> Introducción:
el contexto histórico, cultural y literario
> LA POESÍA EN EL SIGLO XVIII
> LA PROSA EN EL SIGLO XVIII
> BIBLIOGRAFÍA COMENTADA

Introducción: el contexto histórico, cultural y literario
Hasta no
hace mucho tiempo, el XVIII era considerado de forma mayoritaria
un siglo casi carente de interés artístico,
incluido en este concepto lo literario. Contribuían a esa
desvalorización la escasez de estudios sobre él, la
sentencia de poco español que lo había
acompañado históricamente y el repudio de autores
como Marcelino Menéndez Pelayo. Fueron investigadores
extranjeros como Sarrailh (1954) y Herr (1960) quienes lo
recuperaran, ofreciendo de él una versión positiva
próxima a la hagiografía histórica. Hoy,
siguiendo las pautas actuales de revisión historiográfica,
conviene matizar esas visiones encomiásticas, para
acercarnos así a una valoración más objetiva
de las luces y sombras de una época de más interés
ideológico que estrictamente literario. De hecho, son las
páginas ensayísticas dieciochescas las que parecen
interesarnos hoy en mayor medida, mientras que el teatro, la
poesía y la novela son más merecedores de un juicio
histórico que del estrictamente estético.
Contamos
actualmente con una información mucho más amplia
que la que tuvieron a su disposición quienes decenios
atrás escribieron sobre el siglo XVIII. Aparte de un buen
número de ediciones de las obras más importantes de
la literatura dieciochesca, están ya a nuestro alcance
historias literarias valiosas (García de la
Concha-Carnero, 1995; Aguilar Piñal, 1996) y
útiles selecciones de textos (Amorós et
alii, 1998). Ello permite una valoración más
serena y objetiva, lejana de la condena ideológica y
formal, pero también apartada de la reivindicación
carente de fundamento. La realidad es que el catálogo de
escritores del siglo XVIII es nutrido (Aguilar Piñal,
1981), pero no tiene la adecuada contraprestación
cualitativa En su conjunto, la literatura dieciochesca se
presenta, ante los ojos del lector del siglo XXI, un tanto
reiterativa y falta de variedad, tanto por sus rigideces formales
como por la repetición de temas: la educación, los
matrimonios desiguales, las costumbres afrancesadas, la ociosidad
de la nobleza, los mayorazgos y diversos aspectos económicos.
Los avances en el terreno de la investigación
filológica fueron, sin embargo, notables. Se
editaron textos medievales como el Cantar de Mio Cid, el
Libro de Alexandre y el Libro de Buen Amor, y a
escritores renacentistas olvidados desde hacía mucho
tiempo, como Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León;
nacieron los conceptos de Siglo de Oro y Edad Media; se biografió
a Cervantes (lo hizo Gregorio Mayans y Siscar en 1737), y de su
Quijote realizó la Academia en 1780 una valiosa
edición.
Se acometieron importantes empresas
filológicas de las que sorprenden tanto su envergadura
como la gran calidad de los resultados. Así, la
publicación (1726-39) del Diccionario de Autoridades
(nombre más popular que el original: Diccionario de la
lengua castellana…) de la Real Academia Española,
en el que los artículos venían avalados por las
citas de escritores que habían utilizado las palabras en
cuestión (una curiosa forma, por cierto, de fijar, de
forma impremeditada, un avance del canon literario). La Real
Academia Española ha sobrevivido hasta nuestros días
después de su aprobación real en 1714, refrendo de
las intenciones de la inicial tertulia que estuvo en su origen,
en 1711. Su labor en la tarea de fijación del idioma
(tarea que figura como propósito esencial en su lema,
inalterable a lo largo de los siglos: "Limpia, fija y da
esplendor") no ha experimentado modificaciones sustanciales.
El citado Diccionario de Autoridades no fue el único
trabajo académico digno de mención: la Ortografía
de 1741 y la Gramática de 1771 completaron la
actividad de la neonata Academia.
En el plano
lingüístico, el XVIII es un siglo de notable
atractivo. Lázaro Carreter y Álvarez de
Miranda estudian las ideas lingüísticas y la
notoria importancia del neologismo, normalmente procedente de
Francia, en consonancia con el afrancesamiento de las ideas y de
las costumbres. A fin de cuentas, Francia era el centro de la
cultura occidental de la época; allí y aquí
reinaba la misma dinastía (hasta el destronamiento de los
Borbones en el país vecino), y la proximidad geográfica
era un importante factor de consolidación de esa
influencia.
La muerte de Carlos II (1700) es el origen de la
Guerra de Sucesión al trono librada hasta 1714 entre los
partidarios del Archiduque de Austria y los del Duque de Anjou, a
la postre triunfante como rey de España, con el nombre de
Felipe V. La adhesión a uno u otro pretendiente (Castilla
como defensora de la dinastía borbónica, y Aragón
de la austriaca) es el primer signo de enfrentamiento entre
españoles que habrá de conocer el siglo XVIII, y
que hallará dramática prolongación a lo
largo del XIX y el XX. Con la llegada a España (1701) de
nuestro primer rey Borbón se inicia una nueva etapa
histórica, que recibirá la denominación de
Siglo de las Luces, si optamos por la terminología
preferida en Francia, o Siglo Ilustrado, si preferimos la más
habitual en España desde finales de los años
setenta de aquella centuria (Álvarez de Miranda, 1993).
La cultura ilustrada, que a principios del siglo XVIII se
encontraba aún lejos de su germinación, habría
de esperar un tiempo, al igual que la literatura del mismo signo,
para registrar su nacimiento
Ciertamente, ya durante el
reinado de Carlos II se habían advertido intentos de
renovación como los representados por los novatores,
que desde 1680 se esforzaban por difundir en España nuevos
métodos científicos y un pensamiento distinto del
tradicional. En un principio, la denominación de novatores
fue utilizada en sentido peyorativo por quienes censuraban su
alejamiento de las posturas oficiales, enraizadas en la ortodoxia
religiosa. Conscientes de la situación de decadencia en
que se hallaba sumida la España del último cuarto
del siglo XVII, los novatores dirigieron sus críticas
a las filosofías escolástica y aristotélica,
que aspiraban a sustituir por la metodología experimental.
Su postulado era que la metafísica y la teología,
de carácter básicamente especulativo, debían
ser reemplazadas como materias preferentes de estudio por la
ciencia. Ello suponía un ataque implícito al
principio de autoridad, cuestionado en ámbitos más
privados que públicos, como las academias y tertulias que
aparecieron en diferentes lugares de España. Los nombres
de novatores como Luis Rodríguez de Pedrosa o Isaac
Cardosa son todavía hoy muy insuficientemente conocidos,
entre otros motivos porque la segunda mitad del siglo XVII sigue
siendo un período oscuro y deficientemente explorado por
la crítica, pese a que sus efectos son visibles durante
toda la mitad del XVIII, especialmente en el ámbito de la
literatura.
Secuenciar la literatura del siglo XVIII no
debiera ser, en teoría, difícil. Sin embargo, las
posturas críticas de los investigadores no se muestran tan
cercanas como cabría esperar. Con todos los matices que se
quieran introducir dentro de cada bloque cronológico,
parece posible hablar de las siguientes etapas, excluido el
período de los novatores, ya comentado anteriormente, y
que abarcaría los años 1680 a 1725, etapa de
transición que, pese a abarcar un cuarto del siglo XVIII,
está más ligada ideológica y estéticamente
a la anterior:
PRIMERA FASE, DESDE 1726 HASTA 1759
Coincide
con los reinados de Felipe V, el fugaz Luis I (un niño que
a sus 16 años alcanzó un trono que disfrutaría
apenas unos meses del año 1724), y Fernando VI.
La
época del primero, que tuvo que afrontar durante muchos
años la Guerra de Sucesión, apenas permitió
dar los primeros pasos en los proyectos reformistas. En los años
iniciales de su reinado hubo de hacer frente a la hostilidad de
Aragón, Cataluña y Valencia, y también a la
de un buen número de los nobles. El resultado del Tratado
de Utrecht que puso fin a la guerra fue negativo para España,
que perdió sus posesiones europeas. De aquella contienda
ha quedado como recuerdo perdurable la ocupación de
Gibraltar por los ingleses. Poco interesado en las cuestiones de
gobierno, Felipe V se plegó a la influencia francesa y
delegó en un privado italiano, Julio Alberoni, más
dado a gobernar en función de los intereses de su país
de origen que en beneficio de los de su patria de adopción.
El reinado de Felipe V tuvo una segunda etapa, que se inició
con la prematura muerte de su hijo Luis I. De nuevo los asuntos
de estado quedaron en manos de un extranjero (en este caso, el
holandés barón de Riperdá), y de nuevo los
intereses personales (los de la esposa de Felipe V, la ambiciosa
Isabel de Farnesio) se impusieron sobre los de España,
conduciendo al país a más de una guerra fuera de
nuestras fronteras.
Esta herencia tan poco apetecible era la
que dejaba a su muerte, en 1746, el inestable y melancólico
Felipe V. Su hijo y sucesor, Fernando VI, sirvió de puente
entre esos primeros pasos y el decidido impulso reformista. Una
de sus primeras medidas fue firmar la Paz de Aquisgrán
(1748), inicio de un período de estabilidad económica
y política confiado a ministros españoles. La
reforma del ejército y la modernización de la
economía fueron los puntales de su política. Su
gran acierto fue rodearse de buenos colaboradores, como José
Carvajal y Láncaster, para las relaciones exteriores, y el
Marqués de la Ensenada, para los asuntos internos.
A
este último son atribuibles las mejores decisiones del
reinado de Fernando VI: formación del catastro,
construcción de caminos, canales de riego y arsenales,
formación de una flota digna de respeto internacional,
reforma de la Hacienda, atracción de personalidades
culturales extranjeras y envío de jóvenes fuera de
nuestras fronteras. Los vaivenes de la política lo
condujeron, sin embargo, a la destitución y el destierro
(1754). La inestabilidad psicológica de Felipe V se hizo
ver en los últimos tiempos de la vida de su hijo, un
monarca que, ante todo, se preocupó de no embarcar a
España en guerras inútiles y de sacar adelante
medidas reformistas que sacaran a España de su marasmo.
Siguiendo las consideraciones críticas de Rinaldo
Froldi[1],
hacia finales del siglo XVII e inicios del XVIII, los síntomas
esparcidos de una toma de conciencia acerca de la diferencia de
nivel cultural entre España y Europa, así como del
consiguiente deseo de subsanar carencias a través de la
adquisición de un libre espíritu crítico que
afirmara la razón contra la autoridad, de hecho se
redujeron inicialmente a la iniciativa de pocos nobles,
favorecedores de tertulias privadas, de unas cuantas academias
públicas y de algunos religiosos que promovieron cautas
revisiones filosóficas.
En sustancia, se trató
de una rebelión contra el aristotelismo escolástico,
hecha en nombre de una actitud experimentalista bastante
prudente, la cual no condujo a procesos concretos o resultados
reformistas: la realidad española no cambió. De
hecho, el poder político (la monarquía de Felipe V
y de Fernando VI) puede parecer contradictorio; por una parte, se
fomentaron instituciones académicas e iniciativas de
protección cultural; por la otra, hubo represiones
decididas. Sustancialmente, nos parece que se mantuvo bastante
coherente en la línea de una defensa sin reservas del
conformismo ideológico y en la ostentación de un
aparato cultural destinado a fines políticos; la
Inquisición y, en tales condiciones, la autocensura
-naturalmente-, acabaron por impedir todo cambio real[2].
Después
del amplio ensayo de François Lopez[3],
bien documentado y críticamente agudo, se obtiene como
dato histórico seguro que gran parte del mérito del
incipiente esfuerzo de apertura cultural, a pesar de sus
precarios resultados, se debe al grupo valenciano de los
novatores (el término, como bien se sabe, se lo
aplicaron con ironía despectiva sus adversarios
aristotélicos).
El aspecto más significativo de
este proceso que desde los primeros novatores se
desarrolló en Valencia, sobre todo a través de la
obra y el magisterio de GREGORIO MAYANS Y SISCAR, es la
preocupación de combinar el racionalismo crítico de
la Europa moderna (no ilustrada todavía) con la gran
cultura humanística (y erasmista) del siglo XVI español,
en el intento de activar un retorno de lo que había sido
el humanismo cristiano. Esta situación se explica por el
consistente interés hacia la temática religiosa,
hacia una historiografía sobre todo eclesiástica y
hacia un resurgimiento de la filología
hebreo-greco-latina. El deán Martí fue maestro de
Mayans y entrambos tuvieron como guía ideal sobre todo a
Luis Vives.
Mayans fue, sin duda, la figura cultural más
significativa de este movimiento de renovación del
pensamiento español, porque tanto en el campo histórico
como en el retórico-filológico se empeñó
en afrontar una temática propiamente hispánica y
laica, y no sólo clásico-eclesiástica. A
pesar de esto, la predicación, el retorno a las fuentes
fue constante en él, y cuando programó un plan de
reforma educativa lo quiso establecer sobre bases esencialmente
teológicas, con una clara actitud de restauración
del pasado.
Gregorio Mayans i Siscar vivió poco
integrado en su entorno, distanciado de Feijoo, de la Real
Academia Española -él mismo intentaría una
Academia Valenciana-, del Diario de los literatos de España
(1737-42) -fundado por Salafranca, Huerta y Puig- y, finalmente,
de la Biblioteca Real, donde trabajó de 1737 a 1739, para
volver a su pueblo natal. Intentó Mayans reconstruir el
pasado, con una metodología y un criterio que le
ganó el reconocimiento del resto de Europa.
En
sus inicios, estudió a Saavedra Fajardo (1725) y la
elocuencia española (1727), para, en 1737, dar a
luz dos grandes obras: los Orígenes de la Lengua
Española, sólido estudio con primeras
ediciones del Diálogo de la Lengua, de Juan de
Valdés o del Arte de trovar, de Enrique de Villena,
y, en segundo lugar, la Vida de Miguel de Cervantes
(1737), primera biografía de este autor, escrita por
encargo para una edición inglesa del Quijote de ese
mismo año. Su éxito fue enorme, pese a ignorar
datos, como el lugar de nacimiento de Cervantes, ya que Mayans no
utilizó documentos originales.
Su obra magna, la
Retórica (1757), se basó en autores
como Nebrija, Luis Vives y el Brocense. Editó
obras de Nicolás Antonio, comentó el derecho
medieval y tradujo los clásicos latinos.
Mayans
fue maestro de Cerdá y Rico, de Pérez Bayer, de
Piquer, y se debe a François Lopez el haber delineado con
rigor el filón cultural valenciano que, en el interior de
la cultura del setecientos, desde los novatores ha
llegado hasta JUAN PABLO FORNER. Otra cuestión es
que este filón deba reconocerse como propiamente
«ilustrado». Parece que Lopez lo cree así, y
los valencianos Peset y Mestre[4]
lo afirman rotundamente. Pero no es éste el lugar para
centrarnos en ese análisis. Tal vez sólo Forner,
que, por otra parte, revela con frecuencia su convencida adhesión
al humanismo cristiano, se acercó al movimiento ilustrado,
especialmente en el campo histórico, aunque no sin
contradicciones e incertidumbres.
Volviendo a los autores que
caracterizan la cultura española de la primera mitad del
setecientos, debemos hacer referencia a IGNACIO DE LUZÁN,
cuyos intereses dominantes se centran en los campos de la
estética y la literatura. Los estudios de Russell P.
