La Filosofía de la elocuencia, de Antonio de Capmany y Montpalau, publicada por vez primera en 1777, es uno de los tratados de retórica más importantes de todos los escritos en lengua castellana. Esta obra se encuentra inmersa en el contexto de la preocupación que, durante el siglo XVIII, se mostró en Europa por las cuestiones relacionadas con la gramática, la retórica, la oratoria y la poética. Así pues, circularon cantidad ingente de manuales, tratados, ensayos, artículos periodísticos, discursos e incluso libelos y toda especie de opúsculos donde estas materias, de una manera o de otra, aparecen reflejadas entre sus páginas. Dejando al margen el Diccionario y la Gramática de la Real Academia, entre las causas por las que estos asuntos cobran vital importancia debemos considerar el hecho de que la nueva sociedad europea, burguesa y reformista (cuando no revolucionaria, como en la Francia de 1789), intentaba incluir entre los sólidos pilares en que apoyarse la prensa escrita, la escuela, la discusión política –que se convertirá en apasionado debate parlamentario a partir del siglo XIX– la ciencia, la tecnología, el intercambio comercial y, también, las manifestaciones literarias que, desde entonces, adquieren personalidad propia como la novela y el drama.
Esta naciente estructura que trata de abrirse paso en la sociedad civil exige, por otra parte, que los mecanismos utilizados para la comunicación oral o escrita estén claramente definidos tanto para el emisor como para el receptor, que la expresión lingüística y discursiva posea unos rasgos que garanticen en todo momento que el mensaje emitido sea correctamente interpretado por el lector o el oyente, convertido en “ciudadano” cuya opinión es cada vez más relevante en el seno de esa naciente sociedad civil.
Pero a estas materias volveremos más tarde. Conviene, antes que nada, repasar brevemente la vida de este hombre de letras y político español. Nacido en Barcelona en 1742, combatió como soldado en el Regimiento de Dragones de Mérida, pero se cansó muy pronto de la vida militar y entró a formar parte del estrecho círculo de colaboradores del prestigioso superintendente Pablo de Olavide, quien había recibido de Carlos III el encargo de la repoblación de Sierra Morena. Precisamente, esta colaboración con Olavide consolida su formación intelectual y le sirve de base para su futura Filosofía de la elocuencia, porque le permite entrar en contacto con obras de autores europeos (la Enciclopedia francesa, sobre todo) y con los otros miembros de ese reducido grupo de pensadores y escritores (Jovellanos, el más destacado de ellos) que constituían la elite del pensamiento ilustrado español.
Tras la caída de Olavide, a causa de una denuncia inquisitorial, Capmany ingresa en la Academia de la Historia, en la Real Academia de la Lengua y en la de Buenas Letras de Barcelona y Sevilla. Además de la Filosofía de la elocuencia, elabora, hasta el decisivo año de 1808, varias obras de carácter histórico y filológico como:
Ø Discursos analíticos sobre la formación y perfección de las lenguas y sobre la castellana en particular (1773, discurso leído en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras)
Ø Comentario sobre el Doctor Festivo y Maestro de los eruditos a la violeta para desengaño de los Españoles que leen poco y malo (1773)
Ø Arte de traducir del idioma francés al castellano, con el vocabulario lógico y figurado de la frase comparada de ambas lenguas (1776)
Ø Discurso económico político en defensa del trabajo mecánico de los menestrales y de la influencia de sus gremios en las costumbres populares, conservación de las artes y honor de los artesanos (1779)
Ø Memorias históricas sobre la marina, comercio, y artes de la antigua ciudad de Barcelona (1779)
Ø Antiguos tratados de paces y alianzas entre algunos Reyes de Aragón y diferentes príncipes infieles de Asia y África (1786)
Ø Teatro histórico crítico de la elocuencia española (1786-1794). Selección de textos “elocuentes” y literarios, precedida de unas Observaciones críticas sobre las excelencias de la lengua castellana.
Ø Comentario con glosas críticas y joco-serias sobre una nueva traducción castellana de las aventuras de Telémaco (1798)
Ø Nuevo Diccionario Francés y Español (1805)
Ante la invasión napoleónica de 1808, Capmany optó por el bando “nacionalista”, y en Cádiz (donde residió hasta su muerte en 1813) participó como diputado a las Cortes en representación de Cataluña. No nos atrevemos del todo a designar con el rótulo de “reaccionario” el patriotismo de Capmany; el caso es que evolucionó hacia una galofobia obsesiva, por no decir paranoica: en el TIMES de 15 de noviembre de 1810, por ejemplo, se recoge la noticia de que Capmany en una sesión de las Cortes, llegó a exigir la prohibición, en el léxico político y parlamentario, de todo extranjerismo sobre todo si se trataba de algún galicismo como las palabras “moción”, “asamblea” y “escisión”; y el gaditano Antonio Alcalá Galiano, en Literatura española del Siglo XIX. De Moratín a Rivas, relata cómo nuestro autor en las sesiones parlamentarias tomaba la siguiente actitud:
Ejercía
el cargo de censor de los
discursos, para vigilar la pureza gramatical y cualquiera transgresión de las reglas de la sintaxis española;
sobre todo, ni un solo galicismo se le escapaba sin señalarlo ni reprobarlo. A
menudo se levantaba indignado en plena sesión, echando espuma por la boca y
lanzando miradas de patriótico fuego, para denunciar alguna frase o palabra que
a él le parecía alta traición literaria.
