La Celestina

1. INTRODUCCIÓN.
2.
CONTROVERSIAS DE LA CRÍTICA EN TORNO A “LA CELESTINA”
3. ARGUMENTO Y ESTRUCTURA
4. ANÁLISIS INTERNO DE LA
CELESTINA
Bibliografía
1. INTRODUCCIÓN.
Todas las corrientes literarias venidas del complejo paradigma de la cultura
medieval, así como las nuevas tendencias que en el mundo de la vida y del arte
había desatado o estimulado el Renacimiento, convergen hacia finales del s. XV
en una felicísima fusión para dar origen al prodigio de “La Celestina”,
la obra capital de finales del s. XV y comienzos del XVI: una de las más
sobresalientes de toda nuestra literatura y aún de la universal. Menéndez
Pelayo afirmaba que, de no existir El Quijote, La Celestina ocuparía
el primer lugar entre los libros de imaginación compuestos en España. El
personaje que da nombre a la obra figura al lado de las grandes creaciones
humanas de todos los tiempos y países, y junto con Don Quijote y Don Juan
compone la gigante trilogía de las incorporadas por España a la galería de
tipos universales.
2.
CONTROVERSIAS DE LA CRÍTICA EN TORNO A “LA CELESTINA”.
La Celestina es, sin duda, la obra española que mayores controversias
han levantado en su interpretación, junto con el Libro de Buen Amor.
Intentando que no acaparen la totalidad del tema nos centraremos en el problema
que representan las ediciones, el género literario en el que se incluye, el
autor o autores y la intencionalidad con que fue escrita.
El problema textual. Las ediciones.
| Como dijo el profesor Francisco Lobera Serrano en el Congreso
Internacional “La Celestina” V Centenario (1999): “No existe un texto de La Celestina. Y sin embargo existe La Celestina. Por ahora existen unos noventa textos antiguos de La Celestina, y otras ediciones modernas que se basan sobre una edición antigua (generalmente la de Valencia 1514) considerada “buena” en nuestro siglo por una tradición editorial poco crítica”. En este mismo Congreso, la profesora Patrizia Botta, resume con precisión este problema textual: No existe un original del autor, ni un impreso por él revisado, sino una serie de copias, muchas de ellas con corrupciones textuales. Más de noventa ediciones antiguas, todas ellas distintas entre sí. Altísimo número de variantes de diversa naturaleza (ortográfica, léxica, de impresión...). Elevado número de pasajes problemáticos, que, en el caso de que no presenten variantes, apuntan a un error común de toda la tradición que viene del arquetipo perdido o desconocido actualmente. Múltiples redacciones de la obra a cargo del autor o autores, copistas, impresores, correctores que se van sucediendo en varias etapas y según las ediciones que se sucedieron desde 1499 hasta 1540. En efecto, uno de los primeros problemas que plantea el estudio de La Celestina se centra en la cantidad y variedad de las ediciones conservadas de la obra. No podemos olvidar que la historia textual de La Celestina se caracteriza por un constante proceso de ampliación y que antes de que se entregase a los editores ya había corrido de forma manuscrita, según palabras de Fernando de Rojas y como prueba el redescubrimiento en 1990, por parte de Faulhaber, del llamado Manuscrito de Palacio, llamado así porque yacía olvidado, aunque estuviera catalogado, en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid. |
En general, y tratando de resumir este problema filológico del texto de La
Celestina, puede decirse que existen «dos Celestinas», la de la Comedia,
y la de la Tragicomedia:
La Comedia. La que se considera primera edición, hoy existente,
fue impresa en Burgos en 1499. Se trata de un ejemplar único, carente de
título, aunque todo apunta a que llevara el de Comedia de Calisto y
Melibea, ya que está falto de la primera hoja, donde es posible que,
además, se encontrara el “incipit” y el argumento general, y tampoco
tiene los versos finales que aparecerán en todas las ediciones posteriores. El
texto, pues, comienza directamente con el argumento del acto I y contiene sólo
16 actos. El éxito hubo de ser grande, porque ya en 1500 encontramos una
segunda (tal vez tercera) edición en Toledo que añade una “Carta
del autor a un su amigo”, once octavas acrósticas y, al
final, otras seis octavas de Alonso de Proaza, que había actuado como
corrector de imprenta, en las que explica que en los versos acrósticos se
desvela el nombre del autor. En 1501 se publica en Sevilla otra
nueva edición. Estas ediciones, que añaden el título de Comedia de Calisto
y Melibea, denominación genérica que se supone tuvo también la edición
“princeps” de 1499, poseen dieciséis actos y se conservan en ejemplares únicos.
