Realismo y Naturalismo en la novela del siglo XIX
A.-
NOVELA Y BURGUESÍA EN ESPAÑA (1850-1868)
B.-
NOVELA REALISTA O NOVELA BURGUESA: la “novela de tesis” (1868-1880)
#
NOVELISTAS “REALISTAS” ESPAÑOLES
C.- EL NATURALISMO
EN ESPAÑA (a partir de 1880)
#
NOVELISTAS NATURALISTAS ESPAÑOLES
BIBLIOGRAFÍA
A.- NOVELA Y BURGUESÍA EN ESPAÑA (1850-1868)
Durante
el siglo XIX, y sobre todo en su segunda mitad, asistimos en toda Europa a un
nuevo ciclo en el que las obras maestras de la literatura se acumulan con fuerza
desusada. Pero en este caso el impulso corresponde por entero a una sola forma
literaria: la novela.
Ciertamente, parece asombroso que
en período tan reducido de tiempo puedan surgir por todo el viejo continente
figuras literarias de envergadura tal como las de Balzac, Stendhal, Flaubert o
Zola en Francia; Dickens en Inglaterra; Dostoievski y Tolstoi en Rusia; Eça de
Queiroz en Portugal; Verga en Italia; Clarín y Galdós en España... No parece
exagerado, pues, hablar del siglo XIX como la edad de oro de la novela europea.
Sin duda, una sociedad como la europea en el siglo XIX, que asienta sus
cimientos en la preponderancia de la burguesía, respaldada en el liberalismo
político, que cree en la filosofía positiva, que rinde culto al progreso científico,
no podía encontrar mejor expresión literaria. La novela decimonónica, la
novela por antonomasia, tras sus inicios como género histórico en el período
romántico, asiste durante el resto del siglo a su definitiva consagración.
REMINISCENCIAS ROMÁNTICAS
En general, puede
afirmarse–tal y como demostró Montesinos–, que entre 1850 y 1868 la
narrativa española continúa con los modelos novelescos desarrollados con el
romanticismo, y donde resultan decisivos:
a) La demanda de un público. sobre todo juvenil y
femenino, ávido de lecturas.
b) El expansionismo de la industria editorial francesa que llenó el país de
traducciones y que estimuló el desarrollo de la industria editorial española
c) El éxito de los nuevos géneros narrativos como la novela histórica (Walter
Scott), la novela social en folletines Eugène Sue (Los misterios de París y El
judío errante)
Sue conoce en España un rabioso éxito, y sus obras más divulgadas, Los
misterios de París y El judío
errante, se traducen en sucesivas
ocasiones y se reeditan continuamente.
Arrastradas por el éxito de este autor se traducen también en estos años las
obras de Alejandro Dumas o Víctor Hugo y se produce una auténtica epidemia de
“Misterios” españoles que aparecen por doquier.
No obstante, la obra más representativa de esta tendencia, que se prolonga
hasta los primeros años del siglo XX, es la que lleva por título María
o la hija de un jornalero, original del escritor y editor Wenceslao
Ayguals de Izco. E1 éxito de esta descripción minuciosa y degradante de los más
bajos ambientes madrileños fue rotundo, y la novela se imprimió repetidas
veces, tanto en el original español como en su traducción francesa.
Por otra parte, Joan Oleza, (“La génesis del realismo y la novela de
tesis” (en Historia de la Literatura española, dir. Víctor García de la
Concha, 1998), añade lo siguiente con respecto a los elementos “románticos”
que intervienen en la génesis de la novela realista:
B.-
NOVELA
REALISTA O NOVELA BURGUESA: la “novela de tesis” (1868-1880)
Resumiendo los
estudios de Fernández Montesinos, Ferreras, Gilman, Dendle, López Morillas,
Oleza, Rodríguez Puértolas, y Zavala (entre otros) podemos señalar las
siguientes características en la novela realista española:
1.- El concepto de “literatura
realista” se aplica generalmente a aquella que trata de reproducir mediante
sus obras la vida tal como es. Y cuando esta noción literaria se aplica al
campo de la narrativa, es para referirse a la novela de la segunda mitad del s.
XIX en España más concretamente.
2.- Su apogeo coincide en Europa con el
ascenso de la burguesía al poder. Los componentes de esta clase social
son quienes protagonizan la novela realista, quienes fabrican -a veces en
tiradas muy notables- los libros en que aparece y quienes, en último término,
los compran para convenirse después en sus lectores.