Sebold y de Rinaldo Froldi[5],
entre otros son fundamentales para conocer las fuentes en que
bebió Luzán y su participación en el
movimiento de renovación, en busca de un acuerdo entre las
exigencias del pensamiento racionalista europeo, con el que se
familiarizó en su larga estancia en Italia, y una
complacida actitud clasicista que, a imitación de
Muratori, se apoyaba en los modelos grecolatinos y del siglo XVI.
Con tal bagaje, intentó insertarse en la política
cultural, incierta y más que nada académica de
Fernando VI. Ciertamente, La Poética,
o reglas de la poesía en general y de sus principales
especies tuvo importancia definitiva en la España
de su tiempo, porque introdujo el NEOCLASICISMO, en 1737, al
menos desde el punto de la teoría y el pensamiento. Por lo
demás, en todas sus manifestaciones literarias, Luzán
no penetró nunca en el ámbito de la cultura
ilustrada, que sin duda tuvo ocasión de conocer en París
(Memorias literarias de París, 1751), aunque se
tratara de un contacto superficial que no dejó huellas en
él.
Relacionada
directamente con la labor de Luzán conviene recordar la
ACADEMIA DEL BUEN GUSTO. Caso González, Mª Dolores
Tortosa Linde y José J. Berbel Rodríguez[6]
han analizado las aportaciones de esta tertulia o grupo literario
al que pertenecieron, entre otros, LUZÁN, MONTIANO, BLAS
NASARRE y VELÁZQUEZ.
>
Definición y elaboración de los principios teóricos
en que se basa el NEOCLASICISMO español, principalmente,
la poesía lírica y la tragedia. En la polémica
de 1750 (provocada por el Prólogo de Nasarre a
las comedias y entremeses de Cervantes, editados por él en
1749) Luzán, Montiano y Velázquez salen en defensa
de sus teorías en torno a la universalidad de las reglas
poéticas y del clasicismo ortodoxo y responderán a
los ataques tradicionalistas y barroquistas no sólo de
Erauso y Zavaleta y José Carrillo, sino también de
contertulios de la ACADEMIA DEL BUEN GUSTO como el conde de
Torrepalma y José Antonio Porcel.
>
Análisis histórico de la literatura y el teatro
español (principalmente el del siglo XVI): Nasarre edita y
estudia las comedias y entremeses de Cervantes en 1749, aportando
el dato historiográfico de la fecha de la muerte de
Cervantes; Montiano estudia la tragedia renacentista y publica el
dato del nacimiento y patria de Cervantes (Discursos I y II
sobre las tragedias españolas); Velázquez
(Orígenes de la poesía castellana, 1754)
realiza una historia de la literatura española en la que
por primera vez se utiliza como concepto historiográfico
el término Siglo de Oro (pero referido sólo
al siglo XVI). Y Luzán, en la segunda edición de la
Poética (1789, edición póstuma, él
falleció en 1754) realiza una historia de la poesía
lírica y el teatro hasta 1753.
>
La práctica literaria a través de los poemas
líricos que se compusieron en el seno de las sesiones de
la ACADEMIA DEL BUEN GUSTO; pero sobre todo, la práctica
teatral:
* Luzán: La virtud
coronada (1742), tragedia publicada modernamente por
Francisco Jarque (Ottawa, 1992) y Figueras Martí
(Zaragoza, 1995); La razón contra la moda (1751),
traducción de una comedia sentimental francesa que
inaugura el teatro sentimental en España.
*
Montiano: publicación de sus dos tragedias Virginia
(1750) y Ataúlfo (1753) que son las primeras obras
teatrales pertenecientes al neoclasicismo propiamente dicho.
Por
otra parte, desde el nivel de la historia de la cultura, es
impreciso definir como ilustrado al mismo BENITO JERÓNIMO
FEIJOO, si queremos respetar con todo rigor y precisión
el significado del adjetivo en su dimensión filosófica
e histórica, y esto a pesar de que a este autor se le
pueda considerar -en un cierto sentido, con honor a la verdad-
como el más avanzado de todos en la primera mitad del
siglo, sea por la riqueza de sus lecturas de autores modernos (a
pesar de que, como con frecuencia se le reprocha, no le llegaban
todos de primera mano), sea por la forma comunicativa de su
pensamiento (Cartas eruditas y su Teatro crítico
universal) o, finalmente, por el gran séquito de
lectores que tuvo.
Partidario de un empirismo prudente, se
proclamó paladín de la ciencia contra la ignorancia
y la superstición popular, aunque, quizá por su
condición de fraile, siempre guardó respeto por la
fe y sus justificaciones metafísicas, sin llegar nunca
-con rechazo del empeño de definirla sistemáticamente-
a una aceptación de la ciencia en su valor propio, como
tampoco a un nuevo concepto de la naturaleza.
Por lo que a
Feijoo se refiere, parece atinada la opinión de Abellán
quien, a pesar de reconocer sus méritos y su importancia
de divulgador genial de la renovación, siente el deber de
precisar que, a pesar de todo, no osó «dar el salto
a la Ilustración»[7].
SEGUNDA FASE:
DESDE 1759: (inicio del reinado de Carlos III) hasta 1830 (muerte
de Leandro Fernández de Moratín)
·
En España se suceden
cronológicamente: 1) El reinado de Carlos III
(de 1758 a 1788) en el que se impulsan la propagación de
las ideas reformistas e ilustradas, mediante la expulsión
de los jesuitas, tras el motín de Esquilache de 1766, y la
realización de una auténtica reforma política,
económica y cultural en el Estado español. 2)
El reinado de Carlos IV (1789-1808) en que los
acontecimientos de la Revolución Francesa traen como
consecuencia un retroceso en las reformas ilustradas. Se
estableció una violenta persecución de las personas
más representativas de las nuevas ideas, unida a una
censura total y al cierre de las fronteras, prohibiéndose
el paso de todo tipo de libros y folletos, o su embarque hacia la
América española. Aunque en los terrenos cultural y
estético se produjo un impulso modernizador y progresista
bajo el gobierno de Manuel Godoy, gracias a la colaboración
de un grupo de eminentes pensadores y hombres de letras. 3)
Guerra de Independencia (1808-1814) contra la invasión
napoleónica. Algunos ilustrados, como Moratín,
colaboran con los franceses, son los llamados peyorativamente
como “afrancesados”. 4) Cortes de Cádiz
(1812) donde se aprueba la primera Constitución española.
El liberalismo ya es una realidad en España. Y 5)
Reinado de Fernando VII: el absolutismo se impone provocando
el destierro de los afrancesados y los liberales, aunque dentro
de este reinado existen también: el trienio liberal
(1820-1823) tras el levantamiento en armas del general
Riego y la década ominosa (1823-1833) que supuso un
endurecimiento radical del absolutismo.
En cuanto al contexto
cultural, ideológico y estético europeo y español
se observa que coexisten o conviven en este periodo varias
tendencias tales como:
> La Ilustración
es un movimiento cultural e ideológico que parte del
racionalismo y del empirismo y se basa en el reformismo
político y en el criticismo utópico
(predominio de la razón, la observación objetiva de
la realidad y la experimentación práctica). Para
lograr este objetivo de progreso humano y social, se propone
modernizar la sociedad mediante lentas reformas que serán
llevadas a cabo por reyes y gobiernos; es el denominado
despotismo ilustrado, aunque a finales de siglo surgen tendencias
revolucionarias que originan el nacimiento del liberalismo.
Desde
1750, por otra parte, se va extendiendo por Europa el
sensualismo, que pone de relieve el aspecto emocional y
sentimental de la personalidad humana, equiparándolo e
incluso superando en importancia a la razón.
>
El Neoclasicismo es un movimiento estético y
artístico basado en: 1) Vuelta al mundo clásico
grecolatino. 2) Sometimiento a unas reglas universales de
creación artística 3) El arte y la
literatura deben buscar la utilidad social, la educación
moral del público. 4) Imitación de la
naturaleza y de los modelos artísticos establecidos como
válidos.
> Como consecuencia, tal vez
del sensualismo (también llamado sensacionismo y
sensismo), surgen, en el último tercio del siglo XVIII,
varias corrientes que ponen de relieve en mayor o menor grado el
subjetivismo, el sentimentalismo, el desengaño incluso
suicida, la rebeldía contra las normas establecidas, la
libertad creadora y los paisajes desolados como ruinas,
cementerios y noches oscuras. Por consiguiente, se convierten en
moda al uso la sensibilidad, la ternura y las lágrimas:
padres tiranos, amores imposibles, hijos naturales, niños
abandonados, seres marginales, pobres de buen corazón,
nobles y clérigos perversos poblarán las novelas y
los teatros en torno a 1800. Todas estas tendencias han sido
denominadas por los estudiosos con varias etiquetas como:
Neoclasicismo sentimental, Primer Romanticismo,
Prerromanticismo y Romanticismo
>
La polémica entre liberalismo y absolutismo. Es
decir, un Estado parlamentario, que reconoce algunas libertades
como la de prensa y la de culto religioso, frente a un Estado
autoritario, basado en el sistema de la monarquía
absoluta.
Precisiones
terminológicas acerca de la segunda mitad del siglo XVIII
Este
panorama, que acabamos de mostrar con la brevedad simplificadora
de todo esquema, indica las dificultades y problemas con que los
historiadores y los estudiosos del arte y las letras se enfrentan
a esta etapa. Ciñéndonos al terreno literario,
debemos insistir en que durante los últimos años
del siglo coexisten la corriente neoclásica y la
sentimental. Esta coexistencia no es sólo temporal, sino
que se da incluso en la producción literaria de algunos
autores, y explicaría por qué las Noches
lúgubres de Cadalso (publicada en 1789 pero escrita
hacia 1771) es considerada indistintamente como “romántica”,
“neoclásica sentimental”, “prerromántica”
e “ilustrada”. Lo mismo sucede con El delincuente
honrado (1773) de Jovellanos o con los poemas de Meléndez
Valdés. Incluso El sí de las niñas de
Moratín ha provocado dudas semejantes, pues, aunque
mayoritariamente pensada como comedia ilustrada y neoclásica,
no faltan quienes afirman que es prerromántica o quienes
la califican de obra romántica.
Sin embargo, deben
precisarse, de entrada, algunas ideas erróneamente
extendidas durante mucho tiempo, al menos en el ámbito
divulgativo. El primer error es la incorrecta identificación
del siglo XVIII (y, de paso, de la literatura ilustrada) con un
concepto exclusivamente estético como es el de
Neoclasicismo. Fue esta la idea más extendida hasta hace
unas décadas, y por eso en las historias de la literatura
más tradicionales el siglo XVIII se asimilaba al
Neoclasicismo. Pero la primera mitad de la centuria es
predominantemente posbarroca, y en la segunda se funden diversos
estilos e ideas: el Neoclasicismo en sentido estricto, el Rococó,
la literatura ilustrada y, para algún estudioso, incluso
el Romanticismo, que para otros sería más bien
Prerromanticismo. La terminología, pues, resulta hoy
tan confusa como hace décadas (AA. VV., 1970), y lo
demuestra el hecho de que, por ejemplo, si para Caso
González[8]
la neoclásica es la literatura que opta por los valores
formales y no por poner la escritura al servicio de las ideas
(esto último sería lo específicamente
ilustrado), para Aguilar Piñal[9]
(1991) aquella es, de forma matizada, la vertiente literaria de
la Ilustración.
No menos confusa es la
cronología que pudiera servir como base para entender la
evolución de la escritura del siglo XVIII. Únicamente
la literatura posbarroca se alza, por la relativa facilidad de su
identificación, como una opción estética
perfectamente diferenciada de las demás.
No simplifica
precisamente la cuestión el empleo del concepto de rococó,
alusivo a una corriente artística de difusa cronología
en el terreno literario, y que se caracteriza por su gusto por el
detalle, la sensualidad, la sencillez y lo lúdico. Es un
concepto útil para explicar la poesía bucólica
o anacreóntica cultivada por una buena parte de los vates
de la segunda mitad del siglo XVIII, pero su uso no aclara la
cuestión de la cronología.
Aún más
confusión introduce el manejo de conceptos que parecen
adelantarse al tiempo que le corresponde históricamente.
Es el caso de la insistente defensa, por parte de Russell P.
Sebold (en Cadalso, el primer
romántico europeo de España, Madrid, Gredos,
1974, y en El rapto de la mente. Poética y
poesía dieciochescas), de un Romanticismo pleno (lo
que él considera el “primer romanticismo español”),
que, según su teoría, ya encontraríamos en
España desde 1770 (1780 para Caso González).
Si se quiere rizar el rizo, podrá utilizarse otro término
aún más controvertido, prerromanticismo, de
perfiles tan difusos que, precisamente por lo borroso de sus
límites, hoy se tiende a evitar. Este supuesto
prerromanticismo avanzaría, si se acepta su existencia,
elementos presentes en la literatura española de medio
siglo después, como las ambientaciones nocturnas y
sepulcrales, la soledad y el sentimentalismo. No, en cualquier
caso, la pasión que define el orbe propiamente romántico.
Autores como José Cadalso y géneros como la
comedia sentimental o drama lacrimógeno han sido
utilizados para argumentar la existencia, en los últimos
lustros de la centuria, de esta sensibilidad nueva que apuntaría
ya al romanticismo decimonónico. La distancia cronológica
entre aquella y este (que en España no se traduce en obras
hasta los años treinta del siglo XIX) dificulta establecer
de forma irrefutable ese supuesto vínculo. En cualquier
caso, lo más probable es que, en el hipotético caso
de poder aceptar la existencia de ese prerromanticismo, no
hubiera otro remedio que considerarlo como una simple variante de
la Ilustración, no como un movimiento con entidad propia.
Y la propia literatura de Cadalso (incluidas las Noches
lúgubres) quizá podría probar esta
afirmación. En cualquier caso, a la defensa de la
existencia de un prerromanticismo o de un romanticismo pleno
siempre podrá oponerse la fuerza de la cronología.
Tal vez por eso, Diego Martínez Torrón
matiza la teoría del Primer Romanticismo de SEBOLD y lo
sitúa en el primer Manuel José Quintana y en el
primer Duque de Rivas, en los años inmediatamente
anteriores a la Guerra de Independencia. Aunque el gran
especialista Guillermo Carnero[10]
se ha dedicado a demostrar con eruditas investigaciones que el
concepto de Primer Romanticismo tiene validez, almenos en cuanto
“cara oscura del Siglo de las Luces”. Sin embargo no
todos los críticos coinciden en esta tesis: mientras que
Aguilar Piñal –e incluso Checa Beltrán,
Álvarez Barrientos o Emilio Palacios entre
otros– tienden extender el alcance semántico del
término NEOCLASICISMO (como un movimiento permeable a lo
sentimental y a la expresión de lo lúgubre, la
desesperación...), Rinaldo Froldi prefiere extender
la significación del término ILUSTRACIÓN,
reduciendo al NEOCLASICISMO a una de las formas literarias en la
que se manifestó, porque la Ilustración, según
su opinión, se expresó recurriendo a diversos
patrones literarios o de estilo. Finalmente, estudiosos como René
Andioc[11]
se mantienen en cierto modo alejados de estas polémicas
terminológicas, pues parte de una análisis
sociológico, que a menudo adopta un punto de vista
marxista.
