La poesía española a partir de 1940

VOLVER

 

 Introducción

Acabada la guerra civil española, no sólo el país está en ruinas y dividido en dos bandos; también su literatura. Los grandes poetas anteriores al 1936 han perdido su unión de grupo e incluso con su país. Es decir, que aquellos que no han muerto (Unamuno, Antonio Machado, García Lorca), han huído al exilio (Juan Ramón Jiménez, Alberti, León Felipe). Muy pocos permanecen en España (Dámaso Alonso) aunque su permanencia impulsará la literatura en España, como ahora se verá. Distinguiremos tres grandes grupos, no por estilos o generaciones, sino por su visión de la España de posguerra. Por un lado tenemos al "bando vencedor", por así decirlo. Cultivan una poesía esteticista y clásica, en ocasiones brillante desde el punto de vista técnico. Por otro lado están "los perdedores". Son los exiliados, generalmente poetas de éxito de antes de la guerra que, por su implicación política, debieron huir. Entre estos es recurrente el tema de la patria perdida y el lamento por España.

 Un tercer grupo son los de aquellos que permanecen en España pero sin pasión ni alegría alguna por la situación. Debido a la fuerte censura, no afrontan una crítica abierta contra el régimen, sino que cultivan una poesía existencial o vanguardista bajo el patronato de Dámaso Alonso y Aleixandre.

Posteriormente, entrando en la década de los 50, se cultivó una poesía claramente combativa en oposición a la situación política y social de la posguerra española.

MIGUEL HERNÁNDEZ (1910-1942)
Epígono del 27 o el primero de la Generación del 36. Nacido en Orihuela en 1910, participó como soldado junto al ejército republicano durante la guerra civil. Al acabar la contienda fue encarcelado en diversas ciudades españolas y condenado a muerte; aunque la sentencia fue conmutada por treinta años de reclusión su vida se vería truncada definitivamente en 1942, en la cárcel de Alicante, a consecuencia de la tuberculosis: "¿Qué hice para que pusieran /a mi vida tanta cárcel?".  
La figura y la obra de Miguel Hernández se presentan a caballo entre el grupo del 27,  del que es considerado por muchos críticos como "epígono genial",  y la Generación del 36, en la que influyó significativamente.
Tres temas se pueden distinguir en su poesía (él habla de tres “heridas”:  "con tres heridas yo, la de la vida, la de la muerte, la del amor"):
a)       El sentimiento trágico de la vida  (la pena y el sufrimiento son los protagonistas del la vida); 
b)       El amor; 
c)        El compromiso social y político
Aunque no lo aparente la poesía de Miguel Hernández es una poesía muy elaborada en la que aparecen paralelismos, antítesis, anáforas, repetición de palabras clave, y sobre todo símbolos. Utiliza los versos tradicionales (endecasílabos, dodecasílabos, alejandrinos) y también el verso libre.
SÍMBOLOS EN  SU POESÍA
# Símbolos eróticos
. El vientre y el sexo femenino constituyen el centro de la vida, la plenitud amorosa, el refugio seguro. Aparecen nombrados con un sinfín de metáforas en las que predominan los elementos de la naturaleza.
# Símbolos del dolor. Como las armas (“carnívoro cuchillo”), los puños, comparaciones animales (“como  los tiburones”).
# Símbolos de la muerte. Esta aparece unida a la figura del toro, a la oscuridad, a la noche.
 En su producción poética se han establecido CUATRO ETAPAS:
a)      Etapa caracterizada por una poesía de tono barroco, que se refleja en “Perito en lunas” (1934). son cuarenta octavas reales de influencia gongorina y vanguardista. Sobresalen las metáforas y los símbolos como medios poéticos para transmutar y enriquecer la realidad (la luna, el toro, la noria, el labrador...).
b)      En 1936 publica El rayo que no cesa”. El centro vital de la obra es la pasión amorosa hacia la que sería su mujer, Josefina Manresa, pero una pasión impedida por los convencionalismos de una moral provinciana: el amor es un "rayo" que se clava en el corazón con trágicos presagios de muerte. En cuanto al estilo, Miguel Hernández ha abandonado el barroquismo de su obra anterior y presenta una poesía más desarraigada, instalada en la corriente abierta por su amigo Pablo Neruda de la "Poesía impura" y en la concepción del amor como fuerza telúrica, propia de Aleixandre. La obra se compone sobre todo de sonetos, aunque en ella se incluye en tercetos encadenados su célebre "Elegía a Ramón Sijé", muerto en 1935, un canto sincero y emocionado al amigo.
c)       Durante la guerra, Miguel  Hernández emplea su POESÍA PARA LUCHAR por la causa republicana y escribe "Viento del pueblo", obra con la que se suma al romancero de la guerra civil. Como el viento, la voz del poeta alienta a los soldados en las trincheras, arenga a la lucha, mantiene viva la esperanza. Son poemas que lloran la muerte de Lorca, de los hombres en el frente de batalla, que cantan al niño yuntero, al sudor de los campesinos, a la compañera, esposa y amante lejana... En esta tercera etapa también escribe Miguel Hernández “El hombre acecha”, la palabra es todavía símbolo de resistencia, pero la muerte del primer hijo y la derrota de la guerra sumen al poeta en la desolación.
d)      Poesía desnuda y profunda (Las metáforas se han reducido sensiblemente en busca de una expresión directa y esencial). Son los poemas, escritos la mayoría en la cárcel, que se recogen en “Cancionero y Romancero de ausencias” (1938-1941): el poeta se duele de la ausencia de los suyos y escribe intensos poemas de amor a su mujer, también recuerda una guerra que sólo ha provocado odio y destrucción; pero aun así no renuncia a la esperanza. Uno de los poemas es Nanas a la cebolla”, dedicado a su segundo hijo: "Tu risa me hace libre/ me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca".
Para saber más sobre Miguel Hernández, pincha aquí.