Aunque al asunto de la teoría lingüística de Capmany volveremos más adelante, observamos por ahora que el experto en el arte de traducir la lengua francesa, el introductor, en la primera edición de la Filosofía de la elocuencia, de fragmentos de la Encyclopédie (redactados por D’Alembert, Montesquieu y Voltaire, por ejemplo) o de tratados de retórica como los de Charles Rollin y Jean Baptiste Crevier, y de estudios sobre los tropos y los sinónimos de Chesneau du Marsais y de Abbé Girard, acaba componiendo una apasionada Centinela contra los franceses (1808) –de la que existe una excelente edición moderna a cargo de Françoise Etienvre, London, Tamesis Books Limited, 1988– y una segunda versión de la Filosofía de la elocuencia (Londres, H. Bryer, 1812). Incluso se vio implicado en una agria polémica con los poetas y dramaturgos Manuel José Quintana y Martínez de la Rosa, por cuestiones que mezclan lo político, lo literario, lo lingüístico y, por qué no decirlo, la animadversión personal. De modo que en 1811–según el testimonio de Antonio Alcalá Galiano en Literatura española del Siglo XIX y en sus Memorias– Capmany redacta unas Cartas primera y segunda de un buen patriota que reside disimulado en Sevilla, escritas a un antiguo amigo suyo, domiciliado hoy en Cádiz; en ellas arremete de forma despiadada y cruel contra el estilo de las proclamas y discursos políticos de Quintana, al que llega, incluso, a ofender personalmente. En defensa del poeta injuriado responderá un joven talento llamado Francisco Martínez de la Rosa: bajo el seudónimo de un “maestro de escuela de Polopos”, se publica una Carta al buen patriota disimulado en Sevilla, Gramático por Excelencia, incansable crítico de Proclamas, etc., donde se rebaten y refutan convenientemente los envenenados dardos dialécticos de Capmany.
El caso es que las diferencias entre las dos ediciones de la Filosofía de la elocuencia tal vez hayan sido exageradas por cierta crítica; sobre todo la interesada en reivindicar al Capmany “patriota” reaccionario frente al Capmany “innovador” afrancesado de la primera versión. Ciertamente, en 1812 aparece un Prólogo con notables diferencias de carácter purista que defienden nuestra lengua de la ‘invasión’ de galicismos, malas traducciones e imitaciones serviles; ciertamente, la extensión casi triplica la primera edición (de 232 a 665 páginas); pero, como han demostrado algunos estudiosos, el fondo y las ideas estéticas, filosóficas y lingüísticas que animan ambas versiones permanecen casi intactos. Es decir, la Filosofía de 1812 continúa básica y esencialmente siendo la misma que la de 1777: las diferencias residen en el Prólogo, en un “Apéndice II” donde se comenta la “Pronunciación” y la “Acción”, y en la gran cantidad de añadidos consistentes en ejemplos españoles de los siglos XVI y XVII, puestos como modelos de elocuencia y que ya figuraban, muchos de ellos, en el Teatro histórico crítico de la elocuencia española; mientras que en la primera versión predominaban los ejemplos clásicos sobre los bíblicos y franceses.
Por todo esto hemos preferido rescatar la edición de 1777, y no la de 1812. La versión publicada en Madrid, por Antonio de Sancha, constituye por sí misma una obra significativa al máximo de los aires innovadores que corrían allá por los últimos años del siglo XVIII. Aunque, curiosamente, en esto de las fuentes francesas de que bebe Capmany se debe precisar que, a partir del hecho de que los tratadistas franceses de la Enciclopedia (por ejemplo Voltaire, en su artículo referente al«Gusto») extractaran, tradujeran o resumieran a autores británicos como el escocés Hutcheson, pueden rastrearse muchas coincidencias de las ideas de nuestro autor con esa fuente en lengua inglesa.
Y es que resulta muy verosímil pensar que la Filosofía de Capmany es en muchos aspectos un tratado retórico europeo más que español. Es decir, más que el libro de un “afrancesado” se trata de un compendio de bastantes innovaciones culturales, estéticas, lingüísticas y filosóficas que circulaban por Europa en torno a la segunda mitad del siglo XVIII. O como dice el mismo Capmany:
El
autor que no quiere pasar por ridículo debe adoptar el [estilo] de su siglo. En
éste vemos que toda Europa ha uniformado el suyo; y aunque cada nación tiene
su idioma, traje y costumbres locales, los progresos de la sociabilidad han
hecho comunes las mismas ideas en la esfera de las buenas letras, el mismo gusto
y, por consiguiente, un mismo modo de expresarse (Prólogo,
págs. XVIII-XIX. La ortografía y la puntuación están actualizadas).
La Filosofía de la elocuencia, de 1777, no es un simple tratado de retórica de los muchos que se escribieron desde que Platón, Aristóteles, Cicerón y Quintiliano impulsaron definitivamente esta disciplina. A mediados del siglo XVIII, la retórica se hallaba en franca decadencia. Reducida a rancia y anticuada materia escolar, estaba escrita principalmente en latín –los jesuitas, en 1726, buscaban incluso nuevos modelos que sustituyeran los viejos manuales de los padres Núñez, Susius y Cipriano Suárez– y, desde la Edad Media, se circunscribía casi exclusivamente al arte praedicandi, al arte dictaminis y al arte poeticae; es decir, la oratoria sagrada (los célebres predicadores), la jurídica (la farragosa verborrea de los abogados), y también los catálogos de figuras y de tropos que los poetas, sobre todo durante el Barroco, pretendían usar con el mayor ingenio y agudeza posibles.
Convenía superar, por consiguiente, esta decadente tradición recuperando lo que la retórica había sido en sus comienzos, allá por el siglo V a. de C. en la antigua Grecia de Gorgias, los sofistas y más tarde Demóstenes, así como durante la época romana con Cicerón en tanto figura señera. A saber, se trataba de reivindicar el arte de persuadir, conmover y provocar actos en los oyentes o en los lectores mucho más que conservar un conjunto de normas destinadas a dar mayor efectividad ¿propagandística? a un discurso, que era en lo que había degenerado la retórica. El mismo Capmany, en el Prólogo, utiliza términos como “edad ilustrada” y “siglo decimoctavo” para referirse al contexto en el que pretende enmarcar su libro, y, en efecto, debemos tener presentes algunas constantes culturales propias de esta centuria, al menos si deseamos comprender en sus justos términos todo lo que nuestro autor pretendía comunicar.
