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LA
GENERACIÓN DE 1898
Etiqueta que se usa para identificar a los escritores españoles que
escriben en torno a los años de la pérdida de las colonias españolas en
Cuba y el Pacífico en 1898, tragedia que trajo consigo una fuerte crisis
nacional. El estudio de los autores y obras de este grupo es inseparable del
correspondiente al modernismo literario español, ya que esos años son los
del esteticismo, parnasianismo, simbolismo y
art nouveau en Europa, y los del modernismo en España e
Hispanoamérica. Nunca hubo dos frentes de batalla literarios: el de los
escritores comprometidos o noventayochistas, por un lado, y el de los estetas
decadentistas por el otro, que permanecerían al margen de los problemas
sociales en sus torres de cristal; de hecho, hay autores encuadrados en el
grupo del 98 que, al mismo tiempo, se cuentan entre los principales creadores
modernistas. Hay, eso sí, dos modos de escritura correspondientes a quienes
escriben ensayo, relato breve, artículo periodístico o novela, géneros
propios del arte noventayochista, y quienes apuestan por la poesía o el
relato de corte modernista; entre ambas poéticas, se mueve buena parte de la
poesía de Antonio Machado y algunas de las obras de Ramón
María del Valle-Inclán, cuya transición hacia su segunda
época viene claramente marcada por Romance
de lobos. Por todo ello, son muchos los estudiosos que se niegan a
manejar ambas denominaciones y que prefieren apostar por una sola que aglutina
ambas: literatura de fin de siglo.
Historiadores y
sociólogos han destacado la profunda crisis que agita a la sociedad española
de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Durante la última década del
Ochocientos la nación vive inmersa en una aguda depresión económica y
social que pone en peligro la estabilidad del régimen de la Restauración.
Las estructuras políticas sufrían la grave carcoma del caciquismo que
viciaba la vida democrática. El país estaba regido por una administración
ineficaz y corrupta, un parlamento desacreditado, que dejaba al margen de la
acción política a numerosos ciudadanos. El ejército y la marina vivían
escasos de medios y con su moral militar quebrada. Un desánimo general
invadía, inquietante, a una nación que antaño fuera cabeza de un vasto
imperio dominador del orbe.
La pérdida en 1898 de
las colonias (Cuba, Puerto Rico, Filipinas) fue un episodio histórico
gravemente traumático para la conciencia de la sociedad española de fin de
siglo. No sirvió de alivio la consideración de que las tierras coloniales
hacía tiempo que eran escenario sangriento de revueltas secesionistas,
tratadas desde la metrópoli con políticas poco acertadas. El hundimiento del
acorazado americano Maine en Cuba, que el enemigo atribuyó a una mina
española, trajo como consecuencia la humillante destrucción en Santiago de
nuestra mítica escuadra el 3 de julio de 1898. La firma del Tratado de París
con Estados Unidos, octubre de 1898, puso fin a una guerra, dejando las islas
bajo el control de los intereses norteamericanos, y también dio término al
ciclo histórico imperial de España que había comenzado su andadura en 1492.
Aunque es cierto que
este suceso trajo algunas consecuencias positivas para la nación
(repatriación de capitales, inversión extranjera, aumento de la
industrialización, incremento del proletariado urbano), la estructura social
ofrecía un perfil de absoluto inmovilismo: predominaba una sociedad agraria
atrasada, reacia a cualquier tipo de innovación. No obstante, tal situación
propiciaba, por otro lado, el desarrollo y fortaleza de la alternativa
pequeño-burguesa, la llamada clase media, situada entre la burguesía
dominante y un proletariado urbano cada vez más numeroso y fuerte, sobre todo
a raíz de que la Constitución de 1869 reconociera la libertad de reunión y
asociación. Bajo su protección fue fundado por Pablo Iglesias en 1879 el
Partido Socialista Obrero Español, uno de los motores de la reforma social.
En cualquier caso, la posición de España en el concierto internacional
seguía siendo de aislamiento, tanto económica como culturalmente. En esta
crisis social y política se enraiza la desazón que conmueve las conciencias
de viejos y jóvenes que viven aquellos episodios históricos, la colectiva y
honda desmoralización, y también el grito de quienes intentaron, con escaso
éxito, la regeneración de esta sociedad en ruinas.
Modernismo y Generación del 98
"La quiebra de
1898", por emplear un término acuñado por el ilustre historiador Tuñón
de Lara, provocó el espíritu del 98. La Generación del 98
nació en esta contextura histórica como expresión de las ideologías
políticas y artísticas crecidas al socaire del desastre colonial. Los
historiadores de la literatura reconocen, sin embargo, la existencia en este
período (1890-1910) de dos movimientos literarios antagónicos: el Modernismo
y la Generación del 98. O Modernismo frente a 98, si aceptamos la propuesta
de Guillermo Díaz-Plaja.
Estas tendencias reflejan dos maneras contrapuestas de entender la realidad y
la literatura:
Tendencia ética
Los escritores viven
preocupados por los problemas sociológicos y, por lo tanto, entienden el arte
y la literatura como un instrumento para mejorar las condiciones vitales del
hombre. En su pluma nacerá una literatura sobria que se alimenta de la
experiencia y trata de colmar el horizonte de expectativas de las clases
populares y de la pequeña burguesía, desde ideologías políticas
progresistas y aun revolucionarias. Éstas son las premisas que conforman las
señas de identidad del espíritu de la bautizada por Azorín
como "Generación del 98". Los noventayochos eligen el camino
del compromiso con la realidad. Como la sociedad no les agrada, se sienten en
la obligación de transformarla. Tienen al Realismo del XIX por insuficiente,
y sólo algunas de las grandes figuras de la Generación del 68 (Dicenta,
Galdós, Blasco Ibáñez...), los que practican una literatura de tono
crítico, tienen algún valor para ellos.
Tendencia estética
Ocupada sólo en lograr
un arte cada vez más complejo, refinado y exquisito, pero alejada de
cualquier preocupación social, es el concepto que recogemos bajo la
expresión de "el arte por el arte".
No son pensadores, sino escritores que defienden un arte minoritario, pensado
para elites o grupos selectos determinados. Éstos son los supuestos
estéticos del Modernismo, movimiento que afecta a literatos y artistas.
Aunque en ocasiones encontramos cierta actitud crítica en algunos textos
modernistas, no es, sin embargo, el Modernismo una escuela preocupada por las
tensiones ideológicas.
Nace el Modernismo como
una reacción natural contra el Realismo decimonónico, estética agotada por
un largo uso. El escritor moderno siente una urgente necesidad de reformar el
hecho literario rehuyendo la realidad que había sido motivo de inspiración
para los escritores de la generación precedente. El Modernismo intenta
superar "la vulgaridad realista"
y se opone al lenguaje impuro de "Benito
el garbancero", usando la expresión despreciativa de Valle-Inclán,
uno de los principales mentores de dicha corriente. El escritor modernista se
encierra en su peculiar mundo personal, cargado de exotismos, sensualidad,
individualismo, antídoto literario contra la realidad social sucia y triste.
Un estilo pulido y cuidado se convierte en las señas de identidad más
destacadas de esta nueva estética.
Aunque las diferencias
entre ambas tendencias literarias son numerosas y radicales, en algo coinciden
sus componentes como expresión de un amplio ademán generacional que las
relaciona: La ruptura con los gustos decimonónicos, sociedad (por lo menos de
modas y costumbres) y literatura que busca unos nuevos cauces expresivos. En
este sentido todos los jóvenes literatos, de una y otra tendencia, son
modernos, "modernistas". Algunos estudiosos han subrayado igualmente
la presencia de ciertas actitudes vitales compartidas: una dosis de idealismo
e individualismo, producto sin duda del momento histórico y cultural que
vivían; la exaltación del paisaje, si bien, en líneas generales, el
Modernismo se inclinará más hacia lo urbano y la Generación del 98 hacia lo
rural; un marcado interés por lo europeo, modelo y elemento contrastivo
frente al atraso y aislamiento español (cosmopolitismo transformador); la
bohemia literaria, como forma de marginación voluntaria de la sociedad.
Aunque cada grupo vela
sus armas literarias desde revistas y periódicos afines, sin embargo es
posible verlos convivir en los despachos de redacción de algunas
publicaciones que acogen, sin exigencias partidistas, a los jóvenes
literatos. Las plumas de personajes de trayectoria tan dispar como Baroja,
Unamuno, Juan
Ramón Jiménez, Maeztu
y Valle-Inclán coinciden, amablemente mezclados, en revistas como Germinal,
Vida Nueva, Revista Nueva, Juventud
o Alma Española, portavoces de
las nuevas corrientes de espíritu. Coinciden incluso en el diario El
País, órgano de Partido Republicano Progresista de Ruiz Zorrilla,
y símbolo de la modernidad y progresía madrileña.
