> INTRODUCCIÓN: EL BARROCO
> LA POESÍA LÍRICA EN EL
BARROCO
> Góngora
> Lope de Vega
> Quevedo
> Bibliografía

Conocemos como Barroco el periodo que sucedió al
Renacimiento, entre finales del siglo XVI y finales del siglo XVII, y que
impregnó todas las manifestaciones culturales y artísticas europeas y se
extendió también a los países hispanoamericanos.
Como etapa preparatoria, que coincide cronológicamente con el Renacimiento y el
Barroco, debe tenerse en cuenta el Manierismo. La palabra barroco tuvo
originalmente un sentido peyorativo, ligado con la extravagancia y la exageración,
que aún se mantiene en ciertos tópicos del lenguaje no especializado. Se dice
que el término deriva del portugués barroco (castellano barrueco),
que significa ‘perla irregular’. También suele relacionarse con baroco,
nombre que recibe una figura del silogismo. El Barroco expresa la conciencia de
una crisis, visible en los agudos contrastes sociales, el hambre, la guerra, la
miseria. Suele establecerse una distinción entre el Barroco de los países
protestantes y el de los países católicos (Barroco de la Contrarreforma).
En el caso de España, aunque sin perder de vista el contexto europeo, José
Antonio Maravall ha enumerado una serie de asuntos y tópicos literarios que
definen una imagen del mundo y del hombre: la locura del mundo; la melancolía,
la sensación de inestabilidad de los hombres y la fugacidad de las cosas; la
revitalización del tópico del mundo al revés y la figura del gracioso
en el teatro español como uno de sus representantes (“Soy el que dice al revés
/ todas las cosas que habla”, dice un personaje de El mejor alcalde, el rey
de Lope de Vega); el mundo como laberinto, como gran plaza o mesón; la
concordia de los opuestos (nuestra vida se “concierta de desconciertos”,
dice el conceptista español Baltasar Gracián); el mundo como guerra y el
hombre lobo del hombre.
Desde el punto de vista estético, sobresale la búsqueda de la novedad y de la
sorpresa; el gusto por la dificultad, vinculada con la idea de que si nada es
estable, todo debe ser descifrado; la tendencia al artificio y al ingenio;
la noción de que en lo inacabado reside el supremo ideal de una obra artística.
La búsqueda de la novedad y de lo extraño explica la admiración barroca por
pintores flamencos como El Bosco y Brueghel el Viejo: así lo demuestran, entre
otros textos, los Sueños de Francisco de Quevedo.
Otro aspecto de la cultura barroca, pero envuelta bajo el manto del tema del desengaño,
es la religiosidad vitalista y en continua tensión con la noción de la muerte
y lo efímero de la vida humana. Hatzfeld, tal vez exageradamente definió
el Barroco como último esfuerzo común de Europa en el arte y en la
literatura, en la búsqueda de Dios bajo la guía de España. Ahora bien
como señala Emilio Orozco en su libro Manierismo y Barroco esta
religiosidad es angustiosa o desengañada porque parte de una conciencia histórica
de estar viviendo en una época de crisis –en su sentido etimológico de
época de cambio o mudanza–. Así lo explica Emilio Orozco:
«Ese agudo sentimiento histórico,
esa actitud vigilante es la que mantuvo con sentido cristiano el hombre del
Barroco ante el poder incontenible del tiempo y ante el esencial problema de la
salvación de su alma. Con sentido trascendente vivió cada momento en relación
con el futuro, viéndolo como colgado de lo infinito, para poder aprovechar la
coyuntura, según adoctrinaba Nieremberg —en su obra Diferencia entre
lo temporal y eterno—, porque uno de esos momentos ha de convertirse en
eternidad. Había que vivirlo, como hoy para lo humano pide Jasper: sin confiar
ni desconfiar. Huyendo, como ejemplificó Tirso, del hombre como Paulo, condenado
por desconfiado, y huyendo del hombre como don Juan, condenado por
confiado, por atreverse a luchar con el tiempo.
Si sentimos con angustia el huir
del tiempo y de la vida; si la sentimos resbalarse por entre las manos —¡Cómo
de entre mis manos te resbalas!—, como con tan humana expresión se dolía,
Quevedo, también hemos de palpar entre los dedos el libre albedrío, como lo
sentía aquel personaje de Mira de Amescua, pero, además, sin olvidar lo que
proclamaba el citado gran ascético de la época: el aprecio y estima de la
divina gracia.
He ahí la lección decisiva y última del Barroco español, válida como ninguna para hoy: pensando en la salvación eterna del individuo; pensando en la salvación temporal de la cultura europea».
·
Así pues, habría que considerar en el Barroco literario español
dos cuestiones fundamentales:
1) Las teorías estéticas de la época. En el Barroco es especialmente
significativa la influencia grecolatina; al tratarse de una cultura heredera de
la cultura humanista y renacentista, lo grecolatino se manifiesta en los temas
(la mitología, modelos para la trama y argumento de obras teatrales, poemas
narrativos, etc.) y en las formas (comedia, sátira, epístola, diálogo filosófico,
etc.) De modo que obras como la Fábula de Polifemo y Galatea o la Epístola
moral a Fabio son, en este sentido obras plenamente barrocas; precisamente
porque el fondo clasicista aporta unidad intelectual conseguida en los diversos
países europeos, a pesar de las diferencias idiomáticas y religiosas, pues
todos manejaban las mismas fuentes e imitaban modelos comunes. Además, en las
teorías estéticas y poéticas se mantiene la autoridad
innegable de Aristóteles tal y como prueban la Philosophia antigua
poetica del Pinciano, las Tablas poéticas de Francisco Cascales y la
Poética aristotélica de Gonzáles de Salas.
Ahora bien, el Barroco introduce una nota innovadora y casi revolucionaria en
materia estética: la consideración de lo vulgar como materia poética.
La teoría clasicista ortodoxa diferenciaba como incompatibles el estilo grosero
o vulgar y el estilo elevado o sublime, siendo precisamente
éste último el que los tratadistas (Castiglione, por ejemplo) consideraban
como el exclusivo de la expresión literaria. Sin embargo, tal y como prueba el Arte
nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, el vulgo se convierte en
elemento de referencia obligatoria en la poesía barroca; los poemas burlescos
de Quevedo, llenos de procacidades y vocablos obscenos son ejemplos
significativos de esto. Pero también lo vulgar provoca
el nacimiento de una tendencia aparentemente contraria: la culturalista o
culterana que no deja de ser, en determinados aspectos, una expresión
extrema o radicalizada de los rasgos que se le atribuían al estilo elevado
o sublime.
2) El humanismo vitalista constituye un principio ético y estético del
Barroco. Las tensiones políticas, económicas, sociales y religiosas producen
–como demostraron Maravall, Hatzfeld, Pfandl y otros
estudiosos– una cosmovisión basada en los sentimientos de inestabilidad,
desilusión y pesimismo, y que a su vez se manifiesta a través de un doble cauce expresivo:
# El individualismo, el
Barroco deriva de una consideración individualista de ser humano, de una
exaltación de su propio valor y de su actuación en el mundo. El humanismo
vitalista del Barroco realza el contraste entre el mundo cambiante, efímero,
traidor y engañoso y el individuo que, a pesar de su condición de mortal y
perecedero, constituye la única medida válida para contemplar el mundo. Esta
contradicción entre el mundo cambiante y la individualidad valiosa explica la
moda de lo feo que invade la pintura y la poesía: el gusto por retratar seres
deformes, bufones, viciosos... en tanto plasmación original de esa
especificidad humana.
Por otra parte, el mundo, aunque problemático y hostil, sigue siendo
contemplado con la visión que en su momento aportara el Renacimiento. Es decir,
como una recreación sensorial de todo cuanto tiene vida y como una exaltación
de las cualidades inherentes a los objetos. Como recuerda Emilio Orozco, todos
los elementos de la naturaleza, incluso los objetos de la vida cotidiana, cobran
vida propia y son realzados en su individualidad.
# Al mismo tiempo que la
exaltación de la individualidad material el Barroco se siente atraído hacia lo
sobrenatural. Ello es una influencia innegable del Concilio de Trento y
la Contrarreforma y provoca el afán por la espiritualidad: en todos los objetos
se busca el alma, el espíritu que los anime y les dé razón de su existencia.
De modo que (Julián Gallego, Aubrey F. Bell, Orozco) se materializa lo
espiritual y se espiritualiza lo material: en una poesía y una pintura
aparentemente “realistas” se oculta un fondo trascendente que trata de
hallar un más allá profundo que supera la materialidad superficial de los
objetos.
# Finalmente, la critica
especializada que ha abordado el estudio del Barroco señala como rasgo
fundamental de su estética el que se trata de un arte teatral basado en:
> Dinamismo. El artista barroco desea crear sensación constante de
movimiento. Frente al predominio de las líneas rectas en el arte renacentista,
el Barroco se vale, sobre todo, de la línea curva.
>
Emotividad. El artista
intenta conmocionar emotivamente al espectador y para ello recurre a
procedimientos hiperrealistas. Esta intencionalidad se aprecia, por ejemplo, en
la representación de Cristos yacentes y en toda la imaginería sacra.
>
Decorativismo y
suntuosidad. El artista del Barroco atiende por igual a lo esencial y a lo
accidental. De ahí su minuciosidad en la composición de pequeños detalles y
su gusto por la ornamentación.
>
Contraste. El artista
barroco se manifiesta contrario al equilibrio y a la uniformidad renacentistas.
Su ideal es acoger en una misma composición visiones distintas, y hasta antagónicas,
de un mismo tema. En los cuadros de asunto mitológico, por ejemplo, los dioses
aparecen mezclados con personajes del pueblo.
A) Tradicionalmente se ha dividido la lírica
barroca española en dos grandes tendencias: CONCEPTISMO, con su máximo
exponente en Quevedo, y CULTERANISMO, encabezado
Góngora. Estaríamos entonces ante dos movimientos antagónicos e
irreconciliables liderados por dos genios poéticos de marcada personalidad que
imponen su impronta al panorama poético del siglo XVII. Pero se trata de
distinciones que la crítica venía haciendo desde el siglo XIX, con esa
voluntad positivista de etiquetarlo todo. No se dividen los poetas, sin embargo,
y según la crítica actual, en uno u otro grupo, sino que cada uno de ellos
participa de ambas tendencias en mayor o menor medida: si Góngora es el máximo
representante del culteranismo, es también un gran conceptista. Mientras que la
preocupación por una escritura confusa, críptica, la recuperación del modelo
sintáctico y léxico latino, los neologismos... también serán tomados por
Lope, por ejemplo. Con esto se superan los viejos prejuicios con que la crítica
academicista marginó a Góngora, en tanto “príncipe de las tinieblas” poéticas.