3.- EI protagonismo que en todos los ámbitos
caracteriza a la clase burguesa determina su rechazo de los aspectos más
notorios del “espíritu romántico” y la adopción de un modelo literario
opuesto a la subjetividad y al efectismo. ¿Qué características son las que
deben predominar en esta nueva concepción literaria?. Stendhal, uno de los
pioneros de la narrativa realista francesa concebía la novela como “un espejo
que se pasea a lo largo del camino y va reflejando aquello que encuentra, tanto
lo elevado como lo más sórdido, sin detenerse a juzgar su moralidad o
inmoralidad”.
4.- La objetividad narrativa, la
escritura como testimonio, es, pues, intento principal del movimiento realista.
Si este objetivo se cumple o no, siempre puede discutirse; pero lo indudable es
que en él pretende fundarse la novela de la segunda mitad del siglo XIX en España
y de él se desgajan algunos de sus rasgos definitorios más específicos. Por
ejemplo, los variadísimos temas que trata, cercanos siempre a las inquietudes
del momento y sin muchas ansias grandilocuentes o de trascendencia literaria.
Desde la política en la corte hasta el trabajo en la fábrica; desde el
caciquismo rural hasta la vida en los bajos fondos urbanos; desde la
infidelidad. conyugal hasta los entresijos de la vida en el convento. Por
ejemplo, las técnicas narrativas más utilizadas: el descriptivismo minucioso,
que da cuenta del entorno en que se desenvuelven los personajes y todo lo
referente a ellos mismos. La cuidada ambientación, con frecuente preferencia
hacia lo local. E1 nuevo empleo del lenguaje, auxiliar inapreciable para
descripciones y caracterizaciones, etc.
5.-
La novela realista española es en el siglo XIX un caso tardío. Las primeras
obras que sin duda podemos considerar como plenamente representativas del nuevo
género surgen ya iniciada la década de 1870. La Revolución de Septiembre de
1868, La Gloriosa, supone también el impulso inicial que marca un nuevo rumbo
en la novela española y, al mismo tiempo, el hecho que le da personalidad
propia frente a la literatura realista vigente en el resto de Europa. Porque la
confrontación ideológica que define nuestra novela en el último tercio del
siglo XIX no se hubiera producido -o, cuando menos, su efecto hubiera sido
notablemente menor- sin el revulsivo de la Revolución de Septiembre.
En los años siguientes a ella se produce una escisión entre nuestros
novelistas, que los divide en partidarios de diferentes y opuestas tesis ideológicas
manifestadas bajo forma literaria. Los autores del momento escriben sus obras
enfocando la realidad desde su propia concepción moral:
# Alarcón, Pereda o el padre Coloma continúan la tendencia iniciada en la
prehistoria del realismo por Cecilia Böhl de Faber (“Fernán Caballero”) y
defienden en sus novelas la tradición católica española.
# Frente a ellos, Galdós, Clarín o Vicente Blasco Ibáñez se erigen en
partidarios del pensamiento liberal y no clerical.Cabe hablar por consiguiente,
de un cierto desfase en la aparición de nuestro realismo. Su aparición hay que
vincularla -cronológicamente no hay duda y desde el punto de vista ideológico
parece imposible negarlo-- al vacilante intento de una revolución burguesa que,
en un período de seis años:
> destrona a Isabel II, forma un gobierno provisional, establece una monarquía
constitucional con Amadeo de Saboya, proclama la República, vive la reacción
de golpe de Estado militar, regresa a la monarquía borbónica e inicia una
experiencia de Régimen parlamentario.
> Durante el período subsiguiente -Restauración, intento de estabilización
de la revolución burguesa-
A este doble impulso va a responder la novela
realista española, cuyo primer período puede situarse en la
década de los setenta. Hacia 1880
entramos en la segunda fase, la del llamado "naturalismo" español,
aunque muchos de los escritores realistas del momento no se sientan afectados
por él. Hacia 1886, pero
fundamentalmente en la década de
los 90, se abre paso la tercera fase del realismo español, el
“espiritualismo”. Al final de esta década puede darse por
acabada la vigencia del modelo cultural realista en España.
