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Realismo y Naturalismo en la novela del siglo XIX

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A.- NOVELA Y BURGUESÍA EN ESPAÑA (1850-1868)
B.- NOVELA REALISTA O NOVELA BURGUESA: la “novela de tesis” (1868-1880)

       # NOVELISTAS “REALISTAS” ESPAÑOLES
C.- EL NATURALISMO EN ESPAÑA (a partir de 1880)
      # NOVELISTAS NATURALISTAS ESPAÑOLES
BIBLIOGRAFÍA

 

A.- NOVELA Y BURGUESÍA EN ESPAÑA (1850-1868)

  Cuadro de texto:  Las clases aristocráticas -cada vez menos relevantes- y, sobre todo, la pujante burguesía constituyen el público natural de la novela realista. Frente a ello, las clases más bajas acceden durante el siglo XIX al consumo de novelas mediante la aparición y rapidísima difusión de una nueva técnica editorial: la obra por entregas. Esta técnica supone, básicamente, una distribución fragmentaria de obras con arreglo a una periodicidad semanal, quincenal o mensual. Su configuración sigue dos formas básicas: 
·   El folletín, que se publicaba en la parte inferior de la hoja de algún periódico, de modo que se pudiera recortar para coleccionarlo hasta constituir una novela. 
·   Las entregas separadas, cuadernillos que se vendían junto al ejemplar del periódico o revista y que también llegaban a formar una novela. Algo muy similar en su base a las actuales obras en fascículos. 
Además, los editores podían vender ya encuadernado un volumen en el que se recogiera una obra publicada anteriormente. 
La cantidad media de entregas necesarias para confeccionar un volumen oscilaba entre 45 y 50, aunque podía ser superior. EI precio habitual de cada folleto era el de un real, pagadero en el acto de la entrega. Este sistema editorial llegó a configurarse como una industria que dio trabajo a una verdadera “nómina de autores”, casi todos auténticos creadores a sueldo o a  destajo (muchos novelistas contrataban los servicios de un taquígrafo o compartían su trabajo Con otro escritor cuyo nombre no figuraría, auténtico “proletario” de la literatura. EI propio Vicente Blasco Ibáñez aseguraba que él había desempeñado ocasionalmente ese papel). 
De este modo se hicieron famosos escritores españoles -y no hablemos de los extranjeros, traducidos por decenas- como los ya mencionados Fernández y González (¡ autor de más de 170 obras!) y Julio Nombela. 
Los temas preferidos por estos autores solían ser los de la historia o las aventuras ambientadas en determinados momentos históricos de fondo, con un gusto especial hacia la ambientación medieval y la época de los Austrias (EI cocinero de su majestad, de Fernández y González, o El tribunal de la sangre, de Ortega y Frías, fueron títulos conocidísimos) y la temática social, cuyo principal representante en los años centrales del siglo fue Ayguals de Izco (María o la hija de un jornalero). 
Durante el siglo XIX, y sobre todo en su segunda mitad, asistimos en toda Europa a un nuevo ciclo en el que las obras maestras de la literatura se acumulan con fuerza desusada. Pero en este caso el impulso corresponde por entero a una sola forma literaria: la novela.
 Ciertamente, parece asombroso que en período tan reducido de tiempo puedan surgir por todo el viejo continente figuras literarias de envergadura tal como las de Balzac, Stendhal, Flaubert o Zola en Francia; Dickens en Inglaterra; Dostoievski y Tolstoi en Rusia; Eça de Queiroz en Portugal; Verga en Italia; Clarín y Galdós en España... No parece exagerado, pues, hablar del siglo XIX como la edad de oro de la novela europea.
Sin duda, una sociedad como la europea en el siglo XIX, que asienta sus cimientos en la preponderancia de la burguesía, respaldada en el liberalismo político, que cree en la filosofía positiva, que rinde culto al progreso científico, no podía encontrar mejor expresión literaria. La novela decimonónica, la novela por antonomasia, tras sus inicios como género histórico en el período romántico, asiste durante el resto del siglo a su definitiva consagración.
REMINISCENCIAS ROMÁNTICAS
En general, puede afirmarse–tal y como demostró Montesinos–, que entre 1850 y 1868 la narrativa española continúa con los modelos novelescos desarrollados con el romanticismo, y donde resultan decisivos:
a) La demanda de un público. sobre todo juvenil y femenino, ávido de lecturas.
b) El expansionismo de la industria editorial francesa que llenó el país de traducciones y que estimuló el desarrollo de la industria editorial española
c) El éxito de los nuevos géneros narrativos como la novela histórica (Walter Scott), la novela social en folletines Eugène Sue (Los misterios de París y El judío errante)  
Sue conoce en España un rabioso éxito, y sus obras más divulgadas, Los misterios de París y El judío errante, se traducen en sucesivas
ocasiones y se reeditan continuamente. Arrastradas por el éxito de este autor se traducen también en estos años las obras de Alejandro Dumas o Víctor Hugo y se produce una auténtica epidemia de “Misterios” españoles que aparecen por doquier.
No obstante, la obra más representativa de esta tendencia, que se prolonga hasta los primeros años del siglo XX, es la que lleva por título María o la hija de un jornalero, original del escritor y editor Wenceslao Ayguals de Izco. E1 éxito de esta descripción minuciosa y degradante de los más bajos ambientes madrileños fue rotundo, y la novela se imprimió repetidas veces, tanto en el original español como en su traducción francesa.
Por otra parte, Joan Oleza, (“La génesis del realismo y la novela de tesis” (en Historia de la Literatura española, dir. Víctor García de la Concha, 1998), añade lo siguiente con respecto a los elementos “románticos” que intervienen en la génesis de la novela realista:
 