En el cambio de actitud hacia la poesía barroca tuvo una importantísima
actuación la generación que en 1927 celebró el homenaje al poeta cordobés en
el tercer centenario de su muerte. Dámaso Alonso, como principal
portavoz en esta materia, dedicó gran parte de su vida al estudio de Góngora y
Federico García Lorca le consagró una magnífica conferencia titulada “La
imagen poética de don Luis de Góngora”. Gerardo Diego recuperó a los poetas
Bocángel y Pedro de Medina. Luis Rosales, al conde de Salinas (1564-1630) y a
Juan de Tasis, conde de Villamediana (1582-1622).
Porque, en realidad, es más exacto decir que ambas corrientes mantienen una
relación de coexistencia, e incluso como demuestra Rafael Lapesa
comparten un empeño común: la voluntad de extremar lo que se venía haciendo
desde el Renacimiento, rompiendo con sus ideales de “armonía”,
“naturalidad” y “mesura” mediante:
>
Búsqueda de lo artificioso.
>
Recuperación de ‘juegos de ingenio’ que arrancan de la
tradición medieval, no tan cultivados en el Renacimiento.
>
La intensidad con que se emplean los recursos expresivos de la
poesía
>
La tensión vital que subyace en los poemas: idealización de la
realidad frente a hiperrealismo, lo procaz y vulgar que convive con lo
espiritual y religioso, etc.
Realmente son dos aspectos de una misma actitud ante el lenguaje, lenguaje como
material para la búsqueda de belleza muy artificiosa. El escritor cultivará
por una parte la expresión directa (ya sea popular o culta) y por otra la
sacralización del lenguaje lo que acarreará una mayor retórica, reforzada por
el auge de las retóricas y poéticas a lo largo de los siglos XVI y XVII. Fernando
Lázaro Carreter encuentra argumentos muy convincentes para opinar que el conceptismo
está en la base de todo el estilo barroco. El gongorismo o culteranismo
–mejor llamarlo a partir de ahora cultismo, pues el término culterano,
como demostró Andrée Collard procede de la fusión peyorativa de
“culto” y “luterano” con que los detractores de Góngora quisieron
ridiculizarlo– surge como una variante del conceptismo que cobra vida propia
aportando su propio gusto poético hacia lo sensorial, el hipérbaton
latinizante y los neologismos cultistas.
Góngora fue la “vanguardia” poética
del siglo XVII. En la decisiva fecha de 1613 introduce con las Soledades
y el Polifemo una manera de percibir y entender la poesía que sobre la
base o cimiento conceptista edifica una materia diferente y “escandalosa”,
pero que en absoluto es incompatible o excluyente de los cimientos conceptistas
de los que procede.
Del conceptismo participan todos, por ser corriente general en el Barroco. Este
movimiento es un explota al máximo la capacidad simbólica de la imagen, para
ello se recurre a todo tipo de fuentes y de antecedentes.
Hay otro elemento más: la atención
de todos los escritores a la literatura popular, en el leguaje, en la métrica,
no tanto en las intenciones. En el Renacimiento lo que se impone es la imitación
petrarquista, apenas hay en Garcilaso o Boscán en sus primeros escritos
referentes de poesía popular. A partir de 1530 no hay en la obra de Garcilaso más
que sonetos, canciones... Todos los poetas importantes se vuelven de espaldas a
lo popular.
En cuanto llegamos a los años ’80 del siglo XVI la contradicción interna se
pone de manifiesto, haciendo que grandes autores se pongan a cultivar la poesía
popular, siendo paradójicamente discípulos de los maestros renacentistas. El
lenguaje popular será lo que sirva de vehículo para esos ‘juegos de
concepto’ o, como diría Gracián, “actos del entendimiento que exprimen la
correspondencia entre los objetos”.
Los poetas manifiestan esa doble cara por un lado popular y por otra culta que
es mezcla y síntesis a la vez de todo tipo de equilibrio entre ambas posturas.
B) LA TRANSMISIÓN DE LOS TEXTOS POÉTICOS. Este problema,
analizado bajo el magisterio de Rodríguez Moñino, es una de las grandes
dificultades que soporta el estudio de la poesía durante el Barroco. Muchos
poetas no publican sus obras en vida: Góngora, Quevedo... solamente Lope de
Vega se preocupa de publicarlos con una estructura interna, evitando que su obra
pierda calidad por la pérdida de unidad y de fidelidad al manuscrito del que
proceden.
El procedimiento habitual para la transmisión poética de la literatura de
creación es la copia manuscrita. La imprenta servía principalmente para
publicar libros de prosa. Ante esta minoritaria selección textual, los
estudiosos han tenido que reconstruir las obras de estos autores basándose en
los pliegos de cordel, cuadernos, manuscritos... Son importantes las variantes
que se producen, pues a menudo el copista se equivocaba cuando copiaba el texto
que le dictaban.
Por otra parte, bastantes poemas solían difundirse en una serie de libros antológicos.
El más importante cancionero de la época fue publicado por Pedro de Espinosa
(en Valladolid 1605) Primera parte de las flores de poetas ilustres de España
(recopilación de los autores que marcan el canon barroco) donde se encuentran
los primeros textos impresos de Góngora, por ejemplo. Por estos mismos años,
se publica el Romancero General que consta de nueve partes y que alcanzó
un importante éxito y contribuyó a la pervivencia convertida en moda de los
poemas de corte tradicional–recuérdese la importancia que romance tiene en la
poesía de Lope de Vega.
C) PROBLEMAS EN LA ORDENACIÓN Y AGRUPACIÓN DE LOS POETAS BARROCOS. La
raíz del problema consiste en que los poetas barrocos eran tremendamente
diversos en temas, estilos y núcleos geográficos. De ahí las distintas
clasificaciones que suelen aparecer en los manuales de historia literaria y en
bastantes monografías dedicadas al asunto.
¨
Generaciones y etapas de la poesía barroca española.
Una clasificación de las más aceptadas es la que parte de las
“generaciones” a las que pertenecen los autores (Juan Manuel Rozas, por
ejemplo, es uno de los máximos representantes de esta manera de estudiar la
poesía barroca). En virtud de todo esto se suele establecer la presencia de
tres generaciones:
1) Nacidos en torno a 1560: empiezan
a producir hacia los ’80. Nacen los grandes creadores del Barroco: Góngora y
Lope que son las cabezas visibles de una generación que es muy amplia.
Podríamos destacar a los hermanos Argensola (Lupercio y Bartolomé) ambos de
Aragón, tienen unas características comunes y propias de la poesía aragonesa.
Representantes de la línea del clasicismo, recogida de la literatura culta
anterior, no abre las puertas a lo popular, se mantienen en torno a Horacio y
Virgilio, sobretodo alrededor de la meditación horaciana.
Lope, por su parte, tiene una tremenda originalidad, tiene una poesía de linea
clara (“oscuro el borrador y el verso claro”) que deja espacio al
conceptismo y al culteranismo, pero no son tan importantes. La claridad viene de
su dedicación al teatro (pues tiene que ser entendido por una mayoría) y la
tradición popular que le influencia.
Góngora llevado al extremo, sistematiza y extrema todas las aportaciones de la
poesía anterior, de línea intelectual que le lleva a “crear” el
culteranismo.
2) Nacidos en torno a 1580: Quevedo,
uno de los grandes genios de la literatura de la transición entre el XVI y el
XVII, es la figura más destacada porque los demás son discípulos de Lope, Góngora
o del clasicismo.
El conde de Villamediana (discípulo de Góngora), Pedro Soto de Rojas, Pedro de
Espinosa, Luís Carrillo y Sotomayor y Juan de Jáuregui (lopista)... vienen
como descendientes directos del modelo gongorino.
3) Nacidos entorno a 1600: no hay
ningún poeta especialmente destacable frente a las dos generaciones anteriores,
marcadas por Góngora, Lope y Quevedo. La poesía es más de escuela, lo que
provoca el debilitamiento de la estética barroca. Gabriel Bocángel, Anastasio
Pantaleón de Rivera... son algunos nombres que se suelen citar.
Esta clasificación por generaciones presenta algunos puntos discutibles. Entre
ellos, el hecho de la convivencia
entre poetas de “generaciones” supuestamente diferentes, pero que no dejan
de influirse o de imitarse unos a otros; mientras que poetas de una misma
“generación” mantienen relaciones de abierto enfrentamiento y enemistad
irreconciliable: Lope de Vega (generación de 1560) y Quevedo(generación de
1580) frente a Góngora (generación de 1560).
Tal vez por esto, algunos críticos prefieren señalar etapas o periodos
cronológicos en vez de generaciones:
>
1580-1612. Una primera etapa abarcaría los últimos veinte
años del siglo XVI y primeros años del siglo XVII. Son los años en Lope y Góngora
inician su carrera poética y manifiestan sus primeras obras de madurez. En esta
etapa, junto a las pervivencias clasicistas, predomina lo algunos denominan como
primer Barroco o Barroco temprano, aunque Emilio Orozco,
entre otros, prefiere usar el término Manierismo.
>
1613-1626. El año de 1613 es un hito decisivo. Es el
impacto que provoca la aparición de Soledades y el Polifemo de Góngora,
pero también la madurez definitiva de Lope de Vega y la irrupción de Quevedo
–entonces con 33 años– . Estaríamos ante la plenitud del Barroco.
>
Desde 1627. En este año fallece Góngora; Lope, en 1635;
Quevedo en 1645. A partir de aquí se vive una etapa de decadencia. Es el Barroco
tardío. Pero, en la segunda mitad del siglo, en Méjico, la poesía barroca
conoce un último resplandor a través de Sor Juana Inés de la Cruz.
Esta sería la trayectoria que vive la poesía española en el periodo histórico
perteneciente al siglo XVII.
¨
Los poetas barrocos también han sido clasificados en NÚCLEOS POÉTICOS.
Maravall insiste en que la cultura barroca es básicamente urbana. La
ciudad constituye un núcleo básico referencial de la literatura de la
modernidad, en el Barroco hay la misma afluencia del escritor a la ciudad (no en
número, sí en porcentaje), a la corte en tanto foco económico y cultural. En
la ciudades tenían su sede las academias, tertulias privadas aunque
promovidas por algún noble donde los poetas solían congregarse.