6.- La aparición del realismo en España
es inseparable de la novela de
tesis, en cuanto que se enfoca la realidad desde determinada postura político-moral
y religiosa. Los realistas, salvo Valera, empiezan su labor enfocando la
realidad desde las propias convicciones morales y el resultado es perfectamente
evidente: novelas de buenos y malos. Para Galdós los malos son los
tradicionalistas, los moralistas, los clericales; para Pereda éstos son
precisamente los buenos. En realidad, no se trata tanto de leas como de
pasiones, y el conflicto no se plantea a nivel social sino sólo a nivel moral,
religioso o antirreligioso, o, mejor dicho, clerical o anticlerical.
7.- Tanto unos como otros toman como
campo de batalla el problema religioso, pero con un enfoque en
el que conviene distinguir varios aspectos en el enfrentamiento ideológico
literario:
> La
defensa de la religión que hacen los primeros nada tiene que ver con la religión
en sí misma; es más bien la apología de una sociedad que tiende a desaparecer
tras la revolución. Vuelven nostálgicamente la mirada hacia atrás, hacia la
España del pasado, hacia lo que ellos creen la verdadera España, la de los
valores inherentes a la raza. Por ello buscan la España eterna, de siempre, no
en el pasado como los románticos, sino en el campo, en las sociedades rurales
donde el tiempo se ha detenido y los males de la civilización no han degradado
la. vida. Lo malo llega de fuera, es siempre extranjero, y arraiga en las
ciudades. La salvación está en la fe ciega, sencilla; pero en los novelistas
católicos apenas mención de
Cristo o del Evangelio: su cristianismo es más nacionalismo que otra cosa.
> En
contraste con este pesimismo, los anticlericales están llenos de esperanzas y
de entusiasmo. Los héroes novelescos trabajan para el futuro, luchan por una
nueva sociedad de fraternidad y justicia social. Los escritores liberales no
atacan la religión, sino el simulacro de vida religiosa, la hipocresía, la
utilización de la religión por las fuerzas inmovilistas. Los católicos de sus
novelas carecen de amplitud de miras y del sentido de la caridad. Los personajes
liberales en cambio son todo generosidad y amplitud de espíritu. Se critica el
culto externo, pues el hombre, sugieren, no necesita mediaciones para llegar a
Dios. La iglesia, para ellos, se alía al oscurantismo, al fanatismo, a la
perpetuación de unos intereses que explotan a 1a nación y contra los que los
nuevos héroes (ingenieros, médicos, hombres de negocios
etc.) luchan. La novela liberal reivindica a las minorías oprimidas. La
educación es considerada como el fundamento incondicional para edificar una
nueva España. Los novelistas anticlericales se conciben a sí mismos como
misioneros, evangelizadores que llevan la luz allí donde sólo existe la
oscuridad y la podredumbre moral. Se advierte, en suma, en ambos tipos de
novelas un utopismo, una actitud teológica según la cual el hombre está en el
mundo respondiendo a un propósito superior
> Para los novelistas católicos,
todo lo que ocurre responde a los designios de la Divina Providencia; para los liberales, la historia lleva siempre a un inevitable
progreso hacia una sociedad más perfecta. En la España de la Restauración
unos y otros reclaman un fin moral y didáctico para la novela. En lo que
difieren es en el tipo de finalidad, clerical o anticlerical, y en el grado en
que ha de ser utilizada. A veces se ha distinguido entre la novela de tesis y la
novela de tendencia, pero en ambos casos se trata de lo mismo en sustancia: lo
que ocurre no es inocente, sino que lleva una carga demostrativa, sea ésta explícita
o no. Y esto es lo importante: la
novela del momento no se diferencia en católica y no-católica, sino que se
integra en novela de tesis. Las tendencias ideológicas opuestas coinciden en
ser tendencias y su expresión novelística es una y común: la novela de tesis.
O como dice Joan Oleza:

La
“novela de tesis” o “novela realista”, pues, no muestra más que
visiones subjetivadas -poco realistas u objetivas, por tanto- de la realidad,
tendiendo al panfletarismo ideológico y al didactismo moral. El novelista desea
“dotar a la materia de un ideal” (lo que de algún modo también ocurría
con el costumbrismo). No es de extrañar que los temas tratados en ellas son los
más candentes en la España del momento: la cuestión religiosa, la educación,
las libertades civiles, el nacionalismo, el ejército, las relaciones sociales,
la familia, el progreso económico, etc.
La
obra literaria de Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833-Valdemoro,
Madrid, 1891), como su propia vida, está marcada por la evolución desde unas
creencias y modos de manifestarlas a otros.
