La lírica en el grupo poético del 27

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Materiales obtenidos, con modificaciones, de las páginas web que a continuación se citan

> Muy buena página sobre literatura española del siglo XX: http://personal.telefonica.terra.es/web/apuntesasr/literatura.htm

> Página completísima sobre el 27: http://www.sapiens.ya.com/narci3012

 

La Generación del 27

La denominación de este grupo de poetas ha sido motivo de polémica durante mucho tiempo. Hoy se acepta generalmente la etiqueta Generación del 27 o Grupo del 27. Los autores que forman esta etapa dorada de nuestras letras han recibido otras muchas denominaciones, como Generación del 25 (por ser la fecha en la que varios miembros del grupo publicaron sus primeras obras), Generación del 24 (por la misma razón), Generación de la Dictadura (ya que la formación y primeras publicaciones del grupo coinciden con la Dictadura de Primo de Rivera –de 1923 a 1929–), Generación de la vanguardia (a causa de las influencias recibidas tanto de las vanguardias europeas –futurismo, dadaísmo y surrealismo– como de las españolas –creacionismo y ultraísmo–), Generación de la amistad (por las afinidades que había entre la mayoría de sus miembros) y Generación de los poetas-profesores (puesto que algunos de ellos se dedicaron profesionalmente a esta labor –Salinas, Guillén, Diego y Cernuda–, pero no todos).
La denominación Generación o Grupo del 27 ha triunfado porque recoge el interés de estos autores por la recuperación de un poeta prácticamente olvidado a principios del siglo XX: Luis de Góngora y Argote. Un rasgo que destaca dentro de la poética de este grupo es la atención que prestan a todas las innovaciones aportadas por las vanguardias artísticas, así como la atención preferente a la historia de nuestra literatura. En 1927 se cumplieron trescientos años de la muerte de Góngora, y por este motivo varios poetas se reunieron en el Ateneo de Sevilla para rendirle un homenaje. Este hecho generacional puede ser considerado el punto de unión de un gran número de autores, entre los cuales no se destaca hoy a más de ocho o diez, aunque el grupo pudo estar compuesto en sus orígenes por más de veinte poetas, como veremos.
Góngora, convertido en el emblema de la renovación esteticista y neobarroca, fue recuperado y valorado en su justa medida. De hecho, hoy en día es uno de los principales poetas de la literatura española, lo cual se debe, en gran medida, a los autores del 27. De todos modos, estos poetas no fueron los primeros en reclamar la figura de Góngora. Rubén Darío, el gran poeta modernista, publicó en La Ilustración Española y Americana (Madrid, 15 de junio de 1899) dos sonetos dedicados a Góngora en forma epistolar. El primero se titula “De D. Luis de Góngora y Argote a D. Diego de Silva Velázquez” y el segundo “De D. Diego de Silva Velázquez a D. Luis de Góngora y Argote”. Se trata de dos supuestas cartas enviadas entre los dos genios de la literatura y de la pintura, en una especie de intento por parte de Darío de alabar y ensalzar la figura de ambos, especialmente la de Góngora. Estos sonetos fueron incluidos posteriormente en Cantos de vida y esperanza (1905).
La nómina de autores del 27 es muy amplia. Los poetas de primera línea o más importantes son Pedro Salinas, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Gerardo Diego. Hay dos autores que, sin ser de los más importantes, pueden ser citados como autores secundarios: Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Por último, encontramos poetas cuya adscripción al 27 es más problemática por causas diversas, aunque indudablemente formaron parte de la gran eclosión de nuestra poesía en el primer tercio del siglo XX: Juan José Domenchina, León Felipe, Juan Chabás, Pedro Garfias, José María Hinojosa, Antonio Espina, Juan Larrea y Miguel Hernández.
Si en la Generación del 98 fue fundamental el papel que Azorín desempeñó para aglutinar al grupo a través de unos artículos publicados en el diario ABC, en la Generación del 27 ese papel correspondió a Gerardo Diego. Él fue el organizador del homenaje a Góngora en el tercer centenario de su muerte, pero mayor trascendencia tuvo la publicación en 1932 de Poesía española. Antología, 1915-1931. Se trata de una antología de poesía más o menos inédita que el propio autor reunió. Aparecen los siguientes autores: Unamuno, Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Moreno Villa, Salinas, Guillén, Dámaso Alonso, el propio Gerardo Diego, García Lorca, Alberti, Villalón, Prados, Cernuda, Altolaguirre, Aleixandre y Larrea. Como vemos, aparecen la mayoría de los autores del 27, además de algunos del 98 y otros modernistas. Gerardo Diego se había propuesto recoger los mejores ejemplos de poesía del periodo que indica en el título (entre 1915 y 1931), y no podemos olvidar que cuando los autores del 27 iniciaban su carrera literaria, los miembros de la Generación del 98 y algunos de los modernistas estaban en plena efervescencia creativa, de ahí la coincidencia de nombres tan importantes. En 1934 Gerardo Diego publicó una nueva edición de esta obra, titulada ahora Poesía española. Antología. Contemporáneos. El autor incluye algunos poetas, como Rubén Darío, y desaparecen otros, como Juan Ramón Jiménez, que se había disgustado a causa de algunas críticas que había recibido su poesía por parte de José Bergamín. Las dos antologías de Gerardo Diego deben ser consideradas como la reunión y compendio de la mejor poesía del primer tercio del siglo XX, así como la fijación de los autores que forman la Generación del 27.

Contactos entre los miembros del grupo

Todos los autores del 27 procedían de la alta burguesía y la mayoría se encontraron en la conocida Residencia de Estudiantes de Madrid, dependiente del programa de investigación de la Junta de Ampliación de Estudios y el Centro de Estudios Históricos. Se trataba de una institución cultural de primer orden en el que los jóvenes autores artísticos se encontraban bajo la supervisión de los intelectuales más importantes del momento, como Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Juan Ramón Jiménez o José Ortega y Gasset. Además de los poetas del 27, en la Residencia coincidieron artistas como Salvador Dalí o Luis Buñuel, de ahí sus posteriores colaboraciones en proyectos cinematográficos, pictóricos o poéticos.
El homenaje a Góngora puede ser considerado el acto central para la formación del grupo. El poeta francés Mallarmé ya había demostrado su interés por Góngora, así como Rubén Darío. Federico García Lorca recogió este interés en su conferencia titulada “La imagen poética de Góngora”, en la que negó la oposición entre lo popular y lo culto en la poesía del poeta cordobés y reclamó una lírica libre de las amarras realistas, basada en la metáfora y la creación sin ataduras.
La colaboración de los autores del 27 en las mismas revistas literarias es otro hecho que debe ser tenido en cuenta. Alrededor de 1927 las revistas más importantes eran: Mediodía, Litoral, Papel de Aleluyas, Carmen, Verso y Prosa, La Gaceta Literaria, Gallo, Manantial y Meseta.

Etapas de la Generación

Nos encontramos ante otro aspecto que ha resultado polémico a lo largo de los años, prácticamente desde el inicio de la actividad de los poetas de esta etapa literaria, puesto que diferenciar unas etapas comunes concernientes a autores tan diversos es complicado.
Luis Cernuda (1957), en un ensayo titulado “Generación de 1925” (incluido en Estudios sobre poesía española contemporánea), establece cuatro etapas en la poesía del grupo entre 1918 y 1936:
> Predilección por la metáfora.
> Actitud clasicista.
> Influencia gongorina.
> Contacto con el surrealismo.
En los últimos años se ha impuesto la siguiente separación de las etapas de la Generación, que aúna lo cronológico a lo estético:
1. Hasta 1927. Influjo de las primeras vanguardias. Tonos becquerianos y modernistas. Poesía pura.
2. Desde 1927 hasta 1936. La lírica se rehumaniza. Aparece el Manifiesto por una poesía sin pureza en la revista Caballo verde para la poesía, fundada por Pablo Neruda.
3. Después de la guerra. El grupo se dispersa y podemos considerar que la Guerra Civil Española marcó el fin de la Generación como tal. Lorca murió asesinado; Salinas, Guillén, Cernuda y Alberti tuvieron que exiliarse; Alonso, Aleixandre y Diego permanecieron en España. Cada autor siguió un camino personal y estético, y los lazos que existían entre los autores de la Generación se rompieron bruscamente. Por tanto, la guerra puede ser considerada el elemento disgregador del grupo.