Esta relación entre
noventayochos y modernistas vivió episodios de diverso signo. La disparidad
de criterios estéticos e ideológicos les enzarzó en ocasiones en agrias
polémicas, más duras según la hondura del compromiso personal de cada uno
de ellos. Por contra, les vemos colaborar amigablemente otras veces, por lo
general en empresas de índole literaria, si era necesario aunar las fuerzas
para combatir el poder social de los escritores trasnochados, la "gente vieja", según lenguaje común. Tal ocurrió con
motivo de la concesión del Nobel de Literatura al dramaturgo José
Echegaray en 1905. Los jóvenes, rechazando que tuviera
representatividad alguna en las letras españolas del momento, dirigieron a la
opinión pública un duro comunicado:
"Parte
de la prensa inicia la idea de un homenaje a don José Echegaray y se abroga
la representación de la intelectualidad española. Nosotros, con derecho a
ser incluidos en ella, sin discutir la personalidad literaria de don José
Echegaray, hacemos constar que nuestros ideales artísticos son otros y
nuestras admiraciones muy distintas."
Firma el manifiesto la
plana mayor de los nuevos escritores, ya noventayochistas (Unamuno, Maeztu,
Grandmontaigne, Azorín,
Baroja), ya modernistas (Rubén
Darío, Manuel
y Antonio Machado, Díez-Canedo,
Villaespesa, Salaverría,
Mesa, Mata, Valle-Inclán,
Gómez Carrillo...),
otros literatos ilustres (Ciges
Aparicio, Camba)
e intelectuales (Fernández Almagro, Llamas
Aguilaniedo...) de distinto signo, y lo más granado de la
crítica literaria especializada (Antonio Palomero, Manuel
Bueno, José Nogales...).
El homenaje a Echegaray quedó totalmente oscurecido por la rebelión de los
jóvenes escritores, entre los que no hallamos la firma de Jacinto
Benavente, que mantenía una cierta admiración hacia el
premiado, a pesar de las razones que les separaban.
Los jóvenes del 98
En esencia, la
intención que animaba a los hombres de la Generación del 98 no era otra que
buscar el origen, causas y posibles soluciones al problema de España. En esta
empresa habían colaborado algunos renombrados intelectuales de los últimos
tiempos, en particular Joaquín
Costa (1846-1911) y Ángel
Ganivet (1865-98), cuyas propuestas ideológicas orientaron a
los jóvenes del 98. En sus apasionados escritos aprenden el discurso
regeneracionista que censura el sistema político de la Restauración
(caciquismo, oligarquía, parlamentarismo, partidos turnantes...) y su
incapacidad para poner remedio eficaz a los problemas del país.
El jurisconsulto y
político aragonés Joaquín Costa,
rechazado en varias oposiciones a la Universidad de Madrid, tuvo que dar
cuenta de su pensamiento a través de la prensa y desde la cátedra de la
Institución Libre de Enseñanza donde enseñó las materias de Derecho
político e Historia de España. Posteriormente sintetizó su ideario en
varios libros que alcanzaron gran fama: en Colectivismo
agrario en España (1898) propone soluciones a los males de la
agricultura; El problema de la ignorancia
del derecho (1901); Oligarquía
y caciquismo (1902), donde censura tales usos políticos.
El granadino Ganivet,
estudioso de la Filosofía y el Derecho, accedió al cuerpo consular en 1892.
Fue autor de varias obras de creación: Granada
la bella (1896), descripción emotiva de su ciudad natal; de las
novelas La conquista del reino de Maya por
el último conquistador Pío Cid (1897), cuyas aventuras continúa
en Los trabajos del infatigable creador
Pío Cid (1898); y del drama El
escultor de su alma, representado, póstumo, en Granada en 1899.
Mayor atractivo tuvieron para el joven público los libros de ensayos Idearium
español (1897), Cartas
finlandesas (1899), Hombres del
norte (1905), recopilaciones de artículos aparecidos previamente
en la prensa en los que hizo un ajustado análisis de la sociedad española.
En el Idearium se exponen los
principios básicos del regeneracionismo, aunque no de forma sistemática sino
intuitiva. Consta de tres partes: en la primera busca las raíces del ser de
España que encuentra en el estoicismo senequista y en el cristianismo; la
segunda describe las servidumbres que tuvo la expansión europea y americana
para el país, y la situación de nuestra política internacional; en la
tercera, diagnostica que el mal de los españoles es la abulia.
Entre los noventayochos,
mantuvo una sincera amistad con Unamuno, quien recordaba, con motivo de su
trágica muerte en 1898, la relación con el ensayista andaluz en la época en
que ambos preparaban sus oposiciones en Madrid: "Todas
las tardes en aquellos meses de mayo y junio de 1891 nos íbamos Ganivet y yo
a tomar sendos helados a una horchatería de la Carrera de San Jerónimo y
luego a dar un paseo por el Retiro. A Ganivet, que parece que fue de niño y
de mozo silencioso, no se le había roto aún la lengua; a mí, que también
fui silencioso de mozo y de niño, se me había suelto ya. Así que por lo
general yo hablaba y él oía, haciéndome observaciones de cuando en cuando".
En el abundante epistolario, publicado póstumo, incluye multitud de opiniones
sobre los problemas de la España de su tiempo.
Los jóvenes del 98
utilizaron la prensa y la literatura comprometida como plataforma de
lanzamiento de su campaña para transformar la sociedad española, sin que sus
censuras tuvieran siempre el eco apetecido. Era ya la ocasión de tomar
algunas soluciones prácticas. Maeztu, Azorín
y Baroja escriben un manifiesto previo (diciembre, 1901) antes de lanzarse a
la acción político-social y después comienzan sus procesiones por los
ministerios, y su ataque al caciquismo en la figura del hijo del gobernador de
Málaga, Cristino Martos, desde las páginas de la combativa revista Juventud,
fundada con este fin. La aquiescencia del maestro Unamuno en esta cuestión es
plena.
El grupo de los tres
"El
grupo de los tres", que rememorará Azorín
en su novela La voluntad (1902),
tiene ahora una gran actividad. En 1901 tuvo lugar el ruidoso estreno de la
obra teatral de Galdós, Electra,
bandera del anticlericalismo, que se convirtió en todo un símbolo para la
juventud y originó la publicación de una revista con el mismo nombre; es el
año de la emotiva visita a la tumba de Larra, el romántico rebelde y
crítico en el que buscaban mirarse los nuevos periodistas; del viaje a
Toledo, ciudad muerta y símbolo de un pasado periclitado. Al año siguiente
celebraron un sonado homenaje a Baroja con motivo de la publicación de su
novela Camino de perfección
(1902), auténtico símbolo literario para los jóvenes noventayochos, según
relatan los cronistas de la época. En 1903 José
María Salaverría recuerda a "aquellos
tres reclutas de la campaña del 98", en San Sebastián aún
prestos a extender en la capital guipuzcoana su espíritu rebelde a través
del recién nacido diario El Pueblo Vasco.
Durante todo el verano de ese año colaboraron en este periódico fundado por
el industrial Rafael Picavea. Se rebelan contra el caciquismo intelectual de
las viejas generaciones como recuerda el episodio, ya mencionado, del
contrahomenaje con motivo de la concesión del Nobel de Literatura a Echegaray
en 1905.
Sin embargo, estamos
ante un grupo que nace cansado. Han sido demasiados los años de lucha sin
cuartel, sin contrapartidas prácticas de reforma en la sociedad española,
caduca y anclada en el pasado. El combativo Maeztu, en la temprana fecha de
1902, tenía ya una visión en exceso pesimista de estas juventudes: "Hay
en este Madrid desatento y frívolo una generación melancólica y pensativa.
Acaba de abandonar la Universidad; tiene veinte años, veinticinco a lo sumo,
y lleva en la frente las arrugas sintomáticas del recogimiento"
(Don Quijote, 14 nov. 1902). Son
jóvenes que gozan de escasas oportunidades para participar en la vida
pública, que trabajan y contrastan sus conocimientos con la vida cotidiana.
Juventud silenciosa, que ya empieza a conocer la amargura de la situación
nacional: "La juventud madrileña
tiene cerrados los labios con sello de sangre. Ha comprendido la verdad de la
fórmula en que se depuran las responsabilidades de la humillación nacional:
<>>".