En 1784 Inmanuel Kant publicó una Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, donde explica, entre otras consideraciones, lo que él denomina “uso público de la razón”, según el cual todo ciudadano tiene el deber de exponer públicamente sus criterios y opiniones, sobre todo en asuntos en los que se es especialista o experto. Para ello, qué duda cabe, el ciudadano debe elaborar un texto oral o escrito mediante el cual no sólo ha de convencer a los demás de la validez y certeza de sus argumentos, sino también provocar en sus semejantes nuevos actos conducentes al progreso de la sociedad, esto es, a la superación paulatina de los vicios y defectos que afectan a la comunidad en que se vive. Esto necesita que cada Estado posea un sistema político que favorezca la libertad de expresión y el debate entre las diversas corrientes de pensamiento:
Después
de perfeccionada la facultad de comunicarse las ideas, los hombres cultivaron la
de infundirse entre sí sus pasiones. Este ejercicio en la institución de las
democracias produjo y acreditó el talento oratorio de cuyos maravillosos
ejemplos se vino a formar un arte sublime que, escuchado como oráculo en las
deliberaciones públicas, fue árbitro de la paz y de la guerra, terror y azote
de la tiranía y, al fin, arma fatal de los tiranos [...] Éste fue el móvil
para que en aquellos estados populares se honrase no sólo la elocuencia sino
todas las demás profesiones propias para formar oradores, como la política, la
jurisprudencia, la moral, la poética y la filosofía. (Filosofía
de la elocuencia, Introducción,
págs. 1-2)
La elocuencia cobra así un nuevo sentido. En primer lugar, se insiste en distinguir claramente elocuencia de retórica. Al igual que se comienza a discernir las diferencias existentes entre lengua o capacidad de comunicarse mediante signos lingüísticos y gramática, en tanto conjunto de reglas y de normas que regulan el acto lingüístico; asimismo se extiende la dicotomía a otros elementos como, por ejemplo, poesía frente a poética. Se establece, entonces, una separación metodológica entre lo natural espontáneo o innato –la lengua, la elocuencia, la poesía– y lo artificial convencional o arbitrario –la gramática, la retórica, la poética–. Así lo explica Capmany, traduciendo en parte el artículo de la Enciclopedia, elaborado por Voltaire, en que se define la palabra “elocuencia”:
La
elocuencia, que nació antes que la retórica así como las lenguas se formaron
antes que la gramática, no es otra cosa, hablando con propiedad, que el talento
de imprimir con fuerza y calor en el alma del oyente los afectos que tienen
agitada la nuestra. [...] Diremos, pues, que los rasgos en que brilla la
verdadera elocuencia son hijos del sentimiento; que no han nacido de los
preceptos fríos, antes por ellos se formaron las reglas, porque en todas las
cosas la naturaleza fue siempre madre y modelo del arte. ¿Pero no se ha dicho
que los poetas nacen y los oradores se hacen? Sí, es verdad cuando el orador ha
necesitado estudiar las leyes, las inclinaciones de los jueces y el gusto de su
tiempo. Si en las artes como la elocuencia se pudiesen prescribir reglas tan
ciertas y fijas que de su observancia debiesen necesariamente salir discursos
perfectos, entonces la elocuencia no dependería del ingenio; antes bien, se haría
un gran orador como se hace un gran aritmético. (Introducción,
págs. 2-4)
En segundo lugar, tal y como se indica en el título de la obra, la elocuencia está contemplada desde el punto de vista de la filosofía, y ello implica varias cuestiones:
‚Tan importantes, o incluso más, como las reglas y preceptos concretos que regulan el acto lingüístico de la elocución son los principios generales, los sentimientos y los efectos que se quieren causar en el receptor:
Hasta
aquí la elocuencia se ha tratado, entre nosotros, por preceptos más que por
principios; por definiciones más que por ejemplos; y más por especulación que
con sentimiento; o diciéndolo de otra manera: cuando muchachos tenemos
elementos clásicos para trabajar la memoria, y después ninguna luz para guiar
el talento cuando hombres.
A
este último fin, una retórica filosófica, que es decir la que diere la razón
de sus proposiciones, analizase los ejemplos, combinase el origen de las ideas
con el de los afectos; en una palabra, que ejercitase el entendimiento y corazón
de los lectores, es sin duda la más necesaria y la única que nos falta. (Prólogo,
págs. VIII-IX)
‚Capmany, hombre del Siglo de las Luces, plantea una inversión de los términos establecidos desde la Edad Media, amparados después en los colegios jesuitas, según los cuales el estudio de la retórica (junto con el de la gramática) precedía al estudio y conocimiento de la dialéctica o filosofía. Nuestro autor, compartiendo la opinión de muchos ilustrados, llega a decir:
Cuando
considero la elocuencia con otro respecto, veo que no es para muchachos; pues
como suponga un caudal de ideas grandes, el conocimiento del hombre moral y una
razón ejercitada, tres cosas de que carece y es incapaz su corta edad, no
estimo por racional el método común de anticipar la retórica al estudio de la
filosofía. A este inconveniente han añadido los retóricos el de escribir en
latín: y acaso es esta otra de las causas del poco o ningún fruto de sus
libros. (Prólogo, pág. XV).
Dicho de otro modo, se parte nuevamente del aforismo que dictara Horacio en un verso de su Arte poética. “Scribendi recte sapere est et principium et fons”, el saber (el conocimiento) es el principio y la fuente de escribir correctamente. O como explica Capmany cuando define la sabiduría como uno de los principios vertebradores de la verdadera elocuencia:
Para
poseer el mérito de la elocución y de las ideas es necesario unir como Platón
el arte de escribir con el de pensar bien. Unión rara; pero que el mismo
Horacio encarga cuando señala la sabiduría
como la fuente de escribir bien. ¿El mismo Platón en su Gorgias no dice que el
orador debe poseer la ciencia de los filósofos? ¿Aristóteles, después, no
nos demuestra en su Retórica que la verdadera filosofía es la guía secreta en
todas las artes? (Introducción, pág.
9)
‚Por todo esto no resulta extraño que Capmany se sirva de la Enciclopedia francesa e incluya fragmentos traducidos de artículos elaborados, entre otros, por D’Alembert, Beauzée, Montesquieu y Voltaire; que reproduzca postulados estéticos propios del sensualismo y del relativismo, reflejados a través de la tensión entre la universalidad de la razón, el gusto, la sensibilidad y la elocuencia, frente a la diversidad determinada por las circunstancias: los países, los idiomas, las costumbres, las formas de gobierno, etc.; y que, finalmente, conceda una gran importancia al binomio naturaleza-sentimiento frente al arte-regla.