Influencias

Las influencias que los autores del 27 reciben en sus obras son variadas y muy diversas. Vamos a citar las más importantes:
> El Futurismo no influye demasiado en los miembros de la Generación del 27, aunque podemos destacar a algunos de ellos, como Pedro Salinas y Rafael Alberti.
> El Creacionismo, movimiento literario de vanguardia desarrollado por Huidobro, tiene como principal representante dentro de este grupo a Gerardo Diego, que en algunos de sus poemas (“Imagen”, 1922) se plantea la necesidad de crear una nueva realidad, ajena por completo al mundo sensible. Las palabras se convierten en el centro de atención, no su significado.
> El Ultraísmo se propone captar el mundo a través de percepciones fragmentarias e imágenes ilógicas. La revista Grecia acoge este ismo partir de la publicación en 1919 del Manifiesto Ultra.
> El Surrealismo influye prácticamente sobre todos los miembros de la Generación. Llega a finales de la década de 1920 y es acogido por un gran número de poetas. La expresión del mundo subconsciente, de los elementos oníricos y de las visiones aparece frecuentemente en la obra de Lorca, Alberti, Aleixandre o Cernuda. La poesía gana en libertad –tanto temática como formal– y vuelve a los contenidos humanos. Gracias al Surrealismo, la poesía de los años 30 de desarrolla plenamente.
> Entre las influencias sobre los autores del 27, hemos de mencionar a dos poetas que por entonces ya estaban completamente consagrados: Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Ambos son tomados como modelos y son admirados y respetados, a pesar de la diferente concepción estética que plasman en sus obras. Además, los franceses Valéry y Mallarmé; el gran introductor de las vanguardias en España, Ramón Gómez de la Serna; el líder de la Generación del 98, Miguel de Unamuno; el gran ensayista y filósofo José Ortega y Gasset.
A pesar de que las vanguardias propugnaran la ruptura absoluta con todo el arte anterior a ellas, los autores del 27, aun aprovechándose de las innovaciones que aportaron los ismos, prefirieron fijarse en lo mejor de nuestra literatura. Así, admiraron a Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, Lope de Vega o Quevedo. De Rubén Darío tomaron el valor plástico de la lengua y de Gustavo Adolfo Bécquer el tratamiento aparentemente sencillo de los temas y las formas poéticas. Además, autores como Alberti o Lorca se inspiraron en la poesía popular española –romances y cancioncillas breves-, aunque le dieron un tratamiento culto, denominado neopopularismo.
Con todo esto, podemos precisar las principales tendencias de los poetas del 27 de una manera muy general, teniendo en cuenta que ningún autor de los del 27 se conformó con un solo estilo en su poesía, ya que todos fueron evolucionando:
# Poesía neopopular: Rafael Alberti y Federico García Lorca.
# Poesía pura: Jorge Guillén.
# Poesía neorromántica: Pedro Salinas.
# Poesía surrealista: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda.

Características de la poesía de la Generación del 27

~ Intentan la renovación estética de nuestra poesía. Para ello, toman las innovaciones que aportan las vanguardias, aunque sin olvidar la importancia de la tradición literaria española.
~ En sus poemas, cuidan y renuevan la forma a través de la utilización de léxico culto, palabras coloquiales, términos alejados hasta entonces de la poesía, etc.
~ La metáfora se convierte en el recurso literario más importante. Se trata de una figura muy adecuada para expresar los contenidos surrealistas.
~ En cuanto a la métrica, utilizaron estrofas clásicas como el soneto, el romance o el villancico, pero también innovaron con la utilización de versos blancos, versos libres y versículos. En cualquier caso, la libertad métrica es uno de los rasgos característicos de este grupo.
~ Evolucionan desde el punto de vista temático. Al principio la preocupación principal era la forma del poema, el arte por el arte, pero poco a poco (bajo la influencia del Surrealismo) los autores del 27 desarrollan una poesía humanizada, más preocupada por el dolor, la alegría o los recuerdos. La Guerra Civil acentúa esta visión humanizada de la poesía, hasta el punto de que muchos autores se decantan por los temas comprometidos. Observamos que un autor como Alberti, por ejemplo, pasará de la poesía aséptica y pura de Marinero en tierra (1924) al compromiso más profundo en El poeta en la calle (1936).

Los autores del 27

Pedro Salinas (1892-1951)

Ha sido calificado como el poeta del amor de la Generación del 27. Nació en Madrid y estudió Filosofía y Letras y Derecho. En plena juventud fue catedrático de Literatura en las universidades de Sevilla y Murcia y lector de español en La Sorbona y Cambridge. Durante la República desempeñó el cargo de secretario de la Universidad Internacional de Verano de La Magdalena (Santander). A raíz de la Guerra Civil, se exilió y continuó con su labor de profesor en Estados Unidos y Puerto Rico. Falleció en Boston.
Pedro Salinas no destaca sólo como poeta, sino también como crítico y estudioso de la literatura, con importantes ensayos como los dedicados a Jorge Manrique y a Rubén Darío o los trabajos reunidos en Literatura española. Siglo XX (1949) y Ensayos de literatura hispánica (1958).
La mayor parte de su poesía tiene como tema principal el amor. En la poesía de Salinas se nota una sensibilidad especial, así como una sinceridad cierta y no fingida. Sus poemas suelen ser cortos y prescinden frecuentemente de la rima. Consigue el ritmo mediante la repetición de palabras o estructuras sintácticas.
Presagios (1923) es su primera obra, que junto a Seguro azar (1929) y Fábula y signo (1932) forman un primer bloque dentro de su obra. Se perciben las influencias del Romanticismo de Bécquer, de Juan Ramón Jiménez, y de los movimientos de vanguardia, como el Futurismo o el Ultraísmo. El autor establece un diálogo continuo entre su yo y un tú imaginario, que representa tanto a las cosas como a otra persona.
La voz a ti debida (1934) y Razón de amor (1936) son las dos grandes obras de Salinas. El tema fundamental es el amor, que lo impregna todo. De nuevo aparece el yo y el tú en un diálogo íntimo que atrapa misteriosamente al lector. Los poemas, breves, son aparentemente sencillos. El lenguaje de Salinas es casi coloquial y contribuye a demostrar la autenticidad que lleva al autor a escribir.
En su exilio americano compone sus dos últimas grandes obras: El contemplado (1946) y Todo más claro (1949). La evolución temática es plena en Salinas: de los poemas de amor pasa a la desesperación y la desolación por la situación de España, inmersa en las terribles consecuencias de la guerra. Expresa su situación personal como exiliado y no olvida el estado en el que se encuentra el mundo que le rodea.

Jorge Guillén (1893-1984)

Nacido en Valladolid, se doctoró en Letras en la Universidad de Madrid y fue profesor de literatura en diversas universidades españolas y europeas. Tras la guerra, se exilió a América y continuó dando clases en Colombia, México, Puerto Rico y Estados Unidos.
La poesía de Guillén puede ser definida como pura o intelectual, ya que desaparecen en ella los elementos decorativos que había aportado el Modernismo, para quedar solo como una pura emoción lírica. Va a lo esencial, eliminando todo lo anecdótico, aunque no el sentimiento. Asocia la perfección a la existencia y canta en sus poemas a realidades tangibles y cotidianas, como, por ejemplo, a la hora del mediodía. Muchos de sus poemas son una exclamación gozosa y plena, un canto a la existencia y al presente, al aquí y al ahora. Utiliza palabras sencillas, con predominio de los sustantivos y las estructuras sintácticas simples. Desde el punto de vista métrico, utiliza estrofas cultas y tradicionales, como el soneto o la décima, y algunas populares, como el romance.
Jorge Guillén agrupó toda su producción en tres obras que fue aumentando con el tiempo: Cántico (1928-1950), Clamor (1957-1963) y Homenaje (1967). Posteriormente publicó Y otros poemas (1973). Además, puso un título unitario a toda su obra: Aire Nuestro, obsesionado por la unidad global.
Cántico es un canto al mundo, a la existencia, a la vida sencilla y cotidiana, a la naturaleza. Es su obra más importante y una de las más importantes de la poesía española del siglo XX. Clamor es la otra cara de la moneda. Sigue cantando a la belleza, pero ahora introduce la parte negativa de todas las cosas, en una especie de contraste: el mal, el hambre, la guerra, etc. A pesar de ello, Guillén sigue apostando por lo positivo. Homenaje es una vuelta a Cántico, pero con más amplitud de miras: canta a la amistad, al arte a la cultura...