Parece evidente que los
jóvenes del 98 tenían conciencia de grupo cuando realizaban todas esas
actividades colectivas, y mancomunadamente atacaban a sus contrarios. La cita
de Maeztu pone de relieve la importancia de la fecha del 98, concepto
aglutinador del nuevo grupo literario. Sin embargo, el primero que habló de
los rasgos comunes entre los literatos de esta generación fue el poeta
catalán Joan Maragall
en 1901 en una carta dirigida a José Martínez Ruiz (Azorín),
que luego ampliaría en el artículo "La
joven escuela castellana" aparecido en el Diario
de Barcelona. En 1905 Azorín
publicó en ABC su artículo
"Los Maeztu" en el que
hacía referencia a Ramiro de Maeztu como uno de los componentes de "esta
generación [que] ha traído a
la literatura un ansia de altura, un espíritu de realidad, un amor a las
cosas de que ya habíamos perdido la idea y la esperanza".
Más tarde, fue Gabriel Maura
quien en un artículo aparecido en 1908 en el diario Faro
hace referencia expresa a la "generación
nacida intelectualmente a raíz del desastre; patriota sin patriotería;
optimista pero no cándida, porque las lecciones de la adversidad moderaron en
ella las posibles exaltaciones de la fe juvenil". Al año
siguiente el padre Andrés González
Blanco le da definitiva carta de naturaleza en su libro Historia de la novela en España desde el Romanticismo hasta nuestros
días (1909) en el que habla de la "Generación del Desastre" para aludir a un grupo de
jóvenes escritores que se habían dado a conocer entre 1894 y 1900, citando,
entre otros, a Unamuno, Azorín
y Baroja.
A partir de estas
premisas, fue el propio Martínez Ruiz quien confirmó definitivamente la
denominación de "Generación del 98"
en varios artículos aparecidos en la prensa entre 1910 y 1913. El escritor de
Monóvar sintetizó con acierto el talante generacional del grupo con estas
palabras recogidas en su libro Clásicos y
modernos (1913):
"La
generación de 1898 ama los viejos pueblos y el paisaje, intenta resucitar los
poetas primitivos (Berceo, Juan Ruiz, Santillana); da aire al fervor por el
Greco [...]; rehabilita a Góngora [...]; se declara romántica en el banquete
ofrecido a Pío Baroja con motivo de su novela Camino
de perfección; siente entusiasmo por Larra, y en su honor realiza
una peregrinación al cementerio en que estaba enterrado y lee un discurso
ante su tumba y en ella deposita ramos de violetas; se esfuerza, en fin, en
acercarse a la realidad y en desarticular el idioma, en agudizarlo, en aportar
a él viejas palabras, plásticas palabras, con objeto de aprisionar menuda y
fuertemente esa realidad. La generación de 1898, en suma, [...] ha tenido
todo eso; y la curiosidad mental por lo extranjero y el espectáculo del
Desastre -fracaso de toda la política española- han avivado su sensibilidad
y han puesto en ella una variante que antes no había en España."
A partir de entonces se
libró entre los historiadores de la literatura una enconada polémica sobre
la existencia o no de la Generación del 98,
dudas que en parte fueron alimentadas por las opiniones de algunos de los
propios protagonistas de la misma, alejados ya de sus planteamientos
ideológicos y literarios de la época juvenil. Por esas fechas se desarrolló
en el mundo de la teoría literaria alemana el concepto de generación
literaria en numerosos escritos (Pinder,
Wechsler, Petersen), cuyos caracteres fueron aplicados puntualmente
a la Generación del 98 (Salinas, Jeschke,
Díaz-Plaja). La Generación del 98 cumple con los requisitos
exigibles a estos grupos literarios:
- Fecha de nacimiento próxima, que coloca a los individuos a la misma distancia y con el mismo grado de receptividad de los acontecimientos vitales. Entre los miembros del 98 hay diez años de diferencia entre Unamuno (nacido en 1864) y Maeztu (1874).
-
Educación semejante: Los noventayochos coinciden en su formación
literaria autodidacta. Se alejaron de los focos de cultura tradicional y se
refugiaron en la biblioteca. Leyeron a Kant,
Schopenhauer y, sobre
todo, a Nietzsche,
alimento básico de su pensamiento. Sólo Unamuno es diferente, dada su
sólida formación universitaria.
-
Convivencia e influencia mutuas, que se manifiesta en tertulias,
asistencia al Ateneo, trabajo en las redacciones de los periódicos (El
País, El Imparcial, Las Noticias, El Progreso,
La Publicidad, El Globo,
La lucha de clases...),
colaboración en las mismas revistas (Germinal,
Electra, Juventud,
Vida Nueva, Revista Nueva, La Vida
Literaria, Alma Española...),
y todos los actos generacionales ya descritos.
-
Acontecimiento o experiencia generacional, que actúa como aglutinante
y crea un estado de conciencia colectivo. La derrota de España y la pérdida
del imperio colonial (1898) hace agruparse a los componentes del grupo frente
al problema esencial: España.
-
Caudillaje o guía de la generación: Es difícil precisar quién fue
este personaje, que los críticos literarios han identificado con Nietzsche, Larra
o Unamuno. Sin embargo, la apetencia de un caudillo está presente en
numerosos escritos de la época.
-
Lenguaje generacional, ya que todo planteamiento nuevo en el arte
implica una terminología. El profesor Díaz-Plaja destaca estos rasgos:
"Antirretoricismo, antibarroquismo;
creación de una lengua natural ceñida a la realidad de las cosas que evoca;
enriquecimiento 'funcional' de la lengua, rebuscando en la lengua popular
regional o en la raíz etimológica; lenguaje definitorio al servicio de la
inteligencia; lengua válida para todos".
-
Anquilosamiento o parálisis de la generación anterior. A comienzos
del siglo XX son numerosos los testimonios que certifican la decadencia del
Realismo decimonónico, movimiento del que sólo salvan a algunos escritores
comprometidos como Galdós, Dicenta, Blasco Ibáñez.
Hasta época
relativamente reciente la crítica literaria no se había percatado de que el
espíritu del 98 se movía dentro de unas coordenadas temporales que coinciden
aproximadamente con la juventud de los componentes del grupo generacional, y
que algunas de las personalidades más significadas del mismo sufrieron luego
una evolución tan radical que no es posible incluir bajo una única
perspectiva el conjunto de sus escritos.
La nómina esencial de
la Generación del 98 está
compuesta por Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Pío Baroja y José
Martínez Ruiz (Azorín). Las
historias de la literatura suelen agregar a otros dos escritores que tuvieron
una trayectoria diferente a la de los autores anteriores: Ramón María del
Valle-Inclán y Antonio Machado, cuya inclusión, según veremos más
adelante, resulta dudosa. Una lista completa debería rescatar a otros
literatos menos relevantes (Juan
Bautista Amorós -bajo el seudónimo de Silverio
Lanza-, Ciro Bayo,
Alejandro Sawa, Manuel
Bueno), pero también a intelectuales, políticos, periodistas (Luis
Ruiz Contreras...) y artistas (Ricardo
Baroja, Gustavo Maeztu...), con quienes frecuentaron periódicos
y tertulias. Las figuras más destacadas habían nacido en la periferia de
España (vascos eran Unamuno, Maeztu y Baroja, levantino era Azorín,)
aunque Madrid fue para ellos el centro de convergencia. A la capital llegan en
distintos momentos y se fueron estableciendo entre ellos relaciones de
amistad, colaboración y convivencia.
La situación de
descontento político-social que vivían algunos de los hombres de la España
finisecular se manifestó con más fuerza en las nuevas juventudes que
hicieron su aparición a la vida pública en el último decenio del siglo XIX.
Poco les unía sentimentalmente al pasado y nada del presente les atraía. El
espíritu juvenil les colocó en una postura radicalizada que lindaba de una
manera romántica con el anarquismo, marxismo y socialismo. El pensamiento del
periodista del 98 se prolonga en las obras de creación literaria.
Durante esta época, el hermano mayor del grupo, y a la
vez maestro, Miguel de Unamuno,
(1864-1936) tenía también este juvenil ramalazo de rebeldía, aunque las
circunstancias personales le marcarán otros derroteros. En los artículos que
escribía en torno a 1894 se declaraba socialista y estaba fuertemente
influido por el pensamiento marxista. Desde esta perspectiva hizo una crítica
demoledora de la sociedad finisecular, poniendo en solfa la estructura del
poder, el espíritu militar, los partidos conservadores, y defendiendo, por
contra, el mundo obrero. Sin embargo, pronto se alejó de estos planteamientos
ortodoxos de partido por considerarlos demasiado dogmáticos, llegando a la
conclusión de que el materialismo que propugnaba no era compatible con sus
creencias. En 1897, con motivo de la muerte de su hijo, sufrió una grave
crisis religiosa que reorientaría su vida espiritual hacia una búsqueda
angustiosa de Dios y le haría defensor de "un humanismo ateo".