B.- NOVELA REALISTA O NOVELA BURGUESA: la “novela de tesis” (1868-1880)

 Resumiendo los estudios de Fernández Montesinos, Ferreras, Gilman, Dendle, López Morillas, Oleza, Rodríguez Puértolas, y Zavala (entre otros) podemos señalar las siguientes características en la novela realista española:
1.- El concepto de “literatura realista” se aplica generalmente a aquella que trata de reproducir mediante sus obras la vida tal como es. Y cuando esta noción literaria se aplica al campo de la narrativa, es para referirse a la novela de la segunda mitad del s. XIX en España más concretamente.
2.- Su apogeo coincide en Europa con el ascenso de la burguesía al poder. Los componentes de esta clase social  son quienes protagonizan la novela realista, quienes fabrican -a veces en tiradas muy notables- los libros en que aparece y quienes, en último término, los compran para convenirse después en sus lectores.
3.- EI protagonismo que en todos los ámbitos caracteriza a la clase burguesa determina su rechazo de los aspectos más notorios del “espíritu romántico” y la adopción de un modelo literario opuesto a la subjetividad y al efectismo. ¿Qué características son las que deben predominar en esta nueva concepción literaria?. Stendhal, uno de los pioneros de la narrativa realista francesa concebía la novela como “un espejo que se pasea a lo largo del camino y va reflejando aquello que encuentra, tanto lo elevado como lo más sórdido, sin detenerse a juzgar su moralidad o inmoralidad”.
4.- La objetividad narrativa, la escritura como testimonio, es, pues, intento principal del movimiento realista. Si este objetivo se cumple o no, siempre puede discutirse; pero lo indudable es que en él pretende fundarse la novela de la segunda mitad del siglo XIX en España y de él se desgajan algunos de sus rasgos definitorios más específicos. Por ejemplo, los variadísimos temas que trata, cercanos siempre a las inquietudes del momento y sin muchas ansias grandilocuentes o de trascendencia literaria. Desde la política en la corte hasta el trabajo en la fábrica; desde el caciquismo rural hasta la vida en los bajos fondos urbanos; desde la infidelidad. conyugal hasta los entresijos de la vida en el convento. Por ejemplo, las técnicas narrativas más utilizadas: el descriptivismo minucioso, que da cuenta del entorno en que se desenvuelven los personajes y todo lo referente a ellos mismos. La cuidada ambientación, con frecuente preferencia hacia lo local. E1 nuevo empleo del lenguaje, auxiliar inapreciable para descripciones y caracterizaciones, etc.
5.- La novela realista española es en el siglo XIX un caso tardío. Las primeras obras que sin duda podemos considerar como plenamente representativas del nuevo género surgen ya iniciada la década de 1870. La Revolución de Septiembre de 1868, La Gloriosa, supone también el impulso inicial que marca un nuevo rumbo en la novela española y, al mismo tiempo, el hecho que le da personalidad propia frente a la literatura realista vigente en el resto de Europa. Porque la confrontación ideológica que define nuestra novela en el último tercio del siglo XIX no se hubiera producido -o, cuando menos, su efecto hubiera sido notablemente menor- sin el revulsivo de la Revolución de Septiembre.
En los años siguientes a ella se produce una escisión entre nuestros novelistas, que los divide en partidarios de diferentes y opuestas tesis ideológicas manifestadas bajo forma literaria. Los autores del momento escriben sus obras enfocando la realidad desde su propia concepción moral:
# Alarcón, Pereda o el padre Coloma continúan la tendencia iniciada en la prehistoria del realismo por Cecilia Böhl de Faber (“Fernán Caballero”) y defienden en sus novelas la tradición católica española.
# Frente a ellos, Galdós, Clarín o Vicente Blasco Ibáñez se erigen en partidarios del pensamiento liberal y no clerical.Cabe hablar por consiguiente, de un cierto desfase en la aparición de nuestro realismo. Su aparición hay que vincularla -cronológicamente no hay duda y desde el punto de vista ideológico parece imposible negarlo-- al vacilante intento de una revolución burguesa que, en un período de seis años:
> destrona a Isabel II, forma un gobierno provisional, establece una monarquía constitucional con Amadeo de Saboya, proclama la República, vive la reacción de golpe de Estado militar, regresa a la monarquía borbónica e inicia una experiencia de Régimen parlamentario.
> Durante el período subsiguiente -Restauración, intento de estabilización de la revolución burguesa-