Ideológicamente, pasó de un liberalismo exaltado a un conservadurismo a
ultranza. Literariamente, su obra oscila entre un encuadre todavía cercano al
romanticismo y un posterior emplazamiento en la novela realista sustentadora de
tesis afines a su pensamiento político.
A la primera de estas etapas
corresponden su temprana novela EI
final de Norma, algunas de las narraciones incluidas en sus
recopilaciones de relatos breves -publicadas muy posteriormente a su redacción
inicial-: Cuentos amatorios, Historietas
nacionales, Narraciones inverosímiles, y, en parte, sus crónicas
de viaje,: Diario de un testigo de la
Guerra de África, De Madrid a Nápoles y La Alpujarra.
Mención aparte debe hacerse de sus
dos novelas breves El sombrero de tres
picos, recreación del tema del corregidor y la molinera en un relato
magnífico.
La aportación del novelista granadino a la narrativa realista de tesis debe
fijarse en sus tres últimas novelas, cuya extensión es mucho mayor que la de
relatos anteriores: El escándalo,
EI niño de la bola y La
Pródiga. A pesar de que en ellas todavía se manifiestan -aunque en
cantidad decreciente- elementos de clara ascendencia romántica, lo fundamental
es que en estas novelas Alarcón pone su arte narrativo al servicio de los
ideales tradicionalistas católicos, cuya hegemonía estaba seriamente amenazada
desde la Revolución de 1868, hecho que nuestro autor supo calibrar con
exactitud.
Sus escritos fueron siempre acogidos con entusiasmo por los lectores, lo que le
permitió vivir holgadamente de sus derechos de autor.
José María de Pereda
(Polanco, Cantabria, 1833) cubre un panorama literario más amplio que el de
Alarcón. Tras iniciarse en el costumbrismo, género al que supo librar de su
inmovilidad descriptiva (con sus Escenas
Montañesas o sus Tipos
y paisajes), llega a la novela de tesis con Los
hombres de pro, publicada en 1872. El enfrentamiento político, moral e
incluso regional que configura esta obra -en la que su autor toma partido
ferviente por la mediocridad y el apoliticismo provincianos- es el primer paso
para el tratamiento que después da a la confrontación social en El buey suelto, política en Don Gonzalo González de la Gonzalera y religiosa en De
tal palo, tal astilla En todas ellas, Pereda defiende las ideas
tradicionales, conservadoras y católicas, oponiéndose con frecuencia al
pensamiento contrario expuesto por Galdós en algunas de sus novelas. Así, Los
hombres de pro es una reacción ante La
Fontana de Oro galdosiana; De
tal palo, tal astilla, por su parte, fue escrita como respuesta a Gloria,
también de Benito Pérez Galdós.
Pero el escritor montañés no se detiene en esta etapa novelesca, ideológicamente
doctrinaria y agresiva. A partir de El sabor de la tierruca, en 1882, Pereda deriva hacia una
visión literaria más propia, que algunos han denominado “realismo
regional”. Esta nueva concepción narrativa, si no exenta siempre de
contenidos ideológicos, al menos deja de manifestar un enfrentamiento perpetuo
y radical con las concepciones no afines a su autor. E1 Pereda más característico
se nos muestra en las obras que siguen a la ya mencionada novela, y constituyen
(excepción hecha de Pedro Sánchez,
ambientada en el Madrid que Pereda conoció 31 años antes) un vasto mosaico de
la vida en su región de origen: Sotileza,
la “epopeya del mar”; La puchera,
donde la narración supera ya con mucho lo simplemente costumbrista, de ambiente
montañés y marinero; Peñas arriba,
en la que tipos populares y personajes de probada hidalguía se funden para
glorificar a la montaña cántabra.
Durante todo este período, la confrontación ideológica sólo se muestra con
vigor en La Montálvez, obra
literariamente no muy cuajada, pero cuya publicación originó una descabellada
polémica acerca del determinismo materialista presente en ella. Consecuencia
suya fue, hasta cierto punto, la aparición de Pequeñeces, novela escrita por el padre Luis Coloma, en la
que la corrupción de la alta sociedad madrileña, relatada por Pereda en La
Montálvez, le sirve al jesuita para presentar a su orden como elemento
cauterizador.
Pereda obtuvo en vida el reconocimiento de un público lector fiel a su obra y
el apoyo de la crítica, incluso de aquella procedente del bando ideológicamente
opuesto. E1 propio Galdós, Emilia Pardo Bazán o Clarín, que sostenían
ideales políticos y literarios muy distintos, apoyaron casi sin reserva al
escritor montañés.