Los poetas del exilio

Inglaterra, Francia, México y Argentina serán los centros de localización más importantes de los poetas españoles exiliados en 1939. Algunos de ellos son Juan R. Jiménez, A. Machado, León Felipe, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Max Aub, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Emilio Prados, Manuel Andújar, J.J. Domenchina, José Moreno Villa, María Zambrano, José Bergamín, Juan Gil-Albert (quien, a su regreso a Valencia en 1947, redunda en el concepto de exilio interior para aludir a los escritores que, desde dentro de España, manifestaron su desacuerdo con el sistema franquista mediante el "silencio"), etc.

México, Francia (donde los exiliados españoles fundan la editorial "El ruedo ibérico") y Argentina son también importantes plataformas editoriales para estos autores exiliados.

La salida violenta del país (o, simplemente, el exilio escogido) forma en estos poetas, por lo general, una nueva etapa en sus trayectorias, caracterizada normalmente por el tema de España y el tema del destierro. En ellos, la distancia suele sublimar el tono recordatorio del poema: los amigos muertos, la religión como refugio y el amor como supervivencia: LA ESCRITURA COMO EJERCICIO DE LA MEMORIA Y LA MEMORIA COMO RECUPERACIÓN DEL PASADO ANTERIOR AL TRAUMA DE LA GUERRA CIVIL.

El mayor logro de esta poesía exiliada es, tal vez, la recuperación del  espacio poético interior: el plano solitario, melancólico e interiorizado del poeta encerrado en su mundo personal. La auto-contemplación del "yo lírico".

Los poetas "garcilasistas" o arraigados

Este grupo de poetas cercanos al recién instaurado régimen franquista se preocupó de cultivar una poesía de calidad técnica, al margen de consideraciones más humanas o existenciales. En ocasiones alcanzan una gran brillantez técnica. Otras veces declaran manifiestamente su afinidad a Franco con poemas triunfalistas como la "Oda al 18 de Julio" de Ridruejo. Se llaman poetas arraigados por encontrarse bien con la España que les rodea.

Llamada "Generación del 36" se agruparon en las denominaciones de "El Escorial" y "Garcilaso" por su patriotismo triunfalista la primera y por su clasicismo la segunda. Poetas clasicistas (y algunos dentro de la línea más "profranquista") son Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero y, por su clasicismo, aunque de temática existencial, Rafael Morales.

Todos ellos son poetas que parecen coincidir en revalorizar las formas clásicas de la tradición poética española, en especial el soneto, y en concebir una poesía muy formalista.  Coincidieron en revalorizar elementos tradicionales del lenguaje poético (olvidados con las vanguardias antes de la guerra) como la estrofa, la rima, la medida de los versos y la claridad expresiva.

Solían publicar sus poemas en revistas como Garcilaso o Escorial (ambas de 1943, pero la última propiedad de la Falange). En ellas estos poetas se nombran a si mismos "juventud creadora".

El poeta mitificado por este grupo generacional fue Garcilaso de la Vega (s. XVI), en tanto que veían en él al poeta-soldado al servicio de una España imperial que escribía sobre temas amorosos con un lenguaje armónico y sencillo. 