Es posible que hubiera más ediciones hoy perdidas.
La Tragicomedia. Después 1502 aparecen cuatro ediciones sevillanas,
una toledana y otra salmantina, de veintiún actos. Los nuevos
cinco actos –conocidos como Tratado de Centurio– se añadieron entre
el XIV y el XVI de la Comedia, y se deben, según se confiesa en el Prólogo,
a la petición de algunos lectores de que se alargase el deleite de los amantes.
Aparte de estas dos innovaciones, se hacen varias adiciones extensas y algunas
breves supresiones. Por otra parte, aunque, según sus colofones rimados, estas
seis ediciones pretenden ser de 1502, hay bastantes indicios de que, en
realidad, sean posteriores.
Estos añadidos parecen obra de Fernando de Rojas, pero el primer ejemplar de la
Tragicomedia resulta una traducción italiana de 1506.
En castellano se lee en Zaragoza, 1507, texto que hoy se ha
reconstruido de forma completa. También se creía que la versión más próxima
al original era la de Valencia, 1514, que se ha editado más
frecuentemente, aunque recientemente debido a los reparos de la estudiosa Patrizia
Botta y de Francisco Lobero, se valora más la versión zaragozana de
1507
En Toledo, 1526 aparece, entre los actos XVIII y XIX, el Auto de
Traso, ajeno a Fernando de Rojas. Y a partir de aquí entramos en
una maraña de traducciones, adaptaciones, continuaciones, versificaciones,
latinizaciones, comentarios, prohibiciones... La obra formaba parte de la literatura
universal.
Es decir, La Celestina hubo de ser un verdadero tesoro, pues entre 1499 y
1634 se han calculado hasta 109 ediciones españolas, además de las 24 en francés,
19 en italiano, dos en alemán, una en latín clásico y hasta una en hebreo.
Como se ve, su éxito es muy superior al que obtuvo El Quijote en el s.
XVII. Desde muy temprano parece también que los lectores rechazaron el título
y lo reemplazaron por el más popular de La Celestina, como se comprueba
en el hecho de que Juan Luis Vives en 1523 y Juan de Valdés en 1535 citaran la
obra con este título.
Por
todo esto, para la crítica actual, la edición de La Celestina presenta la casi
imposibilidad de ofrecer el “verdadero” texto de este clásico universal, a
pesar de los méritos de la edición de Fernando Cantalapiedra de la (Tragi-)Comedia
de Calisto y Melibea V centenario: 1499-1999.
Ediciones Críticas, 2000, que, además, en su tomo III, incluye la Floresta
Celestinesca, el conjunto de obras que la crítica ha bautizado como literatura
celestinesca.
El género literario.
El segundo problema que ha levantado grandes disputas entre la crítica es el
referido al género literario en que se puede incluir la obra, sobre todo,
porque el título (Tragicomedia), la forma dialogada y la división en actos
implican una función dramática que la obra no parece tener a primera vista.
Para ser novela, sin embargo, presenta el inconveniente de la forma dialogada.
No cabe duda, no obstante, que para sus autores y primeros lectores la obra
pertenecía al género dramático, aunque no fuera representable en el
escenario.
En el s. XVI el género de La Celestina no suscitó ninguna duda y fue
considerada unánimemente una obra dramática. La única causa de discusión en
aquel tiempo fue su denominación de “comedia” en las primeras impresiones,
lo cual era inadmisible en pleno Renacimiento, porque se recordaba que la
comedia clásica tenía un final feliz. Tampoco podía llamarse tragedia porque La
Celestina tenía personajes de baja condición social. Por ello, Rojas,
saliendo al paso de todas estas objeciones tituló su obra con el nombre de
“tragicomedia”, valiéndose de un término empleado por Plauto para
definir su Anfitrión.
En el s. XVIII como no encajaba en las preceptivas clasicistas, especialmente
por su extensión, que la hacía irrepresentable, dejó de considerarse teatro
para ser definida con términos tan ambiguos como “novela dramática” o
“novela dialogada”.
Menéndez Pelayo reacciona contra estas ambiguas definiciones afirmando
rotundamente que “si es drama no es novela, y si es novela no es drama”.