El idealismo de Juan
Valera
Juan Valera (Cabra, Córdoba,
1826-Madrid, 1905), el mayor de los escritores de esta primera generación
realista, ha sido situado a menudo en un plano estético, literario e ideológico
diferente del de sus coetáneos. Hasta tal punto que la crítica ha llegado a
tildarle de auténtica “anomalía literaria”.
Su vida ajetreada y socialmente brillante (diplomático por toda Europa y en América,
diputado en Cortes, alto cargo de la Administración del Estado...) no le impidió
una continua dedicación a la crítica literaria y al ensayo, que lo llevaron a
la Real Academia de la Lengua en 1861.
La aplicación de Valera a
narrativa no llega hasta 1874, cuando estaba ya cerca de cumplir los 50 años.
Pero, llegado ese momento, en pocos años publica cinco novelas: Pepita
Jiménez, Las ilusiones del doctor Faustino, Pasarse de listo,
El comendador Mendoza y Doña Luz. Todas ellas, de forma casi unánime,
han sido juzgadas como ajenas al realismo imperante y calificadas de idealistas.
Tal valoración es apropiada, pero sólo si la tomamos en el sentido de fijarse
más en la pintura de estados de ánimo -especialmente aplicada a las figuras
femeninas creadas por el cordobés- que en la descripción minuciosa del
universo en que se mueven los personajes.
Es difícil saber si Valera hubiera continuado cultivando la novela en el caso
de que su Pepita Jiménez no
hubiese constituido un rotundo éxito, inesperado incluso para su propio autor.
Lo cierto es que la altura narrativa alcanzada por la novela, cuyo argumento,
expuesto en forma epistolar, trata de la inclinación amorosa que un joven
seminarista, Luis de Vargas, siente por la viuda Pepita Jiménez, no se repite
en el resto de las novelas mencionadas, que siempre plasman el intento de Valera
por conciliar ideales opuestos.
La novelística de Juan Valera no
acaba con estas creaciones, publicadas todas en los años setenta. Tras un
intervalo de 20 años, el aristócrata andaluz vuelve a la narración
para ofrecernos, ya, cumplidos los 70 años, otras tres novelas:
Juanita la Larga, Genio y
figura y Morsamor.
C.-
EL NATURALISMO EN ESPAÑA (a partir de 1880)
Como
tendencia narrativa no puede hablarse de Naturalismo en España hasta 1880, tal
y como demostró Pattison en su excelente estudio del naturalismo en
España. En
este sentido, la novela naturalista -aunque bastante más tarde que en Francia-
en nuestro país tiene las mismas implicaciones ideológicas que en resto de
Europa: tras la Revolución de 1868 y el llamado “Sexenio Revolucionario” la
política española deriva en el sistema llamado “Restauración” desde 1875
con el regreso de Alfonso XII a modo de continuación de los tiempos de su madre
Isabel II. Así pues, el periodo plenamente revolucionario de la burguesía española
(1868-1874) quedaba definitivamente superado y la Alta burguesía se veía
obligada a pactar con la Aristocracia: la burguesía en su conjunto había
fracasado totalmente en su intento por acceder al poder político.
Pues bien, si la novela realista de los 70 fue el soporte literario de la
ideología burguesa en su periodo revolucionario y esperanzado, el Naturalismo
será en los 80 el vehículo con el que los novelistas burgueses expresen el
fracaso colectivo de su propia clase social: a su creciente desconfianza en la
burguesía española le corresponde un nuevo modo narrativo, el naturalista.
Por otra parte, no puede hablarse de una importación del modelo narrativo
naturalista francés a España sin más. La forma de novelar de Zola y sus
seguidores en Francia suscitó una gran polémica en los inicios de la década
de los 80 en España.
El Naturalismo francés suscitó dos tipos de reacciones en los novelistas españoles,
según el siguiente esquema (Patisson, Oleza):
Años 80: novela naturalista al estilo de Zola en Francia (superación de tesis
previas): no hay que dotar a la realidad de un ideal, sino que éste ya está en
la realidad: sólo hay que describirlo de forma impersonal y objetiva.
# Novelistas de ideología liberal conservadora (Pereda, Alarcón, etc.)
enemigos de la revolución: Rechazo radical: el naturalismo es visto como
un estilo obsceno, sucio, etc.