En estas fechas se publican  Abril (L. Rosales), Cantos de primavera (Vivanco), Sonetos amorosos (Bleiberg), Plural (Ridruejo), etc. Todos ellos, libros de sonetos. Las influencias temáticas de J. Guillén ("El mundo está bien hecho") son importantes en es­tos poetas.

En conjunto, la "generación del 36" se caracteriza por expresar poéticamente el optimismo y la tranquilidad de los vencedores tras la guerra civil. Junto a poemas de tipo propagandístico, lo más característico de sus libros son temas como la religión, la belleza neoplatónica de una mujer idealizada y la naturaleza.

Pero desde mitad de los años 40 el grupo comienza a disgregarse como tal. Algunos de estos poetas evolucionan entonces hacia la "intrahistoria".  Con este término, creado por Unamuno años atrás, se entiende la cotidianeidad, el día a día de las gentes humildes.

En efecto, poetas como Luis Rosales, Ridruejo o Vivanco comienzan a buscar un "arraigo" personal en Dios, la  familia, la esposa, ola tierra natal, abandonando definitivamente sus ideales políticos Escribirán una poesía basada en el recuerdo del pasado y en la vida cotidiana. Los más importantes son La casa encendida  y Rimas (L. Rosales, 1949), Continuación de la vida (L.F. Vivanco, 1949) o Elegía (D. Ridruejo, 1948).

Este cambio se produce, por otra parte, en la época en que la Falange pierde su influencia en el sistema franquista. Dado que la mayoría de estos poetas eran falangistas, parece que este cambio en su poesía obedece, en último término, a un desencanto de tipo político.

 

Los poetas desarraigados

Otros poetas de los años cuarenta, que permanecen en España, no se sienten tan a gusto con la situación del país. Su poesía está fuera de los triunfalismos y también de la técnica clasicista. Son poetas "al margen", unos cultivan las vanguardias, otros una poesía teñida por el dramatismo existencial. Éstos últimos se vieron patrocinados por dos poetas del 27 que permanecieron en España: Alonso y Aleixandre. Fue clave la publicación de "Hijos de la Ira" del primero y "Sombra del paraíso" del segundo.

Ese mismo año (1944), surge en León una nueva revista poética: Espadaña. Sus fundadores fueron dos jóvenes poetas -Eugenio de Nora y Victoriano Crémer- que inmediatamente fueron calificados de "tremendistas".

Teniendo como precursores y maestros a Vte. Aleixandre y Dámaso Alonso, en esta revista van a publicar sus poemas muchos poetas inéditos, todos en la línea de la poesía "desarraigada": Blas de Otero, Gabriel Celaya, Vicente Gaos, Carlos Bousoño, José Mª Valverde, José Hierro, Ramón de Garciasol, etc.

Gabriel Celaya (1911-1991)

Vasco de nacimiento, su verdadero nombre era Rafael Múgica. Mantuvo contactos, siendo muy joven, con los autores del 27, junto a los cuales entró en contacto con el surrealismo. Antes de la Guerra Civil publicó Marea de silencio (1935) y La soledad cerrada (1936), con influencia del posromanticismo de Bécquer y fruto de su estancia en la Residencia de Estudiantes. Tras la Guerra, su poesía se vuelca en la preocupación social, por lo cual es considerado el principal autor del realismo social de los años cincuenta. Escribe: “Nada de lo que es humano debe quedar fuera de nuestra obra”; “La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo”. Sus obras principales son Tranquilamente hablando (1947), Las cosas como son (1949) y Cantos iberos (1955).

Blas de Otero (1916-1979)

Muy preocupado por la realidad social de la España de los años cincuenta, toda su poesía gira en torno a los siguientes temas: el sentido de la vida, la función de Dios en el mundo, sus recuerdos de la Guerra y las consecuencias de la posguerra. Por ello, su poesía puede ser etiquetada como existencialista, comprometida. Utiliza un lenguaje aparentemente sencillo, en el que abundan las aliteraciones, los paralelismos, los juegos de palabras o las expresiones coloquiales. Cántico espiritual (1942) lo adscribe desde muy pronto a la poesía social: presenta a un Dios que se olvida del hombre, que lo desdeña. Este tema se repite en Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951) –refundidas y ampliadas ambas en Ancia (1958)–. La principal de sus obras, y quizás la mejor representante de las preocupaciones sociales del autor, es Pido la paz y la palabra (1955). En 1974 el propio autor publica una antología de su obra titulada Verso y prosa en la editorial Cátedra, con la ayuda de su compañera sentimental, Sabina de la Cruz.