En estos territorios cortesanos los poetas hallaban el suficiente apoyo para
el éxito y la difusión de sus obras:
>
Madrid: centro básico, donde residen la mayor parte de los
nobles. Aquí se concentra buena parte de la actividad poética española. Lope
de Vega, Góngora, Quevedo, el conde de Villamediana, Gabriel Bocángel,
Valdivieso... y otros muchos producen sus poemas en torno a la villa y corte de
España. Sin embargo, dada la heterogeneidad de los nombres y figuras que
acabamos de citar, resulta prácticamente imposible utilizar el rótulo de
“escuela” o “corriente”.
>
Aragón: Importante ingrediente clasicista: los hermanos
Argensola, y Esteban Manuel de Villegas (importante en su momento por ser el más
clasicista) uno de los que resuelve mejor la traducción de los clásicos y que
se empeñó en tratar de adecuar los versos castellanos al ritmo cuantitativo de
los versos latinos.
>
Sevilla: Núcleo político importante, gran zona comercial
dado que llegaban mercancías de América y del Mediterráneo. Juan de Arguijo,
Rodrigo Caro, Andrés Fernández de Andrada, Francisco de Rioja, Juan de Jáuregui,
Juan de Salinas y Pedro de Quirós.
>
Granada y Antequera son centros importantes de
artistas: arquitectos, pintores, poetas... De estos dos núcleos proceden, por
ejemplo, Pedro Espinosa, Luis Carrillo y Sotomayor, Luis Barahona de Soto y
Pedro Soto de Rojas, entre otros.
>
Salamanca en su condición de ser la ciudad universitaria más
importante de España en el siglo XVII. En torno a este núcleo tenemos a
Esteban Manuel de Villegas y a los hermanos Bartolomé Leonardo de Argensola y
Lupercio Leonardo de Argensola.
Sin embargo, esta clasificación por núcleos territoriales presenta el
inconveniente de que no siempre la pertenencia a una misma zona urbana garantiza
la coincidencia en estilo o gusto poéticos.
D) ASPECTOS TEMÁTICOS Y FORMALES DE LA POESÍA BARROCA. Aunque se trate
de una reducción de elementos muchos más complejos, pueden esquematizarse
algunos aspectos temáticos y formales de la lírica barroca.
1) En función de los contenidos, cabe establecer varios grupos temáticos:
# POESÍA MORAL, FILOSÓFICA Y RELIGIOSA. En este tipo de poesía tiende
a expresarse la visión desengañada de la vida que alterna con la formulación
de ciertas vías de consuelo basados en la ascética cristiana y en el
estoicismo senequista. La mayoría de los motivos proceden de la poesía de
Horacio: el beatus ille (abandono de la ciudad para ensalzar la vida
rural), el carpe diem que cobra ahora tintes de desesperación y desilusión
(hay que vivir apasionadamente el instante, porque nada es perdurable o seguro).
Sin embargo, aparecen nuevas variantes que confieren originalidad a la lírica
barroca:
El tema de las ruinas, emparejado con el medieval del ubi sunt,
significa (veánse los estudios de Stanko V. Vranich, Los cantores de
las ruinas en el Siglo de Oro, 1981) la pervivencia del pasado y la
superioridad de la obra humana sobre su propia vida. Si en el Renacimiento las
ruinas estaban ligadas al tema amoroso, ahora sirven como lección moral sobre
la fragilidad de las cosas y el paso del tiempo. Quevedo en poemas como “Miré
los muros de la patria mía” o el célebre “A las ruinas de Itálica” de
Rodrigo Caro son buenos ejemplos de esta temática.
La muerte y el tiempo son dos obsesiones barrocas. La vida se
convierte en un correr vertiginoso hacia la muerte, en una lucha amarga contra
el paso del tiempo. En la poesía y en la pintura el reloj surge como un
símbolo de esta preocupación. Góngora y Quevedo entre otros dedican varias
composiciones a diversos tipos de relojes: la clepsidra, el reloj de arena, de
campanilla, de sol, etc.
El estoicismo senequista propicia nuevos planteamientos de temas como la soledad
y en las amargas lecciones que enseña la fugacidad de los bienes materiales.
# LA POESÍA AMOROSA ocupa un lugar destacado en el Barroco. En un
principio, los poetas del siglo XVII continúan con la línea trazada por las
tradiciones del amor cortes, el petrarquismo platonismo y el neoplatonismo.
Tal y como demuestra Alexander A. Parker, (La filosofía del amor en
la literatura española 1480-1680, Madrid, Cátedra, 1986).
El viejo amor cortés surgido en la Provenza del siglo XII partía de una
doble visión: la del feudalismo (relaciones de vasallaje) y la del catarismo
(doctrina religiosa que negaba el amor carnal). Por consiguiente el amor se
plantea en la poesía barroca como un “acto de servicio” a una señora o
dama, y como una renuncia a la consumación sexual del deseo, en aras a lo
espiritual y desinteresado. El amor, entonces, se convierte en una experiencia
irrealizable y no correspondida que produce dolor y sufrimiento. Tenemos
entonces los consabidos tópicos del amor como locura, la cárcel, la prisión
o la muerte.
El petrarquismo también canta amores imposibles, pero aportando una
nueva autenticidad más humana y un cálido intimismo que revitalizan los tópicos
del amor cortes que habían degenerado en una hueca retórica. Además, está la
musicalidad que aportan los metros italianos, especialmente el endecasílabo.
Los poetas del Barroco evidentemente continuarán el camino trazado por
Garcilaso en su imitación del modelo petrarquista.
El neoplatonismo
contribuye con su concepción del amor en tanto anhelo espiritual del hombre por
ascender hacia la plenitud y la perfección. El amor se plantea como un
principio vital ligado a la contemplación de la belleza material, pero
trascendiéndola en esa búsqueda de la Belleza (con mayúscula), de la
Divinidad como forma suprema; de ahí el componente místico que suele aparecer
en la poesía amorosa de este periodo.
Lo original de los poetas barrocos consiste en la tensión extrema con
que expresan esta temática. El amor como hermoso ideal está condenado a un
sufrimiento que trae consigo llanto, dolor y muerte, precisamente porque se
trata de una perfección inalcanzable, de una experiencia imposible. De ahí que
el amor cobre unas dimensiones existenciales que no conocen otro igual en la
historia de la poesía española.
# LA POESÍA SATÍRICA Y BURLESCA. Cuando se habla de poesía satírica y
burlesca es corriente referirse a un tipo de literatura donde predomina un
componente crítico y un componente humorístico como rasgos comunes a ambas
manifestaciones. Robert Jammes intentó diferenciar ambas modalidades, señalando
como poesía satírica aquella que tuviera una raíz moral, mientras que
denominaba burlesca a todas las formas que presentan una actitud
inconformista del autor o un cierto regusto por envilecer la realidad.
Dentro de todas estas manifestaciones podríamos intentar hacer una clasificación
según aquello que sea el objeto de la crítica del poeta:
a. Estamentos o grupos sociales: la corte, los políticos, los
ricos (dentro de las cuales podríamos diferenciar un subgrupo en el que el
dinero se convierte en el objeto de crítica) o, incluso, los pobres.
b. Las profesiones: médicos, sastres, alguaciles o escritores
(donde podríamos incluir el combate literario que se produce entre Quevedo,
Lope de Vega y Góngora), entre otros.
c. Los ideales renacentistas: el heroísmo, el amor o la mujer
(donde encontramos un importante grupo de poemas que entroncan con el tópico de
la misoginia de hondas raíces medievales).
d. La creación literaria: los temas como el mitológico, los
recursos estilísticos, las metáforas, los cultismos y neologismos también son
objeto de burla para los mismos poetas que practican tales mecanismos expresivos
o tales contenidos.
e. La propia vida, y su consecuencia, la muerte, también se
convierten en diana para los dardos barrocos.
Las causas de esta actitud hay que buscarlas en un carácter esencial de la época,
como es la actitud desengañada del artista, su desilusión ante lo que la
realidad de su tiempo puede ofrecerle.
# OTROS TEMAS. Al margen de la poesía de circunstancias (panegíricos
a nobles o personajes célebres de la corte, elegías, poemas en torno a festividades
religiosas o a celebraciones civiles y militares), en la poesía
barroca se tratan algunos temas como:
La mitología es una constante de la poesía barroca que se expresa a
través de poemas narrativos de mayor o menor extensión (desde extensas fábulas
mitológicas como el Polifemo hasta poemas menores como sonetos,
epigramas, etc.), pero también en las incontables alusiones, referencias y tópicos
que inundan cientos de composiciones de diversa índole: amorosas, satíricas,
morales, etc. Aunque a menudo se emplea como símbolo de las hondas tensiones de
humanismo vitalista barroco (mitos como el de Tántalo, Sísifo, Prometeo, Píramo
y Tisbe, etc.), también suele utilizarse como simple pretexto para los juegos
expresivos y conceptuales tan gustados por los poetas del siglo XVII.
Desde el Renacimiento, la pintura ocupa un lugar preeminente en el panorama artístico,
hasta el punto que se convierte en moda que con frecuencia impregna o influye a
la poesía en tanto ojo que habla. Tenemos entonces los poemas descriptivos
en los que, además del consabido retrato o descripción del objeto o de la
persona, aparecen determinadas técnicas pictóricas como el claroscuro y la
elocución de imágenes poéticas relativas a los colores y demás sensaciones
visuales.
Por otra parte, la poesía descriptiva presenta dos direcciones: a) como
localización espacial de una historia o de una vivencia personal, mediante
el jardín en múltiple variante de artificio que permite la descripción
de elementos y objetos florales, y del locus amoenus que entronca con el
mito del edén; b) lo puramente descriptivo: el retrato o la pintura de
un objeto considerados en sí mismos en tanto expresión de esa obsesión
barroca por hacer perdurables los seres y materias de la vida terrenal y
perecedera.
Una vez trazado el panorama general de la poesía lírica del Barroco español,
estamos en condiciones de enumerar brevemente sus poetas, a excepción de Góngora,
Lope de Vega y Quevedo que serán analizados con la extensión que merecen.
1.-La ciudad de Zaragoza confirmó su puesto de honor en la
poesía del siglo XVII cuando la antología Flores
de poetas ilustres (1605) de Pedro de
Espinosa incluyó el nombre de Argensola.
