
INTRODUCCIÓN:
LA
NOVELA "CONTEMPORÁNEA"
Crisis
de la novela burguesa
La
evolución de la novela contemporánea (es decir, del periodo que va desde fines
del s. XIX hasta la II Guerra Mundial) se caracteriza, como todas las
manifestaciones artísticas en general de este periodo, por expresar una
profunda crisis de la conciencia
burguesa.
Un
narrador que, como tal, nos cuenta
la historia de ese enfrentamiento entre protagonista y medio social de una forma
que nos permite calificarlo de "totalmente omnisciente", "
totalmente intervencionista" y, por lo general, "reflexivo" y
"extradiegético".
Un
personaje protagonista que, en el
fondo, representa los ideales burgueses. Como tal, se caracteriza por la
voluntad de realizar un determinado modelo de vida (el burgués, como es obvio).
Un
medio social, el que rodea al
protagonista, que siempre resulta hostil a dicho personaje. El héroe burgués
se mueve siempre en un ámbito anti-burgués.
Pero,
en realidad, más que el tipo de personajes, espacios, etc., la novela realista
se caracteriza por el narrador
Ello
explica que, en el mismo s. XIX, las primeras crisis de dicho modelo narrativo
(en primer lugar la llamada "novela naturalista" y a continuación la
"novela espiritualista") se caracterizaran, más que por presentar
nuevos tipos de personaje, espacios, etc., en modificar la figura y función del
narrador. Dicho de otro modo, el Naturalismo y el Espiritualismo experimentaron
nuevas formas de contar historias, de narrar acontecimientos (que, dicho sea de
paso, muchas veces se diferencian poco del Realismo en cuanto a la acción,
personajes, etc.). En definitiva, el trasfondo de la cuestión se explica
perfectamente si tenemos en cuenta dos fenómenos paralelos:
Uno
social: la burguesía va perdiendo
confianza en si misma como motor de las sociedades occidentales después de
haber accedido al poder mediante las llamadas "revoluciones burguesas"
(en España, después de varias intentonas, ésta se produjo en 1868 y el
fracaso de las aspiraciones de las clases medias se traduce en el fin de la I
República y la implantación de la "Restauración").
Otro
literario (artístico en general): el escritor realista -con la función de
hacer públicos mediante textos literarios los intereses e ideales burgueses-,
cuyo origen y mentalidad son también burgueses, entra también crisis al
comprobar el fracaso de su propia clase social. Dicha crisis se manifiesta en
nuevas formas de narrar (Naturalismo, Espiritualismo) y nuevas formas de ver el
mundo. Su inseguridad irá en aumento (puesto que la "tesis"
pro-burguesa que preconizaba en sus novelas "realistas" han fracasado)
y su forma de contar historias reflejará, paralelamente, esa
progresiva desconfianza.
Históricamente,
puede decirse que la novela contemporánea no es más que una continuación del
anti-realismo iniciado con la novela naturalista y la espiritualista en el mismo
s. XIX.
El
fracaso final en que se ve sumido el
protagonista burgués, incapaz de modificar o vencer el medio social, los
condicionantes culturales, económicos, etc. (el
"determinismo" del héroe naturalista).
La
solución irracionalista que, ante
esa conciencia de fracaso, adopta
dicho personaje: refugiarse de la hostilidad externa mediante un proceso de
interiorización que conduce a la fantasía, la ensoñación, el estoicismo,
etc.; en suma, la construcción de un mundo interior como defensa de la agresión
social El irracionalismo individualista
del héroe espiritualista).
pero,
sobre todo, por:
La
"cesión de poderes" (por llamarlo de algún modo) que realiza el
narrador en favor de los personajes.
En
efecto, con el Naturalismo y el Espiritualismo decimonónicos el narrador
realista (que opina constantemente en el relato y lo sabe todo sobre aquello que
nos narra) pierde importancia en la novela: sus intervenciones disminuyen hasta
casi desaparecer del relato y su grado de sabiduría sobre aquello que narra
también desciende progresivamente.
En
definitiva, la crisis del realismo se traduce, en la novela de fines del s. XIX)
en un tránsito hacia formas de contar en las que el narrador es, cada vez, más
Deficiente:
el narrador dejará de saberlo todo y pasará a desconocer, incluso, aspectos
fundamentales de la historia que nos cuenta.
Neutral:
el narrador deja de opinar, enjuiciar y valorar aquello que nos cuenta.
Distanciado:
el narrador ya no se identificará necesariamente con su(s) personaje(s).
Plural:
como consecuencia de su creciente distanciamiento y falta de identificación
pasará a ofrecernos, por ejemplo, diversos puntos de vista sobre un mismo
acontecimiento relatado o sobre una historia completa.
Al
mismo tiempo, y como consecuencia de lo anterior:
Aparecen
nuevas técnicas narrativas que modificarán progresivamente la forma
y la estructura de la novela: simbolismos, mayor interés por la psicología
de los personajes (personajes "redondos", no "planos" como
en el realismo), estilo indirecto libre, monólogo
interior, corriente de conciencia, perspectivismo, contrapunto, tempo lento,
etc. Muchas de esas técnicas suponen la "liberación" de los
personajes del poder absoluto del narrador realista, que comienza a
"dejarles hablar" y pensar por si mismos, sin mediatizarlos (oímos más
al personaje y menos al narrador), y conocemos sus interioridades más
directamente, etc.
El
novelista demandará del lector una
mayor actividad como tal. El público deberá hacer un mayor esfuerzo por
entender aquello que se le cuenta en la novela. La narrativa, en ese sentido, se
hará cada vez más hermética y
menos pasiva. En ella el público serán quien, en último término, realice la
interpretación que antes daba el narrador.
Todo
este complejo proceso de renovación en el campo de la novela, iniciado como
hemos dicho ya en el s. XIX con el Naturalismo y el Espiritualismo, continúa a
lo largo de la época contemporánea, cristalizando finalmente en una narrativa
en la que importa más la forma que la historia contada. En él destacan los
siguientes novelistas.
Novelistas
contemporáneos
más importantes
Marcel
Proust
Sus
dos novelas -fundamental la primera de ellas- más importantes son la voluminosa
En busca del tiempo perdido
escrita entre 1913 y 1922) y su continuación El
tiempo reencontrado (1927). La idea básica en su obra es la del tiempo:
el tiempo pasado como referente a recuperar mediante la memoria y el "tempo
narrativo" -intenso y lento-.
James
Joyce
Escribió
la novela que, según críticos e historiadores, más ha influido en la historia
de la narrativa: Ulises
(1922). Se trata de un relato en el que se aportan bastantes e importantes
innovaciones: la técnica del "flujo de conciencia", los personajes
anti-heróicos mostrados en su cotidianeidad, las referencias constantes a la
mitología clásica (la Odisea
de Homero), la parodia de estilos, la musicalidad lingüística, la
multiplicidad de registros verbales, la creación de nuevas palabras. Puede
decirse que con esta novela queda definitivamente liquidada la novela
tradicional de corte realista-burgués. Además, otras novelas suyas son Dublineses
(1907), Retrato del artista
adolescente (1912)y la extrañísima Finnegan's
Wake (1939). Toda su obra se caracteriza por la dificultad y el esfuerzo
que requiere del lector.
Franz
Kafka
Su
obra narrativa está formada por El
proceso (1914), La
metamorfosis (1916) y El
castillo (1922). Son relatos caracterizados por la abierta ruptura con
el sentido de la realidad y la entrada en la subjetividad de los personajes,
abocados siempre al absurdo vital, la angustia, la soledad y el vacío. Se les
considera novelas simbólicas de la impotencia y desesperación del hombre ante
los poderes establecidos en la sociedad, la angustia ante un mundo de pesadilla.
