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Ignacio de
Luzán en la segunda edición
de La Poética, o reglas de la poesía en
general y de sus principales especies (realizada póstumamente en
1789)
incluyó un capítulo titulado “De la poesía dramática española, su
principio, progresos y estado actual” donde analiza la historia del
teatro
español. Allí se establece una acertada clasificación en dos tendencias:
La dramática española se debe
dividir en dos
clases: una popular, libre, sin
sujeción a las reglas de los antiguos, que nació, echó raíces, creció y
se
propagó increíblemente entre nosotros; y otra que se puede llamar erudita, porque sólo tuvo aceptación entre hombres
instruidos.
(La Poética de Luzán, edición de R.
P. Sebold, Barcelona, Labor, 1977, pág. 392)
Al final de ese capítulo, Luzán
bautiza “popular” como “antigua”, “erudita” como “moderna”, y
prosigue con estas palabras:
Reflexionando
ahora sin preocupación el principio, progreso y estado actual de la
poesía
dramática entre nosotros, y sus dos clases, que yo distingo en antigua
y
moderna, se verá que la antigua es la que únicamente ha tenido séquito
en
España; y que la moderna, esto es la que se funda en las reglas que nos
dejaron
Aristóteles y Horacio, no ha sido recibida ni practicada en España,
aunque
algunos nacionales hayan escrito sobre sus reglas, insinuado o aprobado
algunos
de sus preceptos, escrito algunas tragedias o comedias con intención de
observarlos y hecho críticas juiciosas o sátiras del desarreglo
general. [...]
[Esto] me confirma en la opinión de que en España no ha
sido jamás recibida
ni practicada en los teatros la nueva poesía dramática según las reglas
de
Aristóteles y Horacio; y de que siempre ha dominado la antigua. (Págs.
408-409)
Luzán
escribió estos fragmentos entre 1750 y 1754, cuando el teatro llamado
neoclásico
sólo había dado como fruto dos tragedias de Montiano (Virginia
y Ataúlfo)
que, además, nunca se representaron en los teatros españoles. De ahí
ese
pesimismo que refleja el autor. Sin embargo, la división de Luzán sigue
siendo
válida para explicar el teatro español del siglo XVIII –incluso valdría
desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX–. De modo que un
estudioso
actual, Emilio Palacios, la recoge y amplía en su libro El
teatro popular español del siglo XVIII. Nosotros retocamos
levemente la
clasificación de Emilio Palacios para introducir el teatro neoclásico
que él
por razones metodológicas no incluye en su clasificación.
1. TEATRO POPULAR.
Carácter comercial, basado en el espectáculo escénico, sólo tiene como
intención la diversión o entretenimiento de los espectadores. Obtuvo el
apoyo
mayoritario del público
a.
Teatro
espectacular. El argumento es una
disculpa para
el cambio de decorados, los efectos escénicos, luchas de actores con
espadas,
cantos, bailes, etc. A esta variante pertenecen: la comedia
heroico-militar, la comedia
de
santos, la comedia de
magia y el teatro musical: la zarzuela y la ópera, entre otras
formas
musicales.
b.
Teatro
novelesco o “romancesco”.
Obras llenas de episodios extravagantes que las convierten en “novelas
dialogadas”. Aquí se incluyen las comedias
de guapos y bandoleros
(primera mitad del siglo XVIII) y el teatro sentimental (desde 1780):
dramas
donde afloran las lágrimas y las emociones intensas, que anticipan el
teatro
romántico.
c.
Teatro
costumbrista. Se basa en la descripción
humorística
y divertida de personajes y tipos populares, tanto rurales como
urbanos.
Destacan el sainete y la tonadilla. Es el llamado teatro
menor o teatro breve.
El teatro popular
merece ser estudiado y apreciado por la importancia que tuvo
realmente en
el siglo XVIII, aunque también es cierto que la calidad literaria de
muchas de
estas obras deja bastante que desear. Sus autores más significativos
fueron
Antonio de Zamora y José de Cañizares (pertenecientes al llamado teatro
posbarroco en la primera mitad del siglo), Ramón de la Cruz en los
sainetes; y,
en los últimos años del siglo y, por tanto, coetáneos de Moratín, Luis
Moncín,
Fermín del Rey, Laviano, José Concha, Rodríguez de Arellano, Dionisio
Solís,
Antonio Valladares, y, sobre todo, dos nombres, Gaspar Zavala y Zamora
y Luciano
Francisco Comella, este último víctima de los ataques de Moratín en La
comedia nueva (1792).
2.
TEATRO NEOCLÁSICO. Retomando las
palabras de
Ignacio de Luzán, la principal –que no única– diferencia entre el
teatro
“popular” o “antiguo” y el teatro “moderno”, es decir, neoclásico
reside en el cumplimiento de las reglas,
muchas de ellas escritas por Aristóteles y Horacio. Ahora bien ¿cuáles
son
las reglas a las que alude Luzán en su Poética?
La respuesta más breve posible, y señalando sólo las más importantes,
sería
la siguiente:
a.
Separación
radical de
los dos géneros reconocidos: la tragedia
y la comedia.
¨
Tragedia
sería, por tanto, “una representación de una gran mudanza de fortuna,
acaecida a reyes, príncipes y personajes de gran calidad y dignidad,
cuyas caídas,
muertes y desgracias y peligros exciten terror y compasión en los
ánimos del
auditorio, y los curen y purguen de estas y otras pasiones, sirviendo
de ejemplo
y escarmiento, pero especialmente a los reyes y a las personas de mayor
autoridad y poder” (Luzán, la Poética,
pág. 433)
¨
Comedia
sería, en palabras de Moratín, “Imitación en diálogo (escrito en prosa
o
verso) de un suceso ocurrido en un lugar y en pocas horas entre
personas
particulares, por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos
y
caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes
en la
sociedad y recomendadas, por consiguiente, la verdad y la virtud”
(“Discurso
Preliminar”, en Obras de...,Biblioteca de Autores
Españoles, II, pág. 320).
b.
Cumplimiento de las
tres unidades, la de acción,
la de lugar y la de tiempo. Lo que Moratín explica como “un suceso
ocurrido
en un lugar y en pocas horas”.
c.
El espectáculo teatral es una imitación
de acciones humanas y ha de guardar siempre la
verosimilitud, es decir, que el público tenga la ilusión o “engaño”
de que es posible la historia que está siendo representada ante sus
ojos y oídos.
De aquí derivan otras reglas como el
decoro (los personajes deben comportarse siempre según
la condición
social que encarna su figura) y el
lenguaje claro y sencillo, aunque con los recursos y figuras
propios de la
lengua poética o literaria.
d.