Considera que, aunque fue concebida para ser leída y no representada, todos sus
medios, situaciones y caracteres son dramáticos. Sin embargo, M. Pelayo sin
ningún pudor la incluye en sus Orígenes de la novela porque tanto
influye en el teatro como en el drama y no cabe desdeñar el influjo que tuvo en
la creación de la novela el realismo psicológico y ambiental de “La
Celestina”.
Mª Rosa Lida de Malkiel critica duramente el término “novela
dialogada”: “este híbrido concepto, que sólo pudo emanar de la incapacidad
de la crítica dieciochesca para clasificar formas ajenas a la preceptiva
tradicional” y tomó decididamente partido a favor de su consideración como
teatro: su larga extensión no podía considerarse obstáculo para su
clasificación como obra dramática. Lo que sucede es que esto no significa que
el autor o los primeros destinatarios hubieran pensado en la escenificación.
Rojas no escribió su obra pensando en la representación, “por la sencilla
razón de que no había entonces teatros en Europa” (Lida), pero la vida de su
creación no se reduce al libro. Su plenitud como obra sólo se daría en la
lectura dramatizada. La Celestina fue escrita para ser leída en voz
alta, como leídas eran las tragedias de Séneca o las comedias humanísticas
en Italia.
Es decir, la teoría más difundida, sin embargo, expuesta por primera vez por Mª
Rosa Lida en 1962, aunque curiosamente sugerida por Menéndez Pelayo, es la
que interpreta a La Celestina como una “comedia humanística”
con la que comparte los siguientes rasgos:
El
uso de la prosa
La división en actos
El argumento de un amor ilícito con intervención de una medianera.
El desarrollo pormenorizado de la trama y el enfoque detenido de escenas y
personajes.
Recursos técnicos como la acotación implícita, el monólogo de personajes de
baja condición, el uso inverosímil del aparte y la concepción fluida del
tiempo y del espacio.
Sin embargo, también destacan las peculiaridades con respecto a la comedia
humanística:
El
uso de la lengua vulgar en vez del latín.
La incorporación de elementos pertenecientes a la realidad social contemporánea
y de la tradición literaria castellana.
La violencia pasional que provoca el trágico desenlace; opuesto al final feliz
de la comedia humanística. De ahí el nombre de tragicomedia.
En efecto, La Celestina tiene sus raíces en la “comoedia”
latina de Terencio. Las comedias terencianas servían con frecuencia de texto
escolar en la Edad Media y el Renacimiento, y el propio Rojas, en los versos acrósticos,
nos invita a notar la conexión de su obra con dicha comedia. Muchos elementos
temáticos y formales, por otra parte, comprueban esta relación: por ejemplo,
los personajes tienden a aparecer en parejas (Calisto y Melibea, Sempronio y Pármeno,
Tristán y Sosia, Elicia y Areusa...), como en Terencio, y también como en el
autor latino sus nombres personifican un rasgo esencial de su carácter (Calisto
= hermosísimo; Melibea = dulce como la miel; Celestina = malvada “scelestus”;
Pleberio = plebeyo...)
En suma, La Celestina parte de una fórmula dramática que arranca de la
“comedia romana”, se prolonga en las “comedias elegíacas” medievales y
concluye en la “comedia humanística”.
A pesar de todo, cuando comienza el desarrollo de la novela moderna, la crítica
quiso ver en La Celestina una obra narrativa, más por la dificultad de
interpretarla como texto dramático que por los rasgos puramente narrativos que
pudieran hallarse. Hoy son abundantes los críticos que, como Alan Deyermond
y D. Severin, piensan que, si bien en su origen es una tentativa de
adaptar el género italiano en España, en su desarrollo tal idea queda
desbordada, para acercarse más a los géneros novelísticos (“primera novela
española”, la llama Deyermond). Y es que, en realidad, ningún género
literario se adecua por sí sólo a las características de la obra.
Stephen Gilman, por otra parte, llegó a la conclusión de que la obra de
Rojas era “agenérica”, es decir, algo distinto y anterior a que la comedia
y la novela cristalizaran como géneros literarios. Un cierto hibridismo genérico
sí parece observarse. Determinadas características narrativas, como la
notificación directa y minuciosa de la realidad, así como el tratamiento del
tiempo literario, más bien narrativo que dramático, se mezclan con la forma
dialogada de la acción.
