El siglo XVIII

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Introducción: el contexto histórico, cultural y literario

Hasta no hace mucho tiempo, el XVIII era considerado de forma mayoritaria un siglo casi carente de interés artístico, incluido en este concepto lo literario. Contribuían a esa desvalorización la escasez de estudios sobre él, la sentencia de poco español que lo había acompañado históricamente y el repudio de autores como Marcelino Menéndez Pelayo. Fueron investigadores extranjeros como Sarrailh (1954) y Herr (1960) quienes lo recuperaran, ofreciendo de él una versión positiva próxima a la hagiografía histórica. Hoy, siguiendo las pautas actuales de revisión historiográfica, conviene matizar esas visiones encomiásticas, para acercarnos así a una valoración más objetiva de las luces y sombras de una época de más interés ideológico que estrictamente literario. De hecho, son las páginas ensayísticas dieciochescas las que parecen interesarnos hoy en mayor medida, mientras que el teatro, la poesía y la novela son más merecedores de un juicio histórico que del estrictamente estético. 
Contamos actualmente con una información mucho más amplia que la que tuvieron a su disposición quienes decenios atrás escribieron sobre el siglo XVIII. Aparte de un buen número de ediciones de las obras más importantes de la literatura dieciochesca, están ya a nuestro alcance historias literarias valiosas (García de la Concha-Carnero, 1995; Aguilar Piñal, 1996) y útiles selecciones de textos (Amorós et alii, 1998). Ello permite una valoración más serena y objetiva, lejana de la condena ideológica y formal, pero también apartada de la reivindicación carente de fundamento. La realidad es que el catálogo de escritores del siglo XVIII es nutrido (Aguilar Piñal, 1981), pero no tiene la adecuada contraprestación cualitativa En su conjunto, la literatura dieciochesca se presenta, ante los ojos del lector del siglo XXI, un tanto reiterativa y falta de variedad, tanto por sus rigideces formales como por la repetición de temas: la educación, los matrimonios desiguales, las costumbres afrancesadas, la ociosidad de la nobleza, los mayorazgos y diversos aspectos económicos. 
Los avances en el terreno de la investigación filológica fueron, sin embargo,  notables. Se editaron textos medievales como el Cantar de Mio Cid, el Libro de Alexandre y el Libro de Buen Amor, y a escritores renacentistas olvidados desde hacía mucho tiempo, como Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León; nacieron los conceptos de Siglo de Oro y Edad Media; se biografió a Cervantes (lo hizo Gregorio Mayans y Siscar en 1737), y de su Quijote realizó la Academia en 1780 una valiosa edición.
Se acometieron importantes empresas filológicas de las que sorprenden tanto su envergadura como la gran calidad de los resultados. Así, la publicación (1726-39) del Diccionario de Autoridades (nombre más popular que el original: Diccionario de la lengua castellana…) de la Real Academia Española, en el que los artículos venían avalados por las citas de escritores que habían utilizado las palabras en cuestión (una curiosa forma, por cierto, de fijar, de forma impremeditada, un avance del canon literario). La Real Academia Española ha sobrevivido hasta nuestros días después de su aprobación real en 1714, refrendo de las intenciones de la inicial tertulia que estuvo en su origen, en 1711. Su labor en la tarea de fijación del idioma (tarea que figura como propósito esencial en su lema, inalterable a lo largo de los siglos: "Limpia, fija y da esplendor") no ha experimentado modificaciones sustanciales. El citado Diccionario de Autoridades no fue el único trabajo académico digno de mención: la Ortografía de 1741 y la Gramática de 1771 completaron la actividad de la neonata Academia. 
En el plano lingüístico, el XVIII es un siglo de notable atractivo. Lázaro Carreter y Álvarez de Miranda estudian las ideas lingüísticas y la notoria importancia del neologismo, normalmente procedente de Francia, en consonancia con el afrancesamiento de las ideas y de las costumbres. A fin de cuentas, Francia era el centro de la cultura occidental de la época; allí y aquí reinaba la misma dinastía (hasta el destronamiento de los Borbones en el país vecino), y la proximidad geográfica era un importante factor de consolidación de esa influencia.
La muerte de Carlos II (1700) es el origen de la Guerra de Sucesión al trono librada hasta 1714 entre los partidarios del Archiduque de Austria y los del Duque de Anjou, a la postre triunfante como rey de España, con el nombre de Felipe V. La adhesión a uno u otro pretendiente (Castilla como defensora de la dinastía borbónica, y Aragón de la austriaca) es el primer signo de enfrentamiento entre españoles que habrá de conocer el siglo XVIII, y que hallará dramática prolongación a lo largo del XIX y el XX. Con la llegada a España (1701) de nuestro primer rey Borbón se inicia una nueva etapa histórica, que recibirá la denominación de Siglo de las Luces, si optamos por la terminología preferida en Francia, o Siglo Ilustrado, si preferimos la más habitual en España desde finales de los años setenta de aquella centuria (Álvarez de Miranda, 1993). La cultura ilustrada, que a principios del siglo XVIII se encontraba aún lejos de su germinación, habría de esperar un tiempo, al igual que la literatura del mismo signo, para registrar su nacimiento
Ciertamente, ya durante el reinado de Carlos II se habían advertido intentos de renovación como los representados por los novatores, que desde 1680 se esforzaban por difundir en España nuevos métodos científicos y un pensamiento distinto del tradicional. En un principio, la denominación de novatores fue utilizada en sentido peyorativo por quienes censuraban su alejamiento de las posturas oficiales, enraizadas en la ortodoxia religiosa. Conscientes de la situación de decadencia en que se hallaba sumida la España del último cuarto del siglo XVII, los novatores dirigieron sus críticas a las filosofías escolástica y aristotélica, que aspiraban a sustituir por la metodología experimental. Su postulado era que la metafísica y la teología, de carácter básicamente especulativo, debían ser reemplazadas como materias preferentes de estudio por la ciencia. Ello suponía un ataque implícito al principio de autoridad, cuestionado en ámbitos más privados que públicos, como las academias y tertulias que aparecieron en diferentes lugares de España. Los nombres de novatores como Luis Rodríguez de Pedrosa o Isaac Cardosa son todavía hoy muy insuficientemente conocidos, entre otros motivos porque la segunda mitad del siglo XVII sigue siendo un período oscuro y deficientemente explorado por la crítica, pese a que sus efectos son visibles durante toda la mitad del XVIII, especialmente en el ámbito de la literatura.
Secuenciar la literatura del siglo XVIII no debiera ser, en teoría, difícil. Sin embargo, las posturas críticas de los investigadores no se muestran tan cercanas como cabría esperar. Con todos los matices que se quieran introducir dentro de cada bloque cronológico, parece posible hablar de las siguientes etapas, excluido el período de los novatores, ya comentado anteriormente, y que abarcaría los años 1680 a 1725, etapa de transición que, pese a abarcar un cuarto del siglo XVIII, está más ligada ideológica y estéticamente a la anterior: 