Aldous
Huxley
Se
le considera el novelista de tipo intelectualizado por excelencia, con fuertes
dosis de ideología política en sus novelas siempre a medio camino entre el
relato y el ensayo). La sonrisa de la
Gioconda (1922), Contrapunto
(1928) y Un mundo feliz (1932)
son sus novelas más importantes. La utopía frente a la realidad, la felicidad
y el sentido de la existencia suelen ser los temas de fondo de sus creaciones
(siempre enfocados con gran sarcasmo y espíritu crítico). Introdujo la técnica
del contrapunto narrativo.
William
Faulkner
Integrante
de la llamada "Generación perdida" norteamericana (en la que están
John Dos Passos, Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, etc.). Su influencia se
deja sentir sobre todo en los novelistas sudamericanos del s. XX. El
contrapunto, la ruptura temporal, la corriente de conciencia, las elipsis y los
monólogos caracterizan técnicamente su narrativa. Destacan relatos como El
sonido y la furia (1929) y Mientras
agonizo (1930), en los que se repiten temas como la soledad, la relación
entre pasado y presente y la incomunicación.
Thomas
Mann
El
protagonista colectivo, el cruce de historias y el psicologismo caracterizan
toda su narrativa: interés por la evolución interna de los personajes. Se
trata de relatos en los que la acción es siempre mínima. Destacan obras como Muerte
en Venecia (1913), La montaña
mágica (1924) y Doctor Fausto
(1947).
Otros
novelistas contemporáneos destacables en el plano internacional fueron F.
Mauriac, G. Bernanos, Chesterton, G. Greene, H. Hesse, A. Malraux, A. Guide, V.
Woolf, R. Musil, H. James, E. M. Forster, C. Pavese, Eça de Queiroz, etc.
Nuevas
técnicas narrativas
Como
se ha dicho antes, la novela es un género que evoluciona muchísimo durante la
época contemporánea. Las innovaciones son constantes y algunas de ellas marcarán
el desarrollo futuro del género. Las notas comunes a todas ellas son el
distanciamiento respecto a las formas narrativas tradicionales del realismo
decimonónico. En conjunto, significan la pérdida de importancia del narrador
en favor de los personajes y sus interioridades y, además, la mayor importancia
que se da a aspectos como el lenguaje y la estructura del relato (no al
argumento como en el realismo burgués). Las innovaciones técnicas más
importantes son:
CORRIENTE
DE CONCIENCIA
Es
la culminación en la liberación del personaje frente al narrador. Es el
"estilo directo total", en el que se difumina por completo el narrador
y sólo queda la sucesión inconexa y caótica de ideas en el cerebro del
personaje (en ese caos se diferencia esta técnica del llamado "monólogo
interior", ya usado por los naturalistas en el s. XIX).
Esta
técnica narrativa está claramente influenciada por el psicoanálisis freudiano
(inconsciente, asociación libre de ideas, escritura automática) y el
Surrealismo poético. Es una manifestación más del creciente subjetivismo del
momento.
CONTRAPUNTO
Consiste
en presentar de forma simultánea las historias de personajes diferentes,
alejados en el tiempo y/o en el espacio. Muchas veces (pero no siempre) dichas
historias acaban reuniéndose en un punto común.
PROTAGONISTA
COLECTIVO
Más
que una técnica propiamente dicha, se trata de un nuevo tipo de personaje
protagonista: múltiples personajes que tienen determinadas características
comunes y, que en último término, funcionan como uno. A veces, sencillamente,
no hay protagonista.
PLURIPERSPECTIVISMO
Consiste en presentar una misma historia (o un determinado episodio dentro de una historia) desde diferentes puntos de vista o perspectivas. Se corresponde con un narrador neutral, que no se identifica con el punto de vista de ningún personaje en particular (como ocurría en el relato realista).
En los primeros años del siglo XX la novela que se escribe mayoritariamente en España es continuación del Realismo y Naturalismo del siglo XIX. Entre los rasgos que definen este tipo de novela podemos destacar:
§
Narrador omnisciente.
§
Orden lineal.
§
Aspira a la objetividad.
§
Pretende reflejar la realidad.
§
Sólo ofrece una perspectiva o punto
de vista sobre esa realidad.
§
La acción y el carácter de los
personajes son las bases de las obras.
§ Estructuración clásica en Introducción, nudo y desenlace.
Frente
a este tipo de novela, los escritores jóvenes de la época intentarán hacer
algo diferente, radicalmente distinto. Hubo dos reacciones:
A)
La reacción del Modernismo Canónico.-
Pretendía hacer una novela donde predominasen los valores técnicos y formales;
es decir, una novela en la que el esteticismo era la prioridad. En esa línea va
Rubén Darío con sus Relatos, Valle-Inclán con el libro Femeninas (1895)
o Pío Baroja con Vidas sombrías (1900).
B)
La reacción postmodernista o del 98.-
En el año 1902 aparecieron cuatro novelas (La
voluntad, de “Azorín”,
Amor y pedagogía, de Unamuno, Camino de perfección, de Pío
Baroja, y Sonata de otoño de Valle Inclán) que marcarán la pauta de las
obras posteriores de los autores del 98. Estos relatos rompen definitivamente
con la novela de estilo realista. Los rasgos que las caracterizan son:
§
Subjetivismo total.
§
Renovación de las técnicas
narrativas:
·
Eliminan el narrador omnisciente.
·
Perspectivismo.
·
Primacía del diálogo sobre la
narración.
·
Alteración del tiempo lineal de la
narración. Tres procedimientos
principales:
§
Simultaneidad.
§
Elipsis.
§
Saltos temporales.
·
Disminución de la importancia del
argumento (y de la acción).
·
Aparición del personaje colectivo.
Estas renovaciones de la novela realista no son exclusivas de la literatura española, sino que coincide con una tendencia de la literatura occidental de esta época: James Joyce, Thomas Mann, Marcel Proust y Virginia Wolf, entre otros muchos.
LA NOVELA DEL 98: CONTINUIDAD Y RUPTURA
Cuando los escritores de la llamada Generación del '98 eran muy jóvenes decidieron, como toda generación nueva, romper las ataduras con la generación anterior; en particular dirigieron sus mordaces e irreverentes críticas al maestro del realismo español, Benito Pérez Galdós, que fue tan determinante en la formación intelectual de la mayoría de ellos. Aparte de los malos modos que se dieron o de los apodos que les endilgaron a sus antecesores (Valle-Inclán llamaba a Galdós "don Benito el Garbancero").
Como los autores del '98 fueron tan "ruidosos" y siempre estuvieron dispuestos a escandalizar a los lectores y la crítica, la primera impresión que dejaron es que su movimiento literario (que algunos negaron como Baroja y Machado) fue una ruptura total con la estética al uso y que las transiciones que propusieron, e impusieron a la novela española, eran diametralmente diferentes a los usos de sus maestros.
Si observamos con atención las novelas del '98 podemos decir, en términos generales, que las modificaciones introducidas fueron más determinantes en la forma que en el fondo. También es evidente que dichas innovaciones son consecuentes con las modas que imperan en el resto de Europa. Es decir, que el movimiento literario encabezado por los noventayochistas corresponde al momento del surgimiento de las primeras vanguardias que, como sabemos, fueron éstas las grandes revolucionarias de las formas artísticas. Así pues, sin tener que decir que los autores del 98 pertenecen a las vanguardias, sí es evidente que el tan proclamado atraso español respecto de las modas literarias, cada vez era menos cierto.
En efecto, entre las muchas coincidencias del '98 con las vanguardias está su preocupación por renovar las formas literarias y que, en el caso de la novela, los principales méritos de ésta habría que ubicarlos precisamente en la forma. Es en la forma donde la novela del 98 tiene sus mejores logros y que, en contraste, es en el fondo donde menos modificaron su estética.
