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> Introducción:
el Segundo Renacimiento o Manierismo. Fernando de Herrera
> El grupo poético
sevillano. Herrera
> Fray Luis de León
> San Juan de la Cruz y Santa
Teresa
> Bibliografía
Para algunos críticos, la segunda
mitad del siglo XVI supone la entrada en el segundo Renacimiento, llamado también
"Manierismo". Asistimos a una ampliación (en temas y en recursos) del
primer Renacimiento. El influjo de la Contrarreforma se deja sentir en la
literatura. Se hará una literatura más compleja, más elaborada; se inicia el
camino de una progresiva complicación -formal y de contenidos- que dará lugar
a la poesía barroca.
La época de Carlos V había estado inspirada por los hombres de armas, por el
humanismo europeo, por la influencia italiana, por la sátira erasmista, por el
entusiasmo pagano y por los ideales de universalidad. En el reinado de Felipe II,
que cubre casi exactamente la segunda mitad del siglo XVI, España se orienta
por entero hacia la preocupación religiosa impulsada por la Contrarreforma,
cuya postura en contra del protestantismo condiciona la política real de
defensa y aislamiento, concentrándose España en sí misma para producir una
cultura esencialmente nacional y católica. Las corrientes renacentistas
anteriores no se pierden sino que se funden armónicamente con las tradiciones
nacionales para forjar la síntesis personalísima que constituye la
originalidad del Segundo Renacimiento español.
En general, los estudios de historia literaria señalan para este periodo los
siguientes rasgos:
1.- Un tono de gravedad se extiende a la literatura y las
artes. Esta es la época de las grandes figuras de la ascética y de la mística.
Hay un intenso proceso de “cristianización” en todos los órdenes de la
actividad cultural y artística.
2.- La moda de la novela pastoril reemplaza la boga de las
novelas de caballerías; el realismo de la novela picaresca queda interrumpido
que Mateo Alemán saca a la luz el Guzmán de Alfarache en 1599, así
como el teatro renacentista erasmista y paganizante.
3.- Renace la filosofía escolástica. La filología se dedica
con preferencia a los estudios bíblicos y escriturarios; en este sentido cabe
destacar la importante labor desarrollada en la Universidad de Salamanca, más
concretamente, Fray Luis de León, en su condición de filólogo experto en
lengua hebrea. En la época de Felipe II, el latín es desplazado como lengua de
la ciencia por el español, gracias al esfuerzo de la Universidad de Salamanca.
Ahí, el latín era, como en todas las universidades, no sólo la lengua de la cátedra
sino también la que se imponía a los estudiantes; hasta que éstos acabaron
por oponerse a su uso, dirigidos por el maestro de Retórica, Sánchez de las
Brozas (el Brocense) y el humanista y traductor de los clásicos Pedro Simón
Abril. Numerosos escritores los secundaron, entre ellos el doctor Juan Huarte de
San Juan (Examen de ingenios [Baeza, 1575]); Fray Luis de León, quien
luchó para conseguir que el español fuera admitido como lengua de Teología;
Santa Teresa de Jesús; San Juan de la Cruz; Fray Luis de Granada y otros
religiosos cuyas obras de ascética y mística se escribieron en legua vulgar
por primera vez en Europa.
4.- La poesía se hace más severa y elevada en su contenido; y
aparece poesía religiosa y la épica culta de tema nacional.
5.- Renace también la autoridad de la Poética de Aristóteles
en lo que concierne a la disposición formal de las obras.
6.- Como ideal del estilo sigue manteniéndose la naturalidad y
la sobriedad, pero con un mayor propósito de selección y depuración, no
exento de una acentuada artificiosidad, como en la poesía de Herrera.En el
terreno de la poesía lírica se observa que las formas italianas importadas por
Boscán y Garcilaso se nacionalizan y empapan de contenido español, dando
entrada a los temas religiosos y patrióticos, desconocida en la lírica pagana
y humanista de los poetas del Primer Renacimiento. El tema amoroso continúa,
sobre todo en Herrera, pero se espiritualiza merced al influjo de corrientes
platónicas. Persiste la poesía popular y el gusto por los romances.
Este periodo ha sido designado como “Segundo Renacimiento”,
pero también como Manierismo, especialmente por don Emilio
Orozco, quien dedicó buena parte de su vida al estudio de la poesía lírica
de estos años. Siguiendo a Orozco (Manierismo y Barroco) podemos
destacar algunos rasgos típicos del Manierismo:
Ø El Manierismo se caracteriza por su
intelectualismo e individualismo, por una búsqueda de nuevas formas y
expresiones de belleza.
Ø Sus teorizantes dan prioridad a la imitación
de los poetas clásicos sobre la imitación directa de la naturaleza.
Ø Su doctrina es básicamente clasicista; sus
modelos teóricos básicos son la Poética de Aristóteles y Horacio.
Ø Se trata ante todo de una postura intelectual,
esteticista y técnica que hará buscar a los poetas una consciente complicación
y una mayor dificultad; esto es, el acomodamiento de la expresión poética a
esquemas compositivos previos, a los que se les aporta mayor complejidad temática
y mayor artificio poético. Buena prueba de este Manierismo es la moda de los
sonetos pluritemáticos en los que el motivo principal queda en preterición,
difuminado por los motivos secundarios (Emilio Orozco comenta, como
ejemplo, algunos sonetos de la primera época de Góngora).