El teatro, al igual que las
otras
manifestaciones literarias, tiene la doble
finalidad de agradar y de enseñar al público. Esto en el caso del
teatro
es especialmente importante, ya que se trata de una “escuela de
costumbres”
–como dirían los tratadistas neoclásicos–.
Como consecuencia de todas estas
reglas, y a partir del hecho de que los autores ilustrados y
neoclásicos
ocupaban puestos de privilegio y responsabilidad en la administración
del
Estado, se adoptaron una serie de medidas encaminadas a imponer su modo
de
entender la escena teatral:
¨
Sustitución de los corrales
de
comedias por los coliseos. El nuevo
tipo de edificio teatral cuadraba
mejor con el modelo clasicista y permitía una mejor utilización de la
tramoya
y demás recursos teatrales. Así se construyeron en Madrid los coliseos
del Príncipe,
de la Cruz, y de los Caños del Peral (destinado para la ópera y la
zarzuela),
o se crean lugares como los Reales Sitios, dedicados únicamente para la
representación de obras clasicistas españolas o traducidas de otros
idiomas.
¨
Prohibición en 1765 de la
representación de
los autos sacramentales, uno de los géneros
característicos de la dramaturgia barroca.
¨
Promulgación de reformas legales que
afectaban a la estructura, financiación y régimen jurídico de las
compañías
de actores, los edificios teatrales, la censura, las funciones y las
obras
representadas. En estas reformas legales, sobre todo la del conde
Aranda, bajo
el reinado de Carlos III, y la de 1799-1801, participaron los
principales
autores y pensadores neoclásicos: Nicolás Fernández de Moratín,
Bernardo de
Iriarte, Pablo de Olavide, Jovellanos, Santos Díez González, Leandro
Fernández
de Moratín, etc.
> Entre los
autores y obras más significativos del teatro neoclásico español, a
excepción
de Moratín hijo, destacan para la tragedia: Nicolás Fernández de
Moratín (Hormesinda,
Lucrecia), Cadalso (Sancho García,
Solaya y los circasianos), Vicente García de la Huerta (Raquel),
Jovellanos (Pelayo o La
muerte de Munuza), Ignacio García Malo (Doña
María Pacheco), Ignacio López de Ayala (Numancia
destruida), Álvarez Cienfuegos (La
condesa de Castilla) y Manuel José Quintana (Pelayo).
> Y para la
comedia sobresalen Nicolás Fernández de Moratín (La
petimetra), Jovellanos (El
delincuente honrado, drama sentimental cuyo “neoclasicismo” ha sido
seriamente puesto en duda), Cándido María Trigueros (Los
menestrales y El
precipitado, un drama de rasgos bastante semejantes a El
delincuente honrado) y Tomás de Iriarte, junto con Moratín el
autor cómico más importante (Hacer que
hacemos, El señorito mimado, La señorita mal criada y El
don de gentes).
Como final de este apartado,
reproducimos la acotación escénica que cierra el acto segundo de una
comedia
heroica de Gaspar Zavala (Leopoldo el
Grande, 1789) y la acotación inicial que abre La
comedia nueva (1792) de Moratín. Las diferencias entre una y otra
muestran
cómo a menudo teatro “popular” y teatro “neoclásico” solían marchar
por sendas muy divergentes:
·
Gaspar
Zavala: “Todo el teatro le ocupa un
espacioso
jardín con una cascada al frente en el centro del foro, y más adelante
dos
fuentes que figuran recibir el agua de ella: alrededor del teatro un
orden de
macetas que pueden ocultar a un hombre, y sobre ellas algún tejido de
flores y
yerbas, pero todo figurado: durante el ritornelo descenderá de las
bambalinas
por la derecha en una nube La Fama con alas y clarín cantando[...]” (Leopoldo
el Grande)
·
Moratín:
“El teatro representa una sala [de un café madrileño] con mesas, sillas
y
aparador de café; en el foro una puerta con escalera a la habitación
principal, y otra puerta a un lado que da paso a la calle.” (La
comedia nueva)
LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
(1760-1828)
Biografía
Se dispone de
bastante información
sobre la vida de Moratín. Él mismo dejó escritos importantes datos en
una biografía
que quedó incompleta en el momento de su muerte, así como en un Diario
que abarca el periodo comprendido entre mayo de 1780
y marzo de 1808, y en un extenso Epistolario. Además, están los
testimonios directos de dos amigos suyos, Juan Antonio de Melón y
Manuel
Silvela, que redactaron sendas biografías del autor incluidas en las Obras
póstumas
de D. Leandro Fernández de Moratín publicadas de orden y a expensas de
S.M.
(Madrid, Rivadeneyra, 1867-1868, 3 tomos).
 |
| LEANDRO FERNÁNDEZ DE
MORATÍN. Retrato de Francisco Goya (1799). |
Don Leandro
nació el 10 de marzo de
1760, en Madrid. A sus cuatro años de edad contrajo unas viruelas
malignas que
le dejaron profundas huellas en su rostro y en su carácter. Como él
explica,
quedó “feo, pelón, colorado, débil, caprichoso, llorón, impaciente, tan
distinto del que era antes, que no parecía el mismo”. Hijo del gran
poeta,
dramaturgo y hombre de letras, don Nicolás Fernández de Moratín, tuvo,
por
consiguiente, una sólida formación intelectual y literaria: “Leía a Don
Quijote, el Lazarillo, las Guerras de Granada,
libro deliciosísimo
para mí, la Historia de Mariana y todos los poetas españoles,
de los
cuales había en la biblioteca de mi padre escogida abundancia [...] y
así pasé
los nueve primeros años de mi vida sin acordarme de que era un
muchacho”.
A esta formación intelectual, literaria y teatral contribuyó el
hecho
de que su padre fuera censor de poemas y obras teatrales de las que don
Nicolás
debía emitir un informe favorable para su impresión. Así lo explica J.
Pérez
de Guzmán (“El padre de Moratín”, La España moderna, núm. 138,
junio 1900): “Esta labor no la hacía solo D. Nicolás. La lectura de las
obras que se dirigían a su censura para obtener las licencias con que
ser
impresas se hacía entre el padre y el hijo. Uno de los dos leía en alta
voz.
En un papel que cada uno tenía delante, apuntaban las notas que se le
ocurrían.
A veces suspendían la lectura para emitir sus opiniones [...] [D.
Nicolás] le
proporcionaba el medio de profundizar las ideas críticas y estéticas de
su
hijo, sobre las que fijaba sus dogmas, [...] su noción que él tenía de
lo
bello, de lo noble, de lo bueno y de lo verdadero [...] D. Leandro dice
que en
ningún libro aprendió tanto como en aquellas íntimas lecciones, en que
el
magisterio todo era amor paternal”.
