1961
¨Carnero Guillermo “Espronceda “Madrid, Jucar 1974

José Zorrilla (1817-1893)

Criado y educado en una familia de rígidos principios absolutistas y carlistas se dio a conocer en público al leer algunas composiciones suyas en homenaje al suicida Larra (1837). Durante el año 1845 viajó a Francia, donde conoció a Dumas, Musset, George Sand y Gautier. Residió hasta 1854 en Londres y París, desde donde pasó a residir en Cuba y México hasta 1866. Regresó a España ese mismo año no logró, pese a su fama y reconocimiento público, superar los problemas económicos que caracterizaron toda su vida.
De acuerdo con la educación familiar recibida, sostuvo en todas sus obras de creación el pensamiento tradicionalista.
Es el escritor que más se preocupó por teorizar su propia labor literaria. El idealismo es la nota dominante en su concepto de la literatura: visión del artista como alguien superior e inadaptado a la sociedad materialista del momento, defensa de la musicalidad y el ritmo en el poema (adelantándose a los simbolistas y a los modernistas).
Su obra poética suele dividirse en:
Poesía lírica: de temática básicamente sentimental e intimista. Cantos del trovador (1841), Vigilias del estío (1842), Recuerdos y fantasías (1844).
Poesía narrativa: de temática religiosa, histórica  y patriótica. En ella se manifiesta más claramente sus ideas tradicionalistas. Colección de leyendas y tradiciones históricas, La azucena silvestre (1845), El desafío del diablo (1845), Granada (1852), Ecos de las montañas (1868), La leyenda del Cid (1882), La leyenda de don Juan Tenorio (1895).
Dadas su longevidad y la profusión de su obra literaria, Zorrilla acabó convirtiéndose en un anacronismo: el poeta al gusto romántico en plena época realista. La crítica ha insistido en que sus poemas propiamente líricos son lo peor de toda su producción literaria. Dentro de sus poemas, los mejores se encuentran en la poesía narrativa.
LA POESÍA ESPAÑOLA DEL  “ROMANTICISMO TARDÍO

Durante la segunda mitad del s. XIX (es decir, en la época del llamado “Realismo”) escribieron y publicaron diversos poetas españoles. De ahí que se diga que pertenecieron al “Romanticismo tardía” español. Los más importantes son:

 Rosalía de Castro (1837-1885)

Junto a Bécquer, Rosalía de Castro fue precursora de la futura poesía española (Modernismo). Fue la principal poetisa de todo el s. XIX y la única que todavía despierte algún interés. vivió en Madrid desde 1856, donde conoció a Bécquer y su círculo literario. De salud bastante delicada y una personalidad extremadamente sensible y depresiva. Murió de cáncer a los 48 años de edad.
En su obra poética hay varias fases, que corresponden a otras tantas influencias:
Su primer libro fue La flor (1857), de resonancias claramente esproncedianas en los temas, tono y métrica.
Cantares gallegos(1863), escrito en gallego, registra, en cambio una clara influencia de las baladas y las canciones populares gallegas (bastante de moda en aquellos años). Desde este momento, Rosalía comienza a convertirse en un mito para los gallegos residentes en Madrid y en el extranjero. De hecho, algunos de los poemas de este libro fueron tomados después como auténticos cantares populares anteriores a la escritora. La temática suele ser amorosa o la sabiduría popular expresada a veces en forma de sátira, también la “típica morriña” por la tierra natal contemplada desde la lejanía (Madrid). El lenguaje y la técnica tiende a la sencillez absoluta.
Con Follas Novas (1880) también en gallego, la poesía de Rosalía cambia de nuevo: del hastío típicamente romántico la poetisa pasa al pesimismo consciente más propio ya del “98” al hablar de la sociedad que le rodea. Además, se acentúa la melancolía y la añoranza de la región natal frente al árido paisaje castellano.
En las orillas del Sar(1884) es, junto a las Rimas de Bécquer, el gran poemario español de la segunda mitad del s. XIX. Si bien en los temas este libro sigue en la línea de los anteriores, puede afirmarse que supone el eslabón entre el pleno romanticismo de Espronceda y el futuro modernismo de R. Darío.
Otros textos -de segundo orden si los comparamos con los anteriores- suyos son: La hija del mar (novela en castellano de 1859), Flavio (ídem, 1861), A mi madre (poesía en castellano, 1863), El cadiceño (cuadro de costumbres en castellano, 1866), Ruinas (novela en castellano, 1866), Las literatas (artículo costumbrista en castellano, 1866), El caballero de las  botas azules (novela en castellano, 1867), El primer loco (novela en castellano, 1881), etc.
La importancia, en suma, de Rosalía en el contexto poética de la época -ya en pleno “Realismo”- estriba en:
·  La incorporación de lo folklórico-popular al lenguaje poético, especialmente en lo que se refiere a las técnicas de composición y al lenguaje utilizado.
·  La inclusión de la cotidianeidad como material utilizable como temas en el poema.

 Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)

Fue hijo del pintor José Domínguez Insausti, que se firmaba Bécquer por unos antepasados suyos llegados a Sevilla desde Flandes. Nació en esta ciudad, quinto hermano de una familia de ocho varones y, siendo aún muy niño, quedó huérfano de padre y, poco después, también de madre. Fue recogido por su madrina, doña Manuela Monahay, una mujer muy culta. Después de tener que abandonar los estudios de náutica que había iniciado en Sevilla, se trasladó a Madrid. Allí colaboró en diversas revistas literarias y pasó muchas penurias económicas y de salud. Se enamoró de Julia Espín y Colbrandt, el gran amor de su vida, pero sin ser correspondido. Se casó con Casta Esteban, con la que tuvo tres hijos, pero el matrimonio fracasó y se separaron, aunque se reconciliarían antes de la muerte del poeta. Bécquer consiguió algún trabajo estable, pero pronto fue cesado y continuaron sus muchos problemas. La muerte de su hermano Valeriano, con el que siempre estuvo muy unido, fue otro duro golpe para él. Murió prematuramente, rodeado de muy pocos, pero fieles amigos. Bécquer parece un hombre que hubiera nacido marcado por un destino adverso, bajo el signo de la carencia; por no tener, no tuvo ni tiempo de ver publicadas sus obras, ya que se editaron después de su muerte.
Las Rimas
 Al morir Bécquer, no había publicado más que un pequeño número de rimas en la presa de la época. Al año de su muerte, 1871, sus amigos recopilaron y publicaron sus obras en dos tomos, prosa y verso, respectivamente. Ésta es la edición princeps o la primera que salvó del olvido la voz de Gustavo Adolfo Bécquer. Los poemas incluidos en esta primera edición son, en general, los mismos que aparecen escritos de propia mano del poeta en un grueso cuaderno, tipo libro de actas. Este manuscrito autógrafo se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid. Sobre la cubierta de tela negra hay pegada una etiqueta en la que Bécquer escribió: Libro de los Gorriones. Gustavo Adolfo D. Bécquer. Junio de 1868. En este libro, además de otros trabajos literarios, reconstruyó las Rimas que había entregado en otro manuscrito a su amigo y protector el ministro González Bravo, para su publicación. Este primer manuscrito había desaparecido al asaltar las turbas la casa del ministro cuando cayó su gobierno. En la edición de los amigos del poeta, éstos alteraron por completo el orden en que aparecen las Rimas en el Libro de los Gorriones y las numeraron en romanos, que es la disposición y numeración que se ha hecho tradicional.