Sin embargo, muchos estudios actuales –algunos los procedentes de las
universidades italianas y como prueban los estudios de diversos autores
publicados en el volumen De la comedia humanística al teatro representable
(ed. J. L. Canet Vallés, UNED, Univ. de Sevilla, Univ. de Valencia,
1993)–, revalorizan las afirmaciones de Lida de Malkiel, sobre todo si se
tienen en cuenta varios factores que conectan a Italia y a España:
A
finales del s. XV y en las primeras décadas del XVI, el movimiento humanista y
renacentista redefine el canon establecido durante la Edad Media para los géneros
literarios; lo que dará lugar al nacimiento de la literatura moderna.
Muchas veces estas redefiniciones no son homogéneas ni se organizan de forma
sistemática o unitaria.
Si observamos el conjunto de textos con supuesta función dramática, sabemos
que en los primeros años del s. XVI los textos escritos en forma dialogada eran
destinados, por esta tradición humanista, para ser ejemplares de teatro leído.
También se puede observar que todo texto que presenta una estructura dialógica
es llamado comedia. Y bajo este mismo título de comedia
vemos representados diálogos, églogas, tragicomedias, novelas...
Ya con La Celestina se plantea en el ámbito de las letras españolas de
la época la cuestión en torno a la definición de los términos comedia,
tragedia y tragicomedia. Esta inquietud no fue sólo patrimonio de
Fernando de Rojas y de sus editores; los mismos hombres de cultura de la época
se encontraron frente a la necesidad de teorizar y definir lo que veían
producirse ante sus ojos. En el siglo XV, aunque todavía anclados a los
esquemas de los comentaristas latinos, el mismo Juan de Mena, en el segundo preámbulo
de la Coronación, y el Marqués de Santillana en la dedicatoria a la Comedieta
de Ponza se preocupan de hablarnos de la comedia. Años más tarde, y en la
época que nos ocupa, encontraremos al primer dramaturgo que se ocupará de
teorizar sobre la misma. Se trata de Bartolomé de Torres Naharro que escribe el
Prohemio de Propalladia.
Y si hacemos un repaso rápido de los textos en lengua castellana de las
primeras décadas del s. XVI, reparamos en la existencia también de églogas,
diálogos, autos, comedias y que los límites de demarcación,
de diferencias y similitudes entre ellos mismos son difíciles de determinar.
Por ejemplo, todas aquellas obras de 'derivación' celestinesca que en algunos
casos las encontramos bajo el título de comedia, pero también de auto, diálogo
o novela. Uno de los casos más conocidos es, quizás, el de la obra La
Lozana andaluza, sobre la cual todavía la crítica discute en qué 'ámbito'
literario colocarla. Utilizamos la palabra ámbito porque queremos evitar los términos
género, tendencia u otros. Estudiosos que se han dedicado a profundizar el análisis
de este texto individualizan, por una parte, no sólo parecidos con la
estructura celestinesca sino también elementos propios del género picaresco y,
por la otra, encuentran parentescos con las anónimas comedias Thebayda y
Serafina y no dudan en enmarcarla dentro de un contexto en directa relación
con el teatro, poniendo de relieve el diálogo dramático con el cual está
compuesta.
Todo esto nos indicaría, en términos normativos y convencionales, una cierta
fragilidad, pero revela, en términos más serios, la complejidad real del
problema en cuestión y nos muestra la imposibilidad de enfocar el mismo a
partir de presupuestos excluyentes.
El autor o autores
Más controvertido, por el número de estudiosos que a ello se han dedicado,
parece ser el problema del autor, en torno al cual se han levantado serias y
arduas discusiones.
Como se sabe, la edición de 1499 apareció sin título y sin autor; las de 1500
y 1501, sin embargo, añadían unas octavas acrósticas y la “Carta
del autor a un su amigo”, a través de las cuales descubrimos a Fernando
de Rojas y conocemos su declaración de que él se había encontrado escrito
el primer acto y decidió continuar la obra a partir de él.
En el s.XIX, sin embargo, se llega a dudar de la existencia de Rojas, hasta que Serrano
y Sanz (1902) y Del Valle Lersundi (1929) demuestran con documentos
su existencia y su autoría. Pero las palabras de Fernando de Rojas en las que
declaraba que él había sido sólo el continuador de una obra ya comenzada no
fueron aceptadas por toda la crítica. Menéndez y Pelayo, siguiendo las
dudas expuestas por Leandro Fernández de Moratín y Blanco White
que se inclinaban por un solo autor dada la unidad de estilo, defendió
abiertamente la existencia de un solo autor y justificó la “mentira” de
Rojas por su condición de judío converso y su miedo a la Inquisición.