José Hierro (1922-2002)

Aunque nace en Madrid, con sólo dos años su familia se traslada a Santander, ciudad en la que crece y donde le sorprende la Guerra Civil Española. Se afilia a la Unión de Artistas y Escritores Revolucionarios y, en 1937, en plena contienda, escribe su primer poema: “Una bala le ha matado”. Su expresión es sencilla, seca, directa. Se preocupa por la realidad que le rodea y pretende que sus poemas sean claros y perfectamente comprensibles. A causa de sus actividades clandestinas, permanece en prisión entre 1939 y 1944. Al quedar libre, comienza su colaboración con algunas revistas literarias, como Corcel o Prole. En 1947 publica Tierra sin nosotros y Alegría. Esta segunda obra le supuso la concesión del premio Adonáis de poesía. En 1952 se traslada definitivamente a Madrid, donde desarrolla el resto de su obra: Quinta del 42 (1952), Cuanto sé de mí (1957), Libro de las alucinaciones (1964) y Cuadernos de Nueva York (1998), su última gran obra.

Ha recibido numerosísimos premios, entre los que destaca: Premio Nacional de las Letras Españolas (1953 y 1990), Premio Nacional de la Crítica (1957 y 1964), Premio Príncipe de Asturias de Literatura (1981), Premio Reina Sofía de poesía española e hispanoamericana (1995) y el Premio Cervantes (1998).

Técnicamente, frente al tradicionalismo de la "Generación del 36", estos nuevos poetas se caracterizarán por su libertad formal (usan el verso libre mayoritariamente) y por tener a Antonio Machado como mito colectivo. Para todos ellos la poesía es el testimonio que da alguien (el poeta) en nombre de un pueblo en silencio...

En realidad, tanto la "Generación del 36" (poesía "arraigada") como los poetas de la revista Espadaña (poesía "desarraigada") tienen una nota en común: su tono existencialista. Unos y otros coinciden en expresar en sus poemas una reflexión sobre el sentido de la existencia, del ser humano, en un contexto deprimente como el de la España de la inmediata post-guerra. Sobre esa base común, los primeros encuentran en la política, la religión o la intrahistoria un motivo de serenidad y confianza; los segundos, en cambio, no encontrarán ningún punto de arraigo, no verán nada en el mundo que dé sentido finalmente a la vida, al ser humano. Así, por ejemplo, los primeros hablan  a / de Dios en sus poemas de una forma confiada; los segundos quieren encontrar a Dios y finalmente sólo hallan el silencio y el vacío. Los primeros hablan de la amada o la naturaleza, los segundos hablan de la muerte o el vértigo que sienten ante un mundo que les resulta absurdo.

Finalmente, mientras la mayoría de los miembros de la "Generación del 36" dejan de publicar poesía a principios de los años 50, los jóvenes poetas de Espadaña van a seguir haciéndolo, pero de una forma diferente (que se conocerá con el nombre de "poesía social").

Pervivencia de las vanguardias

Desde que, en los años 20 (con Ramón Gómez de la Serna y la "Generación del 27"), surgen en la literatura española las Vanguardias, este tipo de escritura no recobrará cierta vigencia hasta la década de los 70. Pero en la inmediata post-guerra (años 40) todavía hay algunos síntomas de supervivencia, aunque de forma muy minoritaria y marginal.

Por otra parte, la poesía vanguardista (especialmente surrealista) de estos años es bastante desconocida por los problemas que este tipo de poetas tenían para su publicación. Sus principales representantes en los años 40 fueron:

Algunos poetas aislados como José Luis Hidalgo (Raíz, Las luces asesinadas, Mensaje hasta el aire), Miguel Labordeta (Sumido 25, Violento idílico, Transeúnte central), Juan E. Cirlot (En la llama, Canto de la vida muerta, Cordero del abismo) o Camilo José Cela (Pisando la dudosa luz del día, 1945).

El grupo "Cántico" de Córdoba, llamado así por la revista Cántico que sirvió a poetas como Pablo García Baena y otros de vehículo de publicación.

El "Postismo", creación personal de Carlos Edmundo de Ory junto al pintor Eduardo Chicharro y a Silvano Sernesi. Fue un movimiento que quiso enlazar con las vanguardias europeas, negando y evadiéndose del presente. Manifestaron una actitud provocativa y de ruptura con la cultura española monótona de la inmediata posguerra civil. Se caracterizó por el uso creativo del lenguaje, la extravagancia, la provocación artística y el humor, en relación clarísima con el Surrealismo francés y con el Dadaísmo. El manifiesto del "Postismo" se encuentra en el único número de la revista Postismo (que fue prohibida por el gobierno) y el la revista La cerbatana.