A este doble impulso va a responder la novela realista española, cuyo primer período puede situarse en la  década de los setenta. Hacia 1880 entramos en la segunda fase, la del llamado "naturalismo" español, aunque muchos de los escritores realistas del momento no se sientan afectados por él.  Hacia 1886, pero fundamentalmente  en la década de los 90, se abre paso la tercera fase del realismo español, el “espiritualismo”. Al final de esta década puede darse por acabada la vigencia del modelo cultural realista en España.
6.- La aparición del realismo en España es  inseparable de la novela de tesis, en cuanto que se enfoca la realidad desde determinada postura político-moral y religiosa. Los realistas, salvo Valera, empiezan su labor enfocando la realidad desde las propias convicciones morales y el resultado es perfectamente evidente: novelas de buenos y malos. Para Galdós los malos son los tradicionalistas, los moralistas, los clericales; para Pereda éstos son precisamente los buenos. En realidad, no se trata tanto de leas como de pasiones, y el conflicto no se plantea a nivel social sino sólo a nivel moral, religioso o antirreligioso, o, mejor dicho, clerical o anticlerical.
7.- Tanto unos como otros toman como campo de batalla el problema religioso, pero con un enfoque  en el que conviene distinguir varios aspectos en el enfrentamiento ideológico literario:
> La defensa de la religión que hacen los primeros nada tiene que ver con la religión en sí misma; es más bien la apología de una sociedad que tiende a desaparecer tras la revolución. Vuelven nostálgicamente la mirada hacia atrás, hacia la España del pasado, hacia lo que ellos creen la verdadera España, la de los valores inherentes a la raza. Por ello buscan la España eterna, de siempre, no en el pasado como los románticos, sino en el campo, en las sociedades rurales donde el tiempo se ha detenido y los males de la civilización no han degradado la. vida. Lo malo llega de fuera, es siempre extranjero, y arraiga en las ciudades. La salvación está en la fe ciega, sencilla; pero en los novelistas católicos  apenas mención de Cristo o del Evangelio: su cristianismo es más nacionalismo que otra cosa.
> En contraste con este pesimismo, los anticlericales están llenos de esperanzas y de entusiasmo. Los héroes novelescos trabajan para el futuro, luchan por una nueva sociedad de fraternidad y justicia social. Los escritores liberales no atacan la religión, sino el simulacro de vida religiosa, la hipocresía, la utilización de la religión por las fuerzas inmovilistas. Los católicos de sus novelas carecen de amplitud de miras y del sentido de la caridad. Los personajes liberales en cambio son todo generosidad y amplitud de espíritu. Se critica el culto externo, pues el hombre, sugieren, no necesita mediaciones para llegar a Dios. La iglesia, para ellos, se alía al oscurantismo, al fanatismo, a la perpetuación de unos intereses que explotan a 1a nación y contra los que los nuevos héroes (ingenieros, médicos, hombres de negocios  etc.) luchan. La novela liberal reivindica a las minorías oprimidas. La educación es considerada como el fundamento incondicional para edificar una nueva España. Los novelistas anticlericales se conciben a sí mismos como misioneros, evangelizadores que llevan la luz allí donde sólo existe la oscuridad y la podredumbre moral. Se advierte, en suma, en ambos tipos de novelas un utopismo, una actitud teológica según la cual el hombre está en el mundo respondiendo a un propósito superior
> Para los novelistas católicos, todo lo que ocurre responde a los designios de la Divina Providencia;  para los liberales, la historia lleva siempre a un inevitable progreso hacia una sociedad más perfecta. En la España de la Restauración unos y otros reclaman un fin moral y didáctico para la novela. En lo que difieren es en el tipo de finalidad, clerical o anticlerical, y en el grado en que ha de ser utilizada. A veces se ha distinguido entre la novela de tesis y la novela de tendencia, pero en ambos casos se trata de lo mismo en sustancia: lo que ocurre no es inocente, sino que lleva una carga demostrativa, sea ésta explícita o no. Y esto es lo importante:  la novela del momento no se diferencia en católica y no-católica, sino que se integra en novela de tesis. Las tendencias ideológicas opuestas coinciden en ser tendencias y su expresión novelística es una y común: la novela de tesis.
O como dice Joan Oleza
:

En definitiva, la “novela de tesis”, desarrollada después de la Revolución de 1868 en España obedece al tipo de escritor de este momento histórico en concreto: un escritor consciente de su “misión” social que se decanta por una idea determinada de España. El escritor, desde su firme individualismo, desea generar ideas nuevas o reafirmar las tradicionales para que la comunidad social, encabezada por la burguesía, progrese. La novela expresa la posibilidad de solución cuando el individuo entra en conflicto con el entorno social.
La “novela de tesis” o “novela realista”, pues, no muestra más que visiones subjetivadas -poco realistas u objetivas, por tanto- de la realidad, tendiendo al panfletarismo ideológico y al didactismo moral. El novelista desea “dotar a la materia de un ideal” (lo que de algún modo también ocurría con el costumbrismo). No es de extrañar que los temas tratados en ellas son los más candentes en la España del momento: la cuestión religiosa, la educación, las libertades civiles, el nacionalismo, el ejército, las relaciones sociales, la familia, el progreso económico, etc.

NOVELISTAS “REALISTAS” ESPAÑOLES

Pedro Antonio de Alarcón: postromanticismo y novela de tesis

La obra literaria de Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833-Valdemoro, Madrid, 1891), como su propia vida, está marcada por la evolución desde unas creencias y modos de manifestarlas a otros.
Ideológicamente, pasó de un liberalismo exaltado a un conservadurismo a ultranza. Literariamente, su obra oscila entre un encuadre todavía cercano al romanticismo y un posterior emplazamiento en la novela realista sustentadora de tesis afines a su pensamiento político.
A la primera de estas etapas corresponden su temprana novela EI final de Norma, algunas de las narraciones incluidas en sus recopilaciones de relatos breves -publicadas muy posteriormente a su redacción inicial-: Cuentos amatorios, Historietas nacionales, Narraciones inverosímiles, y, en parte, sus crónicas de viaje,: Diario de un testigo de la Guerra de África, De Madrid a Nápoles y La Alpujarra.
 Mención aparte debe hacerse de sus dos novelas breves El sombrero de tres picos, recreación del tema del corregidor y la molinera en un relato magnífico.
La aportación del novelista granadino a la narrativa realista de tesis debe fijarse en sus tres últimas novelas, cuya extensión es mucho mayor que la de relatos anteriores: El escándalo, EI niño de la bola y La Pródiga. A pesar de que en ellas todavía se manifiestan -aunque en cantidad decreciente- elementos de clara ascendencia romántica, lo fundamental es que en estas novelas Alarcón pone su arte narrativo al servicio de los ideales tradicionalistas católicos, cuya hegemonía estaba seriamente amenazada desde la Revolución de 1868, hecho que nuestro autor supo calibrar con exactitud.
Sus escritos fueron siempre acogidos con entusiasmo por los lectores, lo que le permitió vivir holgadamente de sus derechos de autor.

Pereda: del realismo de tesis a la novela regional.