No vamos a entrar aquí en la polémica que ha enzarzado a tantos estudiosos ni
a exponer todo lo dicho sobre la existencia de un autor único o dos autores.
Los que defienden un solo autor se basan en la supuesta improbabilidad de que
una obra tan singular pudiera ser creación de manos distintas, pero el
lenguaje, las fuentes, los refranes... demuestran sin lugar a dudas la
existencia de los dos autores. Entre la lista de los partidarios de dos autores
baste citar los nombres de Marcel Bataillon, Manuel Criado de Val,
Martín de Riquer, A. D. Deyermond, González Ollé, Menéndez
Pidal, entre otros.
Además, la teoría del doble autor conoce otra variante, la de
estudiosos como Foulché-Delbosc, Julio Cejador y Frauca y G. Delpy,
quienes atribuyen a uno de ellos, Rojas, toda la Comedia y a otro
–Proaza para Cejador– las interpolaciones; debido a que, según ellos, las
interpolaciones eran muy inferiores por sus repeticiones, refranes, alardes de
erudición, cambios en los personajes y florituras del lenguaje, elementos de
estilo indignos del autor de la Comedia.
Respecto a quién fue ese autor primero. Fernando de Rojas ofrece en los versos
acrósticos citados y en la “Carta” los nombres de Rodrigo de Cota o de
Juan de Mena. La atribución al autor del Laberinto de la Fortuna no
parece hoy tan disparatada como hace unos años, tras descubrirse algunos
escritos suyos libres de la prosa latinizante de su obra anterior, pero no
parece probable, porque la fama de Juan de Mena en Salamanca no le hubiera
permitido permanecer en el anonimato mucho tiempo.
La candidatura de Rodrigo de Cota parece más plausible, e incluso su Diálogo
entre el Amor y un Viejo tiene ciertas conexiones con La Celestina,
aunque el tema amoroso se trate en ambas obras de forma muy distinta. Miguel
Marciales (edición de la Univ. de Illinois, Chicago, 1985) llega a afirmar
sin dudas que Cota es el autor del primer acto, pero la verdad es que todavía
se carece de pruebas que puedan ser consideradas como concluyentes. Por su
parte, Peter E. Russell (edición de la obra en Cátedra, 1991) lanza la
especulación de que sea el propio Cota el “su amigo” a quien Rojas dirige
la carta famosa.
Finalmente, se ha lanzado incluso la hipótesis de que La Celestina
tuviera tres autores: uno para el Acto Primero, otro (Fernando de Rojas)
para los Actos II al XVI de la Comedia y otro (¿Alonso de Proaza? ¿un
tal Sanabria?) para el Tratado de Centurio, los cinco actos añadidos en la
Tragicomedia (Miguel Garci-Gómez, Tres autores en “La Celestina”:
Aplicación de la informática a los estudios literarios. Granada, Adhara
Col. Romania, Biblioteca Universitaria de Estudios Románicos, Serie Estudios: nº
4, 1993). En realidad, Garci-Gómez recupera afirmaciones en este mismo sentido
que ya había formulado R. E. House. En torno a la triple paternidad, J.
Vallejo y Artiles arguyen en favor de un nuevo autor para las Interpolaciones
con base en las descripciones de paisajes que únicamente en ellas aparecen. María
Rosa Lida se mostraba en esta cuestión un tanto indecisa; aceptaba la
creencia en un "antiguo auctor" del Acto I, y la de que Rojas escribió
los actos II-XIV de la Comedia; la adición de la Tragicomedia se
la atribuía al “intepolador, muy probablemente Rojas mismo en unión de
colaboradores hoy desconocidos, que ya habían intervenido en menor medida en la
Comedia”. Para Marciales estaba claro que el Tratado de
Centurio (interpolaciones de los actos XIV- XIX) “en la mente de los
impresores era considerado como de otro autor, distinto del de la Comedia y
Tragicomedia” (I, 122). Marciales presta gran atención a lo largo de su obra
a este Tratado, atreviéndose incluso a atribuírselo a un hasta ahora
desconocido Sanabria.