En realidad, se trata de manifestaciones tardías de las vanguardias que se dieron en España antes de la guerra civil (década de los años 20).

La llamada "Generación del 50"

No hay duda de que la denominación de "generación del 50" está abocada a ser provisional. Esta afirmación se basa en el calado literario de esta hornada de poetas, con no sólo unos precedentes destacables, sino también unos discípulos.

La "generación del 50" o "promoción del 55" son los llamados "niños de la guerra". Su poesía mantiene una línea, pero no la única, reivindicativa heredada de la poesía social, pero sin caer en los coloquialismos y prosaísmo de éstos. Los nuevos poetas se preocupan por el lenguaje lírico, lo cuidan y meditan, pero al margen también de una visión clasicista o academicista de ésta. Recuperan nuevos temas para la poesía temas filosóficos y sobretodo, tal vez la característica más destacada del grupo, un lenguaje intimista.

Lo excepcional de éste grupo es que recuperan la calidad literaria perdida tras la guerra siendo una nueva generación, nuevas voces. Otro aspecto a destacar es que no son los poetas "de la posguerra", sino "de la dictadura" (no por afinidad, sino por crecer y madurar en este periodo histórico).

 

El intimismo del grupo es heredero de poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, gran parte los poetas de la generación del 27 y sobre todo de Antonio Machado. Son muchas las conexiones entre ambas poesías. Un precedente del grupo es José Hierro, iniciador de una poesía que aúna crítica socio-política con una línea de intimismo y metafisicismo de gran calado literario.

Desde finales de los 50 se da a conocer un grupo de poetas nuevos en España. En principio, no se supo ver su importancia por utilizar un lenguaje y temática aparentemente semejante al de la "poesía social" típica de los 50. Muchos de estos poetas se vieron impulsados desde los premios "Adonais", pero no se les reconoció como diferentes de la "poesía social" hasta después de 1960, con la publicación de dos antologías: Poesía última, de Francisco Ribes (1960) y Antología de la nueva poesía española, de José Batlló (1968). Sólo entonces comenzó a hablarse de una nueva generación de poetas con un lenguaje innovador, diferente del de los "poetas sociales".

Además de recuperar un valioso legado poético anterior, las nuevas voces son una plantilla extensa de poetas de gran calidad. Son los mejores poetas de la segunda mitad del siglo XX.

Podemos comenzar con el asturiano Ángel González. Una excelente voz lírica con poemarios tan memorables como "Palabras sobre palabra" o "Prosemas o menos". Tal vez el mejor y más característico del grupo, aúna la línea social, de crítica irónica y algo escéptica sobre la sociedad franquista pero también actual y, a un mismo tiempo, una poesía de preocupaciones existenciales y metafísicas desde el lirismo de una visión personal e íntima.

El poeta zamorano Claudio Rodríguez, con el mismo intimismo, es el poeta de la tierra, del agro. No es el típico "beatus ille" pastoril, sino un agro palpitante, a campo abierto. El poeta tiene la responsabilidad de desentrañar, arar y cultivar esta tierra en carne viva.

La nómina de poetas es muy extensa. José Agustín Goytisolo, autor de "Años decisivos" es la voz más humana e íntima en poemas como "Palabras para Julia". Jaime Gil de Biedma, de quien citaremos "Poemas póstumos" cultiva el germen de la llamada poesía de la experiencia, de la vivencia personal del poeta como fuente de lirismo y humanidad. Además es tal vez el más ácido en la línea crítica y escéptica frente a la sociedad. Francisco Brines es autor de "Palabras a la oscuridad" mientras que José Ángel Valente destaca por su parte con su poesía sobre la incertidumbre y la duda. No sé puede pasar por alto a otros dos grandes poetas de este grupo: Antonio Gamoneda y José Manuel Caballero Bonald.

Sus características más notables son:

En líneas generales, se trata de un grupo de poetas que niegan la concepción utilitarista de la poesía que se vino practicando en los años anteriores y devuelven parte de su importancia a los elementos formales y al lenguaje del poema.

Frente a los "poetas sociales", la poesía no es tanto comunicación como descubrimiento y conocimiento de la realidad. El poeta se conoce más a sí mismo con el poema, el lector descubre nuevas experiencias que enriquecen sus horizontes espirituales. Concepción de la poesía, pues, como revelación de un aspecto de la realidad para el cual no hay más vía de acceso que el conocimiento poético. La poesía será, en último término, el único modo de acceder a la realidad o de inventar una nueva realidad.