De todos modos, considerando la Ilustración
como un amplio movimiento cultural que impregna buena parte del
pensamiento –y por ende, la estética–
dieciochesca, es posible establecer los siguientes rasgos en el
movimiento ilustrado:
La
Ilustración frente al pensamiento tradicionalista
Los
ilustrados, protegidos por Carlos III, ocuparon los puestos
decisivos de la administración. Pero tuvieron que hacer
frente a un pensamiento hostil (Juan Pablo Forner o Lorenzo
Hervás y Panduro) y, sobre todo, a una mentalidad popular
poco dispuesta a renunciar a sus tradiciones. El plebeyismo
de esta amplia capa social marginada del poder político
era una forma de manifestar su alejamiento de ideas, políticas
y leyes que sentían enteramente ajenas. La fuerza de los
números estaba del lado de los antirreformistas; la del
poder, de parte de los ilustrados.
El pensamiento
tradicionalista veía en estos la ruptura con la herencia
nacional, subvertida, además, por la extensión, en
los grupos sociales más privilegiados, de la libertad de
costumbres opuesta al recato en el comportamiento (Martín
Gaite, 1988). La Ilustración venía acompañada
de usos como el cortejo o acompañante de la mujer casada;
de personajes como el petimetre o currutaco, figura afeminada de
costumbres y léxico franceses que frecuentemente fue
tomada como blanco de las sátiras de la época; de
fenómenos sociales como el majismo (o reacción
del pueblo llano contra ese afeminamiento peligrosamente
generalizado en la nobleza), majismo que hallaría
su paralelo en la imitación de comportamientos plebeyos
por parte de personajes de la capa social alta. Esa simbiosis
entre los grupos de posición elevada y los situados en una
escala inferior la representan a la perfección de una
parte figuras como la duquesa de Alba retratada por Goya, y de
otra parte actrices famosas en la época, como la Tirana.
Los ilustrados pudieron hacer valer su poder en algunos
ámbitos públicos, pero no en otros. El episodio
histórico más conocido de esta falta de sintonía
entre el grupo dirigente y el pueblo al que gobernaba fue el
estallido del motín de Esquilache (1766), mediante el cual
el pueblo reaccionó contra una impopular medida impuesta
por el ministro de Carlos III en relación con un cambio en
la indumentaria habitual en la época. El rey se vio
obligado a sacrificar a Esquilache, aplacando así las iras
populares. Los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre el
origen de la revuelta, aunque parece haberse impuesto la idea de
que, con instrumentalización política de la masa
popular o sin ella y con probable conspiración de los
jesuitas, se trató de una reacción de rechazo
contra el poder de los extranjeros en el gobierno y su política
antirreligiosa.
Los tradicionalistas veían en algunas
de las prácticas promovidas por los ilustrados (por
ejemplo, la disección de cadáveres para el estudio
de la anatomía) una peligrosa indagación en
aspectos de implicaciones morales y hasta teológicas.
Consecuencia de esa reacción de rechazo que podemos
considerar nacionalista es la Oración apologética
por la España y su mérito literario (1786), de
Forner, que con ella respondía, por encargo oficial, a la
provocadora pregunta de Masson de Morvilliers en la Enciclopedia
metódica francesa: “¿Qué se debe a
España? […]; ¿qué ha hecho por
Europa?”. Prueba de las contradicciones ideológicas
del momento es que a no pocos ilustrados el nacionalismo de la
Oración les pareció excesivo, y con tal
motivo se cruzaron en los periódicos réplicas y
contrarréplicas a propósito de ella.
Forner no
estuvo solo en la resistencia del pensamiento tradicionalista
frente a una Ilustración que, lejos de ganar la batalla
del teórico progreso al que quería encaminar a
España, se mostraba muy distante de las ideas del pueblo y
de una parte de los intelectuales que combatían, con los
escasos medios que les permitía su alejamiento del poder,
las ideas provenientes del extranjero (Allegra, 1980).
Los canales de difusión del pensamiento ilustrado
No puede
hablarse, en cualquier caso, de un enfrentamiento social, sino
ideológico y religioso. La minoría ilustrada la
componían tanto aristócratas como trabajadores,
tanto religiosos como nobles, agrupados unos y otros muchas veces
en las Sociedades Económicas de Amigos del País
que, a imitación de agrupaciones extranjeras similares, se
fundaron en casi todas las ciudades importantes de España
y América, hasta superar, a principios del siglo XIX, el
número de sesenta, aunque no todas eran operativas.
Las Sociedades de Amigos del País, al reunirse
semanalmente en comisiones, heredaban el espíritu de
las tertulias, añadiéndoles una finalidad
eminentemente práctica. La primera, la Sociedad
Vascongada, la organizó el Conde de Peñaflorida en
1764. Su propósito no podía ser más
ilustrado: "fomentar, perfeccionar y adelantar la
agricultura, la economía rústica, las ciencias y
las artes, y todo cuanto se dirige inmediatamente a la
conservación, alivio y conveniencias de la especie
humana". Fue en 1774 cuando Campomanes solicitó de
todas las autoridades el impulso de las Sociedades, con objeto de
fomentar la prosperidad del país, a partir de trabajos
útiles en los ámbitos del comercio, la industria y
la agricultura, ya fuera elaborando proyectos como el Informe
sobre la Ley Agraria (1795), de Jovellanos, ya fuera creando
escuelas y talleres.
La prensa y la literatura fueron,
con el propio ejercicio político y las citadas Sociedades,
los canales de difusión de las ideas ilustradas. Por lo
que se refiere a la primera, puede decirse que en el siglo XVIII
se inicia la historia del periodismo español moderno; en
cuanto a la literatura, la inutilidad de los esfuerzos ilustrados
queda reflejada en lo inoperante de las leyes reformistas sobre
el teatro y en la incapacidad para imponer modelos formales y
temáticos que la generalidad de los españoles
rechazaba.
Bases del pensamiento ilustrado
La
Ilustración fue un movimiento de alcance general que
afectó a todos los países occidentales. En España
es un movimiento cultural importado que asume como propio un
cierto sector de la elite cultural, al servicio del proyecto
político del rey y sus ministros, y que tiene su origen
inmediato en la Enciclopedia francesa, proyecto cultural
dirigido por Denis Diderot y que se inició en 1751
y concluyó en 1772. En ella están las bases del
pensamiento ilustrado: divulgación del conocimiento, de la
enseñanza y de la observación como método.
El pensamiento ilustrado se basa, pues, en el predominio de la
razón y la experiencia frente a los que considera sus
enemigos naturales: los prejuicios, la superstición, la
ignorancia. Palabras como utilidad y felicidad
forman parte del léxico habitual de un ilustrado, ambas
con un doble carácter: individual y colectivo.
>
El ilustrado
prototípico es una persona optimista y utópica que
cree en la virtud como valor supremo (y en sus derivados
naturales: honradez, generosidad, tolerancia). Las ideas del
filósofo francés Jean Jacques Rousseau sobre
el buen salvaje ejemplifican la creencia ilustrada en la
bondad de la naturaleza humana, literariamente concretada en un
género narrativo de moda durante el siglo XVIII, la
utopía, base, en algunas ocasiones, de las
escépticas propuestas contrarias: las antiutopías.
> En lo
político, el ilustrado propone como forma de gobierno la
monarquía ilustrada, ideal muy lejano de cualquier
propuesta cercana a planteamientos revolucionarios que en España,
en cualquier caso, no tuvieron apenas eco. El “todo para el
pueblo, pero sin el pueblo” que define el pensamiento
político del despotismo ilustrado define, por un lado, el
ansia de mejora social; pero, por el otro, también las
reticencias de los dirigentes ante las reacciones de los
súbditos. Todo proyecto reformista debía estar
promovido y encauzado por el monarca, al que se consideraba
depositario de la soberanía. Ejercía como protector
de sus súbditos, y su autoridad era incuestionable,
estando sus acciones sometidas únicamente al control de la
razón. La organización administrativa de la
Ilustración parte de la concepción centralista
propia de la monarquía borbónica procedente de
Francia, concepción que ya había puesto en práctica
Felipe V. Las Cortes perdieron todo su poder, quedando reducidas
al papel protocolario asignado en las ceremonias de importancia.
Considerando improcedente que cada territorio de la Corona
tuviera leyes distintas de las que regían en otros, Felipe
V implantó la uniformidad legislativa, a través del
Decreto de Nueva Planta (1716). Únicamente Navarra y las
Provincias Vascas, que se habían adherido a la causa
borbónica, merecieron la excepción que confirmaba
la regla.
>
Desde el punto de vista filosófico los antecedentes
inmediatos del pensamiento ilustrado se rastrean en el francés
René Descartes y en el inglés John Locke.
Del primero toman su duda ante verdades aparentemente
irrefutables, pero no demostradas, y del segundo su empirismo
negador de las ideas innatas y defensor de la experiencia como
fuente de conocimiento.
Es esa necesidad de contrastar ideas
y experiencias destinadas a mejorar el aprendizaje lo que
convirtió el viaje a otros países en elemento
prácticamente imprescindible en la formación de un
ilustrado o joven aspirante a serlo. Para conseguir la mayor
utilidad del viaje, el conocimiento de las lenguas entonces más
importantes era muy conveniente, y de ahí que el ilustrado
español fuera habitualmente capaz de leer francés,
italiano y portugués (aunque no inglés).
>
Nuestros ilustrados son más moderados que el francés,
y, por eso, están lejos de las ideas enciclopedistas
dominantes en el país vecino. Creen en Dios, pero desligan
la religión de adherencias supersticiosas, bastante
frecuentes por entonces, como había denunciado años
atrás Feijoo. La religión que defienden está
basada, por consiguiente, en la razón y en las leyes
naturales. Las relaciones de nuestra Ilustración con la
Iglesia fueron en ocasiones muy tensas, pese a la simpatía
que por las ideas reformistas sintió una parte del alto
clero (el bajo, por el contrario, permanecía más
fiel a las tradiciones patrias). Estas diferencias se tradujeron
en enfrentamientos de la autoridad política con la
religiosa y en medidas radicales como la expulsión de los
jesuitas (1767), para lo que los ilustrados aprovecharon el
pretexto de considerarlos implicados en el motín de
Esquilache. Su expulsión significó la pérdida
para España de un valioso capital humano y cultural,
porque de ellos dependían los mejores colegios (más
de un centenar), a los que recurrían quienes deseaban para
sus hijos una formación de calidad. La nómina de
escritores pertenecientes a la Orden de San Ignacio de Loyola
comprendía al Padre Isla, a Hervás y a Pedro
Montengón, entre otros.
>
Desde los primeros pasos de la monarquía borbónica,
el regalismo se convirtió en la doctrina defendida
oficialmente para regular las relaciones del poder político
con la Iglesia. Se sustentaba en la idea de afirmar la fuerza del
gobierno frente a la representación religiosa local
(Iglesia española) y universal (el Papado). En ese
enfrentamiento de carácter mucho más político
que ideológico, los ilustrados no dudaron en tensar al
máximo la cuerda. Pensaban, además, que el número
de clérigos era excesivo, aunque esta pretendida
superabundancia la valoraban en términos más
económicos que ideológicos: el problema mayor era
que, en su opinión, se trataba de un número
desmesurado de personas económicamente improductivas.
>
El
jansenismo fue también motivo de discordia entre un
sector minoritario de la intelectualidad y la ortodoxia católica.
Se trataba de una doctrina en cierto modo heredera del erasmismo,
y su heterodoxia apuntaba a aspectos como la infalibilidad del
Papa y el rechazo de la orden jesuita y de la Inquisición.
Pero, sobre todo, apostaba por una vivencia religiosa más
íntima e individualizada. La Inquisición permanecía
vigilante ante desviaciones como esta, pero, aunque no dejó
de actuar en el siglo XVIII, sus competencias estaban muy
limitadas por el poder político, y sus intervenciones
tenían un carácter mucho más moderado que en
otro tiempo.
>
Las ideas de la Ilustración española se plasmaron,
más que en un sistema abstracto de ideas, en proyectos
concretos, como la creación de jardines botánicos,
observatorios astronómicos, bibliotecas, escuelas de
oficios y foros culturales al estilo de la Real Academia
Española, a la que seguirían, en los años
treinta, la de Medicina, la de Historia y la de Bellas
Artes de San Fernando, fundada en 1752, amén de otras
provinciales. De ahí la importancia que el ilustrado
concede a la educación, concebida como un paso
imprescindible para transformar mentalidades y, en un paso
posterior, aquellos aspectos de la sociedad susceptibles de
mejora.
El ilustrado defiende la enseñanza en español
y no en latín, lengua que ya muchos estudiantes no podían
entender. Lo más importante de su programa educativo
radica en el propósito de sustituir la enseñanza
teórica, dominante en las más de veinte
universidades de la época, por la práctica. De ahí
su interés por disciplinas como la física, la
química, la historia natural y la medicina. Las
universidades permanecían ancladas en métodos de
enseñanza basados en el escolasticismo y el aristotelismo
combatidos por los ilustrados. Ese es el motivo de que fueran
ellas uno de los objetivos preferentes de su acción
educativa, concretada en los años setenta a través
de nuevos planes de estudio, fomento de prácticas y otras
medidas que, sin embargo, no alcanzaron plenamente sus objetivos.
Aunque
las cifras no dejan de ser aproximadas, puede calcularse en un 70
% el índice de analfabetismo en España, lo que
sitúa el número de potenciales lectores en el
entorno de los dos millones de personas, una buena parte de ellas
eclesiásticos. Por eso las obras más leídas
seguían siendo las religiosas, aunque la importancia de
este tipo de libros fue reduciéndose con el paso del
tiempo. En el siglo XVIII se puso en funcionamiento la primera
biblioteca pública: la Real (hoy Biblioteca Nacional de
Madrid), creada por Felipe V en 1712.
La industria del libro
fue uno de los elementos culturales más favorecidos por la
acción política ilustrada, mediante leyes que
aspiraban a favorecer su crecimiento. Aumentó el número
de lectores, especialmente en el sector femenino, y el afán
de novedades ayudaba a activar el comercio de la letra impresa.
Se incrementó también el número de
ejemplares editados, al mismo tiempo que la calidad del libro
mejoró sustancialmente, gracias a los avances técnicos
de las artes gráficas. En lo formal, el tamaño
medio del volumen se fue reduciendo desde el tomo en folio del
siglo XVII hasta el cuarto, el octavo o el libro de menores
proporciones.
La impresión del libro estaba
subvencionada por el gobierno, que compensaba así el
elevado precio del papel. Estableciendo la correspondiente
equivalencia con las cifras de nuestro tiempo, puede afirmarse
que el libro no era caro y que su precio sería similar al
actual, aunque, precisamente por eso, no estaba al fácil
alcance de quienes percibían los ingresos más
bajos. Las obras de mayor éxito podían alcanzar
varias reimpresiones, como sucedió con el Teatro
crítico de Feijoo, el Fray Gerundio, del Padre
Isla, las Fábulas literarias, de Tomás de
Iriarte o el Eusebio, de Montengón. Pero eran los
pronósticos y almanaques los textos de mayor
impacto popular. En el mismo ámbito de la producción
literaria de escasa calidad, pero de fuerte repercusión
social, deben incluirse los pliegos de cordel, que tenían
dos o cuatro páginas, se vendían a bajo precio y
suscitaban el disgusto de los ilustrados (Marco, 1977).
Esta, y no la poesía culta, era la que conocía el
pueblo.