Sea como fuera, el caso es que Fernando de Rojas es el principal autor de La
Celestina. De Fernando de Rojas poseemos hoy muchos documentos que
prueban su existencia y dan a conocer aspectos importantes de su vida. Nació en
La Puebla de Montalbán (Toledo), era converso de la cuarta generación, estudia
derecho en Salamanca, recibe el grado de Bachiller, se establece como jurista en
Talavera de la Reina, donde reside el resto de su vida. Se casó con Leonor Álvarez
de Montalbán y tuvieron varios hijos. De estos datos se puede deducir (Nicasio
Salvador Miguel) que Rojas vive sin problemas como hombre de negocios y como
jurista, lo que desmonta el tópico de un Rojas angustiado y preocupado por su
sangre de converso como había pretendido Américo Castro o que de su
origen judío evoluciona al nihilismo (Stephen Gilman). Lo curioso es
que, tras el éxito de La Celestina, no volvió, que se sepa, a escribir
ninguna obra más, y ni siquiera ésta fue una obra de la que él se sintiera
especialmente orgulloso: a su muerte sólo cita un ejemplar en su biblioteca, y
el mayor de sus hijos no lo quiso para sí, porque el valor del mismo era
entonces de “diez maravedís”, el equivalente a medio pollo.
La intencionalidad.
Las opiniones al respecto las podemos reducir a las siguientes posiciones
principales:
La defendida por Américo Castro y Stephen Gilman, conocida como TESIS
EXISTENCIALISTA, que niega la intención moral de Rojas, debido al pesimismo
y a la concepción epicúrea de los personajes. Ni que decir tiene que este
pesimismo se ha relacionado con la condición de judío converso del autor. Los
cristianos nuevos “habiendo abandonado una fe sin haber conseguido otra, se
encontraron abandonados a sí mismos”. (Gilman). El nihilismo que se respira
en La Celestina puede deberse al origen converso del autor pero también
obedece a la época que le tocó vivir.
El universo de La Celestina está enraizado, por tanto, en el pesimismo
medieval. El pesimismo nace, en parte, de una sensación de fatalidad que
hipoteca cualquier gozo y parece condenarle al fracaso de antemano. Recordemos
que cuando en el largo parlamento desesperado de Pleberio, tras la muerte trágica
de Melibea, lo que aparece es la desesperación ante la fatalidad de las
desgracias acarreadas por el amor. Porque la idea de fatalidad está muy
presente a lo largo de la obra; no se niega el amor, ni el placer, e incluso se
insiste en el poder de su seducción y en la intensidad de los gozos que
proporciona. Tal vez no haya que descartar la interpretación que ve a Fernando
de Rojas como un judío converso, que construye su obra de acuerdo con los
valores de esta clase, lo que ayudaría a explicar la presencia del fatum
de sabor oriental en una época y una sociedad muy marcada por la presencia a lo
largo de siglos de las tres comunidades: cristiana, mora y hebrea. Por eso, la
opción moral que parece guiar al autor no pretende ser triunfalista: el amor es
un engaño y la única realidad es la muerte Un cristiano viejo Calisto no puede
casarse con la hija de un converso (Melibea).
El desenlace de la obra no puede resultarnos, en sentido, más estremecedor:
todos los protagonistas, principales y secundarios (Calisto, Melibea, Celestina,
Sempronio, Pármeno), hallan una muerte trágica.
Cualesquiera que fuesen sus concepciones de la vida y del amor, por muy grandes
que fueran las diferencias sociales entre unos y otros, todos perecen al no
haber sabido reprimir sus fuertes pasiones. A todos iguala la muerte, a los amos
y a los criados, como sucede en las Danzas de la Muerte. En el laberinto
intrincado de la vida los personajes van a ciegas camino de un destino que los
acecha donde menos se lo esperan. El autor parece empeñado en demostrar hasta
qué punto los cálculos humanos se desbaratan ante lo dispuesto por el sino.
Los personajes tratan de sobrevivir en un mundo que saben caótico, pero yerran
en sus pronósticos. Sus palabras y actitudes se vuelven a menudo en su contra.
Los personajes del drama se labran inconscientemente su propia tumba. Al empezar
la obra, Sempronio se erige en patrocinador de Celestina ante Calisto, con ello
inicia el camino que lo lleva a la muerte. Celestina labora con su tesón y
sabiduría para amistar a Pármeno y Sempronio... así consigue unir a las
personas que han de acabar con ella.