Como prueba de esto último, Capmany usará unos términos bastantes similares a los empleados por Inmanuel Kant, en el concepto de lo sublime, antigua noción que ya aparecía en los primeros tratados de retórica y que redefinió Longino en el siglo III d. C.:
|
KANT: “El delicado sentimiento que nos proponemos
examinar es doble: incluye lo bello y lo sublime, emocionantes y
agradables los dos, aunque de modo distinto. El aspecto de una cadena de
montañas cuyos picos nevados se pierden entre las nubes, la descripción
de una tormenta o la que hace Milton del reino infernal, nos producen un
placer mezclado con terror. El espectáculo de los prados poblados de
flores y los valles surcados por arroyuelos y donde pacen los rebaños,
nos produce también un sentimiento agradable, pero plenamente gozoso y
amable. Para percibir en toda su intensidad la primera sensación es
necesario tener el sentimiento de lo sublime, y el de lo bello para la
segunda [...] Los que poseen el sentimiento de lo sublime están
inclinados hacia los sentimientos elevados de la amistad, la eternidad, el
desprecio del mundo, el silencio de las noches de verano tachonadas por la
temblorosa luz de las estrellas y de la solitaria luna en el horizonte. Lo
sublime emociona, lo bello encanta. Lo sublime terrible, cuando se produce
fuera de lo natural, se convierte en lo fantástico”. (Observaciones
sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, 1764;
reelaboradas en la Crítica del juicio) |
CAPMANY: “Lo sublime en todas las cosas es lo que hace en nosotros la impresión más fuerte, por la razón que siempre envuelve un sentimiento profundo de admiración o respeto, nacido de la terribilidad de los objetos, por sus circunstancias o caracteres [...] Como el efecto de esta impresión proviene a veces de dos causas diferentes, podemos distinguir aquí dos especies de sublime: el uno de imagen y el otro de sentimiento. Al primero pertenecen aquellas sensaciones profundas de una admiración o estupor secreto, causado por la grandeza de las cosas. Así lo vemos en la naturaleza, donde los objetos que excitan sensaciones más fuertes son siempre las profundidades de los cielos, la inmensidad de los mares, las erupciones de los volcanes, etc. por razón de las grandes fuerzas que en ella suponen y por la comparación que involuntariamente hacemos de estas mismas fuerzas con nuestra debilidad al tiempo de observarlas. En la contemplación de unas cosas por sí formidables, ¿qué hombre no se sentirá poseído del más tímido y profundo respeto? [...]; pero si de lo conocido subimos a lo desconocido, para ver toda la grandeza de esta imagen, represéntese cualquiera la de una noche medrosa cuando a las tinieblas se agrega la espesura de los nublados, y que a la luz repetida y momentánea de los relámpagos se vean los mares, las olas, las campiñas, las selvas, las montañas, los valles y el universo entero desaparecerse y reproducirse, digámoslo así, a cada instante. (“Sublime de imagen”, en Filosofía..., págs. 107-111) |
En tercer lugar, Capmany introduce varios temas novedosos con respecto a aspectos concretos de la disciplina retórica. La norma impuesta exigía que la redacción de un discurso se estructurara en cinco fases: inventio (hallazgo de las ideas), dispositio (ordenación de las ideas halladas), elocutio (redacción elegante del texto), actio (preparación de gestos y entonaciones adecuados) y memoria (memorización del discurso por parte del orador). Pues bien, la primera novedad de la Filosofía de la elocuencia (1777) consiste no sólo en el hecho de haberse centrado exclusivamente en la elocutio, desechando las otras partes retóricas –esto ya lo habían practicado otros autores anteriores a él–, sino en que, además, podemos rastrear huellas del punto de vista “filosófico” que adopta nuestro autor. Por ejemplo, Capmany, implícitamente, tal vez consideraba que la invención había degenerado en un simple catálogo de silogismos o entimemas, de argumentos comunes o tópicos, y de ejemplos o anécdotas ficticias o reales; la disposición, en un estereotipo o cliché en el que se imponía siempre el exordio con su captatio benevolentiae, la narratio, la confirmatio y el epílogo.
Por esto, tal y como se sugiere en la sección titulada “Calidades del talento oratorio”, vuelve a insistir en que elocuencia y retórica son dos cosas diferentes, aunque relacionadas entre sí –como sucede entre lengua y gramática–, que cualquier hombre con “talento” e “ingenio” especiales, es decir, dotado de “razón” y de “sentimiento”, puede ser autor de un discurso elocuente si está guiado en “el estudio reflexivo de los mejores modelos y en un ejercicio continuo de componer”. Aunque, finalmente, sean muy pocos los auténticos hombres elocuentes, ya que:
Dos
cosas parece que concurren para formar un orador, la razón
y el sentimiento: aquella debe convencer; éste, mover y
persuadir. La elocuencia, al fin, estriba sobre estas dos disposiciones
naturales, que son como las raíces del árbol. Pero los verdaderos oradores son
muy pocos, porque son muy raros los hombres dotados de aquella penetración,
extensión y exactitud de entendimiento necesarias para distinguir lo verdadero
y hacerlo evidente; porque, en fin, son muy raras las almas delicadas que se
dejen herir vivamente de los objetos de sus meditaciones y que puedan transmitir
al corazón del oyente los sentimientos de que están penetradas (Introducción,
págs. 6-7).
Por tanto, no debe extrañar que Newton y Descartes sean citados como ejemplos de verdadera elocuencia:
Para
ser elocuente a un ingenio elevado le bastan objetos grandes; pues hasta
Descartes y Newton, que no fueron oradores, son elocuentes cuando hablan de
Dios, del tiempo, del espacio, del universo (Introducción, págs. 7-8).
