
La Guerra Civil supuso un profundo corte en la evolución literaria española debido a una serie de razones:
a.
La muerte de algunos de los grandes modelos de la novela española del siglo XX
(Unamuno, Valle-Inclán).
b.
El exilio obligado de otros autores que habían comenzado a destacar en la década
de los treinta: Max Aub, Francisco Ayala, Ramón J. Sénder, etc...
c.
Las nuevas circunstancias políticas y la censura impiden que se siga con una
tendencia de novela de corte social que se venía haciendo desde la década de
los treinta.
d.
Esas mismas circunstancias históricas (miseria, desigualdades, falta de
libertades, etc...) hacen que pierda sentido otra de las tendencias novelísticas
anteriores a la Guerra, como es el caso de la novela deshumanizada y
vanguardista.
Como
consecuencia de las razones expuestas, la novela española en la década de los
40 debe, prácticamente, comenzar de nuevo.
En
lo referente a la periodización de la novela que se inicia después del año
1939, la crítica literaria ha señalado cuatro etapas sucesivas:
Posguerra
Realismo Social
Renovación técnica
y la novela escrita desde 1975
También
se han señalado cinco generaciones de novelistas que se han ido incorporando a
lo largo de estos años:
a.
Generación del 36.- Autores que se dan a conocer durante la Guerra Civil o
en los años
inmediatamente
posteriores.
b.
Generación del 50.- Novelistas que comienzan a publicar en torno al año
1950.
c.
Generación del 68.- Autores que aparecerán en la década de los 60.
d.
Promoción del 80 y del 90.- Últimas incorporaciones a la novela española.
Haremos
ahora un repaso por cada una de estas etapas para intentar establecer los rasgos
comunes y definitorios de cada período.
1.
LA NOVELA DE POSGUERRA
(1939-1950).-
Las
líneas maestras de la novela española durante los años 40 son:
> La situación de incomunicación de la sociedad española explica que los novelistas no contacten con el exterior. El resultado es el anquilosamiento de la narrativa española de la época, que se limita al modelo narrativo "realista" (s. XIX) o al de Pío Baroja.
> Falta de "maestros-modelos" y críticos orientadores en el interior: sólo Baroja asume este papel, pero de forma poco importante.
> Paradójicamente, sobran las traducciones de determinado tipo de novelas extranjeras (el "Realismo" europeo del s. XIX) y autobiografías.
> La novela española, pese a todo, arranca de nuevo mediante impulsada por "estímulos" como los premios que comienzan a convocarse desde los primeros años 40. El más importante será sin duda el Premio "Nadal", convocado por la editorial barcelonesa "Destino", con el que se darán a conocer bastantes novelistas que con el tiempo se convertirán en figuras importantes.
> La crítica literaria era, sólo, ideológica: se valoraba una novela por el grado de afinidad ideológica de su autor hacia el sistema político establecido tras la guerra. El papel jugado por la censura franquista es, en este sentido, fundamental.
En este contexto irán dándose a conocer nuevos escritores, que en general podemos agrupar en las siguientes tendencias:
~ Jóvenes novelistas de ideología (ultra)conservadora -muchas veces de filiación política falangista- como Wenceslao Fernández Flórez (El bosque animado, 1944), Rafael García Serrano (La fiel infantería, 1943, La plaza del castillo, 1951) o Gonzalo Torrente Ballester (Javier Mariño, 1943). Normalmente contaban con el beneplácito del sistema propagandístico y editorial franquista, aunque alguno de ellos tuvo que cambiar fragmentos de sus novelas por las presiones políticas (Torrente Ballester sobre todo).
~ Jóvenes escritores encuadrados dentro del realismo tradicional y bajo la influencia de Baroja: Juan A. Zunzunegui (Ay...estos hijos, 1943, Esta oscura desbandada, 1952, La vida como es, 1954) o Ignacio Agustí (La ceniza fue árbol, conjunto de 5 novelas más conocido por "La saga de los Ríus", entre las que destacaron las dos primeras: Mariona Rebull, 1944, y El viudo Ríus, 1945) .
~ Los
jóvenes escritores que representaron una novela de corte existencial: Carmen
Laforet (Nada, con la que ganó del premio Nadal en 1945) o Miguel
Delibes (La sombra del ciprés es alargada, ganadora del Nadal
en 1947). Desde las vivencias personales, estos novelistas existenciales
expresan en sus relatos la miseria y la sordidez de aquellos años. Los temas
suelen ser la frustración, la inadaptación, la angustia, la muerte, etc. Se
intentaba reflexionar sobre el sentido de la existencia en un ámbito
desagradable -absurdo- como la España de aquellos años. Para ello utilizaron técnicas
narrativas tradicionales y de influencia barojiana.
Nada, de Carmen Laforet,
presenta un universo localizado en la Barcelona de los años inmediatos a la
guerra, con lo que rompe el tabú aceptado hasta entonces por los escritores que
impedia abordar la realidad circundante y presente sin deformarla con
determinismos o covenciones previas. Su estilo es sencillo, sin barroquismos ni
retoricismos y dotado de una sencillez que recogerán los novelistas
posteriores. No hay compromiso social todavía ni tratamiento objetivo, pero el
carácter introvertido, tímido y pasivo de Andrea viene impuesto por las
condiciones de vida que traen las secuelas de la guerra civil.
Con la primera novela de Miguel Delibes, La sombra del ciprés es
alargada, que gana el Nadal en el año 48, volvemos otra vez a tomar la
línea de contemporaneidad que emprenden Cela y Laforet. Pedro, el protagonista
de la novela, es un hombre solitario al que una educación restrictiva en la
niñez ha marcado negativamente. Parece pesar sobre él un destino incierto en
el que la muerte y la desgracia se ceban continuamente. Consciente de que la
felicidad es algo efímero que se pierde al instante no quiere vivir emociones
intensas porque teme el fracaso. Esa especie de determinismo que presiente
actúa sobre él en dos ocasiones (la muerte de Alfredo y al accidente tambien
mortal de Jane) y arruina su vida una vez que se había decidido a disfrutar de
la felicidad. La soledad y la muerte que rondan por las más de trescientas
páginas de la novela proceden del ambiente de la España del final de los
cuarenta en la que la desconfianza y el pesimismo son moneda corriente.
~ Los
jóvenes novelistas representativos de lo que entonces se llamó novela
"tremendista". Entre ellos destaca Camilo José Cela, que publica
su novela La familia de Pascual Duarte (1942) -posiblemente la
novela más importante de los años 40-. Ante la denominación
"tremendismo", el propio Cela contestó que "lo tremendo no es
la novela, sino la realidad", en clara alusión a la España de la época...
Los rasgos definitorios de este tipo de novela son girar temáticamente en torno
a la España del momento mostrando siempre los aspectos más negativos de la
realidad, la intención crítica hacia el presente, expresar una visión amarga
de la vida, el primitivismo de unos personajes siempre desarraigados y
marginados, el lenguaje crudo, directo y a veces violento y, finalmente, los
recursos intensificadores y deformantes que a veces acercan estas novelas a la
caricatura.
En 1942 Cela escribe La familia de
Pascual Duarte, historia de un antihéroe que apenas tiene que ver con el
nacionalismo imperante; Pascual es hijo de su momento y refleja un clima de
furor y violencia, no tiene ideales, es un criminal que no omite detalles en la
historia de sus fechorías y que obliga al lector a pensar en su comportamiento
social. Nacido en tierra ingrata y dura, víctima antes que verdugo, parece ser
presa de un determinismo interior que lo obliga a actuar trágicamente. Pascual
es arrastrado y arrollado por la vida, pero su novedad consiste en que los
factores que empujan al personaje son además de caracteriológicos también
sociales.