Hagamos un breve repaso de las principales cambios que sufrió la novela española a manos de los novelistas del '98. Por ejemplo, modificaron por completo el esquema de la acción. La división en presentación, desarrollo, clímax y desenlace era un verdadero corsé, camisa de fuerza que rompieron definitivamente. De hecho, las novelas de Baroja y Azorín (La busca, César o nada del primero y, Antonio Azorín, Las confesiones de un pequeño filósofo, del segundo, por ejemplo) suelen tener un cambio tan profundo que en ellas es difícil hablar de presentación, clímax o desenlace; en cuanto al desarrollo, éste carece de una acción dinámica, la intriga se caracteriza por una total ausencia de actos.
En cuanto a la descripción, se deja por completo (Unamuno) o se transforma(Valle-Inclán, Baroja); ya no será el vehículo de la ambientación, del contexto social de los protagonistas y se convertirá en utensilio para expresar el confuso mundo del protagonista. Para Galdós la novela debería partir de una idea del conjunto, es decir, totalizadora:
imagen de la vida es la novela y el arte de componer estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea y el lenguaje que es la marca de la raza y las viviendas que son el signo de la familia, y la vestidura que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de la balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción.
Todo esto les parecía a los noventayochistas algo propio de un estudio sociológico, no literario. Así que se olvidan que expresar el mundo externo y, por oposición se preocupan por expresar el complejo mundo interior de sus protagonistas. Esta aportación será la más rica e importante que haga la novela del 98 a la literatura española. En particular, su conocimiento de la filosofía existencialista marcó en muchos aspectos las obras de Unamuno, Baroja o Azorín.
Otro aspecto muy novedoso fue la ruptura de la relación autor-protagonista. Hasta antes del '98 existía una complicidad del autor con su personaje; era una relación de alter ego, en la que el escritor confundía y se confundía con su protagonista. Era una especie de guiño de complicidad, cuando no de compasión. Los jóvenes intelectuales españoles, en particular Unamuno y Valle-Inclán, rompen con esta relación esquemática y se ubican en una posición, incluso, contraria a su personaje. Es la primera vez en la literatura española que la relación protagonista-autor se distancia. El cambio es tan profundo que la relación entre uno y otro es realmente conflictiva. Valle-Inclán, por ejemplo, desprecia a sus personajes. Unamuno, por su lado, polemiza con los mismos.
A este último, el conflicto autor-personaje le sirve como vía de expresión de sus ideas existencialistas. Entre otras cosas, trata el tema de la voluntad humana como un hecho que escapa al mismo actor, tal es el caso de su personaje principal en Niebla. Esta novela es un verdadero hito en la literatura europea ya que se adelanta a Pirandello en cuanto a la propuesta de ruptura entre protagonista-narrador: Seis personajes en busca de autor se estrenó en 1921, mientras que Niebla data de 1914.
Este conflicto también incide con otra gran transición de la novela del '98: la no división entre ficción y realidad; lo que Unamuno llamaría novela y vida. En su nivola Cómo se hace una novela, afirma: "Volvamos una vez más a la novela de Jugo de la Raza, a la novela de su lectura de la novela, a la novela del lector [del lector actor, del lector para quien leer es vivir lo que lee]" No es esta afirmación un ju(e)go de palabras; es una clara negativa a la actitud racionalista del realismo de diferenciar realidad de ficción. Cuando Galdós afirma lo ya citado, es evidente que para él hay una clara línea divisoria entre lo que existe en el "mundo exterior": gentes, viviendas, vestidos, hablas, etc, y lo que hay en el "mundo interior" de la novela: una reproducción de lo exterior. Para Unamuno interior y exterior es uno y lo mismo. Vivir es no ser: es ser personaje de novela y, ser personaje de novela, es vivir la realidad: "Y yo estoy aquí, en el destierro, a la puerta de España y como su ujier, no para lucir y lucirme, sino para alumbrar y alumbrarme, para hacer nuestra novela, historia, la de nuestra España. Y al decir que estoy para alumbrarme, con este "-me", no quiero referirme, lector mío, a mi yo solamente, sino a tu yo, a nuestros yos. Que es no es lo mismo nosotros que yos".
Estos aspectos y otros muchos (como la carencia de trama, la introspección de los personajes, la desestructuración de los acontecimientos narrados) hacen de la novela del '98 una obra muy moderna, que deja a España en el camino de la modernidad literaria y que los autores posteriores a ellos habrán de confirmar y ensanchar, como Gabriel Miró, Gómez de la Serna o Camilo José Cela.
No obstante, la novela del 98 no pudo romper del todo con su origen y sus maestros. Pío Baroja en el famoso prólogo de su novela La nave de los locos confirma la dificultad de alejarse de la estética realista cuando dice: "no sería fácil que los escritores que hemos comenzado la vida cuando triunfaban los apóstoles de la literatura social: Tolstoi, Zola, Ibsen, Dostoievski, pudiéramos hacer obras claras, limpias, serenas, de arte puro".
Por ejemplo, el realismo se caracterizó, por su origen ideológico, en crear novelas de tesis. Otro tanto podemos decir del '98, que sin poder alejarse de una formación ideológica de izquierda (fueron anarquistas o socialistas), tuvieron que realizar novelas de tesis similares a las realistas. En particular la crisis política y económica española (representada principalmente en la derrota contra Estado Unidos en 1898) determinó el pensamiento y la posición ideología de nuestros autores. Por ello no nos extraña que Unamuno, por ejemplo, en Cómo se hace una novela afirme:
No puedo tolerar, y aunque se me tome a locura, el que los verdugos se erijan en jueces y que el fin de autoridad, que es la justicia, se ahogue con lo que llaman el principio de autoridad, y es el principio del poder, o sea lo que llaman el orden. Ni puedo tolerar que una cuitada y menguada burguesía por miedo pánico --irreflexivo-- al incendio comunista --pesadilla de locos de miedo-- entregue su casa y su hacienda a los bomberos que se las destrozan más aún que el incendio mismo. Cuando no ocurre lo que ahora en España y es que son los bomberos los que provocan los incendios para vivir de extinguirlos.
Es decir, la generación del '98 nunca pudo estar desvinculada de la realidad española, y a pesar de que su movimiento estético tendía a la evasión (como un gesto de origen romántico), en el campo de la política siempre estuvieron determinados por su ideología. Por ejemplo, cuando Valle-Inclán define su teoría del esperpento literario, no puede evitar la referencia a la realidad política de España. El esperpento como sabemos, es ante todo un postulado estético, a pesar de ello afirma en Luces de Bohemia:
Max.--El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. Don Latino.--¡Miau! [aludiendo a Pérez Galdós y su novela del mismo nombre] ¡Te estás contagiando! Max.--España es una deformación grotesca de la civilización europea[...] deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma y las caras y toda la vida miserable de España.
Otro elemento que se da en la novela realista y que se prolonga en la del 98 es el lenguaje literario. Básicamente continúan con la frase directa, el lenguaje desvestido de todo artificio, la llaneza en la expresión y la ausencia de metáforas. No deja de ser muy contrastante la actitud ante el lenguaje entre la novela y la poesía del '98 ya que, como sabemos, la gran aportación de la poesía de Machado o de Juan Ramón Jiménez radicó precisamente en la transformación del lenguaje, en la que el modernismo y Rubén Darío tuvieron qué ver no poco.
En cuanto a la construcción del personaje, sigue predominando la visión psicologista del mismo. Como en el realismo, el noventaiocho se preocupa por reflejar la profundidad psicológica del personaje. Quizá ya no preocupe la psicología del personaje en función de su situación social, y sí en función de su conflicto espiritual, pero el recurso es el mismo. Ya el mismo Baroja reconocía esta circunstancia fundamental para sus novelas. En el prólogo a La nave de los locos afirma que "Toda la gran literatura moderna está hecha a base de perturbaciones mentales". Y aunque Baroja no le reconoce a la novela de Galdós el hecho de haber construido personajes psicológicamente complejos (lo cual es una injusticia de su parte) sí reconoce que el autor canario abrió camino en este aspecto ya que, continúa: "Esto ya lo veía Galdós, pero no basta verlo para ir por ahí y acertar; es necesario tener una fuerza espiritual, que él no tenía, y probablemente se necesita también ser un perturbado, y él era un hombre normal, casi demasiado normal".