En cuanto al análisis de la poesía lírica del Segundo Renacimiento, se
observa cómo ya en los años 70 del siglo XX, la mayoría de los estudios ha
desechado la tradicional división en tres grandes escuelas, la de Salamanca, la
de Sevilla y la poesía mística, presentadas como círculos más o menos
cerrados y con características bien diferenciadas e incluso excluyentes, sobre
todo la escuela salmantina frente a la sevillana Tradicionalmente, pues se decía
que la escuela sevillana se caracteriza por el predominio de la forma y por su
carácter brillante, enfático y sonoro; su representante principal es Herrera.
Mientras que la salmantina se distingue por el armónico equilibrio clásico
entre expresión y contenido, más íntimo y hondo, y preferentemente preocupado
por los temas morales, religiosos y filosóficos; su mejor expositor es Fray
Luis de León.
Sin embargo, la crítica en los últimos treinta años: Emilio Orozco,
Antonio Gallego Morell, Antonio Prieto, Cristóbal Cuevas, Alberto Blecua,
por citar sólo algunos nombres, han desechado con mayor o menor rotundidad esta
división en dos escuelas diferenciadas netamente. Por ejemplo, Gallego
Morell plantea el asunto en torno a la existencia de dos generaciones poéticas
durante el siglo XVI: una primera generación que toma como modelo a Petrarca y
una segunda generación, cuyo modelo es Garcilaso y a la que pertenecen Fray
Luis de León, Herrera y San Juan de la Cruz; en cualquier caso, afirma Gallego
Morell, el término de escuela sólo sería apropiado para el grupo
salmantino, ya que sus poetas surgieron bajo el amparo de una universidad
tan prestigiosa como la de Salamanca.
De todos modos, muchos historiadores de la poesía española en la segunda mitad
del siglo XVI prefieren plantear la existencia de grupos poéticos que
desarrollan en torno a núcleos geográficos, de los cuales Salamanca y Sevilla
fueron los más importantes.
El grupo poético sevillano. Herrera
En Salamanca la vida intelectual giraba de modo casi exclusivo en torno a su
universidad y a los problemas religiosos. Vivía Sevilla por aquellos tiempos el
momento de su mayor esplendor en todas las actividades profesionales y
comerciales por el hecho de ser el centro financiero y organizador de las
expediciones de comercio y conquista que partían a las Indias. Sevilla era la
oficina rectora, el almacén y el banco de toda la empresa ultramarina. Así que
la ciudad estallaba de vida, de movimiento, de gentes de toda condición que se
afanaban por realidades muy concretas y sentían a la vez el orgullo patriótico
de ser parte de la nación entonces más poderosa. Un incesante ir y venir de
escuadras de guerra y de comercio persuadían a sus habitantes de que Sevilla
era la verdadera capital del mundo. Por esta razón, la literatura de esta
ciudad tenía un contenido nacional mucho más intenso y actual que en la remota
Salamanca. El sentimiento por la patria predominaba sobre el aspecto religioso
en la escuela salmantina.
Sevilla no tenía en ese entonces universidad pero sí tenía cenáculos
culturales donde se reunían escritores, artistas, eruditos y otra gente
profesional. Había además en la ciudad escuelas o centros de estudio
particulares como la famosísima de Gramática y Humanidades del humanista Juan
de Mal Lara y el Colegio de Maese Rodrigo de Santaella, donde estudió Herrera.
Fernando de Herrera fue el principal representante e inspirador de esta escuela.
Así que en torno al núcleo geográfico de Sevilla destaca un grupo de poetas
entre los cuales sobresalen los nombres de Francisco de Medina, Pablo de Céspedes,
Pedro de Espinosa, Baltasar de Alcázar, Hurtado de Mendoza, Luis Barahona y
Fernando de Herrera.
Pues bien, en Sevilla existía un círculo artístico y literario que se reunía
en el palacio del conde de Gelves, en el que figuraban muchas de las figuras más
conocidas de la vida cultural de la ciudad: Juan de Mal Lara, el pintor y poeta
menor Francisco Pacheco, el historiador Argote de Molina, Juan de la Cueva y
otros. La condesa de Gelves, doña Leonor de Milán, inspiró la poesía amorosa
de Fernando de Herrera. Su amor puede haber sido en parte tema del
convencionalismo cortesano, pero su poesía tiene resonancia de estilizada pasión
y, en ciertos poemas, se representa a doña Leonor correspondiéndole en su
amor. Parece que Herrera dejó de escribir poesía como tributo a su memoria, sólo
publicó Algunas obras (Sevilla, 1582), único volumen de sus poemas
publicado en vida.
Una segunda edición fue publicada por el pintor Pacheco en 1619 (365
composiciones). Ha habido otras ediciones de José María Asensio (1870),
Adolfo Coster (París, 1908) y José Manuel Blecua (1948). Uno de
los mejores estudios de Herrera fue compuesto por Oreste Macrí en 1959. Blecua
piensa que el pintor Pacheco editó las obras de Herrera el Divino modificándolas
según el gusto literario del momento, el “culteranismo”. Pero la validez de
tal afirmación no se podrá comprobar hasta que no aparezca el original de la
poesía de Herrera, perdido a fecha actual.