Sin embargo, no cursó estudios
universitarios, al parecer por voluntad paterna; pues don Nicolás
desconfiaba
de la calidad de las universidades españolas en aquellos tiempos (él
mismo,
doctor en leyes por la Universidad de Valladolid, llego a decir esta
frase “Yo
estoy contento con el muchacho; no quiero enviarle a ninguna parte, a
que me lo
echen a perder”). Y, tras un intento frustrado por los mimos maternos
de
marchar a Roma como discípulo del célebre pintor Anton Raphael Mengs,
pasa a
trabajar como aprendiz en un taller de joyería regentado por su tío
Miguel. La
familia de Moratín siempre estuvo ligada a este gremio; por ejemplo, su
abuelo
y su padre fueron guardajoyas de la reina de España.
En estos años sucede la primera
experiencia amorosa de Moratín, se trata de la muchacha de origen
italiano
Sabina Conti, pero el asunto de su vida afectiva lo abordaremos más
tarde, a
propósito del supuesto autobiografismo de El sí de las niñas.
En 1780
fallece don Nicolás Fernández de Moratín, y el joven Leandro asume la
responsabilidad de mantener a la familia gracias a su oficio de joyero.
A escondidas de su padre había
escrito, en 1779, un poema con el que consiguió una mención especial en
un
concurso poético convocado por la Real Academia Española; la obra se
titulaba La
toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel.
Y tres
años después obtiene un segundo premio, en otro concurso de la Real
Academia,
con la composición Lección poética. Sátira sobre los vicios
introducidos
en la poesía castellana.
A raíz de la muerte de su madre en
1785 decide dedicarse a las letras. Ya amigo de personalidades como el
italiano
Napoli Signorelli y de jóvenes prometedores como Juan Antonio Melón y
Pedro
Estala, su talento literario llamó la atención de Jovellanos quien le
recomienda para que acompañe como secretario al conde Cabarrús en su
viaje
diplomático por Francia. La estancia allí le sirvió para ampliar sus
conocimientos intelectuales y de la lengua francesa, así como para
entablar
amistad con el famoso autor cómico italiano Carlo Goldoni.
La caída en desgracia de Cabarrús
ocasiona la pérdida de su empleo a Moratín, que andaba corrigiendo su
primera
comedia El viejo y la niña porque antes, en 1786, la censura
eclesiástica
la había prohibido. También saca a la luz su relato satírico La
derrota de
los pedantes, mientras que consigue un préstamo de 300 ducados,
ordenándose
de prima tonsura en el obispado de Burgos. Pero su fortuna cambia
decisivamente cuando conoce al poderoso Manuel Godoy, ya que por
su
mediación consigue varios beneficios eclesiásticos y una pensión de 600
ducados.
Por fin logra representar El viejo
y la niña en 1790 y La comedia nueva en 1792, año en que
realiza su
segundo viaje a Francia. El espectáculo que presenció en el París
revolucionario (eran los tiempos de la guillotina y el terror jacobino)
le
impresionó horriblemente marcando su ideario político, así que marcha
hacia
Inglaterra donde traduce al español Hamlet de Shakespeare y
escribe Apuntaciones
sueltas sobre Inglaterra.
Del Reino Unido pasa a Italia donde
permanece tres años: visita como hombre culto las principales ciudades,
ingresa
en la Academia de los Arcades de Roma bajo el nombre de Inarco Celenio,
establece amistad con destacadas figuras del arte y de las letras, e
incluso
conoce prostitutas en veladas luego anotadas en su Diario. Un
fruto
literario de esta residencia será Viaje a Italia, recogido en
sus Obras
póstumas.
Los siguientes doce años de su
biografía (1796-1808) corresponden a la etapa de mayor actividad
literaria. De
regreso a España obtiene el puesto vacante de Secretario de la
Interpretación
de Lenguas, que le garantiza un empleo estable y bien remunerado como
alto
funcionario. En noviembre de 1799 es nombrado miembro de la Junta de
Dirección
y Reforma de Teatros, en un principio como director, pero dimitió de
este cargo
a los cinco días. En los pocos meses a los que asistió como miembro
vocal de
la Junta de Teatros (hasta febrero de 1800) fueron continuos los
enfrentamientos
con el general Gregorio García de la Cuesta, Presidente del Consejo
Supremo de
Castilla y Gobernador de la Junta de Teatros.
En estos años estrena en el Teatro de
la Cruz sus tres siguientes comedias: El barón (1803), que en
un
principio redactó como zarzuela y que se vio envuelta en un polémico
caso de
plagio a cargo de Antonio de Mendoza con el título La lugareña
orgullosa,
La mojigata (1804) y El sí de las niñas (1806). Mientras
tanto,
en lo amoroso, mantiene un noviazgo de varios años con Francisca Muñoz
(al que
más tarde nos referiremos) que compagina con su amistad con la actriz
María
García.
Por otra parte, los problemas con la
censura eclesiástica y de la Inquisición acerca de El sí de las
niñas
agravaron bastante los que ya tuvo anteriormente con El viejo y la
niña
y La mojigata. Moratín se desengañó totalmente de volver a
componer
comedias originales, y se dedicó a ordenar los materiales con los que
compondría
años más tarde los Orígenes del teatro español, un brillante
estudio
sobre la historia de nuestro teatro acompañado de una antología de
piezas cómicas
preferentemente del siglo XVI.
Al producirse en 1808 la invasión de
las tropas napoleónicas Moratín decide colaborar con el gobierno
francés
impuesto en España –conservando su cargo en la Secretaría de
Interpretación
de Lenguas y como bibliotecario de la Biblioteca Real–, deseoso de ver
la
consecución de las reformas y los progresos que él como buen ciudadano
ilustrado deseaba para nuestro país. Esta cooperación le permite
representar
en Madrid su traducción de La escuela de los maridos de Molière (1812). Pero
las circunstancias bélicas
le obligan a marchar a Valencia y, posteriormente, a Barcelona donde,
después
de ser sometido a un juicio de purificación por su colaboracionismo con
el
gobierno de José Bonaparte, representa en 1814 su traducción de El
médico
a palos de Molière.
El caso es que la actitud de Moratín,
como la de tantos otros “afrancesados”, no fue bien comprendida ni
aceptada,
cuando el final de la guerra trajo consigo el reinado de Fernando VII y
la
vuelta de la Inquisición que continuaba acosándolo. En 1817 sale hacia
Francia, reside dos años en París, y pasa una breve temporada en la
ciudad
italiana de Bolonia. El levantamiento de Riego restablece la
Constitución en
España y Moratín regresa a Barcelona; pero una epidemia le fuerza a
cruzar los
Pirineos y se establece en Burdeos, en casa de Manuel Silvela, quien
dirigía un
centro de enseñanza para españoles. Ya no pisaría jamás tierra hispana.