Así pues, podemos concluir estas breves consideración sobre la novela del 98 con la idea de que este quehacer novelístico de principios de siglo en España estuvo conformado por fuerzas y elementos muy diferentes entre sí, contradictorios y producto de un sincretismo literario en el que la, a veces, tardía asimilación de las modas literarias tuvieron mucho qué ver. También es evidente que en otros aspectos estos intelectuales se adelantaron a los mismos renovadores de la literatura europea. En fin, que ruptura y continuidad, tradición y modernidad, seguirán siendo el signo distintivo de la novela española desde el siglo XVIII y hasta bien entrado el siglo XX.
UNAMUNO
(1864/1936)
La
novela unamuniana escapa de los postulados tradicionales del género: no hay
descripción ambiental, no hay autonomía en los personajes,el desarrollo es
mínimo; para estas novelas tan heterodoxas, Unamuno acuñó el término "nivolas".
Unamuno se sirvió de la novela, igual
que hará con el resto de los géneros literarios que cultivó a lo largo de
su vida, para dejar testimonio de su intimidad agónica, para la expresión y
reflexión de las mismas ideas obsesivas sobre la religión, la vida, la
muerte y la propia conciencia. Para ello interviene en el relato, dialoga
con sus personajes, los convierte en símbolos, interpela al lector...
NOVELAS MÁS IMPORTANTES: En 1914 publica Unamuno la que, sin duda, es su
mejor novela: "Niebla".
Lo que más sorprende al lector de esta obra es la utilización del conocido
juego vida-literatura: Augusto Pérez, el protagonista de la novela, se
enfrenta con su creador en un ambiente de confusión entre lo que es verdad y
lo que es ficción. Algunos críticos interpretan la obra desde el problema de
la libertad del personaje frente a su creador; si consideramos a Augusto
Pérez trasunto de Unamuno, esto le serviría al autor para exponer su
rebelión contra Dios.
Unamuno también se sintió atraído por el tema de la lucha entre
hermanos, por la historia bíblica de Caín y Abel. Este motivo fratricida
sirve de base a su novela "Abel
Sánchez" (1917)
Tras "La tía Tula"
(1921), Unamuno publica "San
Manuel Bueno, mártir “ (1930). En esta obra aparecen todos los motivos
que, recurrente e insistentemente, habían ido apareciendo en sus novelas
anteriores: la lucha agónica del individuo en este mundo, el creer y el
aparentar creer, la soledad, los problemas de la fe, la vida como sueño...
Cuenta la historia de un cura de pueblo que ha perdido la fe, pero que
aparenta tenerla para que sus feligreses mantengan intactas sus creencias
religiosas.
PÍO BAROJA (1872/1956)
Aunque nació en San Sebastián, la mayor parte de su vida transcurrió en Madrid. Acabó la carrera de Medicina, aunque apenas ejerció un año como médico, ya que se entregó por entero a la literatura. Realizó frecuentes viajes por España y Europa y llevó una vida, en general, tranquila. En 1935 fue nombrado académico de la Real Academia Española.
Baroja fue un hombre solitario, contrario a muchas cosas, pesimista radical, ya que como él mismo afirmó: “la vida es esto: crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza por la debilidad”. Puede ser calificado como misántropo, ya que no cree en el ser humano; lo considera cruel y egoísta. Pensaba que lo único que justificaba la vida del hombre era la acción.
Se entregó por entero al cultivo de la novela, concebida por él como un cajón de sastre donde cabía todo; lo importante es la naturalidad y la espontaneidad. En sus novelas aparecen anécdotas, pensamientos del autor o episodios de la narración de una manera constante. Baroja ha sido criticado precisamente por esto: parece que improvisa a medida que va escribiendo, y se le ha achacado despreocupación en cuanto a la construcción de la novela. De todos modos, es indudable el mérito y la claridad que alcanza en su prosa, compuesta de frases cortas y párrafos breves. Hay dos aspectos fundamentales en sus novelas: las descripciones, breves pero absolutamente concisas, y los diálogos entre los personajes, auténticos y creíbles.
La influencia de la novela realista del XIX es indudable sobre nuestro autor. En sus obras aparecen personajes enfrentados por alguna razón a la sociedad, que basan su vida en la acción y el movimiento. Aparecen una gran cantidad de personajes secundarios que dan color a la narración, además de contribuir al ambiente general de la novela.
Escribió más de sesenta novelas, además de ensayos y unas largas memorias tituladas Desde la última vuelta del camino (1944). Agrupó sus novelas en trilogías, aunque estas agrupaciones, en ocasiones, son bastante arbitrarias ya que no hay relación entre las obras que las integran:
Dentro de la trilogía titulada “La lucha por la vida”, encontramos tres de las novelas más importantes del autor: La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Estas tres novelas se desarrollan en Madrid con un mismo personaje protagonista, Manuel. Se desarrollan en ambientes suburbiales.
La trilogía titulada “Tierra vasca” incluye La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909). Esta última es una de las grandes novelas de Baroja. Narra la vida de Martín Zalacaín, un muchacho de origen campesino que, a través de múltiples aventuras, participa activamente en la guerra carlista. Se han visto reminiscencias picarescas en esta novela, en concreto podemos destacar la influencia de El Lazarillo de Tormes (1554).
“La raza” está formada por La dama errante (1909), La ciudad de la niebla (1909) y El árbol de la ciencia (1911). El árbol de la ciencia es una de las novelas más importantes de Baroja no sólo por sus valores estéticos, sino también por los elementos autobiográficos que encierra. Además, las preocupaciones de los del 98 aparecen claramente expresadas a través de su protagonista, Andrés Hurtado.
“Las ciudades”: César o nada (1910), El mundo es ansí (1912) y La sensualidad pervertida (1920).
“La vida fantástica”: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Paradox, rey (1906) y Camino de perfección (1902).
“El pasado”: La feria de los discretos (1905), Los últimos románticos (1906) y Las tragedias grotescas (1907).
Dentro de la trilogía “El mar” destacaremos sólo Las inquietudes de Shanti Andía (1911), una gran novela de aventuras de ambiente marino.
Por último, destacaremos las veintidós novelas que componen Memorias de un hombre de acción (1913-1935), en las que el autor narra las aventuras de un antepasado suyo, Eugenio de Aviraneta, encuadradas en la guerra de la Independencia y las guerras Carlistas.
Baroja es el novelista de la Generación del 98 y su influencia en la novela española del siglo XX es determinante a causa de la sobriedad de su estilo y de sus extraordinarias dotes de creador.
VALLE
INCLÁN (1866/1936)
Dos
estilos definen la obra de Valle: modernismo
y esperpento. Los años iniciales están marcados por la tendencia
modernista y representados por las cuatro "Sonatas",
subtituladas “Memorias del
Marqués de Bradomín”: Sonata de
otoño (1902), Sonata de Estío (1905),
Sonata de Primavera (1904) y Sonata
de invierno(1905); supuestas memorias del Marqués de Bradomín, una
especie de donjuán, "feo, católico y sentimental". La vida de este
peculiar caballero español aparece envuelta en un halo de misterio,
aventuras, amores y provocación, en un ambiente de elegancia exquisita, pero
decadente. Lo más destacable de las Sonatas, son sus valores formales, la
prosa rica, refinada, sensual y llena de ritmo.
De esta primera época también es la trilogía de “La guerra carlista” (1908/1909), que narran episodios de la
última guerra carlista de España.
Entre
las obras de la última época destaca la que sin duda, es una de las mejores
novelas de la primera mitad del siglo XX, "Tirano
Banderas" (1926). La historia se centra en un supuesto dictador
americano y no está localizada en un tiempo ni espacio concretos(aunque la
ambientación lleva a pensar inmediatamente en México, país que valle
visitó varias veces). En ella sigue apareciendo la técnica esperpéntica,
esa visión deforme y monstruosamente grotesca de los personajes. Merece
destacarse el asombroso dominio de la lengua con la incorporación de
giros y expresiones hispanoamericanas.