Lupercio Leonardo de Argensola
(1559-1613) y su hermano Bartolomé Leonardo de
Argensola (1561-1634) obedecen a lo que se ha dado en llamar clasicismo aragonés.
Los dos hermanos presentan puntos en común: la poesía
moral y satírica, la influencia de Horacio y de Persio,
Juvenal y Marcial,
y el escaso interés por la poesía popular.
Pese a la poda que Lupercio realizó de sus poesías, su hijo Gabriel Leonardo editó las obras de los dos hermanos en 1634, bajo
el título de Rimas.
Discípulos suyos se consideran Martín Miguel Navarro
y Esteban Manuel de Villegas (1589-1669), recordado por sus Eroticas
o amatorias.
2.- Un grupo de poetas de este siglo se centra en Sevilla y es heredera
de Fernando de Herrera.
Su maestro es Juan de Arguijo (1567-1623), que dilapidó la
fortuna paterna en lujos y fiestas. Este sevillano escribe una poesía académica
y formal, seguidora del arte
frente a la espontaneidad. Se recuerdan sus sonetos,
mitológicos o dedicados a escenas históricas, que sorprenden por su
modernidad.
Discípulo suyo y sevillano también, debe considerarse a Rodrigo Caro (1573-1647), autor de una Canción a las ruinas de Itálica,
donde se observa el interés por lo histórico y arqueológico. Andrés Fernández de Andrada (1575-1648) completa este pequeño
grupo de sevillanos con su Epístola moral a Fabio, donde las notas
cultas quedan atenuadas por hondas reflexiones morales y la búsqueda de una paz
lejos de la corte.
>
Aunque ligeramente fuera de las fechas propuestas, encontramos
primeramente al antequerano Pedro de Espinosa (1578-1650), seguidor de Fernando
de Herrera. Se le ha recordado por su imprescindible antología, Flores
de poetas ilustres, de 1605, donde incluyó obras propias, como la famosa y
original Fábula del Genil. Se trata de un mito en la línea de Ovidio
acerca del río de Granada. Destaca su obra religiosa y espiritual,
principalmente su Salmo a la perfección de la naturaleza donde resuenan
ecos de la visión de las criaturas naturales que el místico Fray Luis de
Granada aportó a la literatura española.
>
Juan de Jáuregui (Sevilla, 1583 - Madrid, 1641) fue pintor
y poeta. Retrató a Cervantes, tradujo la Aminta de Tasso y a Lucano. En
1618 publicó, en Sevilla, su primer libro de poemas, que salió a la luz con el
neutro nombre de Rimas. Sin duda, 1624 fue el año más importante de la
trayectoria poética de Juan de Jáuregui, pues el protagonismo que tanto
ansiaba alcanzó su punto álgido con la aparición de sus dos obras más
significativas: el Orfeo (poema mitológico) y el Discurso poético.
Esta última obra muestra no sólo la faceta de teórico de la poesía –por
ejemplo, en 1616 publicó el Antídoto contra la pestilente poesía de las
Soledades–, sino también de su propia evolución como poeta, pues
defiende un estilo culto y elevado pero equidistante por igual de Góngora y de
Lope. Lo cual provocará la respuesta airada del Fénix y de Quevedo.
>
Francisco de Rioja (1583-1659), también sevillano, trató
a poetas como Herrera, Francisco Pacheco, Arguijo o Rodrigo
Caro. Combinó la carrera eclesiástica con la cortesana, bajo la protección
del Conde Duque de Olivares. Escribe sonetos amorosos, poemas horacianos,
silvas, etc. con gran sensibilidad ante la naturaleza. Se
recuerdan especialmente sus poemas a las flores.
>
Luis Carrillo y Sotomayor (1585-1610) nació en Baena (Córdoba).
Poeta y soldado, escribe sonetos amorosos, églogas y canciones.
Su Fábula de Acis y Galatea pudo estimular, aunque no influir, en el Polifemo
de Góngora. Apreciado por Quevedo, tradujo De brevitate vitae
de Séneca. Sus obras se editaron póstumamente, en 1611, con errores
corregidos en ediciones posteriores.
>
Entre los poetas del círculo de Lope de Vega figura el
murciano Jacinto Polo de Medina (1603-1676), autor de las Academias
del jardín (1630). De ese mismo año es El buen humor de las
Musas, que le ganó fama de poeta satírico y burlesco, por encima de
sus composiciones morales y casi próximas a Góngora.
>
El madrileño Juan de Tassis, conde de Villamediana
(1583-1622), no dudó en considerarse discípulo de Góngora. Su vida
estuvo asociada con el escándalo cortesano. Fue asesinado en la calle Mayor de
Madrid, por motivos mal aclarados, lo cual dio lugar a leyendas sobre su muerte.
En Italia apreció la poesía de Giambattista Marino. Importante poeta
amoroso expresa un hondo petrarquismo barroco, a través del sobrenombre de Ícaro
que refleja el doloroso orgullo de haber amado, a pesar del fracaso Por encima
de su poesía moral destaca la mitológica:. Su obra más famosa
fue la Fábula de Faetón, poema gongorino de hacia 1617. Más tarde
compuso La Gloria de Niquea (1622). Sus poesías se publican póstumas en
Zaragoza, 1629.
>
Sobrino de Barahona de Soto[1]
fue el también granadino Pedro Soto de Rojas (1584-1658), amigo de Góngora,
que combinó las ambiciones cortesanas con la carrera eclesiástica. Su primer
libro de poesía ofrece obras en la línea petrarquista y fragmentos mitológicos
brillantes, pero donde destaca sorprendentemente es en el Paraíso cerrado
para muchos. Jardines abiertos para pocos, poema dividido en siete mansiones,
que representan secciones de los jardines de su carmen granadino y
concluye en un verdadero paraíso, alabando al Señor.
>
En el grupo de poetas afines a Gongora encontramos a Gabriel
Bocángel y Unzueta (1603-1658), nacido en Madrid, cuyos apuros familiares y
económicos no le impidieron publicar en 1637 su libro de poemas La lira de
las Musas.
>
Francisco de Trillo y Figueroa (1618-1680) será el broche
final de los seguidores de Góngora. Su poesía permanece aun hoy en
parte manuscrita.
Nace en Córdoba y vive allí la mayor parte de su vida. De
joven estudió en la Universidad de Salamanca pero pronto regresó a Córdoba.
Allí en 1585 se hizo sacerdote y fue nombrado racionero de la catedral. En 1603
estuvo en Valladolid, residencia entonces de la corte, y allí comenzó una
guerra literaria entre él y Francisco de Quevedo. Esta guerra fue terrible, ya
que ambos poetas se odiaban mutuamente y se atacaban poéticamente en forma
escandalosa. La guerra se acentúa durante la residencia de Góngora en Madrid,
ahora corte, en 1626. En un poema, Quevedo dice sobre Góngora que «Yo te untaré
mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla», haciendo hincapié
en una supuesta ascendencia judía de Góngora. En otra ocasión, Quevedo compró
la casa donde vivía Góngora y Góngora se vio obligado a abandonarla. En una sátira,
Quevedo menciona que para perfumar la casa y «desengongorarla» quemó poemas
de Garcilaso. Antes de que Góngora muriera, Quevedo le escribió un epitafio en
vida donde dice: «Este que en negra tumba, rodeado / de luces, yace muerto y
condenado, / vendió el alma y el cuerpo por dinero / y aun muerto es
garitero[...] / [...] la sotana traía / por sota, mas que no por clerecía; /
hombre en quien la limpieza fue tan poca / (no tocando a su cepa / que nunca,
que yo sepa, se le cayó la mierda de la boca. / Este a la jerigonza quito el
nombre, / pues después que escribió cíclopemente, / la llama jerigóngora la
gente [...] / Fuese con Satanás culto y pelado: / ¡mirad si Satanás es
desdichado!»
Las obras de Góngora constan de unos 94 romances auténticos (18 atribuibles),
121 letrillas (26 atribuibles), 167 sonetos (53 atribuibles), 33 composiciones
diversas de arte mayor (versos largos), 3 poemas largos (Fábula de Polifemo
y Galatea, Soledades, y Panegírico al duque de Lerma [su
protector]), y dos obras dramáticas (Las firmezas de Isabela y El
doctor Carlino), y 124 cartas.
La fama e influencia de Góngora fue extraordinaria en el siglo XVII y continuó
durante la primera mitad del XVIII. Tuvo enseguida comentaristas de sus obras
como si se tratara de un poeta clásico y antiguo. Tuvo sin embargo sus enemigos
en Lope de Vega y Francisco de Quevedo. En 1620, el humanista Francisco de
Cascales, censurando la oscuridad de Góngora, lo llamo «príncipe de tinieblas».
A partir de 1737, en que Luzán publica su Poética (una
preceptiva neoclásica), comienza la reacción contra Góngora y esa actitud
negativa dura hasta fines del XIX. Por supuesto, la condenación se refiere a
sus obras difíciles, especialmente a las Soledades y a la Fábula de
Polifemo y Galatea. Sus obras más fáciles, sobre todo sus romances y
letrillas, siempre fueron apreciados. La poesía difícil, sin embargo, no sólo
era condenada sino que llegó a no entendérsela.
La reivindicación de Góngora comenzó a fines del siglo XIX con los
simbolistas franceses como Paul Verlaine y Stéphane Mallarmé y,
consecuentemente, el modernista nicaragüense Rubén Darío. Todos estos
poetas veían en Góngora el artista hermético, raro, incomprensible y
rechazado por la crítica académica y oficial. También veían en él un aliado
contra el realismo de la época, y el interés en crear una poesía exquisita,
aristocrática, de esforzada perfección que sustituyera el mundo de las cosas
por otro de representaciones. En este siglo, la reivindicación de Góngora
empieza con el famoso ensayista mejicano Alfonso Reyes (Cuestiones gongorinas,
1927). En este mismo año, 1927, empieza también la reivindicación gongorina
en España cuando se celebra el tercentenario de su muerte. Poetas famosos españoles
de esa época como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro
Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego,
Luis Cernuda y Vicente Aleixandre vieron a Góngora como poeta-símbolo
de su generación. Esta generación de poetas se interesa en el arte
deshumanizado y antirrealista, en la intensa perfección formal, y en
intenciones puramente estéticas, o sea, en el arte por el arte. El cabecilla de
este grupo es el poeta Dámaso Alonso. En ese mismo año apareció también
una edición de las Soledades de Góngora, acompañada de una versión en
prosa, publicada por Dámaso Alonso.