PRIMERA FASE, DESDE 1726 HASTA 1759

Coincide con los reinados de Felipe V, el fugaz Luis I (un niño que a sus 16 años alcanzó un trono que disfrutaría apenas unos meses del año 1724), y Fernando VI. 
La época del primero, que tuvo que afrontar durante muchos años la Guerra de Sucesión, apenas permitió dar los primeros pasos en los proyectos reformistas. En los años iniciales de su reinado hubo de hacer frente a la hostilidad de Aragón, Cataluña y Valencia, y también a la de un buen número de los nobles. El resultado del Tratado de Utrecht que puso fin a la guerra fue negativo para España, que perdió sus posesiones europeas. De aquella contienda ha quedado como recuerdo perdurable la ocupación de Gibraltar por los ingleses. Poco interesado en las cuestiones de gobierno, Felipe V se plegó a la influencia francesa y delegó en un privado italiano, Julio Alberoni, más dado a gobernar en función de los intereses de su país de origen que en beneficio de los de su patria de adopción. 
El reinado de Felipe V tuvo una segunda etapa, que se inició con la prematura muerte de su hijo Luis I. De nuevo los asuntos de estado quedaron en manos de un extranjero (en este caso, el holandés barón de Riperdá), y de nuevo los intereses personales (los de la esposa de Felipe V, la ambiciosa Isabel de Farnesio) se impusieron sobre los de España, conduciendo al país a más de una guerra fuera de nuestras fronteras.
Esta herencia tan poco apetecible era la que dejaba a su muerte, en 1746, el inestable y melancólico Felipe V. Su hijo y sucesor, Fernando VI, sirvió de puente entre esos primeros pasos y el decidido impulso reformista. Una de sus primeras medidas fue firmar la Paz de Aquisgrán (1748), inicio de un período de estabilidad económica y política confiado a ministros españoles. La reforma del ejército y la modernización de la economía fueron los puntales de su política. Su gran acierto fue rodearse de buenos colaboradores, como José Carvajal y Láncaster, para las relaciones exteriores, y el Marqués de la Ensenada, para los asuntos internos.
A este último son atribuibles las mejores decisiones del reinado de Fernando VI: formación del catastro, construcción de caminos, canales de riego y arsenales, formación de una flota digna de respeto internacional, reforma de la Hacienda, atracción de personalidades culturales extranjeras y envío de jóvenes fuera de nuestras fronteras. Los vaivenes de la política lo condujeron, sin embargo, a la destitución y el destierro (1754). La inestabilidad psicológica de Felipe V se hizo ver en los últimos tiempos de la vida de su hijo, un monarca que, ante todo, se preocupó de no embarcar a España en guerras inútiles y de sacar adelante medidas reformistas que sacaran a España de su marasmo.
Siguiendo las consideraciones críticas de Rinaldo Froldi[1], hacia finales del siglo XVII e inicios del XVIII, los síntomas esparcidos de una toma de conciencia acerca de la diferencia de nivel cultural entre España y Europa, así como del consiguiente deseo de subsanar carencias a través de la adquisición de un libre espíritu crítico que afirmara la razón contra la autoridad, de hecho se redujeron inicialmente a la iniciativa de pocos nobles, favorecedores de tertulias privadas, de unas cuantas academias públicas y de algunos religiosos que promovieron cautas revisiones filosóficas.
En sustancia, se trató de una rebelión contra el aristotelismo escolástico, hecha en nombre de una actitud experimentalista bastante prudente, la cual no condujo a procesos concretos o resultados reformistas: la realidad española no cambió. De hecho, el poder político (la monarquía de Felipe V y de Fernando VI) puede parecer contradictorio; por una parte, se fomentaron instituciones académicas e iniciativas de protección cultural; por la otra, hubo represiones decididas. Sustancialmente, nos parece que se mantuvo bastante coherente en la línea de una defensa sin reservas del conformismo ideológico y en la ostentación de un aparato cultural destinado a fines políticos; la Inquisición y, en tales condiciones, la autocensura -naturalmente-, acabaron por impedir todo cambio real[2].
Después del amplio ensayo de François Lopez[3], bien documentado y críticamente agudo, se obtiene como dato histórico seguro que gran parte del mérito del incipiente esfuerzo de apertura cultural, a pesar de sus precarios resultados, se debe al grupo valenciano de los novatores (el término, como bien se sabe, se lo aplicaron con ironía despectiva sus adversarios aristotélicos).
El aspecto más significativo de este proceso que desde los primeros novatores se desarrolló en Valencia, sobre todo a través de la obra y el magisterio de GREGORIO MAYANS Y SISCAR, es la preocupación de combinar el racionalismo crítico de la Europa moderna (no ilustrada todavía) con la gran cultura humanística (y erasmista) del siglo XVI español, en el intento de activar un retorno de lo que había sido el humanismo cristiano. Esta situación se explica por el consistente interés hacia la temática religiosa, hacia una historiografía sobre todo eclesiástica y hacia un resurgimiento de la filología hebreo-greco-latina. El deán Martí fue maestro de Mayans y entrambos tuvieron como guía ideal sobre todo a Luis Vives.
Mayans fue, sin duda, la figura cultural más significativa de este movimiento de renovación del pensamiento español, porque tanto en el campo histórico como en el retórico-filológico se empeñó en afrontar una temática propiamente hispánica y laica, y no sólo clásico-eclesiástica. A pesar de esto, la predicación, el retorno a las fuentes fue constante en él, y cuando programó un plan de reforma educativa lo quiso establecer sobre bases esencialmente teológicas, con una clara actitud de restauración del pasado.
Gregorio Mayans i Siscar vivió poco integrado en su entorno, distanciado de Feijoo, de la Real Academia Española -él mismo intentaría una Academia Valenciana-, del Diario de los literatos de España (1737-42) -fundado por Salafranca, Huerta y Puig- y, finalmente, de la Biblioteca Real, donde trabajó de 1737 a 1739, para volver a su pueblo natal. Intentó Mayans reconstruir el pasado, con una metodología y un criterio que le ganó el reconocimiento del resto de Europa.
En sus inicios, estudió a Saavedra Fajardo (1725) y la elocuencia española (1727), para, en 1737, dar a luz dos grandes obras: los Orígenes de la Lengua Española, sólido estudio con primeras ediciones del Diálogo de la Lengua, de Juan de Valdés o del Arte de trovar, de Enrique de Villena, y, en segundo lugar, la Vida de Miguel de Cervantes (1737), primera biografía de este autor, escrita por encargo para una edición inglesa del Quijote de ese mismo año. Su éxito fue enorme, pese a ignorar datos, como el lugar de nacimiento de Cervantes, ya que Mayans no utilizó documentos originales.
Su obra magna, la Retórica (1757), se basó en autores como Nebrija, Luis Vives y el Brocense. Editó obras de Nicolás Antonio, comentó el derecho medieval y tradujo los clásicos latinos.
Mayans fue maestro de Cerdá y Rico, de Pérez Bayer, de Piquer, y se debe a François Lopez el haber delineado con rigor el filón cultural valenciano que, en el interior de la cultura del setecientos, desde los novatores ha llegado hasta JUAN PABLO FORNER. Otra cuestión es que este filón deba reconocerse como propiamente «ilustrado». Parece que Lopez lo cree así, y los valencianos Peset y Mestre[4] lo afirman rotundamente. Pero no es éste el lugar para centrarnos en ese análisis. Tal vez sólo Forner, que, por otra parte, revela con frecuencia su convencida adhesión al humanismo cristiano, se acercó al movimiento ilustrado, especialmente en el campo histórico, aunque no sin contradicciones e incertidumbres.
Volviendo a los autores que caracterizan la cultura española de la primera mitad del setecientos, debemos hacer referencia a IGNACIO DE LUZÁN, cuyos intereses dominantes se centran en los campos de la estética y la literatura. Los estudios de Russell P. Sebold y de Rinaldo Froldi[5], entre otros son fundamentales para conocer las fuentes en que bebió Luzán y su participación en el movimiento de renovación, en busca de un acuerdo entre las exigencias del pensamiento racionalista europeo, con el que se familiarizó en su larga estancia en Italia, y una complacida actitud clasicista que, a imitación de Muratori, se apoyaba en los modelos grecolatinos y del siglo XVI. Con tal bagaje, intentó insertarse en la política cultural, incierta y más que nada académica de Fernando VI. Ciertamente, La Poética, o reglas de la poesía en general y de sus principales especies tuvo importancia definitiva en la España de su tiempo, porque introdujo el NEOCLASICISMO, en 1737, al menos desde el punto de la teoría y el pensamiento. Por lo demás, en todas sus manifestaciones literarias, Luzán no penetró nunca en el ámbito de la cultura ilustrada, que sin duda tuvo ocasión de conocer en París (Memorias literarias de París, 1751), aunque se tratara de un contacto superficial que no dejó huellas en él.
Relacionada directamente con la labor de Luzán conviene recordar la ACADEMIA DEL BUEN GUSTO. Caso González, Mª Dolores Tortosa Linde y José J. Berbel Rodríguez[6] han analizado las aportaciones de esta tertulia o grupo literario al que pertenecieron, entre otros, LUZÁN, MONTIANO, BLAS NASARRE y VELÁZQUEZ.
>     Definición y elaboración de los principios teóricos en que se basa el NEOCLASICISMO español, principalmente, la poesía lírica y la tragedia. En la polémica de 1750 (provocada por el Prólogo de Nasarre a las comedias y entremeses de Cervantes, editados por él en 1749) Luzán, Montiano y Velázquez salen en defensa de sus teorías en torno a la universalidad de las reglas poéticas y del clasicismo ortodoxo y responderán a los ataques tradicionalistas y barroquistas no sólo de Erauso y Zavaleta y José Carrillo, sino también de contertulios de la ACADEMIA DEL BUEN GUSTO como el conde de Torrepalma y José Antonio Porcel.
>     Análisis histórico de la literatura y el teatro español (principalmente el del siglo XVI): Nasarre edita y estudia las comedias y entremeses de Cervantes en 1749, aportando el dato historiográfico de la fecha de la muerte de Cervantes; Montiano estudia la tragedia renacentista y publica el dato del nacimiento y patria de Cervantes (Discursos I y II sobre las tragedias españolas); Velázquez (Orígenes de la poesía castellana, 1754) realiza una historia de la literatura española en la que por primera vez se utiliza como concepto historiográfico el término Siglo de Oro (pero referido sólo al siglo XVI). Y Luzán, en la segunda edición de la Poética (1789, edición póstuma, él falleció en 1754) realiza una historia de la poesía lírica y el teatro hasta 1753.
>     La práctica literaria a través de los poemas líricos que se compusieron en el seno de las sesiones de la ACADEMIA DEL BUEN GUSTO; pero sobre todo, la práctica teatral:
*    Luzán: La virtud coronada (1742), tragedia publicada modernamente por Francisco Jarque (Ottawa, 1992) y Figueras Martí (Zaragoza, 1995); La razón contra la moda (1751), traducción de una comedia sentimental francesa que inaugura el teatro sentimental en España.
*     Montiano: publicación de sus dos tragedias Virginia (1750) y Ataúlfo (1753) que son las primeras obras teatrales pertenecientes al neoclasicismo propiamente dicho.
Por otra parte, desde el nivel de la historia de la cultura, es impreciso definir como ilustrado al mismo BENITO JERÓNIMO FEIJOO, si queremos respetar con todo rigor y precisión el significado del adjetivo en su dimensión filosófica e histórica, y esto a pesar de que a este autor se le pueda considerar -en un cierto sentido, con honor a la verdad- como el más avanzado de todos en la primera mitad del siglo, sea por la riqueza de sus lecturas de autores modernos (a pesar de que, como con frecuencia se le reprocha, no le llegaban todos de primera mano), sea por la forma comunicativa de su pensamiento (Cartas eruditas y su Teatro crítico universal) o, finalmente, por el gran séquito de lectores que tuvo.
Partidario de un empirismo prudente, se proclamó paladín de la ciencia contra la ignorancia y la superstición popular, aunque, quizá por su condición de fraile, siempre guardó respeto por la fe y sus justificaciones metafísicas, sin llegar nunca -con rechazo del empeño de definirla sistemáticamente- a una aceptación de la ciencia en su valor propio, como tampoco a un nuevo concepto de la naturaleza.
Por lo que a Feijoo se refiere, parece atinada la opinión de Abellán quien, a pesar de reconocer sus méritos y su importancia de divulgador genial de la renovación, siente el deber de precisar que, a pesar de todo, no osó «dar el salto a la Ilustración»[7].
SEGUNDA FASE: DESDE 1759: (inicio del reinado de Carlos III) hasta 1830 (muerte de Leandro Fernández de Moratín)
·         En España se suceden cronológicamente: 1) El reinado de Carlos III (de 1758 a 1788) en el que se impulsan la propagación de las ideas reformistas e ilustradas, mediante la expulsión de los jesuitas, tras el motín de Esquilache de 1766, y la realización de una auténtica reforma política, económica y cultural en el Estado español. 2) El reinado de Carlos IV (1789-1808) en que los acontecimientos de la Revolución Francesa traen como consecuencia un retroceso en las reformas ilustradas. Se estableció una violenta persecución de las personas más representativas de las nuevas ideas, unida a una censura total y al cierre de las fronteras, prohibiéndose el paso de todo tipo de libros y folletos, o su embarque hacia la América española. Aunque en los terrenos cultural y estético se produjo un impulso modernizador y progresista bajo el gobierno de Manuel Godoy, gracias a la colaboración de un grupo de eminentes pensadores y hombres de letras. 3) Guerra de Independencia (1808-1814) contra la invasión napoleónica. Algunos ilustrados, como Moratín, colaboran con los franceses, son los llamados peyorativamente como “afrancesados”. 4) Cortes de Cádiz (1812) donde se aprueba la primera Constitución española. El liberalismo ya es una realidad en España. Y 5) Reinado de Fernando VII: el absolutismo se impone provocando el destierro de los afrancesados y los liberales, aunque dentro de este reinado existen también: el trienio liberal (1820-1823)  tras el levantamiento en armas del general Riego y la década ominosa (1823-1833) que supuso un endurecimiento radical del absolutismo.
En cuanto al contexto cultural, ideológico y estético europeo y español se observa que coexisten o conviven en este periodo varias tendencias tales como:
>    La Ilustración es un movimiento cultural e ideológico que parte del racionalismo y del empirismo y se basa en el reformismo político y en el criticismo utópico (predominio de la razón, la observación objetiva de la realidad y la experimentación práctica). Para lograr este objetivo de progreso humano y social, se propone modernizar la sociedad mediante lentas reformas que serán llevadas a cabo por reyes y gobiernos; es el denominado despotismo ilustrado, aunque a finales de siglo surgen tendencias revolucionarias que originan el nacimiento del liberalismo.
Desde 1750, por otra parte, se va extendiendo por Europa el sensualismo, que pone de relieve el aspecto emocional y sentimental de la personalidad humana, equiparándolo e incluso superando en importancia a la razón.
>    El Neoclasicismo es un movimiento estético y artístico basado en: 1) Vuelta al mundo clásico grecolatino. 2) Sometimiento a unas reglas universales de creación artística 3) El arte y la literatura deben buscar la utilidad social, la educación moral del público. 4) Imitación de la naturaleza y de los modelos artísticos establecidos como válidos.
>    Como consecuencia, tal vez del sensualismo (también llamado sensacionismo y sensismo), surgen, en el último tercio del siglo XVIII, varias corrientes que ponen de relieve en mayor o menor grado el subjetivismo, el sentimentalismo, el desengaño incluso suicida, la rebeldía contra las normas establecidas, la libertad creadora y los paisajes desolados como ruinas, cementerios y noches oscuras. Por consiguiente, se convierten en moda al uso la sensibilidad, la ternura y las lágrimas: padres tiranos, amores imposibles, hijos naturales, niños abandonados, seres marginales, pobres de buen corazón, nobles y clérigos perversos poblarán las novelas y los teatros en torno a 1800. Todas estas tendencias han sido denominadas por los estudiosos con varias etiquetas como: Neoclasicismo sentimental, Primer Romanticismo, Prerromanticismo y Romanticismo
>    La polémica entre liberalismo y absolutismo. Es decir, un Estado parlamentario, que reconoce algunas libertades como la de prensa y la de culto religioso, frente a un Estado autoritario, basado en el sistema de la monarquía absoluta.