Según la crítica tradicional Herrera representa la total nacionalización del
petrarquismo y del italianismo introducidos en España por Boscán y Garcilaso
durante el Primer Renacimiento. El sevillano da entrada a los motivos patrióticos
y religiosos en su poesía, al lado de los eróticos y pastoriles del Primer
Renacimiento. Hay énfasis, grandilocuencia, cultismos latinizantes,
suntuosidad, opulencia verbal, complicación sintáctica, acumulación y
brillantez de metáforas, elementos todos que anticipan el arte barroco.
El poeta sevillano, antes de su enamoramiento, fue atraído primero por la poesía
heroica. Una de sus obras perdidas fue una Gigantomaquia, sobre la rebelión
de los Titanes, y otra, una historia del mundo. Pero Herrera destaca por
sus odas patrióticas: si Garcilaso, el soldado heroico del Emperador, embebido
en su mundo pastoril, no escribe un sólo verso para cantar las glorias
militares de su tiempo; Herrera, el clérigo sedentario, encarna poéticamente
el ideal imperial de la España guerrera y religiosa y la interpretación
providencialista de la monarquía española, convertida en brazo seglar de Dios
para la lucha armada contra los enemigos de la cristiandad. Esta temática se
observa en Canción por la batalla de Lepanto, Canción por la pérdida del
rey don Sebastián, el poema dedicado a don Juan de Austria por su victoria
contra los moriscos de la Alpujarra y Al santo rey don Fernando.
No obstante, su mejor poesía es la amorosa, inspirada en el lenguaje de
Petrarca, aunque es perceptible la influencia de Ausías March, de los
cancioneros y por supuesto y en un lugar prioritario Garcilaso de la Vega.
Herrera le da con apelaciones variadas un nombre poético a la dama a quien se
dirige: Luz, Lumbre, etc.; lo que le permite la misma clase de juego con las imágenes
y la asociación que encontramos en Petrarca (Laura, l´aura, etc.). Luz puede
ser asociada con el sol, con el fuego, con los cielos por lo general: se adapta
al giro petrarquista y adquiere al mismo tiempo una significación cósmica. En
este sentido, Emilio Orozco y la mayoría de estudiosos que después han
analizado la poesía de Herrera comentan la novedad de cómo la naturaleza se
adapta al estado de ánimo del poeta y aparecen paisajes desolados en tanto símbolo
de su sufrimiento amoroso. Lo cual llega a un alto grado de perfección en los
sonetos.
Finalmente, cabe destacar que Herrera expuso su doctrina poética en su edición
y comentario de Garcilaso: Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones
(Sevilla, 1580). Estas “anotaciones”, aparecidas después de las realizadas
por el Brocense (de la llamada escuela salmantina), generaron una viva polémica
en torno a la teoría y la práctica de la poesía en la segunda mitad del siglo
XVI, tal y como ha estudiado Morros Mestres (Las polémicas literarias
en la España del siglo XVI: a propósito de Fernando de Herrera y Garcilaso de
la Vega. Barcelona, 1998). Aunque el poeta sevillano
declara su sincera admiración por Garcilaso, se muestra partidario de la creación
de un lenguaje poético distinto del usual y enriquecido por una serie de
elementos cultos (neologismos, hipérbato, alusiones mitológicas, metáforas
audaces...). Esto es, un lenguaje sólo accesible para una minoría culta que
fue interpretado por teóricos y poetas (algunos del grupo salmantino) como una
ruptura con el principio clasicista que exigía el equilibrio entre la forma y
el contenido del poema.
El caso es que Herrera, aún manteniéndose dentro de las coordenadas de la estética
clásica renacentista abre un camino que años más tarde emprenderán
abiertamente los poetas del Barroco.
Fray Luis de
León
Introducción: Fray Luis y el grupo “Salmantino”
Fray
Luis de León no es un caso aislado en el mundo universitario de Salamanca del
siglo XVI. Junto a él se encuentra un grupo de amigos y discípulos con
intereses y gustos afines. Entre este grupo figuran nombres como Francisco Sánchez
de las Brozas (el Brocense), Benito Arias Montano, Juan Almeida, Miguel Termón,
Alonso de Mendoza, Basilio Ponce de León,... Todos trabajaron en traducciones
de los clásicos, todos se aproximaron a la poesía y todos se intercambiaron
sus producciones, puesto que deseaban desarrollar un ejercicio intelectual. Además
de producciones que son juegos lingüísticos o alardes de ingenio, también
trabajaron sobre una preocupación moral.
Así que la crítica ha venido adscribiendo a la “escuela
salmantina”, además de Fray Luis, los nombres de: Francisco de Aldana,
Francisco de la Torre, Francisco de Figueroa y de ¿Francisco de Medrano? al que
algunos consideran como miembro del grupo sevillano, dado que nació en Sevilla.
Pero
difícil es clasificar los rasgos comunes que puedan llevar a agrupar a un
variado número de artistas en la escuela “Salmantina”, puesto que se
encuentra una gran variedad de temas, motivos y técnicas, además de
dificultades de distinta naturaleza, como por ejemplo que los poetas líricos
que la crítica ha adscrito a esta “escuela” no pueden ser considerados
“discípulos” directos de Fray Luis, ya que no tienen con él otra relación
que la coincidencia en unos ideales poéticos muy similares basados en la
sobriedad, sencillez y en Horacio como modelo poético, honor que comparte con
Garcilaso de la Vega.