Por último las tres novelas del "Ruedo
ibérico" (1927-1932), en las que Valle intenta reflejar la historia
y vida de nuestro país desde el reinado de Isabel II hasta el desastre del
98, ponen al descubierto la degradación social y moral de España durante
esta época.
AZORÍN
Nació en Monóvar (Alicante) y estudió el bachillerato con los escolapios en Yecla (Murcia). La mayor parte de su vida transcurrió en Madrid, donde además de a la literatura se dedicó al periodismo como colaborador en los principales periódicos de su época. A partir de 1904 adoptó como seudónimo el apellido de uno de los protagonistas de sus primeras novelas: “Azorín”.
Si de joven era eminentemente revolucionario desde el punto de vista ideológico, fue poco a poco evolucionando hacia posturas conservadoras. Defendió al final de su vida un catolicismo firme y tradicional. A esto hay que unir su preocupación por el paso del tiempo, por su fugacidad. Ante este hecho Azorín reaccionó con nostalgia de lo pasado, lo cual puede ser fácilmente observado en sus escritos.
El estilo de su obra es bastante característico: sencillo, claro y preciso. Utiliza frases cortas y evita la subordinación. Su narración fluye lentamente a través de detalladas descripciones líricas del paisaje. Utiliza abundantes adjetivos, así como metáforas y otros recursos literarios. Al igual que Unamuno, rescata palabras del olvido y las intenta revitalizar. Incluye palabras desusadas o rurales, además de un léxico variado y preciso que dan a su obra un vehículo de expresión prácticamente perfecto. Otra cosa son los contenidos. Los argumentos que Azorín desarrolla en sus novelas son poco consistentes. Son relatos lírico-descriptivos que incluyen las impresiones del autor como elemento subjetivo.
Entre los temas principales que desarrolla, encontramos los recuerdos de su infancia y juventud, llenos de nostalgia; la descripción de la tierra castellana y de sus habitantes, sus ciudades, su historia, como medio de análisis de la realidad española del momento; las descripciones de los paisajes a partir de los viajes que realizó por toda España. Aúna el paisaje y el sentimiento, en un arranque noventayochista. Algunos fragmentos de su obra pueden ser calificados como prosa poética a causa del lirismo y la subjetividad que encierran, amén de los numerosos recursos literarios.
Entre sus ensayos, los más interesantes actualmente son los que hacen referencia a lugares y figuras españolas (históricas o literarias): Los pueblos (1905), La ruta de don Quijote (1912) y Castilla (1912). Otro grupo de ensayos son interpretaciones y comentarios sobre las obras principales de nuestra literatura. Con ellos, Azorín puede ser considerado uno de los principales críticos literarios del siglo pasado: Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913) y Al margen de los clásicos (1915).
Ya hemos dicho que sus novelas prácticamente carecen de argumento y son más un pretexto para que el autor describa ambientes y aporte su punto de vista personal sobre el paisaje. Destacan las primeras que publicó por sus elementos autobiográficos: La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904). Posteriormente desarrolló dos novelas de tema amoroso: Don Juan (1922) y Doña Inés (1925).
El teatro de Azorín no triunfó a causa de su poco sentido escénico y de la falta de acción en los argumentos. Destacaremos solamente Lo invisible (1928).
Las restantes figuras de esta generación intelectual de fundamentación universitaria, espíritu europeísta y acendrada vocación política, no alcanzaron la categoría de los grandes narradores, aunque sí tuvo entre ellos notables literatos, maestros de la prosa y de la inteligencia. Sólo citaremos a la popular Carmen de Burgos, Colombine (1878–1932), Ramón María Tenreiro (l879–1938) y Luis Santullano (l878–1952), cuyas actividades literarias no superaron su dedicación a la sociología crítica y la política.
Luis Araquistain (1886–1959), autor teatral y ensayista, además de gran periodista contribuyó a la narrativa con dos novelas: Las columnas de Hércules (1921) y El archipiélago maravilloso (1924). La primera es una obra clave sobre la vida del periodismo y la política en el Madrid anterior a la Dictadura.
Cierra el grupo la popular figura de Salvador de Madariaga, quien a su labor literaria añade el considerable bagaje de sus actividades como ensayista, historiador, diplomático y político. Su obra narrativa incluye las siguientes novelas: La jirafa sagrada (1924), de corte utópico y satírico; Arceval y los ingleses (1925), testimonio personal de indiscutible interés sobre las ideas y las sociedad de su tiempo; El enemigo de Dios (1956), más ambiciosa en lo temático. Su cualidad de historiador anima su obra, El corazón de piedra verde (1924), valiosa reconstrucción arqueológica y novelesca del mundo azteca y español en los días de la conquista de América.
Sus primeras obras deben adscribirse a los cánones de una técnica naturalista y una temática regional, con brotes de erotismo y tratamiento irónico del cuadro costumbrista de la vieja sociedad española. Encajan de lleno en estas características: La procesión de los días y Volvoreta (1914 y 1917 respectivamente), de trama irónico–sentinental, bien resueltas y con un sentido critico nada idealizador de la vida provinciana gallega. Al mismo filón neonaturalista pertenecen otras dos novelas: Los que no fuimos a la guerra (1918?), frágil en su aspecto literario aunque divertida en lo anecdótico, y Ha entrado un ladrón (1920), una de las obras predilectas del autor, en la que éste accede al campo del humor, un humor amargo y con resonancias de crítica social.
En una segunda etapa, Fernández Flórez acomete un proceso de desrealización al situar sus acciones narrativas en los lugares imaginarios. El ámbito más amplio le presta una mayor libertad para situar sus intentos moralizadores bajo la capa de un humor con ciertas analogías foráneas. Crítica de los prejuicios de carácter sexual, del chauvinismo, del jactancioso y falso heroísmo… Actitud ésta que, al carecer de un verdadero espíritu reformador desemboca en el escepticismo. El secreto de Barba Azul (l923) es de todas sus obras la que mejor responde a tales presupuestos. Decepciones politicas, patrióticas, amorosas, en una geografía de topónimos y personajes imaginarios conducen al personaje protagonista a una conclusión negativa: la vida es aburrida, injusta y sin meta; la única salida para la humanidad sería un "suicidio colectivo universal". En Las siete columnas (1926), se nos presenta a la sociedad humana sobre la base de los siete pecados capitales. Relato inmoral (1928) es un jocoso alegato contra la gazmonería e ineducación sexual de muestro país. En El malvado Carabel (1930), un modesto empleado de banca fracasa en sus intentos de situarse entre "los malos" –los seres que gobiernan la sociedad– y tiene que volver a alienarse entre los conformistas hombres de bien. Un excesivo esquematismo devalúa lo acertado del tema. De su última época es El bosque animado (1944), novela en la que intenta concentrar sus máximas aspiraciones estéticas. Se trata de una fantasía que protagoniza la naturaleza de una fragua coruñesa es cumplida síntesis de las posibilidades expresivas del novelista.
No debe silenciarse, por agrupar en su seno algunas de las mas lograda. creaciones del autor, su producción de novelas cortas, en la que se incluyen pequeñas obras maestras del género, como La familia de Gomar (1915), Unos pasos de mujer (1924), Huella de luz (1924),La casa de la lluvia (1925), El ladrón de glándulas (1929) y Fantasmas (1930).
Destacaremos
a los escritores que introducen novedades importantes en el tratamiento de las
novelas. Y entre ellos los principales serán Ramón
Pérez de Ayala y Gabriel Miró.
Gran influencia tendrá la figura de Ramón
Gómez de la Serna, pero más en el terreno de la poesía. Todos estos
autores suponen una superación de los patrones o esquemas narrativos
anteriores, aunque cada uno por un camino distinto: el lirismo (Gabriel Miró),
la ironía o el humor (Ramón Gómez de la Serna, Wenceslao Fernández Flores),
el intelectualismo (Pérez de Ayala) o la deshumanización.