La actualidad de Góngora está en
baja ahora ya que la poesía actual responde a otros llamamientos y busca otros
caminos, una línea más humana y menos estetizante.
En cuanto a su trayectoria poética, tradicionalmente se ha hablado de dos épocas
o dos maneras en la obra de Góngora. Ésta ha sido la tesis defendida por Menéndez
Pelayo principalmente. Así se ha hablado de:
>
El «príncipe de la luz», que correspondería a su primera etapa
como poeta, donde compone sencillos romanes y letrillas, merecedores de las
alabanzas por parte de la crítica hasta el Neoclásico.
>
El «príncipe de las tinieblas», es el autor de los poemas
oscuros, ininteligibles. Hasta la época romántica, esta parte de su obra fue
duramente criticada e incluso censurada por el mismo Luzán. Esta segunda época
tendría como fecha inicial el año 1610, cuando se cree que compuso la oda el A
la toma de Larache.
Si bien ha sido ésta una teoría defendida por muchos estudiosos de la obra de
Góngora, no todos los críticos están de acuerdo. Dámaso Alonso entre
otros, defienden la tesis de que siendo real y palpable la idea de que existen
dos maneras de cultivar el género poético, éstas no tienen un corte cronológico,
sino que se conjugan a lo largo de su poética. Si hubiera que hacer un corte
entre ambas formas poéticas no sería longitudinal, sino transversal.
Así, las letrillas y romances atribuidos a su primera época, no están exentas
de artificio, como la crítica ha querido ver. Los juegos de palabras, las
alusiones a conceptos desconocidos, la sintaxis empleada en gran parte de estas
composiciones, son hoy día elementos de conflicto y dificultad para los
comentaristas más expertos. Si bien, la brevedad de sus versos, la musicalidad
del ritmo, y el uso de formas tradicionales disfrazan tal complejidad y
artificio retórico.
No debemos por tanto, pensar en la existencia de un corte radical en la manera
de componer de Góngora, sino que ambas formas coexisten, aunque gradualmente, a
lo largo de su obra.
Sin embargo, con ser esto cierto, Lázaro Carreter demuestra que en Góngora
hay una evolución: el poeta cordobés, en sus años de madurez, intensifica y
aumenta la concentración de los elementos cultos, de la oscuridad poética tal
y como su singular genio lo entendía. Según Emilio Orozco, esta evolución
se debe a un impulso vital, al cambio espiritual de un Góngora desengañado de
la corte que se refugia en Córdoba natal, que reafirma su conciencia de poeta y
rompe con los preceptos clasicistas. Por último, Robert Jammes señala
que la clave para entender a Góngora reside en aceptar su anticonformismo vital
y su paganismo: las contradicciones de Góngora no se deben al conflicto entre
lo popular y lo culto, lo vulgar y lo sublime, sino a la lucha interior entre un
caballero provinciano y hombre de Iglesia y la rebelión contra el idealismo
petrarquista, agravada por la ausencia de sentimiento religioso.
Los elementos característicos del ESTILO GONGORINO son los siguientes:
1. Amplio uso de cultismos (neologismos de origen latino y
griego); la meta de Góngora era imitar a los escritores de la antigüedad
grecolatina, o sea, imitación de los géneros literarios, los temas, el léxico
de donde vienen los cultismos, la sintaxis y las referencias mitológicas. En Góngora
se logra el triunfo del Renacimiento en esta «poesía límite» como dijo Dámaso
Alonso, pero Góngora no inventa, sólo recoge y amontona. El cultismo le da
a la lengua otro sabor, otro valor fonético y musical, otro acento, sobre todo
en las palabras esdrújulas.
2. Sintaxis dislocada,
inextricable y latinizante, atribuida a una imitación del poeta italiano Marino,
o, en palabras de un crítico francés, Lucien Paul Thomas, a una
alteración de su salud mental (alteración del orden normal de colocación de
las palabras en la frase y empleo abundante del hipérbaton; pero también: a.
La desmesurada longitud del período, b. Abundante proliferación de
sustantivos acompañados de aposiciones, predicados, determinativos, oraciones
con elementos circunstanciales, abundantes oraciones subordinadas y c.
Largos paréntesis o digresiones.
3. Riqueza de imágenes y de metáforas extravagantes
4. Gusto por los elementos sensoriales: color, luz, sonido, tacto,
olor.
5. Gran número de referencias mitológicas.
El resultado es una poesía difícil (la dificultad se consideraba un mérito,
según los cánones barrocos) escrita para minorías cultas, en que lo
importante es el goce estético que produce la bella palabra y los elementos
sensoriales del lenguaje. También es una poesía que alaba la belleza y que es
totalmente cerebral, objetiva, deshumanizante, carente de intimidad o
sentimentalismo, perfecta, poesía pura, poesía donde el poeta se ha eliminado
de su obra completamente.
Su poesía tradicional, sobre todo sus letrillas,
son satíricas (ataca las flaquezas de las mujeres, la hipocresía, la presunción,
la ostentación, a los médicos [«Buena orina y buen color / y tres higas al
doctor»]; son desvergonzadas, chistosas, y obscenas, pero también amargas,
pesimistas, y de advertencia moral. Los romances de Góngora son, con los
de Lope de Vega y Francisco de Quevedo, los mejores de su época. Entre sus
romances habría que destacar La fábula de Píramo y Tisbe, compuesto
con un estilo cuidado y culto, sin embargo el tono general del poema es humorístico,
burlón y sátiro. Constituye este romance un poema único en la obra de Góngora.
También cultiva romances burlescos, moriscos [«Servía en Orán al rey»], de
cautivos, caballerescos [«Angélica y Medoro»], pastoriles, alegóricos,
amorosos, descriptivos y de circunstancias.
Sus sonetos, también como los de Lope y Quevedo, son excelentes.
Predomina en ellos el artificio más que el sentimiento. Son de arquitectura
perfecta tal y como demuestran Dámaso Alonso, Leo Spitzer y Emilio Orozco.
Algunos de sus sonetos más famosos son los que dedica a «la brevedad engañosa
de la vida», donde recrea con maestría el tópico horaciano «carpe
diem», («Mientras por
competir con tu cabello»); o aquellos donde se asoma una chispa de
pasión como en los sonetos amorosos («Ilustre
y hermosísima María...» donde aparece el otro gran tópico del
Barroco «collige, virgo, rosas»; también hay que destacar el soneto
que dedica a su ciudad natal A Córdoba, o al Escorial. Importantes son
también todos aquellos sonetos que dedica como panegírico a la muerte de sus
conocidos, en su mayoría nobles y cortesanos, como el que dedica a la muerte
del marqués de Santa Cruz. En ocasiones el motivo que le lleva a componer un
soneto carece de toda trascendencia, como por ejemplo el que dedica a Felipe III
con ocasión de una montería, convirtiendo las vivencias cotidianas en
pretextos para sacar a la luz su ingenio, así como los burlescos y satíricos.
Tan sólo queda destacar los sonetos compuestos en la última etapa de su vida,
cuando arruinado y enfermo crea composiciones llenas de dolor, tristeza y
soledad, donde el protagonista deja de ser el mundo exterior, para concentrarse
en sí mismo, «En la capilla estoy condenado...».
>
FÁBULA DE POLIFEMO Y GALATEA. Aparece en la Odisea
de Homero, en Teócrito, Virgilio, Ovidio (libro 13 de sus Metamorfosis).
Hay también versiones italianas famosas de Marino y de Tommaso Stigliani, y en
España, de Castillejo, Pérez Sigler, Sánchez de Viana, Gálvez de Montalvo,
Barahona de Soto, Carrillo de Sotomayor [influye en Góngora] y Lope de Vega. Es
famoso este mito en el Barroco por el enfrentamiento de contrarios, sobre todo
el de luz y sombra, y el de lo bello y lo monstruoso. Dámaso Alonso llama
esta obra «la obra más representativa del Barroco europeo». Consiste de 504
endecasílabos agrupados en 63 octavas reales. Hay una gran profusión de
cultismos, complicados hipérbatos, hipérboles desmesuradas y metáforas
proliferadas. No hay en el poema ningún sentimiento de simpatía por el
gigante, como lo hay en el poema de Carrillo, sino estremecimiento, entusiasmo y
refinamiento cerebral.
>
SOLEDADES: Su obra central y la mas gongorina de todas. Aquí
Góngora toma un asunto sin antecedentes directos y elige la silva, cuyas
estrofas ampliables o reducibles a voluntad permiten todo género de
complejidades y proliferaciones sintácticas. Las Soledades iban a ser
cuatro pero no pasaron de dos, y la segunda quedó sin terminar. La primera
tiene 1.091 versos y la segunda quedó detenida en el verso 979. Góngora
supuestamente (según Pellicer) deseaba simbolizar en las cuatro Soledades
las cuatro edades del hombre: a) En la primera la juventud con amores,
prados, juegos, bodas, y alegrías; b) En la segunda la adolescencia, con
pescas, cetrería, navegaciones; c). En la tercera la virilidad, con
monterías, cazas, prudencia, y economía; d) La cuarta la senectud, y
allí, política y gobierno. El argumento (según Díaz de Rivas) de la
obra son los pasos de un peregrino en la soledad: la primera Soledad se
intitula Soledad de los campos y las personas que se introducen son
pastores; la segunda es la Soledad de las riberas; la tercera Soledad
de las selvas; y la cuarta, Soledad del yermo.
Tal como han quedado, el contenido de las Soledades es el que sigue. En
la primera se nos presenta a un joven que, desdeñado por su amada, llega náufrago,
salvado sobre una tabla, a la costa y es acogido por unos cabreros. Pasa con
ellos la noche y a la mañana siguiente emprende camino y encuentra a un grupo
de serranos y serranas que se dirigen a unas bodas. Al frente del grupo va un
viejo que ha perdido un hijo en el mar y mira por ello al náufrago con
particular simpatía. Invita al joven a que lo acompañe y asista a las bodas.
El viejo condena también en un largo discurso a la ambición, causa de todos
los males marítimos. Entre danzas y fuegos de artificio concluye el día. A la
mañana siguiente los novios, adornados de flores, se encaminan a la iglesia
donde se efectúa la ceremonia nupcial. Después hay un banquete y competencia
de juegos atléticos. Anochece.