Precisamente, la diferente y opuesta interpretación de cómo debe concebirse en
la teoría y en la práctica la poesía lírica que se desprende en las
ediciones y comentarios (anotaciones) de Garcilaso de la Vega, que realizan
respectivamente el Brocense (1574) y Herrera (1580), ha sido utilizada como
prueba casi inequívoca de la existencia de las dos escuelas, la salmantina y la
sevillana.
Verdaderamente, el panorama de la producción
luisiana no es excesivamente extenso, pero sí amplio y de variada temática.
Aparte las obras perdidas, abarca un reducido número de poemas originales en
castellano, casi todos de gran calidad artística y de hondo contenido vital e
ideológico; un poema latino, Te servante ratem, maxima virginum;
diversas obras teológicas y exegéticas, también en latín; cuatro obras
extensas en prosa; varios escritos breves y casi medio centenar de cartas.
Su primera obra en prosa fue la Exposición del Cantar de los Cantares,
libro redactado entre los años 1561 - 1562, a instancias de la monja del
convento de Sancti Spiritus de Salamanca, Isabel Osorio, después de haber
consultado un manuscrito, también de explanación al Cantar, de Arias
Montano. El propósito de esta traslación consistía en facilitar a la
religiosa salmantina el acceso al texto bíblico.
Su obra mayor en prosa De los nombres de Cristo apareció en Salamanca
el 10 de abril de 1583 y fue completada en 1585; la elaboró Fray Luis en su
segundo período de encarcelamiento.
El secreto del libro (al margen de la síntesis de su pensamiento bíblico, teológico
y filosófico) estriba en la intimidad de la vida del hombre con la vida de
Cristo. Lo que el autor pretendía era una obra que supliera en lo posible la
lectura de los Libros Sagrados, prohibidos en lengua vulgar. Fray Luis quería
ofrecer a sus lectores una introducción al pensamiento bíblico y patrístico,
que sirviera como de compendio del dogma, la moral y hasta la espiritualidad
ortodoxa.
Cristóbal Cuevas analiza con precisión cómo Fray Luis escoge para este
libro el género de la prosa dialogada: tres frailes agustinos (Marcelo, Sabino
y Juliano) que en la finca de “La flecha” conversan acerca de los “Nombres
de Cristo”. A través de estos diálogos más ciceronianos que platónicos, no
sólo expone Fray Luis una sugerente teoría lingüística del nombre, sino que
además muestra su visión cristocéntrica del Universo, y una visión de la
naturaleza enfocada desde un punto de vista espiritual y simbólico, como camino
platónico hacia Dios, además del consabido tema de la evasión de la vida
urbana (el tópico horaciano del Beatus ille)
La Perfecta Casada es la siguiente obra publica de Fray Luis de León.
Manual clásico de la mujer cristiana, sigue a una larga tradición de didáctica
femenina. Esta obra expresa un pensamiento cálido y robusto acerca del carácter
y del oficio de cada condición humana en la sociedad natural y legal.
Se puede extraer de La Perfecta Casada una antología de sentencias y
de vivaces y agudas impresiones sobre la vida familiar, la política, el
derecho, el lujo de las damas y de los ricos, las condiciones de patronos y
siervos, el mundo del trabajo en el artesanado y en el campo, todo esto sin
perder el contexto bíblico. Es La Perfecta Casada el único caso en el
que Fray Luis aplica por extenso la interpretación moral al texto bíblico, es
el único texto del que disponemos para conocer la aplicación práctica del
sentido moral a la Escritura.
La última obra en prosa conocida de Fray Luis de León es Exposición del
Libro de Job (publicado en 1779) cuya génesis tuvo lugar en la cárcel. En
su primera parte, Job se lamenta y protesta contra Dios, pero en los capítulos
siguientes el discurso se templa en las acusaciones de Eliú, quien representa
la razón humana; más tarde emerge la figura de Dios, quien al fin pone de
manifiesto las maravillas de la creación.
En el Job está presente el subfondo de los Nombres, el hecho
en que Fray Luis funda su experiencia del no-ser, de la tiniebla, del mal, del
pecado, del hombre de por sí destituido y perdido. Aparecen los sentimientos de
tristeza y melancolía; la melancolía de Job es densa, continua. Así se
demuestra la pesadumbre existencial de Fray Luis, pues es una obra autobiográfica.
La poesía de Fray Luis
Pero Fray Luis es -sobre todo- un poeta, aunque para él la poesía no fuera
algo fundamental, pues, en un ejercicio de humildad o tal vez del recurso retórico
de captatio benevolentiae, llegó a decir lo siguiente:
“Entre las ocupaciones de mis estudios, en mi soledad, y casi en mi niñez, se
me cayeron como de entre las manos estas obrecillas, a las cuales me apliqué más
por inclinación de mi estrella que por juicio o voluntad”.
Aparentemente, para él, la poesía es un escape, un refugio en sí mismo,
un desahogo a veces. Pero, posiblemente, esa nada relevante motivación poética
de Fray Luis sea la que haga que sus versos nos lleguen pausados, lentos,
apacibles. Y todo ello se consigue elevar por encima de lo humano, a través de
un lenguaje que intenta expresar fielmente sus ideas y sentimientos
sobrenaturales, pero un lenguaje elaborado...