Gabriel
Miró.
También fue discípulo de los jesuitas el alicantino Gabriel
Miró. Vivió en Ciudad Real y estudió Derecho en Valencia en 1895. Se casa
en 1901, año de su primera novela, La mujer de Ojeda (1901), tan
poco apreciada por Miró como Hilván de escenas (1903).
Venciendo constantes problemas económicos, publica La novela de mi amigo
(1908), La palma rota (1909) y El hijo santo (1909).
Le disgustó la poblicación de Amores de Antón Hernando (1909),
por lo que la reelaboraría posteriormente. La Diputación de Alicante lo nombra
Cronista de la Provincia, cargo del que recibió tan poco trabajo como
remuneraciones.
Su primera época se cierra con Las cerezas del cementerio (1910),
novela poemática de ecos nietzscheanos. Al volver Félix a su casa
paterna, conoce a Julia y a su madre, Beatriz. Ésta le habla de su antiguo
amante, asesinado por Koeveld: Guillermo, tío y padrino de Félix, con quien se
identifica éste, ya enamorado de Beatriz. Félix recrea el pasado: Giner es
Koeveld y el resto de sus parientes, unos pusilánimes. Tras una excursión iniciática
a "La Cumbrera", Félix se fortalece con los elementos telúricos.
Unos pastores lo identifican con Guillermo, pero muere asesinado por Giner/Koeveld.
En el cementerio, Beatriz, su hija Julia -repudiada por su marido- e Isabel
-antigua novia de Félix- coinciden en probar los frutos del cerezo que crece
junto a la tumba del joven
Miró sugiere cierta eternidad de la materia, a caballo entre la
heterodoxia y la ortodoxia.
Publica La señora, los suyos y los otros (1912), Del
huerto provinciano (1912), Los amigos, los amantes y la muerte
(1915), El abuelo del rey (1915), sobre las imposiciones sociales
sobre lo individual y el hundimiento de la autoridad tradicional, y Dentro
del cercado (1916).
Figuras de la Pasión del Señor (1916-17) recrea la vida de
Cristo inspirada en los Evangelios y en textos de Renan u otros
libros históricos: Judas, Kaifas, Barabbas, Herodes Antipas, Pilato o Josef
de Arimatea desfilan, junto al Rabbi Jesús.
Una colección de artículos de 1907 a 1914 forman el Libro de Sigüenza
(1917), personaje que fracasa en unas oposiciones a judicaturas. Este cronista
-alter ego del autor- presenta tipos y lugares levantinos por secciones,
a modo de cancionero. Un epílogo de 1919 lo presenta en el barrio de Argüelles,
lejos de Levante...
El humo dormido (1919) recuerda personajes queridos: el criado Nuño,
el compañero Mauro y su hermana Luz, don Jesús y su amigo inglés, el judío
errante... Cierran la obra las Tablas del calendario, reflejo de una
Semana Santa con escenas cristianas y hagiográficas paralelas a las Figuras
de 1916-17.
Se abre Nuestro Padre San Daniel (1921) con la historia eclesiástica
y conservadora de Oleza. El viudo don Daniel Egea casa a su única hija,
Paulina, con el carlista don Álvaro y muere de pena por la oscura vida del
matrimonio, junto a Elvira, cuñada de Paulina, y bajo la amenaza de Cara-rajada,
antiguo faccioso, asesino y sicario de don Álvaro. El faccioso dispara sobre su
protector, el capellán don Magín, en la festividad de san Daniel. Las rencillas
del pueblo se desatan: Paulina, tras dar a luz un hijo, se siente prisionera de
su cuñada, en la Iglesia.
Niño y grande (1922) reelabora Amores de Antón Hernando,
educado por jesuitas y enamorado de Elena. Se instala con su madre en La Mancha,
donde lo seduce doña Francisca, casada sin hijos, que lo reemplaza por un nuevo
amante para quedar embarazada. Huérfano, se instala en Madrid; su padrino,
Sebastián Reyes le ofrece un trabajo, por el que reencuentra a Elena, casada
con el filisteo Senabria. Ella rechaza un posible adulterio. Cuando Elena
enviuda, Antón ya está casado con la viajera María del Pilar.
Continuación de Nuestro Padre San Daniel será El obispo leproso
(1926). Presenta a Pablo, hijo de Paulina, educándose entre jesuitas. El obispo
enferma. María Fulgencia ingresa en el convento de la Visitación, mientras la
construcción de un ferrocarril divide a Oleza en dos sectores: "Jesús",
de carlistas conservadores, y la mitra, compuesto por el obispo, el
desenfadado don Magín o los condes de Lóriz. En Semana Santa se dispara
el rencor: Pablo desprecia a su familia paterna. María Fulgencia abandona el
convento para casarse, indiferente, con Amancio Espuch, periodista y director de
una Academia donde estudiará Pablo, castigado por su padre. Nace el amor entre
Pablo y María Fulgencia y el escándalo, una vez descubierto. Separados los
amantes, explota la represión de Elvira, mientras don Magín soporta el paso
del tiempo y la esterilidad de los afanes mundanos.
Años y leguas (1928) culmina la novelística de Gabriel Miró:
Sigüenza se instala en el campo de Levante. Goza de paisaje y paisanaje hasta
identificarse con su entorno. Paseando por Caminos y lugares -sección de
la obra- siente la Toponimia -subsección-, como algo personal y propio.
Una excursión a Aitana le revela el concepto de Paraíso, hasta que la
colilla de un cigarro destroza este idilio de la palabra. A Sigüenza aún le
queda algo de juventud.
Ramón
Pérez de Ayala (1888-1962)
Comienza escribiendo
en una estética noventayochista para pasar después a la novela
"intelectual". Andrés Amorós divide su obra en tres etapas:
1) Tetralogía que narra la
vida de Alberto Díaz de Guzmán, personaje barojiano, "alter ego"
del autor. Tinieblas en las cumbres (1907), A.M.D.G.-de marcado acento antijesuítico- La Pata de la raposa
(1912) y Troteras y danzaderas (1913). Pérez de Ayala pretende
"reflejar la crisis de la conciencia hispánica desde principios de este
siglo". Como recursos técnicos hay que destacar: la forma
tradicional de narrar (realista) y la narración autobiográfica en primera
persona
2) "Novelas poemáticas de
la vida española", publicadas en 1916 en un solo volumen formado por
tres relatos. Prometeo,
Luz de domingo, La caída de los limones. El tema central será la degradación
de la vida moderna. Por lo que se refiere a la técnica, incorpora ya algunas
innovaciones narrativas:
·
Pierde importancia el argumento.
·
Empleo de recursos deformadores y
esperpénticos.
· Perspectivismo: descripción y opinión.
Desaparece lo autobiográfico y ganan terreno las ideas. Están
consideradas como novelas "puente" entre las dos etapas principales.
3) En 1921 comienza su
última y más lograda etapa. “Novelas de temas universales” .- Belarmino y
Apolonio, Tigre Juan, El curandero de su honra.
Innovaciones
técnicas:
§
Pierde importancia la acción.
§
Los personajes son presentados como símbolos
de ideas.
§
Abundancia de reflexiones sobre temas
variados.
§
Perspectivismo.
§ Simultaneísmo narrativo.
Autor
inclasificable, cultivó todos los géneros, además de inventar uno: la greguería
(definida por él mismo como ‘metáfora + humor’), y sirve como puente entre
el Novecentismo y los movimientos de vanguardia. Siempre intentó renovar y ser
original estéticamente, así como contemplar las cosas desde los ángulos más
insólitos. En su intento por desmoronar el relato clásico, introduce en sus
novelas imágenes, metáforas y continuos juegos de palabras.