José María de Pereda (Polanco, Cantabria, 1833) cubre un panorama literario más amplio que el de Alarcón. Tras iniciarse en el costumbrismo, género al que supo librar de su inmovilidad descriptiva (con sus Escenas Montañesas  o sus Tipos y paisajes), llega a la novela de tesis con Los hombres de pro, publicada en 1872. El enfrentamiento político, moral e incluso regional que configura esta obra -en la que su autor toma partido ferviente por la mediocridad y el apoliticismo provincianos- es el primer paso para el tratamiento que después da a la confrontación social en El buey suelto, política en Don Gonzalo González de la Gonzalera y religiosa en De tal palo, tal astilla En todas ellas, Pereda defiende las ideas tradicionales, conservadoras y católicas, oponiéndose con frecuencia al pensamiento contrario expuesto por Galdós en algunas de sus novelas. Así, Los hombres de pro es una reacción ante La Fontana de Oro galdosiana; De tal palo, tal astilla, por su parte, fue escrita como respuesta a Gloria, también de Benito Pérez Galdós.
Pero el escritor montañés no se detiene en esta etapa novelesca, ideológicamente doctrinaria y agresiva. A partir de El sabor de la tierruca, en 1882, Pereda deriva hacia una visión literaria más propia, que algunos han denominado “realismo regional”. Esta nueva concepción narrativa, si no exenta siempre de contenidos ideológicos, al menos deja de manifestar un enfrentamiento perpetuo y radical con las concepciones no afines a su autor. E1 Pereda más característico se nos muestra en las obras que siguen a la ya mencionada novela, y constituyen (excepción hecha de Pedro Sánchez, ambientada en el Madrid que Pereda conoció 31 años antes) un vasto mosaico de la vida en su región de origen: Sotileza, la “epopeya del mar”; La puchera, donde la narración supera ya con mucho lo simplemente costumbrista, de ambiente montañés y marinero; Peñas arriba, en la que tipos populares y personajes de probada hidalguía se funden para glorificar a la montaña cántabra.
Durante todo este período, la confrontación ideológica sólo se muestra con vigor en La Montálvez, obra literariamente no muy cuajada, pero cuya publicación originó una descabellada polémica acerca del determinismo materialista presente en ella. Consecuencia suya fue, hasta cierto punto, la aparición de Pequeñeces, novela escrita por el padre Luis Coloma, en la que la corrupción de la alta sociedad madrileña, relatada por Pereda en La Montálvez, le sirve al jesuita para presentar a su orden como elemento cauterizador.
Pereda obtuvo en vida el reconocimiento de un público lector fiel a su obra y el apoyo de la crítica, incluso de aquella procedente del bando ideológicamente opuesto. E1 propio Galdós, Emilia Pardo Bazán o Clarín, que sostenían ideales políticos y literarios muy distintos, apoyaron casi sin reserva al escritor montañés.

El idealismo de Juan Valera

Juan Valera (Cabra, Córdoba, 1826-Madrid, 1905), el mayor de los escritores de esta primera generación realista, ha sido situado a menudo en un plano estético, literario e ideológico diferente del de sus coetáneos. Hasta tal punto que la crítica ha llegado a tildarle de auténtica “anomalía literaria”.
Su vida ajetreada y socialmente brillante (diplomático por toda Europa y en América, diputado en Cortes, alto cargo de la Administración del Estado...) no le impidió una continua dedicación a la crítica literaria y al ensayo, que lo llevaron a la Real Academia de la Lengua en 1861.
La aplicación de Valera a narrativa no llega hasta 1874, cuando estaba ya cerca de cumplir los 50 años. Pero, llegado ese momento, en pocos años publica cinco novelas: Pepita Jiménez, Las ilusiones del doctor Faustino, Pasarse de listo, El comendador Mendoza y Doña Luz. Todas ellas, de forma casi unánime, han sido juzgadas como ajenas al realismo imperante y calificadas de idealistas.
Tal valoración es apropiada, pero sólo si la tomamos en el sentido de fijarse más en la pintura de estados de ánimo -especialmente aplicada a las figuras femeninas creadas por el cordobés- que en la descripción minuciosa del universo en que se mueven los personajes.
Es difícil saber si Valera hubiera continuado cultivando la novela en el caso de que su Pepita Jiménez no hubiese constituido un rotundo éxito, inesperado incluso para su propio autor. Lo cierto es que la altura narrativa alcanzada por la novela, cuyo argumento, expuesto en forma epistolar, trata de la inclinación amorosa que un joven seminarista, Luis de Vargas, siente por la viuda Pepita Jiménez, no se repite en el resto de las novelas mencionadas, que siempre plasman el intento de Valera por conciliar ideales opuestos.
 La novelística de Juan Valera no acaba con estas creaciones, publicadas todas en los años setenta. Tras un  intervalo de 20 años, el aristócrata andaluz vuelve a la narración para ofrecernos, ya, cumplidos los 70 años, otras tres novelas: Juanita la Larga, Genio y figura y Morsamor.