 Características Poéticas

Las Rimas de Bécquer son - las fijadas hasta hoy, ochenta y siete -, en su mayoría, breves poemas de una, dos o tres estrofas, en los que predominan los de cuatro versos, endecasílabos y heptasílabos combinados, en asonancia alternante en los pares y de "pie quebrado". La característica más destacada en cuanto a la métrica es que tienen un carácter indiscutible de poesía culta, pero siguen los cauces de las formas líricas tradicionales en cuanto a rima y brevedad.
 La teoría poética becqueriana se desarrolla en varios planos, cada uno con su especificidad. El primero lo encontramos en los mismos poemas. Toda la primera parte de las rimas, tal como aparecen en la edición de 1871, tiene un contenido metapoético, esto es, trata de la misma poesía, de dónde se encuentra y cómo puede aprehenderse en el poema. Importan después los textos teóricos que, aunque condicionados por el vehículo periodístico en que aparecen, revelan el mismo grado de conciencia. Por orden de aparición, deben destacarse las Cartas literarias a una mujer y la reseña de La soledad, que aparecen entre 1860 y 1861 en El Contemporáneo.Precisamente, en esta reseña Bécquer había distinguido dos tipos de poesía en su época:
¨Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y del arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.
¨Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. (Esta última es la poesía de Bécquer)
Lo primero que destaca en el lenguaje de las Rimas es su escasez de adjetivos. También fue parco en el uso de metáforas y otros tropos. No hay oscuridad en su poesía. Sí utiliza, en cambio, con frecuencia la anáfora y, en general, muy ricas y diversas estructuras paralelísticas, tanto sintácticas como semánticas. También aparece con frecuencia el hipérbaton. Bécquer huye de la poesía narrativa y retórica tan frecuente en su tiempo. No hay narración en las Rimas, aunque sí descripción. Lo que constituye el centro lírico de sus poemas es su sentimiento; lo demás es lo circunstancialmente mínimo para que se comprenda la expresión de su sentir. El secreto de la profunda impresión que ha causado la poesía de Bécquer es ese saber decir, íntimo y confidencial, sin retóricas huecas ni pretensiones de brillantez, intentando expresar su sentir clara y exactamente, con los mínimos elementos necesarios.
 Siguiendo el orden de las Rimas, tal como lo establecieron sus amigos en la primera edición, se han establecido cuatro series temáticas sucesivas y fundamentales: Primera serie: rimas I-XI, tema dominante, la poesía misma. Segunda serie: rimas XII-XXIX. El tema del amor. Tercera serie: rimas XXX.LI, el tema del desengaño. Rimas LII.LXXVI. domina un sentimiento de dolor insondable, de angustia desesperanzada y solitaria, y da hastío.
Se ha dicho que las Rimas son la historia de un amor desgraciado. En efecto, los temas dominantes son la búsqueda del tú amoroso y la confrontación y el antagonismo entre el tú de la amada y el yo del poeta. Como aspectos parciales, el tú de la amada se concreta en poemas en los que se canta su belleza, dormida o despierta, aunque también en otros, la mujer fatal, engañadora, cínica o estúpida. El yo del poeta se concreta en poemas en los que aparece ilusionado y enamorado o dolorido, hastiado y decepcionado.

CONEXIONES CON LA MODERNIDAD.