Si el escritor de los Siglos de Oro pensaba,
básicamente, en un receptor erudito, el dieciochesco se
relaciona con sus colegas, viaja con frecuencia y, sobre todo,
piensa en un público más amplio (Álvarez
Barrientos, 1995). Dicho de otra forma: el escritor del
XVIII, ya desde Feijoo, pero sobre todo en la época
ilustrada, es, en muchos sentidos, antes pensador que escritor,
porque con sus trabajos aspira a contribuir a la reforma de la
sociedad. De ahí el tono adoctrinador de sus páginas,
que tan molesto puede resultar para los lectores del siglo XXI,
pero que debe comprenderse en un contexto en el que escribir
equivale a defender ideas.
En un siglo preñado de
propuestas económicas como lo es el XVIII, la literatura
no podía dejar de verse afectada por las nuevas ideas.
Diderot defendía el beneficio económico del
escritor, lo que suponía convertir el libro en un producto
inserto en los mecanismos comerciales y adelantarse al futuro,
como en España hizo Diego de Torres Villarroel al
establecer una relación directa entre él y su
público, el comprador de la obra literaria. Fue Torres
quien popularizó, mediado el siglo, un nuevo sistema de
ventas, destinado a alcanzar una extraordinaria difusión
entre la masa popular de lectores en la centuria siguiente: la
suscripción.
La producción nacional del
siglo XVIII no es precisamente desmesurada: apenas unos pocos
centenares de libros se imprimían, por ejemplo, a mediados
de la centuria. Sí eran importantes las cifras de la
importación, destinada a quienes eran capaces de leer las
lenguas extranjeras. Desconocer estas, sin embargo, no era un
problema insalvable, dada la abundancia de traducciones. Más
de la mitad de los libros traducidos en este tiempo es francesa,
y del francés acostumbraban a proceder las traducciones de
los libros escritos en otra lengua[12].
La impresión de un libro cualquiera (y aun de un
folleto) requería solventar unos trámites más
bien enojosos. Por una ley de 1754 era obligatorio pedir licencia
al Consejo de Castilla para imprimir cualquier texto, so pena de
dos mil ducados de multa y destierro de seis años. Por
supuesto, había que salvar los obstáculos impuestos
por una censura que tenía la particularidad de poder
ejercerse por motivos ideológicos o morales, pero también
puramente estéticos: un libro, pues, podía ser
prohibido, simplemente, por considerarse inútil (François
Lopez, 1995). En cualquier caso, era la instancia
gubernamental, y no la ya declinante Inquisición, la
dedicada a ejercer la censura. Como en cualquier otro tiempo
histórico, no resultaba especialmente difícil
sortear las barreras de la censura y acceder a libros prohibidos,
como los de Rousseau. Los textos no autorizados podían
llegar por diferentes vías: valijas diplomáticas,
libreros de confianza, encuadernaciones y títulos falsos.
Además, es lógico suponer que cada uno de esos
libros circularía por varias manos, lo que multiplicaría
el número total de lectores. Obviamente, solo las capas
ilustradas de la sociedad, las más o menos próximas
al poder, tenían acceso a esa literatura teóricamente
prohibida, aunque no perseguida con saña.
Las
precauciones gubernamentales con respecto a la letra impresa se
acentuaron a partir del estallido de la Revolución
francesa. Un ilustrado tan poco sospechoso como Leandro Fernández
de Moratín viajó a la Francia revolucionaria en
1792, teniendo así ocasión de horrorizarse ante una
realidad que la historiografía liberal no tardaría
en manipular y mitificar. El en otro tiempo reformista
Floridablanca, último ministro de Carlos III y primero de
Carlos IV, se mostraba ahora muy receloso ante todo lo que
procedía de Francia y daba marcha atrás en el
proceso de apertura. Se prohibió que los periódicos
hablasen del país vecino y que se viajase a él, y
los envíos procedentes del otro lado de la frontera fueron
sometidos a minuciosos registros. La radicalización de la
Francia revolucionaria fue, además, el motivo inmediato de
que se suspendieran, en 1791, todos los periódicos
españoles no oficiales.
El reinado de Carlos IV no
supuso la renuncia a los proyectos ilustrados, pero sí
implicó la adopción de precauciones. La Ilustración
se convirtió en los años noventa en un movimiento
pendular, con más retrocesos que avances, siguiendo un
vacilante proceso que culminó con la invasión
napoleónica y la Guerra de la Independencia,
acontecimiento que pone el punto final a la época de las
Luces. A esas alturas, la Ilustración estaba devorando, o
había devorado ya, a no pocos de sus hijos. Jovellanos,
políticamente sospechoso por su proximidad a las ideas
jansenistas, fue destituido del ministerio de Gracia y Justicia,
expulsado de Madrid, detenido y recluido posteriormente en
Mallorca; Olavide fue procesado por la Inquisición, en lo
que habría de ser el último ejemplo importante del
poder de la institución; Floridablanca terminó
sufriendo prisión, al igual que Aranda después de
su fugaz retorno a la dirección de la política
española; a Moratín y Juan Meléndez Valdés
su actitud colaboracionista con el ocupante francés les
pasó la correspondiente factura, en forma de exilio y
muerte en Francia, el mismo lugar en que hubo de morir Francisco
de Goya, otro afrancesado que fue pintor de Corte de José
I, el rey impuesto a los españoles por Napoleón.
Estos y otros intelectuales ilustrados abrazaron la causa del
invasor por ver en él al introductor de esas luces a las
que tan reacia se mostraba la generalidad de los españoles.
En ese sentido (pero quizá solo en ese sentido), procede
considerar la segunda mitad del siglo XVIII el antecedente
directo de los enfrentamientos civiles que marcaron el devenir de
los dos posteriores. La Guerra de la Independencia fue, sin duda,
un combate patriótico contra el invasor extranjero, pero
también, en otro nivel, una guerra ideológica entre
españoles.
[1]
“Apuntaciones
críticas sobre la historiografía de la cultura y de
la literatura españolas del siglo XVIII”, Nueva
Revista de Filología Hispánica, t. XXXIII, núm.
1, 1984, pp. 59-72.
[2] Los autores que se citan como iniciadores de la revisión cultural española a finales del siglo XVII y principios del XVIII o vivieron en el extranjero, razón por la cual tuvieron escasa posibilidad de influir en el ambiente intelectual de la península, o en su patria, en donde encontraron dificultades enormes y hasta tuvieron que renunciar a sus intentos reformadores. Pertenecen al primer grupo Juan Caramuel e Isaac Cardoso Gutiérrez de los Ríos; del segundo se puede recordar que J. Muñoz Peralta y D. M. Zapata sufrieron condenas de la Inquisición, que Juan de Cabriada murió obscuramente en Bilbao, que T. V. Tosca no consiguió nunca una cátedra universitaria en su Valencia, que Juan de Nájera (el Alejandro de Avendaño de los Diálogos philosóphicos en defensa del atomismo, 1716) retractó sus ideas en los Desengaños filosóficos de 1737. Otros autores evolucionaron hacia ideas que se conciliaran con la escolástica (cf. JOSÉ LUIS ABELLÁN, Historia crítica del pensamiento español, Madrid, 1981, t. 3, pp. 402 s.). En tales condiciones tan sólo pudo desarrollarse una literatura clandestina o popular (véase IRIS M. ZAVALA, Clandestinidad y libertinaje erudito en los albores del siglo XVIII, Barcelona, 1978).
[3] FRANÇOIS LOPEZ, Juan Pablo Forner et la crise de la conscience espagnole au XVIIIe siècle, Burdeos, 1976
[4] MARIANO y JOSÉ LUIS PESET REIG, Gregorio Mayans y la reforma universitaria, Valencia, 1975; VICENTE PESET LLORCA, Gregori Mayans i la cultura de la Illustració, Valencia, 1975; ANTONIO MESTRE, Ilustración y reforma de la Iglesia. Pensamiento político-religioso de don Gregorio Mayans y Síscar, Valencia, 1968; Historia, fueros y actitudes políticas. Mayans y la historiografía del siglo XVIII, Valencia, 1970; Despotismo e Ilustración en España, Barcelona, 1976; y El mundo intelectual de Mayans, Valencia 1978.
[5] R. P. SEBOLD, El rapto de la mente. Poética y poesía dieciochescas, Madrid, Prensa Española, 1970; Barcelona, Anthropos, 1989 (2ª edición); (edición) “Ignacio de Luzán: La Poética, o reglas de la poesía en general y de sus principales especies. Edición e introducción, Barcelona, Labor, 1977. R. FROLDI, «Significación de Luzán en la cultura y literatura española del siglo XVIII», Actas del VI Congreso Internacional de Hispanistas, Toronto, 1980, pp. 285-289, y «El último Luzán», en La época de Fernando VI, Oviedo, 1981, pp. 353-366.
[6] José Miguel Caso González, “De la Academia del Buen Gusto a Nicolás Fernández de Moratín”, Revista de Literatura, 1980, XLII, 84, pp. 5-18. –– “La Academia del Buen Gusto y la poesía española de la época”, en La época de Fernando VI. Oviedo, Centro de Estudios del siglo XVIII, 1981, pp. 383-418. Tortosa Linde, Mª Dolores, La Academia del Buen Gusto de Madrid (1749-1751), Universidad de Granada, 1988. José J. BERBEL RODRÍGUEZ, Orígenes de la tragedia neoclásica española (1737-1754), Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, ISBN: 84-472-0694-7, depósito legal: SE-2990-2002 (En prensa).
[7] José Luis Abellán, Historia crítica del pensamiento español, Madrid, Espasa Calpe, 1979, p. 503.
[8] CASO GONZÁLEZ, José Miguel: "Temas y problemas de la literatura dieciochesca", en Francisco Rico y J. M. Caso González (eds.), Historia y crítica de la literatura española. IV. Ilustración y Neoclasicismo (Barcelona, Crítica, 1983), 9-27.
[9] Introducción al siglo XVIII. Madrid, Júcar, 1991.
[10] La cara oscura del Siglo de las Luces, Madrid, Fundación Juan March /Cátedra, 1983
[11] Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia, 1987, 2ª ed.
[12]
Lafarga, Francisco,
Voltaire en España (1734-1835), Barcelona,
Universidad, 1982; y Las traducciones españolas del
teatro francés, 1700-1835, Barcelona,
Universidad, 1983 y 1988, 2 vols. Donaire, Mª
Luisa, y Lafarga, Francisco (editores), Traducción y
adaptación cultural: España-Francia, Oviedo,
Universidad, 1991.
ESTA SECCIÓN ES UNA ADAPTACIÓN CON MODIFICACIONES DE UN
ARTÍCULO DE Óscar
BARRERO PÉREZ
Universidad Autónoma de Madrid EN
http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/lit/01/030201.asp
La literatura española del siglo XVIII
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La
poesía española del s. XVIII ha sido objeto de
intensas controversias por parte de los estudiosos que la han
analizado. Caso González, Joaquín Arce, Sebold,
Guillermo Carnero, Froldi, Checa Beltrán, etc. han
debatido hasta la saciedad la periodización, los estilos y
tendencias no sólo de la poesía dieciochesca, sino
también del resto de las manifestaciones literarias de
este periodo.
En un principio conviene precisar que las
divergencias surgen en el análisis de lo realizado en la
segunda mitad del siglo XVIII y primeros años del siglo
siguiente, porque todos coinciden en definir la primera mitad del
XVIII como “postbarrroca”, “barroca decadente”,
etc. Pues bien, en 1970, en el cuaderno 22 de la Cátedra
Feijoo, titulado Los conceptos de Rococó,
Neoclasicismo y Prerromanticismo en la literatura española,
uno de sus tres autores, José Miguel Caso González,
distingue tres grupos generacionales en la literatura de la
segunda mitad del siglo XVIII y los relaciona a la vez con varias
corrientes o escuelas que él ve como dominantes hacia
diferentes fechas. Caso define dos veces los cotos cronológicos
que considera significativos para las referidas generaciones y
escuelas, una vez al comienzo de su ensayo y otra vez al
final:
Todo esto significa que entre 1760 y 1775 predomina una
estética de gusto Rococó, que entre 1775 y 1790 hay
un período de afirmación del Prerromanticismo, y en
el que nace el Neoclasicismo, y que entre 1790 y 1810 se producen
las obras más claramente prerrománticas, al mismo
tiempo que las primeras neoclásicas de alguna importancia.
(Caso González, 1970, pág. 11)
Los
autores que nacen en torno a 1735, y cuyas obras principales se
escriben entre 1760 y 1770, constituyen fundamentalmente el grupo
rococó; los nacidos en torno a 1750, cuyas obras más
importantes aparecen entre 1770 y 1790, forman un grupo de
transición, educado en el Rococó, pero que avanza
al Prerromanticismo o que anuncia el Neoclasicismo; en los
nacidos en torno a 1762, cuyas obras son posteriores a 1790,
encontramos ya a los autores decididamente neoclásicos.
(ibíd., pág. 29)
Años más
tarde, en su libro La poesía del siglo ilustrado
(1981), Joaquín Arce abraza la opinión de
Caso sobre el Rococó y acerca de que en España el
Prerromanticismo antecede al Neoclasicismo, pero da un terminus
a quo más exacto para la tendencia romántica
situando su principio hacia 1770. Es decir, como señala
Sebold, los estudiosos Caso González (1970) y
Joaquín Arce vienen a ser los únicos que sostienen
la excepcionalidad de que el Prerromanticismo sea anterior al
Neoclasicismo.
Sin embargo, posteriormente, Caso González
(1980 y 1983) matiza sus opiniones, pues abandona totalmente
por inexacto la noción de “Prerromanticismo” y
amplía los límites del Rococó
poético, y utiliza los términos de poesía
filosófica –que engloba lo que otros estudiosos
designan respectivamente como poesía ilustrada y
poesía prerromántica– y poesía
neoclásica –aquella que se basa en un mayor
formalismo y pureza o elegancia formal–. La razón de
este cambio de criterio, tal vez, haya que buscarla en las
teorías de Sebold acerca del Primer Romanticismo
(Cadalso, el primer romántico “europeo”de
España, 1974) y en que este investigador piensa que el
Rococó no es más que una variante dependiente del
Neoclasicismo que empezaría, no hacia finales del siglo
XVIII, sino mucho antes, con la Poética de Ignacio
de Luzán, en 1737.
El caso es que hay críticos
que defienden tesis parecidas a las de Joaquín Arce
como Guillermo Carnero (1983), quien distingue entre
poesía post-barroca, rococó, ilustrada, neoclásica
y prerromántica (siendo las cuatro últimas unas
tendencias que coexisten y se interrelacionan mutuamente).
Mientras que otros como Rinaldo Froldi y Aguilar Piñal
simplifican, a nuestro juicio lúcidamente, esta espinosa
cuestión terminológica: el primero insiste en la
existencia de una tendencia ilustrada y clasicista (basada en
torno al concepto de buen gusto), pero abierta y permeable
a la expresión de los sentimientos y el malestar
existencial que el sensualismo había puesto de moda; el
segundo recupera la acepción amplia del término
neoclasicismo –aunque prefiere el sintagma de”Nuevo
clasicismo”– para referirse a todo el movimiento
literario de la segunda mitad del siglo XVIII y primeros años
del XIX, aceptando la etiqueta de Neoclasicismo sentimental para
referirse a lo que otros designaban como Primer Romanticismo o
Prerromanticismo:
Dejemos a los hombres
del XVIII instalados en su literatura neoclásica y
aceptemos, para la expresión de us más íntima,
tierna o dolorida sensibilidad el apelativo de Neoclasicismo
sentimental, es decir, una alborada romántica que
tardaría aún medio siglo en brillar con todo su
esplendor (Aguilar Piñal, Introducción al siglo
XVIII, Madrid, Júcar, 1991)
Finalmente, la
crítica tradicional, si dejamos al margen a los
fabulistas, a la Academia del Buen Gusto y a la madrileña
tertulia de la Fonda de San Sebastián, queda por mencionar
la clasificación en dos escuelas según los núcleos
geográficos de Salamanca y Sevilla:
> Escuela
Salmantina que se subdivide a su vez en dos generaciones o
“momentos”:
#
Primer momento: Cadalso, Fray Diego Tadeo González,
Meléndez Valdés y Jovellanos.