“De las palabras que todos hablan, elegir las que convienen” Esto es, un
proceso de selección que filtra la lengua común para darle un nuevo sentido y
valor. Tal y como han demostrado los valiosísimos estudios de Vosler, Dámaso
Alonso, Oreste Macrí, Emilio Orozco, Leo Spitzer, Francisco Rico y Rafael
Lapesa (por citar sólo los nombres de los más conocidos): los tópicos de
la sencillez y de la espontaneidad en la poesía que esconde un estilo elegante,
profundo en el contenido, y de perfecta estructura interna y externa, bajo la
que se ocultan significativos cultismos léxicos. Dicho de otro modo,
resulta muy difícil de creer la confesión de una poesía “caída de entre
las manos”, cuando los modelos poéticos en que se basan las “obrecillas”
fusionan con inigualable maestría la Biblia, Virgilio, Horacio, Píndaro,
Garcilaso de la Vega, y también ciertos elementos del popularismo lingüístico.
El propio Fray Luis dividió sus poesías en tres apartados:
Ø las originales
Ø las traducciones de poetas profanos
Ø y las traducciones o versiones bíblicas.
No se publicaron hasta 1631; las editó Quevedo, utilizando a Fray Luis como antídoto
al culteranismo (dentro del marco de la endiablada lucha verbal que mantenían
Quevedo y Góngora, cada uno con sus respectivos secuaces detrás). La edición
de Quevedo no fue la mejor, por no utilizarse los manuscritos de Fray Basilio
Ponce de León, que eran los más fieles. No será hasta fines del XIX, cuando
se haga una edición notable de sus poesías.
La producción original de Fray Luis es muy breve, apenas unas veinte
composiciones, de las que destacan las siguientes:
Ø Odas morales: La vida retirada, La noche serena, Oda a
Felipe Ruiz, Oda a Salinas
Ø Odas religiosas: En la Ascensión, la Morada del cielo,
entre otras.
Ø Otras composiciones: como En una esperanza (escrita
en la cárcel), A Elisa (versión cristiana del carpe diem) y La
profecía del Tajo (sobre la pérdida de España por don Rodrigo)
Sin embargo, los comentaristas han intentado en varias ocasiones otras
clasificaciones de la obra de Fray Luis; ya Menéndez Pelayo trató de
distinguir entre imitaciones de Horacio e imitaciones libres. Al primer bloque
corresponderían odas como “Profecía del Tajo” o “La vida retirada”,
mientras que en el segundo incluirían “Noche serena” o la oda a Salinas.
Por su parte, Oreste Macri clasifica las odas luisianas según su relación
con la experiencia del encarcelamiento sufrido por el autor: las escritas antes
del proceso, las que Fray Luis escribió en prisión y las que creó tras su
absolución.
De todos modos, las odas de Fray Luis están cuidadosamente construidas sobre la
naturaleza y el mundo, sobre la ciencia y la historia. Es decir, aparece una
fusión perfecta entre cristianismo paulino-agustino y humanismo y diríamos que
se presencia una analogía rítmica con las odas clásicas de Horacio y de Píndaro.
Hacen juego las oposiciones fónicas y semánticas del movimiento y éxtasis,
gracilidad y fuerza, flexibilidad y solemnidad. Su rima es muy semántica y
disimulada con extrema finura.
La lira, constante métrica en la poesía de Fray Luis
Fray Luis de León vive literariamente a caballo entre Garcilaso de la Vega y
Luis de Góngora; coetáneo de San. Juan (aun quince años mayor Fray Luis
mueren los dos en 1591). Pero, y refiriéndose a los dos primeros Dámaso
Alonso (en su magistral estudio de la poesía de Fray Luis)dice que es
“habitante de un mundo estético distinto al de Garcilaso y al de Góngora”.
Cierto es, pero hay un importante aspecto que Fray Luis toma de Garcilaso, en su
pleno derecho; sabido es que éste introdujo en España, procedente de Italia,
la forma estrófica de la lira, aunque él sólo la utilizara con ocasión
de la famosa Canción a la flor de Gnido. Bien, pues será Fray Luis de
León quien se erija en el prototipo de cultivador de la lira, una estrofa
breve, condensadora, de contención. Esta misma estrofa pasará de Fray Luis a
San Juan de la Cruz, en quien se espiritualiza al máximo.
Posiblemente el arquetipo de lira en la poesía de Fray Luis de León, sea el
que utilizó en la Oda a la vida retirada. Se trata de una oda en la que
Fray Luis tiene como modelo próximo a Horacio (su "Beatus ille"),
aunque no es tan cercana la imitación como en otros casos y respecto al mismo
Horacio.
En el aspecto de la técnica compositiva de esta estrofa destacan los conocidos
encabalgamientos de Fray Luis –que recuerdan a Píndaro, pero adaptados a la
alternancia de endecasílabos y heptasílabos–, contribuyen a crear una
oscilación entre pausa y avance. Esta tensión entre el retraso y el avance
impetuoso se resuelve y recomienza continuamente a lo largo de toda la oda
Por otra parte, la perfección compositiva, y en ello han coincidido Dámaso
Alonso y Leo Spitzer, llega a su mejor dimensión en uno de los poemas menos
estudiados de Fray Luis, porque no es de los más emocionales ni de los más
espirituales. El tema, por contra, es de raíz española. La Profecía del
Tajo, en donde se nos cuenta la historia de don Rodrigo, el último rey
godo, que forzó a la Cava, tras lo que, el padre de ésta, el conde don Julián,
llama a los musulmanes para que le venguen; éstos, venidos del Norte de África,
destruyen el reino visigótico en la mítica batalla de Guadalete. Se trata del
entronque máximo de Fray Luis con la historia y con la cultura españolas de la
Edad Media, y ello, pese y junto a su saber clásico y bíblico.