Gerardo Diego (1896-1987)

Nació en Santander. Estudió Filosofía y Letras en Madrid y fue catedrático de Literatura. Fundó las revistas Carmen y Lola. Cultivó, junto a Larrea y a Huidobro, el Creacionismo, aunque esto no impidió que en su obra desarrollase estilos literarios muy diversos, como la poesía tradicional, vanguardista, humanizada o los poemas sobre tauromaquia.
Diego se hizo eco de las diversas tendencias que se dieron en nuestra literatura, aunque en todas ellas destacó por un elemento común: el dominio de la forma y de la integración de lo clásico y de lo nuevo.
Escribió casi cincuenta libros, aunque nosotros nos centraremos sólo en los principales.
Desde el punto de vista de la vanguardia, destacan Imagen (1922) y Manual de espumas (1924). Se trata de una poesía deshumanizada, cargada de imágenes complicadas de interpretar, en busca de una nueva realidad (Creacionismo). Utiliza el verso libre y prescinde de la puntuación. Al mismo tiempo que Gerardo Diego desarrolla la poesía de vanguardia, no olvida los temas y formas tradicionales en obras como El romancero de la novia (1918), Soria (1923), Versos humanos (1925), Versos divinos (1938-41) y su gran obra Alondra de verdad (1941). Emplea el romance, la décima y el soneto. Expresa su emoción ante temas tan diversos como el amor, el paisaje, la religión, la música o los toros. Gerardo Diego está considerado uno de los mejores autores de sonetos del siglo XX, lo cual queda demostrado en su gran obra Alondra de verdad.
En su poesía demuestra poseer una gran sensibilidad para la captación de la belleza, pero quizás esa poesía tan bella carece de la emoción que, por ejemplo, Pedro Salinas ponía en cada poema. Aun así, hay que destacar la labor de integración de las nuevas tendencias literarias aportadas por las vanguardias y la tradición literaria española llevada a cabo por Gerardo Diego en su obra.
En cuanto a la prosa, hemos de recordar la importante labor de recopilación de poemas y poetas llevada a cabo por Gerardo Diego en sus dos antologías (1932 y 1934), panorama excepcional de la poesía más destacada del primer tercio del siglo XX en España.

Federico García Lorca (1898-1936)

Nació en Fuentevaqueros (Granada) y estudió Derecho y Filosofía y Letras. En Madrid, se alojó en la Residencia de Estudiantes, donde entró en contacto con los intelectuales más importantes de nuestro país. Además de poeta, se dedicó a la música y a la pintura. Durante su vida, caracterizada por el triunfo, cultivó con igual éxito la poesía y el teatro. De hecho, hoy en día puede ser considerado uno de los autores fundamentales de nuestra historia literaria. Murió fusilado cerca de Granada a causa de su apoyo a la República.
Publica Libro de poemas en 1921 y Canciones en 1922, por lo que es uno de los primeros en publicar dentro de la Generación del 27. En estas obras se nota una gran influencia de Bécquer y del Modernismo. Poco a poco va encontrando su propia voz poética, y en Canción del jinete. Poema del cante jondo (compuesto en 1921, publicado en 1931) se encuentra ya formada. Lo andaluz aparece en este libro representado por los cantes flamencos, cuyo tema principal es la muerte. Trata temas populares desde un punto de vista culto e imprime en cada poema un sello propio e inconfundible.
Romancero gitano (1928) es una de sus grandes obras poéticas. El autor asocia el mundo de los gitanos –completamente estilizado e irreal– a la libertad y a la alegría. Como contraposición, aparece la Guardia Civil, símbolo de la represión y la tristeza. Se trata, en realidad, de la oposición vida / muerte. En esta obra encontramos la unión entre la vanguardia y la tradición. La vanguardia aparece en las imágenes y el uso de la metáfora, difícilmente interpretable en ocasiones, mientras que la tradición se encuentra en la utilización constante del romance. El mundo andaluz aparece visto desde una perspectiva irreal y fantástica.
Lorca viaja a Nueva York en 1929 y se ve hondamente impresionado por la gran ciudad americana. Este impacto es el motivo de Poeta en Nueva York (1935). A través del Surrealismo, ve a esta ciudad como la representación de lo más negativo de la civilización, fundamentalmente la deshumanización de sus construcciones. Lorca expresa, así, su desprecio por este tipo de vida con el empleo de metáforas e imágenes muy innovadoras. Con esta obra Lorca da un giro a su estilo. Desde ahora, las imágenes ilógicas y oníricas, las asociaciones extrañas y los versos libres aparecerán frecuentemente en su poesía. El Surrealismo aparece igualmente en Diván del Tamarit (1931-34), compuesto por dieciocho poemas breves centrados sobre la cultura árabe y andaluza.
Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías (1934) es una de sus mejores obras. Dedicada a la muerte de su amigo Sánchez Mejías, torero y poeta, en la plaza de toros, es un resumen y compendio del mundo de Lorca: combina lo popular con el Surrealismo, el lenguaje se estiliza hasta límites insospechados y la utilización de la metáfora y las repeticiones es magistral.
La poesía de Lorca es, posiblemente, la mejor de la Generación del 27. Sabe mezclar como nadie lo culto y lo popular. El colorido y la brillantez de sus poemas son indiscutibles y el sello de Lorca se convierte en inconfundible.

Vicente Aleixandre (1898-1984)

Nació en Sevilla, aunque pasó la mayor parte de su infancia en Málaga. Se trasladó a Madrid, donde estudió Derecho. Se dedicó plenamente a la literatura, labor por la cual recibió el premio Nobel de Literatura en 1977. Aleixandre se convirtió en uno de los maestros de la poesía de posguerra.
Sus primeras obras son un poco más tardías que las de los demás miembros de la Generación. En 1928 publica Ámbito y en 1932 una de sus grandes obras, Espadas como labios. Estas obras están escritas bajo la técnica del surrealismo. También bajo esta técnica llega en 1934 su gran obra, La destrucción o el amor. El mundo aparece como una unidad total en la que el hombre se ve obligado a amar, porque todo le invita a ello. Utiliza versos libres y muy largos, además de un lenguaje solemne.
Sombra del Paraíso (compuesta en 1939, publicada en 1944) narra las consecuencias de la guerra. En medio del dolor, Aleixandre busca la belleza. En Historia del corazón (1954) se centra en la solidaridad humana como camino hacia el futuro. Va madurando y entramos en la tercera etapa con dos obras: Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974). En ellas el autor enlaza con el Surrealismo inicial.
Fue considerado como uno de los maestros de la poesía de posguerra, sobre todo a través de la utilización de dos temas elementales: el amor y la vida.