Su pensamiento, a partir
del nuevo siglo, tomaría derroteros diferentes como manifiesta su libro Tres
ensayos (1900), aunque siempre permanecería viva su inquietud
intelectual y su rebeldía congénita. En el primer ensayo largo, En
torno al casticismo (1902), analiza la problemática española como
un proceso en el que falsos casticismos sin sentido encubren la verdadera
tradición. Critica los usos y costumbres de la sociedad de su época y
exhorta a los jóvenes a que cultiven los valores que constituyen la base del
patrimonio nacional. Introduce tres conceptos básicos: historia,
intrahistoria y tradición eterna. Piensa que por debajo de la historia
externa de hechos de actualidad hay una intrahistoria de hechos que perviven
en el tiempo y determinan el ser de los pueblos. En los artículos aparecidos
por entonces defiende con convicción la europeización y la regeneración de
la patria. Sus contradicciones personales son las mismas de la sociedad en la
que vivió. Destacan en su pensamiento: la crítica a la falta de vigor de la
juventud, a su abulia; su europeísmo ("España
está por descubrir y sólo la descubrirán españoles europeizados... Tenemos
que europeizarnos y chapuzarnos en el pueblo"); los
planteamientos que hace del problema agrario en los que supera, e incluso
critica, a los de regeneracionistas como Costa.
El primer Unamuno es un
hombre preocupado por la estética y la creación literaria. Como en otros
campos del saber que le inquietaban por estas fechas, el catedrático de
Salamanca muestra una información precisa, acorde con su ideología
socialista. El pensamiento de los escritores ingleses Carlyle,
Ruskin y, en especial
de William Morris,
próximos al socialismo fabiano, que pregonaban una creación literaria llena
de inquietudes sociales, y por lo tanto contraria al egoísmo burgués y al
positivismo reinante, orienta sus ideas político-sociales. Defiende la que
denominada "novela sociológica",
en la que el pueblo se convierte en actor y receptor de la literatura.
Dentro de esta tendencia
se ejercitó en la traducción de un drama de Sudermann,
La honra, del que da noticia
Maeztu en el Prólogo de su propia versión de la novela del mismo autor
alemán El deseo. Unamuno deja
constancia de esta estética social en la primera novela que sale de su pluma,
Paz en la guerra, publicada en
1897. Este relato, al cual la crítica unamuniana ha prestado escasa
atención, contrariando así el profundo aprecio en que tenía su autor a una
obra a la que había dedicado doce años de trabajo de duro afán creativo,
refleja fielmente el espíritu de este primer Unamuno. Un episodio reciente de
guerra carlista sucedido en Bilbao el año de 1874, vivido por su autor, se
convierte casi en un tema de actualidad, en el que, como sigue afirmando en el
Prólogo, "hay pinturas de paisaje, y
dibujo y colorido de tiempo y de lugar", que contrasta con las
novelas posteriores "fuera de lugar y
tiempo". Contra lo que será habitual en los relatos
posteriores, el escritor vasco hace aquí un complejo análisis de la realidad
bilbaína pintando fielmente los problemas sociales y económicos, y su
concepción de la historia y de las clases sociales.
Este mismo espíritu
anima el mundo de los cuentos, una de las ocupaciones literarias más
constantes del primer Unamuno. Algunos fueron recogidos en volumen por el
propio autor como en De mi país.
Descripciones, relatos, artículos de costumbres (1903), El
espejo de la muerte, novelas cortas (1913), quedando otros muchos
dispersos en la prensa. Los relatos breves son fiel reflejo de su concepción
agresiva de la existencia, tanto en sus aspectos existenciales como sociales.
Al parecer el cuento más antiguo fue "Ver
con los ojos", publicado en El
Noticiero Bilbaíno en octubre de 1886. En el cuento unamuniano
encontramos al agitador de conciencias, al autor dialogante con el lector.
Algunos guardan referencias personales o son puntual reflejo de sus crisis
espirituales, como "La venda".
Aunque los temas son variados, existe un importante grupo de cuentos de tono
realista o costumbrista. "La sangre de
Aitor" (1891), "Chirulos
y Chimberos" (1891) y "San
Miguel de Basauri" (1892) tratan asuntos de la sociedad
bilbaína. En general, los cuentos anteriores a 1904 muestran una mayor
atención al paisaje exterior propio de su primera literatura como observamos
en los titulados "Ver con los ojos"
(1886), "El poema vivo de amor"
(1889), "Solitaria"
(1889), cuyo protagonista, Roque de Aguirregoicoa, es precedente del Antonio
Iturriondo de Paz en la guerra.
Poco a poco irá
perdiendo el interés por lo concreto y episódico pasando a un relato ligero
de información de lugar y tiempo, para interesarse por el paisaje interior
del alma. La estructura de los relatos hasta 1900 responde a los modelos
tradicionales del realismo decimonónico, con un lenguaje más desgarrado y
crítico; cambia de forma cuando el autor explora nuevos temas y afloran en su
conciencia las preocupaciones morales y espirituales. Este cambio narrativo
tal vez se inicia con el relato "La
locura del doctor Montarco", febrero de 1904, cuyo
protagonista, Montarco, es precisamente un escritor de relatos que observa
cómo cada vez sus narraciones nacen más irónicas y extravagantes,
reflejando la evolución del propio autor. La literatura de Unamuno cambia de
clave, pasa de la tensión sociológica a la preocupación filosófica y
humana.
Cuando Pío Baroja (1872-1956)
entra en contacto con los jóvenes del 98 ya tenía su experiencia madrileña,
porque en esta ciudad había cursado parte de sus estudios de Medicina. Las
primeras creaciones literarias que salieron de su pluma fueron diversos
cuentos que aparecieron en la prensa, en parte reunidos por el autor en el
volumen Vidas sombrías (1900).
Escritos en época temprana (entre 1892-1899, en sus años de médico
primerizo en Cestona y en Valencia, y en su época de bohemio madrileño,
forman parte de la primera etapa narrativa del escritor vasco. La mayor parte
aparecieron publicados en La Justicia
(1893-1895), diario de Nicolás
Salmerón, quien acabó despreciando aquellos cuentos "tan
filosóficos". "Expresan
las inquietudes, anhelos y tristezas de la juventud", en
palabras de su sobrino Julio Caro
Baroja. Los estudiosos de la cuentística barojiana destacan
este tono de desolación juvenil, esta mezcla de amargor que nace de sus
lecturas filosóficas (Nietzsche, Schopenhauer) y de la triste experiencia de
la vida del noventayochista. Proyectan los rasgos de su personalidad y de sus
inquietudes profundas. En sus relatos prefiere la vida rural sobre la urbana
corrompida, elige sus ambientes en lugares marginales, plazas solitarias,
solares abandonados. Cruzan sus páginas enfermos, muchachas tristes, viejos,
personajes solitarios que recorren mustios y ensimismados la ciudad, jóvenes
en crisis, poetas sombríos... Todas ellas son estampas que rezuman soledad,
melancolía y tristeza. Baroja describe, desolado, sus oscuras galerías
interiores que se hacen literatura en sus personajes, y da palabra igualmente
a las nostalgias de una sociedad en crisis de soledad y tiempo. También capta
ambientes con intención social (panaderos, traperos, vendedores, carboneros,
prostitutas, mendigos, buhoneros...), superando el banal costumbrismo
casticista, e incluso el realismo decimonónico, con experiencias humanas
vivas y problemáticas.
Sensibilidad parecida a
la de los cuentos destilan las primeras novelas barojianas, todavía del
espíritu del 98, muchas de ellas aparecidas en la prensa antes que en libro. Aventuras,
inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino
de perfección (1902), y la trilogía publicada en 1904 La
lucha por la vida (La busca,
Mala hierba, Aurora
roja) especialmente manifiestan su espíritu de hombre de
izquierdas, su tono anarquizante, todo dentro de un orden como corresponde al
buen burgués que era el panadero escritor.
La historia del joven José
Martínez Ruiz (1873-1967) presenta una trayectoria distinta. Azorín
se había iniciado en el periodismo en Valencia, mientras estudiaba, a la
sombra de Blasco Ibáñez, e intentaba emular el decir crítico de Clarín,
aunque luego se alejara del escritor asturiano. Ya en esta época temprana
encontramos al escritor rebelde, anarquista teórico, admirador de Pi
y Margall. Escribe intensamente en la prensa artículos de
crítica social, política y literaria, recogidos en folletos: La crítica literaria en España (1893), Moratín.