Precisiones terminológicas acerca de la segunda mitad del siglo XVIII

Este panorama, que acabamos de mostrar con la brevedad simplificadora de todo esquema, indica las dificultades y problemas con que los historiadores y los estudiosos del arte y las letras se enfrentan a esta etapa. Ciñéndonos al terreno literario, debemos insistir en que durante los últimos años del siglo coexisten la corriente neoclásica y la sentimental. Esta coexistencia no es sólo temporal, sino que se da incluso en la producción literaria de algunos autores, y explicaría por qué las Noches lúgubres de Cadalso (publicada en 1789 pero escrita hacia 1771) es considerada indistintamente como “romántica”, “neoclásica sentimental”, “prerromántica” e “ilustrada”. Lo mismo sucede con El delincuente honrado (1773) de Jovellanos o con los poemas de Meléndez Valdés. Incluso El sí de las niñas de Moratín ha provocado dudas semejantes, pues, aunque mayoritariamente pensada como comedia ilustrada y neoclásica, no faltan quienes afirman que es prerromántica o quienes la califican de obra romántica.
Sin embargo, deben precisarse, de entrada, algunas ideas erróneamente extendidas durante mucho tiempo, al menos en el ámbito divulgativo. El primer error es la incorrecta identificación del siglo XVIII (y, de paso, de la literatura ilustrada) con un concepto exclusivamente estético como es el de Neoclasicismo. Fue esta la idea más extendida hasta hace unas décadas, y por eso en las historias de la literatura más tradicionales el siglo XVIII se asimilaba al Neoclasicismo. Pero la primera mitad de la centuria es predominantemente posbarroca, y en la segunda se funden diversos estilos e ideas: el Neoclasicismo en sentido estricto, el Rococó, la literatura ilustrada y, para algún estudioso, incluso el Romanticismo, que para otros sería más bien Prerromanticismo. La terminología, pues,  resulta hoy tan confusa como hace décadas (AA. VV., 1970), y lo demuestra el hecho de que, por ejemplo, si para Caso González[8] la neoclásica es la literatura que opta por los valores formales y no por poner la escritura al servicio de las ideas (esto último sería lo específicamente ilustrado), para Aguilar Piñal[9] (1991) aquella es, de forma matizada, la vertiente literaria de la Ilustración. 
No menos confusa es la cronología que pudiera servir como base para entender la evolución de la escritura del siglo XVIII. Únicamente la literatura posbarroca se alza, por la relativa facilidad de su identificación, como una opción estética perfectamente diferenciada de las demás.
No simplifica precisamente la cuestión el empleo del concepto de rococó, alusivo a una corriente artística de difusa cronología en el terreno literario, y que se caracteriza por su gusto por el detalle, la sensualidad, la sencillez y lo lúdico. Es un concepto útil para explicar la poesía bucólica o anacreóntica cultivada por una buena parte de los vates de la segunda mitad del siglo XVIII, pero su uso no aclara la cuestión de la cronología. 
Aún más confusión introduce el manejo de conceptos que parecen adelantarse al tiempo que le corresponde históricamente. Es el caso de la insistente defensa, por parte de Russell P. Sebold (en Cadalso, el primer romántico europeo de España, Madrid, Gredos, 1974, y en El rapto de la mente. Poética y poesía dieciochescas), de un Romanticismo pleno (lo que él considera el “primer romanticismo español”), que, según su teoría, ya encontraríamos en España desde 1770 (1780 para Caso González). Si se quiere rizar el rizo, podrá utilizarse otro término aún más controvertido, prerromanticismo, de perfiles tan difusos que, precisamente por lo borroso de sus límites, hoy se tiende a evitar. Este supuesto prerromanticismo avanzaría, si se acepta su existencia, elementos presentes en la literatura española de medio siglo después, como las ambientaciones nocturnas y sepulcrales, la soledad y el sentimentalismo. No, en cualquier caso, la pasión que define el orbe propiamente romántico. 
Autores como José Cadalso y géneros como la comedia sentimental o drama lacrimógeno han sido utilizados para argumentar la existencia, en los últimos lustros de la centuria, de esta sensibilidad nueva que apuntaría ya al romanticismo decimonónico. La distancia cronológica entre aquella y este (que en España no se traduce en obras hasta los años treinta del siglo XIX) dificulta establecer de forma irrefutable ese supuesto vínculo. En cualquier caso, lo más probable es que, en el hipotético caso de poder aceptar la existencia de ese prerromanticismo, no hubiera otro remedio que considerarlo como una simple variante de la Ilustración, no como un movimiento con entidad propia. Y la propia literatura de Cadalso (incluidas las Noches lúgubres) quizá podría probar esta afirmación. En cualquier caso, a la defensa de la existencia de un prerromanticismo o de un romanticismo pleno siempre podrá oponerse la fuerza de la cronología.
Tal vez por eso, Diego Martínez Torrón matiza la teoría del Primer Romanticismo de SEBOLD y lo sitúa en el primer Manuel José Quintana y en el primer Duque de Rivas, en los años inmediatamente anteriores a la Guerra de Independencia. Aunque el gran especialista Guillermo Carnero[10] se ha dedicado a demostrar con eruditas investigaciones que el concepto de Primer Romanticismo tiene validez, almenos en cuanto “cara oscura del Siglo de las Luces”. Sin embargo no todos los críticos coinciden en esta tesis: mientras que Aguilar Piñal –e incluso Checa Beltrán, Álvarez Barrientos o Emilio Palacios entre otros– tienden extender el alcance semántico del término NEOCLASICISMO (como un movimiento permeable a lo sentimental y a la expresión de lo lúgubre, la desesperación...), Rinaldo Froldi prefiere extender la significación del término ILUSTRACIÓN, reduciendo al NEOCLASICISMO a una de las formas literarias en la que se manifestó, porque la Ilustración, según su opinión, se expresó recurriendo a diversos patrones literarios o de estilo. Finalmente, estudiosos como René Andioc[11] se mantienen en cierto modo alejados de estas polémicas terminológicas, pues parte de una análisis sociológico, que a menudo adopta un punto de vista marxista.
De todos modos, considerando la Ilustración como un amplio movimiento cultural que impregna buena parte del pensamiento –y por ende, la estética– dieciochesca, es posible establecer los siguientes rasgos en el movimiento ilustrado:


La Ilustración frente al pensamiento tradicionalista

Los ilustrados, protegidos por Carlos III, ocuparon los puestos decisivos de la administración. Pero tuvieron que hacer frente a un pensamiento hostil (Juan Pablo Forner o Lorenzo Hervás y Panduro) y, sobre todo, a una mentalidad popular poco dispuesta a renunciar a sus tradiciones. El plebeyismo de esta amplia capa social marginada del poder político era una forma de manifestar su alejamiento de ideas, políticas y leyes que sentían enteramente ajenas. La fuerza de los números estaba del lado de los antirreformistas; la del poder, de parte de los ilustrados. 
El pensamiento tradicionalista veía en estos la ruptura con la herencia nacional, subvertida, además, por la extensión, en los grupos sociales más privilegiados, de la libertad de costumbres opuesta al recato en el comportamiento (Martín Gaite, 1988). La Ilustración venía acompañada de usos como el cortejo o acompañante de la mujer casada; de personajes como el petimetre o currutaco, figura afeminada de costumbres y léxico franceses que frecuentemente fue tomada como blanco de las sátiras de la época; de fenómenos sociales como el majismo (o reacción del pueblo llano contra ese afeminamiento peligrosamente generalizado en la nobleza), majismo que hallaría su paralelo en la imitación de comportamientos plebeyos por parte de personajes de la capa social alta. Esa simbiosis entre los grupos de posición elevada y los situados en una escala inferior la representan a la perfección de una parte figuras como la duquesa de Alba retratada por Goya, y de otra parte actrices famosas en la época, como la Tirana.
Los ilustrados pudieron hacer valer su poder en algunos ámbitos públicos, pero no en otros. El episodio histórico más conocido de esta falta de sintonía entre el grupo dirigente y el pueblo al que gobernaba fue el estallido del motín de Esquilache (1766), mediante el cual el pueblo reaccionó contra una impopular medida impuesta por el ministro de Carlos III en relación con un cambio en la indumentaria habitual en la época. El rey se vio obligado a sacrificar a Esquilache, aplacando así las iras populares. Los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre el origen de la revuelta, aunque parece haberse impuesto la idea de que, con instrumentalización política de la masa popular o sin ella y con probable conspiración de los jesuitas, se trató de una reacción de rechazo contra el poder de los extranjeros en el gobierno y su política antirreligiosa.
Los tradicionalistas veían en algunas de las prácticas promovidas por los ilustrados (por ejemplo, la disección de cadáveres para el estudio de la anatomía) una peligrosa indagación en aspectos de implicaciones morales y hasta teológicas. Consecuencia de esa reacción de rechazo que podemos considerar nacionalista es la Oración apologética por la España y su mérito literario (1786), de Forner, que con ella respondía, por encargo oficial, a la provocadora pregunta de Masson de Morvilliers en la Enciclopedia metódica francesa: “¿Qué se debe a España? […]; ¿qué ha hecho por Europa?”. Prueba de las contradicciones ideológicas del momento es que a no pocos ilustrados el nacionalismo de la Oración les pareció excesivo, y con tal motivo se cruzaron en los periódicos réplicas y contrarréplicas a propósito de ella.
Forner no estuvo solo en la resistencia del pensamiento tradicionalista frente a una Ilustración que, lejos de ganar la batalla del teórico progreso al que quería encaminar a España, se mostraba muy distante de las ideas del pueblo y de una parte de los intelectuales que combatían, con los escasos medios que les permitía su alejamiento del poder, las ideas provenientes del extranjero (Allegra, 1980).