En
1825 enferma de apoplejía y consigue la edición en París de sus Obras
dramáticas
y líricas. Finalmente, en 1828, trasladado de Burdeos a la capital
francesa, fallece el día 21 de junio.
Esta es básicamente la biografía de
Leandro Fernández de Moratín, autor de cinco comedias, traductor de
Shakespeare, de Molière,
y también de Horacio; poeta lírico que compuso unos cien poemas (nueve
epístolas,
doce odas, veintidós sonetos, romances, etc.), reimpresor de un auto de
fe
inquisitorial en Logroño que databa de 1610, un brillante prosista como
demuestran sus cartas y sus libros de viaje, y por último un gran
conocedor del
teatro español del que elaboró un atinado análisis de sus Orígenes
y
un Catálogo de las piezas dramáticas publicadas en España desde el
principio del siglo XVIII hasta la presente época.
Y a modo de epitafio, estos son los
dos tercetos que cierran un conocidísimo soneto de Moratín titulado La
despedida, compuesto en Barcelona, poco antes de partir hacia el
exilio:
Dócil,
veraz, de muchos ofendido,
de ninguno
ofensor, las musas bellas
mi pasión
fueron, el honor mi guía.
Pero si así
las leyes atropellas,
si para ti
los méritos han sido
culpas, adiós,
ingrata patria mía.
El teatro de Moratín
Dejando al margen El
sí de las niñas y las traducciones, Moratín compuso cuatro
comedias, que
ordenadas cronológicamente, según su representación, son las siguientes:
 |
| Escena de La
Comedia Nueva de Leandro Fernández de Moratín. Ilustración de la
edición de París, 1825. |
>
El viejo y la niña
(1790). En verso (romance octosílabo). Tres actos. Comedia “seria”:
crisis matrimonial entre un setentón tres veces viudo, don
Roque, y una
adolescente, Isabel, casada sin amor porque su tutor la engañó
haciéndola
creer que su novio, don Juan se había casado con otra. En el desenlace,
para
evitar el escándalo o adulterio, Isabel se mete a monja y don Juan se
marcha a
las Indias.
> La
comedia nueva (1792). En prosa. Dos actos.
Sátira literaria contra los excesos de teatro
“popular” dieciochesco: don Eleuterio, un pobre hombre, escribe una
insufrible comedia heroico-militar llamada El cerco de Viena,
mal
aconsejado por un falso y pedante erudito, don Hermógenes, y su
estrafalaria señora,
doña Agustina.
> El
barón (1803). En verso (romance octosílabo).
Dos actos. Compuesta inicialmente
como zarzuela en 1787. Ridiculiza los manejos de un falso barón que
pretende
contraer nupcias con Isabel, hija de la rica labradora doña Mónica.
Finalmente, Isabel se casará con su enamorado, el joven Leonardo.
> La
mojigata (1804). En verso (romance
octosílabo). Tres actos. Presenta los casos
contrarios de dos primas, Clara (educada autoritariamente por don
Martín que
quería obligarla a meterse a monja para cobrar una herencia) e Inés
(educada
con razonable libertad), Clara es un caso clínico de hipocresía, de
falsa
religiosidad con la que ocultar sus verdaderos sentimientos. Mientras
que Inés
consigue casarse con un joven que la hará feliz, el marido que le toca
en
suerte a Clara es un imbécil cazador de dotes.
El
sí de las niñas
El argumento de esta
obra maestra de
la comedia española es muy sencillo: en una posada de Alcalá de Henares
se reúnen
Doña Irene, Doña Francisca, de dieciséis años, que acaba de salir del
convento donde estudiaba para casarse obligada por su madre, Don Diego
que es un
sesentón rico con el que se casaría la joven, los criados y el teniente
coronel Don Carlos, apuesto sobrino de Don Diego que llevaba varios
meses de
noviazgo clandestino con la bella doña Francisca. Naturalmente, el
desenlace es
el esperado, la boda de los dos jóvenes, porque el viejo Don Diego
sensatamente
sabe renunciar a tiempo, cuando descubre la verdad, y porque logra
convencer a
la madre, mujer quejicosa y autoritaria.
Se dice que Moratín, durante su
permanencia en Italia (1792-1796) escribió y después destruyó una obra
de
argumento muy parecido llamada El tutor,
cuya calidad no gustó del todo a él mismo ni a amigos suyos como el
erudito
Esteban de Arteaga. El caso es que en el Diario
de Moratín se indica que a mediados de 1801 ya estaba totalmente
redactada la
comedia El sí de las niñas, pues la
lee ante sus amistades el 12 de julio de ese mismo año, pero no tuvo su
primera
edición hasta finales de 1805 en la imprenta de Villalpando. Este
impresor
publica al año siguiente la versión de la obra tal y como fue
representada en
el Teatro de la Cruz, el 24 de enero de 1806. El estreno madrileño de El
sí de las niñas constituyó todo un acontecimiento (26 días
consecutivos,
un auténtico éxito según el sistema de representaciones y de cartelera
teatral de aquellos tiempos) que contribuyó a que también se
representara con
notorio aplauso del público en otras ciudades españolas durante ese
mismo año.
Por otra parte, el autor se comportó
como un verdadero hombre de teatro, que supervisó personalmente la
interpretación
de los actores, el vestuario y el decorado, y exigió un ensayo final
con todo
el aparato escénico. Eso explica las alabanzas de Moratín en la Advertencia
que figura en las ediciones de la obra o en algunas cartas conservadas,
como la
que escribe al marido de María Ribera, la actriz que encarnó el papel
de Doña
Irene.
Sin embargo, Moratín tenía bastantes
adversarios que denunciaron la obra ante la Inquisición, acusándola de
contener ideas contrarias a la moral y a los dogmas de la fe católica.
La
denuncia se debió seguramente al rencor de sus enemigos literarios y de
algunos
de los afectados por la participación de Moratín en la reforma teatral
de
1800, y tal vez hubiera prosperado totalmente de no haberse producido
la
intervención de su amigo y protector, el poderoso primer ministro
Manuel Godoy
quien frenó la tramitación de la acusación. Porque algunos no le
perdonaron
nunca su actuación como vocal de la Junta de Teatros, ni sus
enfrentamientos
con el general Gregorio García de la Cuesta (Presidente del Consejo
Supremo de
Castilla y Gobernador de la Junta de Teatros, que en la sesión de 18 de
febrero
de 1800 estuvo a punto de tirarle un tintero a la cabeza), ni sus
preferencias
ni antipatías teatrales al participar probablemente como uno de los
redactores
de la Lista de las piezas dramáticas que,
conforme a la Real Orden de 14 de enero de 1800, se han recogido,
prohibiéndose
su representación en los teatros de Madrid y de todo el reino,
donde se
incluyeron más de 600 obras, entre las que se encontraban composiciones
de los
famosos Luis Moncín, Comella, y Gaspar de Zavala y Zamora, así como del
mismísimo
Calderón de la Barca –La vida es sueño,
por ejemplo–.