De donde resulta que la elocuencia, que no la inventio ni la dispositio de la retórica, reside en la posesión de cualidades naturales en un ser humano (la razón y el sentimiento) que deben ser desarrolladas mediante la experiencia y el estudio de las diversas ciencias y ramas del saber. Porque:
La
verdadera elocuencia necesita los socorros de todas las artes y ciencias. De la lógica
saca el método de raciocinar; de la geometría,
el orden y encadenamiento de las verdades; de la moral,
el conocimiento del corazón y de las pasiones del hombre; de la historia,
el ejemplo y autoridad de los varones insignes; de la jurisprudencia;
el oráculo de las leyes; de la poesía,
el calor de la expresión, el colorido de las imágenes y el encanto de la armonía
(Introducción pág. 9).
Este planteamiento está vinculado a uno de los aspectos de la auténtica revolución que supuso la Ilustración en el mundo del pensamiento y de la expresión, tanto discursiva y científica como estética, a partir de la cual nace lo que hoy entendemos como sociedad contemporánea. El arte de expresarse elocuentemente y de forma efectiva y “útil” para el progreso de la humanidad ya no reside exclusivamente en las técnicas persuasoras de los predicadores sacerdotales, ni en las argumentaciones enrevesadas de abogados y magistrados ni en los tropos y metáforas de los poetas al uso, sino en cinco “calidades” universales –esto es, susceptibles de ser poseídas por una persona independientemente de su nacionalidad, idioma y condiciones geográficas o históricas–, que deben desarrollarse y manifestarse mediante el estudio o conocimiento de las distintas áreas del saber humano, del manejo de la tradición literaria y cultural, y mediante el raciocinio o el sentimiento adecuados a cada situación concreta. De modo que Capmany, como hombre del siglo XVIII, nos viene a decir que la elocuencia está directamente relacionada con la razón, la experiencia y la observación de la naturaleza; precisamente los tres pilares en que la Ilustración fundamenta su edificio cultural. A este triple eje, también universal, se le suma el conjunto de las cinco “calidades del talento oratorio” para obtener como resultado una persona elocuente, dotada de la facultad de emitir discursos orales o escritos mediante los cuales exponer conocimientos y conmover al público receptor, encaminándole hacia una finalidad moral, política, social, cultural, estética o humana. Así pues, la sabiduría, el gusto –aquí Capmany traduce fragmentos redactados por D’Alembert, Montesquieu y Voltaire–, el ingenio, la imaginación –aquí traduce a Voltaire– y el sentimiento deben guiar siempre el acto de la elocución.
Estas cinco “calidades” oratorias están estrechamente vinculadas con una concepción vital basada en una psicología estética. Si facultades enteramente pertenecientes a las esferas psíquica, intelectual y emotiva de la mente se convierten en los motores que han de inspirar la efectividad de un discurso, es porque el núcleo indispensable para que exista la elocuencia reside en el sujeto, en el espíritu humano mucho más que en un conjunto de reglas externas aprendidas de memoria y que figuraban en los consabidos catálogos de figuras retóricas y de tropos literarios.
Por consiguiente, podemos elaborar un breve gráfico para mostrar cómo Capmany concibe estas nuevas relaciones entre elocuencia y retórica:

Como puede apreciarse Capmany estructura su libro según criterios basados en la deducción lógica, por la que de lo general se va descendiendo a lo particular o concreto: primeramente, define cuáles son los principios generales de la elocuencia en cuanto facultad humana de carácter universal; en segundo lugar, se detiene en las calidades y reglas de la elocución, que se subdividen en elementos concernientes a la dicción (“la composición y mecanismo de las partes del discurso”) y al estilo (las cuestiones relativas al “ingenio y talento del orador”); en tercer lugar, Capmany se centra en la exornación del discurso, esto es, en las palabras y frases concretas que enuncia el orador, en “aquella compostura que, naciendo de la gracia de los tropos y nobleza de las figuras, ilustra y enriquece al discurso”.
Porque, según nuestro autor, elocuencia y elocución no son la misma cosa. La primera equivale a un conjunto de dones innatos, de cualidades inherentes a la condición humana sin las cuales no es posible el proceso de la emisión-recepción de discursos por los que alguien convence a otra persona de la validez de sus argumentos, lo conmueve y le incita a actuar de una manera determinada. La segunda, la elocución, viene a significar “las calidades y reglas de la expresión”, es decir, “el arte de hablar según las reglas de la retórica, las cuales no deben ser otras que las de la naturaleza, dirigidas por el gusto y la razón”. De este modo Capmany resuelve el conflicto o tensión –tan frecuente en aquellos años del siglo XVIII– entre lo universal de unos principios básicos, valederos en todo tiempo y lugar, y lo diverso concerniente a la pluralidad de circunstancias tales como el idioma, la época histórica, el sistema político, la geografía, el clima o incluso la psicología individual de cada autor.
Y esta es una de las grandes aportaciones de la Filosofía de la elocuencia, el haber armonizado el universalismo racionalista con el relativismo historicista, e incluso nacionalista, que cada vez se iba haciendo más pujante en el panorama cultural europeo. Pero dejemos que sea Capmany quien nos lo explique:
Algunos han dicho que el gusto en la elocuencia era de opinión y que la belleza en esta arte, como en todos los de ingenio, era arbitraria, era local. Yo creo que la razón y el corazón del hombre, así como su interés, siempre han sido los mismos: la diversidad de los climas puede alterar o graduar la sensibilidad física, determinar cierto género de vida y las costumbres que de ella nacen; pero sólo la educación pública, o por mejor decir la forma del gobierno, puede variar o depravar los sentimientos morales y hasta la idea de la hermosura real.
Aun entonces no será variable la elocuencia sino el estilo [o elocución], por razón de los juicios diferentes que de las cosas se forman los hombres modificados por estas circunstancias, ya de costumbres, ya de clima o legislación. La elocuencia es una y los estilos muchos; y quien reflexione sobre el de los orientales verá que es tan contrario a la naturaleza como la misma esclavitud que los degrada. El hombre libre es sencillo, claro y conciso; y hasta en el salvaje reluce lo sublime con lo natural.