Dámaso Alonso (1898-1990)

Madrileño, estudió primero Derecho, pero lo abandonó para dedicarse a la filología. Fue catedrático en las Universidades de Valencia y Madrid y presidente de la Real Academia Española de la Lengua (1968-1982).
Comenzó su carrera literaria con Poemas puros. Poemillas de la ciudad (1921), influidos por el Romanticismo y el Modernismo. Se notan sus lecturas de Antonio Machado y de Juan Ramón Jiménez. Su segundo libro, El viento y el verso (1925), es del mismo tipo. Tras un largo periodo de silencio, publica su obra capital y una de las obras más importantes de la posguerra española, Hijos de la ira (1944). El propio autor calificó su poesía como desarraigada, la poesía de los que no se sienten cómodos en un mundo gobernado por el odio y la venganza. El autor se queja de la injusticia y la pobreza y se pregunta por el sentido de la vida en estremecedores poemas (“Insomnio”). Las poesías que forman esta obra están llenas de sentimiento, completamente humanizadas, y son un buen ejemplo de la poesía existencial de posguerra. Oscura noticia también fue publicado en 1944, aunque reúne poemas de distintas épocas. Hombre y Dios (1955) también trata, al igual que Hijos de la ira, sobre la existencia humana y la situación social de España.
La labor de Dámaso Alonso como crítico literario no es nada desdeñable. Publicó ensayos como La lengua poética de Góngora (1935), La poesía de San Juan de la Cruz (1942), Poesía española (1950) o Poetas españoles contemporáneos (1952).

Luis Cernuda (1902-1963)

Sevillano, se licenció en Derecho. Decidió dedicarse a la literatura y fue nombrado lector de español en la École Normale de Toulouse. Posteriormente vivió en Madrid. Durante la Guerra Civil se exilió a Inglaterra y ya nunca volvió a España. Dio clases en universidades inglesas y norteamericanas. En 1952 se trasladó a México, donde falleció.
Fue un hombre solitario y dolorido. Él mismo se sentía un marginado, quizás a causa de su condición de homosexual, razón por la cual se aisló y se rebeló contra todo. Durante toda su vida escribió sobre la imposibilidad de alcanzar los sueños en una realidad hostil como la que le rodeaba. La frustración, la añoranza de un mundo más habitable, el aburrimiento y el amor son los temas más frecuentes en su poesía.
La influencia de Bécquer se deja sentir en la mayoría de sus poemas. Rechaza el lenguaje ampuloso y grandilocuente y utiliza un tono conversacional con palabras cotidianas y coloquiales. Utiliza versos largos y prescinde de la rima. Refleja su mundo interior en cada uno de sus poemas con un gran sentimiento romántico.
Con influencias de Jorge Guillén, publica Perfil en el aire (1927), compuesto por poemas juveniles y tiernos. En Un río, un amor (1929) y Los placeres prohibidos (1931) el tema central es el amor. Cernuda comienza a aplicar las técnicas surrealistas, fruto de lo cual es Donde habite el olvido (1932-33). Deja el amor de lado, y queda el olvido. Reúne todos los poemas escritos hasta ese momento en La realidad y el deseo (1936). Los temas románticos se repiten –amor, muerte, soledad– y el lenguaje es claro y sincero.
Tras la guerra, Cernuda amplía los temas sobre los que escribe. Aparece el destierro y la guerra en obras como Las nubes (1940) y Vivir sin estar viviendo (1944-49). Desolación de la quimera (1962) es su mejor obra. En ella se despide como poeta y vuelve a tratar sobre la niñez, el amor, el destierro y el arte.
Cernuda escribió dos grandes libros en prosa poética: Ocnos (1942-1963) y Variaciones sobre tema mexicano (1949-1950), evocaciones de Andalucía, la primera, y sobre México, la segunda.
Como crítico literario destaca su ensayo Estudios sobre poesía española contemporánea (1957).

Rafael Alberti (1902-1999)

Es el miembro de la Generación del 27 que ha vivido hasta más recientemente. Nació en el Puerto de Santa María (Cádiz). Empezó dedicándose a la pintura, pero la abandonó por la poesía. En 1934 fundó la revista revolucionaria Octubre. A causa de la Guerra Civil, se exilió a Argentina y, en 1962, se trasladó a Roma. Murió en su pueblo natal.
Alberti conoció muy bien la literatura española, lo cual se trasluce en su obra. Las influencias del Romancero y el Cancionero, Garcilaso, Góngora, Lope, Bécquer, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado son evidentes. Cultivó estilos diversos: lo popular, el surrealismo, la poesía pura, la poesía humanizada. Junto a Lorca, es el mejor ejemplo de la poesía neopopularista del 27.
Marinero en tierra (1924), primera obra del autor, fue Premio Nacional de Literatura. Está formada por poemas breves de tema popular, en los que domina la gracia ligera y la musicalidad. Trata sobre la añoranza del mar y de su tierra natal. La amante (1925) es el resultado de un viaje del autor por España. Al igual que la anterior, está inspirada por la poesía popular.
Con Cal y canto (1929) el autor se vuelca hacia la influencia de las vanguardias y la poesía culta. Aun así, hay influencia de Góngora, la cual se acentúa en Sobre los ángeles (1929). Se trata de un libro plenamente surrealista dominado por un mundo turbulento y angustioso.
En una tercera etapa, Alberti, influido por la Guerra Civil, publica El poeta en la calle (1938) y De un momento a otro (1937-39). Afiliado al Partido Comunista, desarrolla una importante labor propagandística a favor de la República. Se trata de poemas comprometidos con la causa, humanizados, a veces panfletarios.
Una vez en el exilio, Alberti publica una gran cantidad de obras. A la pintura (1948) es un homenaje que rinde a una de sus pasiones. En Retornos de lo vivo lejano (1952) y Ora marítima (1953) escribe sobre España, en poemas nostálgicos dedicados a la patria lejana. Baladas y canciones del Paraná (1954) continúa el tema de la nostalgia a causa del destierro. Por último, Alberti homenajea a Roma, la ciudad en la que vivió su última etapa desterrado, en Roma, peligro para caminantes (1968).

Otros autores adscritos al 27

Encontramos otros autores menos conocidos que también pueden ser incluidos junto a los grandes poetas que hemos repasado. La mayoría nace entre 1895 y 1905 y mantienen una evolución literaria paralela.
Manuel Altolaguirre (1905-1959) y Emilio Prados (1899-1962) se exiliaron a México. Altolaguirre siguió una trayectoria eminentemente romántica –escribe sobre la angustia y el amor– representada en su mejor obra: Las islas invitadas (1926). Prados colaboró frecuentemente en revistas como Litoral (fundada por Altolaguirre y él mismo) y Caballo verde para la poesía. Su poesía se caracteriza por el compromiso político: Cancionero menor para los combatientes (1938).
Juan José Domenchina (1898-1959), influido por Juan Ramón Jiménez en sus primeras obras, desarrolló posteriormente el surrealismo en Las interrogaciones del silencio (1929).
Otros autores cercanos al 27 son León Felipe, Juan Chabás, Pedro Garfias, José María Hinojosa, Mauricio Bacarisse, Ramón Basterra, Antonio Espina y Juan Larrea.

 Afinidades poéticas

Los autores de esta generación así lo reconocía y proclamaba Gerardo Diego en el prólogo a su Antología de los jóvenes poetas se caracterizan por la diversidad y  heterogeneidad. Sin embargo, eI propio Gerardo Diego reconoce en ellos un programa mínimo, negativo, y una idealidad común que une en cierta manera a todos los poetas”. En esta misma línea están las palabra Antonio Blanch al señalar que pese a la diversidad, lo cierto es que entre 1920 y 1930 “varios escritores jóvenes publicaron poemas con un grandioso anhelo de plenitud y perfección, movidos por un deseo común:  la pureza y la renovación”,este programa mínimo presenta las siguientes características estéticas esenciales tomadas en gran medida de la obra La deshumanización del arte de Ortega y Gasset.  Recordemos a este respecto el reconocimiento que hemos expuesto del magisterio de Ortega, que conducirá a estos autores a una cierto alejamiento, al menos en  las primeras etapas, de la realidad. Así mismo influyó el estilo orteguiano, en especial el gusto por la metáfora.  