Cualquiera de las Odas a "Felipe Ruiz", la "Noche serena",
"En la Ascensión", son composiciones conocidas por el mundo literario
desde que Fray Luis las escribiera, aunque a él -como afirmó- "se le
cayeran de las manos". Y quizá por ello, quizá por otra razón, la poesía
de Fray Luis como dijo Dámaso Alonso: “[...] forma -junto a Garcilaso,
Lope de Vega y Góngora- el cuarteto de los más extraordinarios poetas que ha
tenido España”.
San Juan de la Cruz y
Santa Teresa
Introducción: la mística española
Al reinado de Felipe II corresponde una de las manifestaciones
literarias de mayor importancia que han conocido las letras hispanas: la
literatura ascético-mística. Durante los siglos XVI y XVII, más de 3.000
libros fueron publicados sobre esta materia. La ascético-mística es, entonces,
uno de los géneros más genuinos y representativos de España.
Su florecimiento, sin embargo, se produce en España como un hecho tardío. La mística
es un fenómeno peculiar de los siglos medios en todas las literaturas de
Europa, aunque en este época tenemos en España al catalán Raimundo Lulio y la
mística musulmana. Pero es en la Edad Moderna cuando este tipo de literatura se
convierte, en España, en la más perfecta y profunda del mundo.
Las causas determinantes de la aparición de la ascético-mística en el siglo
XVI son:
· La gran tensión religiosa
existente en la España de la Contrarreforma, debido a la lucha contra el
protestantismo.
· El contacto en esta época con los
países germánicos, donde se habían dado las más altas figuras del misticismo
medieval.
· Como vía de escape, dentro de la
religiosidad ortodoxa, del fervor intimista provocado por el erasmismo, así
como el creciente individualismo de la época renaciente.
El comienzo de la literatura mística coincide con la terminación de la
Reconquista y después del Primer Renacimiento, cuando el alma española va a
volverse hacia adentro (según el filósofo marxista [estalinista] Alexander
Kojève, después de conquistar todos los terrenos geográficos del
mundo, el hombre moderno se adentra hacia su psique espiritual, tratando de
conquistarse a sí mismo).
En la mística castellana se observan, por consiguiente, los siguientes rasgos:
· Carece de una efectiva tradición
medieval, a excepción del contacto con la obra de Raimundo Lulio y la posible
influencia semítica recibida principalmente a través de él (la influencia semítica
se refiere a sus dos ramas: la árabe y la judía).
· Aparece en plena Edad Moderna y es
la última de las grandes manifestaciones colectivas de la mística teológica.
· La tendencia más genuina de la mística
española es de carácter ecléctico, armonizador entre tendencias extremas.
· En la literatura religiosa hispana
predomina lo ascético sobre lo místico.
· La mística española es de
excelente estilo literario y aspira a influir en la educación moral del pueblo.
Hay, por otra parte, cuatro períodos en la historia de la mística, según Pedro
Sáinz Rodríguez en su todavía no superado estudio Introducción a la
historia de la literatura mística en España (Madrid, 1927):
· Período
de importación e iniciación, que comprende desde los orígenes medievales
hasta 1500, durante el cual se traducen y difunden las obras de la mística
extranjera.
· Período
de asimilación (1500-1560) en el que las doctrinas importadas son por
primera vez expuestas a la española por los escritores que son precursores
(Hernando de Talavera, Fray Alonso de Madrid, Fray Francisco de Osuna, Fray
Bernardino de Laredo, Juan de Ávila y otros).
· Período
de plenitud y de intensa producción nacional (1560-1600, reinado de Felipe II).
San Juan de la Cruz y Santa Teresa
· Período
de decadencia o compilación doctrinal, prolongado hasta mediados del siglo XVII,
representado no por creadores originales sino por retóricos del misticismo que
se ocupan de ordenar y sistematizar la doctrina del período anterior.
Además, en los manuales de historia de la literatura, se sigue citando la
clasificación que Menéndez y Pelayo, en un ensayo sobre “La poesía
mística en España”, hace por escuelas místicas, según las órdenes
religiosas a las que pertenecen, pues cada orden religiosa tiene una tradición
teológica y doctrinal diferenciada:
> Ascetas dominicos, cuyo prototipo es Fray Luis de
Granada.
> Ascetas y místicos franciscanos (San Pedro de Alcántara, Fray Juan de los
Ángeles, Fray Diego de Estella, etc.).
> Místicos carmelitas (San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, etc.).
> Ascetas y místicos agustinos (Fray Luis de León, Malón de Chaide, etc.
> Ascéticos y místicos jesuitas (San Francisco de Borja, Nieremberg, y
otros).
> Clérigos seculares y los laicos (Valdés, Molinos), que son místicos
heterodoxos.