Con el nuevo día comienza la soledad segunda. El joven peregrino acompaña a
unos pescadores y llega con ellos a una isla. El joven refiere sus cuitas
amorosas. Comen en la isla sobre la hierba. Se hace tarde. Deciden ir de caza.
Tal como están, los Soledades son de asunto leve; consisten en una
sucesión de escenas pastoriles de pesca y caza unidas apenas por la presencia
del peregrino que sufre de amor. Hay en todo el poema una exaltación de las
fuerzas naturales y un menosprecio de la vida de la corte (beatus ille).
>
El PANEGÍRICO AL DUQUE DE LERMA es un poema cortesano y
adulador de 632 versos, sin emoción. Así que el Polifemo mira hacia la
antigüedad grecolatina; las Soledades miran hacia la belleza natural, y
el Panegírico corresponde a la poesía cortesana y suntuaria. Después
de Góngora, sus imitadores fracasaron ya que este tipo de poesía limite no
admitía continuadores. Sin embargo, su estilo invadió, sin excepción, todos
los géneros, sobre todo el teatro y la oratoria. También el español, gracias
a Góngora, experimentó uno de los más densos enriquecimientos que ha conocido
a lo largo de su historia.
BIOGRAFÍA.
Nació
en Madrid, el 25 de noviembre de 1562, en el seno de una familia artesana; su
padre era bordador. Desde muy niño mostró gran disposición y facilidad para
las letras. Estudió en un colegio de la Compañía de Jesús y después en las
universidades de Alcalá y Salamanca. En 1583 participó como soldado en la
expedición a las Azores que, al mando de don Álvaro de Bazán, sirvió para
conquistar la Terceira, la última isla que faltaba por incorporar a la corona
de Portugal, entonces en manos de FelipeII.
A los diecisiete años se enamoró de la actriz Elena Osorio, que estaba
separada de su marido y con la que vivió un tormentoso y apasionado idilio que,
muchísimos años después, ya en su vejez, recreó en la novela dialogada La
Dorotea (1632). Elena Osorio será la Filis de sus poemas de esa época. Al
abandonarle su amada, hizo circular por Madrid unos versos ofensivos para ella y
su familia, que le valieron un proceso y una pena de destierro en 1588. Decidió
cumplir el destierro en Valencia y salió de Madrid en febrero de dicho año.
Tres meses después, en mayo, se casó por poderes con Isabel de Urbina, mujer
de familia noble y acomodada; hay fundadas sospechas de que Lope, transgrediendo
la pena de destierro, no se encontraba lejos de la iglesia donde la boda se
estaba celebrando. Lope ha hablado algunas veces de su participación en la
Armada Invencible en 1588, pero los críticos no están muy seguros de que eso
fuera verdad. Con su esposa Isabel, la Belisa de sus poemas, vivió en Valencia
hasta 1590, y después, protegido por los duques, en Alba de Tormes, donde murió
Isabel en 1594. Al año siguiente fue perdonado y volvió a Madrid, donde ya era
famoso y admirado como autor teatral.
Su nuevo amor, Micaela Luján, era una mujer bella e inculta a la que ya le había
dirigido versos desde 1593 con el nombre de Camila Lucinda. Micaela
estaba casada, y mantuvo relaciones con Lope quince años, dándole cinco hijos,
dos de los cuales fueron sus preferidos: Marcela (1606) y Lope Félix (1607). A
pesar de esta relación con Micaela, el 25 de abril de 1598 contrajo matrimonio
con Juana de Guardo, mujer extraordinariamente vulgar, hija de un rico
abastecedor de carnes que nunca hizo efectiva la dote que había prometido a su
hija. Juana le dio varios hijos de los que sobrevivieron Juana y Carlos Félix
(1606).
Los primeros años del sigloXVII presentan a un Lope que asombra por su
desmesura: amores, a veces desgraciados y siempre difíciles, se entremezclan
con una incesante producción literaria y teatral; en 1604 publicó una
complicada novela, El peregrino en su patria, en la que insertó la lista
de las obras que llevaba escritas hasta entonces: son 219 títulos y Lope tenía
sólo 41 años. En 1608 rompió con Micaela Luján y se produjo en él un
arrepentimiento que puso de manifiesto en sus poemas religiosos; también aumentó
su dedicación al hogar y a su hijo, Carlos Félix, nacido en 1606.
En 1609 publicó el poema Arte nuevo de hacer comedias, en el que
explicaba su concepción del teatro y que se convertiría en el canon del teatro
español de esa época: ruptura con los preceptos del teatro clasicista, mezcla
de lo trágico y lo cómico, variedad de estilos dentro del decoro poético,
versos y estrofas variadas e intercalación de elementos líricos.
En 1612 murió su hijo preferido, Carlos Félix, y un año después su mujer,
Juana de Guardo; Lope sufrió una grave crisis emocional y en 1614 se ordenó
sacerdote. Los actores y el público seguían asediándole para que continuara
escribiendo comedias, cosa que hizo, al mismo tiempo que volvió a caer en amoríos.
En 1616 conoció a Marta de Nevares, muchacha de 26 años que a los trece se había
casado contra su voluntad con un mercader. Marta era guapa y estaba dotada para
la música y la literatura: fue la Amarilis y la Marcia Leonarda de sus poemas y
novelas. Lope vivió momentos de prosperidad económica.
En 1621 su hija Marcela ingresó en el convento de las Trinitarias, quizá
para huir de la vida irregular de su padre; y ese mismo año su hijo Lope Félix
salió de casa para iniciar la carrera de las armas, que le llevó a la muerte
en un naufragio frente a las costas de Venezuela en 1634. Hacia 1623 Marta de
Nevares se quedó ciega y luego perdió la razón; hasta su muerte, en 1632,
Lope estuvo a su lado cuidándola abnegadamente. En 1634 su hija Antonia Clara,
tenida con Marta, de sólo diecisiete años, se fugó con un galán, llevándose
joyas y dinero. Esta fuga y la muerte de su hijo Lope Félix lo llenaron de
tristeza, y el 27 de agosto de 1635 murió en Madrid. El público madrileño,
conmovido, acudió en masa a su entierro.
POESÍA LÍRICA.
Poeta impulsivo, abierto y supuestamente fácil, no cerebral y aristocrático
como Góngora. Fue amigo de Francisco de Quevedo y enemigo de Juan Ruiz de Alarcón,
Miguel de Cervantes y Luis de Góngora. Sin embargo, Lope admiró la elegancia,
el ingenio y la cultura de Góngora.
Les falta hondura a muchos de los versos de Lope, ya que escribía a la carrera
(escribió 3.000 sonetos). Es demasiado fácil, supuestamente. Pero Lope tuvo
mucha intuición y poetizó todo: su vida, sus amores, sus tristezas, sus alegrías,
sus desgracias, su vida casera. Esto nos lo acerca hoy poética y humanamente.
Se considera gran poeta por a) La gracia de su decir y la ternura y
dulzura que sabe poner en sus versos, b) La perfección de sus versos, c)
La sinceridad y pasión con que se expresa.
Para Lope, la poesía era expresión de la vida y no sólo creación estética.
Publicó Lope sus poesías en su tiempo en varias colecciones de varios autores
y en cuatro libros suyos: 1. Rimas humanas (1602); 2. Rimas
sacras (1614); 3. Triunfos
divinos (1625); 4. Rimas
humanas y divinas de Tomé Burguillos (1634).
Sus formas poéticas favoritas eran 1. Los romances: impetuosos en su
juventud, melancólicos en su vejez; 2. los villancicos, seguidillas, y
canciones de tipo popular (esto gustó mucho a los poetas españoles de la
Generación de 1927 como Lorca, Alberti, y otros); 3. Los sonetos y las
formas cultas más extensas como las epístolas y las églogas.
>
Romances: Los romances eran entonces el género de
moda. Originalmente, los romances fueron usados para temas nacionales, históricos
y heroicos, y no para los personales asuntos de amor. Lope los usó para cantar
el amor. Adquirieron en manos de Lope los romances inmediata popularidad y
fueron recogidos en colecciones de romances impresos en el Romancero general de 1600 y 1604. Un romance famosísimo es el de «A
mis soledades voy», que aparece en una obra novelada de Lope de Vega llamada La
Dorotea. Lope también compuso romances religiosos (Rimas
sacras).
>
Sonetos: Lope tenía especial predilección por los
sonetos, cuya estructura fija permitía la reflección. Era el vaso especial
para encerrar un pensamiento en forma ceñida y apretada, y permitía además
ricas combinaciones de artificios poéticos. Lope suele distribuirlos en dos
momentos: a) uno ascendente (los cuartetos) y b) otro descendente (los
tercetos). Se incluyen muchos de estos sonetos en las Rimas,
pero también en otras obras no líricas como la Dragontea, poema épico sobre Francis Drake, el pirata inglés,
terror de los mares y de la cristiandad. Sus sonetos son sensuales y de fina
sensibilidad poética, de tema histórico, mítico y de amor. Algunos, sobre
todos los religiosos y cuasi místicos (Rimas
sacras), son amargos, sentimentales y hondamente espirituales.
>
Letrillas para cantar: cantares populares de boda, de
vendimia, de siega, de bautizo, de bienvenida, de segadores.
Epístolas, églogas, odas, canciones: La epístola, en tercetos
generalmente, fue un género de moda durante el Renacimiento. Eran de tono académico
y moral. Lope supo superar este género. Entre sus églogas, las más famosas y
dolorosas son la «Amarilis», escrita después de la muerte de Marta de Nevares
y publicada en Madrid en 1633, y su «Égloga a Claudio», donde habla de su
amor por Elena Osorio.
>
Poemas epicos: Entre sus poemas
épico-narrativos, que escribió bajo la influencia de los italianos Ludovico
Ariosto y Torquato
Tasso, destacan La hermosura de Angélica (1602), La
Jerusalén conquistada (1609) o La Dragontea (1602), y entre los
burlescos, La Gatomaquia (1634), farsa cuyos protagonistas son unos gatos
callejeros que comentan la vida de Madrid.
|
EXTRACTO DE Juan Manuel Rozas, “Góngora, Lope, Quevedo.