El fracaso de la reforma emprendida
por los ilustrados y neoclásicos, la fallida denuncia inquisitorial no
hicieron
sino agravar las heridas y fomentar las tensiones entre los bandos en
litigio.
El caso es que Moratín, quizás desalentado por todo ello, no volvió a
componer más comedias originales suyas y en el futuro solamente se
limitaría a
traducir .a Molière (La escuela de los
maridos y El médico a palos).
Sin embargo, Inarco Celenio, seudónimo
con el que nuestro autor solía firmar sus escritos, no debió quedar del
todo
satisfecho con el texto de El sí de las
niñas –ni del de otras piezas teatrales suyas como La
comedia nueva–. En 1825, desde París, a cargo del impresor
Auguste Bobée y con la aprobación personal de Moratín, salen a la luz
las Obras
dramáticas y líricas de D. Leandro Fernández de Moratín, en cuyo
tomo II
se incluye una nueva versión de El sí de
las niñas, con algunas variantes con respecto a las ediciones de
1805 y de
1806. Además, tampoco le convencería totalmente el nuevo texto, ya que
se
entretuvo en introducir de su puño y letra ciertos cambios que anotaba
sobre un
ejemplar de 1825, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid
bajo la
signatura R. 2571-3. Su muerte en 1828 le impediría seguramente
confirmar la
validez de las últimas modificaciones.
Buena parte de estas correcciones son
de carácter ideológico, referidas a frases que pudieron muy bien haber
levantado las acusaciones y sospechas en su momento denunciadas ante la
Inquisición y que todavía seguían vigentes bajo el reinado dictatorial
de
Fernando VII. En julio de 1819 los calificadores de la Inquisición
“examinaron” El sí de las niñas entre otras cosas
porque ridiculizaba “la
educación de las niñas en los conventos de religiosas”. Por esto, no
resulta
extraño que en 1825 Moratín suprima (acto II, escena V) este fragmento
que en
1805-1806 recriminaba que las jóvenes fueran obligadas, por la fuerza,
a
ingresar en un convento:
¿Cuántas veces
una desdichada mujer halla anticipada la muerte en el encierro de un
claustro,
porque su madre o su tío se empeñaron en regalar a Dios lo que Dios no
quería?
Hay otra
corrección que se debe al
temor de Moratín a entrar en polémicas políticas y literarias. En el
acto
III, escena X se suprime una alusión a Calderón de la Barca porque en
1825 muy
bien habría provocado las iras de los partidarios de una reivindicación
radical del teatro calderoniano, con que el Romanticismo monárquico
ultra
conservador y católico reaccionario batallaba contra los neoclásicos,
reformistas, afrancesados y liberales desde 1814 hasta 1820
aproximadamente. Se
trata de la famosa polémica calderoniana de Juan Nicolás Böhl de Faber
y su
esposa contra Alcalá Galiano y José Joaquín de Mora. Probablemente
Moratín,
desde su destierro en Francia, no quiso entrar en la disputa, aunque
evidentemente compartía buena parte de los argumentos de Alcalá Galiano
y de
Mora, que básicamente eran los que medio siglo antes había expuesto
Nicolás
Fernández de Moratín en sus Desengaños
del teatro español (1762-1763). Comparemos lo que pensaban al
respecto
padre e hijo:
·
Nicolás Fernández de Moratín: ¿Quisiera
vuestra merced que su hijo fuese un rompesquinas, matasiete,
perdonavidas, que
galantease a una dama a cuchilladas, alborotando la calle y
escandalizando el
pueblo, forajido de la justicia, sin amistad, sin ley, sin Dios? Pues
todo esto
lo atribuye Calderón a Don Félix de Toledo como una heroicidad grande
·
Leandro Fernández de Moratín (El
sí..., acto III, escena X). Don Carlos narra su amorío con Doña
Francisca
y cómo entraba clandestinamente en el convento donde la dama estaba con
las
monjas: “El intendente dijo entre otras cosas...,
burlándose..., que yo era muy
enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba Don Félix de Toledo [nombre
que dio Calderón a algunos amantes de sus comedias] –los corchetes
indican
que en 1825 se suprimió esta frase–. [...]
Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de travesura y conoce el
mundo),
con mil artificios que a cada paso le ocurrían, facilitó los muchos
estorbos
que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, a las
cuales
respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de
las
monjas. Hablábamos todas las noches, muy a deshora, con el recato y las
precauciones que ya se dejan entender... Siempre fui para ella
Don Félix
de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de
honor...”
Finalmente, existen algunas otras
correcciones que obedecen a motivos puramente teatrales o de estilo y
que
tienden a mejorar alguna que otra frase o las acotaciones escénicas
referentes
a la iluminación del escenario o el movimiento de los actores. En este
grupo
habría que incluir la supresión de una “sonata” que Carlos canta en la
primera escena del acto III y que solamente figura en la edición de
1805.
Por otra parte, destacamos varios
rasgos que debe tener en cuenta todo lector o espectador, en el caso de
que se
asista a una representación teatral, de El
sí de las niñas:
Neoclasicismo
La comedia parte de un
pensamiento estético
que podemos denominar como Neoclasicismo
integrador. Esta comedia cumple escrupulosamente las reglas
que el clasicismo había decretado para toda obra perteneciente a este
género
dramático: a) en los tres actos se escenifica una sola
acción ocurrida en
pocas horas (desde las 7 de la tarde a las 5 de la mañana) y en un solo
lugar
(una posada de Alcalá de Henares); b) la
escenografía y decorados están muy lejos de la compleja maquinaria de
las
comedias heroicas y de magia, apenas cuatro puertas, una mesa, un banco
y
algunas sillas; c) la verosimilitud
está garantizada mediante el decoro de los personajes que se comportan
según
su condición social y la figura que encarnan: los criados actúan como
tales en
su lenguaje y gestos, siendo siempre los mejores confidentes de sus
señores
(Simón de Don Diego, Calamocha de Don Carlos y Rita de Doña Francisca);
mientras que los amos representan las pasiones, vicios y virtudes
propios de
personas pertenecientes a la burguesía o clase
media (Don Diego el sesentón adinerado que sabrá a tiempo corregir
su
error de pretender casarse con una jovencita de dieciséis años; Doña
Irene la
madre quejicosa y beata, venida a menos y que trata de imponer a su
hija un
matrimonio por intereses económicos, y los jóvenes enamorados, saben
llevar
razonadamente con discreción y decencia su pasión amorosa). Y d)
los diálogos están elaborados con un estilo natural y ajustado a las
situaciones, lo que se encuentra reflejado a la perfección mediante el
uso de
la prosa (novedad significativa sobre la que volveremos más tarde).