Sin embargo, esta clasificación se suele simplificar si se
da por válido el criterio de la existencia de tres corrientes:
Afectiva (el predominio de lo sentimental sobre lo intelectual), que
tiene siempre presente la imitación de Cristo, del Cristo hombre como vía por
donde nosotros podemos llegar a la Divinidad (franciscanos y agustinos).
Intelectualista o escolástica, que busca el conocimiento de Dios
mismo por la elaboración de una doctrina metafísica (dominicos y jesuitas).
Ecléctica o española, representada por la mística carmelita:
San Juan de la Cruz y Santa Teresa
Desde otra perspectiva Helmut Hatzfeld, en sus Estudios literarios
sobre mística española (Madrid, 1955) ha fijado la existencia de grupos
principales de teorías acerca del fenómeno místico:
1.- La Teoría Ahistórica, propuesta por Jean Baruzi, en un
estudio francés sobre San Juan de la Cruz, el cual sostiene la originalidad de
los místicos españoles que descubren sus símbolos decisivos
independientemente de las condiciones históricas.
2.- La Teoría Sintética, de Gaston Etchegoyen,
en un estudio francés sobre Santa Teresa, que supone que toda producción de la
mística española puede explicarse como una fusión sintética de diferentes
formas más antiguas, todas exclusivamente occidentales.
3.- La Teoría Secular, de Dámaso Alonso, quien
propone que los elementos numerosos del simbolismo de los místicos españoles
se derivan de la poesía profana, popular o culta, sobre todo de la poesía de
Garcilaso, el romancero, y el cancionero.
4.- La Teoría Árabe, de dos arabistas españoles: Julián
Ribera y Miguel Asín Palacios, sobre todo de este último, que ha
visto afinidades entre los escritos de San Juan de la Cruz y místicos
mahometanos de la primera mitad del siglo XIII; además está comprobada la
influencia del misticismo musulmán en el catalán Raimundo Lulio.
5.- La Teoría Germánica, que alega que el influjo
mayor recibido por los místicos españoles proviene de los místicos alemanes
como Meister Eckart, o el flamenco Jan van Ruysbroeck, o Thomas de Kempis.
Para Hatzfeld, tanto el oriente como el occidente han contribuido en
parte a la formación del lenguaje de los místicos españoles. Mientras que la
crítica posterior (dado que todas estas teorías se basan en argumentos y datos
significativos y válidos, pero que, a pesar de todo, no son definitivos)
prefiere pensar que el establecimiento de la literatura mística española se
debe a un cúmulo de elementos y circunstancias que en un momento dado se
concentran: la Reforma y la Contrarreforma, la existencia de movimientos
internos de renovación en el seno de las diversas órdenes religiosas, lo cual
trae consigo un nuevo modo de entender la espiritualidad; y finalmente la
confluencia de variadas formas de expresión literaria de las experiencias
religiosas (los místicos alemanes, Raimundo Lulio –y con él la mística semítica–,
la propia literatura española y el modelo garcilasista que a mediados del siglo
XVI era una realidad plemnamente vigente.
La palabra “mística” procede de un verbo griego que significa
“cerrar”, de donde aquel vocablo vendría a tener un sentido como de
“oculto” o “secreto”; así, de acuerdo con su etimología, sería la mística
como una vida espiritual secreta y distinta de la ordinaria de los cristianos.
En su sentido más propio debe aplicarse a las manifestaciones de la vida
religiosa sometida a la acción extraordinariamente sobrenatural de la
Providencia. La palabra “mística” estrictamente sólo deberá
aplicarse para designar las relaciones sobrenaturales, secretas, por las cuales
eleva Dios a la criatura sobre las limitaciones de su naturaleza y la hace
conocer un mundo superior, al que es imposible llegar por las fuerzas naturales
ni por las ordinarias de la Gracia. Misticismo es el conocimiento
experimental de la presencia divina, en que el alma tiene, como una gran
realidad, un sentimiento de contacto con Dios. Pero si la mística es el
punto más alto de la vida espiritual y representa un regalo extraordinario de
la Gracia de Dios, el alma puede colaborar por todos los medios a su alcance
para aproximarse a tal estado de perfección y hacerse digna de él. Esta
variada serie de esfuerzos o ejercicios del espíritu se designa con el
nombre de “ascética”, que podría definirse como la pedagogía
humana que conduce hacia el misticismo. La ascética depende, pues,
exclusivamente, de la voluntad y actividad humanas; deriva esta palabra del
verbo griego que significa “ejercitarse”, pues se trata del período de la
vida espiritual en que, por medio de ejercicios espirituales, mortificaciones y
oración, logra el alma purificarse, purgarse o desprenderse del afecto a los
placeres corporales y a los bienes terrenos.
Por tanto, tres vías o momentos distinguen los tratadistas en el camino hacia
la unión con la Divinidad.
1.-
La VÍA PURGATIVA, en la que el alma se liberta poco a poco de sus pasiones y
se purifica de sus pecados.
2.- La VÍA ILUMINATIVA, durante la cual el alma se ilumina con la consideración
de los bienes eternos y de la pasión y redención de Cristo.
3.- Y, finalmente, VÍA UNITIVA, en la que se llega a la unión con Dios, según
el modelo definido por San Juan de la Cruz como “matrimonio espiritual”.