Poesía de la Edad de Oro, II.”, en, Literatura
de España, dirigida por Francisco Ynduráin, II, Edad de Oro,
Madrid, Editora Nacional, 1972, pp. 357-372. -- Reeditado en Estudios
sobre Lope de Vega, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 427-444 |
Nació en Madrid, el 17 de septiembre de 1580. Sus
padres ocupaban puestos de confianza en la corte. Quevedo cursó los primeros
estudios con los jesuitas, y después fue estudiante en la renacentista
Universidad de Alcalá de Henares. Prosiguió sus estudios de Teología y Patrística
en la Universidad de Valladolid, donde se había trasladado la corte (1600). En
esta época se supone que inició su amistad con Pedro Téllez Girón, más
tarde duque de Osuna.
Cuando tenía veinte años comienzan a popularizarse sus romances satíricos,
sus letrillas (Poderoso Caballero) y sus chispeantes Cartas del
caballero de la Tenaza, lo que le granjean temprana fama de hombre
ingenioso y procaz. Quevedo empieza a frecuentar la vida literaria y a
interesarse por la política. Conoce a Cervantes, inicia su amistad con Lope de
Vega, y mantiene correspondencia con el humanista flamenco Justo Lipsio sobre
temas filosóficos. En esta etapa vallisoletana destaca la animadversión entre
el joven Quevedo y el grave y no menos ingenioso Góngora.
En 1613 Quevedo traduce, tras una aguda crisis religiosa, el Heráclito
cristiano, y poco después las Lágrimas de Hieremías castellanas.
Siempre al servicio del duque de Osuna, a partir de 1615 comienza un largo
periplo por Italia como embajador de Sicilia y Roma: espiando en Niza al duque
de Saboya, huyendo fugitivo a Génova... En 1615 vuelve a Madrid con donativos
reales y la misión diplomática de obtener el virreinato de Nápoles para su
protector. Lo consigue, y en 1617 Felipe III otorga a don Francisco el hábito
de la Orden de Santiago.
Las acusaciones contra el duque de Osuna por el asunto de la Conjuración de
Venecia lo hacen caer en desgracia y arrastran consigo a Quevedo, que sufre
difamaciones y amenazas. Desengañado de la política, Quevedo se retira a la
Torre de Juan Abad, donde reanuda su quehacer literario (Política de Dios,
gobierno de Cristo. Vida de Fray Thomás de Villanueva, poemas a Lisi).
Tras una breve estancia en la prisión de Uclés en 1621, es confinado
nuevamente en la Torre, donde sigue escribiendo.
La muerte de Felipe III y la ascensión al poder del conde-duque de Olivares
precipitan la caída de Osuna. Quevedo es llamado a declarar en el proceso
contra éste, donde se venteó el escándalo de los sobornos y se dieron a
conocer las cartas intercambiadas entre el propio Quevedo, el acusado y varios
favoritos y nobles cortesanos. Quevedo es absuelto, pero en 1622, por un real
decreto de puño y letra de Felipe IV, es desterrado otra vez a la Torre de Juan
Abad. Enfermo de «tercianas malignas» consigue permiso para trasladarse a
Villanueva de los Infantes. Regresa a la Corte, y vuelve a relacionarse con el
mundillo literario y político.
Con el tiempo aumentan los enemigos de Quevedo. Tras escribir la primera parte
del Marco Bruto aparece El Rómulo. Se recrudecen los ataques
contra Quevedo y su obra: en la Apología al Sueño de la Muerte
se le moteja de borracho; en la letrilla Pata-coja se ridiculizan sus defectos físicos
y su vida sexual. El resentido Pacheco de Narváez denuncia la Política de
Dios, el Buscón y otras obras a la Inquisición. Quevedo
contraataca con una Perinola que sólo consigue aumentar la inquina de
sus enemigos.
Presiones diversas, intereses políticos, compromisos económicos le llevan en
1634 a contraer matrimonio con doña Esperanza de Mendoza, viuda de Fernández
Liñán de Heredia y señora de Cetina. Es un enlace infortunado y breve.
Retirado en la Torre de Juan Abad, inicia con su amigo Sancho de Sandoval una
apasionante correspondencia, que no interrumpe hasta su muerte. Realiza una
traducción de un apócrifo de Séneca, escribe el Epícteto... En 1635
se publica en Valencia el máximo y más feroz de los ataques lanzados por los
enemigos de Quevedo: el libelo titulado El tribunal de la justa venganza,
erigido contra los escritos de Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor
en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático
de vicios y protodiablo entre los hombres.
A partir de 1637 la vida de Quevedo discurre, pacíficamente, entre la Torre de
Juan Abad y Madrid. Lee mucho, escribe siempre y estudia constantemente. Pero no
se desentiende de la actualidad política, como prueban sus cartas.
En diciembre de 1639 es detenido en casa del duque de Medinacelli y encerrado en
la prisión de San Marcos de León, donde permanecerá cuatro años, hasta la caída
del conde-duque de Olivares. Las protestas de inocencia de Quevedo no son
escuchadas hasta junio de 1644, cuando parece demostrarse que se ignora el
motivo de su detención. Mientras, ha seguido trabajando en sus poemas, epístolas
y obras morales.
Cansado, viejo y enfermo, se traslada a Villanueva de los Infantes. No deja de
pensar en su obra: dicta capítulos del Marco Bruto y proyecta, por
primera vez, una recopilación de sus poemas que nunca podrá realizar, pues la
muerte le sobrevino el 8 de septiembre de 1645.
A requerimiento del editor Pedro Coello, don José González de Salas se encargó
de recoger la mayor parte de los poemas quevedescos dispersos, publicándolos en
1648 en Madrid bajo el título de El
Parnaso español, monte en dos cumbres dividido, con las nueve musas.
En 1670 aparece en la Imprenta Real de Madrid Las tres Musas últimas
castellanas. Segunda
parte del Parnaso español, cuya edición, tan
nefanda y descalificable como la de Salas, corrió a cargo del sobrino y
heredero del poeta, don Pedro Aldrete.
La imagen de Quevedo.
Quevedo es más una literatura que un hombre, así lo
definió Borges. Su obra es difícil e imposible de constreñir en unos
moldes preestablecidos, por su amplitud y diversidad. Quevedo lo probó todo: la
versatilidad y amplitud de sus temas sólo es comparable a la riqueza de su
vocabulario, ya que probó todos los géneros literarios.
El teatro es lo menos logrado y popular de su producción, pero escribió algún
que otro entremés interesante.
Más trascendencia corresponde a su prosa. Difícil es clasificarla
correctamente. Si algo singulariza a nuestro autor es que, escribiera lo que
escribiese, a todo trataba por igual. Cuidaba la expresión y la inventiva, ya
fuera un elogio a vuela pluma o un tratado doctrinal, un prólogo de
circunstancias o una traducción clásica, un juguete satírico o una carta al
amigo... Sin embargo, hay obras que destacan entre las demás: obras festivas
como las Premáticas, el Libro de todas las cosas y las Cartas
del caballero de la Tenaza; obras satírico-morales como los Sueños,
el Discurso de todos los diablos, La fortuna con seso y la hora de
todos; obras de crítica socio-literaria como la Aguja de navegar
cultos, La Perinola, Cuento de cuentos, La culta latiniparla; obras ético-políticas
como España defendida y los tiempos de ahora, Política de Dios,
la Vida de Marco Bruto; y tratados ascéticos como La cuna y la
sepultura, Virtud militante, Providencia de Dios. Sin olvidar su
única novela: el Buscón.
Quizás lo más destacado y valioso, lo mejor de toda la producción literaria
de Quevedo es, junto con el Buscón, los Sueños y La hora
de todos, su poesía.
Góngora se interesaba por los
valores fónicos, sensoriales e imaginativos del lenguaje. Quevedo es el gran
maestro del conceptismo. El concepto según ha observado la crítica
especializada en materia de poesía barroca, puede ser
>
Un juego de palabras,
>
Una agudeza de ingenio,
>
Un adentramiento intuitivo en la esencia de un tema poético (el
amor, la muerte, el tiempo).
Como señala García Berrio, si la esencia de Góngora y el culteranismo
es la “oscuridad”· expresiva, la de Quevedo y el conceptismo es la
“dificultad”. El concepto apela
a la imaginación, no a los sentidos. La poesía conceptista es poesía de
contenido. La palabra está al servicio de un contenido conceptual y emocional.
La poesía de Quevedo es amorosa, satírica, burlesca, metafísica, moral,
religiosa, fúnebre, escatológica y hasta lo que hoy llamaríamos
existencialista. Escribió poesías encomiásticas, romances, letrillas, sonetos
y jácaras.
Sus temas principales son el amor, la muerte y el paso del tiempo (tempus
fugit). Idealiza y rebaja la realidad hasta sus últimas posibilidades. Su
poesía, por lo tanto, se puede considerar, como la de Góngora, como «poesía
límite».
¨En
la poesía amorosa vemos la continuación de la trayectoria
petrarquista de contrarios, dualidades conceptuales y versos bimembres, sobre
todo en los finales de estrofa. Pozuelo Yvancos (El lenguaje poético
de la lírica amorosa de Quevedo, Univ. de Murcia, 1979) y Fernández
Mosquera (La poesía amorosa de Quevedo, Madrid, Gredos, 1999)
subrayan el carácter petrarquista y neoplatónico del amor en Quevedo; lo cual
equivale a rebatir la opinión de Otis H. Green que daba prioridad a la
influencia del amor cortés en tanto eje central de los tópicos amatorios
quevedianos. El caso es que cantó Quevedo a varias damas, entre ellas a
Amarilis, Aminta, Doris, Filis, Flora y Jacinta. A Lisi (Lisis, Lisinda) le
dedicó 65 sonetos, un madrigal y 4 idilios, compuestos a lo largo de 21 años.
Supuestamente, era una dama real, doña Luisa de la Cerda, por quien suspiró
Quevedo por mucho tiempo. El mejor poema de Quevedo, y posiblemente el mejor de
la literatura española, según Dámaso Alonso, es el de «Cerrar podrá
mis ojos la postrera».
Ahora bien, el contraste entre el Quevedo considerado por algunos como el mejor
poeta amoroso de la literatura española y el Quevedo misógino que con tanta
maledicencia zahiere a las mujeres ha de ser convenientemente explicado.