En definitiva, a lo largo de los años 40 se prepara el camino para el
verdadero arranque de la novela española a partir de la siguiente década (los
años cincuenta). En ese sentido, dentro de un panorama bastante mediocre,
fueron de especial importancia la "novela existencialista" y el
"tremendismo". De otro lado, ya en la inmediata post-guerra
aparecen escritores cuyo papel en los siguientes años será muy importante:
Gonzalo Torrente Ballester, Miguel Delibes y Camilo José Cela.
Gonzalo Sobejano denomina a la de los cuarenta novela existencial y destaca sobre todo una serie de rasgos que son característicos de la narrativa de la época. Los novelistas de esos años han vivido la guerra como adultos y no comparten ninguna solidaridad generacional sino que son individualistas e independientes. En las novelas que hemos analizado Cela, Laforet o Delibes centran su temática en la alienación, el desencanto o la búsqueda infructuosa de la autenticidad. Quieren encontrar al pueblo perdido en la guerra y fracasan en el intento.
Los temas que abordan esas novelas son ante todo la incertidumbre del destino humano y la incomunicación personal. Las acciones de los personajes no son más que vueltas, traspiés, equivocaciones y caídas. Al buscar los valores auténticos pierden de vista el fin a causa del dolor del camino; la andadura de los héroes es la del hombre español y además la del hombre de su tiempo; la guerra ha desencadenado esta situación de hostilidad.
Los personajes se agrupan en categorías de violentos (Cela), oprimidos (Laforet) o indecisos (Delibes) y son presentados en situaciones límite de vacío, repetición o culpa . Para escapar de la rutina unos recurren a la violencia y otros se refugian en la intimidad, el monólogo, el ensimismamiento o pensando en la muerte. Estos personajes marcan el estado interior de los novelistas preocupados ya por lo social mientras las ciudades y los campos están desamparados.
Entre las técnicas mas destacadas figuran la existencia de un personaje individual, auténtico protagonista de las novelas, el predominio de la primera persona que da lugar al relato autobiográfico, y la frecuencia con que se utiliza el monólogo para mostrar el ensimismamiento o la evocación de otros tiempos. Celdas y habitaciones estrechas y fragmentos de la vida cotidiana ponen de manifiesto que el tiempo de las novelas es similar al tiempo en que se vive. Tanto en el campo como en la ciudad el espacio se comprime al máximo y ello ocasiona una situación de zozobra en el personaje (la casa de Aribau en Nada, la paupérrima vivienda de Pascual en La familia... y el cuarto de la casa del maestro donde vive Pedro su infancia en La sombra...) que es una de las causas de su comportamiento anómalo.
2.
EL REALISMO SOCIAL
(1950-1962).-

En
la década de los cincuenta la censura se relaja y ese hecho permitirá la
aparición de novelas en las que la denuncia de la pobreza, la persecución y la
injusticia sean los temas predominantes. A esta tendencia se le ha llamado
novela social y no es exclusivamente española, sino que durante todo el siglo
XX venía existiendo una serie de obras que habían convertido la denuncia
social en la base de sus argumentos. En los años cincuenta, el francés Jean
Paul Sartre define lo que es esta “Literatura social”.
§
“La literatura no debe reflejar solo
la realidad, sino explicarla e, incluso, transformarla” Sartre, por tanto, se
aleja del realismo tradicional del siglo XIX que pretendía exclusivamente
reflejar la sociedad, sin opinar sobre ella. Sartre es un autor muy influido por
el pensamiento marxista y por eso opina que el arte debe aspirar a transformar
las cosas.
§
“El escritor tiene una función
social, y será cómplice de la opresión si no se alía con los oprimidos”
§
“No se es escritor por decir ciertas
cosas, sino por decirlas de cierta manera” Esta última frase es importante
porque Sartre puntualiza el hecho de que hacer una literatura combativa no
quiere decir que se haga una literatura técnicamente pobre. Para Sartre, el
escritor revolucionario lo es también desde el punto de vista técnico.
La
literatura social, como hemos dicho, no es un fenómeno de los años cincuenta,
sino que se venía haciendo por diferentes caminos desde principios de siglo y
en distintos países occidentales.
Repasemos
algunas de las tendencias sociales a lo largo del siglo XX:
a.
Surrealismo.- El Surrealismo fue el movimiento de Vanguardia que acabó con las
vanguardias al llenarse de contenidos humanos, y entre esos contenidos, la
preocupación social fue constante.
b.
Bertold Brecht y Piscator habían
llevado su teatro por el camino de la crítica política
c.
La novela de Ciencia Ficción de
los años treinta había contado con dos autores cuya intención fue la denuncia
social, aunque a través de sociedades futuras. Esos es lo que hace George
Orwell en 1984 y Rebelión en la granja, o Aldous Huxley con Un
mundo feliz.
d.
El realismo. Ha sido la fórmula preferida por los novelistas del siglo XX para
enfrentarse a la problemática social.
Centrándonos
ya en lo que sucede en la literatura española de la década de los cincuenta,
debemos distinguir, en primer lugar, dos momentos en el Realismo Social, como
dice Gonzalo Sobejano
a.
Precursores de la novela social:
Miguel Delibes, El camino (1950); Luis Romero, La noria (1951);
Camilo J. Cela, La colmena (1951); Miguel Delibes, Mi idolatrado hijo
Sisí (1953).
En
el año 1951 aparecen dos novelas que cambian el curso de la narrativa española
de posguerra. La noria, de Luis Romero describe la vida de
Barcelona mediante el encadenamiento de la acción llevada a cabo por numerosos
personajes que no pretender decir otra cosa que sus problemas y su modo de
pensar; son veinticuatro horas seguidas en un desfile de tipos que jamás se
repiten, aunque en su conjunto son un grupo social. El uso del monólogo
interior indiferenciado para todos los personajes resta efectividad literaria a
su obra. Pero es sobre todo la aparición de La colmena, de Cela,
lo que marca el inicio de una nueva etapa. Es la primera novela en su género
que presenta con cierto realismo y cierta verdad la vida cotidiana española de
la posguerra dentro de un lugar concreto y un tiempo preciso, el Madrid de 1942.
Se hacía eco por primera vez de un conjunto social en lucha con la situación
en que la vida y la historia española habían colocado a los diversos
individuos. El hambre, el dinero y el sexo presidían su temática que no sólo
era literaria, sino real considerada en su dimensión histórica social y económica.
Ahora a diferencia de Baroja que movía a sus personajes entre continuos debates
ideológicos, Cela los despoja de ideales y los dota de una libertad relativa.
El
escritor gallego presenta la vida española con cierto realismo y cierta verdad,
pero ni uno ni otra son completos, no enfocan nada más que porciones de la
realidad y deja en la oscuridad otros aspectos que entonces eran importantes. No
hay militares ni clérigos ni falangistas; quizá haya prescindido de ellos
porque su inclusión pudiera haberle ocasionado problemas. El mérito de Cela
consiste en haber reflejado en la obra una forma de vivir, aunque sea sólo
parcialmente y lo ha hecho a través de cuadros simultáneos, con miradas rápidas
sobre ambientes y situaciones, con personajes y tiempos distintos, lo que pone
en contacto la novela española con las innovaciones que habían surgido antes
en América (Manhattan Transfer, de Dos Passos y todo el Nouveau Roman
francés).
b.