Los canales de difusión del pensamiento ilustrado

No puede hablarse, en cualquier caso, de un enfrentamiento social, sino ideológico y religioso. La minoría ilustrada la componían tanto aristócratas como trabajadores, tanto religiosos como nobles, agrupados unos y otros muchas veces en las Sociedades Económicas de Amigos del País que, a imitación de agrupaciones extranjeras similares, se fundaron en casi todas las ciudades importantes de España y América, hasta superar, a principios del siglo XIX, el número de sesenta, aunque no todas eran operativas. 
Las Sociedades de Amigos del País, al reunirse semanalmente en comisiones,  heredaban el espíritu de las tertulias, añadiéndoles una finalidad eminentemente práctica. La primera, la Sociedad Vascongada, la organizó el Conde de Peñaflorida en 1764. Su propósito no podía ser más ilustrado: "fomentar, perfeccionar y adelantar la agricultura, la economía rústica, las ciencias y las artes, y todo cuanto se dirige inmediatamente a la conservación, alivio y conveniencias de la especie humana". Fue en 1774 cuando Campomanes solicitó de todas las autoridades el impulso de las Sociedades, con objeto de fomentar la prosperidad del país, a partir de trabajos útiles en los ámbitos del comercio, la industria y la agricultura, ya fuera elaborando proyectos como el Informe sobre la Ley Agraria (1795), de Jovellanos, ya fuera creando escuelas y talleres. 
La prensa y la literatura fueron, con el propio ejercicio político y las citadas Sociedades, los canales de difusión de las ideas ilustradas. Por lo que se refiere a la primera, puede decirse que en el siglo XVIII se inicia la historia del periodismo español moderno; en cuanto a la literatura, la inutilidad de los esfuerzos ilustrados queda reflejada en lo inoperante de las leyes reformistas sobre el teatro y en la incapacidad para imponer modelos formales y temáticos que la generalidad de los españoles rechazaba.

Bases del pensamiento ilustrado

La Ilustración fue un movimiento de alcance general que afectó a todos los países occidentales. En España es un movimiento cultural importado que asume como propio un cierto sector de la elite cultural, al servicio del proyecto político del rey y sus ministros, y que tiene su origen inmediato en la Enciclopedia francesa, proyecto cultural dirigido por Denis Diderot y que se inició en 1751 y concluyó en 1772. En ella están las bases del pensamiento ilustrado: divulgación del conocimiento, de la enseñanza y de la observación como método. El pensamiento ilustrado se basa, pues, en el predominio de la razón y la experiencia frente a los que considera sus enemigos naturales: los prejuicios, la superstición, la ignorancia. Palabras como utilidad y felicidad forman parte del léxico habitual de un ilustrado, ambas con un doble carácter: individual y colectivo. 
>          El ilustrado prototípico es una persona optimista y utópica que cree en la virtud como valor supremo (y en sus derivados naturales: honradez, generosidad, tolerancia). Las ideas del filósofo francés Jean Jacques Rousseau sobre el buen salvaje ejemplifican la creencia ilustrada en la bondad de la naturaleza humana, literariamente concretada en un género narrativo de moda durante el siglo XVIII, la utopía, base, en algunas ocasiones, de las escépticas propuestas contrarias: las antiutopías.
>          En lo político, el ilustrado propone como forma de gobierno la monarquía ilustrada, ideal muy lejano de cualquier propuesta cercana a planteamientos revolucionarios que en España, en cualquier caso, no tuvieron apenas eco. El “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” que define el pensamiento político del despotismo ilustrado define, por un lado, el ansia de mejora social; pero, por el otro, también las reticencias de los dirigentes ante las reacciones de los súbditos. Todo proyecto reformista debía estar promovido y encauzado por el monarca, al que se consideraba depositario de la soberanía. Ejercía como protector de sus súbditos, y su autoridad era incuestionable, estando sus acciones sometidas únicamente al control de la razón. La organización administrativa de la Ilustración parte de la concepción centralista propia de la monarquía borbónica procedente de Francia, concepción que ya había puesto en práctica Felipe V. Las Cortes perdieron todo su poder, quedando reducidas al papel protocolario asignado en las ceremonias de importancia. Considerando improcedente que cada territorio de la Corona tuviera leyes distintas de las que regían en otros, Felipe V implantó la uniformidad legislativa, a través del Decreto de Nueva Planta (1716). Únicamente Navarra y las Provincias Vascas, que se habían adherido a la causa borbónica, merecieron la excepción que confirmaba la regla.
>          Desde el punto de vista filosófico los antecedentes inmediatos del pensamiento ilustrado se rastrean en el francés René Descartes y en el inglés John Locke. Del primero toman su duda ante verdades aparentemente irrefutables, pero no demostradas, y del segundo su empirismo negador de las ideas innatas y defensor de la experiencia como fuente de conocimiento.
Es esa necesidad de contrastar ideas y experiencias destinadas a mejorar el aprendizaje lo que convirtió el viaje a otros países en elemento prácticamente imprescindible en la formación de un ilustrado o joven aspirante a serlo. Para conseguir la mayor utilidad del viaje, el conocimiento de las lenguas entonces más importantes era muy conveniente, y de ahí que el ilustrado español fuera habitualmente capaz de leer francés, italiano y portugués (aunque no inglés). 
>             Nuestros ilustrados son más moderados que el francés, y, por eso, están lejos de las ideas enciclopedistas dominantes en el país vecino. Creen en Dios, pero desligan la religión de adherencias supersticiosas, bastante frecuentes por entonces, como había denunciado años atrás Feijoo. La religión que defienden está basada, por consiguiente, en la razón y en las leyes naturales. Las relaciones de nuestra Ilustración con la Iglesia fueron en ocasiones muy tensas, pese a la simpatía que por las ideas reformistas sintió una parte del alto clero (el bajo, por el contrario, permanecía más fiel a las tradiciones patrias). Estas diferencias se tradujeron en enfrentamientos de la autoridad política con la religiosa y en medidas radicales como la expulsión de los jesuitas (1767), para lo que los ilustrados aprovecharon el pretexto de considerarlos implicados en el motín de Esquilache. Su expulsión significó la pérdida para España de un valioso capital humano y cultural, porque de ellos dependían los mejores colegios (más de un centenar), a los que recurrían quienes deseaban para sus hijos una formación de calidad. La nómina de escritores pertenecientes a la Orden de San Ignacio de Loyola comprendía al Padre Isla, a Hervás y a Pedro Montengón, entre otros. 
>          Desde los primeros pasos de la monarquía borbónica, el regalismo se convirtió en la doctrina defendida oficialmente para regular las relaciones del poder político con la Iglesia. Se sustentaba en la idea de afirmar la fuerza del gobierno frente a la representación religiosa local (Iglesia española) y universal (el Papado). En ese enfrentamiento de carácter mucho más político que ideológico, los ilustrados no dudaron en tensar al máximo la cuerda. Pensaban, además, que el número de clérigos era excesivo, aunque esta pretendida superabundancia la valoraban en términos más económicos que ideológicos: el problema mayor era que, en su opinión, se trataba de un número desmesurado de personas económicamente improductivas.
>          El jansenismo fue también motivo de discordia entre un sector minoritario de la intelectualidad y la ortodoxia católica. Se trataba de una doctrina en cierto modo heredera del erasmismo, y su heterodoxia apuntaba a aspectos como la infalibilidad del Papa y el rechazo de la orden jesuita y de la Inquisición. Pero, sobre todo, apostaba por una vivencia religiosa más íntima e individualizada. La Inquisición permanecía vigilante ante desviaciones como esta, pero, aunque no dejó de actuar en el siglo XVIII, sus competencias estaban muy limitadas por el poder político, y sus intervenciones tenían un carácter mucho más moderado que en otro tiempo.
>          Las ideas de la Ilustración española se plasmaron, más que en un sistema abstracto de ideas, en proyectos concretos, como la creación de jardines botánicos, observatorios astronómicos, bibliotecas, escuelas de oficios y foros culturales al estilo de la Real Academia Española, a la que seguirían, en los años treinta, la de Medicina,  la de Historia y la de Bellas Artes de San Fernando, fundada en 1752, amén de otras provinciales. De ahí la importancia que el ilustrado concede a la educación, concebida como un paso imprescindible para transformar mentalidades y, en un paso posterior, aquellos aspectos de la sociedad susceptibles de mejora.
El ilustrado defiende la enseñanza en español y no en latín, lengua que ya muchos estudiantes no podían entender. Lo más importante de su programa educativo radica en el propósito de sustituir la enseñanza teórica, dominante en las más de veinte universidades de la época, por la práctica. De ahí su interés por disciplinas como la física, la química, la historia natural y la medicina. Las universidades permanecían ancladas en métodos de enseñanza basados en el escolasticismo y el aristotelismo combatidos por los ilustrados. Ese es el motivo de que fueran ellas uno de los objetivos preferentes de su acción educativa, concretada en los años setenta a través de nuevos planes de estudio, fomento de prácticas y otras medidas que, sin embargo, no alcanzaron plenamente sus objetivos.

El escritor, el libro y el lector

Aunque las cifras no dejan de ser aproximadas, puede calcularse en un 70 % el índice de analfabetismo en España, lo que sitúa el número de potenciales lectores en el entorno de los dos millones de personas, una buena parte de ellas eclesiásticos. Por eso las obras más leídas seguían siendo las religiosas, aunque la importancia de este tipo de libros fue reduciéndose con el paso del tiempo. En el siglo XVIII se puso en funcionamiento la primera biblioteca pública: la Real (hoy Biblioteca Nacional de Madrid), creada por Felipe V en 1712.
La industria del libro fue uno de los elementos culturales más favorecidos por la acción política ilustrada, mediante leyes que aspiraban a favorecer su crecimiento. Aumentó el número de lectores, especialmente en el sector femenino, y el afán de novedades ayudaba a activar el comercio de la letra impresa. Se incrementó también el número de ejemplares editados, al mismo tiempo que la calidad del libro mejoró sustancialmente, gracias a los avances técnicos de las artes gráficas. En lo formal, el tamaño medio del volumen se fue reduciendo desde el tomo en folio del siglo XVII hasta el cuarto, el octavo o el libro de menores proporciones.
La impresión del libro estaba subvencionada por el gobierno, que compensaba así el elevado precio del papel. Estableciendo la correspondiente equivalencia con las cifras de nuestro tiempo, puede afirmarse que el libro no era caro y que su precio sería similar al actual, aunque, precisamente por eso, no estaba al fácil alcance de quienes percibían los ingresos más bajos. Las obras de mayor éxito podían alcanzar varias reimpresiones, como sucedió con el Teatro crítico de Feijoo, el Fray Gerundio, del Padre Isla, las Fábulas literarias, de Tomás de Iriarte o el Eusebio, de Montengón. Pero eran los pronósticos y almanaques los textos de mayor impacto popular. En el mismo ámbito de la producción literaria de escasa calidad, pero de fuerte repercusión social, deben incluirse los pliegos de cordel, que tenían dos o cuatro páginas, se vendían a bajo precio y suscitaban el disgusto de los ilustrados (Marco, 1977). Esta, y no la poesía culta, era la que conocía el pueblo.
Si el escritor de los Siglos de Oro pensaba, básicamente, en un receptor erudito, el dieciochesco se relaciona con sus colegas, viaja con frecuencia y, sobre todo, piensa en un público más amplio (Álvarez Barrientos, 1995). Dicho de otra forma: el escritor del XVIII, ya desde Feijoo, pero sobre todo en la época ilustrada, es, en muchos sentidos, antes pensador que escritor, porque con sus trabajos aspira a contribuir a la reforma de la sociedad. De ahí el tono adoctrinador de sus páginas, que tan molesto puede resultar para los lectores del siglo XXI, pero que debe comprenderse en un contexto en el que escribir equivale a defender ideas.
En un siglo preñado de propuestas económicas como lo es el XVIII, la literatura no podía dejar de verse afectada por las nuevas ideas. Diderot defendía el beneficio económico del escritor, lo que suponía convertir el libro en un producto inserto en los mecanismos comerciales y adelantarse al futuro, como en España hizo Diego de Torres Villarroel al establecer una relación directa entre él y su público, el comprador de la obra literaria. Fue Torres quien popularizó, mediado el siglo, un nuevo sistema de ventas, destinado a alcanzar una extraordinaria difusión entre la masa popular de lectores en la centuria siguiente: la suscripción. 
La producción nacional del siglo XVIII no es precisamente desmesurada: apenas unos pocos centenares de libros se imprimían, por ejemplo, a mediados de la centuria. Sí eran importantes las cifras de la importación, destinada a quienes eran capaces de leer las lenguas extranjeras. Desconocer estas, sin embargo, no era un problema insalvable, dada la abundancia de traducciones. Más de la mitad de los libros traducidos en este tiempo es francesa, y del francés acostumbraban a proceder las traducciones de los libros escritos en otra lengua[12].
La impresión de un libro cualquiera (y aun de un folleto) requería solventar unos trámites más bien enojosos. Por una ley de 1754 era obligatorio pedir licencia al Consejo de Castilla para imprimir cualquier texto, so pena de dos mil ducados de multa y destierro de seis años. Por supuesto, había que salvar los obstáculos impuestos por una censura que tenía la particularidad de poder ejercerse por motivos ideológicos o morales, pero también puramente estéticos: un libro, pues, podía ser prohibido, simplemente, por considerarse inútil (François Lopez, 1995). En cualquier caso, era la instancia gubernamental, y no la ya declinante Inquisición, la dedicada a ejercer la censura. Como en cualquier otro tiempo histórico, no resultaba especialmente difícil sortear las barreras de la censura y acceder a libros prohibidos, como los de Rousseau. Los textos no autorizados podían llegar por diferentes vías: valijas diplomáticas, libreros de confianza, encuadernaciones y títulos falsos. Además, es lógico suponer que cada uno de esos libros circularía por varias manos, lo que multiplicaría el número total de lectores. Obviamente, solo las capas ilustradas de la sociedad, las más o menos próximas al poder, tenían acceso a esa literatura teóricamente prohibida, aunque no perseguida con saña.