#
Segundo momento ¿Prerromanticismo?: Nicasio Álvarez
Cienfuegos, Manuel José Quintana.
> Escuela
Sevillana: Alberto Lista, Manuel María de Arjona, José
Marche, José María Blanco White, Félix María
Reinoso.
LA POESÍA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII.
1.
Aunque existen diferentes
enfoques y opiniones diversas, la poesía del primer tercio
del siglo XVIII, continúa las tendencias de finales del
anterior. La huella de Góngora es palpable en numerosos
autores que imitan aún su estilo y su técnica.
Esta
corriente se llama generalmente posbarroca y se observa todavía
a mediados del siglo XVIII. Entre los poetas más nombrados
debe recordarse, en primer lugar, al sevillano Gabriel Álvarez
de Toledo (1662-1714), por sus sonetos en la línea de
Quevedo y por sus poemas de línea ascético-conceptista
sobre el tema de las ruinas (A Roma destruida). Sus
poesías fueron editadas en 1744 por alguien que merece
figurar en este epígrafe, Diego Torres Villarroel
(1694-1770) quien además de eminente prosista fue un hábil
imitador de la poesía burlesca y satírica de
Quevedo.
El toledano Eugenio Gerardo Lobo (1679-1750),
autor de una poesía festiva y desenfadada, en verso de
arte menor. Publicó por primera vez sus obras en 1713.
2.-Pronto aparece una poesía nueva que muestra
un gusto por lo minucioso y lo delicado, se impregna de un
erotismo tenue y un hedonismo manifiesto: es la primera
manifestación de la poesía rococó,
según Arce o Caso González.
Con ella estamos
ante un tipo de poesía que otros críticos
consideran neoclásica. Tal vez por el hecho de que
algunos de sus autores, el conde de Torrepalma y José
Antonio Porcel, fueron en la Academia del Buen Gusto contertulios
de Luzán, el pionero del Neoclasicismo español
quien además de tratados como la Poética
compuso poemas como Idilio anacreóntico y Hero y
Leandro.
Alonso Verdugo Castilla, Conde de Torrepalma,
(1706-1767), miembro fundador de la Real Academia Española
y de la Academia de la Historia, también fue miembro de la
granadina Academia del Trípode y de la Academia del Buen
Gusto. Destacó en la poesía de tema mitológico
y clásico como el Deucalión sobre el
diluvio, imitación de las Metamorfosis de
Ovidio; pero también destaca por el poema Pensamientos
tristes, analizado extensamente por Caso González
y en el que el autor expresa en doloridos versos la amarga
experiencia personal del fallecimiento de su esposa.
Amigo
suyo fue el sacerdote granadino José Antonio Porcel
(1715-1794) contertulio de las mismas academias, que cultivó
igualmente la fábula mitológica, aún
heredera de la tradición gongorina y garcilasiana, sobre
todo en Adonis (compuesto en cuatro églogas
venatorias). Joaquín Arce ve en este poema la
primera manifestación importante de la poesía
rococó; la cual se basa en motivos como las grutas, las
espumas, las corrientes ondulantes, la desnudez femenina...que
forman pequeños cuadros mitológicos.
LA POESÍA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII
En el
último tercio del siglo XVIII se difunden, realmente, las
ideas ilustradas. Se ha señalado el lustro de 1774-1779
para centrar sus grandes obras poéticas. No sólo
proceden de Francia y de sus filósofos enciclopedistas.
También se conocen en España las modas italianas y
algunas inglesas. Constatamos que la Ilustración española
no es un cambio de escuela artística, sino un cambio de
cultura respecto a la anterior.
La poesía tratará
temas artísticos, científicos, cósmicos
filosóficos, sociales o humanitarios y los nombres de
Aristóteles o Santo Tomás se verán
sustituidos por los de Newton, Galileo o Guttemberg. Se ha
criticado el tono prosaico de la producción de estos
años.
El madrileño Nicolás Fernández
de Moratín (1737-1780) puede considerarse el primer
poeta ilustrado. Miembro fundador de tertulia literaria de la
Fonda de San Sebastián, a la que acudían, entre
otros, su amigos José Cadalso y Tomás de Iriarte
cultivó una poesía muy variada: desde los versos
frívolos de arte menor –anacreónticas,
romances...– hasta sonetos y otras composiciones clásicas
como La Diana o el arte de la caza, Las naves de Cortés
destruidas. En el Arte de las putas muestra su
preocupación social y su realismo ante los problemas de la
época. Su hijo Leandro Fernández de Moratín
publicó sus obras en 1821.
Entre los grandes poetas
ilustrados está el coronel José de Cadalso
(1741-1782), nacido en Cádiz, y, para algunos, el primer
romántico español. Publicó sus poemas Ocios
de mi juventud (1773), con el pseudónimo de José
Vázquez. Ofrece una colección de poesías
desenfadadas sobre los temas habituales de la anacreóntica:
los placeres del campo, el amor, el vino o la amistad, en la
línea de lo que algunos denominan poesía rococó.
La
muerte de su amante María Ignacia Ibáñez en
1771 le sumió en una crisis de la que brotan sus Noches
lúgubres, que algunos críticos consideran prosa
poética. Narra en ellas cómo Tediato desentierra el
cadáver de su amada y la angustia que le conduce al amor
por la humanidad.
A Fray Diego Tadeo González
(1733-1794) se le incluye en la escuela poética salmantina
formada por poetas que, como Cadalso, coinciden en algún
momento en esa ciudad. Sus obras se publican en 1796. Destaca el
poema didáctico Las edades, donde refleja la teoría
geocéntrica del universo. Generalmente, trata el tema
bíblico.
Fundador de esa escuela salmantina fue José
Iglesias de la Casa (1748-1791), que escribió una
poesía de epigramas en arte menor, con resonancias
pastoriles y gusto rococó.
El toledano Cándido
María Trigueros (1736-1798), eclesiástico,
publicó sus dos obras El poeta filósofo y El
viaje al cielo del poeta filósofo. Pese a su
prosaísmo, trató el tema del hombre desde una
perspectiva moral, según el Essay on Man de
Alexander Pope y demostró un gran conocimiento de las
teorías científicas de Newton.
Mención
aparte merecen los fabulistas: Félix María
de Samaniego (1745-1801), riojano alavés, publicó
en 1781 sus Fábulas, en una línea satírica
y moral. Tomás de Iriarte (1750-1791) nació
en Tenerife. Se aprecian sus Fábulas literarias
semejantes a las de Samaniego, con quien mantuvo cierta polémica.
Destacamos su poema didáctico La Música y
sus Epístolas de tema variado en la línea
horaciana.
Sin duda, la figura más representativa del
siglo XVIII español es la del asturiano Gaspar Melchor
de Jovellanos (1744-1811). En poesía influyó
sobre la escuela salmantina, a cuyos miembros envió su
Epístola primera invitándoles a abandonar la
poesía amorosa por otra más digna, de tema
filosófico o moral. En la línea del poeta italiano
Parini, escribe sus Sátiras contra los vicios de
las clases altas.
Su elegía A la ausencia de Marina
y su Epístola desde el Paular son ejemplos de una
poesía sentimental, no exenta de cierto aire sentimental y
de un cierto aire alas Odas de Fray Luis de León,
modelo y maestro de Jovellanos.
Pero el poeta por excelencia
del XVIII es el extremeño JUAN MELÉNDEZ
VALDÉS (1754-1817). Estudió leyes en
Salamanca y convivió con los poetas de esa escuela.
Ejerció la docencia y la carrera jurídica,
protegido por Jovellanos. Colaboró con José
Bonaparte y sufrió el destierro en Francia, donde
murió.
Meléndez Valdés es la figura
cumbre de la lírica española del siglo XVIII
pero además de ello interesa por su valor representativo,
ya que su producción (primera edición, 1785;
segunda, 1797) sintetiza las principales corrientes de la poesía
del momento: el anacreontismo fácil y juguetón
y las graves preocupaciones del humanitarismo filosófico.
Poco
original, supo asimilar los estímulos capitales de la
cultura de la época, dando con su poesía una nota
nada genial, pero discreta y apreciable en un siglo falto, casi
en absoluto, de valores poéticos.
LA
SENSUALIDAD ANACREÓNTICA.
Las
primeras poesías de Meléndez Valdés -Odas
anacreónticas, Idilios, Églogas...- aparecen
transidas de una sensualidad análoga a la del arte europeo
de la época. En ellas se une la tradición del
anacreontismo y de la poesía bucólica al espíritu
galante, frívolo y epicúreo del siglo XVIII, tal
como se manifiesta en el elegante mundo "rococó"
de Versalles.
El tema fundamental lo constituye el amor, que
lejanas ya las concepciones neoplatónicas, aparece como un
simple impulso sensual. Una naturaleza amable y finamente
estilizada sirve de marco, con sus fuentecillas, sus flores y sus
auras primaverales, a graciosas escenas pastoriles, en las que
zagales y zagalas danzan alegremente sobre un florido prado. Se
olvidan las notas elegiacas que prestaban gravedad a la vieja
poesía bucólica, y todo queda reducido a una
jubilosa exaltación de los sentidos en un ambiente
placentero. Las alusiones al vino y a la mitología clásica
contribuyen a dar al conjunto un carácter risueño y
pagano.
La forma armoniza a la perfección con su
contenido: el ritmo es ligero y gracioso, y el léxico,
lleno de diminutivos -cefirillos, ricitos, cupidillos,
hoyuelos...-, confiere a los versos un tono blando y amable,
indicadísimo para un género en el que la expresión
de lo menudo y de lo lindo constituían el objeto principal
del autor.Es una poesía sonrosada, tibia y juguetona, que
a pesar de su inconsistencia y monotonía, resulta
admirable si se tiene en cuenta el prosaísmo de otros
aspectos de la lírica neoclásica.
Meléndez
Valdés consiguió asimilar su espíritu,
convirtiéndose en el típico representante del
anacreontismo en España. A este momento, el mejor de su
producción, corresponden La flor del Zurguen, Rosana en
los fuegos, El lunarcito, La Paloma de Filis...
La
Epístola de Jovino a sus amigos de Salamanca dio
lugar a que Meléndez Valdés abandonase los temas
amorosos y el tono ligero de la anacreóntica, para poner
su inspiración al servicio de la "moral filosofía",
en una serie de Epístolas. La expresión del
placer sensorial deja paso a más graves preocupaciones y
los versos sirven ahora para exponer las ideas filantrópicas
de la Ilustración. Hay como un brusco cambio de
escenarios: desaparecen los alegres zagales y pastoras y en su
lugar surge el filósofo humanitario y sensible, atento
sólo a procurar el bien y a llorar el infortunio de los
desvalidos. El progreso de la agricultura, la protección
debida a las ciencias o la necesidad de proporcionar trabajo para
evitar la mendicidad figurarán desde este momento entre
los temas favoritos. Con el cambio de asuntos, la poesía
adquiere un nuevo espíritu impregnado de sentimentalismo,
adoptando al mismo tiempo un tono dulzón y lacrimoso que
anuncia el desbordamiento romántico.
El estilo, al
convertirse en vehículo de agitados sentimientos, se hace
declamatorio y grandilocuente. Hasta los versos son más
largos, como para dar mayor solemnidad a la expresión.
Ejemplos de esta nueva manera sentimental son diversas Epístolas
sobre La Beneficencia, la Calumnia y la
Mendiguez.
Paralelamente a la transformación
indicada, la visión de la Naturaleza evoluciona también.
Del artificioso y limitado paisaje de fondo de la Oda
anacreontica, en el que todo invita al goce del placer sensorial,
se pasa a un tipo de poema realista y descriptivo -por ejemplo,
los romances titulados La Tarde, La Lluvia-, donde la
Naturaleza adquiere un papel primordial, ofreciéndose en
"todos" sus aspectos, y por fin, a una visión
sentimental y melancólica del campo, en la que éste
se toma como pretexto para graves meditaciones sobre la vida y el
dolor humano. Así lo vemos en la Oda titulada El
invierno es el tiempo de la meditación.
No toda la
producción de tipo filosófico-moral deriva de las
ideas difundidas en su tiempo por el movimiento cultural de la
Ilustración. Varias de sus Odas entroncan claramente con
la tradición salmantina del siglo XVI y reflejan una
cierta influencia de Fray Luis de León. Así, la
dedicada A la verdadera paz o Al Ser incomprensible de
Dios.
Valor estético
de su poesía. La rehabilitación del romance
Si
Meléndez Valdés merece el título de primer
poeta del siglo XVIII, es gracias a sus composiciones
anacreónticas, ya que los poemas de carácter
filosófico-sentimental, ofrecen un estilo falsamente
retórico y un fondo repleto de seudo-filosofía que
ahoga toda intención lírica.
En
cambio, las poesías de la fase neoclásica, aun
dentro de la limitación impuesta por el tópico a
que responden, se hallan dotadas de una vivacidad de ritmo y
de una gracia alada que difícilmente se encuentran en el
resto de la producción de la época, y aunque
faltas de nervio y de originalidad, merecen la atención
del lector por su fluidez de versificación y por el color
y animación de su estilo.
Meléndez Valdés
interesa también como rehabilitador de un género
que en el siglo XVIII había degenerado al ser utilizado
solamente para bajos usos: el romance. Tras emplearlo en
temas pastoriles, siguiendo la tradición de Góngora
-”Rosana en los fuegos”, lo aplicó al poema
descriptivo de la Naturaleza -”La tarde”, “La
lluvia” -creando por fin un tipo de romance legendario
“Doña Elvira” -que puede considerarse como el
punto de partida de los de la época romántica.
De
todos modos, cabe recordar como la variada producción de
Meléndez Valdés ha contribuido a la polémica
en torno a las diversas tendencias poéticas de esta época.
Calificativos como rococó, ilustrado, prerromántico,
romántico o neoclásico se ha utilizado para
etiquetas los poemas de este gran poeta dieciochesco.
En la
última década de siglo XVIII, se manifiestan poetas
pertenecientes a lo que Aguilar Piñal llama
Neoclasicismo sentimental. Autores como Jovellanos o
Meléndez Valdés participaban en ocasiones de esta
tendencia, que se define por sus ambientes lúgubres y
sombríos, sus temas sentimentales o filantrópicos,
su angustia ante la existencia, y su sintaxis peculiar:
repeticiones, exclamaciones e interrogaciones retóricas,
frases entrecortadas y, en general, por su efectismo.
El
primer representante de esta “generación” o
etapa es el madrileño Nicasio Álvarez Cienfuegos
(1764-1809), periodista, discípulo de Meléndez
Valdés y liberal, abiertamente opuesto al gobierno en
España de José Bonaparte. Por eso murió
enfermo de tuberculosis en el exilio. Su poesía comienza
con las composiciones habituales de la lírica rococó,
acaso influido por Meléndez Valdés. Enseguida
aparece la nostalgia como tema y las ideas sentimentales. En la
última década del siglo, trató los temas del
recogimiento en la naturaleza, del pacifismo, de la
amistad y del amor universal, en poemas como Mi
paseo solitario de primavera, que trata el desengaño.