La deshumanización del arte de Ortega

Ortega, siguiendo a Guyau, partió, APRA caracterizar el nuevo arte, del punto de vista social: la actitud que ante este arte adoptaron sus destinatarios. Y esta actitud fue la irritación. El lector o el espectador medio no gustaba del arte vanguardista, no lo entendía. Según Ortega, lo que sucedía esta vez no era lo que suele acontecer con todo arte nuevo: que no se populariza hasta que pierde novedad, que el público tarda en asimilarlo. Esta vez se trataba de un fenómeno más hondo: “Si todo lo nuevo es impopular, hay, en cambio, cosas que lo siguen siendo aun llegadas a la vejez. Hay músicas, hay versos, cuadros, ideas científicas, actitudes morales condenadas a conservar ante las muchedumbres una irremediable virginidad.”  
 Esta excepcional situación se explicaría por lo siguiente: ningún movimiento pretendió llevar tan lejos  como el vanguardista su ruptura con lo anterior. Porque la vanguardia no representaba sólo una reacción contra lo que inmediatamente le precedió, sino que se proponía hacer tabla rasa de todo el pasado, al menos de todo el pasado histórico, para situarse, más acá o más allá de las viejas culturas, en los orígenes de lo humano y en los albores de un futuro incomprendido. Y no sólo rompía con la historia; también con la realidad inmediata, con la circunstancia.
Hasta entonces todo era arte, aun el menos realista, el arte romántico mismo, se apoyaban en lo real de algún modo. Los vanguardistas repudiaban por igual realismo y romanticismo. Todo ello, por supuesto, en teoría. Doctrinalmente nunca arte alguno fue tan radical.
En la práctica no se logró cumplir el programa. Ya Ortega señaló la imposibilidad de prescindir por completo de referencias a lo real. Sin embargo, en términos relativos, el arte de vanguardia estaba apartado de la realidad como jamás lo estuvo en el pasado. Y el público, habituado a la fórmula “realista”, echaba de menos el supuesto en el que, más o menos claramente, se basó siempre el arte: su correlación con la realidad, con lo humano. Esta deshumanización o huida de lo real fue el motivo de que los géneros literarios que más necesitaban sustentarse en la experiencia de la vida y en el consenso social –la novela, el drama- fueran poco, o desafortunadamente, cultivados, perdiendo su predicamento a favor de la poesía, que permite otras libertades.
La deshumanización del arte era un libro de filosofía de la cultura, no un manifiesto. Su propósito no era propiamente el de propugnar una estética, sino el de filiar los rasgos constitutivos de un arte ya existente. Pero es cierto que el autor no ocultaba su simpatía por el arte estudiado. Y esto, y la autoridad intelectual de que gozaba Ortega, determinó que los entonces jóvenes poe­tas tomaran su libro por un programa y se propusieran llevarlo a cabo con toda la fidelidad posible. Ortega ejerció así tanto influjo en estos poetas como el propio Juan Ramón Jiménez.