Su producción novelística es muy extensa y de temática variadísima: El
torero Caracho (1926), Seis falsas novelas (1927) o El caballero
del hongo gris (1928). Los llamados dramas fantásticos son una
mezcla de novela y obra de teatro: El drama del palacio deshabitado
(1909), La utopía (1909) o El lunático (1912). Escribe biografías
como Goya (1928) o Azorín (1930), además de su autobiografía,
titulada Automoribundia (1948).
El zaragozano Benjamín Jarnés (1888–1949), destacó ya en plena madurez como narrador y ensayista, hasta el punto de que en los diez años que median entre 1926–1936 dio a luz veinte títulos y conquistó un puesto importante en las letras españolas de la posguerra. Brillantez de forma, complacencia en lo sexual, sutileza en el adorno, exuberancia metafórica, recargamiento literario, podría ser el balance sumario de la prosa jarnesiana. Si su lectura atrae y seduce en un principio acabará por diluirse en la monotonía.
Destaquemos de su producción inicial sus novelas: El profesor inútil (1926), El convidado de papel (1928), novela de la vida en el Seminario; una deliciosa Vida de San Alejo (1928) y Paula y Paulita (1929) una de las obras mejores del primer período. Una segunda etapa puede ser iniciada por Locura y muerte de nadie (1929), una de las mejores obras jarnesianas, a la que se le han señalado puntos de coincidencia con Niebla de Unamuno. Este Juan Sánchez, personaje de Jarnés, padece un complejo de frustración que se le va colmando a cada intento de salir del anonimato, Viviana y Morlín (1930), Escenas junto a la muerte (1931), una novela de frustración personal –un leitmotiv en el conjunto de su producción– y Lo rojo y lo azul (1932), quizá de corte autobiográfico, con un protagonista también indeciso y cobarde, completan su obra narrativa.
Otro gran prosista y notable poeta, Antonio Espina (1894–1972), escribió, junto a algunas excelentes biografías, –Luis Candelas, El bandido de Madrid, Romea, El comediante–, algunas obras narrativas de la misma tendencia evasiva, como Pájaro pinto (1927) y Luna de copas (1929).
A esta generación pertenece así mismo Andrés de la Barga, Corpus Barga (nacido en 1887) en la vida de las letras. Vivió desde muy joven el ambiente literario y político de Madrid, convirtiéndose en un prestigioso periodista, simultaneando su colaboración en los periódicos con un trabajo de ensayista de la mejor dignidad. De la obra narrativa primeriza de Corpus Barga se conocen dos novelas: La vida rota (1910) y Pasión y muerte, Apocalipsis (1930). Más importante ha sido su actividad narrativa posterior a la guerra civil escrita en su exilio de Lima. Sus memorias Los pasos contados (1887-1955), ofrecen un gran interés documental y artístico y poseen el interés de una verdadera novela; garbo descriptivo, inquietud por lo nuevo y ese adobo erótico que privaba en la edad juvenil del autor. Otra interesante novela de género histórico, es La baraja de los desatinos (1968), reeditada en español en 1971 con otro título: Hechizo de la triste Marquesa. En 1974 se le otorga el Premio Nacional de la crítica a su obra Los galgos verdugos.
También un gran poeta de la Generación del 27, Pedro Salinas (1891-1951), practica la narración corta de tipo formal evasivo en Vísperas del gozo (1926). Sólo ya en su definitivo exilio americano proseguiría su obra narrativa en otros dos libros, La bomba increíble (1950), y El desnudo impecable (1951), ya en otro sentido más humanizado.
Debe adscribirse también a este grupo a Antonio Porras (nacido en 1895), ensayista y fecundo narrador, autor de Curra (1922), El misterioso asesinato de Potestad (1923), La mujer nueva (l925), Lourdes y el aduanero (1928), etc.
El escritor canario Claudio de la Torre (1891–1972). A 1924 pertenece su primera novela, En la vida del señor Alegre, que nos relata las desventuras de un inglés en Sevilla señoreada por el espíritu del machismo ibérico. Más poesía y menos depurada técnica pero subidos valores psicológicos y encanto evocador hay en Alicia al pie de los laureles (1940), en la que el autor describe el mundo de su infancia en la isla de Gran Canaria. Verano de Juan el chino (1971) es un documento de gran valor humano y social sobre una epidemia de peste en dicha isla.
A este apartado corresponde también la obra temprana de otros narradores confirmados en época posterior: Rosa Chacel, Max Aub y Francisco Ayala.
Rosa Chacel (nacida en 1889) publicó en 1930 su primera obra Estación, ida y vuelta, novela sin contorno, mero ejercicio literario a modo de monólogo, ampliamente superada por su admirable obra de prosista manifestada desde el exilio y culminada en su novela La sin razón (1960).
Las obras narrativas de Max Aub (1903–1972) pertenecientes a este período se reducen a varios intentos Geografía (1929), Fábula verde (1933) y Lo vivo, fragmentos de novela publicados en 1966, y a una sola novela Luis Álvarez Petreña (1934), que su autor ba prolongado, añadiendo dos partes sucesivas: la segunda, en Méjico (l965},y la última en la edición española definitiva (1971).
La obra de Francisco Ayala (nacido en 1906), en este período se reduce a dos libros de narraciones, El boxeador (1925) y El cazador en el alba (1939), muy significativos del momento en que se publican. Elementos surrealistas, gratitud argumental y peso de los factores que intentaban desbordar los límites estrechos de la vida española de aquel entonces, son las características de estas narraciones avalianas.
En cuanto al humorismo, así mismo evasivo, más en la línea seguidora de Gómez de la Serna que de Fernández Flórez, podemos destacar a Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), más importante en el teatro que en la narrativa, donde sus novelas Amor se escribe sin hache (1929), ¡Espérame en Siberia, vida mía! (1930), Pero, hubo alguna vez once mil vírgenes? (1931) y La tournée de Dios (1932), no hacen más que prolongar la problemática de la primera: el ataque a uno de los elementos del erotismo, la mujer, y la idealización del otro, el hombre.
Más fino humorista fue Edgar Neville (1899-1967) que sobresalió también en el carpo del teatro. Su Don Clorato de Potasa (1929) fue una de las novelas más conseguidas en esta tendencia.
De más talla como novelista es Antonio Robles (nacido en 1897), que reside en Méjico después de la guerra. Sus cuentos infantiles le granjearon bastante popularidad. Una novela suya El muerto y su adulterio (l929), desenvuelve un argumento más apropiado para la narración corta pero de indiscutible ingenio y matizado humor, con cierta remembranza a Gómez de la Serna. Otra novela suya –Novia, partida por dos (1929)– es una regocijada serie de estampas sobre la vida de una cursi damisela que durante veinte años deshoja la margarita de la duda ante dos pretendientes. Torerito soberbio (1932) está dedicada al tema de la vanidad. Esta es la que impulsa al héroe de la novela a hacerse torero, a triunfar y fracasar después, rubricando con el suicidio, la culminación del proceso. En 1944 apareció en Méjico El refugiado Centauro Flores, una de las más apreciables novelas sobre nuestra guerra civil.
Debe incluirse aquí a Samuel Ros (1905–1945) autor de El ventrílocuo y la muda (1933) y El hombre de los medios abrazos (1932), prematuramente desaparecido; Valentín Andrés Álvarez (nacido en 1891), comediógrafo y autor de las novelas Sentimental dancing (1925), y Naufragio en la sombra (1930); Antonio Botín Polanco (1898-1965), Jacinto Miquelarena (1891-1962) y Miguel Villalonga (1895-l947), creador de una fina sátira de la vida provinciana en Mallorca, Misa Giacomini (1934).