La elocuencia puede variar en las calidades secundarias que siguen el genio de las naciones y hasta el carácter de los individuos, mas no en sus principios fundamentales que son del gusto íntimo del hombre (Prólogo, págs. XII-XIII)
Así que no resulta extraño que, en comparación con la redacción concreta de la elocutio de los manuales de retórica al uso, la Filosofía de la elocuencia se caracterice por la reducción del listado de los tropos y figuras analizados a los más indispensables según el autor:
Tal
vez se echarán [de] menos algunos tropos,
que más pertenecen a la gramática que a la retórica, y ciertas figuras, como
la sinonimia y la paranomasia,
muy socorridas, la primera para las cabezas estériles de cosas,
y la segunda para los versificadores. Últimamente, como se trata aquí
de un arte de ingenio y no de memoria, en las definiciones hay poco latín y
menos griego, y en las materias muchos principios y pocas divisiones; porque
dejo las etimologías a la ciencia de los filólogos, y la clasificación sistemática
al método de los botánicos (Prólogo, págs.
XXII-XXIII).
Como es sabido, Capmany fue un brillante historiador, autor de unas excelentes Memorias históricas sobre la marina, comercio, y artes de la antigua ciudad de Barcelona (1779), que constituyen una auténtica novedad historiográfica por tratarse de una historia “civil” que desecha los datos, noticias y anécdotas no acreditados fehacientemente; así, para demostrar la validez de sus “memorias” sobre la marina, comercio y las artes barcelonesas, Capmany inserta en su tratado 302 documentos históricos pertenecientes a una colección diplomática.
Evidentemente, en la Filosofía de la elcuencia no se adopta un punto de vista historiográfico tan riguroso y exigente. Los documentos de que parte son textos literarios, discursos, libros, etc. ya existentes. Además, cuando usa las “autoridades” puestas de ejemplo, da pruebas de su relativismo estético; más que ninguna otra razón por mezclar las habituales citas de Cicerón, y de otros autores clásicos, con la Biblia y textos modernos en los que incluso predominan los de procedencia francesa sobre los hispanos o de cualquier otro origen. En esto el autor no sólo muestra sus vastos conocimientos de la literatura clásica grecolatina, sino también que es un experto historiador y un hombre que está al tanto de las novedades culturales, científicas y políticas que entonces acontecían en Europa. A través de las páginas de la Filosofía, el lector encuentra noticias históricas y anécdotas de la Antigüedad (las guerras médicas, Alejandro Magno, las guerras púnicas, Lucio Cornelio Sila, Julio Cesar, Augusto, Nerón, etc.), de los siglos XVI y XVII (Enrique IV de Francia, Ana Bolena, Cronwell, el príncipe de Orange, Richelieu, Luis XIV, Descartes, Newton ...), y también de recientes acontecimientos y figuras relevantes del siglo XVIII (Massillon, Mauricio de Sajonia, la batalla de Fontenoy, Enrique Francisco Daguesseau...).
Lo curioso de algunas de estas alusiones históricas es que, si figuran como ejemplos de “talento oratorio” o de manejo de las figuras retóricas, no sólo se debe a razones de estilo literario, sino también a un doble motivo que prevalece en la organización de la obra a efectos de captar un mayor interés del lector: por el hecho de tratarse de personajes históricos, el público siente que está ante algún suceso “verdadero”, y no ante una mera especulación estilística, fruto del dogmatismo de algún retórico al uso; y en segundo lugar, y acorde con el psicologismo estético que ya hemos descrito, esos personajes son casos de sujetos o individuos que emplearon la sabiduría, imaginación, gusto, ingenio y sentimiento para expresarse en una acción basada en la experiencia y en la observación de las circunstancias. Pero damos, nuevamente, la palabra a Capmany para que lo explique con mejor precisión:
Cuando un orador de una imaginación fuerte está dotado de ingenio, tiene en su mano el imperio de los corazones; porque, en general, una pasión viva lleva mucha ventaja para persuadir, por la razón que no se puede imaginar vigorosamente sin pintar del mismo modo. Además, los signos característicos de las pasiones en un hombre apasionado tiranizan luego los sentidos de los que escuchan, y el orador que ha subyugado la máquina con facilidad subyuga la razón: eloquio victi re vincimur ipsa.
Ésta es la causa por que Cromwell y otros capitanes famosos, sin tener el don de la elocuencia, se han hecho obedecer con tanto imperio de sus secuaces y sus tropas; pues como en ellos la elocuencia de los gestos suplía la de las palabras, tenían el aire de Demóstenes y fueron tenidos por tales.
Entre los rasgos de imaginación de los grandes ingenios hay algunos que hieren a los hombres de todos los siglos y países: tal es en Homero la alegoría de la cadena de oro con que Júpiter arrastra los hombres; tal el combate de los Titanes, en Hesíodo; tal el discurso patético del océano personificado por Camoës, en su Os Lusiadas.
Para dar alguna idea del poder de una imaginación sublime y agraciada, ponemos aquí este trozo brillante de una pluma que pinta la historia: Yo abro los fastos de la historia y de repente los muertos salen de la nada. Todo se rebulle, todo se apiña alrededor de mí. ¡Qué población! ¡qué rumor! Los desiertos se hermosean, las antiguas ciudades vuelven a levantarse al lado de las nuevas; las generaciones amontonadas unas sobre otras salen triunfantes de la noche del sepulcro; y los monumentos de su grandeza, salvados del furor de la barbarie, parece que tremolan a su aspecto. Oigo la voz de Catón tronando contra los vicios; miro a Bruto y a su hijo inmolados; soy testigo del suspiro de Tito y acompaño Escipión al Capitolio. No me digan que Atenas y Roma fueron: esta triste idea me desalienta. Digan que Atenas y Roma han mudado de latitud: que la primera se ha trasplantado a las orillas del Sena, Cartago sobre el Támesis, Lacedemonia al pie de los Alpes, y la opulenta Tiro a las aguas del nebuloso Texel (Filosofía..., págs. 21-23).