Características del arte nuevo

     A continuación resumiremos las características del arte nuevo señaladas por Ortega  resumiéndolas e ilustrándolas con citas sacadas de los teóricos y cultivadores de dicho arte y relacionándolas con los poetas de la Generación del 27, en la medida en que influyeron en sus obras de forma general en una primera etapa de su andadura poética.
a)     Afán de originalidad. Este afán no era nada nuevo, data del Romanticismo. Lo nuevo era lo radical del empeño. El poeta vanguardista es tan iconoclasta, que echa por tierra todo precedente histórico, en busca de un más allá inexplorado («futurismo», «ultraísmo») o de un más acá anterior a toda cultura: la humanidad primitiva («adanismo»), el mundo del niño («dadaísmo»). La innovación alcanza a todo: lenguaje, métrica, temas... Se da entrada a mu­chas palabras inusitadas en el idioma poético; se prescinde del metro y la rima y se hace verso libre; se abandonan los eternos temas de la poesía —vida, amor, naturaleza, muerte, Dios...— o se abordan despojados de su grave trascendencia, con alardes de ingenio y aun en tono humorístico. Marinetti declara su "odio a la luna" proscribiéndola como asunto poético, por romántico y sentimental. Pues la exhibición del sentimiento se considera como muestra de mal gusto. La poesía se pone a cantar el mundo de los adelantos mecánicos, del progreso material, y técnico, de las modas contemporáneas: el ascensor, el teléfono, la máquina de escribir, el rascacielos, el avión, la radio, el deporte, el cinematógrafo.
Así Gómez de la Serna dice de la "Greguería": "No deben parecerse a nada de lo ya dicho" y "ni debe haber en ella sentimentalismo". Alberti escribe poemas sobre Platko (portero de fútbol) y, en el libro humorístico Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, sobre artistas de cine. El cielo es visto por García Lorca como "una vitrina de espuelas", y por Gerardo diego, como el teclado de una máquina de escribir: "Son sensibles al tacto las estrellas / No sé escribir a máquina sin ellas" Por una parte, Salinas equipara las teclas de una Underwood con treinta muchachas, o le parecen "como nubes" "como las olas del mar", en un poema que termina en "palabras sin sentido /es, zeda, jota, i...".
La deliberada falta de sentido, al menos de sentido lógico, se exterioriza en la costumbre de abolir signos de puntuación, distinción entre mayúsculas y minúsculas, etc, dando a los textos una disposición tipográfica cabalística que quiere remedar, como escribió Marinetti, "los signos matemáticos y musicales".
En todas estas originalidades, la poesía de vanguardia no hace, realmente, más que llevar a sus últimas consecuencias lo que estaba postulado por el simbolismo (Baudelaire, Lautrémont, Rimbaud, Mallarmé) y antes de él por poetas como Góngora y los norteamericanos Poe y Walt Whitman.
  En la generación del 27 se da esta búsqueda de la originalidad con respecto a la poesía anterior, pero sin olvidar su  importancia. De aquí se deduce que estando presentes los influjos de otros autores, la generación del 27 reelabora estos influjos incorporándoles su visión personal, de manera que esos materiales salen revitalizados. Recordemos a modo de ejemplo, la convivencia en los poemas de Lorca de elementos de la más pura tradición literaria con lo más vanguardista.  
b)     Hermetismo, Aunque T. S. Eliot escribió con mucha razón que "ningún verso es libre para quien quiere hacer un buen trabajo", tal tipo de composición fue un primer obstáculo a la popularidad del vanguardismo.
Más graves lo fueron la "asepsia sentimental" predicada por estos poetas y sus novedades temáticas, o el modo intelectual de tratar los temas tradicionales. Pero la impopularidad no arredraba a los vanguardistas. Su aspiración era la misma de Góngora -"Deseo hacer algo; no para los muchos”- o de Juan Ramón, cuya obra llevaba al frente esta dedicatoria: “A la minoría, siempre.”
Para ser gustado de pocos, el poeta vanguardista se volvía hermético, oscuro, en un gesto de desprecio por la masa de ingenuos lectores, por el buen burgués. Aunque se sintieran tan antirrománticos, y lo fueran en varios aspectos importantes, los vanguardistas copian del Romanticismo este afán desafiador: épater le bourgeois. La poesía se convertirá, pues, en coto cerrado para el lector entendido y minoritario. Por lo que se refiere a España, este aristocratismo, pudieron aprenderlo los poetas en el denunciador de La Rebelión de las masas: “Cuanto vale algo sobre la tierra ha sido hecho por unos pocos hombres selectos, a pesar del gran público, en brava lucha contra la estulticia y el rencor de las muchedumbres”. Para Ortega, el arte romántico había sido “expresión del lugar común sentimental, halago al pácifico comernciante, al empleado del Municipio, al virtuoso profesor y a todas las señoritas de compoir”. Semejante desdén por el vulgo se respira en declaraciones como las siguientes: “Ilunimación... Que no es lo mismo que claridad, esa claridad que desean tantos honrados lectores de poesía” (Salinas). “Una cosa es la lógica del arroyo y otra la coherencia lírica que jamás entenderá el estúpido” (Moreno Villa) “¡Lejos de ser (la greguería) perogrullada y lugar común!” (Gómez de la Serna).
El poeta renuncia a su antigua y romántica condición de vate, de guía espiritual de pueblos, de miembro social investido de atributos trascendentes y casi sagrados, para convertirse en un profesional, un técnico, un virtuoso cuyo oficio –cuando no su gusto o su capricho- es “hacer” poemas. Generalmente, los poemas están muy bien hechos, como obra que son de expertos conocedores de la literatura. Es, sin embargo, exagerado y falso calificar, como se ha hecho, a algunos de nuestros poetas (Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso) de “poetas catedráticos”, pues los que nunca ejercieron esta profesión no tuvieron por eso menos cultura, sabiduría y consciencia creadora que los otros. Así, el “popular” García Lorca confesaba: “Si, soy poeta... lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema".
   c)      Autosuficiencia del arte.-
Rotos los vínculos con lo real, el arte aspira a convertirse en entidad dotada de vida independiente y autónoma. Se vuelve a alimentar la ilusión que sintió Góngora por forjar un “lenguaje poético” ajeno  a la lengua hablada. No se trata exclusiva o primordialmente del consabido “arte por el arte”, pues algunos grupos vanguardistas –el surrealismo, por ejemplo- se sitúan “al margen de toda preocupación estética” (André Bretón: Manifiesto del surrealismo). Cifre o no la meta del arte en la belleza, la poesía se torna inmanente, se convierte en “poesía pura” o poesía poética.
La expresión “poesía pura” se ha interpretado de diversos modos. En uno de ellos, “pura” equivale a “simple” en sentido químico, esto es, a químicamente pura o depurada de elementos no poéticos. Para ello se practica una selección, una destilación de todo lo impuro, que es tanto como decir de todo lo humano: sentimientos, emociones, anécdota, descripción, etc.
No todos los ismos postulan la práctica de esta norma. Algunos se inclinan, al contrario, por dar entrada en la poesía a la totalidad del universo, sin previa selección. A juicio de León Felipe, “todo lo que hay en el mundo... es valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata; todo, hasta lo literario, como arda y se queme”. De semejante forma, la greguería “nació aquel día de escepticismo y cansancio en que cogí –escribe su creador- todos los ingredientes de mi laboratorio, todos, frasco por frasco, y los mezclé...”. Pero si no hay selección al principio, la hay al final, aunque se finja que la combustión (“como arda y se queme”) o la destilación se operan
mecánicamente. El pasaje de Gómez de la Serna continúa: «... surgiendo de su precipitación, de su depuración, de su disolución radical, la greguería». Jorge Guillén, máximo representante de la «poesía pura» en España, se decide por una «poesía compuesta, compleja, por el poema con poesía y otras cosas humanas. En suma, una “poesía bastante pura”, ma non trop po». 
En otro sentido, «pureza» significa «autenticidad». Se habla mucho de ser «auténtico», «sincero», «leal», por reacción contra la falsedad romántica. De ahí el proclamado menosprecio por la «literatura», que es lo falso o ficticio por definición. Resulta curioso que en un momento de tanto desvelo por la técnica y cuando, por un lado, se intenta llegar a una síntesis de todas las artes y el escritor se beneficia de procedimientos propios de la pintura o de la música, por otro lado ponga empeño en deslindar «literatura» y «poesía», considere lo literario demasiado impuro para ser poético. Gerardo Diego, tras referirse al «demonio de la literatura», define a la poesía de «aritmética pura» y a la literatura de «aritmética aplicada, aritmética mercantil, contabilidad». García Lorca se lamenta: «No puedo hablar de él [del fuego poético] sin literatura.» Juan Larrea afirma: «Nuestra literatura no es ni literatura.» León Felipe. como hemos visto, concede que «hasta lo literario» puede «entrar en un poema». Gómez de la Serna, por último, reconoce; como excusándose, que «las greguerías son cosa mas de literato que de poeta», pero se justifica enseguida, añadiendo: «La greguería no es enteramente literaria.»
  d)    Antirrealismo y antirromanticismo, lo que no implica ausencia de la realidad ni del amor, sino que estos son tratados de una manera distinta. En efecto, como señala Guillén “La realidad está representada pero no descrita según un parecido común”. Por un claro influjo del creacionismo, los autores del 27, especialmente en su primera etapa, conciben el arte como algo aparte de la realidad: la poesía inventa una realidad, un mundo propio. Pero, al mismo tiempo, especialmente por influjo del surrealismo, estos poetas buscan indagar más allá del mundo real presente ante nuestros ojos. Algo similar cabe apuntar respecto al romanticismo: hay presencia del sentimiento, pero no hay concesiones a un sentimiento desbordado.  
Toda poesía, no sólo la «realista» en sentido estricto, dijo siempre algo, apuntó al mundo de lo real, tuvo un significado. Ahora el poeta quiere evadirse de esta servidumbre, eliminar toda referencia a lo humano, carecer de sentido. Se trata de llegar, en frase de André Gide, a la «insignificancia absoluta». Para lograrlo, el poeta se afana en una doble tarea de deformación y abstracción: se rompen los vínculos lógicos, se va a una estilización geométrica de la realidad, hasta convertir el poema en un sistema de signos expresado en un riguroso formalismo clásico. El anhelo de perfección formal, de medida, es común al «poeta puro» —Guillén—, al «creacionista» —Gerardo Diego— y a un artista tan espontáneo como Lorca: «Un deseo de formas y límites nos gana.» (Hasta la entrada en vigor del surrealismo no remitiráeste anhelo.) El poema no dice, es. El norteamericano Mac Leish escribía en su Ars poetica: «A poem should not mean / But be»: «Un poema no debe significar, sino ser.» Y el creacionista chileno Vicente Huidobro: «¿Por qué cantáis la rosa, ¡oh!, poetas? / ¡Hacedla florecer en el poema!» 
Entre las referencias a lo humano contenidas en cualquier poesía lírica, especialmente si era romántica, la primera era la referencia al propio autor. Lo que decía el poeta solía decirlo referido a sí mismo. El poeta vanguardista combate el subjetivismo romántico, elude la confesión personal, desaparece tras el poema, que es lo que de veras importa: «Brémond habla de la poesía en el poeta, de un estado poético, y eso ya es mala señal. No, no. No hay hay más poesía que la realizada en el poema» (Guillén).  «La poesía es el sí y el no: el sí en ella el no en nosotros» (Gerardo Diego). Esta objetividad, esta literal abnegación ha tenido consecuencias importantes para el ulterior desarrollo de la poesía. Al desplazarse el centro de atención desde el poeta hasta el poema, se dio un primer paso en el camino de la «poesía social», por paradójico que resulte el que este paso lo dieran precisamente unos poetas «deshumanizados.»
e)  Presencia del surrealismo. Como señala García-Posada, “La llegada del surrealismo quebró la relativa cohesión del grupo”. Así, podemos señalar que hubo tantas prácticas surrealistas como autores, lo que supone, una vez más, volver a ese carácter de originalidad del grupo que hace que no se limiten a repetir miméticamente los influjos. A modo de ejemplo, podemos señalar como Pasión de la tierra, de Aleixandre, presenta un claro influjo freudiano, reconocido por el propio poeta. Así mismo en Sobre los ángeles, Alberti combina el influjo becqueriano con tonos surrealistas que le conducirá a Sermones y moradas. Lorca, finalmente, tomó del surrealismo los elementos oníricos y la rebelión contra la moral tradicional, como se refleja en Poeta en Nueva York, lo que no le impidió, no obstante, escribir, en pleno auge del surrealismo, su Oda al Santísimo Sacramento. En todo caso, el propio García-Posada reconoce la existencia de algunos rasgos comunes: la rebeldía, que lleva a la postulación de morales heterodoxas, como en Los placeres prohibidos, de Cernuda, o en la Oda a Walt Whitman, de Lorca, o de proclamaciones revolucionarias, como en Poeta en Nueva York, o en la Elegía cívica, de Alberti; la violación de los límites, la quiebra del principio de identidad, la exaltación de la naturaleza, etc.  
f)     Sobrerrealismo.-  Del naufragio de la historia y la realidad se salvaron muy pocas cosas. Una fue el mundo de la civilización material contemporánea, anticipo de un futuro lleno de aventura y promesa. Marinetti había declarado que «un automóvil de carrera es más hermoso que la Victoria de Samotracia», frase de aire deportivo, juvenil, belicoso, muy en el tono de la época. También el mundo del niño sobre­nadó al naufragio general, y por comprensibles motivos. El reino de lo infantil es, además de otra promesa de futuro, el reino de la incoherencia, de la falta de lógica. El niño es inconsciente de sus actos, vive fuera de lo real, su lenguaje es imaginativo, su mente, virgen de cultura, funciona de modo primitivo y elemental, nos transporta a los misteriosos orígenes de la humanidad, a lo radicalmente nuevo, que es la meta perseguida por los vanguardistas: «El mayor encanto de ambas [pintura y poesía] está, para mí, en que permiten expresar mucho de lo selvático que sigue habiendo en nuestra per­sonalidad» (Moreno Villa). Un movimiento —el dadaísmo, de dadá: «papá» — pretende remedar la «insignificancia absoluta» del lenguaje infantil, erigiendo en credo lo artístico la «abolición de la lógica».
Todavía hay otro mundo no regido por la lógica, sino por el absurdo: el mundo de los sueños y el subconsciente, popularizado hacia esas fechas por Freud. Su influencia, sobre todo en el surrealismo —la más importante de las nuevas tendencias, la que produjo obras más valiosas—, es decisiva. Este ismo se proponía, como lo indica su nombre, sustituir lo real por una mágica sobrerrealidad, que hubiera sido más justo llamar «subrealidad»: «Lo que gritan confusamente los seres desde su inconsciencia.»