¿Autobiografismo?
Si retomamos la
definición antes
citada que Moratín realizó de “comedia”, observamos que es “imitación
[...] de un suceso ocurrido [...] entre personas particulares, por
medio del
cual, y de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan
puestos en
ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad y recomendadas,
por
consiguiente, la verdad y la virtud”. Pues bien, resulta que El
sí de las niñas cumple a la perfección las características
señaladas.
En primer lugar, en cuanto a lo de “imitación [...] de un suceso
ocurrido
[...] entre personas particulares”, la crítica ha señalado que Moratín
introduce ciertos componentes autobiográficos en esta obra, aunque tal
vez la
repercusión de estos elementos ha sido exagerada por muchos.
Siendo nuestro autor muy joven se
enamoró de una muchachita italiana llamada Sabina, vecina suya cuya
familia era
muy amiga de la de Moratín; hacia 1780, Sabina se casa (¿obligada por
sus
padres?) con Giambattista Conti, primo hermano de la muchacha, de unos
cuarenta
años de edad. Esta anécdota dicen que influiría en la redacción de El viejo y la niña y en que el tema del matrimonio
impuesto por la
fuerza sea el argumento de cuatro de las cinco comedias compuestas por
Moratín.
Además, algunos han insistido, tal vez demasiado, en que las figuras de
las
protagonistas femeninas de El sí de las
niñas, Doña Francisca (muchacha muy sensible y de “buena”
educación)
y Doña Irene (viuda habladora, enfermiza e interesada, cuyo marido era
algo
violento e irascible) imitan las personalidades de la dama y la madre
de otro
amorío de Moratín en torno a los años en que elaboró su obra maestra.
En la primavera de 1798, con 38 años
de edad, conoció a doña Francisca Muñoz, de unos veinte años –nótese
que
se llama igual que la joven enamorada de El
sí–, con la que mantuvo un largo tira y afloja de noviazgo (algún
beso
que otro a escondidas de la madre, regalos, invitaciones a compartir
con él
palco en el teatro, etc.). El caso es que por las dudas y temores del
propio
Moratín, junto a su amistad con la actriz María García, más que por
culpa de
Paquita, el noviazgo no pasó a mayores. Ella y su madre le anunciaron
en 1807
que se casaría con un militar llamado Francisco Valverde, aunque la
boda no se
celebraría hasta 1816. Moratín, a pesar de todo, conservó buenas
relaciones
con Paquita; se seguirá escribiendo con ella y le enviará dinero en
épocas de
apuros económicos, etc.; además, está el asunto de un retrato de
Moratín,
pintado por Goya, que Francisca tuvo que entregar a la Real Academia de
San
Fernando a la muerte del poeta cómico, a cambio de una copia del
original.
Fuentes
Pero también, en segundo
lugar, al
tratarse de una “imitación”, El sí
de las niñas, es continuadora de una larguísima tradición
literaria.
Suman varios centenares las obras que tienen como asunto la burla a un
anciano
que quiere casarse, o que ya está casado, con una muchacha. Cervantes,
por
ejemplo, en un entremés, lo ridiculiza hasta convertirlo en un marido
al que fácilmente
la joven esposa puede engañar metiendo en el dormitorio un amante
delante de
las propias narices de “El viejo celoso”.
De todos modos, en cuanto al viejo que pretende matrimonialmente a una
menor,
parece ser que Moratín imitó en mayor o menor grado la tradición
española (Entre
bobos anda el juego, de Rojas Zorrilla y La
discreta enamorada, de Lope de Vega), y el teatro francés (está
prácticamente
desechado el influjo de una pequeña pieza llamada Le
traité nul de Marsollier), más concretamente dos obras de Marivaux
(1688-1763), La escuela de las madres
y, como muy recientemente se ha insistido, La
madre confidente; mientras que finalmente también imitó algunas
escenas de
El avaro y de La escuela de las mujeres,
de Molière.
El
pensamiento
ilustrado de Moratín
Porque, en tercer
lugar, el mérito
genial de Moratín consiste en haber recogido la tradición para aportar
su
impronta personal. Así, Don Diego ya no es un ridículo personaje objeto
de
burla por sus gestos o por su conducta. No, más bien al contrario, a
pesar de
haber cometido el error del intento de matrimonio antinatural con una
menor, se
convierte, cuando sabe corregirlo, en el portavoz no sólo de ideas
ilustradas
sino también del propio pensamiento del autor. Su intención es que
queden
“puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad y
recomendadas, por consiguiente, la verdad y la virtud”, es decir,
denunciar
defectos o injusticias sociales mucho más que la burla hacia un
personaje en
concreto. Esto no quita que ridiculice –sin mucha crueldad por cierto–
la
figura de Doña Irene, pero lo importante es el intento de reformar la
sociedad,
de rectificar errores colectivos. Y aquí es donde interviene el
pensamiento
ilustrado.
En este sentido El sí de las niñas no es exactamente
un alegato a favor de la
libertad de la mujer o de su derecho a elegir libremente un marido. Por
mucho
que se muestre solidaridad humanitaria con la situación de la mujer,
por mucho
que se proteste contra su injusta discriminación, el asunto de la
igualdad de
derechos entre hombre y mujer es algo impensable para una persona del
siglo
XVIII. Moratín, movido por su reformismo ilustrado y burgués, pretende
luchar
contra el autoritarismo de los padres obligando a sus hijos a casarse
con la
persona que no aman, contra la infamia que nace “de la multitud de
leyes
contradictorias y absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y las
falsas máximas
que la dirigen” (Discurso preliminar).
Porque el tema de los matrimonios impuestos por la fuerza fue muy
debatido en
aquellos años. Frente a los planteamientos radicales y extremistas que
se
muestran en algunos dramas sentimentales donde se llega a plantear la
rebelión
o la desobediencia de los jóvenes enamorados (a menudo resueltas
mediante el
perdón final y una boda autorizada a regañadientes en última
instancia);
Moratín viene a defender el espíritu de algunos artículos de la
Pragmática
de Carlos III de 23 de marzo de 1776 (reformada en 1803) que obligaba a
los
menores de 25 años a solicitar el consentimiento de los padres a la
hora de
contraer matrimonio.