Capmany destacó, también, por ser un eminente filólogo y un erudito experto en asuntos de traducción, de lingüística, que hoy llamaríamos “comparada”, y de gramática histórica y descriptiva. Hasta tal punto que algunos historiadores de la lengua española han calificado de extraordinaria y valiosísima la aportación de Capmany al desarrollo de la filología en España.
Al margen de las hipótesis sobre el origen de las lenguas en general y del idioma español en particular, y de las consideraciones sobre el uso de los sinónimos en la enunciación textual –en donde, como hemos dicho, recoge los planteamientos de los franceses Chesneau du Marsais y Abbé Girard– nuestro autor tiene el acierto de sintetizar en la Filosofía de la elocuencia aspectos relevantes de las teorías lingüísticas vigentes en el siglo XVIII. En primer lugar, recuerda con insistencia la manera como repercute en la elocución oratoria los hechos de que las palabras sean signos lingüísticos, de que las relaciones entre el significante fónico y la forma conceptual que simboliza posean un carácter convencional e inmotivado y de que el uso colectivo de los hablantes condiciona, en un momento dado, el valor de la lengua. Así, por ejemplo, Capmany afirma que “las palabras no son signos naturales sino convencionales de las cosas, significan lo que los hombres han querido habiéndolas destinado para un objeto y no para otro; aunque con el tiempo el uso constante haya aumentado las diversas acepciones de una misma voz, de cuyo discernimiento depende hoy la precisión y la claridad” (Filosofía... pág. 52).
También la gramática general y razonada, que trata de enunciar reglas lógicas para la construcción de la frase, interviene activamente en la elocución oratoria. De modo que dedica buena parte de la sección titulada “De la dicción” a la reflexión y comentario sobre las relaciones existentes entre los mecanismos gramaticales de la lengua común y los artificios característicos de la expresión oratoria. Capmany, seguidor de varios planteamientos racionalistas de la Gramática de Port-Royal, postula la necesidad de que el discurso oratorio obedezca lo máximo posible las reglas gramaticales del idioma, sin que ello suponga menoscabo o pérdida de sus rasgos peculiares (elegancia, sublimidad, energía, etc.)
Todo discurso se compone de palabras, cada palabra expresa una idea; luego parece que el orden gramatical de estos signos en la oración habrá de seguir el natural que en su filiación llevan las ideas. Pero, aunque las reglas lógicas de la gramática general prescriban este orden con más severidad, las leyes oratorias, cuando buscan la elegancia, precisión y energía, permiten la transposición que en unas lenguas puede ser más libre que en otras, y en todas tiene siempre más licencia en la poesía. Sin embargo, hay ideas que por su correlación y calidad no pueden invertir la coordinación en la frase; como se puede ver en la que deben guardar ciertos nombres. Como: sin padre ni madre; los hombres y los brutos; dos años y dos meses; en su enfermedad y muerte, etc.
[...] Seríamos minuciosos y demasiado prolijos si nos detuviésemos aquí sobre las comunes y menudas reglas del mecanismo del lenguaje; basta una sana lógica para hacernos advertir el cuidado que exige el orden didáctico, solamente en el raciocinio usual y ordinario, y cuán fácil es invertir el sentido de nuestras expresiones más naturales, siempre que creamos poder hablar con corrección sin poseer la filosofía de la gramática, la primera que el hombre civil debe estudiar; porque así como fue menester pensar para instituir el arte de la palabra, después no ha sido menos necesario saber hablar para fijar reglas al arte de pensar (Filosofía...,págs. 34-35).
Por otra parte, nuestro autor era un notable conocedor de la lengua gala. Sus dos diccionarios de francés y español y el Arte de traducir del idioma francés al castellano, con el vocabulario lógico y figurado de la frase comparada de ambas lenguas (1776) bastarían como pruebas definitivas para ratificar esta afirmación. Este conocimiento –que equivale, además, a tener valiosas nociones de literatura, historia, filosofía, ciencia, etc. en lengua francesa– le hacer ser consciente de que, en aquellos tiempos, la sociedad española tenía necesidad urgente de sincronizar y armonizar la modernización económica, cultural y científica con la renovación y revitalización de la lengua española. Capmany, allá por 1777, pensaba que nuestro idioma debía acoger en su seno la gran cantidad de neologismos científicos, tecnológicos, políticos y filosóficos, principalmente, que se estaban introduciendo desde Francia, mediante una traducción correcta y acorde con las reglas de la lengua española; esto es, que evitase la invasión de galicismos innecesarios y las posibles deformaciones sintácticas que afectaran a la frase castellana.
Se ha observado con acierto que Capmany, desde la publicación del Teatro histórico crítico de la elocuencia española (1786), cambia de idea y propone, como solución al problema, que los neologismos en vez de traducirlos del francés se lleven a cabo recurriendo a las raíces griegas y latinas convenientemente adaptadas, y en otros casos recuperando palabras del vocabulario tradicional y castizo de la lengua española. Pero, a pesar de la galofobia radical de Centinela contra los franceses y de la segunda edición de Filosofía de la elocuencia (1812), nos interesa insistir en que entre una y otra actitud ante el problema de la modernización de nuestro idioma no hay una separación abismal, una frontera excluyente. Porque son dos soluciones diferentes, pero no incompatibles, de un mismo problema; o, dicho de otro modo, estamos ante un mismo diagnóstico de una misma enfermedad, aunque las propuestas quirúrgicas o terapéuticas para sanar al enfermo ya no sean idénticas. En 1777 todavía no se habían producido ni los las injustas acusaciones contra la cultura hispana vertidas en la francesa Enciclopedia Metódica (1784), que tanta indignación provocaron en la intelectualidad española, ni la invasión de las tropas napoleónicas que ocuparon nuestro territorio. Por esto la primera edición de la Filosofía de la elocuencia no presenta esa actitud defensiva de nacionalismo a ultranza, de odio exacerbado contra todo lo francés.