# Novelistas de ideología liberal progresista
(Galdós, Clarín, etc.) partidarios de la revolución :Aceptación del
naturalismo: estilo apropiado para expresar la crisis ideológica burguesa.
El Naturalismo español fue, en realidad, mucho más atenuado que el francés:
en la medida que las ideologías reaccionarias o conservadores eran más
poderosas que en Francia, los novelistas españoles tuvieron muchos más
prejuicios a la hora de referirse a temas como el obrerismo, la sexualidad, las
enfermedades, la pobreza y miseria de algunos sectores sociales, etc. Desde
luego, el influjo de la iglesia española se dejó notar muy claramente: según
las autoridades eclesiástica y los escritores católicos españoles la novela
debe estar caracterizada por la moralidad y el respeto a la doctrina católica
(novela como práctica idealizante y didáctica). Sus críticas a los
naturalistas se centraron, pues, en su falta de ejemplaridad y su excesivo
materialismo, además de su base teórica en teorías “herejes” como el
determinismo evolucionista darwiniano o “demasiado peligrosas” como el
positivismo y el racionalismo. El idealismo dogmático de la iglesia se creía
amenazado por los naturalistas, cuya visión de la realidad era totalmente
opuesta.
Pero, además, en ese rechazo parcial hacia el Naturalismo francés había también
un cierto componente nacionalista: repudiar el Naturalismo en tanto que estética
literaria surgida en Francia, país considerado hostil e inmoral durante todo el
s. XIX en España.
Emilia Pardo Bazán fue la teórica del Naturalismo en España. En su libro La
cuestión palpitante se ocupó del tema propugnando, precisamente un
“si pero no” al Naturalismo francés: “sí” a la superación de las
“tesis” apriorísticas de la novela realista; “no” al énfasis de Zola y
sus seguidores franceses en lo sucio, lo carnal-material, lo escatológico y lo
obsceno.
El Naturalismo, pues, no fue adoptado en España más que por un pequeño grupo
de escritores que, intelectualmente, eran la “vanguardia” de la burguesía
española de la época. Además, sólo esos escritores seguirán escribiendo y
publicando novelas durante los años 80 y también en los 90
(“Espiritualismo”).
NOVELISTAS
NATURALISTAS ESPAÑOLES
Al
iniciarse la década de los años 80, el desarrollo de la vida literaria española
se conmueve con la llegada a nuestro país de las novelas de Zola, cuya primera
traducción aparece en 1879 (El ataque
del molino). A partir del año siguiente, a la versión española de las
obras más polémicas del maestro del naturalismo (La
taberna, Nana...) se
une la publicación en nuestra lengua de obras escritas por e1 resto de los
representantes de la escuela fisiológica francesa. Daudet, los hermanos
Goncourt, Guy de Maupassant...
También de 1879 data la publicación de Lucio
Téllez, segunda novela de José Ortega Munilla y primera en la que la
crítica acierta a detectar influjos directos de la escuela de Zola, que se
repetirán en posteriores relatos del mismo autor: El
tren directo o Don Juan Solo.
En l881, la corriente naturalista acoge en sus filas a uno de los escritores
españoles ya consagrados, Benito Pérez Galdós, que con su novela La
desheredada se adhiere al movimiento importado de Francia. Ya en 1882,
comienzan a aparecer en La Época
los artículos escritos por Emilia Pardo Bazán (reunidos en un volumen, con prólogo
de Clarín, al año siguiente) en lo que se titulará La
cuestión palpitante.
Quizá debido a la especial interpretación que se dio en España a la corriente
original francesa, no pueda afirmarse que los autores de más acá de los
Pirineos cultivaran un tipo uniforme de concepción estética naturalista. A
este respecto no sería inexacto hablar, como lo ha hecho algún crítico con
cierto escepticismo de “naturalismos” en la novela española. del XIX.
De cualquier manera, el o los naturalismos españoles tienen su apogeo desde
1880 hasta 1890, aunque obras naturalistas aparezcan todavía en el siglo XX. La
teoría literaria de Zola se constituye en concepción central de autores como
el catalán Narcís Oller, Alejandro Sawa o el ya mencionado Ortega Munilla.