1.La actitud ante el presente.-

Es este el primer punto de contacto entre Bécquer y el núcleo de poetas europeos del s. XIX que comienzan en nuestra cultura occidental el tránsito hacia la modernidad poética (Poe, Mallarmé, Baudalaire, Rimbaud, etc...). En todos estos autores hay una oposición al progreso (no olvidemos que estamos en los albores de la Revolución Industrial) por su cualidad de uniformador de la cultura y negador de la espiritualidad del hombre. En todos ellos, pues, encontraremos un regusto tradicionalista que, en el caso de Bécquer, es muy evidente (ideología política, escenario literario de sus Leyendas, etc...), y que parece contradecirse con la modernidad que suponen sus actitudes literarias.
Para algún crítico -como Hugo Friederich-, en el caso de Bécquer, esta tensión entre tradicionalismo y modernidad es, en sí misma, un rasgo moderno.
Centrándonos en los movimientos literarios del s. XIX, también encontramos en Bécquer una cierta oposición tanto al Romanticismo, como al Realismo. La oposición de Bécquer al Romanticismo, con el que tiene algunos puntos de contacto evidente, se ciñe a una crítica de la grandilocuencia y ampulosidad, así como de ese escepticismo tan propio del hombre romántico, hecho que se comprenderá mejor si tenemos en cuenta la sincera religiosidad del poeta sevillano.
La oposición al Realismo puede basarse en los mismos puntos en que se basaba la crítica al progreso, al ser el Realismo el movimiento artístico que recoge la mayoría de los presupuestos de la Revolución Industrial. La crítica se centrará en dos puntos básicos: la negación de la individualidad y el sometimiento a la razón burguesa. Hemos de tener en cuenta como estos poetas "modernos" se colocaban a sí mismos en la marginalidad, apartados de las formas de vida burguesa dominantes en la segunda mitad del XIX.
2.La armonía del Cosmos. Naturaleza, Amor, Dios.-
Para Bécquer y los demás autores "modernos", el Cosmos es un todo perfectamente ordenado y regido por el Amor, que viene a ser una potencia unificadora, una especie de magnetismo universal.
López Estradarelaciona estas ideas becquerianas de la armonía universal con la tradición platónica española (con el sevillano Fernando de Herrera a la cabeza). Pero no es un concepto que aparezca solamente en la obra de Bécquer, sino que también aparece en otros autores europeos del XIX que preparan la llegada de lo que será la poesía moderna. En Novalis, Hölderlin y Poe, encontramos ya la preocupación por la interrelación de todas las cosas del Universo, siendo el Amor la potencia armónica a través de la cual es posible lograr la total espiritualización.
Teófilo Gautier hablará de la simpatía que se produce entre las cosas y los seres, atracción que también explica por la acción del Amor. Para el autor francés, el genio creador es algo misterioso que permite el acceso a una Belleza superior.
En la concepción de Baudalaire, los objetos son manifestaciones de una
idea única y superior de la que son símbolos. En este caso, el poeta es un
vidente capaz de precisar el sentido del simbolismo universal. Esta misma concepción encontramos en Bécquer, sólo que para el sevillano esa armonía es un camino que lleva directamente hasta Dios, la Primera Causa de todas las cosas.
Mallarmé, sin embargo, convierte el Absoluto en la Nada, en el caos. Por esa razón su obra es una confusión que busca la musicalidad total de una forma, incluso, extraña a la lengua.
Una manifestación más de ese platonismo puede ser el concepto de integración de las artes, que no es sino la traslación de la armonía universal al nivel estético. La aspiración a un arte total será iniciada por estos autores, aunque tenga una larga tradición en la historia de la cultura y se proyecte hacia su total realización en las Vanguardias del s. XX.
3.El mundo interior.-
Para Jorge Guillén, Bécquer es el primer autor en abrir en España el camino del sueño, aunque no llega a adentrarse en él, sino que se queda en los umbrales. Esta potenciación del sueño viene dada por el propio concepto de la poesía como algo misterioso. En este sentido, el sueño representa el papel de instrumento que permite al poeta bucear por los entresijos de un mundo confuso y caótico.
En la potenciación del sueño también coincidirá Bécquer con bastantes autores, entre los que destaca Hölderlin, el poeta de la locura por excelencia.
También se pueden establecer conexiones entre Bécquer y Baudalaire, para quien el sueño es un estímulo para que prevalezca esa realidad artificial que le interesa mucho más que la realidad natural. Esta concepción conduce directamente a la poesía como acto artificial.
Sueño y fantasía son en Baudalaire, como en Bécquer, elementos destructores de la realidad visible, y la destrucción es, quizás, el principio fundamental del arte moderno.
El concepto que Mallarmé tiene del mundo interior es totalmente confuso y caótico. Ese mundo sólo puede ser observado a través del poema-cristal, que posibilitará al poeta para ver el Caos, pero le impedirá adentrarse en él. Si el poeta quisiese entrar en la confusión interior tendría que cortar la comunicación, callarse.
El hecho de que en Mallarmé el mundo interior sea caótico implica que el poema, al intentar representar ese mundo de imágenes y sensaciones, sea también confuso, ininteligible. En Bécquer, sin embargo, pese a que también nos describe el mundo interior como algo desordenado, hay un intento de representarlo de forma inteligible, hay un esfuerzo de comunicación, de sugerencia del estado poético. Así pues, encontramos en Bécquer una síntesis de la poesía-comunicación y de la poesía-expresión, síntesis que no se
produce en autores como Mallarmé, que conduce su obra hacia el total hermetismo.
2.4.La despersonalización.-
Es en este aspecto, así como en el del formalismo, donde el comienzo de la modernidad poética nos resulta más evidente, ya que supone una ruptura total con la concepción romántica de la literatura basada en la identidad casi absoluta entre vida y poesía.
En Bécquer, como ya vimos, la ruptura es clara y contundente al separar la experiencia vital de la experiencia poética o momento en el que se escribe el poema. Esta separación lleva a la consideración de la actividad creadora como un hecho artificial, de manera que el poema resulta ser un esfuerzo de laboratorio para pasar las imágenes del mundo interior al papel. Esta separación entre experiencias distintas implica una triple gradación:
POESIA: realidad independiente del poeta que se encuentra en el mundo, en la naturaleza, en el amor, etc...
LO POETICO: peculiar estado del alma del poeta en el que se almacenan imágenes, sensaciones e impresiones.
POEMA: resultado de la traslación al papel de un peculiar estado poético.
En las ideas poéticas de Poe también se establece una separación entre la excitación del corazón y la excitación del alma, siendo ésta última la verdaderamente poética.
Baudalaire se ocupa de forma teórica de la despersonalización, pero en su obra poética aparece constantemente el YO, aunque no es un YO-REAL, sino el YO-POETA.
Es Mallarmé quien nos lleva a la despersonalización extrema, abogando por la eliminación de todo aquello que pueda revelar alguna nota sobre el autor. Para Mallarmé, si el arte es pura forma, el artista debe ser un operador o un investigador, un combinador de esas formas. Esta concepción del artista es la misma que encontraremos en los movimientos de vanguardia del s. XX. La despersonalización extrema que encontramos en Mallarmé nos llevará al hermetismo más desaforado, a la total incomunicación referencial. Por esta razón debemos considerar a Mallarmé como el iniciador de las Vanguardias.
Leyendas.