Así que, retomando el hilo de nuestra exposición, era una necesidad urgente la modernización de la lengua española mediante la incorporación al corpus léxico del idioma de neologismos que reflejaran los últimos avances científicos, tecnológicos, etc. De esta forma, nuestro idioma ganaría bastante en precisión, exactitud y rigor:
También pertenece a esta clase la impropiedad accidental de aquellas palabras, digámoslo así, ya añejas que casi en todas las facultades están desterradas y se han sustituido insensiblemente por otras nuevas, a medida de los progresos de la cultura y mudanza de las cosas y de los gustos en cada siglo. Hoy se haría ridículo el escritor que dijese, no salgamos de la profesión de las armas, peones por infantes; tropa aparejada por formada; cuernos por alas; hileras por filas; cabos por jefes; expugnación por sitio; gobierno por mando; presidio por guarnición; pláticas por conferencias, etc.
Si sólo en el arte militar hay tanto que observar para no apartarse de un lenguaje puro, claro y propio, ¿cuánto podríamos advertir sobre la política, náutica, física, medicina? ¿Cuánto sobre la filosofía racional, que multiplicando y subdividiendo las ideas ha mudado o multiplicado las voces o las acepciones de las ya recibidas? Así no diremos hoy el entendimiento, sino la mente de la ley; las partidas, sino las partes del mundo; disciplinas, sino conocimientos humanos; barbarería, sino barbarie de una nación; discreción, sino discernimiento de lo bueno, etc. Y como esta gran diversidad de diccionarios técnicos compone la lengua científica de una nación, el escritor elocuente, ya que no pueda poseer todas las profesiones, debe a lo menos no ignorar su lenguaje.
[...] Nadie puede exigir al escritor más docto que sea a un mismo tiempo táctico, físico, arquitecto, náutico; pero la fuerza y nobleza de expresión piden el lenguaje de tales cuando describe o compara alguna acción marcial, los arcanos de la naturaleza, los fenómenos celestes, las proporciones en las artes y los progresos de la navegación (Filosofía..., págs. 53-54).
Finalmente, una de las grandes diferencias de la Filosofía (1777) con respecto al Teatro histórico crítico de la elocuencia española, la Centinela contra los franceses y la Filosofía de la elocuencia de 1812 reside en el punto de vista adoptado ante la tradición cultural y literaria anterior al siglo XVIII. En un principio, nuestro autor pensaba que la lengua española se había corrompido y degradado viciosamente en el siglo XVII, hasta tal punto que buena parte de lo escrito y redactado en aquella centuria pierde su validez como modelo digno de ser tenido en consideración seria y rigurosa. De ahí que no se citen apenas textos españoles y que predominen los ejemplos de elocuencia de origen clásico y francés:
Esta corrupción empezó entre nosotros en el siglo pasado [...] La mayor parte de aquellos escritos abundan de todo menos de juicio y de razón. Se deshacían aquellos hombres por parecer ingeniosos a costa de la verdad y del sentimiento, por parecer no grandes sino gigantes. En fin, se morían por asombrarnos y, sin duda, lo han conseguido. ¡Qué profusión! ¡Qué prodigalidad de paranomasias y equívocos pueriles, de antítesis nominales, de paradojas indefinibles, de hipérboles colosales, de alegorías monstruosas, de sentencias engalanadas, de pensamientos falsos, de enigmas indescifrables, de metáforas forzadas, de retruécanos violentos, de epítetos relumbrantes, de ponderaciones misteriosas, de frases afiligranadas, de agudezas que pierden sus puntas en las nubes, y de otros mil rasgos y follajes que no tienen nombre ni número! (Filosofía..., págs. 11-12).
Sin embargo, en sus escritos posteriores, sobre todo en el Teatro histórico crítico y en la segunda edición de la Filosofía, Capmany cambia radicalmente de actitud y se esforzará, desde su patriotismo a la defensiva, por reivindicar y rescatar del olvido escritos y autores de los siglos XVI y XVII. Y, curiosamente, los ejemplos rescatados no pertenecen a lo más granado nuestra literatura (a excepción de Fray Luis de Granada, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Cervantes y Quevedo), sino que en su gran mayoría son prosistas, muchos de ellos “menores”, que escribieron obras de contenido político, histórico, filosófico o incluso de táctica militar. Pero esto constituye un asunto que sobrepasa los límites que nos hemos impuesto en la presente edición.
Finalmente, nos queda recordar la repercusión que tuvo en su momento la Filosofía de la elocuencia, aunque esta relevancia se viera reducida con la aparición de dos tratados traducidos del francés y del inglés, respectivamente: Charles Batteux, Principios filosóficos de la literatura o Curso razonado de Bellas Letras y de Bellas Artes (1797-1802, traducido por Agustín García de Arrieta); y Hugo Blair, Lecciones de Retórica y Bellas Letras (1798-1801, traducido por José Luis Munárriz); precisamente Capmany arremeterá contra estas dos traducciones en el Prólogo de la segunda edición de su filosofía (Londres, H. Bryer, 1812). En estas obras se trasluce la rápida evolución que mostraban la teoría y la práctica literarias en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX: el racionalismo cartesiano, el clasicismo y el rigor de las “reglas” estéticas van perdiendo fuerza ante el empuje, cada vez mayor, del sensualismo, el empirismo y el subjetivismo basado en las nociones de “sensibilidad” y “sentimiento”: el Romanticismo ya estaba andando sus primeros pasos en el panorama cultural y artístico.
Como prueba de la repercusión que la primera versión del libro de Capmany tuvo en su tiempo, baste el dato de algunas de las sucesivas ediciones que conoció: dos en Barcelona, 1826; en Madrid, 1842; y una edición inglesa realizada en Dublín, 1903. Y como conclusión de esta introducción, citamos este fragmento de las Exequias de la lengua castellana, de Juan Pablo Forner, quien se dirige así al autor:
Filósofo
infernal, nacido como otros menguados de tu infeliz patria, para convertir su
literatura en monstruo horrible. ¿Qué filosofía, qué sensibilidad, qué
belleza y qué discusiones son éstas con que te me vienes? ¡Maldito lenguaje,
introducido en España para imposibilitar los progresos de su saber! ¡Belleza,
sensibilidad, filosofía, humanidad! Secreto profundo para que todo hablador,
todo mendigo de la literatura casi francesa, pueda ensartar necedades sin
consuelo.
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