C.- EL NATURALISMO EN ESPAÑA (a partir de 1880)
Como tendencia narrativa no puede hablarse de Naturalismo en España hasta 1880, tal y como demostró Pattison en su excelente estudio del naturalismo en España. En este sentido, la novela naturalista -aunque bastante más tarde que en Francia- en nuestro país tiene las mismas implicaciones ideológicas que en resto de Europa: tras la Revolución de 1868 y el llamado “Sexenio Revolucionario” la política española deriva en el sistema llamado “Restauración” desde 1875 con el regreso de Alfonso XII a modo de continuación de los tiempos de su madre Isabel II. Así pues, el periodo plenamente revolucionario de la burguesía española (1868-1874) quedaba definitivamente superado y la Alta burguesía se veía obligada a pactar con la Aristocracia: la burguesía en su conjunto había fracasado totalmente en su intento por acceder al poder político.
Pues bien, si la novela realista de los 70 fue el soporte literario de la ideología burguesa en su periodo revolucionario y esperanzado, el Naturalismo será en los 80 el vehículo con el que los novelistas burgueses expresen el fracaso colectivo de su propia clase social: a su creciente desconfianza en la burguesía española le corresponde un nuevo modo narrativo, el naturalista.
Por otra parte, no puede hablarse de una importación del modelo narrativo naturalista francés a España sin más. La forma de novelar de Zola y sus seguidores en Francia suscitó una gran polémica en los inicios de la década de los 80 en España.
El Naturalismo francés suscitó dos tipos de reacciones en los novelistas españoles, según el siguiente esquema (Patisson, Oleza):
Años 80: novela naturalista al estilo de Zola en Francia (superación de tesis previas): no hay que dotar a la realidad de un ideal, sino que éste ya está en la realidad: sólo hay que describirlo de forma impersonal y objetiva.
#  Novelistas de ideología liberal conservadora (Pereda, Alarcón, etc.) enemigos de la revolución:  Rechazo radical: el naturalismo es visto como un estilo obsceno, sucio, etc.
# Novelistas de ideología liberal progresista  (Galdós, Clarín, etc.) partidarios de la revolución :Aceptación del naturalismo: estilo apropiado para expresar la crisis ideológica burguesa.

El Naturalismo español fue, en realidad, mucho más atenuado que el francés: en la medida que las ideologías reaccionarias o conservadores eran más poderosas que en Francia, los novelistas españoles tuvieron muchos más prejuicios a la hora de referirse a temas como el obrerismo, la sexualidad, las enfermedades, la pobreza y miseria de algunos sectores sociales, etc. Desde luego, el influjo de la iglesia española se dejó notar muy claramente: según las autoridades eclesiástica y los escritores católicos españoles la novela debe estar caracterizada por la moralidad y el respeto a la doctrina católica (novela como práctica idealizante y didáctica). Sus críticas a los naturalistas se centraron, pues, en su falta de ejemplaridad y su excesivo materialismo, además de su base teórica en teorías “herejes” como el determinismo evolucionista darwiniano o “demasiado peligrosas” como el positivismo y el racionalismo. El idealismo dogmático de la iglesia se creía amenazado por los naturalistas, cuya visión de la realidad era totalmente opuesta.
Pero, además, en ese rechazo parcial hacia el Naturalismo francés había también un cierto componente nacionalista: repudiar el Naturalismo en tanto que estética literaria surgida en Francia, país considerado hostil e inmoral durante todo el s. XIX en España.
Emilia Pardo Bazán fue la teórica del Naturalismo en España. En su libro La cuestión palpitante se ocupó del tema propugnando, precisamente un “si pero no” al Naturalismo francés: “sí” a la superación de las “tesis” apriorísticas de la novela realista; “no” al énfasis de Zola y sus seguidores franceses en lo sucio, lo carnal-material, lo escatológico y lo obsceno.
El Naturalismo, pues, no fue adoptado en España más que por un pequeño grupo de escritores que, intelectualmente, eran la “vanguardia” de la burguesía española de la época. Además, sólo esos escritores seguirán escribiendo y publicando novelas durante los años 80 y también en los 90 (“Espiritualismo”).