Verdadera novela social.- Se
inicia a partir de 1954 con autores como Ignacio Aldecoa. José Manuel Caballero
Bonald, Carmen Martín Gaite, Ana Mª Matute, Juan García Hortelano y Rafael Sánchez
Ferlosio.
Una
de las primeras novelas que se hace eco de este sentir es Juegos de manos,
de Juan Goytisolo que presenta la vida de las clases urbanas como un mundo
de señoritos adolescentes que pasan a convertirse casi sin advertirlo en
verdaderos delincuentes. Su pretendido progresismo o revolucionarismo se
sostiene sólo en la falta de escrúpulos, en el deseo de enriquecimiento con el
hambre ajena. El sistema de valores de una burguesía que emerge de la guerra se
desploma a los ojos del lector.
Poco
a poco van tomando cuerpo dos modos de abordar los problemas que preocupan a los
novelistas. Una de estas tendencias literarias es la conductista o
behaviorista caracterizada por la reducción de la sicología de los
personajes al estudio de su comportamiento externo, de las relaciones
individuales aparentes, exteriores. El narrador no se introduce nunca en el
interior de sus personajes y será el lector el encargado de conocerlos de la
misma manera que conoce a los hombres con los que convive en su propia realidad.
Sólo se tendrá en cuenta sus actuaciones, sus palabras, su conducta y sus
reacciones. Hay dos novelas que recogen de forma admirable este procedimiento. Los
bravos, premio Nadal en 1954, es la primera novela de Jesús Fernández
Santos y sitúa la acción en un lugar muy bien delimitado, un pueblecito de
la montaña leonesa. Se reconstruye la realidad artística con elementos
objetivos, con unos personajes que se hallan dentro de un mundo muy concreto en
el que tienen escasa capacidad de intervención.La actitud del narrador es
distante, el tratamiento del paisaje cede en favor de los hombres al tiempo que
se reivindica un presente que pueda superar las costumbres arcaicas y el imperio
del caciquismo.
Pero
la novela más importante de esta corriente es sin duda El Jarama
, publicada por Rafael Sánchez Ferlosio en 1955, y escrita con una técnica
objetiva , sin retórica y con ausencia casi absoluta de descripciones. El
narrador se distancia por completo de personajes y situaciones y rechaza toda
intervención emotiva. Se ha llegado a considerar que los diálogos procedían
de una serie de conversaciones grabadas por el autor en un magnetófono,
copiadas luego al pie de la letra en el texto. El argumento es trivial, la
excursión de unos jóvenes a la orilla del Jarama para pasar una tarde de
domingo, sólo queda realzado al final con la trágica muerte de una de las
chicas. Los hechos son vulgares, el narrador apenas interviene, la obra está prácticamente
escrita en diálogo, intrascendente, aburrido, reiterativo, desprovisto de ideas
y lleno de frases hechas y lugares comunes como corresponde al nivel cultural de
los personajes que hablan. El diálogo desnuda a los personajes, muestra la
vaciedad de unas vidas sin entusiasmo ni horizontes y por ello dignas de lástima.
Es, en suma, el tedio de una juventud resignada a una vida vegetativa que jamás
trasciende la monotonía de su propia existencia.
El
conductismo se agotará unos años más tarde con las novelas de García
Hortelano (Nuevas amistades, Tormenta de verano) en las que la
burguesía madrileña heredera de los hombres que han ganado la guerra se dota
de un amplio bienestar material conseguido por medios a veces ilícitos y se
despreocupa de todo aquello que se salga del goce momentáneo. El manejo del diálogo
llega a tales extremos que a veces se escuchan conversaciones que no se sabe a
quién pertenecen y se pierde por ello el control de los personajes. Es aquí
donde la novela y el cine alcanzan un mayor grado de parentesco.
La
segunda corriente agrupa a los escritores del llamado realismo social.
En lugar de presentar hechos o personajes que hablan entre sí de sucesos
aislados y fragmentados, se esfuerzan por incorporar cada fragmento de la
realidad dentro de una serie de sucesos y circunstancias que dan sentido a esa
realidad y la convierten de estática en dinámica. Las cosas no se ven ahora
como en un escaparate, aisladas y autónomas, sino encadenadas en un contexto,
dependientes de un pasado y con miras hacia el porvenir. Son novelas escritas
entre 1958 y 1961. En Central eléctrica (Jesús López Pacheco,
1958) aparecen enfrentadas dos sociedades distintas, aunque todos viven en la
misma España. Por una parte los trabajadores y campesinos que construyen el
embalse y por otra los ingenieros y técnicos de la empresa que se ocupa de la
central. Entre unos y otros apenas hay puntos de unión y sólo al final la
llegada del maestro que pulsa el interruptor que dará al nuevo pueblo la luz eléctrica
supone un deseo de que el futuro camine hacia un progreso por el que se ha
pagado sacrificios y vidas humanas. El mismo dualismo se aprecia en La
zanja (Alfonso Grosso, 1961) donde los obreros que construyen esa zanja
en las proximidades de un elegante conjunto residencial habitado por familias
extranjeras están separados de éstos no sólo por una zanja material sino por
un idioma distinto y sobre todo por una situación social y económica que
supone para ellos un muro infranqueable. En el fondo lo que subyace aquí es un
colonialismo que va más allá de la explotación de la raza o la nacionalidad.
La
mina (López Salinas,
1960) tiene como trasfondo la historia de un campesino andaluz que emigra de su
tierra para contratarse como minero de fondo con la ilusión de ahorrar un
dinero con el que comprar tierras en su Andalucía natal. Lo que encuentra después
de un corto periodo de trabajo es la muerte porque la galería de la mina se
hunde. La novela plantea varios problemas: el agrario, el retraso industrial, el
éxodo interior, es decir, todo lo que el país tiene entonces pendiente de
resolver. Hay crítica hacia el orden social injusto, hacia la legislación
sobre la que se apoya, hacia la segregación de clases, pero a pesar de todo el
final mira hacia el porvenir y ello separa a esta novela del objetivismo. La
piqueta (Antonio Ferres, 1960) resume las horas de zozobra de un obrero
al que por falta de licencia municipal van a derribar la humilde chabola en que
vive. El recuerdo de los últimos quince días, desde que recibió la orden de
demolición hasta el momento en que va a producirse, nos pone en antecedentes de
la falta de solidaridad entre los individuos de un mismo grupo social porque
nadie es capaz de ayudar al protagonista a paliar su situación.
§
Gonzalo
Sobejano denomina a la de
los cincuenta novela social. Su impulso parte de La colmena hacia
el año 1950. Los escritores del cincuenta eran niños durante la guerra y
fueron educados en una España uniforme y monolítica. No son individualistas,
sino solidarios y tienen en común entre ellos la preocupación por los
problemas de su pueblo. Unos y otros buscan el pueblo perdido y lo encuentran
socialmente encadenado a un trabajo sin fruto y económicamente en conflicto.
Temáticamente
buscan valores colectivos infructuosamente; esa búsqueda se desarrolla en
pueblos pequeños y después en ciudades donde el pueblo está fragmentado en
clases o grupos, guardias, gitanos, pescadores, campesinos, obreros,
picapedreros; todos están solos lo mismo que los burgueses de las novelas de
Goytisolo u Hortelano. Pero su soledad es una soledad grupal, de barrio o sector
o incluso de clase. El trabajo no tiene objetivos y aún hay secuelas de la
guerra que separan en lugar de unir.