Su poema En alabanza de un carpintero llamado Alfonso
se considera, quizá exageradamente, un precedente del
socialismo español, y su Escuela del sepulcro
presenta el desengaño y el nihilismo que desembocará
en el Romanticismo pleno de un Espronceda. Sus
contemporáneos criticaron su gusto por las palabras
exóticas: galicismos y adjetivos extraños: hondi-tronante, hojoso, retumbante...
También fue poeta
Leandro Fernández de Moratín (1760-1828),
nacido en Madrid y muerto en París, tras colaborar con el
gobierno de José Bonaparte. Fue amigo de Jovellanos, a
quien dedica algunos de sus mejores poemas. Admiró la
Poética de Luzán. Leyó
a Horacio y reflejó la mitología
grecolatina, como signo de clasicismo. Destacan sus sonetos
y, entre ellos, los de tema histórico. Cultivó la
sátira en la mejor tradición ilustrada y
dejó una especie de testamento poético en su Elegía
a las Musas.
El madrileño Manuel José
Quintana (1772-1857), liberal antinapoleónico, sufrió
la represión de Fernando VII. A la muerte de este rey,
recibió los honores esperados y fue preceptor de la futura
Isabel II. Su poesía oscila entre las categorías
que, según Joaquín Arce, serían la
Ilustración, el Prerromanticismo y el
Neoclasicismo. Trató los temas patrióticos,
sin olvidar otros motivos ilustrados: la historia de España,
la invención de la imprenta, la propagación de la
vacuna, etc. Además estudió y editó a los
poetas clásicos españoles.
Por último
queda destacar a dos miembros de la escuela sevillana:
José
María Blanco-White (1775-1841) cultivó una
poesía espiritual, fruto de una crisis que le lleva al
destierro en Inglaterra, donde murió. Destaca Una
tormenta nocturna en alta mar, de tonos románticos,
o el soneto La revelación interna, de tema
teológico.
El sacerdote sevillano Alberto Lista
(1775-1848) fue maestro de una generación romántica
que desembocará en Gustavo Adolfo Bécquer.
Su formación -y la que impartió a sus discípulos-
fue neoclásica. De sus poemas, destacan los
religiosos
LA
PROSA EN EL SIGLO XVIII
El
año 1700 marcó un profundo cambio en la cultura
española, subrayado por una guerra y por la llegada de una
nueva dinastía real, hasta el punto de que la historia de
España puede dividirse en dos etapas, partidas por esta
fecha. El final del siglo XVIII desemboca en una guerra
antifrancesa, pero también civil, ya que su consecuencia
fue la división de España en dos bandos que se
enfrentarán constantemente hasta la Guerra de 1936 y hasta
nuestros días.
Desde 1700, las diferencias en la vida
cultural española se harán sentir paulatinamente:
la más profunda fue la ruptura con una tradición
continuadora de la cultura grecolatina. El estudio del mundo
clásico choca con la recomendación, típicamente
ilustrada, de practicar lenguas vivas, como el inglés y el
francés, y de no prolongar el interés por una
Antigüedad que se considera agonizante. Esto implica el
rechazo de las Autoridades clásicas para instaurar, en su
lugar, el reino de la Razón y de la Experimentación,
cuyos excesos criticarán los autores del siglo XIX. El
abandono de la religión católica dará paso a
movimientos nihilistas y existenciales.
La literatura refleja
los cambios sociales: pierde su espíritu aristocrático
para asumir formas populares. Se critica la monarquía, que
no se verá ya como un orden impuesto por Dios. Nuevos
lectores se incorporan al mundo del libro: mujeres, obreros y
niños serán consumidores habituales de este
producto, que intenta mejorar la educación de la población
española.
PRIMERA
MITAD DEL SIGLO XVIII
A) PROSA NARRATIVA-PROSA DE
FICCIÓN
Durante
los primeros años del reinado de Felipe V
(1700-1746) encontramos una novelísica continuadora de los
dos siglos anteriores: la Historia de Lisseno y Fenissa
(1701) de Párraga Martel o la Nueva Cariclea
de Fernando Manuel de Castillejo continúan el
modelo bizantino.
La
Virtud al uso y Mística a la moda (1729) de
Fulgencio Afán de Ribera o Morir viviendo en
la aldea y vivir muriendo en la Corte (1737) reflejan el
costumbrismo de estos años. Las reediciones
de novelas del siglo anterior confirman esta tendencia
conservadora.
La producción de la primera mitad del
siglo XVIII deriva de las tendencias barrocas, y las principales
figuras de la época son tan sólo un pálido
reflejo de los grandes escritores del siglo anterior. El arte
literario cae en una postración tan absoluta que hoy
podemos justificar en parte la actitud de quienes trataron de
infundirle una nueva vida, incorporándolo a las tendencias
neoclásicas.
El género narrativo en prosa apenas
fue cultivado en el siglo XVIII. La novela picaresca acaba por
desaparecer, y su última derivación importante, la
"Vida", de Torres
y Villarroel, es una simple autobiografía
tejida a base de recuerdos y totalmente ajena al espíritu
que da coherencia y sentido a obras como el Guzmán de
Alfarache o el Buscón. La otra gran obra de la primera
mitad del XVIII el Fray Gerundio del Padre Isla, aunque
considerada como novela pedagógica, en realidad no pasa de
ser una sátira en prosa de carácter episódico,
al menos en opinión de Montesinos y Guillermo
Carnero.
DIEGO DE TORRES y VILLARROEL es una de las
figuras más notables de la época anterior a la
introducción del neoclasicismo. Su vida ajetreada tiene
todo el sabor de una novela picaresca. Nació en Salamanca
(1694-1770) y fue en su juventud estudiante holgazán,
ermitaño, curandero, profesor de danza, soldado y torero,
sucesivamente. Dedicóse después a la astrología
y a confeccionar "pronósticos" que alcanzaron
gran éxito por sus sorprendentes aciertos, y tras algunos
estudios de Medicina, ganó, en alborotada oposición,
la cátedra de matemáticas de Salamanca, desierta
desde hacía treinta años. Más tarde sufrió
una temporada de destierro y a los cincuenta años se
ordenó sacerdote.
El relato de tales andanzas
constituye el fondo de su obra capital: Vida, ascendencia,
nacimiento, crianza y aventuras del doctor D. Diego de Torres y
Villarroel (1743-59). En los seis "trozos" de que
consta, nos expone con desenfadado estilo los episodios más
divertidos de su agitada y pintoresca existencia.
El
estilo de Torres sufrió la influencia decisiva del
arte de Quevedo. La sátira caricaturesca que
caracteriza al autor del Buscón, cuadraba tanto a la
pintoresca personalidad de Torres que la adoptó como
modelo. No obstante, su buen humor dista considerablemente del
amargo pesimismo quevedesco. Es cierto también que la obra
de Torres y Villatroel supone un notable descenso en intensidad
expresiva y en contenido ideológico respecto del gran
escritor barroco, pero su gracioso desenfado y su sinceridad le
convierten en el prosista más simpático de la
época.
Como documento histórico, la
"Vida" de Torres tiene un valor inapreciable, al
presentarnos un vivísimo cuadro de la decadencia española
en la primera mitad del siglo XVIII, a la que alude
constantemente con tono entre dolido y burlón.
Esta
mezcla de criticismo y resto de superstición hacen
de él una de las figuras más representativas de su
tiempo. Tan pronto confeccionador de oráculos, como
catedrático de matemáticas, su vida es típica
de aquel período de transición en el que luchaban
encarnizadamente la rutina tradicional con las nuevas tendencias
de la Ilustración.
No obstante, la ignorancia del
ambiente que le rodeaba era tan profunda que llevó a hacer
mella en sus creencias. Nos ha dejado también una extensa
serie de obras en prosa, entre las que destacan los Sueños
morales (1727-1751) donde el autor, acompañado por
Quevedo, recorre el Madrid de la época, ofreciéndonos
una visión satírica de sus tipos y costumbres. En
El ermitaño y Torres (1752) se exponen curiosos
juicios críticos sobre las principales figuras literarias
del siglo anterior.
EL PADRE JOSÉ FRANCISCO DE ISLA
(Vidanes, 1703 - Bolonia, 1781). Jesuita, murió en Italia
después de la expulsión de los miembros de la
Compañía.
Su obra capital, Historia del
famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes
(1758), es una narración novelesca, cuya escasa acción
sirve de pretexto a una divertida sátira contra la
oratoria de la época, llena aún de degenerados usos
culteranos. Fray Gerundio, hijo de unos rústicos de
campos, ingresa en cierta orden religiosa y bajo la dirección
del ridículo Fray BIas, pronuncia una serie de sermones
llenos de farragosa erudición, de latinismos inoportunos y
de grotescos efectismos. Fray Prudencio se encarga de criticar
tales extravagancias.
Perjudica a la novela su extraordinaria
extensión, así como el exceso de reflexiones
teóricas sobre la oratoria sagrada. No obstante, las
pintorescas descripciones del ambiente campesino en que se mueven
los personajes y las caricaturas de los sermones de la época
están hechos con una ironía socarrona que sabe
producir momentos de gran comicidad.
El P. Isla publicó
también una traducción de Gil BIas de Santillana
(1787), de Lesage, creyendo que éste lo había
robado a un autor español. La versión de esta
novela picaresca, inspirada sobre todo en Espinel, fue hecha con
notable soltura y obtuvo en el siglo XVIII un éxito de
lectura mucho mayor que el de los relatos de pícaros de la
centuria anterior. Un ejemplo más del afrancesamiento de
la época, del que no escapó el propio Isla, a pesar
de sus ironías contra la moda galicista
B)
PROSA DIDÁCTICA, LA ERUDICIÓN Y EL ENSAYO
Un
cambio relevante del nuevo siglo será la constitución
de la Real Academia Española destinada a velar por
la pureza de la lengua. Reunirá generaciones de
eruditos, autores del Diccionario de Autoridades
(1726-39), cuya segunda edición (1770) precede al
Diccionario usual (1780). Una
Ortografía (1741) y una Gramática
(1771), además de una edición del Quijote
(1780), serán sus principales publicaciones.
Una
generación de escritores, los novatores, se
interesa por las novedades científicas atomistas,
frente al escolasticismo aristotélico; por el
empirismo, frente a las Autoridades grecolatinas, y
por las lenguas modernas, frente a las
clásicas.
Precedentes suyos serían Juan
Caramuel e Isaac Cardoso, junto al médico
valenciano Juan de Cabriada, autor de una Carta
Filosófico-Médico-Química (1687).
Fue maestro del mallorquín Vicente Mut o de José
de Zaragozá y Antonio Hugo de Omerique,
estimado por Newton.
Diego Mateo Zapata (1664-1745), murciano afincado en
Sevilla, destacó por su Verdadera Apología en
defensa de la Medicina Racional, filosófica (1690)
y por su obra póstuma Ocaso de las formas
aristotélicas (1745), traducida a varias lenguas y
prohibida por la Inquisición.
Una posición
moderada entre novatores y escolásticos será
la de Luis de Losada (1681-1748), autor de un Cursus
Philosophicus (1724-35), frente a la más
antiaristotélica de Alejandro Avendaño y sus
Diálogos filosóficos en defensa del atomismo
(1716).
Muchos novatores
profesan la medicina, como Martín Martínez
(1684-1734) en su Anatomía completa del hombre
(1728) o el aragonés Andrés Piquer
(1711-1772), autor de una Lógica Moderna
(1747). Se consideran atomistas, como el valenciano Tomás
Vicente Tosca (1651-1723), que escribió un Compendio
matemático (1707-15), o el poeta Gabriel
Álvarez de Toledo (1662-1714).
Entre los
científicos-experimentales destaca Mateo
Aymerich (1715-1799), autor de Prolusiones
Philosophicae (1756).
Otros
novatores fueron Jerónimo de Uztáriz
(1670-1732) y su Teoría y práctica de
comercio y de marina (1724), Jorge Juan
(1713-1773) y Antonio de Ulloa, estudiosos del cálculo
infinitesimal.
El ensayo es un género
característico del siglo XVIII. Encuentra su mejores
representantes durante la primera mitad del siglo en
Feijoo, Mayans y Luzán. Dado que ya hemos comentado estas
tres fuguras en la Introducción de este tema, pasamos al
apartado siguiente; no sin antes reseñar dos
elementos:
Asociado a Feijoo, encontramos al leonés,
también benedictino, Martín Sarmiento
(1695-1771), que sólo publicó en vida una
Demostración crítico-apologética del
Teatro Crítico Universal del Padre Feijoo (1732).
Entre los diecinueve volúmenes de manuscritos,
inéditos a su muerte, se hallan las Memorias para la
historia de la poesía y poetas españoles
(1775) con apuntes de literatura medieval española,
erudición y otras materias que han honrado a Sarmiento
como testigo de su siglo.
La reflexión
sobre el teatro nacional, iniciada por Montiano y Luyando
(1697-1764), terminaría como polémica entre
Clavijo y Fajardo (1730-1806), Cristóbal Romea y
Tapia, Francisco. Mariano Nipho y Nicolás Fernández
Moratín, entre otros.
La actividad erudita de esta
época prefigura las Humanidades actuales. A
ellas contribuyen publicaciones periódicas, como El
Pensador (1762-67), dirigido por Clavijo y Fajardo,
que difundieron, entre las ideas ilustradas, piezas literarias de
interés.
LA PROSA EN LA SEGUNDA
MITAD DEL SIGLO XVIII
A)
LA NOVELA
Como señala Guillermo
Carnero[1]
la novela dieciochesca es uno de los temas desatendidos
y olvidados por la historiografía literaria. Viene ya
siendo un tópico al uso que el género se agotó
hasta prácticamente desaparecer hasta que en 1849 se
publica La gaviota de Cecilia Bohl de Faber. Montesinos[2]
señala siete causas para este vacío novelesco:
>
Hipertrofia del doctrinarismo moral.
> La rémora del
Barroco.
> Evasión de la realidad, producto del
atraso social y económico.
> Desprecio de la novela
en la preceptiva neoclásica.
> Escasas, tardías
y deficientes traducciones de las novelas europeas.
>
Amenaza de la censura y la Inquisición.
> Falta de
modelos adecuados: el Quijote, a pesar de las reediciones, estuvo
considerado como sátira en prosa.
Si por novela se
entiende el relato, extenso y en prosa, de una historia ficticia,
con argumento orgánico y personajes evolutivos en conducta
y psicología, puede decirse que hay poquísimas
novelas en la segunda mitad del siglo XVIII. Hasta tal punto que
la crítica habla de “material novelesco” más
que de novela, en que se podrían distinguir los siguientes
elementos: redacción en prosa, pero admite el verso;
ficcionalidad; los personajes pueden pertenecer a cualquier grupo
social; hibridismo temático, pues mezcla lo heroico, la
filosofía, lo satírico, lo histórico y lo
sentimental; incumplimiento de las unidades neoclásicas y
el carácter misceláneo que admite viajes,
epístolas, inclusión de anécdotas
secundarias y digresiones extensas, etc.).
Dejando al margen
obras de ficción en prosa de la primera mitad del siglo,
cuyo carácter novelesco es discutible –desde la Vida
de Villarroel hasta el Gerundio de Isla, pasando por
verdaderas mediocridades como Virtud al uso y mística a
la moda de Fulgencio Afán de Ribera (1729) y Morir
viviendo en la aldea y vivir muriendo en la corte de Antonio
Muñoz (1737)–, en la segunda mitad del XVIII se
publicaron con notorio éxito numerosas misceláneas
y colecciones varias que mezclan las epístolas, los libros
de viajes, narraciones fantásticas, cuadros de
costumbres... Las más conocidas entre las colecciones
fueron Voz de la naturaleza (1787-1792) de Ignacio García
Malo y el Decamerón español (1805) de
Vicente Rodríguez Arellano. Entre las misceláneas
sobresalen Las noches de invierno (1796-1797) de Pedro
María Olive.