Esbozo (1893), Buscapiés
(1894), Anarquistas literarios
(1895)..., algunos de los cuales levantaron gran polémica, cosa que le
satisfacía en extremo.
En 1896, tras un viaje a
Salamanca, se aposentó en Madrid. Estudiante de Derecho sin acabar la
carrera, hijo emancipado de sus padres, malvive con el periodismo. Empezó a
escribir en el progresista El País,
con el aval del famoso publicista de izquierdas Luis Bonafoux, hasta que en
1897 le despidieron por una insólita y ruda campaña que, por iniciativa
propia, realizó contra el matrimonio y la propiedad. Bohemia, letras,
crítica incisiva, rebeldía (escritor nihilista), son palabras que definen
estos años madrileños. Artículos en la prensa, nuevos folletos (Charivari,
1897...) y varios cuentos que aparecieron en revistas y periódicos
constituyen su primera actividad literaria. Algunos de estos relatos aparecen
agrupados en el volumen Bohemia
(1897). Los cuentos incluidos en esta colección, y los que quedaron fuera de
la misma (este mismo año había preparado sin éxito el libro Pasión,
cuentos y crónicas, que no vio la luz, con relatos y crónicas
anarquistas), reflejan idéntico espíritu rebelde y aún revolucionario que
encontramos en sus artículos. En el estudio de M. D'Ambrosio Servodidio Azorín,
escritor de cuentos (1971) se analizan algunos de los
temas básicos de los relatos de esta primera etapa: ataques al Estado,
actitudes irreligiosas y anticlericales ("Un
Cardenal"), ruptura de las convenciones sociales (amor,
matrimonio, divorcio, propiedad y dinero), descalificación de los poderes
represivos (en "Idilio"
un ayudante del verdugo estrangula a su jefe con el mismo aparato de
ejecutar), justicia frente a caridad... Incluso encontramos en algunos un
marcado carácter obrerista y aun revolucionario. Son utopías que buscan una
nueva sociedad, una nueva España, donde sea más fácil y humana la
convivencia. Esta lucha continua sin resultados va desvirtuando y desarmando
su espíritu, dando paso a la tristeza y al desengaño.
Esta nueva sensibilidad
es patente en su primera novela La voluntad,
publicada en 1902. Con un lenguaje literario próximo al de Baroja, Martínez
Ruiz describe la lucha interior de un personaje por incorporarse a la vida en
un ambiente que le es ajeno. Es una crónica de la Generación del 98: Por un lado, aporta datos documentales de
los sucesos más relevantes que configuran su memoria, y por otro, refleja la
actitud de desengaño que mueve a sus miembros en retirada de la lucha. La
voluntad es una antinovela, una novela de ideas cargada de
escepticismo y pesimismo, en inevitable proyección de su autobiografía
espiritual, semejante a otras del primer Baroja. Idéntica sensibilidad anima
la segunda obra narrativa que publica al año siguiente, Antonio
Azorín (1903), cuya fábula se reduce a un simple esbozo básico
argumental, que da pie a las reflexiones morales y sociales del autor. Con una
estructura fragmentaria, incluye cuadros de costumbres, historietas y
fábulas. El narrador, que ahora sustituye al periodista de los artículos
sueltos, observa la realidad desde la atalaya de su individualidad, que anima
y llena de subjetividad la obra. Ya encontramos en esta obra el interés por
el detalle y la cosa menuda aprehendida desde la perspectiva del autor, que
crecerá en las creaciones posteriores. La descripción y su análisis
crítico confieren al relato una cierta lentitud, que oculta en parte la
visión negativa de la existencia. Con todo, esta actitud domina en una
narración plagada de personajes negativos como viejos, fracasados... Antonio
Azorín no consigue vivir al margen de esa realidad cuando busca el sosiego
interior ("la ataraxia"), que continuamente aparece roto y
destruido. La ironía se convierte en un procedimiento para superar la soledad
personal, y la triste realidad social. Alterna esta aptitud pasiva con la
voluntad de salvar la sociedad, y entonces retoma el discurso
regeneracionista.
Las confesiones de un pequeño filósofo (1904) forma con las dos anteriores una especie de trilogía en la que
asistimos a la evolución interior de su protagonista, Antonio Azorín, alter
ego de Martínez Ruiz. Hemos pasado del personaje agresivo de corte
nitcheano (La voluntad), al
escritor pesimista (Antonio Azorín),
y de éste "a un sensitivo escéptico"
que valora el detalle, enamorado de "los
primores de lo vulgar", en definición de Ortega
y Gasset al analizar el Azorín
posterior. Nace en esta novela "el
poeta filosófico o el filósofo poético" que adopta un tono
idealista, melancólico y escéptico. Fue la estudiosa Anna Krause la primera
en advertir la evolución de los centros de interés del pensamiento
azoriniano: Nietzsche, Schopenhauer, y el espíritu reflexivo nacido en los Essai (1580) de Montaigne.
Esta actitud denota que, por estas fechas, el periodista militante del
anarquismo más combativo comienza a entrar en crisis, para iniciar un nuevo
recorrido espiritual. A partir de febrero de 1904 sus escritos aparecerán
bajo el seudónimo de Azorín,
que ocultará la identidad del periodista Martínez Ruiz, el combativo. Y su
espíritu se refrena y busca nuevos puertos donde serenarse. En 1915,
contestando a una acusación de su antiguo maestro Blasco Ibáñez que le
recordó sus orígenes rebeldes, respondía:"El
cambiar de opinión, cuando el cambio es sincero y desinteresado, no desdora
ni humilla a nadie... Y se ve que en España llamamos revolucionario, no al
pensamiento sutil y hondamente innovador, sino lo que se dice en términos
bruscos y destemplados".
El vitoriano Ramiro de
Maeztu (1874-1936) estrenó su juventud en Madrid en 1897. Tenía
veintitrés años y una ligera experiencia de periodista en la capital
bilbaína donde había tenido ocasión de mostrar sus ideas extremistas en El
Porvenir Vascongado. Cantor de la fuerza, del trabajo y del dinero,
el lector de Kropotkin
a los obreros cubanos, vuelto a España, se movió en ambientes más o menos
socializantes, siendo incluso difusor de las ideas socialistas, aunque fuera
de un socialismo romántico. El Maeztu del 98 era un rebelde ante la
decadencia de España. Hombre que apoyaba las reivindicaciones laborales de
los asalariados, que pedía honestidad y sacrificio para salvar a la patria
del desastre, que incluso adoptaba actitudes violentas para la pervivencia de
estas ideas. Esta actitud de rebeldía refleja también el deseo de
afirmación personal frente a la decadencia del entorno, lo mismo que le
llevó a admirar a Nietzsche al que llega a llamar "mi ídolo". Los
hombres del 98, cuanto más débiles e indefensos se encontraban, más
necesidad tenían de creer en un superhombre, en una voluntad fuerte, voluntad
de supervivencia, para superar la inercia nacional y
la zozobra interior. Las teorías nietzscheanas se convirtieron para
ellos en un mito. Los protagonistas de las novelas de los noventayochos (Azorín,
Paradox, Osorio) son paradigmas del hombre del 98 que fluctúa entre la
desolación y la fortaleza. Estas ideas están recogidas básicamente en su
libro primerizo Hacia otra España
(1899).
Sin embargo, resulta
más desconocida la creación literaria regeneracionista del periodista
alavés. La escasa literatura que escribió pertenece a esta etapa inicial:
una colección de cuentos, la novela por entregas La
guerra del Transvaal y los misterios de la banca de Londres
(1900-1901) y la comedia inédita El
sindicato de las esmeraldas. Maeztu desprecia el realismo
decimonónico por insuficiente (salvo la sensibilidad social de Galdós y la
fuerza de Blasco Ibáñez), y rechaza las exquisiteces de los modernistas a
quienes critica "su obsesión por el
estilo". Maeztu no recogió sus cuentos en volumen y quedaron
éstos dispersos en la prensa. En el periódico El
País dispuso incluso de una sección fija en la que publicó
varios bajo el título Frente al ensueño,
aunque la colección quedó cortada enseguida. Los relatos presentan historias
humanas vivas, cargadas de tensión, densas de ideas, y con un estilo directo,
sin excesivas florituras expresivas. Los temas intentan desarmar a la sociedad
de los señuelos burgueses: matrimonio, paternidad, dinero, educación... El
libro colectivo Dinamita cerebral.