El subgénero de las leyendas alcanza su máximo desarrollo en la época romántica, por cuanto reúne características muy apreciadas en ese momento, sea por su vinculación al pueblo, concebido como alma colectiva y creadora,  sea por la lejanía temporal que exigen, o bien sea por la cabida natural que tienen en ellas lo fantástico y lo religioso. Como serie temática, estos relatos cortos se relacionan también con otras modalidades narrativas del momento, como pueden ser el cuento fantástico o el de terror, cultivados igualmente por Hoffmann, Nerval o Poe, entre otros. En España, Espronceda dará su versión titánica de la leyenda en El estudiante de Salamanca, mientras que Zorrilla nos proporcionará la conservadora y religiosa en las suyas.
Cuando Bécquer escribe sus leyendas, el subgénero ocupa un lugar marginal en la prensa periódica, casi siempre a modo de relleno o con una finalidad francamente comercial. En la práctica, está dando sus últimos coletazos. Estruch destaca a este propósito la abundancia de leyendas de Bécquer en su etapa de El Contemporáneo, mientras que en situación de mayor desahogo económico se reduce muy significativamente su producción (Estruch 1994: 8-9).
El relato legendario sufre en este momento lógicas transformaciones para adaptarse a las nuevas circunstancias y demandas del público lector. Por lo pronto, las leyendas dejan de escribirse en verso para optar por la prosa, como una modalidad más del relato breve. Tampoco vale ahora el recurso a lo puramente histórico, como sucedía en Zorrilla, sino que se refuerza su vinculación con el artículo periodístico, más o menos costumbrista, o con el relato fantástico. Estruch, por ejemplo, resalta en las leyendas becquerianas la aparición del escritor en primera persona, al comienzo del relato, siempre en una postura escéptica, como un medio de reforzar su credibilidad en una época no romántica, también ella escéptica e irónica, la época, en fin, de Campoamor (Estruch 1994: 12). Sebold, por su parte, destaca dos aspectos básicos en la poética becqueriana de lo fantástico. Por una parte, el tránsito que se da desde el escepticismo inicial al sobrecogimiento por la verosimilitud de lo narrado. Sería, según Sebold (1989: 69-114), la tentación o la “media persuasión” que invita a creer –el “casi creer”–, y que apoya en una cita de las cartas Desde mi celda:
Ahora que estoy en mi celda, tranquilo, escribiendo para ustedes la relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan hondas raíces entre las gentes de las aldeas, que den lugar a sucesos semejantes; pero ¿por qué no he de confesarlo?, sonándome aún las últimas palabras de aquella temerosa relación; teniendo junto a mí a aquel hombre que tan de buena fe imploraba la protección divina para llevar a cabo crímenes espantosos; viendo a mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolvía el agua entre las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza el castillo tradicional, coronado de almenas oscuras, que parecían fantasmas asomadas a los muros, sentí una impresión angustiosa, mis cabellos se erizaron involuntariamente y la razón, dominada por la fantasía, a la que todo ayudaba, el sitio, la hora y el silencio de la noche, vaciló un punto y casi creí que las absurdas consejas de las brujerías y los maleficios pudieran ser posibles(ed. Villanueva, 168). 
Tiene en este aspecto gran importancia la creación de una atmósfera adecuada para la aceptación de lo sobrenatural. Pero, de otra parte, el principal rasgo de modernidad de las Leyendas sería, según Sebold, la ambientación realista en medio de la cual irrumpe con mayor violencia la invención fantástica.
El esquema básico de la leyenda becqueriana consta de una introducción que se complementa con un apéndice opcional, y que sirven para enmarcar el relato. En esa introducción se dan las precisiones de lugar y tiempo y, lo que es más importante, se circunstancia la perspectiva del narrador, que con mucha frecuencia –y como un rasgo más de verosimilitud– asume la voz autorial. El monólogo del narrador cumple, por todo lo que vamos viendo, una función decisiva para la aceptación de lo narrado, debido a su cuidada focalización. El cuerpo del relato se construye frecuentemente mediante secuencias narrativas aisladas, casi como si de una composición musical se tratase.
Las Leyendas comparten muchos de los temas que se han visto en las Rimas. La mujer y el amor, por ejemplo, suelen ser los motores de la acción. Como en los poemas, la figura de la mujer ideal e inalcanzable pasa a un primerísimo plano. El caso más cercano a la lírica se da en El rayo de luna, que se ha asociado frecuentemente a la rima 60 (XV). Como es sabido, el enamorado de esta leyenda persigue durante varias noches a una dama de blanco que se escurre entre las sombras de los alrededores de Soria, hasta que al final descubre que no es sino un rayo de luna. El amor ideal es, por tanto, como un rayo de luna:  
–¿Queréis que os diga una cántiga, la última que ha compuesto Mosén Arnaldo, el trovador provenzal? 
–¡No! ¡No! –exclamó por último el joven, incorporándose colérico en su sitial–. No quiero nada...; es decir, sí quiero: quiero que me dejéis solo... Cántigas..., mujeres..., glorias..., felicidad..., mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna. 
Manrique estaba loco; por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio
(ed. Estruch, 159).
Está también la mujer incorpórea, “fugaz y transparente”, que dibuja en Los ojos verdes, tras la que se pierde igualmente el protagonista. Pero en este caso, dichas notas aparecen unidas a un rasgo de malignidad, frecuente en otros de estos relatos: es la mujer fatal, que conduce a la desesperación o a la muerte. En fin, en El beso la muerte del protagonista se produce por haber besado los labios de una estatua yacente en una iglesia de Toledo. El amor por la mujer de piedra –y hay un relato con este título al comienzo del Libro de los gorriones– lo justifica el protagonista por su cansancio de las mujeres reales, de carne y hueso.
También como en las Rimas, el arte –léase la poesía– ocupa un lugar esencial. Dos de las leyendas más logradas hacen de la persecución de la belleza y del arte su tema central. El miserere relata la locura progresiva de un músico que intenta llevar al papel la música sobrenatural que ha oído a unos monjes fantasmagóricos en las ruinas de un monasterio arruinado. Salta aquí inevitablemente el recuerdo del “himno gigante y extraño” que vimos en la rima 11 (I). En Maese Pérez el organista se trata de la irrupción de otra música sobrenatural, también ejecutada por un músico ya muerto. En uno y otro caso, el arte o la poesía están fuera y el artista fracasa ante los intentos de atraerla hacia la forma.
 El tratamiento de lo fantástico revela igualmente paralelismos. Los héroes de estos relatos suelen traspasar límites que el buen sentido o la lógica no contemplan, están siempre tentados por una línea ideal –en su sentido de elevación– que conduce al castigo, aunque ellos no sean conscientes. La transgresión es inevitable, como lo es la caída. El componente lírico que alimenta la caracterización de los héroes, poetas o casi, los obliga a correr tras su visión. Es significativo también el contraste que se dará entre la percepción popular de los fenómenos fantásticos, para la que todo es cosa del demonio, y la de los protagonistas, que solo ven en ellos la revelación del amor o del ideal. Por ello, el protagonista poeta, como Manrique en El rayo de luna, será calificado como loco.

Cartas desde mi celda.