Continuando con el resumen de los
planteamientos de Guillermo Carnero, la novela que
realmente merece el apelativo comienza, en el siglo XVIII, con el
Eusebio (1786-1788) de Pedro Montengón: una
novela pedagógica situada en ambientes reales y época
contemporánea, cuyo protagonista presenta la peculiaridad
de que ya no pertenece a estirpe principesca alguna. De aquí
se desprende la “enseñanza” de que lo que
realmente contribuye a la formación de un individuo es su
propia experiencia en el mundo y su propio temple moral, lo que
resume en suma el gran legado cultural que el siglo XVIII
transmite a la modernidad.
La novela posterior a
Eusebio presenta diversos autore:
Vicente
Martínez Colomer (1762-1820), nacido en Alicante,
publica su Nueva colección de Novelas ejemplares
(1790) y otras obras, recogidas en Novelas morales
(1804).
En su novela gótica
y prerromántica, El Valdemaro (1792), de
ambiente medieval, mezcla aventuras, naufragios, historias de
terror y amor, con notas didácticas: el hijo del
rey danés, Valdemaro, expulsado de su reino, cuenta su
historia a un ermitaño que ha evitado su suicidio. Su
hermana Ulrica-Leonor conseguirá el amor de Rosendo,
mientras Felisinda se suicida, rechazada por Valdemaro, que,
finalmente, recupera su trono. Una curiosa interpretación
de la Providencia convierte la obra en una novela
prerromántica.
Gaspar
Zabala y Zamora (1750-1813) imitó novelas francesas,
como Oderay (1804). Se le recuerda por La
Eumenia (1805), sobre Carlos-Eduardo
Estuardo.
Antonio Valladares de
Sotomayor (1740-1820) publicó el Semanario
Erudito (1767-91). Es conocido por La Leandra
(1797-1805), serie de novelas sentimentales y por unas
Tertulias de invierno en Chinchón
(1815-20).
José Mor de Fuentes (1762-1848) nació
en Monzón. Viajó a Madrid sin desvincularse de
Zaragoza. Tradujo Werther de Goethe.
Su
obra más importante, El cariño perfecto o
Alonso y Serafina (1798), es una novela sentimental
en que el conquistador Alfonso Torrealegre consigue a Serafina,
pese a su competidor Garín y al rechazo inicial que por él
sienten sus futuros suegros. Forma la obra una colección
de cartas -fechadas en Zaragoza, entre el 2 de Agosto
de 1786 y el 6 de Abril de 1788- de Alfonso a su amigo Eugenio.
Su autor plasmó en ellas la psicología femenina
y abrió caminos a la novela decimonónica.
Nuestro
autor concluyó a los ochenta y seis años un
Bosquejillo de la vida y escritos de don José Mor de
Fuentes (1836).
Francisco de Tójar
publicó La filósofa por amor o Cartas de dos
amantes apasionados y virtuosos (1799), sobre los amores
de Durval y Adelaida, acaso inspirados en novelas
francesas.
Pedro María de
Olive es autor de unas Noches de invierno
(1796). El peruano Pablo de Olavide
(1725-1803) redactó El Evangelio en triunfo o
historia de un filósofo desengañado (1797),
retractación dudosa de su conducta. En esta novela
epistolar, el Filósofo, tras una noche al raso, se
refugia en un convento, desengañado de sus ideas
filosóficas.
Con probables
alusiones a la obra de Olavide, se publica, de forma anónima,
Cornelia Bororquia. Historia verdadera de la Judith
española (h.1799). Esta novela -acaso de Luis
Gutiérrez (1771-1808), ex fraile ajusticiado por la
Junta Central- presenta 31 cartas, escritas entre el 20 de
Febrero y el 9 de Junio de cierto año. Trata del rapto de
Cornelia por el Arzobispo de Sevilla. Al salvarse ésta,
matando a su raptor, la Inquisición la condena a
muerte, sin valerle la ayuda de su prometido Vargas ni la
confesión del propio arzobispo moribundo. La novela
critica, además, el poder temporal, denuncia el
absolutismo religioso y recuerda a Choderlos de
Laclos.
Entre las novelas utópicas
conservadoras, un Tratado sobre la monarquía
columbina (1790), de Andrés Merino de
Jesucristo, presenta una sociedad de palomas, oprimidas por
ilustrados. Apareció en el Semanario Erudito
XXX de Antonio Valladares de Sotomayor.
El
triunfo de las castañuelas o mi viaje a Crotalópolis
(1792) de un sospechoso Alejandro Moya o el Viaje de
un filósofo a Selenópolis (1804), acaso
escrita por Antonio Marqués y Espejo, completan
este panorama.
Otros novelistas
imitan el Quijote o siguen el costumbrismo. Vicente
Rodríguez de Arellano y Clara Jara de Soto
cultivan otras modalidades.
B) LA PROSA
DIDÁCTICA. EL ENSAYO
En este apartado
nos centraremos principalmente en las figuras de José
Cadalso y de Gaspar Melchor de Jovellanos y Juan Pablo Forner,
por razones de espacio no abordaremos otros autores como
Juan Andrés, Llampillas, Lorenzo Hervás, Antonio
Capmany, Arteaga, etc.
1.-
CADALSO
José
Cadalso Vázquez (1741-1782), nació
en Cádiz, estudió en París y Madrid y
recorrió Europa. En 1762 comienza su carrera militar.
Recibe el hábito de la orden de Santiago (1766) y
un año después conoce al conde de Aranda.
Escribe su novela utópica Observaciones de un
oficial holandés en el nuevamente descubierto reino de
Feliztá, hoy perdida.
Sufre
en 1768 un destierro a Aragón por satirizar el
mundo cortesano en un Calendario Manual y Guía de
Forasteros en Chipre. Concluye su Papel en defensa
de la Nación Española (1768), donde
responde a las críticas contra España de una de las
Cartas persas de Montesquieu.
Desterrado,
escribe Ocios de mi juventud, poesías. De
vuelta a Madrid en 1770, presentará dos tragedias
(Solaya y los circasianos, Sancho García)
Por
estos años conoce a la actriz María Ignacia
Ibáñez (†1771).
Su
primera obra impresa, Los eruditos a la violeta
(1772), es una sátira de ciertos libros de
erudición. Ofrece un "Curso completo de todas las
ciencias" en siete lecciones para aparentar
sabiduría. Al lunes dedica una presentación
de las ciencias que se lucen en los salones. Recomienda
presunción y soberbia ante sus oyentes. El martes
trata de poética y retórica, con los autores
y los versos que impresionarán al auditorio. La filosofía
será tema del miércoles, con una lista de
conceptos y autores, y la recomendación de
halagar a las mujeres.
La lección del jueves se
centra en el derecho de gentes y sus clases. De teología
se ocupa el viernes: pasa revista a los teólogos
y a los conceptos religiosos en voga. El sábado
trata de matemática y geometría
especulativa y práctica, arquitectura civil y astronomía,
para cerrar el domingo con una miscelánea de
historias, lenguas vivas, blasón, música, viajes
y crítica.
Sus Noches
lúgubres, de 1771, se publican por vez primera en
el Correo de Madrid (1789-90). Este diálogo
en prosa se desarrolla en tres partes,
correspondientes a tres noches. Imitaba
los Night Thoughts de Edward Young
(1742-1745).
La primera noche
presenta a Tediato, esperando al sepulturero Lorenzo para
desenterrar el cadáver de su amada. Tediato expone su
desengaño del mundo, la fragilidad corporal y el
falso cariño de padres, amigos... El cadáver
aparece descompuesto, pero, al amanecer, los dos personajes se
citan para la noche siguiente.
Esperando a
Lorenzo en la segunda noche, Tediato recuerda el abandono
de su amigo Virtelio. Acusado de un crimen, Tediato es
encarcelado y espera en su ejecución la libertad
definitiva. Sin embargo, al aclararse los hechos, queda libre. Un
hijo de Lorenzo muestra la miseria de sus hermanos y el
fallecimiento de su madre. Compadecido, Tediato habla a Lorenzo
del consuelo de la muerte.
La
tercera noche es breve: ante el sufrimiento ajeno, Tediato
adquiere la idea mesiánica de fraternidad.
El trabajo de Lorenzo es útil a la humanidad y
Tediato se identifica con él: "Andemos, amigo,
andemos."
La redacción de las
Noches lúgubres comenzó antes de
morir María Ignacia, aunque este hecho marcaría la
obra.
Su éxito motivó
continuaciones, editadas junto al texto original.
Las
Noches lúgubres parecen lírica en prosa,
ya que muchos de sus temas inspiran la lírica posterior:
el dolor y el suicidio, el hastío, la naturaleza como
reflejo del alma y el alma como paisaje o lugar interior.
Muestra inequívoca del romanticismo (R. P. Sebold) o
libro de contenido perteneciente a la ilustración
española (Nigel Glendinning y Rinaldo Froldi)
fue una de las obras más editadas en los últimos
años del siglo XVIII y primeros del XIX.
En
1789 aparecen en el Correo de Madrid las
Cartas marruecas "obra crítica que
compuso en Salamanca entre 1768 y 1774. Forman una colección
de 90 cartas, de las que, casi setenta, escribe Gazel
-marroquí, amigo del embajador de su país en
España- a su maestro africano Ben Beley. Nuño,
amigo español de Gazel, bajo el que reconocemos rasgos del
autor, será su guía.
Tratan
las cartas de varios temas: el estúpido orgullo
español -carta XXXVIII-, la nobleza sin mérito
-carta XII-, la decadencia de España -carta XLIV-,
el lujo superfluo, los galicismos de nuestra
lengua...
Por su finalidad moral
sigue el espíritu de Los eruditos a la violeta.
La sátira se mezcla con el ensayo, en
problemas como la producción nacional, dañada
por la importación de artículos de lujo.
Cadalso es, pues, un precedente de Larra.
Cierra
su producción en prosa su Autobiografía,
redactada en cuatro momentos de 1773, 1778, 1779 y 1781.
Se parece, remotamente, a las vidas de soldados, a la
picaresca o a la Vida de Torres Villarroel.
Recuerda los enfrentamientos con su padre, sus enfermedades y su
pobreza. Un aire de cansancio o de fracaso, se difumina en
estas páginas vitales.
Conservamos
también unos Epitafios para los monumentos de los
principales héroes españoles (h.1775), en
latín, pero se han perdido sátiras, como La
linterna mágica, y dudamos si atribuirle una
Óptica del cortejo. Sus Cartas
complementan su obra.
PARA
SABER MÁS SOBRE CADALSO PINCHA AQUÍ
2.-
JOVELLANOS
Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)
nace en Gijón (Asturias). Estudia Filosofía, Leyes
y Cánones, pero abandona la carrera eclesiástica.
Trató a autores, como Feijoo y Cadalso, y a políticos
como Campomanes y Olavide, que impulsó su obra literaria.
Se dio a conocer por sus discursos,
su tragedia Pelayo (también
conocida como La muerte de Munuza,1769) y su drama El
delincuente honrado (1773).
De
este año son las primeras cartas de su Epistolario
(1773-1811), que ofrece detalles sobre su carácter, su
actitud ante los franceses, su religiosidad o su
patriotismo. Entre los destinatarios
destacan Antonio Ponz, Ceán Bermúdez, González
de Posada, Francisco Cabarrús (1752-1810) o Lord Holland.
En Madrid es alcalde de
Casa y Corte (1778-90) y frecuenta la Sociedad Económica
Matritense, de la que sería director.
Como académico de la Historia (1779)
compuso su Discurso Académico (...) en su
recepción a la R.A.H. (4/2/1780), subtitulado
Sobre la necesidad de unir al estudio de la
legislación el de nuestra historia. Plantea
la necesidad de conocer el derecho medieval
leonés y castellano, hasta la Nueva Recopilación
de 1567. Pide una nueva historia de España,
exenta de supercherías, para comprender el presente del
país.
Su panegírico
Elogio fúnebre del Señor Marqués
de los Llanos de Alguazas (1780), juez ejemplar y
estudiosoo, rezuma una ironía
característica de Jovellanos.
Otra
Academia acogió su Elogio de las Bellas Artes
(1781) -breve historia de esta disciplina en España-. En
1781 ingresa en la R.A.E. y las personalidades políticas
respetan sus opiniones.
Nuevas piezas
oratorias serán su Discurso a la Real Sociedad
de Amigos del País de Asturias sobre los medios para
promover la felicidad de aquel principado (1781) y
un Discurso (...) sobre la necesidad de cultivar las
Ciencias Naturales en el Principado (1782).
Las
Cartas del viaje de Asturias a Antonio
Ponz (†1792), escritas desde 1782, se retocaron en 1794,
para el Viaje de España de este erudito.
La
segunda carta describe el convento de San Marcos
de León. Incluye la Epístola a Batilo. La
tercera carta propone nuevas vías
de comunicación para el comercio. La cuarta
presenta la Catedral de Oviedo. En la carta
octava, titulada Romerías de Asturias,
describe costumbres del pueblo. Trata el
folclore con tono rousseauniano.
La Carta IX, sobre (...) los vaqueiros de alzada
en Asturias, defiende este sector marginal,
transhumante, dedicado a la ganadería y a la compraventa.
La décima carta trata del escultor Luis
Fernández de la Vega.
En
estos años escribe el Plan de una disertación
sobre las Leyes visigodas (1785), un Informe
sobre el libre ejercicio de las Artes (1785), el
Dictamen sobre las causas de la decadencia de las
Sociedades Económicas (1786) y los Diálogos
sobre el Trabajo del Hombre y el origen del Lujo
(1787).
En su Elogio de Ventura
Rodríguez (1788) recuerda el incendio de
Covadonga, incluyendo brillantes descripciones de
paisajes.
Cultiva la crítica
pictórica en Reflexiones y conjeturas
sobre el boceto original del cuadro llamado "La Familia"
(1789), propiedad de Jovellanos. Subraya el realismo de Las
Meninas y valores ausentes del original.
El
Elogio de Carlos III (1788) se leyó
a la Real Sociedad de Madrid en vida del rey.
Entre las ciencias que éste promovió destaca la
economía civil. Alude a Aranda y
Campomanes como promotores de esta reforma.
A
la muerte de Carlos III (1788), cae en desgracia. En 1790 vive
desterrado en Asturias hasta 1797-8.
Su
Memoria para el arreglo de la policía de
espectáculos y diversiones públicas, y sobre su
origen en España (1790) se completaría
en 1796, aunque quedó inédita hasta 1812. Responde
a un encargo del Consejo de Castilla.
Traza,
en su primera parte, el origen e
historia de estos espectáculos: caza, torneos,
romerías, fiestas palaciegas... La segunda
expone la utilidad de estos juegos: diversiones
ciudadanas o juegos de pelota. Acerca del teatro,
propone su reforma mediante la autofinanciación
y la limitación cultural de su público.
Escribe
sus Diarios (1790-1808) mientras viaja,
con descripciones paisajísticas dignas de
la prosa poética.
Trata
sobre educación en su Reglamento
literario e institucional para el Colegio de Calatrava
(1790) y en sus Cartas a Alejandro Hardings
(1794).