La ascética está, pues, en el camino de la mística, y de los tres momentos
dichos: los dos primeros son comunes a ambas, quedando el último reservado
para la segunda. En lo que atañe a su contenido, la ascética se basa en el
ejercicio racional, mientras que la mística es puramente intuitiva. No puede
llegarse a la cima de la perfección espiritual sin pasar por el camino de la
ascética
Concluida esta introducción, ya se está en condiciones de abordar la cima más alta de toda la mística española y universal es la alcanzada por los escritores de la Orden del Carmelo: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
San
Juan de la Cruz
San
Juan de la Cruz eleva la poesía mística a la más intensa y sublime expresión
a que ha llegado el misticismo universal. Es el último de los grandes místicos.
También en él se agotan las posibilidades de la poesía religiosa. También es
una de las voces líricas más puras que jamás hayan existido.
Aunque escribió en prosa y en verso, fue su obra poética la que más elogios
recibió. Una vez escritos sus tres poemas mayores (Noche
oscura del alma, Llama de amor viva, y el Cántico espiritual),
San Juan redactó unos comentarios en prosa a fin de explicar
el significado de sus versos acorde con la doctrina cristiana. Puesto que lo que
pretendía explicar era algo tan personal y subjetivo como puede ser la
experiencia mística, San Juan tuvo que recurrir a este comentario en prosa, o glosa
que aclaraba el verdadero sentido del texto poético. Por ejemplo, A la
“Noche” le dedicó dos tratados (“Subida del monte Carmelo” y “La
noche obscura del alma”).
Es muy curioso el caso de San Juan de la Cruz. Él está considerado como uno de
los principales poetas españoles y, paradójicamente, es autor de una obra muy
escasa. Como ha señalado Jorge Guillén, “es el gran poeta más breve
de la lengua española, acaso de la literatura universal”.
Su obra poética comprende unas veinte composiciones, las cuales no superan en
total el millar de versos.
En este conjunto, los manuales de historia de la literatura suelen establecer
dos grupos: poemas menores y poemas mayores.
· Poemas
menores. Los poemas menores corresponden a la época de su iniciación
como poeta. En ellos utiliza materiales poéticos profanos de carácter
tradicional y los recrea divinizándolos. Dentro de estas primeras composiciones
tenemos romances, canciones y glosas a lo divino,
todas en metro corto.
· Los romances
forman el conjunto más extenso dentro de este grupo. De contenido espiritual,
muchos de ellos están directamente inspirados en la Biblia.
· Las canciones,
en las que San Juan comienza a utilizar el endecasílabo, tienen su ejemplo más
significativo en la composición “El pastorcico”.
· Las glosas
desarrollan coplas de origen popular con tintes divinos, como la famosa “Vivo
sin vivir en mí”, que también utilizó Santa Teresa.
· Poemas
mayores.: Noche oscura del alma, Llama de amor viva, y
el Cántico espiritual. En ellos, el poeta se centra en el proceso místico
mediante el cual el alma llega a la unión con Dios. El proceso de esta unión
se nos viene dado en forma alegórica.
> La Noche
oscura del alma está escrita en liras
garcilasianas. La Amada (el alma), embriagada de amor, abandona su casa (el
cuerpo) en plena noche (el estado de oscuridad provocado por esa separacón del
cuerpo y del alma) en busca de su amado (Dios). Las últimas tres estrofas
describen el gozo inmenso de esta unión mística.
> El Cántico
espiritual es el poema más extenso de San
Juan. En él se narra alegóricamente el camino recorrido por la Esposa (alma)
en busca del Esposo (Dios) en el marco incomparable de una naturaleza llena de
sensualidad y simbolismo.
> En “Llama de amor viva” el poeta canta jubiloso y enamorado su
goce supremo.
La poesía de San Juan es puramente mística. La idea de las tres vías viene de
San Bernardo de Clairveux (abad francés del siglo XII), así como la
utilización del “Cantar de los cantares” para simbolizar la vida mística,
así como la peculiaridad de ver en la “Esposa” no a la Iglesia o a la Madre
de Dios sino al alma humana. En San Juan coexiste el místico enamorado que
escribía como en pleno rapto o arrobo, y el técnico experto que afina
minuciosamente los recursos artísticos de su poesía. Su poesía se expresa en
bellas metáforas, símbolos e imágenes, y usa la alegoría del matrimonio. La
naturaleza se usa en toda su riqueza: montes, ríos, árboles, flores, animales,
perfumes, pero siempre como elementos alegóricos. Su vocabulario es rico en
sinonimias, palabras populares y rústicas, antítesis, onomatopeyas o
aliteraciones. En su poesía se unen, pues, tres corrientes de la poesía
castellana:
a) la poesía popular “a lo divino”,
b) la poesía popular del romancero
c) la poesía renacentista.
El tema único de su poesía es el de la unión mística con Dios. En efecto su
poesía ha sido clasificada como “poesía erótica a lo divino”. El plano
humano ha sido elevado al más alto simbolismo religioso.
Así, Dámaso Alonso, Emilio Orozco, Cristóbal Cuevas, Francisco Ynduráin,
García de la Concha o Roger Duvivier, por citar sólo algunos nombres, han
analizado con precisión cómo la utilización del simbolismo repercute en la
lengua poética de San Juan. Porque hay tres símbolos dominantes en su obra y
son : la noche, el matrimonio y la llama .
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