Los
personajes más que obrar lo que hacen es estar; su movimiento es obstaculizado
por lo exterior, nunca pasa nada y los estados conflictivos son vistos a través
de la penumbra. Pobreza, impotencia, aburrimiento, indolencia es lo dominante;
no hay violencia sino sufrimiento, tampoco hay rutina pero sí amargura. Los
grupos están aislados y son incapaces de superar su soledad.
La técnica literaria abarca desde los títulos, plurales o colectivos (La colmena, La noria, Los bravos, Nuevas amistades) donde se da cabida a multitud de individuos, hasta el emplazamiento de la acción en el campo (Los bravos, Central eléctrica) o en suburbios de ciudades (La piqueta). La acción es ralentizada y por ello descriptiva; el objetivismo presupone un relato en tercera persona e incluso produce impresión cinematográfica; el recorte del lenguaje en los diálogos es constante y muy frecuente el uso del monólogo; se prodiga la discontinuidad temporal ya que los sucesos ocurren tanto en el presente como en el pasado, bien evocados o situados conscientemente por parte del autor. La novela queda abierta a la vida comunitaria bajo la inspiración de una actitud social comprometida con la causa de la justicia. Se sugiere más que se explica quizá por miedo a la acción de la censura. Hay retazos de existencialismo aunque el tiempo de esta novela ha pasado ya.
En la década de los 60 se producen cambios importantes en la evolución de la novela española. El origen de dicho cambio es múltiple:
>
El agotamiento, a base de una excesiva repetición de temas y técnicas
narrativas. de la llamada "novela social" de los años 50.
>
La puesta en cuestión
generalizada respecto a la creencia de que la literatura sirva para cambiar las
condiciones socio-económicas de la población en la España franquista.
>
El creciente y continuado
desarrollo económico de España durante estos años hará que los novelistas se
planteen la necesidad de una renovación narrativa que afecte a los temas
tratados y a las técnicas utilizadas.
>
La flexibilización de
las estructuras del poder franquista posibilitan que los escritores puedan
contactar más fácilmente con el extranjero y conocer a nuevos novelistas, etc.
Otra consecuencia será la aparición y desarrollo de diferentes empresas
editoriales (sobre todo en Barcelona) que pueden publicar buena parte de la
literatura extranjera desconocida hasta entonces.
Este
proceso de renovación narrativa durante los años 60 afecta a los
escritores mayores (Delibes, Cela, Torrente Ballester, etc.) a los de la
"Generación del 50" y se ve reforzado por la aparición de nuevos
novelistas. En realidad puede decirse que comienza en 1962 con la
publicación de Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos y de
La ciudad y los perros de M. Vargas Llosa (que fue la novela ganadora
ese año del premio "Biblioteca Breve").
1)
Tiempo de silencio fue una novela que demostró en aquel momento
que era posible conjugar el compromiso social (la crítica a la España
franquista) junto al cuidado por la forma literaria (técnicas narrativas y
procedimientos totalmente nuevos en el panorama novelesco del momento):
fragmentación del relato, rupturas cronológicas, superomnisciencia del
narrador, parodias, ironía y sarcasmos, monólogo interior, perspectivismo múltiple,
experimentación lingüística, etc., eran algunos de los rasgos innovadores de
esta novela.
2)
La ciudad y los perros supuso la entrada en el panorama narrativo
de muchos novelistas procedentes de Hispanoamérica. Este proceso, que
culminó en 1967 (con la publicación de 100 años de soledad
de Gª Márquez) se ha conocido después como el "boom"
de la novela hispanoamericana en España. Lo cierto es que, desde entonces,
el flujo de novelistas sudamericanos que publican en España no ha cesado,
convirtiéndose en la actualidad en el sector literario de habla hispana más
vivo y renovador. Desde estos años se dan a conocer Vargas Llosa, Gª Márquez,
Mújica Láinez, J. L. Borges, J. C. Onetti, J. Rulfo, A. Carpentier, G. Cabrera
Infante, J. Cortázar
En
general, puede decirse que, desde estos años, la narrativa española evoluciona
hacia lo que se ha llamado "novela estructural" o "novela
experimental", que podríamos caracterizar así:
a)
Apartamiento definitivo de la experiencia realista de las décadas anteriores.
b)
Mayor cuidado en la forma de las novelas y en el uso del lenguaje: la obra
literaria se concibe como "forma" o estructura lingüística.
c)
Aumento en la dificultad de lectura: se exige del lector una participación y un
esfuerzo mucho mayor. Según algunos críticos, ha llegado "la hora del
lector".
d) El tema
de fondo de estas novelas suele ser el de la autoafirmación personal: la
realidad es sustituida por mundos autónomos, creados por el novelista al margen
de aquélla. Desde esos mundos subjetivos el autor intenta dar testimonio de sí
mismo frente a una sociedad que le oprime.
A
este nuevo tipo de novela irán incorporándose muchos novelistas conocidos
desde la inmediata post-guerra: Gonzalo Torrente Ballester con Don
Juan, Fragmentos de apocalípsis y, cobre todo, La
saga/fuga de J.B;. Camilo José Cela con San Camilo 1936
y Oficio de tinieblas 5; Miguel Delibes con Parábola
de un náufrago o 5 horas con Mario.
Por
otra parte se incorporan a esta renovación escritores de la "Generación
del medio siglo" como Juan Benet con Volverás a Región
o Una meditación; Juan Marsé con Últimas tardes
con Teresa o La oscura historia de la prima Montse; Juan
Goytisolo con su trilogía España sagrada formada por Señas
de identidad, Reivindicación del conde D. Julián y
Juan sin tierra. Otros escritores de esta generación, en cambio,
dejan de publicar (Carmen Martín Gaite, Juan Gª Hortelano, o José M.
Caballero Bonald).
A partir de 1962 con la publicación de Tiempo de silencio empieza a gestarse otra novela que puede ser considerada como una subclase del realismo crítico porque sus valores, a mitad de camino entre lo objetivo y lo subjetivo , ponen un mayor énfasis en lo formal. Fue llamada novela estructural. Ahora la persona se identifica por su relación con un contexto social, pero también con la sociedad entera puesto que está situado en un contexto y éste a su vez se interpreta dentro de una realidad más amplia. La persona no se conoce bien, se halla perdida y en un continuo proceso de ensimismamiento y alteración. Su identidad, llena de altibajos, está determinada por la realidad social. A través de la biografía familiar, las evocaciones de tiempos y lugares, el individuo se sitúa en un marco englobante que trasciende lo puramente sociológico. El yo es importante y se ahonda en él por medio de la segunda persona que junto a la primera lo encuadran en un marco que une el interior y el exterior. El lenguaje expresa una realidad más compleja y por ello se levanta por encima del habitual, y se llena de neologismos, paradojas, ironías, reiteraciones y deformaciones.
Este modo de novelar se da por la influencia del nouveau roman y de la ciencia ficción, pero sobre todo por la situación social española, hasta ahora muy limitada, que empieza a emerger con el despegue neocapitalista y el alud turístico. Hay en el escritor español de hoy un componente intelectual burgués mezclado con un esteticismo nihilista que le lleva a criticar la estructura de la sociedad española tradicional. En los sesenta esto es el comienzo de algo que no se sabe cómo va a terminar. A decir de Sobejano esta novela estructural tiene un componente esencial que se llama discontinuidad. Está marcada por un cambio continuo de lugares, personajes, momentos, perspectivas, temas de pensamiento o formas de discurso. Este proceso de la novela se intensifica a lo largo del siglo XX en España y no obedece a causas lógicas sino a Estados de conciencia; lo subjetivo alberga lo heterogéneo y es precisamente en este momento cuando la subjetividad se convierte en un vehículo de anulación de la persona cuyo desasosiego la arrastró hacia una búsqueda incesante y la hace saltar a de un problema a otro.