Vuelven a la poesía los temas clásicos: el tiempo, la vida, la existencia, etc., que dan un tono moral a este nuevo tipo de poesía. Sobre las formas y materiales argumentales tradicionales o cotidianos se intentará levantar una nueva perspectiva, darles una nueva significación moral y ética.

Aparición del fenómeno intertextual en la poesía. Muchos de los poemas de esta época aluden a otros textos y autores anteriores. Otros poemas aluden a su propio proceso de creación, implicando al lector. Así, si el poeta se preocupa por encontrar significados nuevos, el lector no será algo pasivo, sino que también entra en el descubrimiento y conocimiento poemático.

Decidido énfasis en los temas personales y acontecimientos concretos: relaciones amorosas pasadas y recuerdos varios sobre todo tratados con un lenguaje corriente, aparentemente vulgar. Dichos materiales argumentales suelen tener una trascendencia importante, convirtiéndose en apoyos para tratar temas más amplios: el tiempo, la muerte, la integridad humana, etc. El poema se convierte, así, en un discurso individual dotado de resonancias colectivas y metafísicas, evitando siempre el didactismo de la "poesía social".

Como los "poetas sociales", los de la "generación de los 50" usan un lenguaje moderno y coloquial, pero evitan caer en las expresiones trilladas y tópicas. Preocupación por la innovación y la originalidad.

Como generación poética, la de los 50 se caracteriza por estar formada por unos escritores que nacieron inmediatamente antes de la guerra civil. La guerra es, pues, un recuerdo confuso de la infancia o primera juventud. Es un grupo que carece de "líder" alguno.

Concepción básica del poema como un "texto abierto" a diferentes y sucesivas interpretaciones. El poema ya no es un conglomerado de significados estables ("poesía social") e intención didáctica. El poema como acto de descubrimiento(s) cambiantes por parte del poeta y del lector.

Las innovaciones de esta generación respecto a la "poesía social" de los 50 son, en esquema, éstas:

En la relación "YO - SOCIEDAD" la poesía social enfatiza el segundo término, lo contrario a lo que sucede en la Generación de los años 50.

Rechazo de la expresión de la intimidad (del poema amoroso, por ejemplo) en los poetas sociales. En cambio, en los 50, Brines o Gil de Biedma dedican parte de sus obras a esta temática.

Frente a la sugerencia y el irracionalismo anterior a la guerra civil, el logicismo y la  explicitación como consecuencia de la vocación mayoritaria de la "poesía social". La generación de los 50 supone una atenuación de tal vo­cación, aunque no desaparece del todo.

Uso de un lenguaje colectivo en los poetas sociales: "ser entendido por todos". Se atenúa con la generación de los 50.

El lenguaje aspira a dar la "impresión de vulgaridad" (sólo la impresión, aunque, muchas veces, esa impresión es una triste reali­dad): "no hay tiempo para la belleza" dicen los poetas sociales. El concepto de estilo perso­nal es reivindicado, en cambio, por la generación de los 50, aunque rehuyendo toda exageración en este sentido.

Desaparición de la rima y del ritmo. Los versos más utilizados por la poesía social son los endecasílabos, alejandrinos, heptasíla­bos, pentasílabos y octosílabos. La generación de los 50 continúa plenamente estas tendencias.

Narratividad del poema: se parte siempre de una anécdota inicial. Tal anécdota, en la gen. del 50, sólo es un pretexto inicial para la exposición de la subjetividad (como en Kavafis y Cernuda).

Trasfondo ético de la poesía social (que continúa en la generación de los 50). Preferencia por los temas políticos, sociales y de con­ducta humana. Pero, lo que antes es poesía social, en los 50 se con­vierte en "poesía crítica" (el poeta que se avergüenza de su condi­ción burguesa en la España de post-guerra, la auto-acusación biográfica - no social-).

Poesía moralista y satírica. La sátira social se convierte, en los 50, en sátira individualizada, no colectiva como en los poetas sociales. Mayor sentido del humor (ironía, etc.) en los 50.

La poesía desde los años 70

No es, desde luego, fácil resumir treinta años de poesía y, mucho menos, si esos treinta años son los últimos treinta años. Heterogeneidad y variedad, como fruto del experimentalismo literario, plantean un panorama diverso de autores y tendencias. Muchas obras apenas acaban de empezar y son muchos los poetas jóvenes que no se mencionarán en este injusto resumen.