Los estertores de la Ilustración

Las precauciones gubernamentales con respecto a la letra impresa se acentuaron a partir del estallido de la Revolución francesa. Un ilustrado tan poco sospechoso como Leandro Fernández de Moratín viajó a la Francia revolucionaria en 1792, teniendo así ocasión de horrorizarse ante una realidad que la historiografía liberal no tardaría en manipular y mitificar. El en otro tiempo reformista Floridablanca, último ministro de Carlos III y primero de Carlos IV, se mostraba ahora muy receloso ante todo lo que procedía de Francia y daba marcha atrás en el proceso de apertura. Se prohibió que los periódicos hablasen del país vecino y que se viajase a él, y los envíos procedentes del otro lado de la frontera fueron sometidos a minuciosos registros. La radicalización de la Francia revolucionaria fue, además, el motivo inmediato de que se suspendieran, en 1791, todos los periódicos españoles no oficiales.
El reinado de Carlos IV no supuso la renuncia a los proyectos ilustrados, pero sí implicó la adopción de precauciones. La Ilustración se convirtió en los años noventa en un movimiento pendular, con más retrocesos que avances, siguiendo un vacilante proceso que culminó con la invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia, acontecimiento que pone el punto final a la época de las Luces. A esas alturas, la Ilustración estaba devorando, o había devorado ya, a no pocos de sus hijos. Jovellanos, políticamente sospechoso por su proximidad a las ideas jansenistas, fue destituido del ministerio de Gracia y Justicia, expulsado de Madrid, detenido y recluido posteriormente en Mallorca; Olavide fue procesado por la Inquisición, en lo que habría de ser el último ejemplo importante del poder de la institución; Floridablanca terminó sufriendo prisión, al igual que Aranda después de su fugaz retorno a la dirección de la política española; a Moratín y Juan Meléndez Valdés su actitud colaboracionista con el ocupante francés les pasó la correspondiente factura, en forma de exilio y muerte en Francia, el mismo lugar en que hubo de morir Francisco de Goya, otro afrancesado que fue pintor de Corte de José I, el rey impuesto a los españoles por Napoleón. 
Estos y otros intelectuales ilustrados abrazaron la causa del invasor por ver en él al introductor de esas luces a las que tan reacia se mostraba la generalidad de los españoles. En ese sentido (pero quizá solo en ese sentido), procede considerar la segunda mitad del siglo XVIII el antecedente directo de los enfrentamientos civiles que marcaron el devenir de los dos posteriores. La Guerra de la Independencia fue, sin duda, un combate patriótico contra el invasor extranjero, pero también, en otro nivel, una guerra ideológica entre españoles.

[1]Apuntaciones críticas sobre la historiografía de la cultura y de la literatura españolas del siglo XVIII”, Nueva Revista de Filología Hispánica, t. XXXIII, núm. 1, 1984, pp. 59-72.

[2] Los autores que se citan como iniciadores de la revisión cultural española a finales del siglo XVII y principios del XVIII o vivieron en el extranjero, razón por la cual tuvieron escasa posibilidad de influir en el ambiente intelectual de la península, o en su patria, en donde encontraron dificultades enormes y hasta tuvieron que renunciar a sus intentos reformadores. Pertenecen al primer grupo Juan Caramuel e Isaac Cardoso Gutiérrez de los Ríos; del segundo se puede recordar que J. Muñoz Peralta y D. M. Zapata sufrieron condenas de la Inquisición, que Juan de Cabriada murió obscuramente en Bilbao, que T. V. Tosca no consiguió nunca una cátedra universitaria en su Valencia, que Juan de Nájera (el Alejandro de Avendaño de los Diálogos philosóphicos en defensa del atomismo, 1716) retractó sus ideas en los Desengaños filosóficos de 1737. Otros autores evolucionaron hacia ideas que se conciliaran con la escolástica (cf. JOSÉ LUIS ABELLÁN, Historia crítica del pensamiento español, Madrid, 1981, t. 3, pp. 402 s.). En tales condiciones tan sólo pudo desarrollarse una literatura clandestina o popular (véase IRIS M. ZAVALA, Clandestinidad y libertinaje erudito en los albores del siglo XVIII, Barcelona, 1978).

[3] FRANÇOIS LOPEZ, Juan Pablo Forner et la crise de la conscience espagnole au XVIIIe siècle, Burdeos, 1976

[4] MARIANO y JOSÉ LUIS PESET REIG, Gregorio Mayans y la reforma universitaria, Valencia, 1975; VICENTE PESET LLORCA, Gregori Mayans i la cultura de la Illustració, Valencia, 1975; ANTONIO MESTRE, Ilustración y reforma de la Iglesia. Pensamiento político-religioso de don Gregorio Mayans y Síscar, Valencia, 1968; Historia, fueros y actitudes políticas. Mayans y la historiografía del siglo XVIII, Valencia, 1970; Despotismo e Ilustración en España, Barcelona, 1976; y El mundo intelectual de Mayans, Valencia 1978.

[5] R. P. SEBOLD, El rapto de la mente. Poética y poesía dieciochescas, Madrid, Prensa Española, 1970; Barcelona, Anthropos, 1989 (2ª edición); (edición) “Ignacio de Luzán: La Poética, o reglas de la poesía en general y de sus principales especies. Edición e introducción,  Barcelona, Labor, 1977. R. FROLDI, «Significación de Luzán en la cultura y literatura española del siglo XVIII», Actas del VI Congreso Internacional de Hispanistas, Toronto, 1980, pp. 285-289, y «El último Luzán», en La época de Fernando VI, Oviedo, 1981, pp. 353-366.

[6] José Miguel Caso González, “De la Academia del Buen Gusto a Nicolás Fernández de Moratín”, Revista de Literatura, 1980, XLII, 84, pp. 5-18. –– “La Academia del Buen Gusto y la poesía española de la época”, en La época de Fernando VI. Oviedo, Centro de Estudios del siglo XVIII, 1981, pp. 383-418. Tortosa Linde, Mª Dolores, La Academia del Buen Gusto de Madrid (1749-1751), Universidad de Granada, 1988. José J. BERBEL RODRÍGUEZ, Orígenes de la tragedia neoclásica española (1737-1754), Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, ISBN: 84-472-0694-7, depósito legal: SE-2990-2002 (En prensa).

[7] José Luis Abellán, Historia crítica del pensamiento español, Madrid, Espasa Calpe, 1979, p. 503.

[8] CASO GONZÁLEZ, José Miguel: "Temas y problemas de la literatura dieciochesca", en Francisco Rico y J. M. Caso González (eds.), Historia y crítica de la literatura española. IV. Ilustración y Neoclasicismo (Barcelona, Crítica, 1983), 9-27.

[9] Introducción al siglo XVIII. Madrid, Júcar, 1991.

[10] La cara oscura del Siglo de las Luces, Madrid, Fundación Juan March /Cátedra, 1983

[11] Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia, 1987, 2ª ed.

[12] Lafarga, Francisco, Voltaire en España (1734-1835), Barcelona, Universidad, 1982; y Las traducciones españolas del teatro francés, 1700-1835, Barcelona, Universidad, 1983 y 1988, 2 vols. Donaire, Mª Luisa, y Lafarga, Francisco (editores), Traducción y adaptación cultural: España-Francia, Oviedo, Universidad, 1991.

ESTA SECCIÓN ES UNA ADAPTACIÓN CON MODIFICACIONES DE UN ARTÍCULO DE Óscar BARRERO PÉREZ
Universidad Autónoma de Madrid EN http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/lit/01/030201.asp