En Tiempo de silencio hay un protagonista individual confuso, que acaba en el fracaso; la discontinuidad no es tanto espacio-temporal sino de conciencia del individuo. El sujeto cambia de ánimo y dirección por sí mismo, pero también porque se ve arrastrado por la gente con la que convive.
En Últimas tardes con Teresa, con Juan Marsé, año 66, el universo novelesco se nutre también de protagonismo individual, pero los deseos de esos protagonistas no se cumplen. Teresa, burguesa que juega a ser izquierdista comprometida, es ridiculizada por el autor al ser burlada por un mozo de suburbio, que la engaña sin pretenderlo haciéndose pasar por militante comunista. El Pijoaparte es un desgraciado que, a pesar de todo, pone de manifiesto la vacuidad de la burguesía catalana progre. El monólogo, la parodia del discurso político y la intervención del narrador como dueño inmisericorde de sus criaturas sirven para mostrar el desasosiego del mundo interior de los personajes, zarandeados por un entorno falso y convencional.
En Señas de identidad, Juan Goytisolo, año 66, el autor se transmuta en Álvaro Mendiola y se inspecciona a través de materiales heterogéneos, fotos, mapas, papeles, conversaciones. Ello proporciona al protagonista, en segunda persona, al narrador, tercera persona, o a otros sujetos, primera persona, una documentación que esclarece el tema primordial de cada capítulo. La discontinuidad es aquí tanto espacial, España, Cuba, Francia, como temporal, fin de siglo, anteguerra, posguerra, actualidad, o sociológica, familia, nación, sociedad, y obliga al lector a buscar una realidad suya ante la que se siente desconcertado. Pero no hay catastrofismo o intento de reconstrucción del pasado; el novelista sólo quiere detener la aniquilación de la persona, y el medio de que se sirve es el conocimiento de sí mismo y su entorno.
El mismo autor en Reivindicación del conde don Julián,1970, intensifica la visión satírica de España. Tanto la España tradicional como la neocapitalista aparecen agredidas y violadas por un don Julián que es el moro, enemigo secular. El protagonista, exiliado en Tánger, prepara en su fantasía una traición para aniquilar España. La mirada destructiva de don Julián abarca todo: los toros, el clero, la virginidad, el honor, el 98, la falange, el franquismo, la pseudointelectualidad; todo salta por los aires. La imagen del hombre de Goytisolo es opaca y descompuesta. El protagonista se metamorfosea sea incesantemente tratando de buscar algo que lo defina y le haga comprender la intrincada sociedad en la que vive. La novela mezcla autores y épocas distintas y los pone en relación; su universo es una selva por la que es difícil transitar. Repeticiones, pastiches, indistinción entre lo vivido y lo soñado, entre fantasía y realidad, fragmentan ese universo.
En Cinco horas con Mario, Miguel Delibes,1965, Carmen Sotillo es una mujer necia y simple que en un soliloquio se justifica a sí misma a la vez que hace reproches a su esposo muerto, Mario Díez, hombre inteligente y complejo, que nunca le ha hecho caso. El hombre ahora no puede defenderse de la acusación de la mujer, pero a pesar de todo, lo que la mujer dice se vuelve contra ella gracias al manejo de la ironía por parte del autor. Es esta novela un ejemplo de la falta de entendimiento entre una España dogmática, cerrada y autoritaria y otra caritativa, abierta y liberal. El monólogo, que aporta sucesivas reiteraciones, da cuenta de la estrechez del alma de Carmen en mayor medida que el propio contenido. El habla trivial, las frases hechas, los coloquialismos y lugares comunes ayudan a situar en su justo medio este pensamiento simplificado y de ideas fijas de la protagonista de esa España tradicional sobre la que Delibes vierte su ironía.
En 1968 publica este autor la Parábola del náufrago. Jacinto se cansa de sumar y pregunta qué sentido tienen los sumandos. Por ello don Abdón lo castiga a sembrar y regar un seto. La jardinería lleva a Jacinto a un retiro en donde pierde la conciencia de hombre y se convierte en semental de ovejas, en borrego. En esta metamorfosis le había precedido otro compañero, Genaro, convertido en subalterno, es decir, en perro. En esta obra se aprecia un experimentalismo lingüístico que responde al propósito de Delibes de mostrar la personalidad sometida y aniquilada de su personaje. El autodiálogo mediante la segunda persona deja reducido el mundo del personaje a sí mismo; no puede hablar con el mundo exterior y a través del yo-tú la figura de Jacinto se integra en la novela como un hombre víctima obligado por la sociedad. Novela en la que el tiempo del relato se sitúa en la España de 1968, logra hacer ver la incapacidad de pensar por sí mismo de un ser cercado por el consumismo y la autoridad.
En San Camilo 1966, Camilo José Cela sitúa la acción antes, durante, y después de la guerra civil. La tesis que preside ahora es que España es un país en el que la violencia domina las contiendas históricamente. Para acabar con estos sacrificios periódicos, el remedio adecuado será el recurso al amor y la felicidad del hombre, permitiendo que el sexo circule sin trabas por el mundo. Es una novela que en sus páginas busca la conciencia de la persona y su lugar en el mundo. El tú autorreflexivo aparece también aquí. El sujeto afirma y niega cosas a la vez y se sume en la confusión. La palabra se diluye vacía, el espacio se difumina porque hay multiplicidad de lugares que aparecen y desaparecen en un momento; La puntuación sin puntos y la ausencia de mayúsculas acentúan esa confusión.
El Mercurio, Guelbenzu,1968, es una obra que gira en torno a varios muchachos. Jorge Basco es un escritor vocacional que subsiste mediante artículos periodísticos y a la vez trabaja en una oficina. Quiere escribir una novela como las de S. Bellow o Joyce y en esta afición literaria la comparte con la amistad, el amor y la música. Fracasa en la vida amorosa y también en la literatura ya que comprende que es imposible trasplantar a España la novela escrita por esos autores. Basco pierde el objetivo de su vida y al final el caos reina en su mente, quizá trasunto del propio Guelbenzu, que se muestra también como personaje en la obra. La discontinuidad abarca aquí el cambio de personaje, de personas gramaticales, lugares, tiempos, tipografía y sintaxis. La frase queda rota, inconclusa, para señalar la fragmentación del mundo de los jóvenes.
Juan Benet publica en 1967 Volverás a región. Región es una población situada en el noroeste español; acoge después de la guerra a unos rebeldes. El doctor Sebastián recibe años después la visita de una mujer, amante de un paisano suyo. Juntos evocan el pasado y cuando ella parte, el único paciente del doctor en región la mata. El argumento carece de importancia y el afán de Benet estriba en mostrar el fracaso y la ruina de un territorio. Cambios de punto de vista , narración impersonal, diálogos que se convierten en monólogos, comparaciones atrevidas, extranjerismos, citas tomadas de otros autores, y personajes que hablan de la misma manera que el autor, tratan de que el lector tenga que hacer un gran esfuerzo por situarse en la novela. Los procedimientos de discontinuidad iniciados por Juan Benet en esta obra continúan en Una meditación,1970, novela en la que los pasos del yo al tú y de ahí a la tercera persona hacen difícil precisar qué es lo referido y quien lo refiere. Exclamaciones, versículos, y longitud extrema del párrafo, uno solo de principio a final, son los recursos habituales.