NOVELISTAS NATURALISTAS ESPAÑOLES
Al iniciarse la década de los años 80, el desarrollo de la vida literaria española se conmueve con la llegada a nuestro país de las novelas de Zola, cuya primera traducción aparece en 1879 (El ataque del molino). A partir del año siguiente, a la versión española de las obras más polémicas del maestro del naturalismo (La taberna, Nana...) se une la publicación en nuestra lengua de obras escritas por e1 resto de los representantes de la escuela fisiológica francesa. Daudet, los hermanos Goncourt, Guy de Maupassant...
También de 1879 data la publicación de Lucio Téllez, segunda novela de José Ortega Munilla y primera en la que la crítica acierta a detectar influjos directos de la escuela de Zola, que se repetirán en posteriores relatos del mismo autor: El tren directo o Don Juan Solo. En l881, la corriente naturalista acoge en sus filas a uno de los escritores españoles ya consagrados, Benito Pérez Galdós, que con su novela La desheredada se adhiere al movimiento importado de Francia. Ya en 1882, comienzan a aparecer en La Época los artículos escritos por Emilia Pardo Bazán (reunidos en un volumen, con prólogo de Clarín, al año siguiente) en lo que se titulará La cuestión palpitante.
Quizá debido a la especial interpretación que se dio en España a la corriente original francesa, no pueda afirmarse que los autores de más acá de los Pirineos cultivaran un tipo uniforme de concepción estética naturalista. A este respecto no sería inexacto hablar, como lo ha hecho algún crítico con cierto escepticismo de “naturalismos” en la novela española. del XIX.
De cualquier manera, el o los naturalismos españoles tienen su apogeo desde 1880 hasta 1890, aunque obras naturalistas aparezcan todavía en el siglo XX. La teoría literaria de Zola se constituye en concepción central de autores como el catalán Narcís Oller, Alejandro Sawa o el ya mencionado Ortega Munilla.
Entre las grandes figuras literarias del momento, el naturalismo se presenta bien como etapa pasajera o bien como fondo desdibujado sobre el que se manifiestan con nitidez características propias como el humor, la ambientación regionalista o un cierto grado de espiritualismo nada acorde con los principios fijados por la escuela francesa. (Oleza)
Desde 1880 la situación de la novela española comienza a cambiar: en 1881 Galdós abandona su “período abstracto" e inicia con La desheredada el período naturalista. En 1883 la Pardo Bazán publica un libro de ensayo La cuestión palpitante, una novela La tribuna, y Galdós publica El doctor centeno. 1884 es 1a fecha en que ven la luz La Regenta de Clarín, y Tormento, La de Bringas y Lo prohibido, de Galdós. Es el momento naturalista. Poco después, en I886 y 1887, aparecerán las dos novelas tradicionalmente consideradas más representativas del naturalismo, Los pazos de Ulloa y La madre Naturaleza.
Los escritores liberales españoles aceptan el naturalismo -con más o menos moderación- mientras que  los tradicionalistas lo rechazan indignados para continuar con la novela de tesis... Es entonces cuando un gran escritor  consagrado. La desheredada consolida la adaptación del nuevo movimiento y Galdós une su firma a la de los jóvenes en la revista naturalista Arte y letras. Esta, digamos, alianza por la que Galdós era sentido como maestro indiscutible del nuevo movimiento, culmina en el banquete-homenaje promovido por los miembros del “Bilis-Club” naturalista.
Pero al naturalismo español no le servía la fórmula francesa en estado puro, porque nuestro proceso cultural era muy distinto: en España estábamos todavía en una fase de esperanzada lucha, de conquista y estabilización de los ideales democráticos. Cuando la realidad democrática española, con la Restauración, no satisfaga estos ideales, toda la novela en Europa habrá girado ya su evolución  desviándola, en un nuevo subjetivismo, de la realidad exterior. En la última fase de la obra de Galdós, la Pardo Bazán, Clarín, girará el naturalismo hacia un espiritualismo progresivo que encontrará en su camino a los hombres del 98.
El naturalismo en España sirvió para adensar y, sobre todo, barrer de tesis. y de "apriorismos" moralizantes a la novela. La gran conquista de nuestro naturalismo es haber descubierto que la trascendencia está en la materia misma y que ésta no es disociable del espíritu. Lo que Galdós, Bazán y Clarín hacen es revelar la idea, el espíritu, que impregna la materia en lugar de -como Fernán Caballero y la novela de tesis- tratar de imponerle a la materia un espíritu que le es ajeno, lo que implica, muy románticamente por cierto, que materia y espíritu son cosas pertenecientes a dos planos distintos. Si en España se produce un eco del naturalismo francés que se limita a lo puramente superficial ello se visualiza en algunos de los recursos tremendistas y declamatorios de la escuela que más que crear sigue ciegamente la moda francesa (López Bago con La prostituta, La pálida, La buscona La querida, etc.;  Alejandro Sawa con Crimen legal, La mujer de todo el mundo, etc.). EI naturalismo español crece en Clarín, Galdós, Bazán, etc., desde el realismo iniciado con Fernán Caballero, y crece desde dentro, orgánicamente. Primero, a la materia se trata de dotarla, desde fuera, con el “ideal” (Fernán Caballero y la novela de tesis), después se descubre a la materia conteniendo el “ideal” (fase naturalista); finalmente y por progresión, por intensificación, el “ideal” va impregnando la materia hasta hacerse ésta casi invisible (Espiritualismo). El paso siguiente es la negación de la realidad (Valle-Inclán y el “esperpento”) o la afirmación del espíritu (Unamuno).
Como explica Eoff (El pensamiento moderno y la novela española, Seix Barral, Barcelona, 1965, trad. R. Berdagué): En la primera fase hay un acuerdo entre individuo y realidad y lo que chocan son las realidades diversas (Pepe Rey no choca con Dª Perfecta, lo que chocan son las realidades que representan, la  España  del progreso y la  España estancada). En la segunda, el individúo lucha contra la realidad y es vencido, pero ello no es culpa exclusiva de la realidad, sino que el individuo, por algún motivo, es también culpable (la ambición en Fermín de Pas, la histeria ensoñadora de Ana Ozores, la fantasía exaltada de Isidora Rufete. etc.). En la tercera, el individuo es siempre más puro que la realidad, a la que trata de imponerse, y contra la que persevera  en  busca  de su  perfección, aun  después de vencido (Bonifacio Reyes en busca de su hijo;  Benigna, pese a la ingratitud de doña Francisca y los suyos; Gaspar de Montenegro frente a su educación, su medio frente a sí mismo y sus actos). En una palabra: el naturalismo español es una fase más de nuestro realismo, con la consiguiente ruptura de la identificación entre novela y burguesía,  expresión de una vanguardia burguesa en pleno desengaño por el fracaso de una profunda revolución burguesa en España: A partir de aquí la consecuencia más inmediata será la progresiva  falta de coherencia y de solidez ideológica de la burguesía española, sus vacilaciones y contradicciones internas (que en lo político llegarán al fascismo o al socialismo, por ejemplo, en pleno s. XX)
Emilia Pardo Bazán