La literatura española del siglo XVIII

LA POESÍA EN EL SIGLO XVIII

La poesía española del s. XVIII ha sido objeto de intensas controversias por parte de los estudiosos que la han analizado. Caso González, Joaquín Arce, Sebold, Guillermo Carnero, Froldi, Checa Beltrán, etc. han debatido hasta la saciedad la periodización, los estilos y tendencias no sólo de la poesía dieciochesca, sino también del resto de las manifestaciones literarias de este periodo.
En un principio conviene precisar que las divergencias surgen en el análisis de lo realizado en la segunda mitad del siglo XVIII y primeros años del siglo siguiente, porque todos coinciden en definir la primera mitad del XVIII como “postbarrroca”, “barroca decadente”, etc. Pues bien, en 1970, en el cuaderno 22 de la Cátedra Feijoo, titulado Los conceptos de Rococó, Neoclasicismo y Prerromanticismo en la literatura española, uno de sus tres autores, José Miguel Caso González, distingue tres grupos generacionales en la literatura de la segunda mitad del siglo XVIII y los relaciona a la vez con varias corrientes o escuelas que él ve como dominantes hacia diferentes fechas. Caso define dos veces los cotos cronológicos que considera significativos para las referidas generaciones y escuelas, una vez al comienzo de su ensayo y otra vez al final:
Todo esto significa que entre 1760 y 1775 predomina una estética de gusto Rococó, que entre 1775 y 1790 hay un período de afirmación del Prerromanticismo, y en el que nace el Neoclasicismo, y que entre 1790 y 1810 se producen las obras más claramente prerrománticas, al mismo tiempo que las primeras neoclásicas de alguna importancia. (Caso González, 1970, pág. 11)
Los autores que nacen en torno a 1735, y cuyas obras principales se escriben entre 1760 y 1770, constituyen fundamentalmente el grupo rococó; los nacidos en torno a 1750, cuyas obras más importantes aparecen entre 1770 y 1790, forman un grupo de transición, educado en el Rococó, pero que avanza al Prerromanticismo o que anuncia el Neoclasicismo; en los nacidos en torno a 1762, cuyas obras son posteriores a 1790, encontramos ya a los autores decididamente neoclásicos. (ibíd., pág. 29)
Años más tarde, en su libro La poesía del siglo ilustrado (1981), Joaquín Arce abraza la opinión de Caso sobre el Rococó y acerca de que en España el Prerromanticismo antecede al Neoclasicismo, pero da un terminus a quo más exacto para la tendencia romántica situando su principio hacia 1770. Es decir, como señala Sebold, los estudiosos Caso González (1970) y Joaquín Arce vienen a ser los únicos que sostienen la excepcionalidad de que el Prerromanticismo sea anterior al Neoclasicismo.
Sin embargo, posteriormente, Caso González (1980 y 1983) matiza sus opiniones, pues abandona totalmente por inexacto la noción de “Prerromanticismo” y amplía los límites del Rococó poético, y utiliza los términos de poesía filosófica –que engloba lo que otros estudiosos designan respectivamente como poesía ilustrada y poesía prerromántica– y poesía neoclásica –aquella que se basa en un mayor formalismo y pureza o elegancia formal–. La razón de este cambio de criterio, tal vez, haya que buscarla en las teorías de Sebold acerca del Primer Romanticismo (Cadalso, el primer romántico “europeo”de España, 1974) y en que este investigador piensa que el Rococó no es más que una variante dependiente del Neoclasicismo que empezaría, no hacia finales del siglo XVIII, sino mucho antes, con la Poética de Ignacio de Luzán, en 1737.
El caso es que hay críticos que defienden tesis parecidas a las de Joaquín Arce como Guillermo Carnero (1983), quien distingue entre poesía post-barroca, rococó, ilustrada, neoclásica y prerromántica (siendo las cuatro últimas unas tendencias que coexisten y se interrelacionan mutuamente). Mientras que otros como Rinaldo Froldi y Aguilar Piñal simplifican, a nuestro juicio lúcidamente, esta espinosa cuestión terminológica: el primero insiste en la existencia de una tendencia ilustrada y clasicista (basada en torno al concepto de buen gusto), pero abierta y permeable a la expresión de los sentimientos y el malestar existencial que el sensualismo había puesto de moda; el segundo recupera la acepción amplia del término neoclasicismo –aunque prefiere el sintagma de”Nuevo clasicismo”– para referirse a todo el movimiento literario de la segunda mitad del siglo XVIII y primeros años del XIX, aceptando la etiqueta de Neoclasicismo sentimental para referirse a lo que otros designaban como Primer Romanticismo o Prerromanticismo:
Dejemos a los hombres del XVIII instalados en su literatura neoclásica y aceptemos, para la expresión de us más íntima, tierna o dolorida sensibilidad el apelativo de Neoclasicismo sentimental, es decir, una alborada romántica que tardaría aún medio siglo en brillar con todo su esplendor (Aguilar Piñal, Introducción al siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991)
Finalmente, la crítica tradicional, si dejamos al margen a los fabulistas, a la Academia del Buen Gusto y a la madrileña tertulia de la Fonda de San Sebastián, queda por mencionar la clasificación en dos escuelas según los núcleos geográficos de Salamanca y Sevilla:
> Escuela Salmantina que se subdivide a su vez en dos generaciones o “momentos”:
#          Primer momento: Cadalso, Fray Diego Tadeo González, Meléndez Valdés y Jovellanos.
#            Segundo momento ¿Prerromanticismo?: Nicasio Álvarez Cienfuegos, Manuel José Quintana.
> Escuela Sevillana: Alberto Lista, Manuel María de Arjona, José Marche, José María Blanco White, Félix María Reinoso.

LA POESÍA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII.

1. Aunque existen diferentes enfoques y opiniones diversas, la poesía del primer tercio del siglo XVIII, continúa las tendencias de finales del anterior. La huella de Góngora es palpable en numerosos autores que imitan aún su estilo y su técnica.
Esta corriente se llama generalmente posbarroca y se observa todavía a mediados del siglo XVIII. Entre los poetas más nombrados debe recordarse, en primer lugar, al sevillano Gabriel Álvarez de Toledo (1662-1714), por sus sonetos en la línea de Quevedo y por sus poemas de línea ascético-conceptista sobre el tema de las ruinas (A Roma destruida). Sus poesías fueron editadas en 1744 por alguien que merece figurar en este epígrafe, Diego Torres Villarroel (1694-1770) quien además de eminente prosista fue un hábil imitador de la poesía burlesca y satírica de Quevedo.
El toledano Eugenio Gerardo Lobo (1679-1750), autor de una poesía festiva y desenfadada, en verso de arte menor. Publicó por primera vez sus obras en 1713.
2.-Pronto aparece una poesía nueva que muestra un gusto por lo minucioso y lo delicado, se impregna de un erotismo tenue y un hedonismo manifiesto: es la primera manifestación de la poesía rococó, según Arce o Caso González.
Con ella estamos ante un tipo de poesía que otros críticos consideran neoclásica. Tal vez por el hecho de que algunos de sus autores, el conde de Torrepalma y José Antonio Porcel, fueron en la Academia del Buen Gusto contertulios de Luzán, el pionero del Neoclasicismo español quien además de tratados como la Poética compuso poemas como Idilio anacreóntico y Hero y Leandro.
Alonso Verdugo Castilla, Conde de Torrepalma, (1706-1767), miembro fundador de la Real Academia Española y de la Academia de la Historia, también fue miembro de la granadina Academia del Trípode y de la Academia del Buen Gusto. Destacó en la poesía de tema mitológico y clásico como el Deucalión sobre el diluvio, imitación de las  Metamorfosis de Ovidio; pero también destaca por el poema Pensamientos tristes, analizado extensamente por Caso González y en el que el autor expresa en doloridos versos la amarga experiencia personal del fallecimiento de su esposa.
Amigo suyo fue el sacerdote granadino José Antonio Porcel (1715-1794) contertulio de las mismas academias, que cultivó igualmente la fábula mitológica, aún heredera de la tradición gongorina y garcilasiana, sobre todo en Adonis (compuesto en cuatro églogas venatorias). Joaquín Arce ve en este poema la primera manifestación importante de la poesía rococó; la cual se basa en motivos como las grutas, las espumas, las corrientes ondulantes, la desnudez femenina...que forman pequeños cuadros mitológicos.