El tratamiento conjunto de estas obras parece demostrar que las posibilidades formales cifradas en la discontinuidad pueden ser útiles a las realidades sociales e históricas que las hacen necesarias. Esas realidades se modifican ya entrados los setenta y la novela inicia tímidamente un camino autónomo.
LA
NOVELA ESPAÑOLA DESDE 1975
Durante los años 70 se dan a conocer en España unos novelistas que forman una generación llamada por la crítica de diferentes formas: "Generación de la dictadura" (son los últimos años del sistema franquista), "Generación del 66" (promulgación de la Ley de Prensa e imprenta de Fraga Iribarne, "Generación del 75" (comienzos de la llamada 'transición democrática' o "Generación del 68" (mayo francés del 68). Independientemente de su denominación, se trata de un grupo de escritores que:
a) Aparecen en los últimos años de la llamada "novela
estructural" de los años 60.
b) Pertenecen a la última generación crecida y educada en el
franquismo.
c) No han vivido la guerra civil ni buena parte de la post-guerra.
d) Han recibido una educación universitaria.
e) Son abiertamente críticos respecto al sistema franquista.
f) Sienten una fuerte atracción por la literatura española del
exilio. la europea e hispanoamericana del momento.
g) No tienen prácticamente ningún problema con la censura, pues ésta
ya casi ha desaparecido en los años 70.
h) Escriben también en gallego y en catalán (no tanto en euskera).
Algunos de sus integrantes son: Álvaro Pombo, Germán Sánchez Espeso, José A. Gabriel y Galán, Jesús Torbado, Lourdes Ortiz, Eduardo Mendoza, José Mª Guelbenzu, Eduardo Alonso, Félix de Azúa, J.J. Millás, J.J. Armas Marcelo, Vte. Molina Foix, Soledad Puértolas, Adelaida García Morales, etc.
Con la llegada de la democracia parte de la crítica literaria esperaba que se produjese una revolución total en la literatura española, pero no ha sido así. En todo caso, después de 1975 se ha producido una evolución en el gusto de los lectores y, sobre todo, se ha convertido a la novela en un elemento más de consumo ('best-sellers', etc.)
La narrativa ha estrechado sus lazos con los medios audiovisuales (cine, vídeo y TV) hasta tal extremo que puede decirse que la novela es hoy una forma dependiente de éstos: éxito de versiones cinematográficas basadas en novelas. Muchas veces incluso se da a conocer la novela una vez se ha conocido el éxito de una película, por ejemplo.
En cuanto a los novelistas, puede decirse que en la actualidad conviven:
a) Novelistas importantes de toda la posguerra: Delibes, Cela y
Torrente Ballester sobre todo.
b) Algunos novelistas de la "Generación del 50": Juan
Goytisolo, Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, etc.
c) Los novelistas del 75, que siguen publicando en su mayoría.
d) Nuevos escritores dados a conocer ya después del franquismo: Manuel Vicent, Julio Llamazares, Javier Marías, Luis Mateo Díez, Rosa Montero, Jesús Ferrero, A. Muñoz Molina, Paloma Díaz-Más, Luis Landero, Arturo Pérez Reverte etc.
Tal vez la tónica dominante de estos años ha sido el abandono progresivo del experimentalismo típico de los 60, volviéndose por lo general a la novela de corte tradicional caracterizada por los elementos clásicos.
Se registra, además, un gran auge de los premios de novela, fenómeno relacionado con las editoriales y su afán por editar libros que produzcan beneficios económicos (el libro como negocio).: junto al ya histórico Premio Nadal hay muchos otros como el Planeta, el Ateneo de Sevilla, etc., con atractivas dotaciones económicas para los narradores.
Temáticamente, el panorama no puede ser más variado:
> Novelas políticas y eróticas desde los primeros años después del franquismo (colección "La sonrisa vertical", Autobiografía de Federico Sánchez, Autobiografía del general Franco, etc.).
> Metanovelas (El desorden de tu nombre, etc.).
> Novelas líricas -a modo de poemas- (La isla de los jacintos cortados, Dafne y ensueños, Mazurca para dos muertos, La lluvia amarilla, Saúl ante Samuel, etc.).
> Novelas históricas (Opium, Extramuros, El insomnio de una noche de invierno, Herrumbrosas lanzas, La ciudad de los prodigios, etc.).
> Novela negra (la serie "Carvalho",. El aire de un crimen, El invierno en Lisboa, Beltenebros, etc.).
> Crónicas y biografías noveladas (Luz de la memoria, El río de la luna, Historia de un idiota contada por él mismo, Coto vedado, etc.), etc.
En general se ha evolucionado hacia una novela que ha ido perdiendo, desde 1975, toda implicación ética, política o social.
1.-
La novela de los setenta continúa en parte con el experimentalismo iniciado en "Tiempo
de silencio" y desarrollado por Goytisolo en "Reivindicación
del conde don Julián" y por Juan Benet en "Volverás a Región"
o "Una meditación". Pero este experimentalismo conduce a
lo largo de la década a un callejón sin salida y, aunque hay algunos autores
que llevan todavía más lejos sus experiencias, otros se inclinan hacia
posturas que, sin abandonar algunos de los recursos técnicos empleados,
incorporan aspectos que la novela tradicional ya había utilizado.
Los escritores que continúan la forma de novelar de sus
antecesores llevan a su punto culminante la consideración de la novela como un PROCESO
DE ELABORACIÓN que el autor se impone a sí mismo y a la vez lo impone al
lector. Este lector debe indagar en el mundo de la novela hasta recomponer un
universo que se le ofrece fragmentado y aparentemente incoherente. Este es el
camino al que llega J. Goytisolo en la ùltima novela de la trilogía de Alvaro,
"Juan sin tierra"(1975). El paseo por la historia (esclavos,
negros, cubanos, Lawrence de Arabia) o por el mundo del cine (King-Kong, Simón
del desierto...) o por la literatura (alusiones a Luckács), inciden en el mismo
propósito final: la liberación de Alvaro Mendiola. El mismo camino parece
seguir Luis Goytisolo en su tetralogía - Recuento (1973) hasta Teoría
del conocimiento (1981)- en la que trata de reflexionar desde la posición
del novelista o del personaje sobre la novela misma; para llevar a cabo las
reflexiones utiliza la más variada gama de experimentos técnicos y estilísticos.
La novela llega a convertirse en un género literario
totalizador, capaz de dar cabida a todo lo imaginable por la mente humana. En "Luz
de la memoria" (1976) Lourdes Ortiz introduce un contenido
estrictamente contemporáneo: el desencanto vital de un joven que desemboca en
la búsqueda de un sensacionismo estéril (sexo, alcohol, droga blanda) y
posteriormente en la muerte como única meta posible. El diálogo consigo mismo
y con el otro, la utilización de la perspectiva, el empleo del estilo directo
libre y la interconexión de elementos diversos ( informe clínico,
interrogatorio policial, lenguaje unidimensional de la clandestinidad,
acotaciones cinematográficas, referencia a hechos ocurridos, estados de
conciencia...) intentan dar a la novela una dimensión cuyos límites parecen
situarse en la infinitud.