Las ocho cartas que componen Desde mi celda fueron publicadas en la sección de “Variedades” de El Contemporáneo de Madrid entre el tres de mayo y el diecisiete de julio de 1864. La estancia en el monasterio de Veruela, donde Bécquer las escribe, cubre desde finales de 1863 hasta mediados de 1864. Este monasterio está en las estribaciones del Moncayo, en tierras de Aragón, y no muy lejos del pueblo soriano de Noviercas, tierra natal de su mujer, Casta Esteban. Cuando él acude a Veruela, el monasterio, como consecuencia de la desamortización de 1835 y tras haber sido abandonado dos veces por la comunidad religiosa, había pasado a manos privadas. Ahora servía como lugar de residencia para turistas y curiosos.
Bécquer no va solo, sino que le acompañan su mujer, su hermano Valeriano y sus respectivos hijos. Antes de ellos había pasado allí una larga estancia Augusto Ferrán, como ya se ha señalado. La excusa para esta huida de Madrid es el restablecimiento de su salud, siempre deficiente. La carta III, quizás la más hermosa, aparece con retraso debido precisamente a problemas de salud. Acaso las reflexiones que en ella se dan sobre la propia tumba no deban desligarse de esos problemas.
Desde otro punto de vista, la estancia en Veruela serviría para alejarse de la rutina frenética de las redacciones, de la que se queja en la primera y en la segunda carta. Al final de la primera observa:
En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y puntiagudas torres del monasterio en donde, ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros a soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural propensión a la vagancia se lo permitan (ed. Villanueva, 104). 
 Porque estas cartas no son en ningún momento, como se ha visto, cartas privadas, sino colaboraciones que el periodista envía a El Contemporáneo para ser publicadas. Tampoco quiere decir esto que no haya lugar para la expresión de la intimidad. Todo lo contrario: en pocos momentos de su labor periodística ha hecho Bécquer mayor uso de su propia persona, de sus sensaciones, de sus recuerdos.
 Aun así, el material que compone estos textos es especialmente heterogéneo, desde las anotaciones autobiográficas al cuadro costumbrista, desde la crónica artística al relato legendario, desde el artículo de viajes al esbozo folclórico. Interesa especialmente la reaparición del interés por el mundo de las artes, presente en un primerísimo plano en la anterior Historia de los templos de España. Esta preocupación tiene también una vertiente social, como es el interés por la protección del patrimonio artístico español. Recuérdese que la beca que disfrutará Valeriano apunta también a la conservación gráfica de tipos y costumbres españoles. Y por otra parte, esa preocupación va a ser también el justificante de buena parte de las revistas ilustradas del XIX, caso por ejemplo de El Museo Universal, donde colaboran ambos hermanos. Todo esto tiene cabida en los materiales de las cartas. En la carta IV escribe, por ejemplo:
No pueden ustedes figurarse el botín de ideas e impresiones que, para enriquecer la imaginación he recogido en esta vuelta por un país virgen aún y refractario a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio, después de haberme detenido aquí para recoger una tradición oscura de boca de una aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar o la fundación de un castillo, trazar ligeramente con el lápiz el contorno de una casuca medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el antiguo y manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven a su colmena cargadas de miel. Los escritores y los artistas debían hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo así podríamos recoger la última palabra de una época que se va, de la que solo quedan hoy algunos rastros en los más apartados rincones de nuestras provincias y de la que apenas restará mañana un recuerdo confuso (ed. Villanueva: 135). 
 La carta I apunta a la tradición costumbrista, especialmente al tema tan repetido de los malos transportes que, por otra parte, ayudan a la conservación de lo peculiar. A medida que el narrador se acerca a su destino, pasando en cada etapa a un medio de transporte más primitivo, también va emergiendo con más fuerza lo pintoresco, lo ajeno al presente uniformador.
 La carta II sitúa en un primer plano el contraste entre la vida de Madrid, centrada en la agitación del periódico, y el sosiego del monasterio, con especial atención a la descripción del paisaje. El hilo articulador es el paseo del narrador para recoger su ejemplar de El Contemporáneo.
 La carta III gira alrededor del tema de la muerte, pero de la muerte personal, no sentida como algo terrible, sino más bien con una mezcla de lirismo y melancolía. El punto de arranque de las meditaciones es el paseo hasta el cementerio de Trasmoz. Aquellas tumbas llevan al narrador a imaginarse sus propias posibles tumbas.
 La carta IV es la más periodística y donde se desarrollan, en un tono ensayístico, las reflexiones acerca del progreso, que, aunque no lo considere en sí negativo, con demasiada frecuencia aparece como enemigo de la tradición.
 La carta V nos lleva al mercado de Tarazona y es como la concreción pintoresquista de lo que se ha defendido, en un plano teórico, en la carta anterior.
 La carta VI se aproxima al mundo de las Leyendas. El narrador marcha a Trasmoz sobre una mula para recoger datos sobre un suceso ocurrido unos años antes, la muerte de una supuesta bruja. Igual que en las Leyendas, el relato –incompleto– pasa a realizarse por un narrador secundario, un pastor, lo cual posibilita el típico contraste entre el testigo escéptico y el narrador crédulo.
 La carta VII se anuncia como el cumplimiento de lo prometido en la anterior, con la indicación de que “va de cuento”. Pero en vez de narrar la historia de la bruja de Trasmoz se narra la fundación de su castillo.
 En la carta VIII, la última, se cumplirá por fin lo prometido. Viene a ser en realidad una fusión del relato legendario con el de terror, enmarcado en una perfecta creación de ambiente:
Queridos amigos: En una de mi cartas anteriores dije a ustedes en qué ocasión y por quién me fue referida la estupenda historia de las brujas, que a mi vez he prometido repetirles. La muchacha que accidentalmente se encuentra a mi servicio, tipo perfecto del país, con su apretador verde, su saya roja y sus medias azules, había colgado el candil en un ángulo de mi habitación, débilmente alumbrada, aun con este aditamento de luz, por una lamparilla, a cuyo escaso resplandor escribo. Las diez de la noche acababan de sonar en el antiguo reloj de pared, único resto del mobiliario de los frailes, y solamente se oían, con breves intervalos de silencio profundo, esos ruidos, apenas perceptibles y propios de un edificio deshabitado e inmenso, que producen el aire que gime, los techos que crujen, las puertas que rechinan y los animaluchos de toda calaña que vagan a su placer por los sótanos, las bóvedas y las galerías del monasterio, cuando, después de contarme la leyenda que corre más válida acerca de la fundación del castillo, y que ya conocen ustedes, prosiguió su relato, no sin haber hecho antes un momento de pausa, como para calcular el efecto que la primera parte de la historia me había producido y la cantidad de fe con que podía contar en su oyente para la segunda (ed. Villanueva: 189-190). 
No podemos considerar como carta IX un texto posterior, titulado “La virgen de Veruela”, escrito en circunstancias diferentes y para una lectora concreta. En ella se narra la leyenda de la fundación del monasterio.
Otras obras.
Gustavo Adolfo Bécquer, por todas las circunstancias que se plasmaron en su vida, hubo de tocar registros literarios muy variados, en muchas ocasiones como simple medio de supervivencia. Es este el caso de sus obras dramáticas, firmadas con seudónimo y en colaboración con compañeros como Rodríguez Correa o García Luna. Se trata de zarzuelas o comedias con poquísimo interés -salvo algún destello aislado-, que el mismo autor sentía como una imposición económica, como lo muestra en su respuesta a la crítica que le había hecho La Iberia.
El periodismo, por el contrario, aunque fuese su principal medio de subsistencia, mereció páginas realmente brillantes, aunque no falten las inevitables gacetillas de compromiso. Es, por otra parte, un complemento necesario de su obra lírica o de sus relatos, donde surge con frecuencia el crítico agudo o el escritor consciente que reflexiona sobre su horizonte artístico. A este apartado pertenecen dos textos que fueron citados con frecuencia en las páginas anteriores: Cartas literarias a una mujer y la reseña de La soledad de Augusto Ferrán.
La crítica artística merece un apartado propio. Se inicia con el centenar largo de páginas suyas incluidas en Historia de los templos de España, correspondientes al temprano periodo de 1857 y 1858. Su eco resuena aún en la última de las Cartas anteriores, cuando trata del templo toledano de San Juan de los Reyes. Fue Bécquer también cronista de arte en diferentes medios periodísticos y, según parece, estimado por los propios artistas. Pageard ha reunido un volumen con estas crónicas (Pageard, 1990). Recuérdese también que la reunión para la edición póstuma de sus obras se realiza en el taller del muy estimado pintor Casado del Alisal.
Por último, aunque escape de lo literario, hay que recordar que Bécquer fue también un estimable dibujante, aunque su obra se encuentre dispersa y en su mayor parte en manos privadas.

Gustavo Adolfo Bécquer: Bibliografía.

BENÍTEZ, Rubén: Ensayo de bibliografía razonada de Gustavo Adolfo Bécquer. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 1961. Salvado el bache cronológico, un instrumento utilísimo para acercarse al estado de la cuestión hasta esa fecha. Puede completarse con otro trabajo de Billick y Dobrian

BILLICK, D. J. y DOBRIAN, W., “Bibliografía selectiva y comentada de estudios becquerianos, 1960-1980”, Hispania, 69 (1986), pp. 278-302.

 Ediciones:

¨ Libro de los gorriones, ed. facsímil, Madrid: Ediciones 2.000, 1984. 2 vols. El segundo volumen es el Prólogo del «Libro de los gorriones», por Rafael Montesinos.

¨ Libro de los gorriones, CD-Rom, Madrid: Ministerio de Educación y Cultura (Tesoros de la Biblioteca Nacional), 1999. Incluye facsímil completo del Libro de los gorriones y de dibujos y textos becquerianos en los álbumes de Julia Espín. Se trata de dos complementos imprescindibles para profundizar en la lírica de Bécquer, pues permiten el acceso directo a sus manuscritos, sin mediaciones críticas, lo cual no es tan paradójico como pudiera parecer.

¨Historia de los templos de España, ed. José R. Arboleda. Barcelona: Puvill (Biblioteca Universitaria Puvill, Textos Literarios, 3), 1979. 

¨Obras completas, ed. Ricardo Navas Ruiz, Madrid: Turner (Biblioteca Castro), 1995. 2 vols. Vol. 1: Primeros escritos. Teatro. Historia de los templos de España. Vol. 2: Narraciones. Cartas literarias a una mujer. Desde mi celda. Libro de los gorriones. Artículos, crónicas y cuadros. Miscelánea. La edición más reciente de las obras completas de Bécquer, en la conocida serie de la Biblioteca Castro. No se trata de una edición crítica, pero es, desde luego, más rigurosa que la tradicional de Aguilar, heredera de las editadas a lo largo de los siglos XIX y XX por Fernando Fe.