Antología de los cuentos anarquistas más famosos recoge uno de
sus cuentos sociales que alcanzó mayor renombre, "El
Central Consuelo", reeditado varias veces. Recuerda
posiblemente experiencias personales de su estancia en Cuba, donde su padre
poseía y perdió un ingenio azucarero. En él tuvo Maeztu contacto con el
mundo del trabajo: el burgués manchó voluntariamente sus manos, mientras
concienciaba a los obreros leyéndoles a Marx,
Kropotkin, Schopenhauer, Sudermann,
Galdós. Cuenta en él una sublevación apocalíptica de los trabajadores de
un ingenio en la que acaban salvajemente muertos los capataces explotadores, y
las instalaciones son víctimas del fuego purificador. También tiene otros
relatos de tema cubano, donde expresa su pensamiento social y político sobre
la colonia. Practica igualmente Maeztu el costumbrismo crítico, aprendido a
la sombra del maestro Larra.
Durante el verano de
1899, que pasó en compañía de Baroja en el pueblo navarro de Marañón,
publicó en El País la serie
"Entre montañas" con
episodios de sucesos campesinos. Historias fuertes, al estilo de las de Blasco
Ibáñez, incluso violentas (la muerte incidental de una anciana se justifica
con un "no importa porque estaba vieja
y no servía para la labranza"), a través de las cuales hace
una reflexión general de la España rural: la falta de ilusiones colectivas,
la pobreza de Castilla, el espíritu reaccionario de ciertas capas sociales y
de la Iglesia, la pobreza cultural... En otros relatos costumbristas analiza
ambientes urbanos, con cavilaciones sociales y morales. Maeztu escribe para
decir cosas, no para contar historias; la literatura está supeditada a las
ideas.
El escritor alavés se
acercó también al mundo de la novela. Admirador de los novelistas nórdicos
(Ibsen, Björnson),
tradujo al menos dos novelas: El deseo
del alemán Hermann Sudermann, autor al que admiraba por su realismo crítico,
con ideas muy en la línea del 98, del "arte
nuevo", según explica en un largo prólogo; La
guerra de los mundos de Herbert
George Wells, conocido novelista y pensador del entorno de la
sociedad fabiana, que defendía un socialismo libre y humanista, y que
apareció como folletín de El Imparcial
a lo largo de 1902. Maeztu escribió una novela original que fue publicada por
entregas en El País a lo largo
de 1900 con el título de La guerra del
Transvaal y los misterios de la Banca de Londres. Se trata de un
voluminoso relato que Maeztu define como historia contemporánea. Presenta un
argumento de gran tensión dramática sobre episodios recientes de la historia
del Transvaal con diversas implicaciones sociales y políticas en torno a las
minas de oro y su gestión desde la banca londinense. Maeztu realiza una
destructiva crítica de la sociedad burguesa y del mundo inmoral del dinero.
No faltan tampoco los elementos novelescos: pasión, aventuras, amor.
Más curiosa resulta
todavía una comedia inédita titulada El
sindicato de las esmeraldas, cuya autoría parece fuera de toda
duda. Está escrita en 1908 en Londres, donde Maeztu frecuentaba a los
fabianos y donde conoce al dramaturgo inglés Bernard
Shaw.
Madurez de la Generación del 98
La desmoralización
política y las crisis personales fueron alejando paulatinamente a los
miembros de la Generación del 98
de sus primitivos planteamientos ideológicos y literarios. Cada uno inició
su evolución íntima, acorde con su personalidad. Tanta actividad y luchas
sin frutos no habían sido sino sueños de juventud, cargados de animoso
romanticismo, que empezaban a hacer crisis en el punto en el que realizaban el
giro hacia la madurez. Algunos de los principios que los definieran como
noventayochos les arrastran ahora a la disgregación: individualismo,
exaltación de la personalidad. La diversificación les apartó de aquellas
tesis y políticas de las que hicieron profesión de fe.
Para 1905 la Generación,
en cuanto grupo, había casi desaparecido, con un balance más bien
insuficiente. En los años sucesivos estos autores evolucionaron hacia
posturas ideológicas menos progresistas. Abandonaron el camino de la acción
y quedó en ellos un poso de fracaso juvenil. La recreación estética de
temas sociales y políticos seguirá ocupando durante cierto tiempo un lugar
importante en sus escritos. Pero desposeídos de sus profundas convicciones
sociales, el idealismo se irá apoderando paulatinamente de estos escritores
que empiezan a rescatar los nuevos valores que ellos creen esenciales. La
revisión de la sociedad, la historia y la cultura española, responde a
criterios cada vez más autónomos.
Nunca abandonaron del
todo la preocupación por la patria, aunque ahora lo hagan desde otras
perspectivas ideológicas, adhiriéndose a "una
España eterna y espontánea", en expresión de Azorín.
Exaltan líricamente los pueblos y el paisaje con una mirada crítica ante la
pobreza y el atraso. Rescatan sobre todo las tierras de Castilla, en las que
ven la médula de España. Reivindican los lugares olvidados, las aldeas, los
rincones escondidos, el paisaje recio y profundo. Sus trazos serán diferentes
en cada escritor, pero todos están marcados por su profunda castellanidad.
Castilla será un arquetipo, cargada de historia, rica de valores morales y en
posesión de potencial económico. El descubrimiento del paisaje castellano es
la gran adquisición estética del 98.
En los aspectos
estilísticos son deliberadamente naturales, sencillos y poco artificiosos. La
Generación del 98 contribuyó, junto con los modernistas, aunque éstos por
distintos caminos estéticos, a la renovación del lenguaje literario de
principios de siglo. Todos ellos se opusieron a la retórica prosaica de la
generación anterior. Recuperaron nuestra literatura medieval (Poema
de Mío Cid, Berceo,
el Arcipreste de Hita,
Jorge Manrique...) y
algunos de los clásicos del Siglo de Oro (fray
Luis de León, Cervantes,
Quevedo...).
Destacaron por su sentido de la sobriedad, por su voluntad antirretórica,
siempre acompañada de una preocupación por el estilo. Es un rasgo
característico de todo el grupo el gusto por las palabras tradicionales y
castizas, para ensanchar el idioma, en opinión de Azorín.
Ampliaron el vocabulario rescatando palabras olvidadas de los pueblos y de las
fuentes clásicas. El subjetivismo, y como consecuencia el lirismo producto de
su gran sensibilidad, impregnó sus escritos.
Miguel de Unamuno
fue el escritor más polifacético, y al mismo tiempo contradictorio, de
los hombres de la Generación.
La poesía, el teatro, la novela y el ensayo de pensamiento y crítica
literaria van a ser géneros ampliamente cultivados por el catedrático de
Salamanca. En su espíritu batallan y se superponen de manera permanente una
serie de principios opuestos: razón y fe, vida y muerte, temporalidad e
intemporalidad, libertad y represión, que proporcionan a sus obras unos
rasgos peculiares. Su vida transcurrió en Salamanca, en cuya universidad fue
rector, excepto unos años (de 1924 a 1930) en los que estuvo desterrado, en
Fuerteventura y París, por su oposición a la dictadura de Primo
de Rivera. Murió el 31 de diciembre de 1936.
La poesía fue, según
propia confesión, su género predilecto: "Yo
soy ante todo y sobre todo un espíritu ilógico e inconcreto. No busco ni
pruebas ni precisión en nada y lo que hago con más gusto es la poesía".
Nos legó varios volúmenes de versos: Poesías
(1907), Rosario de sonetos líricos
(1911), El Cristo de Velázquez
(1920), Andanzas y visiones españolas
(1922), Rimas de dentro (1923), Teresa
(1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1927), Cancionero. Diario poético (1928-1936) (1953), entre los
más conocidos. Su obra poética está en los antípodas del estilo
modernista. Manifiesta un teórico desdén por la forma, aunque se produce una
mayor preocupación formal a partir de Teresa.
El amor emocional, los recuerdos, el paisaje, la ciudad y el tema religioso
constituyen sus motivos líricos principales. Su teatro es excesivamente
esquemático y, a pesar de que sean dramáticos sus conflictos interiores, no
supo comunicar este rasgo a sus piezas, incluso siendo en el terreno trágico
en el que muchas veces se desenvuelve la acción. A pesar de su escaso éxito
comercial, no debemos olvidar su destacada participación en la renovación de
la escena española. Al estreno de La
esfinge (1898), le siguieron La
difunta (1909), Fedra
(1921), Raquel encadenada (1921)
y El hermano Juan o el mundo del teatro,
puesta en escena póstumamente en 1954.