Si la memoria o el recuerdo habían sido ya profusamente
utilizados por los novelistas de los sesenta (sobre todo a través del tú
autorreflexivo), los hombres de los setenta se sirven del DIÁLOGO CON OTRO
INTERLOCUTOR, aunque sólo sirva de apoyo para que el personaje
central aporte elementos que ayuden a configurar su forma de ser. La llegada de
las "libertades" permite enriquecer la personalidad de los entes
novelescos, que ahora ya puede expresarse libremente acerca de cuestiones
religiosas, ideológicas, vitales e incluso eróticas. La temporalidad se anula
y el presente, pasado y futuro se unifican en la imaginación de los personajes.
En "La muchacha de las bragas de oro", de Juan Marsé, Mariana
recoge las memorias de su tío, Luys Forest, y corrige a éste tanto en el
terreno literario como en sus propios procesos mentales En "Retahilas",
de C. Martín Gaite, Germán dialoga con Eulalia para aportar elementos que
permitan conocer cómo es el personaje femenino. En "Diálogos del
anochecer" y en "Fabián", de Vaz de Soto (1977), hay
una conversación interminable de personajes solitarios, encerrados y
enfrentados; se sirven del lenguaje para reconstruir su historia y su
personalidad; se ahonda en la sociedad, en los mitos y en los problemas de
nuestro tiempo, de modo que las conversaciones no son tanto coloquios
particulares como un repertorio de motivos importantes para conocer al hombre
actual.
El novelista se libera por fin de las ataduras sociales, económicas
o políticas que atenazaban su creatividad y se lanza a LA BÚSQUEDA DE LA FANTASÍA,
que ahora no encuentra límites. El personaje novelesco se hace prepotente y es
capaz de competir con los personajes reales y de superarlos. Asimismo el autor
recobra su papel de dueño y señor e incluso de hacedor de sus figuras; inserta
fábulas, teorías, aventis, novelas... en el relato y les confiere valor
narrativo."En el estado", de Juan Benet, "Si te dicen
que caí" de J. Marsé, o el "Oficio de tinieblas,5"
de Cela se hallan en esta línea. En esta última novela el autor manifiesta que
su obra es "una purga del corazón" y como tal aporta una liberación.
Compuesta por 1194 mónadas, da cuenta del caos interior del hombre como única
vía de conocimiento posible, pero cuando el hombre ha descubierto sus
obsesiones sexuales, excrementales o masoquistas se da cuenta de que la única
compañera de la vida es la muerte.Cela intenta una ruptura formal con toda la
novela anterior al fragmentar su contenido en mónadas.
La imaginación se adueña del universo novelesco en "El
cuarto de atrás" (1978) de Carmen Martín Gaite. La inspiración del
autor está por encima de todo biografismo, diálogos con el otro, recuerdos y
demás hechos vividos. Todo esto no son más que motivos que convenientemente
recreados por el escritor podrán convertirse en una novela. Esta novela es una
de las últimas muestras del hacer literario de los setenta, pero a la vez
encierra una cierta rehumanización del personaje, que parece entroncar ya con
la línea que va a seguir la novela de los años ochenta.
Hemos dicho al principio que hay otros escritores que sin
abandonar los logros formales conseguidos en los sesenta, vuelven a incluir el
argumento en sus novelas, que redescubren el placer de contar. En "La
verdad sobre el caso Savolta" Eduardo Mendoza sitúa los hechos en la
Barcelona de principio de los veinte y la acción fundamental, conflictos entre
grupos sociales que van desde el capitalismo monopolista hasta el anarquismo, se
va entrelazando simultáneamente con una trama amorosa en un relato que no
siempre es lineal y al que se le van agregando otros materiales como informes
documentales o policiales y cartas junto a otros elementos más propios de la
novela rosa o el folletín. Todos estos ingredientes están salpicados de un
humor, a veces distanciado, que vuelve a hacer de la lectura "un
placer". El desencanto del momento y la sensibilidad con que están vistos
los personajes principales conectan la obra con el momento subsiguiente a la caída
"natural" del franquismo. Mendoza inicia la recuperación de la fábula,
y seguirá el mismo camino, aunque con altibajos,en sus novelas posteriores.
Esta recuperación del "contar", que se inicia en el
segundo lustro de los setenta es patente también en otros autores. "La
noche en casa" o "El río de la luna",de J. M.
Guelbenzu traen de nuevo al protagonista individual que vive una historia
personal. "Extramuros" de Jesús Fernández Santos historia de
amor entre dos monjas en el siglo XVII, o "El aire de un crimen"
nada menos que de J. Benet (1980) ponen de manifiesto que el argumento, la
historia, ha vuelto a adueñarse de la novela.
2.- La
novela a partir de los 80.- Ya en el curso de los setenta se estaba larvando la gestación de
unos escritores que daban sus primeros pasos en la narrativa y que llegarían en
los ochenta a propiciar el resurgir de la novela. (Muñoz Molina, Julio
Llamazares o Luis Landero ),aunque hayan seguido publicando otros anteriores
(Cela, Delibes, Torrente, Andújar, Ayala y Goytisolo, Marsé, Caballero Bonald).
Son sobre todo los novelistas más jóvenes que los de medio siglo, nacidos en
los primeros cuarenta y que comparten presupuestos éticos y literarios
coincidentes (entre otros cabe citar a J. P. Aparicio, L. Mateo Díez, J. M.
Guelbenzu, Juan Madrid, Javier Marías E. Mendoza, J. M. Merino, J.J. Millás,
L. Ortiz, A. Pombo, S. Puértolas y M. V. Montalbán, todos ellos nacidos entre
1939 y 1951). Estos escritores no se sienten herederos del enfrentamiento ideológico
de sus padres, son antifranquistas, pero sobre todo distinguen entre el
compromiso cívico y la actitud literaria. Siguen con el interés por la
experimentación formal y rescatan el gusto por contar en gran pluralidad de líneas
narrativas. Pero entre ellos no hay un componente generacional sino unos estímulos
similares que difieren en sus realizaciones particulares; existe, eso sí, un
interés general en la modernización de nuestra novela.
Pueden citarse ya en los ochenta varias líneas que configuran el
panorama de la novela en la década. LA AFICIÓN A CONTAR. Ya hemos visto
al hablar de la década anterior que frente a la desintegración del argumento,
Mendoza ofrece en "La verdad..." una historia interesante en sí
misma reforzada por elementos de suspense. Tenía también elementos
experimentales pero mucho más comedidos; volvía al viejo gusto por contar, al
clásico relato cervantino cargado de valores humnorísticos y morales, pero que
fundamenta la narración en una historia. Tanto esa obra como algo más tarde La
ciudad de los prodigios (1986) son hitos novelescos en su día destinados a
permanecer en la historia de las letras, dejando al margen otras de menor valor
(El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La isla
inaudita ). En esta misma línea se mueven Mateo Díez (La fuente de la
edad) que reivindica la narrativa de tradición oral con numerosas historias
interpoladas en una principal y José María Merino que así mismo aloja unas
novelas más breves en el interior de otra que sirve de hilo argumental.
Interesantes son las novelas de corte juvenil no exentas de calidad literaria (El
oro de los sueños...).