¨Rimas, ed. Robert Pageard, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Clásicos Hispánicos, IV, III), 1972. Aunque esté inevitablemente atrasada, en razón de las fechas, la edición de Pageard sigue siendo la más exhaustiva de cuantas existen. Recoge las variantes en texto completo y concede muy amplios márgenes al análisis intertextual.

¨ Rimas, ed. Russell P. Sebold, Madrid: Espasa Calpe (Clásicos Castellanos, Nueva Serie, 22), 1991. Edición rigurosa y contrastada, aunque la introducción parezca alejarse por momentos de su finalidad.

¨Críticas de Arte. Artículos publicados en “El Contemporáneo” con motivo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1862, ed. Robert Pageard, Madrid: El Museo Universal, 1990. 

 Estudios:

¨CUEVAS GARCÍA, Cristóbal (ed.), y Enrique Baena (coord.): Bécquer: origen y estética de la modernidad. Actas del VII Congreso de Literatura Española Contemporánea, Universidad de Málaga, 9, 10, 11 y 12 de noviembre de 1993, Málaga: Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1995. Un repaso actualizado, por renombrados becqueristas, a la obra del autor.

¨ DÍEZ TABOADA, Juan María: La mujer ideal. Aspectos y fuentes de las Rimas de G. A. Bécquer, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Revista de Literatura, anejo 25), 1965. Díez Taboada merecía ser citado por extenso, dada su dedicación a la obra de Bécquer con aportaciones indispensables, repartidas en numerosísimas publicaciones. Este trabajo sirve aquí solo como muestra. Pesa más el título secundario que el principal.

¨El Gnomo. Boletín de Estudios Becquerianos, dir. Jesús Rubio. Desde 1992. Tiene dirección en la red (http://www.xtec.es/~jcosta/gnom.htm). Jesús Rubio y Jesús Costa son el alma de esta revista indispensable hoy para aproximarse al autor. El sitio de Internet, con características propias, ofrece casi todo el fondo digitalizado de las obras de Bécquer y noticias de interés.

¨LÓPEZ ESTRADA, Francisco: Poética para un poeta. Las “Cartas literarias a una mujer” de Bécquer, Madrid: Gredos (Biblioteca Románica Hispánica. II: Estudios y Ensayos, 176), 1972. Una muy aguda revisión de la poética becqueriana, a partir del texto indicado en el título. Puede completarse con, entre otros, los artículos de Dámaso Alonso y Jorge Guillén recogidos en Sebold, 1982.

¨ MONTESINOS, Rafael: Bécquer. Biografía e imagen, Barcelona: RM, 1977.

 ——: La semana pasada murió Bécquer (Ensayos y esbozos, 1970-1991), Madrid: El Museo Universal, 1992. Montesinos, poeta él mismo, ha hecho del estudio de Bécquer una auténtica dedicación y a él debemos revelaciones fundamentales acerca de su biografía y de los avatares de su obra en relación con ella. El libro de 1977, completísimo en el aspecto gráfico, merecería reedición, una y otra vez anunciada sin éxito. El segundo volumen reúne trabajos clave del autor.

¨ PAGEARD, Robert: Bécquer. Leyenda y realidad, Madrid: Espasa-Calpe, 1990. Una visi totalizadora de la vida y la producci becquerianas por otro becquerista imprescindible, autor de la edici comentada antes.

¨ SEBOLD, Russell P. (ed.), Gustavo Adolfo Bécquer, Madrid: Taurus (El Escritor y la Crítica, 155), 1982.

 ——: Bécquer en sus narraciones fantásticas, Madrid: Taurus, 1989. El primer trabajo sigue los criterios de la serie editorial y reúne algunos de los artículos más relevantes sobre el autor, varios de ellos de difícil localización. El segundo supone una visión renovadora de las Leyendas.

 

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3.- EL TEATRO ROMÁNTICO ESPAÑOL