En dicha Pragmática se introduce un
elemento innovador, progresista, para los tiempos que corrían en
España, y que
también nos ayuda a entender el mensaje de El
sí de las niñas. Así, en el punto 8 de la Pragmática se dice:
“[...] Y
habiendo considerado los gravísimos perjuicios temporales y
espirituales que
resultan a la República civil y cristiana de impedirse los matrimonios
justos y
honestos o de celebrarse sin la debida libertad y recíproco afecto de
los
contrayentes, declaro y mando que los padres, abuelos, tutores y
curadores deban
precisamente prestar su consentimiento si no tuvieran justa y racional
causa
para negarlo, como lo sería si el tal matrimonio ofendiera gravemente
al honor
de la familia o perjudicase al Estado”.
O como se
dice en la comedia de nuestro autor: “Esto resulta del abuso de
autoridad,
de la opresión que la juventud padece; éstas son las seguridades que
dan los
padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las
niñas...”
Moratín, como un buen
reformista
ilustrado y burgués que manifestó su horror cuando fue testigo
presencial de
los excesos que la Revolución Francesa provocó en las calles de París,
se
guarda muy bien de que Carlos y Francisca se rebelen contra el orden
establecido
(uno se decide a partir a la guerra dispuesto a morir como buen
soldado, y la
otra, entre lágrimas, confiesa ser “una mujer de bien” que sufrirá con
resignación de mártir su vida conyugal con el anciano). Por eso, la
resolución
del problema corresponde a Don Diego, el viejo tutor de Carlos,
convertido en el
portavoz de la razón y de un orden social que quiere ser más
humanitario,
justo y tolerante, pero que no desea revueltas radicales fuera de
cualquier
control. Todo esto corroborado con el juego escénico de la oscuridad
progresiva
desde que comienza la representación de la comedia hasta que, con la
luz
naciente del nuevo día, Don Diego comienza a actuar en nombre de la
razón y de
los ideales ilustrados.
De no haber sido así, le habrían
quedado al autor varias alternativas extremas en nada conformes con su
mentalidad y carácter: una solución sería la que aporta Cervantes en El viejo celoso, la subversión de valores, la exaltación
gozosa
del adulterio como única salida de la joven obligada a casarse; otra
solución
sería mediante los enredos y travesuras que emplean las damas y sus
galanes
para arrancar el consentimiento de los padres y tutores en muchas
comedias de
Lope de Vega y Calderón; y otros caminos posibles serían la fuga o el
matrimonio clandestino con el hombre que se ama. Esta última medida es
la que
adopta Ana cuando se casa en secreto con su criado Sidham, en la
adaptación
teatral de Gaspar Zavala y Zamora titulada Las
víctimas del amor (1788): los enamorados pagarán con la muerte esta
boda
ocultada durante diez años y con un hijo como descendencia.
Pero Moratín introduce también otras
ideas típicas de la Ilustración: la denuncia de los excesos de la
educación
de las niñas en conventos –tal vez influido por Voltaire–, la burla de
la
superstición religiosa (Doña Irene y Doña Francisca con sus libritos de
santos y sus amuletos sagrados como estatuillas y demás objetos
variados de
supuestas propiedades curativas), la defensa de un modelo de juventud
virtuosa
cumplidora de sus deberes. Y, por último, una visión utilitaria y
social de
las relaciones amorosas, porque su objetivo final debe ser la
reproducción de
la especie humana y el mantenimiento de una estructura familiar estable
y sólida,
aunque no dictatorial ni autoritaria.
El
sentimentalismo
En El
sí de las niñas también aparece una exaltación de los sentimientos
y de
las lágrimas que muchos han vinculado con el Romanticismo. Empezando
por
Mariano José de Larra que, tras asistir a una representación de la
obra,
escribió en un artículo de prensa: “El
sí de las niñas ha sido oído con aplauso, con indecible entusiasmo,
y no
sólo el bello sexo ha llorado, [...] nosotros los hombres hemos llorado
también,
y hemos reverdecido con nuestras lágrimas los laureles de Moratín, que
habían
querido secar y marchitar la ignorancia y la opresión” (Representación
de El sí de las niñas..., Revista Española, 9 de febrero de 1834).
Mucho
más tarde, Azorín, en otro artículo publicado en el ABC (11 de febrero
de
1957) calificó la comedia de Moratín como “nuestra primera obra
romántica”.
Además, claro está, de los estudiosos y expertos que comparten esta
idea o que
al menos la califican de prerromántica, por la exaltación de las
pasiones, de
las lágrimas, del “corazón” que aparecen en fragmentos como éste de El
sí (acto II, escena VII):
DOÑA
FRANCISCA.– ¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera yo viva
si
esta esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué
había
yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran
muerto,
sin tener a quién volver los ojos, ni poder comunicar a nadie la causa
de
ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba
de darme
con su venida la prueba de lo mucho que me quiere. (Se
enternece y llora.)
DON
CARLOS.– ¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto
para defenderla a usted de cuantos quieran oprimirla. A un amante
favorecido, ¿quién
puede oponérsele? Nada hay que temer.
DOÑA
FRANCISCA.– ¿Es posible?
DON
CARLOS.– Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, y
sólo la
muerte bastará a dividirlas.
Dejamos a un lado la cuestión del
presunto romanticismo de esta obra, así como sus relaciones más que
probables
con el teatro sentimental, tan de moda en el siglo XVIII. Dentro del
pensamiento
ilustrado es posible el sentimentalismo a través del llamado
sensualismo, pero
de modo que entre sentimiento y razón debe darse un feliz equilibrio:
el
sentimiento nace del reflexionar de la razón sobre las emociones, a las
que se
atribuye un significado y un valor. Así, el hombre entra en armonía con
la
naturaleza y la sociedad. Porque Moratín intenta, más que nada,
conseguir el
objetivo de conmover y excitar las emociones del público, para que éste
reflexione racionalmente sobre el contenido mismo de la obra que acaba
de ver y
de oír. O como él mismo explica: “En su representación se apasionan los
espectadores, lloran o ríen, según el autor quiso que hiciesen” (Discurso
preliminar).
El medio que mejor encuentra Moratín
para conmover al público es subrayar y destacar por encima de todo el
sufrimiento de unos jóvenes enamorados con pasión inocente, víctimas de
unas
normas autoritarias en materia de educación y de asuntos matrimoniales.
Y
donde se observa con más claridad este sufrimiento es a través de las
“lagrimas” de una mujer, la persona que según la tradición establecida
manifiesta con más facilidad sus emociones. Por todo esto, Don Diego
cuando ve
llorar a Doña Francisca (acto III, escena VIII), se emociona y al mismo
tiempo
razona y toma la decisión final de sacrificarse a cambio de la
felicidad de los
jóvenes enamorados:
“Pues ¿qué
llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco
tiempo
ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco?