Entre las grandes figuras literarias del momento, el naturalismo se presenta
bien como etapa pasajera o bien como fondo desdibujado sobre el que se
manifiestan con nitidez características propias como el humor, la ambientación
regionalista o un cierto grado de espiritualismo nada acorde con los principios
fijados por la escuela francesa. (Oleza)
Desde 1880 la situación de la novela española comienza a cambiar: en 1881 Galdós
abandona su “período abstracto" e inicia con La
desheredada el período naturalista. En 1883 la Pardo Bazán publica un
libro de ensayo La cuestión
palpitante, una novela La
tribuna, y Galdós publica El
doctor centeno. 1884 es 1a fecha en que ven la luz La
Regenta de Clarín, y Tormento,
La de Bringas y Lo
prohibido, de Galdós. Es el momento naturalista. Poco después, en I886
y 1887, aparecerán las dos novelas tradicionalmente consideradas más
representativas del naturalismo, Los
pazos de Ulloa y La madre
Naturaleza.
Los escritores liberales españoles aceptan el naturalismo -con más o menos
moderación- mientras que los
tradicionalistas lo rechazan indignados para continuar con la novela de tesis...
Es entonces cuando un gran escritor consagrado.
La desheredada consolida la
adaptación del nuevo movimiento y Galdós une su firma a la de los jóvenes en
la revista naturalista Arte y letras.
Esta, digamos, alianza por la que Galdós era sentido como maestro indiscutible
del nuevo movimiento, culmina en el banquete-homenaje promovido por los miembros
del “Bilis-Club” naturalista.
Pero al naturalismo español no le servía la fórmula francesa en estado puro,
porque nuestro proceso cultural era muy distinto: en España estábamos todavía
en una fase de esperanzada lucha, de conquista y estabilización de los ideales
democráticos. Cuando la realidad democrática española, con la Restauración,
no satisfaga estos ideales, toda la novela en Europa habrá girado ya su evolución
desviándola, en un nuevo subjetivismo, de la realidad exterior. En la última
fase de la obra de Galdós, la Pardo Bazán, Clarín, girará el naturalismo
hacia un espiritualismo progresivo que encontrará en su camino a los hombres
del 98.
El naturalismo en España sirvió para adensar y, sobre todo, barrer de tesis. y
de "apriorismos" moralizantes a la novela. La gran conquista de
nuestro naturalismo es haber descubierto que la trascendencia está en la
materia misma y que ésta no es disociable del espíritu. Lo que Galdós, Bazán
y Clarín hacen es revelar la idea, el espíritu, que impregna la materia en
lugar de -como Fernán Caballero y la novela de tesis- tratar de imponerle a la
materia un espíritu que le es ajeno, lo que implica, muy románticamente por
cierto, que materia y espíritu son cosas pertenecientes a dos planos distintos.
Si en España se produce un eco del naturalismo francés que se limita a lo
puramente superficial ello se visualiza en algunos de los recursos tremendistas
y declamatorios de la escuela que más que crear sigue ciegamente la moda
francesa (López Bago con La
prostituta, La pálida,
La buscona La
querida, etc.; Alejandro
Sawa con Crimen legal, La
mujer de todo el mundo, etc.). EI naturalismo español crece en Clarín,
Galdós, Bazán, etc., desde el realismo iniciado con Fernán Caballero, y crece
desde dentro, orgánicamente. Primero, a la materia se trata de dotarla, desde
fuera, con el “ideal” (Fernán Caballero y la novela de tesis), después se
descubre a la materia conteniendo el “ideal” (fase naturalista); finalmente
y por progresión, por intensificación, el “ideal” va impregnando la
materia hasta hacerse ésta casi invisible (Espiritualismo). El paso siguiente
es la negación de la realidad (Valle-Inclán y el “esperpento”) o la
afirmación del espíritu (Unamuno).