Mucho tiene que ver la
concepción unamunesca del teatro con la de la novela, a la que llamó "nivola",
quizá en un intento de orientar al lector para que no buscara en su
producción narrativa los caracteres tradicionales del género. Reflejan sus
relatos las preocupaciones básicas del pensamiento de Unamuno: el sentido
trágico de la vida, el hambre de inmortalidad, la teoría del Criador y la
criatura... Niebla (1925), quizá la obra más lograda a juicio de la
crítica, desarrolla el tema de la realidad o irrealidad de la existencia y
rememora todavía algunos de los problemas que inquietaban al hombre del 98
(la abulia, el fracaso, lo cotidiano, el hastío). En Abel Sánchez (1917), son la envidia y el mito cainita sus
hilos conductores. El ansia de maternidad y la moral convencional se enfrentan
en La tía Tula (1921) y en San
Manuel Bueno, mártir (1933), relato en el que el eje principal es
la necesidad de seguir fingiendo una fe que ya no se tiene, pero que comunica
vida a los demás. Olvidados entre su abundante producción, conservamos una
nutrida colección de cuentos, que en parte quedaron extraviados en la prensa,
mientras eran recogidos en volumen por E. K. Paucker (1960). Directamente o a
través de la voz de los personajes, Unamuno reflexiona o habla sobre la vida
sin amor, los problemas de la fe, la personalidad, la intrahistoria, y remiten
en ocasiones a los inquietantes problemas humanos de sus obras mayores, de los
que son en varios casos núcleo germinal. Algunos de los escritos de Unamuno
buscan la España real, el paisaje, que nos transmite con una extraordinaria
sensibilidad (Por tierras de Portugal y
España, 1911; Andanzas y
visiones españolas, 1922).
Sin embargo, es en el
ámbito del ensayo donde mejor vertió el autor su compleja personalidad y las
inquietudes íntimas que le acompañaron a lo largo de su agitada existencia. Vida
de Don Quijote y Sancho (1905), Del
sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos
(1912) y La agonía del cristianismo
(1931) son, tal vez, los más conocidos ejemplos de su amplia producción en
este género.
Pío Baroja, desde su acomodada burguesía, siguió encerrado largo tiempo en sus
autoritarias convicciones políticas. Liberal, fue el que menos cambios
sufrió en su contextura ideológica, porque de todos los noventayochistas
quizá era el que entendió la realidad de una manera más personal. Pasó su
existencia en Madrid plenamente dedicado a la literatura, hasta su muerte
ocurrida en 1956. Más de medio siglo de una vida gastada en escribir, explica
a la perfección lo ingente de su creación literaria: 75 volúmenes de
novelas y narraciones, a los que hay que añadir memorias, ensayos y
biografías. Todavía en El árbol de la
ciencia (1911) se observa algo del talante noventayochista.
Describe con mano maestra el ambiente que se respiraba en el Madrid del
desastre, la actitud de las gentes y, sobre todo, la del propio protagonista,
Andrés Hurtado, que simboliza de una manera clara gran parte del sentir que
animó a quienes intentaron hacer frente a la situación. No obstante, el
pesimismo ahoga cualquier posible alternativa. La única salida posible es el
suicidio del personaje.
Agrupó sus novelas en
diez trilogías, si bien sin ningún criterio referido a su unidad: La
lucha por la vida (La busca,
Mala hierba y Aurora
roja), y Tierra vasca
(La casa de Aizgorri, El
mayorazgo de Labraz y Zalacaín
el aventurero) escritas durante sus años juveniles; El
pasado formada por La feria de
los discretos (1905), Los
últimos románticos (1906) y Las
tragedias grotescas; La raza,
constituida por La dama errante
(1908), La ciudad de la niebla
(1909) y El árbol de la ciencia
(1911); Las ciudades, con César
o nada (1910), El mundo es ansí
(1912) y La sensualidad pervertida
(1920). Se añaden después otras narraciones como la tetralogía El mar con Las inquietudes
de Shanti Andía (1911), El
laberinto de las sirenas (1923), Pilotos
de altura (1929) y La estrella
del capitán Chimista (1930) y, por último, Agonías
de nuestro tiempo, con títulos como El
gran torbellino del mundo (1926), Las
veleidades de la fortuna (1927) y Los
amores tardíos (1927). Memorias
de un hombre de acción es otra colección (22 volúmenes,
1913-1935) que supone una amplia crónica histórica de la primera mitad del
siglo XIX a través de la vida aventurera de un personaje real, Eugenio de
Aviraneta.
Absorbido por el mundo
de la novela, abandonaría el cuento, hasta época tardía en que retornó al
relato breve con colecciones como las recogidas en Otros cuentos (O.C., VI), Cuentos
(1919), El puente de las ánimas
(1944), Los enigmáticos,
relatos de escritura más mecánica y profesionales, ajenos a la sensibilidad
y al estilo de los modelos antiguos. Publicó un libro de versos, escritos a
lo largo de su vida, bajo el título de Canciones
del suburbio (1944), romos de inspiración y estilo. Es autor
también de una larga serie de ensayos de variado tema (Juventud,
egolatría, 1917; Nuevo tablado
de arlequín, 1917; La caverna
del humorismo, 1919; Divagaciones
sobre la cultura, 1920; Divagaciones
apasionadas, 1924; El diablo a
bajo precio, 1939; Pequeños
ensayos, 1943; La decadencia de
la cortesía y otros ensayos, 1956...), de algunos ejercicios
teatrales (El horroroso crimen de
Peñaranda del Campo, 1928; El
nocturno del hermano Beltrán, 1929), de biografías, y de varios
tomos de recuerdos apasionados bajo el título de Desde
la última vuelta del camino. Memorias (1944-1955). Baroja es un
escritor con un bagaje de creación increíble, apasionante, pero también de
muchos altibajos en su calidad literaria.
Su evolución debemos
contemplarla desde unos comienzos de espíritu fiel al 98 hasta un período
posterior en el que cultiva un escapismo hacia la temática histórica y de
aventuras. En su novelística los personajes y los ambientes son más
importantes que los temas. El protagonista es frecuentemente el alter ego del autor, esto es, un hombre inadaptado,
anticlerical, con actitud crítica hacia las instituciones y, finalmente, un
vencido en la lucha contra un medio hostil, en una palabra, un frustrado. El
lenguaje del escritor vasco nace con frecuencia de espaldas a la retórica y
en ocasiones podemos percibir un cierto desaliño y descuido en el estilo, en
particular en la sintaxis.
Azorín
abandonó pronto sus radicales posturas políticas, para encerrarse en su
mundo literario, adoptando paulatinamente actitudes más conservadoras.
También llevó a cabo una ingente y polifacética producción literaria hasta
el año 1967 en que murió. Escribió artículos periodísticos, comedias,
ensayos, cuentos, novelas, crónicas parlamentarias, discursos políticos...
Como escritor se caracteriza por ser amigo de lo fragmentario, de lo parcial.
Busca el pequeño detalle: movimientos aislados, colores, matices, rincones.
Utiliza la técnica de la evocación como instrumento para recrear ambientes y
personajes. Obsesionado por el tema de la fugacidad de tiempo y extraordinario
observador del paisaje, refleja en sus obras una gran sensibilidad. Su estilo
manifiesta una profunda preocupación por el léxico. Su labor periodística
influye en su estilo: frase breve y concisa.
Sus libros de ensayo son
en muchas ocasiones recopilación de sus artículos aparecidos en la prensa.
Un grupo importante describe el paisaje y el alma española, con un espíritu
que se aleja poco a poco de las preocupaciones noventayochistas, como La
ruta de Don Quijote (1905), Andalucía
trágica (1905), Los pueblos
(1905), Castilla (1912), El
paisaje de España (1917), Un
pueblecito: Riofrío de Ávila... Merecen especial mención los que
versan sobre temas de nuestra historia literaria y sobre el estilo, plenos de
sensibilidad y aguda intuición, la esencia del ensayismo literario hispano.
Entre ellos: Lecturas españolas
(1912), Clásicos y modernos
(1913), Los valores literarios
(1913), Al margen de los clásicos
(1915), Los dos Luises y otros ensayos
(1944), Rivas y Larra (1947) y
otros temas (El cine y el momento,
1953). También editó dos obras de memorias, Madrid
(1941) y Valencia (1941).
No tienen sus novelas
nada que ver con el concepto convencional que tenemos del género. Carecen de
acción. No inventa, recrea. Aparecen como conjunto de sensaciones e
impresiones. Los protagonistas son, a menudo, proyección del propio autor.