Dos notas distinguen al surrealismo: la magia y la rebeldía. «El surrealismo —escribe Cernuda— envolvía una protesta total contra la sociedad y contra las bases en que ésta se hallaba sustentada: contra su religión, contra su moral, contra su política.» El optimismo y la seguridad de los primeros «años veinte» empieza a ceder. Crece la protesta contra «esta grotesca civilización que envanece a los hombres» (Cernuda). Según Freud, la Humanidad había sufrido a lo largo de la historia «dos grandes ultrajes a su ingenuo amor propio»: el de la física renacentista, que le enseñó que la tierra no era el centro del universo, sino una insignificante partícula de él; y el del darwinismo, que le reveló el origen animal de la naturaleza humana. Ahora, el psicoanálisis le asestaba un tercer golpe, descubriendo al hombre que no es siquiera dueño de sí mismo, puesto que en su psique hay fuerzas, inconscientes y subconscientes, que escapan a su dominio. Freud (y no olvidemos a Einstein) da al hombre contemporáneo una lección de relativismo, induce su desconfianza. Los siguientes pasajes de Gómez de la Serna, adalid del surrealismo, expresan muy bien la situación espiritual del momento. La greguería nació un día de «escepticismo y cansancio». Leamos ahora:

«El hombre no quiere convencerse de que vive al margen de la creación. Se ha dado tanta importancia, que quiere conservarse y hacer cosas ¡supremas! Así resulta cogido al final y martirizado por esa idea viciosa de la importancia. Vivimos al margen. Sólo lo que sirve para que la gravitación universal exista, puede considerarse con deberes. Lo demás vive al margen, de cualquier modo vive al margen. El pensamiento sobre todo.»
 «La metáfora es después de todo la expresión de la relatividad. El hombre moderno es más oscilante que el de ningún otro siglo, y por eso más metafórico. Debe poner una cosa bajo la luz de otra. Lo ve todo reunido, yuxtapuesto, asociado. Contrapesa la importancia de lo magnífico o de lo pobre con otra cosa más grande y más desas­trosa.»
 «Reaccionar contra lo fragmentario es absurdo, porque la constitución del mundo es fragmentaria, su fondo es atómico, su verdad es disolvencia.»

g)     Intrascendencia.- Uno de los dogmas del vanguardismo aseguraba que el arte es una actividad inmanente, que debe carecer de toda finalidad extraestética, de toda trascendencia moral, social, filosófica. La poesía es, así, pura «insignificancia», mero juego, ingenioso deporte con palabras y conceptos, voluntaria trivialidad. El poeta no aspira a reformar el mundo, a enseñarle verdades, sino a vivir despreocupada, irreflexivamente, sin deberes, en el presente efímero que le ha deparado el azar. Esta actitud incomprometida, alegre, evasiva, se halla tan arraigada, que pervive al «escepticismo y cansancio» de la crisis de 1930, y sigue alentando junto a la rebeldía surrealista. Gómez de la Serna, pese al pesimismo patente en los pasajes antes copiados, sostendrá aún estos puntos de vista:

«Las cosas apelmazadas y trascendentes deben desaparecer, comprendida entre ellas la Máxima, dura como una piedra, dura como los antiguos rencores contra la vida.»
«Hay que dar una breve periodicidad a la vida, hay que darla su instantaneidad, su simple autenticidad, y esa fórmula espiritual, que tranquiliza, que atempera, que deja tan frescos, que cumple una necesidad respiratoria y gozosa del espíritu es la Greguería.»
«La greguería es el atrevimiento a capturar lo pasajero.»
«Afirmar lo que de trivial hay en el hombre es inducirle a no ser riguroso, ni desleal, ni malo, ni fanático, ni inconmovible para nada ni ante nada. Aceptar la trivialidad es hacerse transigente, comprensible, contentadizo. Nada más solucionador que la trivialidad hallada, cultivada, comprendida, asimilada, temeraria.»
«Hay que desconfiar de las reflexiones, que son como esas bolas de nieve que fabrican los malos niños metiendo una piedra dentro de la nieve.»
«La nueva literatura es evasión, alegrías puras entre las palabras y los conceptos más diversos: estar aquí y allá al mismo tiempo, desvariar con gracia.»
«Dediquémonos a la diversión pura y diáfana, que defiende la vida y la aúpa»