LA POESÍA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII

En el último tercio del siglo XVIII se difunden, realmente, las ideas ilustradas. Se ha señalado el lustro de 1774-1779 para centrar sus grandes obras poéticas. No sólo proceden de Francia y de sus filósofos enciclopedistas. También se conocen en España las modas italianas y algunas inglesas. Constatamos que la Ilustración española no es un cambio de escuela artística, sino un cambio de cultura respecto a la anterior.
 La poesía tratará temas artísticos, científicos, cósmicos filosóficos, sociales o humanitarios y los nombres de Aristóteles o Santo Tomás se verán sustituidos por los de Newton, Galileo o Guttemberg. Se ha criticado el tono prosaico de la producción de estos años.
El madrileño Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) puede considerarse el primer poeta ilustrado. Miembro fundador de tertulia literaria de la Fonda de San Sebastián, a la que acudían, entre otros, su amigos José Cadalso y Tomás de Iriarte cultivó una poesía muy variada: desde los versos frívolos de arte menor –anacreónticas, romances...– hasta sonetos y otras composiciones clásicas como La Diana o el arte de la caza, Las naves de Cortés destruidas. En el Arte de las putas muestra su preocupación social y su realismo ante los problemas de la época. Su hijo Leandro Fernández de Moratín publicó sus obras en 1821.
Entre los grandes poetas ilustrados está el coronel José de Cadalso (1741-1782), nacido en Cádiz, y, para algunos, el primer romántico español. Publicó sus poemas Ocios de mi juventud (1773), con el pseudónimo de José Vázquez. Ofrece una colección de poesías desenfadadas sobre los temas habituales de la anacreóntica: los placeres del campo, el amor, el vino o la amistad, en la línea de lo que algunos denominan poesía rococó.
La muerte de su amante María Ignacia Ibáñez en 1771 le sumió en una crisis de la que brotan sus Noches lúgubres, que algunos críticos consideran prosa poética. Narra en ellas cómo Tediato desentierra el cadáver de su amada y la angustia que le conduce al amor por la humanidad.
A Fray Diego Tadeo González (1733-1794) se le incluye en la escuela poética salmantina formada por poetas que, como Cadalso, coinciden en algún momento en esa ciudad. Sus obras se publican en 1796. Destaca el poema didáctico Las edades, donde refleja la teoría geocéntrica del universo. Generalmente, trata el tema bíblico.
Fundador de esa escuela salmantina fue José Iglesias de la Casa (1748-1791), que escribió una poesía de epigramas en arte menor, con resonancias pastoriles y gusto rococó.
El toledano Cándido María Trigueros (1736-1798), eclesiástico, publicó sus dos obras El poeta filósofo y El viaje al cielo del poeta filósofo. Pese a su prosaísmo, trató el tema del hombre desde una perspectiva moral, según el Essay on Man de Alexander Pope y demostró un gran conocimiento de las teorías científicas de Newton.
Mención aparte merecen los fabulistas: Félix María de Samaniego (1745-1801), riojano alavés, publicó en 1781 sus Fábulas, en una línea satírica y moral. Tomás de Iriarte (1750-1791) nació en Tenerife. Se aprecian sus Fábulas literarias semejantes a las de Samaniego, con quien mantuvo cierta polémica. Destacamos su poema didáctico La Música y sus Epístolas de tema variado en la línea horaciana.
Sin duda, la figura más representativa del siglo XVIII español es la del asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). En poesía influyó sobre la escuela salmantina, a cuyos miembros envió su Epístola primera invitándoles a abandonar la poesía amorosa por otra más digna, de tema filosófico o moral. En la línea del poeta italiano Parini, escribe sus Sátiras contra los vicios de las clases altas.
Su elegía A la ausencia de Marina y su Epístola desde el Paular son ejemplos de una poesía sentimental, no exenta de cierto aire sentimental y de un cierto aire alas Odas de Fray Luis de León, modelo y maestro de Jovellanos.
Pero el poeta por excelencia del XVIII es el extremeño
JUAN MELÉNDEZ VALDÉS (1754-1817). Estudió leyes en Salamanca y convivió con los poetas de esa escuela. Ejerció la docencia y la carrera jurídica, protegido por Jovellanos. Colaboró con José Bonaparte y sufrió el destierro en Francia, donde murió.
Meléndez Valdés es la figura cumbre de la lírica española del siglo XVIII pero además de ello interesa por su valor representativo, ya que su producción (primera edición, 1785; segunda, 1797) sintetiza las principales corrientes de la poesía del momento: el anacreontismo fácil y juguetón y las graves preocupaciones del humanitarismo filosófico.
Poco original, supo asimilar los estímulos capitales de la cultura de la época, dando con su poesía una nota nada genial, pero discreta y apreciable en un siglo falto, casi en absoluto, de valores poéticos.
LA SENSUALIDAD ANACREÓNTICA.
Las primeras poesías de Meléndez Valdés -Odas anacreónticas, Idilios, Églogas...- aparecen transidas de una sensualidad análoga a la del arte europeo de la época. En ellas se une la tradición del anacreontismo y de la poesía bucólica al espíritu galante, frívolo y epicúreo del siglo XVIII, tal como se manifiesta en el elegante mundo "rococó" de Versalles.
El tema fundamental lo constituye el amor, que lejanas ya las concepciones neoplatónicas, aparece como un simple impulso sensual. Una naturaleza amable y finamente estilizada sirve de marco, con sus fuentecillas, sus flores y sus auras primaverales, a graciosas escenas pastoriles, en las que zagales y zagalas danzan alegremente sobre un florido prado. Se olvidan las notas elegiacas que prestaban gravedad a la vieja poesía bucólica, y todo queda reducido a una jubilosa exaltación de los sentidos en un ambiente placentero. Las alusiones al vino y a la mitología clásica contribuyen a dar al conjunto un carácter risueño y pagano.
La forma armoniza a la perfección con su contenido: el ritmo es ligero y gracioso, y el léxico, lleno de diminutivos -cefirillos, ricitos, cupidillos, hoyuelos...-, confiere a los versos un tono blando y amable, indicadísimo para un género en el que la expresión de lo menudo y de lo lindo constituían el objeto principal del autor.Es una poesía sonrosada, tibia y juguetona, que a pesar de su inconsistencia y monotonía, resulta admirable si se tiene en cuenta el prosaísmo de otros aspectos de la lírica neoclásica.
Meléndez Valdés consiguió asimilar su espíritu, convirtiéndose en el típico representante del anacreontismo en España. A este momento, el mejor de su producción, corresponden La flor del Zurguen, Rosana en los fuegos, El lunarcito, La Paloma de Filis...
La Epístola de Jovino a sus amigos de Salamanca dio lugar a que Meléndez Valdés abandonase los temas amorosos y el tono ligero de la anacreóntica, para poner su inspiración al servicio de la "moral filosofía", en una serie de Epístolas. La expresión del placer sensorial deja paso a más graves preocupaciones y los versos sirven ahora para exponer las ideas filantrópicas de la Ilustración. Hay como un brusco cambio de escenarios: desaparecen los alegres zagales y pastoras y en su lugar surge el filósofo humanitario y sensible, atento sólo a procurar el bien y a llorar el infortunio de los desvalidos. El progreso de la agricultura, la protección debida a las ciencias o la necesidad de proporcionar trabajo para evitar la mendicidad figurarán desde este momento entre los temas favoritos. Con el cambio de asuntos, la poesía adquiere un nuevo espíritu impregnado de sentimentalismo, adoptando al mismo tiempo un tono dulzón y lacrimoso que anuncia el desbordamiento romántico.
El estilo, al convertirse en vehículo de agitados sentimientos, se hace declamatorio y grandilocuente. Hasta los versos son más largos, como para dar mayor solemnidad a la expresión. Ejemplos de esta nueva manera sentimental son diversas Epístolas sobre La Beneficencia, la Calumnia y la Mendiguez.
Paralelamente a la transformación indicada, la visión de la Naturaleza evoluciona también. Del artificioso y limitado paisaje de fondo de la Oda anacreontica, en el que todo invita al goce del placer sensorial, se pasa a un tipo de poema realista y descriptivo -por ejemplo, los romances titulados La Tarde, La Lluvia-, donde la Naturaleza adquiere un papel primordial, ofreciéndose en "todos" sus aspectos, y por fin, a una visión sentimental y melancólica del campo, en la que éste se toma como pretexto para graves meditaciones sobre la vida y el dolor humano. Así lo vemos en la Oda titulada El invierno es el tiempo de la meditación.
No toda la producción de tipo filosófico-moral deriva de las ideas difundidas en su tiempo por el movimiento cultural de la Ilustración. Varias de sus Odas entroncan claramente con la tradición salmantina del siglo XVI y reflejan una cierta influencia de Fray Luis de León. Así, la dedicada A la verdadera paz o Al Ser incomprensible de Dios.
Valor estético de su poesía. La rehabilitación del romance
Si Meléndez Valdés merece el título de primer poeta del siglo XVIII, es gracias a sus composiciones anacreónticas, ya que los poemas de carácter filosófico-sentimental, ofrecen un estilo falsamente retórico y un fondo repleto de seudo-filosofía que ahoga toda intención lírica.
En cambio, las poesías de la fase neoclásica, aun dentro de la limitación impuesta por el tópico a que responden, se hallan dotadas de una vivacidad de ritmo y de una gracia alada que difícilmente se encuentran en el resto de la producción de la época, y aunque faltas de nervio y de originalidad, merecen la atención del lector por su fluidez de versificación y por el color y animación de su estilo.
Meléndez Valdés interesa también como rehabilitador de un género que en el siglo XVIII había degenerado al ser utilizado solamente para bajos usos: el romance. Tras emplearlo en temas pastoriles, siguiendo la tradición de Góngora -”Rosana en los fuegos”, lo aplicó al poema descriptivo de la Naturaleza -”La tarde”, “La lluvia” -creando por fin un tipo de romance legendario “Doña Elvira” -que puede considerarse como el punto de partida de los de la época romántica.
De todos modos, cabe recordar como la variada producción de Meléndez Valdés ha contribuido a la polémica en torno a las diversas tendencias poéticas de esta época. Calificativos como rococó, ilustrado, prerromántico, romántico o neoclásico se ha utilizado para etiquetas los poemas de este gran poeta dieciochesco.
En la última década de siglo XVIII, se manifiestan poetas pertenecientes a lo que Aguilar Piñal llama Neoclasicismo sentimental. Autores como Jovellanos o Meléndez Valdés participaban en ocasiones de esta tendencia, que se define por sus ambientes lúgubres y sombríos, sus temas sentimentales o filantrópicos, su angustia ante la existencia, y su sintaxis peculiar: repeticiones, exclamaciones e interrogaciones retóricas, frases entrecortadas y, en general, por su efectismo.
El primer representante de esta “generación” o etapa es el madrileño Nicasio Álvarez Cienfuegos (1764-1809), periodista, discípulo de Meléndez Valdés y liberal, abiertamente opuesto al gobierno en España de José Bonaparte. Por eso murió enfermo de tuberculosis en el exilio. Su poesía comienza con las composiciones habituales de la lírica rococó, acaso influido por Meléndez Valdés. Enseguida aparece la nostalgia como tema y las ideas sentimentales. En la última década del siglo, trató los temas del recogimiento en la naturaleza, del pacifismo, de la amistad y del amor universal, en poemas como Mi paseo solitario de primavera, que trata el desengaño. Su poema En alabanza de un carpintero llamado Alfonso se considera, quizá exageradamente, un precedente del socialismo español, y su Escuela del sepulcro presenta el desengaño y el nihilismo que desembocará en el Romanticismo pleno de un Espronceda. Sus contemporáneos criticaron su gusto por las palabras exóticas: galicismos y adjetivos extraños: hondi-tronante, hojoso, retumbante...
También fue poeta Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), nacido en Madrid y muerto en París, tras colaborar con el gobierno de José Bonaparte. Fue amigo de Jovellanos, a quien dedica algunos de sus mejores poemas. Admiró la Poética de Luzán. Leyó a Horacio y reflejó la mitología grecolatina, como signo de clasicismo. Destacan sus sonetos y, entre ellos, los de tema histórico. Cultivó la sátira en la mejor tradición ilustrada y dejó una especie de testamento poético en su Elegía a las Musas.
El madrileño Manuel José Quintana (1772-1857), liberal antinapoleónico, sufrió la represión de Fernando VII. A la muerte de este rey, recibió los honores esperados y fue preceptor de la futura Isabel II. Su poesía oscila entre las categorías que, según Joaquín Arce, serían la Ilustración, el Prerromanticismo y el Neoclasicismo. Trató los temas patrióticos, sin olvidar otros motivos ilustrados: la historia de España, la invención de la imprenta, la propagación de la vacuna, etc. Además estudió y editó a los poetas clásicos españoles.
Por último queda destacar a dos miembros de la escuela sevillana:
José María Blanco-White (1775-1841) cultivó una poesía espiritual, fruto de una crisis que le lleva al destierro en Inglaterra, donde murió. Destaca Una tormenta nocturna en alta mar, de tonos románticos, o el soneto La revelación interna, de tema teológico.
El sacerdote sevillano Alberto Lista (1775-1848) fue maestro de una generación romántica que desembocará en Gustavo Adolfo Bécquer. Su formación -y la que impartió a sus discípulos- fue neoclásica. De sus poemas, destacan los religiosos

LA PROSA EN EL SIGLO XVIII
El año 1700 marcó un profundo cambio en la cultura española, subrayado por una guerra y por la llegada de una nueva dinastía real, hasta el punto de que la historia de España puede dividirse en dos etapas, partidas por esta fecha. El final del siglo XVIII desemboca en una guerra antifrancesa, pero también civil, ya que su consecuencia fue la división de España en dos bandos que se enfrentarán constantemente hasta la Guerra de 1936 y hasta nuestros días.
Desde 1700, las diferencias en la vida cultural española se harán sentir paulatinamente: la más profunda fue la ruptura con una tradición continuadora de la cultura grecolatina. El estudio del mundo clásico choca con la recomendación, típicamente ilustrada, de practicar lenguas vivas, como el inglés y el francés, y de no prolongar el interés por una Antigüedad que se considera agonizante. Esto implica el rechazo de las Autoridades clásicas para instaurar, en su lugar, el reino de la Razón y de la Experimentación, cuyos excesos criticarán los autores del siglo XIX. El abandono de la religión católica dará paso a movimientos nihilistas y existenciales.
La literatura refleja los cambios sociales: pierde su espíritu aristocrático para asumir formas populares. Se critica la monarquía, que no se verá ya como un orden impuesto por Dios. Nuevos lectores se incorporan al mundo del libro: mujeres, obreros y niños serán consumidores habituales de este producto, que intenta mejorar la educación de la población española.

PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII
A) PROSA NARRATIVA-PROSA DE FICCIÓN

Durante los primeros años del reinado de Felipe V (1700-1746) encontramos una novelísica continuadora de los dos siglos anteriores: la Historia de Lisseno y Fenissa (1701) de Párraga Martel o la Nueva Cariclea de Fernando Manuel de Castillejo continúan el modelo bizantino.
La Virtud al uso y Mística a la moda (1729) de Fulgencio Afán de Ribera o Morir viviendo en la aldea y vivir muriendo en la Corte (1737) reflejan el costumbrismo de estos años. Las reediciones de novelas del siglo anterior confirman esta tendencia conservadora.
La producción de la primera mitad del siglo XVIII deriva de las tendencias barrocas, y las principales figuras de la época son tan sólo un pálido reflejo de los grandes escritores del siglo anterior. El arte literario cae en una postración tan absoluta que hoy podemos justificar en parte la actitud de quienes trataron de infundirle una nueva vida, incorporándolo a las tendencias neoclásicas.
El género narrativo en prosa apenas fue cultivado en el siglo XVIII. La novela picaresca acaba por desaparecer, y su última derivación importante, la "Vida", de Torres y Villarroel, es una simple autobiografía tejida a base de recuerdos y totalmente ajena al espíritu que da coherencia y sentido a obras como el Guzmán de Alfarache o el Buscón. La otra gran obra de la primera mitad del XVIII el Fray Gerundio del Padre Isla, aunque considerada como novela pedagógica, en realidad no pasa de ser una sátira en prosa de carácter episódico, al menos en opinión de Montesinos y Guillermo Carnero.
DIEGO DE TORRES y VILLARROEL es una de las figuras más notables de la época anterior a la introducción del neoclasicismo. Su vida ajetreada tiene todo el sabor de una novela picaresca. Nació en Salamanca (1694-1770) y fue en su juventud estudiante holgazán, ermitaño, curandero, profesor de danza, soldado y torero, sucesivamente. Dedicóse después a la astrología y a confeccionar "pronósticos" que alcanzaron gran éxito por sus sorprendentes aciertos, y tras algunos estudios de Medicina, ganó, en alborotada oposición, la cátedra de matemáticas de Salamanca, desierta desde hacía treinta años. Más tarde sufrió una temporada de destierro y a los cincuenta años se ordenó sacerdote.
El relato de tales andanzas constituye el fondo de su obra capital: Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor D. Diego de Torres y Villarroel (1743-59). En los seis "trozos" de que consta, nos expone con desenfadado estilo los episodios más divertidos de su agitada y pintoresca existencia.
El estilo de Torres sufrió la influencia decisiva del arte de Quevedo. La sátira caricaturesca que caracteriza al autor del Buscón, cuadraba tanto a la pintoresca personalidad de Torres que la adoptó como modelo. No obstante, su buen humor dista considerablemente del amargo pesimismo quevedesco. Es cierto también que la obra de Torres y Villatroel supone un notable descenso en intensidad expresiva y en contenido ideológico respecto del gran escritor barroco, pero su gracioso desenfado y su sinceridad le convierten en el prosista más simpático de la época.
Como documento histórico, la "Vida" de Torres tiene un valor inapreciable, al presentarnos un vivísimo cuadro de la decadencia española en la primera mitad del siglo XVIII, a la que alude constantemente con tono entre dolido y burlón.
Esta mezcla de criticismo y resto de superstición hacen de él una de las figuras más representativas de su tiempo. Tan pronto confeccionador de oráculos, como catedrático de matemáticas, su vida es típica de aquel período de transición en el que luchaban encarnizadamente la rutina tradicional con las nuevas tendencias de la Ilustración.
No obstante, la ignorancia del ambiente que le rodeaba era tan profunda que llevó a hacer mella en sus creencias. Nos ha dejado también una extensa serie de obras en prosa, entre las que destacan los Sueños morales (1727-1751) donde el autor, acompañado por Quevedo, recorre el Madrid de la época, ofreciéndonos una visión satírica de sus tipos y costumbres. En El ermitaño y Torres (1752) se exponen curiosos juicios críticos sobre las principales figuras literarias del siglo anterior.
EL PADRE JOSÉ FRANCISCO DE ISLA (Vidanes, 1703 - Bolonia, 1781). Jesuita, murió en Italia después de la expulsión de los miembros de la Compañía.
Su obra capital, Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758), es una narración novelesca, cuya escasa acción sirve de pretexto a una divertida sátira contra la oratoria de la época, llena aún de degenerados usos culteranos. Fray Gerundio, hijo de unos rústicos de campos, ingresa en cierta orden religiosa y bajo la dirección del ridículo Fray BIas, pronuncia una serie de sermones llenos de farragosa erudición, de latinismos inoportunos y de grotescos efectismos. Fray Prudencio se encarga de criticar tales extravagancias.
Perjudica a la novela su extraordinaria extensión, así como el exceso de reflexiones teóricas sobre la oratoria sagrada. No obstante, las pintorescas descripciones del ambiente campesino en que se mueven los personajes y las caricaturas de los sermones de la época están hechos con una ironía socarrona que sabe producir momentos de gran comicidad.
El P. Isla publicó también una traducción de Gil BIas de Santillana (1787), de Lesage, creyendo que éste lo había robado a un autor español. La versión de esta novela picaresca, inspirada sobre todo en Espinel, fue hecha con notable soltura y obtuvo en el siglo XVIII un éxito de lectura mucho mayor que el de los relatos de pícaros de la centuria anterior. Un ejemplo más del afrancesamiento de la época, del que no escapó el propio Isla, a pesar de sus ironías contra la moda galicista
B) PROSA DIDÁCTICA, LA ERUDICIÓN Y EL ENSAYO
Un cambio relevante del nuevo siglo será la constitución de la Real Academia Española destinada a velar por la pureza de la lengua. Reunirá generaciones de eruditos, autores del Diccionario de Autoridades (1726-39), cuya segunda edición (1770) precede al Diccionario usual (1780). Una Ortografía (1741) y una Gramática (1771), además de una edición del Quijote (1780), serán sus principales publicaciones.
Una generación de escritores, los novatores, se interesa por las novedades científicas atomistas, frente al escolasticismo aristotélico; por el empirismo, frente a las Autoridades grecolatinas, y por las lenguas modernas, frente a las clásicas.
Precedentes suyos serían Juan Caramuel e Isaac Cardoso, junto al médico valenciano Juan de Cabriada, autor de una Carta Filosófico-Médico-Química (1687). Fue maestro del mallorquín Vicente Mut o de José de Zaragozá y Antonio Hugo de Omerique, estimado por Newton.          
Diego Mateo Zapata
(1664-1745), murciano afincado en Sevilla, destacó por su Verdadera Apología en defensa de la Medicina Racional, filosófica (1690) y por su obra póstuma Ocaso de las formas aristotélicas (1745), traducida a varias lenguas y prohibida por la Inquisición.
Una posición moderada entre novatores y escolásticos será la de Luis de Losada (1681-1748), autor de un Cursus Philosophicus (1724-35), frente a la más antiaristotélica de Alejandro Avendaño y sus Diálogos filosóficos en defensa del atomismo (1716).
Muchos novatores profesan la medicina, como Martín Martínez (1684-1734) en su Anatomía completa del hombre (1728) o el aragonés Andrés Piquer (1711-1772), autor de una Lógica Moderna (1747). Se consideran atomistas, como el valenciano Tomás Vicente Tosca (1651-1723), que escribió un Compendio matemático (1707-15), o el poeta Gabriel Álvarez de Toledo (1662-1714).
Entre los científicos-experimentales destaca Mateo Aymerich (1715-1799), autor de Prolusiones Philosophicae (1756). 
Otros novatores fueron Jerónimo de Uztáriz (1670-1732) y su Teoría y práctica de comercio y de marina (1724), Jorge Juan (1713-1773) y Antonio de Ulloa, estudiosos del cálculo infinitesimal.
El ensayo es un género característico del siglo XVIII. Encuentra su mejores representantes  durante la primera mitad del siglo en Feijoo, Mayans y Luzán. Dado que ya hemos comentado estas tres fuguras en la Introducción de este tema, pasamos al apartado siguiente; no sin antes reseñar dos elementos:
Asociado a Feijoo, encontramos al leonés, también benedictino, Martín Sarmiento (1695-1771), que sólo publicó en vida una Demostración crítico-apologética del Teatro Crítico Universal del Padre Feijoo (1732). Entre los diecinueve volúmenes de manuscritos, inéditos a su muerte, se hallan las Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles (1775) con apuntes de literatura medieval española, erudición y otras materias que han honrado a Sarmiento como testigo de su siglo.
La reflexión sobre el teatro nacional, iniciada por Montiano y Luyando (1697-1764), terminaría como polémica entre Clavijo y Fajardo (1730-1806), Cristóbal Romea y Tapia, Francisco. Mariano Nipho y Nicolás Fernández Moratín, entre otros.
La actividad erudita de esta época prefigura las Humanidades actuales.  A ellas contribuyen publicaciones periódicas, como El Pensador (1762-67), dirigido por Clavijo y Fajardo, que difundieron, entre las ideas ilustradas, piezas literarias de interés.
LA PROSA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII
A) LA NOVELA
Como señala Guillermo Carnero[1]  la novela dieciochesca es uno de los temas desatendidos y olvidados por la historiografía literaria. Viene ya siendo un tópico al uso que el género se agotó hasta prácticamente desaparecer hasta que en 1849 se publica La gaviota de Cecilia Bohl de Faber. Montesinos[2] señala siete causas para este vacío novelesco:
> Hipertrofia del doctrinarismo moral.
> La rémora del Barroco.
> Evasión de la realidad, producto del atraso social y económico.
> Desprecio de la novela en la preceptiva neoclásica.
> Escasas, tardías y deficientes traducciones de las novelas europeas.
> Amenaza de la censura y la Inquisición.
> Falta de modelos adecuados: el Quijote, a pesar de las reediciones, estuvo considerado como sátira en prosa.
Si por novela se entiende el relato, extenso y en prosa, de una historia ficticia, con argumento orgánico y personajes evolutivos en conducta y psicología, puede decirse que hay poquísimas novelas en la segunda mitad del siglo XVIII. Hasta tal punto que la crítica habla de “material novelesco” más que de novela, en que se podrían distinguir los siguientes elementos: redacción en prosa, pero admite el verso; ficcionalidad; los personajes pueden pertenecer a cualquier grupo social; hibridismo temático, pues mezcla lo heroico, la filosofía, lo satírico, lo histórico y lo sentimental; incumplimiento de las unidades neoclásicas y el carácter misceláneo que admite viajes, epístolas, inclusión de anécdotas secundarias y digresiones extensas, etc.).
Dejando al margen obras de ficción en prosa de la primera mitad del siglo, cuyo carácter novelesco es discutible –desde la Vida de Villarroel hasta el Gerundio de Isla, pasando por verdaderas mediocridades como Virtud al uso y mística a la moda de Fulgencio Afán de Ribera (1729) y Morir viviendo en la aldea y vivir muriendo en la corte de Antonio Muñoz (1737)–, en la segunda mitad del XVIII se publicaron con notorio éxito numerosas misceláneas y colecciones varias que mezclan las epístolas, los libros de viajes, narraciones fantásticas, cuadros de costumbres... Las más conocidas entre las colecciones fueron Voz de la naturaleza (1787-1792) de Ignacio García Malo y el Decamerón español (1805) de Vicente Rodríguez Arellano. Entre las misceláneas sobresalen Las noches de invierno (1796-1797) de Pedro María Olive.
Continuando con el resumen de los planteamientos de Guillermo Carnero, la novela que realmente merece el apelativo comienza, en el siglo XVIII, con el Eusebio (1786-1788) de Pedro Montengón: una novela pedagógica situada en ambientes reales y época contemporánea, cuyo protagonista presenta la peculiaridad de que ya no pertenece a estirpe principesca alguna. De aquí se desprende la “enseñanza” de que lo que realmente contribuye a la formación de un individuo es su propia experiencia en el mundo y su propio temple moral, lo que resume en suma el gran legado cultural que el siglo XVIII transmite a la modernidad.
La novela posterior a Eusebio presenta diversos autore:
    Vicente Martínez Colomer (1762-1820), nacido en Alicante, publica su Nueva colección de Novelas ejemplares (1790) y otras obras, recogidas en Novelas morales (1804).
    En su novela gótica y prerromántica, El Valdemaro (1792), de ambiente medieval, mezcla aventuras, naufragios, historias de terror y amor, con notas didácticas: el hijo del rey danés, Valdemaro, expulsado de su reino, cuenta su historia a u