Esta tendencia era ya evidente en las novelas de la primera época (La
voluntad, Antonio Azorín, Confesiones de un pequeño filósofo),
ya citadas. Sigue fiel a su estilo, aunque no a sus ideas, en las que compuso
en su madurez: Don Juan (1922), Doña
Inés (1925), María Fontán
(1944), Salvadora de Olbena
(1944). El interés por la literatura fragmentaria favoreció que la afición
por el cuento se mantuviera vigente a lo largo de su vida de escritor.
Aparecen periódicamente colecciones, que según los usos literarios han
contactado previamente con su público adicto por medio de la prensa: en Blanco
en azul (1929) sigue la moda surrealista (mejor "superrealista",
según sus deseos) al uso y donde predominan los temas del tiempo, el
subconsciente, las fuerzas misteriosas, con escaso interés por el mundo
exterior; Españoles de París
(1939); Pensando en España
(1940); Sintiendo a España
(1942); Cavilar y contar (1942);
Contingencias en América
(1945), muchos de ellos recogidos en Cuentos
(1956). Es autor de más de cuatrocientos relatos breves, de gran calidad, por
lo que hay críticos que le tienen por una de las figuras señeras del cuento
del siglo XX. Algunos fueron escritos durante su exilio voluntario en París
durante la Guerra Civil española (con añoranzas y recuerdos de su patria,
datos autobiográficos, la capital del Sena) o los escritos para el periódico
La Prensa de Buenos Aires del
que fue corresponsal. Son cuentos literarios más que realistas, en los que la
sociedad se evoca desde una perspectiva subjetiva, con evocaciones
históricas, divagaciones fantásticas y mundos mágicos dominados por el
azar, llenos de referencias culturales y con el estilo cuidado habitual en la
prosa azoriniana. Apenas se asoman a los mismos los episodios bélicos de
actualidad.
Azorín experimentó siempre
una gran atracción hacia el teatro, no en vano muchos de sus artículos
literarios están dedicados a la crítica teatral. Su actitud en este terreno
es de defender la imperiosa necesidad de renovar la escena. Pretende romper
con el realismo y crear un teatro antirrealista. Es el suyo un teatro sin
drama, todo debe quedar supeditado al diálogo, donde han de plasmarse en
condensación los aspectos esenciales de las obras. Old
Spain (1926), Brandy, mucho
Brandy (1927), Comedia del arte
(1927), Lo invisible, trilogía
compuesta de tres piezas (La arañita en el
espejo, El segador y Doctor Death de 3 a 5, 1928) y La guerrilla (1936), son algunas muestras de su actividad
como dramaturgo ejercida, sobre todo, entre 1925 y 1936.
Maeztu
sufrió también una evolución ideológica muy acusada que le hizo pasar del
socialismo radical de sus primeros años a una derecha reaccionaria,
convirtiéndose en defensor a ultranza del catolicismo, la tradición y la
hispanidad. Este proceso de espiritualización ideológica se produjo, sobre
todo, durante su estancia en Londres. Bajo la inspiración del socialismo
fabiano, empezó a admirar la solidaridad de los británicos y su interés por
las tareas socialmente beneficiosas, y se fue mostrando europeísta. En 1911
leyó en el Ateneo de Madrid la famosa conferencia La
revolución y los intelectuales, donde se observa una serenidad del
espíritu en busca de nuevos referentes ideológicos que le permitan salir de
su situación personal. Tiene una conciencia elitista de la sociedad, ya que
cree que los intelectuales deben llevar el peso de la reforma social. Su
regeneracionismo, sin embargo, se ha templado, se ha vuelto menos crítico de
los políticos de la España del desastre y mira hacia el futuro con
esperanza.
A partir del año 1916
rechazó todos sus escritos anteriores, que consideró plagados de errores. A
su vuelta a nuestro país creyó encontrar esa España nueva que buscaba
revalorizando los valores religiosos y tradicionales. Políticamente defendió
la dictadura de Primo de Rivera, y más tarde expresó su devoción por Mussolini
y Hitler. Sus
artículos se recogen en La crisis del
humanismo (1919), en torno al tema de la Guerra Mundial; Defensa
de la Hispanidad, libro de amor y de combate (1934), ideal de
alcance universal que identifica con el catolicismo. Uno de los libros más
interesantes de Maeztu, y de mayor valor literario, es el ensayo titulado Don
Quijote, Don Juan y la Celestina. Ensayos en simpatía (1926), en
el que presenta estos tres mitos que encarnan tres valores divinos: el amor,
el poder y la sabiduría, y que representan la falta de ideales de la sociedad
española.
Otros muchos artículos
de ambas épocas quedan aún perdidos en las páginas de los periódicos,
expresión del espíritu ferviente de este Maeztu, periodista y ensayista, con
caras irreconciliables.
Valle-Inclán y Machado, noventayochos a destiempo
La inclusión de los
coetáneos Ramón María del Valle-Inclán y Antonio Machado en la Generación
del 98, habitual en los manuales de historia de la literatura, exige algunas
matizaciones. Rabiosamente modernistas en sus orígenes literarios, sufrieron
luego una intensa evolución personal que les fue alejando de las exquisiteces
expresivas propias de los seguidores de Rubén Darío.
Los hombres del 98 que
coincidían, como se ha dicho, con los modernistas en algunas cosas, estaban
muy alejados de su estética literaria, que despreciaban cordialmente.
Todavía en 1907 remitía desde Londres Ramiro de Maeztu la respuesta a una
encuesta que promovía el periódico Nuevo
Mercurio sobre el Modernismo, con opiniones descalificadoras en
extremo para una escuela cuyo esfuerzo mental se agotaba. Dice, "en
el ensamblaje cuidadoso de las palabras persiguiendo ya el arabesco musical,
ya sensaciones verbales de novedad, de exotismo o de refinamiento".
El vitoriano tenía a Valle-Inclán como al mentor y principal modelo de esta
escuela, de quien afirma con ironía: "Que
el auge actual de esta tendencia es obra personalísima del Sr. Valle-Inclán,
quien ha empleado diez o doce años de su vida, todo lo que va desde 1895
hasta la fecha, en propagar su idea de la literatura, dedicando a esta causa
doce o catorce horas diarias de charlas, discusiones y pendencias, e
ilustrando sus tesis con algunos escritos". Censura su
habitual desinterés "por los
problemas materiales de la vida". Sin embargo, no se atreve a
aventurar una opinión sobre la pervivencia de esta tendencia en el futuro
literario español.
En el caso del escritor
gallego se fue produciendo un progresivo desapego a la misma, para entrar en
una paulatina preocupación por los problemas nacionales, en la misma línea
regeneracionista que los hombres del 98. Parece que fue a partir de 1915
cuando sustituyó su tradicionalismo idílico por ideas casi revolucionarias,
que se acrecentarán a partir de 1920. Se enfrentó a la dictadura de Primo de
Rivera. En 1933 ingresó en el Partido Comunista (aunque también hay
testimonios de una cierta admiración por Mussolini). En este segundo Valle-Inclán
resulta difícil separar lo que es ideología política de lo que es
estética, y hará del esperpento una fórmula artística nueva para repasar
críticamente la sociedad española.
Las primeras obras de
Antonio Machado responden también a los cánones de la estética modernista y
simbolista. A partir de 1912, con la publicación de Campos de Castilla, se observa ya una inclinación hacia la
problemática cívica. A la Castilla vista desde un punto de vista estético
sucede una Castilla observada con visión realista, sociopolítica. Las nuevas
circunstancias vitales (la muerte de su mujer, Leonor), debieron influir en
ese abandono de la subjetividad, pero sobre todo en la concienciación
política del autor. Hablando en 1917 sobre los móviles de su poesía,
afirmó: "A una preocupación
patriótica responden muchas de ellas; otras al simple amor a la Naturaleza,
que en mí supera infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas
revelantes de muchas horas de mi vida gastadas -alguien dirá perdidas- en
meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo".
En Nuevas
Canciones (1924) y Cancionero
Apócrifo (1933) se pone ya claramente de manifiesto su interés
por la temporalidad, la injusticia social y la superación del cainismo a
través de la fraternidad de los pueblos. Sus simpatías por la causa
republicana le llevaron al exilio en Francia, Colliure en 1939, donde murió
al poco de llegar.
Valle y Machado llegan
al compromiso socio-político en su literatura cuando ya los hombres del
noventayocho han desertado de su discurso regeneracionista, e incluso han
hallado refugio en partidos conservadores olvidando su rebeldía generacional.