La novela policíaca empieza a cobrar prestigio literario
en el postfranquismo y es degustada por un público culto. Se trata de
conferirle un valor como elemento específicamente español y se desarrolla en
dos líneas: una la propia en donde encajan las novelas de Vázquez Montalbán
sobre todo y su serie de Pepe Carvalho (Tatuaje, La rosa de Alejandría)
en las que la intriga y la presencia de criminales o delincuentes puede poner a
la vez de relieve las contradicciones de la vida urbana en el nuevo marco de
desarrollo industrial y tecnológico. A esta corriente pertenecen también,
aunque la calidad de sus novelas es menor autores como Juan Madrid, Andreu Martín
o Carlos Perez Merinero que ponen sobre el tapete los ambientes degradados de
las grandes ciudades españolas ( Madrid y Barcelona ). La otra línea se sirve
del recurso al suspense, a la intriga como componentes más destacados. Ahí están
las novelas de Mendoza, Visión del ahogado de Millás o Queda la
noche de S. Puértolas aunque no sean novelas específicamente negras. La
intriga es el medio que utilizan para poner de manifiesto el ambiente social de
la época.
Otro grupo de autores aboga por el CULTURALISMO En sus
novelas el referente no es la vida cotidiana sino la misma novela que con
frecuencia incluye el proceso de novelación. Es la ficción metanovelesca. La Gramática
Parda de García Hortelano y el conjunto de la obra de Luis Goytisolo de
estos años (Antagonía, Estela de fuego que se aleja -84), cuyos
protagonistas son los propios escritores que novelan su quehacer, Han
desaparecido los obreros y ahora son los intelectuales los que se convierten en
la conciencia crítica del país. Es una ficción deshumanizadora que acada
fuera de su contexto histórico. Puede inscribirse aquí la primera novela de Muñoz
Molina Beatus ille y una de las primeras de Pombo, El hijo adoptivo.
Además de esas obras culturalistas, otras se decantan por el
regreso a la historia pasada, pero una historia muy alejada de lo contemporáneo.
La Edad Media, La guerra de la independencia, el reinado de Fernando VII dan pie
a ala elaboración de multitud de obras de autores hoy más o menos conocidos (En
busca del unicornio, de Eslava Galán, El húsar de A. Pérez
Reverte...o más modernamente Real sitio de J. L. Sampedro, una excelente
novela ) o incluso incluyen a raíz del historicismo referencias a la propia
conducta humana o a las costumbres y usos de la época (Urraca de Lourdes
Ortiz y La vieja sirena del mismo Sampedro).También la guerra civil y
sus secuelas están presentes en algunas de esas novelas de carácter histórico
aunque no siempre en sus aspectos ideológicos sino a través de vivencias o
mitos (Luna de lobos de Llamazares o Herrumbrosas lanzas de J.
Benet).
Menos novelistas se preocupan por la novela como TESTIMONIO.
La novela posfranquista no se ha hecho eco de los problemas sociales de la vida
cotidiana. Quizá sean los hombres de más edad los que han elaborado literatura
testimonial Manuel Andújar (Cita de fantasmas, La voz y la sangre) O
Isaac Montero (Pájaro en una tormenta) . Entre los escritores más jòvenes
debe destacarse la obra de Rosa Montero defensora ferviente de los valores
feministas (Crónica del desamor, Te trataré como a una reina). También
Almudena Grandes con Las edades de Lulú y más recientemente con Malena
es un nombre de tango reivindica el derecho de la mujer al placer al margen
de las convenciones sociales que le han impedido secularmente desarrollar íntegramente
su personalidad. Más cerca ya de los noventa se sitúan las obras de otros
narradores que vivieron personalmente la lucha antifranquista en los últimos
sesenta y tratan de reconstruir algunos de sus episodios literariamente. Armas
Marcelo (Los dioses de sí mismos), Félix de Azúa (Historia de un
idiota contada por él mismo), Vicente Molina Foix (La quincena soviética)
o Gabriel y Galán (Muchos años después).
La experimentación tampoco ha gozado de prestigio durante los
ochenta porque el periodo ha sido sobre todo de clasicismo. Incluso algunos de
los experimentalistas de los sententa han vuelto los ojos hacia el relato clásico
(Azúa o Leyva). Entre los novelistas de más prestigio puede situarse Julian Ríos
aficionado a llevar a la ficción la literatura y la cultura mediante el juego
lingüístico (Babel de una noche de San Juan, Poundemonium 86 , La
novela pintada 89).
En general hay en buena parte de nuestros novelistas una
tendencia hacia el intimismo o la fragmentación. Se alejan de lo colectivo y el
yo aparece con gran fuerza, pero es un yo agónico, dubitante colocado en una
permanente situación límite. La intimidad está desasosegada. La angustia
interior por las incertidumbres de la persona es lo dominante en las novelas de
Millás (Cerbero son las sombras, El jardín vacío, El desorden de tu
nombre, La soledad era esto). Los personajes de este escritor son cavilosos,
desconcertados, derrotados. Son producto de las formas de vida actuales que
encierran un juicio moral sobre las apetencias de nuestra sociedad.
El problema de la identidad ha sido también tocado por Merino en
El caldero de oro y La orilla oscura se comprueba que la unidad
del mundo literario tiene varios ejes, la incorporación de lo fantástico a la
vida cotidiana, la incertidumbre de una existencia a caballo entre la vigilia y
la realidad de lo onírico, el desdoblamiento del individuo, y los límites
imprecisos que produce la ósmosis entre vida y literatura. Todo ello
configurado mediante una prosa expresiva y una habilidad constructiva.
Muchos otros novelistas vuelven a recoger sus íntimas
preocupaciones en la novela de estos años. El desencanto del hombre moderno
tratado con humor e ironía es una de las constantes de obra de Félix de Azúa
(Diario de un hombre humillado 87 ) o la dificultad del diálogo y la
comunicación con los otros que vuelve al hombre un ser atormentado que puede
hallarse en el último Guelbenzu (La mirada, El sentimiento) o la
incertidumbre que rodea al individuo que sobre todo en la mujer ahonda en su
propia condición de ser triste y melancólico, pero dispuesto a gozar de la
vida como reflejo de unas nuevas perspectivas femeninas (Burdeos, Todos
mienten, Queda la noche 89, todas ellas de Soledad Puértolas ). Otros
escritores incluyen una temática amorosa con una fuerte carga de individualismo
neorromántico y sitúan sus obras en escenarios exóticos u orientales como Jesús
Ferrero (Belver Yin, Opium ) o Javier García Sánchez ( La dama del
viento Sur 85).
Otro rasgo destacado de la novela última es la presencia de PERIODISTAS
que han cultivado el género. No todos sus libros tienen que ver con la crónica
profesional, pero en muchas de sus obras hay rasgos de testimonialismo. Entre
ellos se puede destacar a Francisco Umbral en cuyas obras se va desde un lirismo
casi absoluto hasta el memorialismo cronístico y autobiográfico o Manuel
Vicent (Balada de Caín) en la que se advierte el peso de su columnismo
diario. Un ejemplo más próximo y actualmente destacado por figurar siempre en
los primeros lugares de las listas de ventas es el de Arturo Pérez Reverte,
autor de novelas en las que tanto la ficción literaria pura (El club Dumas )
como la novelización de las propias experiencias periodísticas ( Territorio
comanche ) están elaboradas con un lenguaje ágil y sencillo propio de un
periodista culto.
Ya en los noventa ha hecho su aparición un tipo de novela que toma como referente
literario el mundo de los jóvenes y su peculiar situación en la España
actual. Las obras de Ray Loriga (Lo peor de todo, Héroes, Caídos del cielo)
y sobre todo las de José Angel Mañas (Historias del Kronen, Mensaka)
han tratado de ser el reflejo casi fotográfico de una juventud dominada por la
cotidianeidad que vive al día y con escasas expectativas de futuro. La concesión
del Nadal a Pedro Maestre (Matando dinosaurios con tirachinas) parece
haber consolidado por el momento la novela de tema juvenil.
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