La encabezada por Marcel Bataillon, que, por el contrario, insiste en el SENTIDO
MORALIZADOR DE LA OBRA, escrita para que “fuera entendida y leída como
una moralidad”. Hace hincapié en ver la obra como fábula moral dando valor
determinante a lo que se lee en el “incipit”: “Fecha en aviso de
los engaños de las alcahuetas e malos e lisonjeros sirvientes”. Las
situaciones inmorales que se pintan, al llevar al desastre a los personajes,
poseen una clara finalidad moralizadora. La misión última de la tragicomedia,
dice Bataillon, es disuadir a los enamorados de un proceder indigno.
La Celestina parece estar escrita, según confesión del autor, para
advertir a los locos enamorados y ponerlos en guardia frente a los peligros de
lo dionisiaco y vital. La pasión, lo vital y no reglado, arrastra hacia el
caos. La tragicomedia nos muestra los funestos resultados de una pasión llevada
hasta sus últimas consecuencias. La obra de Rojas, o quien fuere el autor,
ejemplifica las situaciones a que llega el desmoronamiento de la moral ascética
que ha imperado hasta ese momento. En el “otoño de la Edad Media” se desata
un vitalismo exacerbado y trágico, una conciencia de que no hay más realidad
que la vivida y experimentada. O como Gurza explica con exactitud: “Los
personajes de La Celestina, verdaderos existentes, están conscientes de su
existir solamente a través del fluir de su propia experiencia”. El sexo es “si no la única, la principal vía hacia la
realización de la existencia del ser”.
Pero advirtamos que La Celestina es un un libro profundamente
pesimista; no hay felicidad para los hombres, la liberación es ficticia. Lo
instintivo y vital lleva siempre en su seno lo mortal que, por falta de vallas
normativas, se manifiesta con mayor violencia. La muerte de la alcahueta es un
buen ejemplo: cae en manos de aquellos a los que ha propiciado el camino del
placer. La situación de Calisto y Melibea es similar. Se liberan de unas normas
represivas para caer en una nueva esclavitud que los arrastra a nuevos dolores y
a la muerte.
La tesis de María Rosa Lida, apoyándose en las numerosas fuentes de que
se sirve y en la tradición literaria en que se inserta, defiende la tesis del CARÁCTER
ARTÍSTICO de la obra y los valores humanos de los personajes. Para Lida, La
Celestina es ante todo una obra de arte. Por una parte, se opone a Marcel
Bataillon, ya que si fuera una obra moral “no contendría caracteres, sino
personificaciones ejemplares”. Su presunta intencionalidad didáctica “está
tan velada que escapó a la mayoría de los lectores de su siglo y de los
siguientes”. Por otra, rechaza las tesis de Américo Castro referentes a que
la intencionalidad de la obra hay que ponerla en relación con la ascendencia
judía de Fernando de Rojas, porque no hay en el texto razones que avalen que
los sucesos narrados son contemplados desde la posición conversa de su autor.
La tesis iniciada por Otis Green, que, aceptando la intención moral la
obra, llama la atención de que son los CONVENCIONALISMOS DEL AMOR cortés los
valores determinantes de las relaciones entre los personajes. La poética del
amor cortés o fin’ amors, surgida en la literatura provenzal en el
siglo XII, e introducida en el transcurso
de los siglos XIII y XIV en la Península Ibérica a través de Cataluña, la zona
gallego-portuguesa y Castilla, logra en esta última su mayor desarrollo en el
siglo XV, por medio de dos subgéneros: la
poesía amosorosa cancioneril (Cancioneros de Baena y Stuñiga, especialmente) y
la novela sentimental, cuyo paradigma lo constituye Cárcel de amor, de
Diego de San Pedro.
Sabido es que el código estético del amor cortés, surgido del esquema de
valores de la sociedad feudal, implica en el poeta una actitud amorosa concebida
como un culto de vasallaje hacia una dama, a la que considera como «señora» (midons);
ese vasallaje se manifiesta como un «servicio» obediente y sumiso (el poeta se
considera un «siervo de amor») a la dama, la cual, inicialmente debe
reaccionar, según dicho código, con «desdén» ante cualquier insinuación
amorosa. Un rasgo clave de este «servicio» es su carácter secreto, ya que está
en juego el honor de la dama (una noble, casada), por lo que el amante debe
extremar su discreción, para que los cortesanos aduladores (lauzenguiers)
del celoso (gilós) señor no puedan descubrir ese amor y delatarlo. Por
eso, en los poemas del amor cortés se encubren el nombre de la dama (bajo seudónimo:
senhal) y el sentimiento amoroso. Este amor, que excluye el matrimonio,
es concebido como un elemento purificador del poeta, y puede mantenerse, o no,
en el plano de un erotismo espiritual, vivido como una experiencia gozosa y
sublimadora. Sin embargo, en la poesía gallego-portuguesa y en los cancioneros
castellanos, este «servicio» amoroso deriva hacia un sentimiento de tristeza (coita,
en gallego; cuita, en castellano: el poeta se siente deprimido), como
consecuencia de la permanente actitud de desdén por parte de la amada.