Por otra parte, muchos poetas no resistirán el paso del tiempo, sólo lo harán unos pocos. Los mejores. Hasta que ese incorruptible y escrupuloso tiempo selectivo pase, nos conformaremos con establecer las líneas generales de la reciente poesía española. Tal vez lo único riguroso sea mencionar los nombres más destacables, limitándose prácticamente a eso.

El único modo de englobar autores de muy distintas tendencias y procedencias literarias, es agruparlos según dos grupos entre los que poder dividirlos: los más esteticistas y formales, y aquellos que cuidan más el contenido. Así mismo, podemos establecer puntos comunes a todos ellos:

En la sociedad consumista que llegó en el tardofranquismo y sobretodo en la transición, se produjo una democratización de la cultura. Tras caer el régimen, no sólo había desaparecido la censura, sino también las barreras sociales que alejaban a gran parte de la población de la cultura. La poesía, por tanto, pierde su misión de protesta y lamento. En general, se puede hablar de un vitalismo literario, especialmente entre los esteticistas. Por otro lado, la línea reivindicativa se continúa con una lírica irónica y crítica ante la nueva España (continuando lo propuesto por poetas de los 50).

Otro rasgo común, tanto entre esteticistas como entre poetas menos barrocos, es la desaparición por completo de las reglas métricas básicas, de la rima y en ocasiones del ritmo. La versificación, aparentemente, podría ser otra. Los poemas bien podrían estar escritos en prosa.

En los últimos años del siglo XX predomina la temática existencial afrontada desde una poesía muy contenida en cuanto a retórica, con un lenguaje casi coloquial, descargando el valor literario del poema en las imágenes descritas con un lenguaje parco en florituras, sirvan de ejemplo Lorenzo Oliván, Carlos Marzal o lo último de Luis García Montero.

Los novísimos y el esteticismo

El grupo toma nombre de la antología en que el crítico José María Castellet reunió a la mayor parte de los poetas más renovadores de la década de los setenta: Nueve novísimos poetas españoles, Barcelona, 1970. Los poetas en cuestión son Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero. El grupo se caraceriza por una absoluta libertad formal, escritura automática, técnicas elípticas, de sincopación y de collage, introducción de elementos exóticos, artificiosidad y una clara influencia de los medios de comunicación de masas y del cine. Por otra lado, tratan de no seguir la tradición literaria española y se centran en autores extranjeros como Ezra Pound, T. S. Eliot o Cavafis. Primaba en ellos lo estético sobre lo práctico: la poesía no tenía por qué servir para algo. Se suelen distinguir los poetas más puramente culturalistas de aquellos que practicaban una poesía más crítica, llena de escepticismo (Vázquez Montalbán y Panero).

Si en los años 50 (poesía social) el poeta mira y habla del mundo olvidando su individualidad (se siente uno más entre los hombres) y en los años 60 los poetas comienzan a hablar de sí mismos pero sin olvidar la realidad, en los 70 se recuperará definitivamente la conciencia que el poeta tiene de sí mismo. En esta época reaparece el "tema del YO" y se acentúa el tono individualista del lenguaje poético.

El poeta, consciente de su individualidad, se autoconcibe como algo más que un mero elemento dentro del sistema social. La sociedad es vista por ellos como un engranaje anulador de la individualidad: "YO frente al MUNDO".

El contexto social de estos años está también marcado por este creciente individualismo: los 70 son los años, por ejemplo, de nacimiento del ecologismo (frente a la sociedad industrial), los hyppies y el naturismo, las drogas,  el auge de todo tipo de minorías (homosexuales, objetores de conciencia, feminismo radical, nacionalismos), etc.

Para estos poetas, hablar del YO en los poemas es expresar su rechazo ante la sociedad de la época, el utilitarismo, la racionalidad como valor supremo, etc. En esa medida, el poema es siempre la expresión de una AUTOMARGINACIÓN voluntaria, premeditada. Se rechazan, así todas las convenciones sociales (matrimonio, familia, educación, formas clásicas de vestir...) políticas (el "Estado", instituciones, partidos políticos, etc.)...

La concepción que los Novísimos tienen de la poesía se fundamenta en:

Creer que la razón no sirve para conocer (toda) la realidad.

Creer que el lenguaje no sirve, tampoco, para expresar de modo coherente, la percepción que cada individuo tiene de esa realidad.

Creer que el poema (el objeto artístico en general) es la expresión de la experiencia que un individuo tiene de la realidad: por ejemplo, cuando recordamos el pasado, lo hacemos de forma fragmentaria o simplemente falsa.

El arte (la poesía) es vista por ellos como una mentira. El poema inventa su referente. y éste poco tiene que ver con la realidad. Si hablo en un poema de una ciudad que visité en el pasado, esa ciudad de la que hablo poco tendrá  que ver, seguramente, con la realidad.