La condesa de Pardo Bazán (La Coruña, 1852- Madrid 1921) comenzó a llevar a la práctica sus ideas sobre el naturalismo en 1883, con su novela La Tribuna. Hasta ese momento había publicado dos ensayos narrativos, Pascual López y Un viaje de novios, que le servirían como preparación para lanzarse de lleno al cultivo de una peculiar narrativa experimental[1][1]. Los ámbitos en que la escritora gallega sitúa sus obras de este tipo son cuatro: el proletariado urbano en La Tribuna, el pueblo en E1 cisne de Villamorta, el mundo rural en Los pazos de Ulloa y su continuación La madre naturaleza, y la ciudad en Insolación y Morriña. Con estas novelas, el naturalismo español llega a uno de sus límites más aproximados al modelo francés, aunque siempre sujetándose a ese “sí... pero no” que caracteriza la teoría literaria de doña Emilia.
No obstante, la defensora de Zola deriva posteriormente hacia caminos hasta cierto punto paralelos a los que había recorrido Galdós: es su momento “espiritualista”, plasmado en obras simbólicas como Una cristiana y La prueba, ambas de 1890,  o La quimera y La sirena negra (ambas ya en el s. XX).
 Armando Palacio Valdés
La obra de Armando Palacio Valdés (Entralgo, Asturias, l853-Madrid, 1938) constituye un ejemplo más de la evolución y diversidad artísticas que caracterizan la novela española en el último tercio del siglo XIX. La temprana novela El señorito Octavio fue considerada precisamente ejemplo del naturalismo narrativo, por su respeto a las reglas de Zola: “Los hechos solos, el comentario sobra, nada de tesis”.
Ingredientes posiblemente relacionados con la novela experimental se aprecian también en obras posteriores como La espuma -censura de la alta sociedad-, La Fe -donde es protagonista el amor sacrílego y El maestrante, que relata la venganza de una aristocrática mujer sobre su propia hija, fruto de una relación ilegítima. Pero junto a ellas aparecen novelas que apuntan hacia direcciones narrativas muy diferentes: José y La aldea perdida, pese a la distancia temporal que las separa (la primera vez se publica en 1887; la segunda apareare en 1909), presentan un esquema idílico común que Valera ya había explorado en alguna de sus obras. Otras obras, de carácter autobiográfico son Riverita, Maximina, Los papeles del doctor Angélico o La hermana .San Sulpicio.
 Vicente Blasco Ibáñez
La última generación de la narrativa decimonónica tiene como representante más característico a Vicente  Blasco Ibáñez (Valencia, I867-Menton. Francia, 1928). Tras irregulares comienzos como autor de novelas cercanas al folletín (La araña negra, de 1892, inspirada en El judío errante, de E. Sue), nos deja en los últimos años del siglo un grupo de novelas que combinan elementos regionalistas con una fórmula claramente naturalista. Se trata de su “ciclo valenciano”, constituido por novelas como Arroz y tartana -sátira de la burguesía local-, Flor de mayo, La barraca, que narra la explotación del campesino pobre por el propietario de la huerta, Entre naranjos y Cañas y barro.
Es cierto que la abundancia de elementos naturalistas (determinación, denuncia social...) presentes en estas obras le valieron a Blasco el sobrenombre de “Zola español”; pero a partir de ese momento, e1 autor imprime a su creación literaria un rumbo narrativo radicalmente distinto, que no sólo lo aleja de la estética naturalista, sino que incluso lo aparta de las características elementales de la novela decimonónica.

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