El drama romántico

El drama romántico aparece y se impone en España con algunos años de retraso respecto a Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, donde el pleno romanticismo ha dado ya sus mejores frutos cuando en España triunfa sobre los escenarios el Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), del duque de Rivas, pieza clave de nuestro teatro romántico. El año anterior el público madrileño pudo asistir a la representación de La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, de Macías  de Larra, que inauguraban el periodo romántico del drama, cuya duración sería efímera  pues en  1849, en que se estrena Traidor, inconfeso y mártir, de Zorrilla, puede decirse que acaba 1a vigencia del teatro romántico. 
Lo  primero que  destaca, pues, en la historia del drama romántico español es su tardía aparición y su corta duración. E1 retraso con que aparece tiene que ver mucho con 1a situación política de España durante los años clave de absolutismo y censura literaria del reinado de Fernando VII, que crea un clima adverso a la libre creación artística, mantiene en el exilio a los intelectuales españoles e impide que encuentren su natural cauce expresivo las ideas, creencias y actitudes que fermentan en la “inteligencia española”. Si el romanticismo como actitud vital puede ya rastrearse en la sociedad española desde las Cortes de Cádiz, su cristalización en un estilo literario idóneo sólo se producirá con el regreso de los liberales emigrados, muerto ya Fernando VII.
Pero además de la circunstancia política retardadora del triunfo literario del  romanticismo, debe  también  tenerse en cuenta, como factor importante, el peso de la educación literaria neoclásica en la generación de Martínez de la Rosa y el duque de Rivas, generación que debiera haber sido desde su juventud la que realizara la revolución literaria en España y que, en cambio, sólo la hizo por imitación de las las: literaturas inglesa y francesa. Así, la literatura romántica española lleva en su propio seno, desde un principio, los gérmenes de su descomposición, dado que hay en ella mucho más de postura conscientemente adoptada, de respuesta a una moda, de acomodación a un estilo, que de crecimiento orgánico en virtud de necesidades espirituales insoslayables. Por ello, el romanticismo y sus géneros literarios pasa pronto en España y rara vez cala hondo alcanzando el mismo nivel de trascendencia ni igual riqueza que en otros países europeos.
Sólo en conexión con lo anterior puede entenderse que en el drama romántico español y, en general  en nuestra literatura romántica, sea mucho  más relevante la belleza y riqueza formal que la profundidad, originalidad y autenticidad de contenidos y que encontremos sus mejores valores en aquélla que en éste.
Tampoco hay que olvidar que el drama romántico no triunfó nunca  plenamente ni  mereció unánime  aceptación, ni siquiera en los años de su mayor esplendor. Durante sus escasos quince años, los que van del 35 al 50 la polémica de “clásicos” y “románticos” llena con sus apasionados acentos el ambiente literario y las revistas de la época, entre las que destaca junto con El Artista (1835-1836), No me olvides (1837-1838), El Liceo Artístico Literario (1838) y, otras muchas.. Durante esos mismos años de encendida polémica entre los “clásicos” y, los “románticos” estrenan sus obras, además, los representantes de la escuela “ecléctica”.
Características
a)  En buena medida los elementos formales que lo caracterizan responden a la voluntad de romper con la estructura del drama neoclásico, oponiendo a la monocorde unidad de aquél, y a su rígida construcción la libertad como principio artístico. Libertad que no tiene su fundamento en la imitación de la “naturaleza”, como el teatro del Siglo de Oro, sino en una teoría del arte que rechaza cuanto es norma y regla, en nombre, precisamente, del arte mismo, que se convierte a sí mismo en razón suficiente. Se rompen fronteras que separaban y delimitaban los géneros dramáticos, mezclando lo trágico con lo cómico en busca no tanto de reflejar “verosímilmente”  la realidad, cuanto de expresar lo grotesco -nuevo valor esencial descubierto- por  medio  del contraste entre valores positivos y negativos de la existencia, y esto desde una óptica fundamentalmente idealista. “Tragedia” y “Comedia” vuelven a fundirse en un mismo texto, volviéndose a la fórmula tragicómica del s. XVII: el “drama”. En él se dan elementos trágicos como el destino, los personajes graves y trascendentes, etc., junto a los cómicos, más livianos e intrascendentes (reaparece en cierto modo la figura del “gracioso” junto al héroe -véase por ejemplo el Don Juan Tenorio-).
b)  A la mezcla de lo trágico y lo cómico acompaña la mezcla de prosa y verso, aunque tal mezcla sólo se da en pocas piezas, y no llegó a triunfar, estribada como estaba más un prurito de originalidad que en sólidas y coherentes razones artísticas, ya que no dramáticas, pues desde una perspectiva exclusivamente teatral tal mezcla tiene más de  artificioso  que de natural,  ya  que ni en el Don Álvaro, ni en El Trovador, ni en Los amantes de Teruel, obras donde se da tal mezcla de prosa y verso,  pueden descubrirse verdaderas razones internas para ello en el paso a la esencia misma de lo dramático. Por ello, por su misma arbitrariedad, una  vez pasado ese primer momento en que los dramaturgos se entregan con pasión al placer de romper con toda regla y toda norma por pura y gratuita indisciplina, desaparece tal híbrido y se escribe sólo en verso, con rica polimetría, como en la dramaturgia del siglo XVII.
c)  Se rompe de forma radical la ley neoclásica de las “tres unidades”: acción (ahora aparecen acciones diversas que normalmente se entrecruzan), espacio (la escena cambia frecuentemente de ligar) y tiempo (no se reconocen límites ni continuidad temporal). La variedad de lugares escénicos y la predilección por algunos de estos lugares (panteón, paisaje abrupto y solitario, mazmorra) son típicos del drama romántico. Los frecuentes cambios de lugar responden a la estructura dinámica de la acción, o mejor, a la complicada intriga que suele caracterizarla.
d)  Frente a la ausencia de acotaciones escénicas del teatro neoclásico, abundan en el drama romántico tanto las que se refieren a la escenografía como a las actitudes de los persona Frente a la atemporalidad y carácter abstracto dala tragedia neoclásica, el drama romántico se caracteriza por la fuerte temporalización y la espesa concreción del espacio teatral. La acción aparece siempre cuidadosamente localizada, inclusa en una concreta circunstancia espacio-temporal. La escenografía no es un simple marco de la acción, sino que, bastantes veces, cumple una función dramática importante. La escenografía romántica entra también de lleno en los elementos tópicos del romanticismo: castillos, conventos, paisajes inhóspitos, nocturnidad, tormentas, cementerio, lugares exóticos, etc. En cuanto a la acción, el argumento del drama romántico se decanta por lo histórico (preferentemente en la Edad Media o en el s. XVII), lo legendario y lo novelesco.
e)  E1 número de actos varía entre tres, cuatro y cinco. A veces, como en Don Álvaro o El Trovador, se les da el nombre de jornadas con clara manifestación de entronque con el teatro nacional; otras veces cada acto lleva un título significativo del sentido o esencia de la acción o de la situación: He aquí un par de ejemplos:  El Trovador (Jornada I:  E1 duelo; II;. E1 convento;  III:  La gitana;  IV:  La revelación;  V:  El suplicio); Don Juan Tenorio (Primera parte, I: Libertinaje y escándalo;  II: Destreza; III:  Profanación;  IV:  E1  diablo  a las  puertas.  Segunda parte  I:  La sombra de doña Inés;  II:  la estatua de  don Gonzalo;  III: Misericordia de Dios y apoteosis del amor).
f)   Si de los elementos formales pasamos al estudio de los personajes, destaca inmediatamente la personalidad del protagonista, tanto masculino como femenino:  el héroe y la heroína románticos Rasgos definitorios del primero son el misterio y la pasión fatal; la segunda: la dulzura e inocencia y la intensidad de la pasión. El héroe romántico aparece a los demás como un ser misterioso, de oculto o desconocido origen; es portador de un destino aciago que atrae la desgracia sobre aquellos que le aman y a los que ama. Hermoso, con una belleza tanto física como espiritual, en donde, a la vez, hay algo de angélico y de diabólico;  ama la libertad por encima de cualquier otro valor de la existencia, y sólo con ese amor compite e1 amor al amor, cuya encarnación es la mujer. Ebrio de infinidad y de belleza; es, por excelencia, el hombre interesante, y el hombre que vive en perpetua tensión nunca satisfecho, el hombre de extremos que de la cima del placer se despeña al abismo del dolor, buscador de la felicidad, le busca a él la desgracia;  capaz de vivir intensamente la vida, la muerte le acompaña o se esconde cuando él la busca. En medio de la borrascosa existencia del héroe romántico, aparece la delicada figura de la mujer, toda ternura y fidelidad, capaz del mayor heroísmo y del más hermoso sacrificio, pura y sensitiva, y predestinada, desde ese momento en que ama, al dolor y a la muerte. Nacida para el amor, para el amor vive y por el amor muere. Alrededor de ellos los demás personajes, cada uno movido por su pasión, parecen existir para oponerse al cumplimiento del amor de la pareja protagonista o para asistir impotentes a la destrucción y a la catástrofe final.
g)  E1 tema fundamental es, naturalmente, el destino. Éste se expresa frecuentemente a través del tema del amor: un amor siempre apasionado: un amor absoluto, más allá del bien y del mal, que por su condición de absoluto no admite pacto ni compromiso alguno con el mundo, siempre relativo;  y si el pacto llega a establecerse, si uno de los amantes por cumplir con las leyes del mundo (piedad filial, honor), cede, cosecha sólo dolor y muerte. El amor es concebido solamente “sub specie tragoediae”. Los amantes aspiran a realizar la esencia misma del amor, la unión perfecta y, total en esta tierra, con afán de trascender todo límite. Su empeño es imposible, metafísico v lleva, en él mismo, como única solución, la muerte. Lo dramatizado es pues la esencia misma del. amor humano. A primera vista parece como si esta pareja humana, destinada a la inmolación, padeciera 1a muerte sin culpa, víctimas de un sino o azar ciego. Desgraciadamente, el sino o el azar funciona casi siempre mecánicamente, como un elemento teatral más que dramático, al servicio de la intriga más que de la acción. Los dramaturgos españoles parecen lanzar a sus héroes a una carrera de obstáculos que se van oponiendo sistemáticamente a  la realización de su amor. La primacía de la intriga sobre la acción, impide, muchas veces, que el amor, como tema fundamental, logre una dimensión verdaderamente trágica. La falta de profundidad dramática es compensada o sustituida por la habilidad con que construyen una complicada intriga, llena de lances, y por la intensificación, en escenas claves, del elemento lírico.
h)  Formando constelación con el tema del amor aparece el tema de la libertad, despojado, generalmente, de las implicaciones políticas que le eran inherentes en la tragedia neoclásica. Lo que allí era idea de la libertad es aquí sentimiento de la libertad.
i)    Un elemento de origen clásico, que recibe un tratamiento efectista en varios de los más importantes dramas románticos, es la anagnórisis o reconocimiento. Debiendo funcionar en la estructura de la acción como intensificador del clima trágico,  es utilizado melodramáticamente para producir sorpresa v horror, y suele tener más de truco o golpe teatral que de legítimo elemento dramático. En El Trovador, por ejemplo,  descubrimos que Manrique es hermano de quien acaba de mandar decapitarle. En Traidor, inconfeso y mártir la heroína resulta ser hija de quien ha enviado a la muerte a su amado, etc. Una vez más la voluntad de crear una intriga compleja y sorprendente que mantenga atento al espectador y le procure emociones truculentas priva sobre la acción puramente dramática.
j)    El lenguaje utilizado es también multiforme: junto a la expresión elevada, cuidada y hasta retórica de unos personajes encontramos expresiones coloquiales, vulgares y hasta grotescas.
k)  Los recursos escenográficos (“tramoya”) adquieren un especial relieve, pues muy a menudo se trata de crear un determinado ambiente (misterio, tormentas, tenebrismo, etc.) que subraye el patetismo de las acciones.
l)    En cuanto a la intención del autor, con el drama romántico desaparece totalmente la finalidad didáctica propia del s. XVIII. Desde la escena no se alecciona al público, tan sólo se aspira a conmoverlo e impresionarlo.
La mayoría del teatro romántico pertenece al género del drama histórico, del que en Alemania fue su máximo representante Schiller. Nuestros dramaturgos toman muchos de los elementos del drama nacional del Siglo de Oro, intensificando sobre todo la pasión amorosa, convertida en núcleo dramático sobre el cual ordenan todos los demás valores.
No hay que buscar, pues, en los dramas históricos románticos drama de la historia ni la historia como drama. Todo lo más que llegaremos a percibir será una localización histórica de la acción, unas situaciones dramáticas condicionadas por la historia, en donde cristaliza el conflicto romántico entre la libertad y presión social: frente al individuo y  sus  aspiraciones el mundo opone sus deberes, sus prejuicios y sus compromisos. El desenlace del conflicto será siempre el mismo:  la destrucción del individuo por el mundo. El orden del mundo, estribado en la materia, imposibilita el triunfo de la individualidad que. estriba en el espíritu, en lo trascendente, en donde la belleza y la virtud son los valores rectores.
Dentro de este auge teatral cabe destacar que -como en el s. XVII, en el que está su verdadero origen- la ópera fue también un espectáculo de relativo éxito.
Evolución: autores
En general, al hablar de los autores teatrales románticos en España nos encontramos con los mismos nombres que al hablar de la poesía: en realidad, el escritor romántico no suele ceñirse a un único género literario.
Víctor Hugo (Lucrecia Borgia, 1835 y Hernani, 1836) y A. Dumas (Richard Darlington y Teresa, 1835; Antony y Margarita de Borgoña, 1836) fueron los grandes referentes que tuvieron los autores teatrales románticos españoles.
De acuerdo con la evolución general del Romanticismo español, al hablar del teatro nos encontramos con las siguientes fases o “generaciones”:
1)    Autores de origen neoclásico: los prerrománticos (Quintana, Lista, etc.)
2)    Autores inicialmente clasicistas que se exiliaron y contactaron con el Romanticismo en el extranjero., Finalmente, regresaron a España a la muerte de Fernando VII representando un romanticismo moderado: Mtnez. de la Rosa, Rivas, Alcalá Galiano, etc.
3)    Autores decididamente románticos: más jóvenes y decididamente progresistas, no pasaron por el exilio: Larra, Espronceda, Gª Gutiérrez, Hartzenbusch, Arolas, etc. Zorrilla es el más moderado y tradicionalista de todos ellos.
El teatro romántico arranca en España en 1834, y su evolución está jalonada por las siguientes obras:
1834            Macías,  Larra
1834   La conjuración de Venecia, Mtnez. de la Rosa
1835   Don Álvaro o la fuerza del sino, Duque de Rivas
1836   Abén Humeya (estrenada en París)
1836   El trovador, Gª Gutiérrez
1837   Los amantes de Teruel, E. Hartzenbusch
1840   El zapatero y el rey, Zorrilla
1844   Don Juan Tenorio, Zorrilla
1849            Traidor, inconfeso y mártir, Zorrilla
Como conclusión, puede decirse que:
* Hasta 1830-35 el teatro romántico español se limita a obras traducidas de autores extranjeros.
* El drama romántico tuvo bastante éxito popular, pero también recibió numerosas críticas a causa de: (a) romper de forma excesiva la preceptiva neoclásica y (b) plantear temas “moralmente disolventes” o peligrosos. Muchos estrenos se convirtieron en manifestaciones públicas de liberalismo, etc.
* El drama romántico desaparece prácticamente hacia 1845, más por causas internas (excesiva repetición de temas, personajes, etc., que llevan en pocos años al agotamiento) que por las críticas recibidas. Sólo Zorrilla continuará en esta línea años después.
* En las obras posteriores a 1845 queda sólo el elemento histórico-nacionalista (en tonos bastante conservadores): las características propias del Romanticismo irán desapareciendo (libertad, individualismo, etc.). Zorrilla es el ejemplo más claro de ello.