La reacción contra el arte evasivo o deshumanizado se manifiesta con toda claridad en dos grupos de escritores que preludian el estallido de la guerra civil. En una decidida inclinación hacia un nuevo realismo, se delimitan ambos grupos con unas características bien definidas. Uno de ellos vuelve a los procedimientos realistas con un criterio simplemente estético; el otro ve en el realismo el único medio eficaz para infundir a su novela un marcado carácter social. El primero podría clasificarse de conservador en el aspecto ideológico; su regreso al realismo tiene muchos puntos de contacto con cierta estrechez de ideas para las que no dejaba de ser peligrosa la tendencia intelectual, desenfocada y trastornadora en cuanto a los conceptos tradicionales, que informaban la vida de la sociedad española incluida la relación entre el escritor y el público. En cuanto al segundo grupo, su actitud es franca y decidida: la agudización de los problemas socio–políticos en la España de los años finales de la monarquía y de los de la República les hace tomar parte por uno de los bandos en pugna. Sus convicciones, sus deseos de participar en la lucha política al lado de quienes defendían los ideales del progreso y la justicia social, les conducen a alinearse al lado de las fuerzas políticas de izquierda en una gradación que va desde un republicanismo moderado hasta un acratismo casi nihilista, sin olvidar las zonas más templadas de socialismo. Son los escritores que buscan sus temas en la guerra de Marruecos, con un sentido de denuncia y protesta o en las situaciones de injusticia social planteadas en los años de gobierno republicano. Buscan sus modelos en la novela soviética y en la literatura revolucionaria que florece por aquel entonces en otros países europeos e, incluso, en América.
Francisco de Cossío (nacido en 1887),de cuya vasta producción elegiremos dos novelas: Clara (1929) y Taxímetro (1930). La primera es una narración de pergeño clásico inspirada en Manon Lescaut de Prevost, interesante y bien trazada; la segunda es una mezcla de novela tradicional con ciertas dosis vanguardistas, desenfocada novela erótica de un héroe moderno que hace del taxi su caballo de batalla. Otro narrador, Tomás Borrás (nacido en 1891),de prolífera labor literaria en diversos géneros, muestra sus buenas condiciones de narrador en diversas obras, entre las que destacaremos La pared de tela de araña (1924), novela de ambiente marroquí, y La mujer de sal (1925), que hace de la vida de una ciudad provinciana el marco de un drama amoroso bien observado y conducido a un desenlace de honda intensidad.
El catalán Bartolomé Soler (nacido en 1894), nos da en su primera novela Marcos Villarí (1927), una violenta tragedia rural, muy bien aceptada por la crítica.
De superior categoría como novelista es Ramón Ledesma Miranda (1901-1963), su novela Antes del mediodía (1930) está escrita en forma de memorias, en un estilo fluido y espontáneo. Su mejor nove1a, Almudena o historia de viejos personajes (1944), es una obra madura, una de las mejores narraciones de los primeros años de la posguerra, aunque pasó casi inadvertida para la critica y los lectores.
Entre sus mis fecundos cultivadores sobresale Joaquín Arderius (nacido en 1890), que en sus obras Justo el Evangelio (1929), El comedor de la pensión Venecia (1930), Campesinos (1931) y Crimen (1933) emplea una exaltación lírica extremada y una ideología más bien caótica, algo corregidas en su última obra citada.
Más logrado como escritor, aunque con una gran dosis periodística fue Manuel D. Benavides (1895-1947) quien en sus primeras novelas había dedicado en interés preferente por el erotismo estudiado a través del psicoanálisis. En 1933 publica su primrra novela social, Un hombre de treinta años, de corte autobiográfico, a la que añadió en 1934 El último pirata del Mediterráneo (1934), uno de los grandes éxitos populares de aquellos años. Ya en México publica otras novelas sobre episodios de la guerra civil.
Sólo dos novelas y un largo ensayo sirvieron para otorgar cierta popularidad a José Díaz Fernández (1898-1940), que se dio a conocer muy joven como periodista y político, falleciendo en Francia a poco de acabar la guerra. En su libro El blocao (1938) recogió sus experiencias de la guerra de Marruecos y aunque no se tratara de una novela en el concepto clásico incluía una serie de relatos unificados por el ambiente bélico castrense y realzados por una excelente prosa. En una novela posterior La Venus mecánica (1929) su ambicioso propósito era reintegrar la novela al terreno histórico, a la realidad político–social de la cual había sacado por los vanguardistas, y de cuyo influjo no pudo sustraerse él mismo en numerosos fragmentos. Su ensayo El nuevo romanticismo (1930) es una especie de manifiesto en nombre de las tendencias políticas del momento.
Uno de los novelistas sociales de más calidad fue César M. Arconada (1900-1964), periodista redactor jefe de la Gaceta literaria y decidido militante comunista. Exiliado después de la guerra, falleció en Moscú. Su calidad de joven poeta está patente en sus novelas de tema campesino La turbina (1930) Los pobres contra los ricos (1933), Reparto de tierras (1934) y Río Tajo, galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 1938 en la zona republicana y publicada años más tarde en Moscú. Sus obras adolecen de un acentuado maniqueísmo político y del predominio de la consigna partidista.
Un joven escritor fue el madrileño Andrés Carranque de Ríos (1902-1936).novelista de indudable genio. De impronta barojiana, tanto en su vida como en su obra nos dio tres novelas: Uno (1934), La vida difícil (1935) y Cinematógrafo (1936). En 1970 ha sido publicado un libro póstumo de cuentos: De la vida del señor Etcétera y otras historias. Su obra constituye, en general, la última aportación valiosa en la preguerra de la reacción realista en nuestra novela.
Pero el primer lugar entre los novelistas de este grupo , uno de los principales en la generación del 27 corresponde al aragonés Ramón J. Sender (nacido en 1902) cuya labor de novelista, iniciada en este período se ha prolongado en abundancia y calidad en su largo exilio en tierras de América. Su concepto del compromiso le separó de sus compañeros de generación que propugnaban un arte evasivo, pero su formación le hizo fundir en sus obras los elementos estéticos de vanguardia con la concepción social del arte. Aunque su gran dimensión de novelista no se daría hasta su época de exiliado, su obra social adquiere un indiscutible relieve. En su novela Imán (1930), la más importante de las escritas sobre la guerra de Marruecos, nos ofrece un testimonio sumamente valioso, con una técnica impresionista vigorosa y dramática. En O. P. (orden público) (1931), Siete domingos rojos (1932), y Viaje a la aldea del crimen (1934), el alegato novelesco se desborda en el reportaje que adquiere un intenso vigor dramático en su última obra, denuncia de la represión en el pueblo de Casas Viejas. La noche de las cien cabezas (1934) constituye una desoladora crítica de la sociedad burguesa española a través de una vigorosa fantasía alegórica, una especie de danza de la muerte a la que se han señalado los antecedentes de Quevedo y Gracián.
Su novela Mr. Witt en el Cantón, premio nacional de literatura en 1935, señala el principio de un nuevo ciclo en la obra senderiana. Destaca una mayor preocupación que en sus novelas anteriores, aunque no abandona su concienzudo afán de documentación en este caso sobre un acontecimiento histórico del siglo XIX, el levantamiento cantonal durante la Primera República. El argumento gira en torno al problema humano de Mr. Witt, un ingeniero inglés de los astilleros, ya en el declive de su virilidad y casado con una mujer más joven de origen popular, Milagritos, simpatizante con la causa revolucionaria. Los celos, que antaño llevaron al británico a no oponerse al fusilamiento de un primo de Milagritos, le conducen ahora a provocar la voladura del acorazado de los insurgentes. La obra, perfectamente estructurada y rigurosa en lo dialéctico, hace del pueblo el protagonista colectivo del hecho histórico. El estudio por el autor del factor socio–político de la insurrección le hace anticipar en algunos aspectos lo que sería el campo republicano durante la guerra civil, que se gestaba cuando él escribía su novela. Otra novela suya, publicada durante el conflicto, Contraataque (1938), tuvo más de reportaje que de obra narrativa.
Además de los citados, es justo señalar unos cuantos nombres de escritores que practicaron el género social: Isidoro Acevedo, Julián Zugazagoitia, Matilde de la Torre, Alicio Garcitoral, Benigno Bejarano, Luisa Carnés, Rafael Vidiella, etc.