Para la
Sociedad Económica de Madrid escribe un
Informe sobre la ley agraria (1794),
publicado al año siguiente. La introducción
presenta una historia del problema, con las leyes
y estorbos que lo crearon, clasificados en tres
apartados:
Estorbos
políticos o derivados de la legislación:
baldíos, tierras concejiles, heredades cerradas... impiden
cultivar directamente los campos, dedicados a pastos para la
Mesta más que a producción agrícola. La
amortización, eclesiástica o
civil, estanca el movimiento de tierras. Jovellanos pide la libre
circulación de productos, sin impuestos:
agilizaría el comercio revisar las contribuciones.
Los estorbos morales o derivados de
la opinión implican proteger el comercio a
expensas de la agricultura; se abandona la economía y se
desconocen artes y técnicas. Propone
institutos para los campesinos, y que los
párrocos divulguen cartillas de
instrucción.
Existen estorbos
físicos o derivados de la naturaleza: falta de
riego y comunicaciones o
escasez de puertos de comercio. Los resolvería el Estado
con obras públicas en provincias y
ayuntamientos.
El Informe de
Jovellanos, que prohibiría la Inquisición,
pretendió que las leyes garantizasen la
libertad económica en la transmisión
y cultivo de tierras y productos. Sigue la escuela fisiocrática
de Quesnay (1758), deudora del liberalismo de
Adam Smith, cuya obra (1776) leyó nuestro
asturiano.
Funda el Real
Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía
(1794), al que dedica su Ordenanza para el R.I.A.
y la Oración inaugural del R.I.A.
(1794), así como un Curso de Humanidades
Castellanas (1794), libro de texto.
Unas
Reflexiones sobre la instrucción pública
(1796) retoman sus ideas pedagógicas.
Para el Instituto escribe ahora una Oración
sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las
ciencias (1797), donde las humanidades
soportarán las ciencias empíricas,
siguiendo a los autores latinos.
Rehabilitado,
fue Ministro de Gracia y justicia en 1798, por
poco tiempo.
Otras dos obras para su
Instituto son la Oración sobre el estudio de
las ciencias naturales (1799), donde presenta el
universo como objeto de éstas y señala
la ciencia como puerta de la filosofía natural.
La observación de la naturaleza lo lleva
a considerar la armonía del mundo y su
Creador, con matices platónicos.
En
segundo lugar, un Discurso sobre la geografía
histórica (1800) elogia esta ciencia -en la
que tanto trabajó España- por educar a todos los
pueblos en la paz.
En dos
brevísimos Diálogos sobre crítica
económica (h.1800) se defiende de varias
críticas a su obra y vida.
En 1801
culminan las intrigas contra Jovellanos, de lo
que protesta en su Representación hecha a D.
Carlos IV desde la Cartuja de Mallorca (24/4/1801).
Quedará encerrado en el castillo de Bellver
desde 1802
La Memoria sobre
Educación Pública o Tratado teórico-práctico
de Enseñanza (1802) insiste en sus
preocupaciones docentes: defiende las lenguas
modernas -francés e inglés- frente a las
clásicas; la ideología -lógica-
frente a la escolástica, etc. Hereda de Campomanes el
interés por enseñar dibujo.
Subordina el saber a la religión, y
subraya su ortodoxia religiosa.
Un desahogo
en su destierro dará lugar a la Paráfrasis
al Salmo Judica me, Deus (1805), sincera oración
cristiana.
Desde 1802 comienza sus Memorias
histórico-artísticas de arquitectura,
pensando en Ceán Bermúdez. Se abren con las dos
primeras partes de la Descripción del castillo
de Bellver y de sus vistas (1806). La primera
comienza de modo objetivo, pero, ante lo lúgubre del
castillo, imagina escenas históricas y
literarias del siglo XIV. Entre las ruinas,
toma notas de zoología y botánica
de la región o sobre la época del edificio.
Concluye con el desgaste de bosques y campos,
ocasionado por el hombre. La segunda parte
señala la actividad humana en la isla y alcanza un tono
ascético al asociar la soledad con la
Providencia divina. Muestra el Puerto y la ciudad de Palma, su
catedral y lonja, con digresiones sobre recursos naturales o
remedios para el abandono presente.
Sus
Bases para la formación de un Plan general de
Instrucción Pública (1809) son un
proyecto educativo para las Cortes de
1810.
Liberado de Mallorca, rechaza las
ofertas del gobierno bonapartista. Sufrió represalias
en 1810 por participar en la Junta Central.
La
Memoria en que se rebaten las calumnias divulgadas
contra los individuos de la Junta Central del Reino, y se da
razón de la conducta y opiniones del Autor desde que
recobró su libertad (1810) o Memoria
en defensa de la Junta Central consta de dos
partes: la primera es una apología
de la Junta, acusada de traición a la
Patria. Alude a los "apóstoles del
napoleonismo", que la vendieron. Admite errores sin
mala fe. La segunda parte justifica su actuación
en esos años.
Intentando volver a
Cádiz, Jovellanos murió de pulmonía, cerca
de su tierra. Su lucidez y firmeza en
circunstancias adversas hacen de él la figura más
trascendente de la Ilustración española.
PARA
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3.-
En Mérida (Badajoz) nace JUAN
PABLO FORNER SEGARRA (1756-1797). Estudió
en Salamanca, donde trataría a José Cadalso.
Su carácter lo enfrentó a personalidades de su
época. Parte de sus obras permaneció inédita
hasta 1843.
Premiado por su Sátira
contra los abusos introducidos en la poesía castellana
(1782), atacó a Iriarte en El asno erudito
(1782) y recibió contestación. Siguió la
polémica con Los gramáticos, Historia
chinesca (1782), donde presenta a Chu-su, a quien
su maestro, maleducado en Japón, convierte en un pedante
de mal gusto. Ignorando a un filósofo, Chu-su se ofusca en
un poema sobre la Música, a imitación de un
poeta español. Un viaje a Europa lo desengaña y
escarmienta.
Las alusiones a Iriarte
provocaron que esta obra quedase inédita. Tras satirizar a
Cándido María Trigueros, García de la
Huerta y a otros autores, Forner recibió en 1784 una
seria advertencia oficial.
En 1782, la
polémica creada al publicar Masson de
Morvilliers su artículo antiespañol ¿Qué
se debe a España?, el apoyo de Floridablanca y
un concurso sobre elocuencia animaron a Forner a redactar
la Oración apologética por España y su
mérito literario (1786). En sus dos partes alaba a
España y señala sus logros con erudición.
Entre sus mejores páginas figuran
los Discursos filosóficos (1787) en verso,
con notas y textos en prosa. Defiende la religión y
la Patria, sin apoyar la ideología conservadora.
En
1788 termina su Discurso sobre el modo de escribir y
mejorar la historia de España (¿1816?) en
cinco capítulos. Sigue la historiografía
española desde época alfonsí, expone la
importancia de que sea uno solo el cronista real y no una
sociedad, e insiste en el uso de fuentes historiográficas
fiables. Propone una historia de los Austrias, para
analizar el atraso de España. Un
Informe fiscal refleja la decadencia
universitaria, cuyo escolasticismo y alejamiento de la
realidad provocaron un descontento entre los alumnos.
Su obra más
celebrada, las Exequias de la lengua castellana, se
redacta desde 1782-84. Forner la subtitula sátira
menipea, por mezclar el verso y la prosa. En esta
oración fúnebre presenta a don Pablo
Ignocausto, viajando al Parnaso con su amigo Arcadio.
Cervantes los acompaña en busca de Apolo.
Entre poetas ranas, conocen a respetables autores, como Mayans
i Siscar o Esteban Manuel de Villegas. Un debate
entre la lengua vasca y la fenicia aplaza el funeral. El
dramaturgo Cañizares provoca un discurso sobre el
descuido del teatro. Se critica a Feijoo y se defiende el
derecho y la literatura clásica.
Encabezan
el funeral poetas religiosos, legistas, satíricos
-entre ellos, Fray Gerundio de Campazas-. La lengua no
muere, pero necesita ayuda. Forner defenderá a España
en la polémica indigenista entre Las Casas y
Sepúlveda y leerá una Sátira contra la
literatura chapucera de estos tiempos...
El
autor se sorprende cuando Arcadio lo despierta del ensueño
que le ha sugerido este viaje y se dispone a escribirlo.
Este
relato alegórico fue rechazado por la censura, en
1792 ó 1793. Su nacionalismo es patente y sus
juicios estéticos llegan a nuestros días:
menosprecia a Góngora o a Paravicino y propone la
imitación de poetas castellanos, como Garcilaso
o prosistas como Cervantes. Su extensión no le
quita interés.
Protegido por
Godoy -o Floridablanca-, a la llegada de Carlos IV, Forner
fue nombrado en 1790 fiscal del Crimen de la Real Audiencia de
Sevilla. Se casó al año siguiente.
En
Amor de la Patria (1794) sienta las bases del
nacionalismo y defiende el poder Real frente a la Iglesia,
por lo que escribiría un Preservativo contra el
Ateísmo, en pro de la religión
católica.
Poco antes de morir fue
Fiscal del Consejo de Castilla. Dejó un catálogo
de sus obras.
[1] “La novela, un fruto tardío del siglo XVIII español”, en Historia de la literatura española. El siglo XVIII, vol. 6 director Victor García de la Concha y coordinador Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe,1995, pp. XL-XLV de la “Introducción”.
[2] José F. Montesinos: Introducción a una historia de la novela en España en el siglo XIX, Madrid, Castalia, 1966.
BIBLIOGRAFÍA COMENTADAAA. VV.: Los conceptos de rococó,
neoclasicismo y prerromanticismo en la literatura española del siglo XVIII.
Oviedo, Cátedra Feijoo, 1970.
Ejemplo, en un momento en que los estudios sobre
la literatura dieciochesca no se encontraban en un grado de desarrollo similar
al actual, de que hay problemas, como los avanzados en los títulos, de difícil
solución muchos años después.
AGUILAR PIÑAL, Francisco: Bibliografía de
autores españoles del siglo XVIII. Madrid, CSIC, 1981 y ss. (varios vv.).
Nutrido repertorio de nombres y obras, valioso
como esfuerzo de documentación y resultado de una labor de muchos años.
-----: Introducción al siglo XVIII.
Madrid, Júcar, 1991.
Claro resumen de los tres aspectos que conviene
conocer antes de profundizar en la literatura española del siglo XVIII:
contexto político-social, contexto cultural y contexto literario.
----- (ed.): Historia literaria de España
en el siglo XVIII. Madrid, Trotta-CSIC, 1996.
Libro colectivo dividido temáticamente y que, por
su fecha, puede considerarse superador de anteriores historias de la literatura
del siglo XVIII.
ALLEGRA, Giovanni: "Dos palabras sobre la
reacción antiafrancesada", en La viña y los surcos. Las ideas
literarias en España del XVIII al XIX (Sevilla, Universidad de Sevilla,
1980), 27-79.
Interesante artículo que puede leerse como
contrapeso de la mayoría de los trabajos que sobre la Ilustración se ha
escrito, porque en él se valora la actividad de quienes sintieron dicho
movimiento como algo ajeno a su sensibilidad y a la tradición española.
ÁLVAREZ BARRIENTOS, Joaquín: "Los
hombres de letras", en AA. VV., La república de las letras en la España
del siglo XVIII (Madrid, CSIC, 1995), 19-61.
Adecuada ilustración de las circunstancias en que
se desenvolvía el escritor del siglo XVIII: pasos que dar para la publicación
de un libro, legislación, ganancias, mecenazgo.
ÁLVAREZ DE MIRANDA, Pedro: Palabras e
ideas. El léxico de la Ilustración temprana en España (1680-1760).
Madrid, Real Academia Española, 1992.
Brillante y extenso estudio basado en multitud de
testimonios escritos, en el que se proporcionan, por la vía de una rigurosa
documentación textual y una juiciosa interpretación de los datos, multitud de
claves para la comprensión de esas inquietudes preilustradas que avanzan las
posteriores a 1760.
-----: "Siglo ilustrado y Siglo de las
Luces, dos denominaciones a caballo entre dos siglos", en Ermanno Caldera y
Rinaldo Froldi (eds.), Entresiglos, 2. Actas del Congreso Entre Siglos
(Roma, Bulzoni, 1993), 39-53.
Como el trabajo anterior, se trata de una
minuciosa búsqueda histórica que aclara el empleo de las denominaciones
utilizadas en el título.
AMORÓS, Andrés, et alii: Antología
comentada de la literatura española. Siglo XVIII. Madrid, Castalia, 1998.
Pese a la brevedad de los textos seleccionados,
los igualmente breves comentarios ayudan al lector a introducirse en el mundo
histórico y cultural del siglo XVIII.
CASO GONZÁLEZ, José Miguel: "Temas y
problemas de la literatura dieciochesca", en Francisco Rico y J. M. Caso
González (eds.), Historia y crítica de la literatura española. IV.
Ilustración y Neoclasicismo (Barcelona, Crítica, 1983), 9-27.
Intento inicial de abrir camino a la investigación
sobre la literatura del siglo XVIII, señalando la existencia, ya entonces, de
una serie de problemas insatisfactoriamente resueltos, para algunos de los
cuales sigue resultando difícil dar una respuesta definitiva.
GARCÍA DE LA CONCHA, Víctor (dir.), y
CARNERO, Guillermo (coord.): Historia de la literatura española, 6. Siglo
XVIII. Madrid, Espasa-Calpe, 1995.
Como la anteriormente citada, es una historia de
la literatura dieciochesca que, por su fecha, supera las anteriores.
HERR, Richard: España y la revolución del
siglo XVIII. Madrid, Aguilar, 1990 (ed. inglesa, 1960).
Libro en cierto modo complementario del escrito
algunos años antes por Sarrailh, con el que coincide en la reivindicación de
los reformistas ilustrados y en no centrarse específicamente en la literatura.
LOPEZ, François: "El libro y su
mundo", en AA. VV., La república de las letras en la España del siglo
XVIII (Madrid, CSIC, 1995), 63-124.
Recuento de diversos aspectos relacionados con el
mundo del libro en el siglo XVIII: censura, Inquisición, comparación con
Francia, librerías, difusión.
MARCO, Joaquín: Literatura popular en España
en los siglos XVIII y XIX (una aproximación a los pliegos de cordel).
Madrid, Taurus, 1977 (2 vv.).
Extenso estudio, con abundancia de textos, de ese
tipo de literatura popular poco estimable como objeto de interés estético,
pero insoslayable si de lo que se trata es de ver qué era lo que más gustaba
al común de las gentes.
MARTÍN GAITE, Carmen: Usos amorosos del
dieciocho en España. Barcelona, Anagrama, 31988.
Curioso estudio de las costumbres del sector alto
de la sociedad, interesante para el estudioso de la literatura porque permite
entender algunos de los temas recurrentes en las páginas del siglo XVIII.
SARRAILH, Jean: La España ilustrada de la
segunda mitad del siglo XVIII. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1992 (4.ª
reimp.; ed. francesa, 1954).
Voluminosa y, en su tiempo, precursora defensa de
la Ilustración española, con examen de los aspectos históricos y profusión
de citas.
SEBOLD, Russell P.: El rapto de la mente. Poética
y poesía dieciochescas. Barcelona, Anthropos, 1989 (1.ª ed., 1970).
Recopilación de trabajos independientes, algunos
de ellos casi pequeños clásicos de la crítica dieciochesca, se esté o no de
acuerdo con las ideas del autor sobre las características de nuestra Ilustración
y de su supuesto romanticismo.