 

BIBLIOGRAFÍA

¨GARCÍA TEMPLADO, José: El teatro romántico. Anaya, Madrid, 1991.

¨OJEDA, P.: El justo medio: neoclasicismo y romanticismo en la obra dramática de Martínez de la Rosa. Universidad de Burgos, 1997.

¨LAMA, Miguel Ángel y CALDERA, Ermanno: “Introducción” en Rivas, Duque de: Don Álvaro o la fuerza del sino. Crítica, Barcelona, 1994.

¨CRESPO, Ángel: Duque de Rivas. Júcar, Los Poetas 66, Madrid, 1987; 1ª, 1985.

¨MENARINI, P., El teatro romántico español (1830-1850). Autores, obras, bibliografía. Bologna, Atesa, 1982

¨ PEÑA, Aniano: “Introducción” en Zorrilla, José: Don Juan Tenorio. Cátedra, LH 114, Madrid, 1986, 1ª, 1979.

¨AA.VV.: Actas del Congreso sobre José Zorrilla. Una nueva lectura. Ed. de F.J. Blasco, R. de la Fuente y A. Mateos. Universidad de Valladolid y Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1995.

 

ESTAS SECCIONES CONSTITUYEN UNA ADAPTACIÓN CON MODIFICACIONES DE:

http://www.desocupadolector.net/apuntes/poerom.htm ,

http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/lit/01/031603.asp

http://www.desocupadolector.net/apuntes/tearom.htm

 

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