[...]
¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para
satisfacer
una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo,
en mejorar
su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen
tanto.”
Justo la misma reacción que Moratín
quiere provocar en el espectador, que mediante la visión del llanto, de
las lágrimas
y el dolor éste se pregunte a sí mismo, se interrogue y obtenga
finalmente
unas conclusiones, una actitud ética y una norma de conducta que le
haga
caminar hacia la felicidad.
Estilo:
el realismo
de El sí de las niñas
El
sí de las niñas, al igual que La
comedia nueva, está escrita en prosa. Esto supone, en la literatura
española,
una auténtica innovación. Aunque muy poco antes se publicaron El
delincuente honrado de Jovellanos y El precipitado de
Trigueros,
puede decirse que las dos obras de Moratín figuran entre las primeras
piezas
dramáticas de importancia significativa que fueron representadas sin
emplear el
verso casi totalmente obligado para el lenguaje escénico. Desde los Entremeses
de Cervantes –y estos, en su tiempo, no se llevaron a las tablas de los
escenarios– muy pocos se habían atrevido a hacerlo. Moratín, aquí rompe
con
la monotonía del teatro neoclásico que recomendaba el verso
endecasílabo para
la tragedia y el romance octosílabo para la comedia (forma usada en El
viejo y la niña, El barón y La
mojigata). Y nuestro autor, en el caso de El
sí de las niñas, acierta plenamente, hasta el punto de convertirse
en el
gran precursor del teatro contemporáneo español, y de ahí garantizar la
sensación de modernidad que transmite siempre esta
comedia.
Porque el empleo de la prosa le
permite adaptar la lengua al desarrollo mismo de las acciones y de los
sentimientos que los personajes encarnan sobre la escena. La sintaxis a
menudo
desordenada mediante preguntas sin respuesta, exclamaciones bruscas y
frases
interrumpidas le sirve no solamente para expresar las alteraciones que
las
pasiones o los acontecimientos provocan en los personajes, sino también
para
reflejar de modo realista su origen y condición social. Así, en el caso
de los
criados, la prosa expresa a la perfección la frescura de sus gestos, sus
maliciosas bromas e incluso el coqueteo amoroso establecidos
desde
siempre para estas figuras cómicas (véase, sobre todo, las escena VIII
del
acto I, las IX y X del acto II, y la V del acto III); mientras que en
los amos
manifiesta sin ataduras de ningún tipo los conflictos emocionales por
los que
atraviesan. A modo de ejemplo, reproducimos este fragmento del acto
III, escena
II, en que Francisca, junto a una ventana, intenta recoger la carta que
le envía
su amado Carlos al que conoce bajo el nombre de Félix de Toledo:
DOÑA
FRANCISCA.– (Se asoma a la ventana.
RITA se queda detrás de ella. Los puntos
suspensivos indican las interrupciones más o menos largas.)Yo
soy... Y ¿qué
había de pensar viendo lo que usted acaba de hacer?... ¿Qué fuga es
ésta?...
Rita (Apartándose de la ventana, y vuelve
después a asomarse.) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres
algún
rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien
está, tírela
usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, Don Félix! Nunca le he
visto a
usted tan tímido... (Tiran desde adentro
una carta que cae por la ventana del teatro. DOÑA FRANCISCA la
busca, y no hallándola vuelve a asomarse.) No, no la he cogido;
pero aquí
está sin duda... ¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los
motivos que
tiene usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de boca de
usted.
Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece a usted que estará
el mío?...
No me cabe en el pecho... Diga usted. (SIMÓN se
adelanta un poco, tropieza con la jaula y la deja caer.)
RITA.–
Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.
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3.
Colecciones de obras de Moratín
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Obras
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de Roma, Inarco Celenio. Única edición reconocida por el autor
(París, Auguste Bobée, 1825, 3 tomos).
> Obras
de D. Leandro Fernández de Moratín, dadas a la luz por la Real Academia
de la
Historia (Madrid, Aguado, 1830-1831, 4 tomos).
>
Obras
póstumas de D. Leandro Fernández de Moratín publicadas de orden y a
expensas
de S.M. (Madrid, Rivadeneyra,
1867-1868, 3
tomos).
>
Obras
de D. Leandro Fernández de Moratín y
de D. Nicolás Fernández de Moratín,
Biblioteca de Autores Españoles (B.A.E.) II, Madrid, Atlas, 1944.
>
Teatro,
edición de F. Ruiz Morcuende, Madrid, Clásicos Castellanos, 1924.
>
Teatro
Completo (Estudio
preliminar A. Cardona de Gibert y E. Rodríguez Vilanova), Barcelona,
Bruguera,
1967.
>
Teatro
completo, I,
El viejo y
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Lázaro
Carreter, Barcelona, Labor, 1970.
>
Diario,
(Mayo
1780-marzo 1808),
edición a cargo de René y Mireille Andioc, Madrid, Castalia, 1967.
>
Epistolario,
de D. Leandro Fernández de Moratín.
Edición, introducción y notas de René Andioc, Madrid, Castalia, 1973.
4.
Ediciones de El sí de las niñas
Además de las ediciones ya citadas y realizadas en vida
de Moratín, destacamos las siguientes, dando preferencia a las más
recientes:
> La
comedia nueva. El sí de las niñas.
Edición, introducción y notas de John Dowling y René Andioc. Madrid,
Castalia, 19894 [1969].
>
El
sí de las niñas. Edición,
estudio preliminar y notas de V. de Lama y E. Palacios. Madrid, EDAF,
1990.
>
El
sí de las niñas. Edición,
estudio preliminar y notas de J. A. Ríos Carratalá, Barcelona, PPU,
1990.
>
El
sí de las niñas. Edición,
introducción y notas de María Teresa Barbadillo. Madrid, Biblioteca
Didáctica
Anaya, 1992
>
La
comedia nueva. El sí de las niñas.
Edición, estudio preliminar y notas de René Andioc. Madrid, Espasa
Calpe, 199222.
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El
sí de las niñas. Edición,
introducción y notas de José Montero Padilla, Madrid, Cátedra, 1992.
El
sí de las niñas. Edición,
estudio preliminar y notas de Juan B. Montes Bordajandi. Madrid, N y C,
1994.
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La
comedia nueva. El sí de las niñas.
Edición de Jesús Pérez Margallón, con estudio preliminar de Fernando
Lázaro
Carreter. Barcelona, Biblioteca Clásica, Crítica, 1994.
Más
recientemente se han elaborado ediciones digitales que pueden
conseguirse a través
de Internet.
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