En la misma dirección, Salinas escribe: «Hay que dejar que corra la aventura, con toda esa belleza de riesgo, de probabilidad, de jugada.» 
Sin embargo, esta postura no podía mantenerse indefinidamente, y no tiene nada de raro que el poeta que empezó situándose, al margen de toda preocupación social, en el mundo «deshumanizado» del arte puro, acabase metido en política. El caso más notorio, en España, es el de Rafael Alberti.
 h)    Predominio de la metáfora. Partiendo del influjo francés, especialmente de Valéry, y del concepto de poesía pura como identificación entre realidad poética y objetiva, tendencia al poema breve, la eliminación del sentimentalismo y el retorno a las estrofas clásicas, el culto a la metáfora se convierte en uno de los rasgos determinantes de la poesía del 27, especialmente en sus dos primeras etapas etapas. Ahora bien, como señala Gacía-Posada, lo más destacable es que con estos autores “nace la metáfora moderna en nuestra poesía” ya que es con los autores del 27 con los que la relación entre el elemento real y el imaginario se hace más subjetiva, y de ahí que el modelo a seguir sea Góngora. De la importancia de la metáfora dan buena cuenta estas palabras de Lorca, pertenecientes a su conferencia sobre Góngora: “Sólo la metáfora puede dar una suerte de eternidad al estilo.”  
Era natural que en una poesía que aspiraba a deformar la realidad, a eludirla, la metáfora dejara de ser un componente, entre otros, del poema, para convertirse en su espina dorsal, en su misma razón de ser. Conocida es la definición de Ortega: «La poesía es el álgebra superior de las metáforas.» Los vanguardistas las prodigaron hasta la saciedad, innovando muchas veces con ingenio y fortuna. Ninguno tan ingenioso y afortunado como Gómez de la Serna, cuya greguería no es otra cosa que una metáfora. Desde Góngora, nadie le igualó en inventiva. Estos son los dos maestros de la generación de 1297. Ya mucho antes de esta fecha, sostenía Marinetti que «la poesía ha de ser una sucesión ininterrumpida de imágenes». En esto estuvieron de acuerdo todas las tendencias, y una de ellas tomó el nombre de «imaginismo». Para los ultraístas, la imagen y la metáfora eran los «más puros e imperecederos elementos» del poema.  Para Gómez de la Serna, también: «lo único que quedará, lo único que en realidad ha quedado de unos tiempos y de otros, ha sido la gracia de las metáforas salvadas.»
i)  Predominio de lo onírico y lo psíquico. Está en relación con las aportaciones de los vanguardismos especialmente del surrealismo, de manera que el poeta incorpora su mundo interior a la expresión poética para tamizar cualquier tema.  
Respecto al proceso creador, los vanguardistas difieren entre sí. Unos, de acuerdo con su concepción clásica del arte, rechazan de plano la teoría romántica de la «inspiración» y hacen hincapié en la consciencia del poeta. Recuérdese cómo García Lorca, aparentemente tan poco intelectual, precisaba: «Si soy poeta, lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema.» De igual modo, Domenchina afirma: «Poesía es aptitud —inspiración o numen— y trabajo.» Sin embargo, ya Marinetti había aconsejado: «Es preciso destruir la sintaxis, disponiendo los sustantivos al azar de su nacimiento.» Por último, el surrealismo propugna la escritura onírica, el «automatismo psíquico puro, en función del cual uno se propone expresar el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensar con ausencia de todo control ejercido por la razón». Escribir al dictado de la subconsciencia, taquigrafiarla sin intervención de la razón consciente, era un principio congruente con el mundo absurdo y caótico que se trataba de expresar. Pero se trataba de una aspiración imposible de llevar a cabo. Bien dijo Dámaso Alonso: «El automatismo no ha sido practicado ni aun por sus mismos definidores.» Prueba de ello la tenemos en la creación de la palabra misma «surrealista» o «suprarrealista», a la que Apollinaire llegó tras rechazar «supranaturalista» y «dándose cuenta de la impropiedad de su primera proposición». Vicente Huidobro recomendaba: «Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol», como si esta originalidad espontánea le fuera posible al hombre. La «enumeración caótica», estudiada por Spitzer, es, bajo su apariencia azarosa, un procedimiento literario y consciente, «el resultado —voluntario y necesario— de un sincero ilogismo», en palabras de Guillermo de Torre.
j)     Atomización.- Antes señalábamos que para el poeta vanguardista la creación —«fabricación», dice Guillén— era un «hacer». Sin embargo, los surrealistas, al quebrantar los nexos lógicos, al propender a «una sucesión superpuesta de anotaciones y reflejos sin enlace causal» (Guillermo de Torre), al practicar la incoherencia y entregarse al azar, transforman el «hacer» en un «deshacer», que quiere ser reflejo del carácter «fragmentario», relativo del mundo y de las visiones oníricas que lo expresan.
A la disolución literaria contribuía también el abuso de la metáfora que, al valer por sí misma, desligada de la totalidad del poema, convertía a éste en la «sucesión ininterrumpida de imágenes» de que hablaba Marinetti. De las greguerías decía su creador: «Cumple este género el deseo de disolver que hay en lo profundo de la composición literaria... Yo me he permitido el desorden, la descomposición... La literatura se vuelve atómica.» Ortega diría gráficamente: «El espejo de la belleza se ha roto en mil pedazos.» En efecto, las estructuras tradicionales —por ejemplo, los géneros literarios y sus respectivos límites— se resquebrajan, la poesía aspira a no ser siquiera literatura, se abandona el poema largo, asistimos por todos lados a un movimiento centrífugo de dispersión, de desintegración. La literatura toca el extremo límite de sus posibilidades y llega el momento de hacer alto en el camino y de dar marcha atrás para salvarse de la inminente aniquilación a que la ha expuesto su audacia. 
Hemos señalado lo que la poesía europea quiso hacer entre 1920 y 1940, fecha en que vuelve a percibirse un nuevo cambio de rumbo. Pero entre la teoría y la práctica medió buen trecho. España, según dijimos, fue particularmente moderada. Nuestro vanguardismo es resultado de la fusión de las nuevas tendencias de Europa con la tradición nacional. Por último, salvo García Lorca, todos los poetas de la generación de 1927 han seguido escribiendo después de 1940 y han evolucionado más o menos, alejándose de los supuestos vigentes cuando dicha generación inició su camino.
k)  En cuanto a los temas, destacan, según Rozas, el tema  amoroso, la ciudad, el compromiso. No obstante, como señala Guillén, todos los grandes temas del hombre (amor, universo, destino, muerte...) están presentes en el grupo, incluso el religioso.

 > El tema amoroso aparece cargado de intensidad, de sentimiento, pero desnudo, desprovisto de todo sentimentalismo, como aparece, por ejemplo, en los Sonetos del amor le Lorca. Además, como en general todos los demás temas, aparece enmarcado en una naturaleza que, sin desdeñar los paisajes rurales, (recordemos el paisaje en Lorca o en Alberti, o el no en Gerardo Diego), progresivamente se va convirtiendo en urbano al tiempo que los elementos cotidianos se incorporan a la poesía. 
> La ciudad es otro de los grandes temas del 27 a través de la cual da cabida a los elementos de la vida moderna, teniendo como máxima presentación a Nueva York.      Inicialmente hay una visión positiva de la urbe, pero paulatinamente esta visión se va cargando de negativos para exponer una búsqueda de una ciudad buena para los hombres, distinta a la real, como aparece en Poeta en Nueva York, de Lorca, o en el poema Givitas dei, de  El contemplado, de Salinas. En cualquier caso , esta presencia de la ciudad se relaciona con el carácter cosmopolita del 27.
Respecto al compromiso, hemos de entender el término en relación con la poesía, con el arte y, en general, con el hombre, tal y como aparece en La realidad y el deseo, de Cernuda. Sin embargo, a partir de 1930, el compromiso ha de entenderse desde una va social y política. Como señala Cano Ballesta, 1930 supuso el final de una época y el inicio de otra. En efecto, los acontecimientos en torno a la República hacen que los poetas del 27, unos en mayor medida que otros, den cabida a la realidad externa en sus poemas. El Manifiesto de Neruda Por una poesía sin pureza, publicado en 1935 en Caballo Verde para la Poesía, da buena idea de la necesidad de comprometerse con la realidad y acabar con la poesía pura. En él leemos cosas como “quien huye del mal gusto cae en el hielo”. Sin duda fue Alberti el poeta de esta generación que más comprometió su poesía con el momento que se estaba viviendo. A él se deben los siguientes versos del poema “Perro rabioso”, aparecido en enero de 1936 en la revista Caballo Verde para la Poesía: “Época es de morder a dentelladas, / de hincar hundiendo enteras las encías”.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA SOBRE EL 27

> ALBORNOZ, Aurora,  El exilio español de 1939, Taurus, Madrid, 1976

> Aullón de Haro , P. La modernidad poética, la vanguardia y el creacionismo . Málaga, Universidad, 2000.

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> CANO BALLESTA, Juan, La poesía española entre pureza y revolución, Gredos, Madrid, 1972.

> DÍEZ DE REVENGA, F.J., Panorama crítico de la generación del 27, Castalia, Madrid, 1987.

> GARCÍA DE LA CONCHA, Víctor, El surrealismo, Taurus, Madrid, 1982.

> GEIST, Anthony Leo, La poética de la generación del 27 y las revistas literarias; de la vanguardia al compromiso, Guadarrama, Madrid, 1980.

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> ROZAS, Juan Manuel, El 27 como generación, Santander, 1978.

> Mainer , José Carlos. La edad de plata (1902-1939): Ensayo de interpretación de un proceso cultural. Madrid, Cátedra, 1983.

> Soria Olmedo, Andrés, Vanguardismo y crítica literaria en España, Madrid, Istmo, 1988. 

 

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