De ahí las dos grandes características de la poesía de los "Novísimos":

Puesto que escribir un poema es construir una ilusión, una mentira, esa ficcionalidad del poema se convierte en el tema del poema. La poesía de los "Novísimos" se convierte en METAPOESÍA, puesto que el poema habla de si mismo.

Si el poema no pretende hablar de la realidad ni crear una ilusión de realidad (verosimilitud), sin del carácter ficticio, falso, del arte, les interesa hablaren sus creaciones de todo aquello que expresamente es artístico: objetos bellos, épocas refinadas, elementos decorativos, tópicos literarios, obras de arte, etc. El ESTETICISMO es, pues, otro de los elementos fundamentales de la poesía de este grupo generacional.

Otras características importantes son: uso del verso libre, reivindicación del surrealismo (Lorca, Cernuda, Hölderlin, etc.), uso de la sugerencia (A. Machado), tema del "tempus fugit" o decadentismo (el tiempo, que al pasar convierte lo bello en feo, la vida en muerte: Venecia es, para ellos, todo un símbolo de ello), uso de la técnica del "collage" (fragmentarismo) a veces, etc.

A este primer grupo de poetas se van añadiendo otros que merecen ser agrupados entre estos últimos. Representan la continuación de esta línea culturalista, con distintos matices personales. Tres son los poetas más representativos de esta poesía erudita: Luis Alberto de Cuenca, Luis Antonio de Villena y Jaime Siles. Los tres centran su mirada no en la sociedad de consumo, sino en el mundo clásico, del que son profundos conocedores. Siles es, tal vez, el menos hermético de ellos.

Junto a los novísimos publican otros autores que no pertenecen a los presupuestos líricos de éstos. El mejor ejemplo es Antonio Colinas que, si bien comenzó con una poesía culturalista, pronto se acercó a un lenguaje lleno de intimismo próximo a la poesía de hoy. Otros poetas que partieron del "novísmo" para desembocar en estilos personales son José Miguel Ullán, Juan Luis Panero o Jenaro Talens.

La otra sensibilidad y el intimismo

Frente a esta poesía culta, erudita, en numerosas ocasiones elitista y hermética, se cultiva una poesía más sincera. Se trata del intimismo en el que el poeta trata de sí mismo, del yo poético desde un leguaje mucho más cercano y coloquial. Es la llamada "Poesía de la experiencia", donde la propia vivencia del autor, que describe lo que justamente siente él, como un modo de contar lo que cualquier hombre siente alguna vez. El gran referente es Antonio Machado, sin olvidar precedentes como los poetas del 50, especialmente Ángel González.

A medio camino entre los novísimos y el intimismo, predominando éste último, destacan Miguel D´Ors y Blanca Andreu.No cabe duda, que entre todos los autores que agrupamos como "intimistas" existen numerosas escuelas y no todos cultivan la poesía de la experiencia. Sin embargo, predomina la tendencia general de centrar los poemas en el sentir íntimo y personal del poeta.

Otros poetas que perfilan el intimismo e interés por lo metafísico y metapoético son Ana Rossetti y Olvido García. Además, destacan Julio Llamazares y, Jon Juaristi, Clara Janés, Andrés Sánchez Robayna o José Luis García Martín, entre otros.

Este primer intimismo será el germen para una poesía posterior, especialmente desarrollada en la década de los noventa y el cambio de milenio. El poema es una unidad literaria que trata con un coloquialismo inusitado los grandes temas de la literatura y la vida, con un subjetivismo nada grandilocuente ni romántico. Se podría hablar, paradójicamente, de un "subjetivismo realista".

Última poesía: el poeta como protagonista

Así pues, muchos autores se acercan a esta poesía metafísica e íntima, con un lenguaje sencillo en lo que a retórica se refiere. En los años noventa sobresalen Andrés Trapiello, Felipe Benítez Reyes o Jorge Riechmann, entre otros.

El mejor poeta de la línea intimista, el mejor representante de la "otra sentimentalidad", término acuñado junto a otros dos grandes poetas Javier Egea y Álvaro Salvador, es el granadino Luis García Montero. Cultiva con maestría una poesía muy cercana al lector y al sincero sentir del poeta.

En ese intimismo los temas grandilocuentes de siempre son tratados con sencillez formal y discursiva, especialmente en Carlos Marzal y Lorenzo Oliván. Otros nombres son Berjamín Prado y Vicente Gallego.

 

 

VOLVER