Para ello recurrimos a un artículo de Ignacio Arellano (Quevedo y las mujeres: del amor al odio o viceversa, Diario de Navarra, 1 de diciembre de 2001):
¿Es don Francisco de Quevedo un
misógino, como dicen muchos de sus críticos, un antifeminista, enemigo acérrimo
de las mujeres? Leyendo su obra satírica lo menos que se puede decir es que
no parece tenerles mucha confianza. Las mujeres, eternas enemigas del hombre,
tienen el mismo oficio que los verdugos. Deshonestas, adúlteras, rapiñadoras
y mentirosas, nunca se puede asegurar su fidelidad salvo en la tumba. Toda
aparente decencia es falsa: una dama cortesana se retrata en actitud muy
respetable, adornada de diamantes aunque es «por dentro más blanda que la
cera», y con un gracioso perrito faldero «siendo sus faldas tales de ruines
/ que aún no las guardarán treinta mastines».
El falseamiento esencial se refleja en la afición a los cosméticos y
postizos, que intentan en vano ocultar los estragos de la edad, pero incluso
las hermosas caen en la aberración de su exceso, como la dama descrita en el
poema «Hermosa pintada de demonio» que cubre su belleza con pringues y
mixturas venenosas: «y en esa tez que brota primaveras, / al sol estás y al
cielo estercolando».
De todos los tipos femeninos que retrata Quevedo en esta poesía (todos
negativos), el más atacado es el de la vieja, que concentra en extremo todos
los defectos de la mujer. La «Comisión contra las viejas» desarrolla todo
un variado catálogo de estas «fantasmas acecinadas, / siglos que andáis por
las calles, / muchachas de los finados, / y calaveras fiambres». Las
pretensiones juveniles dan pie al rechazo y a la burla más crueles, como
sucede en el soneto «Vieja vuelta a la edad de las niñas»
O a descripciones grotescas como la de la dueña Quintañona del Sueño de
la Muerte «con una cara hecha de un orejón; los ojos en dos cuévanos de
vendimiar; la frente con tantas rayas y de tal color y hechura, que parecía
planta de pie; la nariz en conversación con la barbilla, que casi juntándose
hacían garra; la boca a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea, sin
diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo simio, y apuntándole ya el
bigote de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza con temblor de
sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el vestido negro,
esmaltando de mortaja la tumba; los ojos haciendo aguas y en el pico de la
nariz columpiándose una moquita, por donde echaba un tufo de cementerio».
En semejante mundo el amor no desempeña
ningún papel. El amante satírico se dedica a su dama menos que a la comida:
«Pídola para el camino / si me despide mi dama; / mas si a mi ventana llama
/ después de comer asomo», y su gran preocupación es impedir que la mujer,
siempre pedigüeña, le saque los dineros, pues, como dice uno de ellos: «Yo
estoy en mi juicio y en mi seso /y estimo más un cuarto que no un beso». La
visión negativa de la mujer implica el tajante rechazo del matrimonio, como
se argumenta en «Riesgos del matrimonio en los ruines casados»: «Antes para
mi entierro venga el cura / que para desposarme»; allá se van matrimonio y
suicidio: «a los hombres que están desesperados / cásalos en lugar de
darles sogas: / morirán poco menos que ahorcados». La mujer es la carga
principal del matrimonio, pero no la única: le acompañan tías, cuñados,
hijos y sobre todo suegra; el casado que soporta semejante penitencia es digno
de ser canonizado, como se sugiere para el protagonista de otro soneto, «un
hombre casado y pobre»
Esta visión tan peyorativa, con su complacencia en los aspectos más
crueles y desagradables, esta radicalización quevediana, se ha explicado por
causas diferentes. Unos la atribuyen a los complejos de un poeta cojo, miope y
feo, enamoradizo pero temeroso de la mujer, que reacciona agresivamente como
autodefensa; otros la conectan con una conciencia cristiana y temor del pecado
que remiten a la figura de Eva, madre pecadora de la humanidad; otros han
llegado a sugerir una homosexualidad latente que se manifiesta en el ataque a
la mujer (Maria Grazia Profetti en un psicoanalítico comentario del
soneto “Érase un hombre a una nariz pegado”); otros a la experiencia
personal de su amancebamiento con la Ledesma y su fracasado matrimonio con la
madura señora de Cetina...Todo eso es seguramente gratuito; lo principal que
habría que tener en cuenta es que la sátira contra la mujer es tradicional y
que no hay modo de escribir sátira en el Siglo de Oro sin la burla misógina.
Quevedo tiene tal fuerza expresiva que nos parece el más violento, pero esa
violencia no es siempre tan ideológica como estilística; lo mismo sucede si
nos fijamos en su sátira contra taberneros, pasteleros, escribanos o
ministros corruptos. Y además, hay que completar el panorama: pues Quevedo no
solo escribió contra las mujeres. También escribió poemas de amor y
retratos femeninos de idealizada belleza, lo cual no significa que necesitara
estar enamorado para escribirlos. No sabemos, en resumen, cuáles fueron los
verdaderos sentimientos personales de don Francisco, pero en todo caso, si se
busca la imagen de la mujer y del amor en su obra, no estará de más poner al
lado de sus diatribas sus poemas de elogio y de amor, como el soneto que para Dámaso
Alonso era el mejor soneto de amor de la literatura española: el poeta
acepta que la muerte acabará con la luz de sus ojos, que su alma será
trasladada más allá del río Leteo -el río de los muertos y del olvido-,
que su cuerpo se deshará en polvo, pero el amor persistirá «constante más
allá de la muerte».
¨El
término de POESÍA METAFÍSICA fue utilizado por Terry, Blecua y
Kelley para designar lo que tradicionalmente se venía considerando como
“poesía moral, estoica, ascética, e incluso satírica (la compuesta a
imitación de los satíricos latinos Persio y Juvenal)”: pesimismo profundo,
casi anticristiano. Son sus poemas como “¡Ah de la vida! ¿Nadie me
responde?”, “¡Fue sueño ayer: mañana será tierra!”, etc. En los que
Quevedo hace palpable su angustia personal, recreando momentos individuales de
tensión existencial. Su desgarro afectivo tiene como tema central la muerte y
de este tema derivan los del carpe diem, la resignación cristiana, la
brevedad de la vida...
Pero su novedad está en el punto de vista existencial que adopta: la vida como
un ser para la muerte. Kelley insiste en cómo para Quevedo la muerte es
una energía constante que amenaza al universo entero. Enfrente se halla la vida
definida (Libro de Job, Séneca) como un movimiento confuso y frecuentemente
violento que el ser humano se manifiesta incapaz de controlar. El contraste
entre las dos fuerzas genera un “sentimiento trágico” (similar al que
siglos más tarde tendrá Unamuno) que unido al tema de la inexorabilidad del
tiempo confiere a Quevedo una intensidad emotiva alcanzada por escasísimos
poetas.
¨POESÍA
BURLESCA Y SATÍRICA. Si Góngora eleva la realidad a lo bello y
lo sublime, Quevedo la derriba, la degrada, la aplebeya, sobre todo el mundo
renacentista mitológico y el caballeresco medieval, como vemos en «Pavura de
los condes de Carrión» y en los poemas de «Apolo y Dafne». Así como sus 25
letrillas, la más famosa siendo «Poderoso caballero es Don Dinero». Se
incluyen aquí también las sátiras contra Góngora. 16 jácaras, romances para
ser cantados, sobre gente del hampa, que usa lenguaje de germanía.
¨
Una variante de la poesía burlesca y satírica es la POESÍA DE CARÁCTER
POLÍTICO. En sátiras como la Epístola censoria al Conde-Duque
(«No he de callar, por más que con el dedo») parece arremeter de forma
vehemente contra el válido del rey; la epístola, sin embargo, más que una
diatriba contra Olivares resulta ser u conjunto de apasionados consejos para el
buen gobierno de la nación. También dentro de la poesía política se incluye
el famoso memorial «Católica, sacra, real Majestad», al que se atribuye la
desgracia y prisión del poeta. Una de las silvas de esta composición es «Es lícito
a un rey holgarse y gastar, / pero es de justicia medirse y pagar[...] Nunca
tales gastos son migajas pocas, / porque se las quitan muchos de sus bocas».
Tiene también poemas donde
demuestra su preocupación sincera por el modo como la desidia regia estaba
agravando la decadencia del imperio: «Sobre el estado de la monarquía» («Toda
España está en un tris / y a pique de dar un tras...»).
Y Hay un soneto «Al mal gobierno de Felipe IV» donde se denuncia que:
«Los ingleses, señor, y los persianos / han conquistado a Ormuz; las Filipinas
/ del holandés padecen grandes ruinas; / Lima está con las armas en las manos;
/ el Brasil en poder de luteranos; / temerosas las islas sus vecinas; / la
Valtelina y treinta Valtelinas / serán del Turco, en vez de los romanos. / La
Liga, de furor y astucia armada, / vuestro imperio procura se trabuque; / el daño
es pronto, y el remedio tardo. / Responde el rey: Destierren luego a Estrada,
/ llamen al conde de Olivares duque, / case su hija, y vámonos al Pardo’».
A modo de conclusión puede afirmarse, como diría Juan Manuel Rozas, que
la poesía de Quevedo se construye en torno a dos “prisiones” o ataduras: la
moral y la metafísica. El pensamiento de Quevedo, que glosaron Ynduráin,
Asensio, Green, Lázaro, Crosby, Dámaso Alonso, etc., está estudiado y,
sin embargo, presenta infinitas posibilidades aún. Y es que esto se resuelve en
una dicotomía: su unidad en la variedad. El ser toda una literatura, pero el
serlo en un hombre de una pieza. Este paisaje desolado quevediano, tan barroco,
tan ascético, responde a un impulso único, su personalidad. Podría haber sido
un poeta de muchos registros, pues tiene más cultura y lectura que nadie en su
época, pero no es así. La temática es variada como el mismo mundo, incluido
su infierno, pero el tono estilístico, adecuado perfectamente a su contenido,
es poco variado. En su época se le dijo con gran acierto que sus colores
(colores retóricos) serían bajos como los de su paleta de pintor. En efecto,
negro, ocre y blanco forman la trilogía de Quevedo. Poeta nunca plástico, sino
poeta de paisajes anímicos, interiores, doloridos y desolados.
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[1] Luis Barahona de Soto (Lucena, 1548-Archidona, 1595) Poeta y médico español. Su obra poética evidencia la influencia del italianismo. Sus fábulas mitológicas, como Acteón, son paráfrasis de Ovidio escritas en octosílabos. Son más originales sus églogas en endecasílabos. Su obra más importante, sin embargo, es un extenso poema en octavas titulado Las lágrimas de Angélica (1586), imitación del Orlando de Ariosto muy elogiada por Cervantes.