Como explica Eoff (El pensamiento moderno y la novela española,
Seix Barral, Barcelona, 1965, trad. R. Berdagué): En la primera fase hay un acuerdo entre individuo y realidad y lo que chocan son
las realidades diversas (Pepe Rey no choca con Dª Perfecta, lo que chocan son
las realidades que representan, la España
del progreso y la España
estancada). En la segunda, el individúo lucha contra la realidad y es vencido,
pero ello no es culpa exclusiva de la realidad, sino que el individuo, por algún
motivo, es también culpable (la ambición en Fermín de Pas, la histeria ensoñadora
de Ana Ozores, la fantasía exaltada de Isidora Rufete. etc.). En la tercera, el
individuo es siempre más puro que la realidad, a la que trata de imponerse, y
contra la que persevera en
busca de su
perfección, aun después de
vencido (Bonifacio Reyes en busca de su hijo;
Benigna, pese a la ingratitud de doña Francisca y los suyos; Gaspar de
Montenegro frente a su educación, su medio frente a sí mismo y sus actos). En
una palabra: el naturalismo español es una fase más de nuestro realismo, con
la consiguiente ruptura de la identificación entre novela y burguesía,
expresión de una vanguardia burguesa en pleno desengaño por el fracaso
de una profunda revolución burguesa en España: A partir de aquí la
consecuencia más inmediata será la progresiva
falta de coherencia y de solidez ideológica de la burguesía española,
sus vacilaciones y contradicciones internas (que en lo político llegarán al
fascismo o al socialismo, por ejemplo, en pleno s. XX)
Emilia Pardo Bazán
La
condesa de Pardo Bazán (La Coruña, 1852- Madrid 1921) comenzó a llevar a la
práctica sus ideas sobre el naturalismo en 1883, con su novela La
Tribuna. Hasta ese momento había publicado dos ensayos narrativos, Pascual
López y Un viaje de novios,
que le servirían como preparación para lanzarse de lleno al cultivo de una
peculiar narrativa experimental[1][1].
Los ámbitos en que la escritora gallega sitúa sus obras de este tipo son
cuatro: el proletariado urbano en La
Tribuna, el pueblo en E1 cisne
de Villamorta, el mundo rural en Los
pazos de Ulloa y su continuación La
madre naturaleza, y la ciudad en Insolación
y Morriña. Con estas novelas,
el naturalismo español llega a uno de sus límites más aproximados al modelo
francés, aunque siempre sujetándose a ese “sí... pero no” que caracteriza
la teoría literaria de doña Emilia.
No obstante, la defensora de Zola deriva posteriormente hacia caminos hasta
cierto punto paralelos a los que había recorrido Galdós: es su momento
“espiritualista”, plasmado en obras simbólicas como Una
cristiana y La prueba,
ambas de 1890, o La
quimera y La sirena negra
(ambas ya en el s. XX).
Armando Palacio Valdés
La
obra de Armando Palacio Valdés (Entralgo, Asturias, l853-Madrid, 1938)
constituye un ejemplo más de la evolución y diversidad artísticas que
caracterizan la novela española en el último tercio del siglo XIX. La temprana
novela El señorito Octavio
fue considerada precisamente ejemplo del naturalismo narrativo, por su respeto a
las reglas de Zola: “Los hechos solos, el comentario sobra, nada de tesis”.
Ingredientes posiblemente relacionados con la novela experimental se aprecian
también en obras posteriores como La
espuma -censura de la alta sociedad-, La
Fe -donde es protagonista el amor sacrílego y El
maestrante, que relata la venganza de una aristocrática mujer sobre su
propia hija, fruto de una relación ilegítima. Pero junto a ellas aparecen
novelas que apuntan hacia direcciones narrativas muy diferentes: José
y La aldea perdida, pese a la
distancia temporal que las separa (la primera vez se publica en 1887; la segunda
apareare en 1909), presentan un esquema idílico común que Valera ya había
explorado en alguna de sus obras. Otras obras, de carácter autobiográfico son Riverita,
Maximina, Los
papeles del doctor Angélico o La
hermana .San Sulpicio.
Vicente
Blasco Ibáñez
La
última generación de la narrativa decimonónica tiene como representante más
característico a Vicente Blasco Ibáñez
(Valencia, I867-Menton. Francia, 1928). Tras irregulares comienzos como autor de
novelas cercanas al folletín (La araña
negra, de 1892, inspirada en El
judío errante, de E. Sue), nos deja en los últimos años del siglo un
grupo de novelas que combinan elementos regionalistas con una fórmula
claramente naturalista. Se trata de su “ciclo valenciano”, constituido por
novelas como Arroz y tartana
-sátira de la burguesía local-, Flor
de mayo, La barraca,
que narra la explotación del campesino pobre por el propietario de la huerta, Entre
naranjos y Cañas y barro.
Es cierto que la abundancia de elementos naturalistas (determinación, denuncia
social...) presentes en estas obras le valieron a Blasco el sobrenombre de
“Zola español”; pero a partir de ese momento, e1 autor imprime a su creación
literaria un rumbo narrativo radicalmente distinto, que no sólo lo aleja de la
estética naturalista, sino que incluso lo aparta de las características
elementales de la novela decimonónica.
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