Para algunos críticos contemporáneos, como A. Deyermond y D. Severin,
F. de Rojas, al redactar La Celestina, habría tenido «in mente» dicha
novela, para realizar, a través de ella, una parodia del amor cortés, en
relación con su vivencia literaria en la novela sentimental coetánea. Según
este presupuesto, Rojas se habría topado, en los «papeles» supuestamente
encontrados, con una comedia humanística incompleta, en la que Calisto se
comportaba inicialmente como un amante cortés parodiado, y se decidió a
completarla, pero no como tal comedia humanística sino «como una novela
sentimental paródica» que fuera al mismo tiempo «tragica y cómica».
Lo cierto es que en La Celestina se opera una subversión de los cánones
estéticos del amor cortés, subversión fácilmente perceptible por los
lectores de la obra. La perspectiva paródica de La Celestina muestra una
pareja de enamorados que, con su conducta, se apartan del código amoroso
marcado por la lírica trovadoresca, y, por contraste, viven un amor sexual análogo
al practicado por los criados y gente del hampa (peculiar de la comedia),
aspecto que da paso, que justificará el desenlace de esta historia: la muerte
irremediable de los dos locos enamorados.
Intención sociológica. Para José Antonio Maravall (El mundo
social de La Celestina), Rodríguez Puértolas y Eukene Lacarra
la obra surge en un momento de grandes cambios económicos y sociales. El grupo
humano celestinesco representa una sociedad laica y urbana, unida por afectos
inconfesables donde el deseo de lucro, la búsqueda de placer (sexual en el caso
de los amantes) y el individualismo crean una contienda social soterrada entre
el mundo de los señores y el de los criados y prostitutas. Precisamente,
Lacarra ha analizado en profundidad el
papel que desempeña el mundo de la prostitución en la moral urbana y laica que
circula por La Celestina.
De todos modos, el complejo mundo reflejado en La Celestina obliga a no tener
una visión unitaria y excluyente de cuál es su intención. La parodia del amor
cortés no es incompatible con la moralidad o con la crítica social , por citar
tres visiones ya descritas. Esto es precisamente uno de los méritos artísticos
de la Tragicomedia atribuida a Rojas.
3. ARGUMENTO Y
ESCTRUCTURA
La Celestina centra su argumento en torno a la peripecia amorosa de
Calisto y Melibea, la acción no tiene preámbulo; entramos de lleno en una
situación crítica rápidamente expuesta por el autor: la pasión de Calisto,
el desdén de Melibea y el recurrir a la vieja alcahueta. En el primer acto está
todo planteado. A partir de aquí el proceso se desarrolla, pese a la extensión
de la obra, vertiginosamente.
El nudo ocupaba en la versión primitiva los actos II al XI. En él se nos
presentan dos casos de corrupción: el de Melibea y el de Pármeno. Como el que
siembra vientos recoge tempestades, los perversores y los pervertidos tienen un
fin desastroso. En la “Comedia”, la catástrofe final alcanzaba a los
personajes capitales de forma casi simultánea; en tres actos sucesivos morían
Celestina, Pármeno y Sempronio, Calisto y Melibea. Estábamos, pues, ante un
claro final climático, resolución típica de la acción trágica.
La versión en 21 actos modifica el efecto de ese final, lo hace más complejo,
le resta esquematismo. La intromisión de todo un submundo prostibulario en el
proceso de los amores de los protagonistas permite que la obra tenga un primer
clímax trágico y ejemplar en la muerte de Celestina y sus compinches; pero la
acción no se precipita hacia su definitivo desenlace. Tras la intensidad de ese
momento y de la primera noche de amor de Calisto y Melibea, asistimos a un
conjunto de momentos cómicos a lo largo del “Tratado de Centurio”.
La figura del rufián cobarde es la clave de ese episodio marginal, pero dramáticamente
necesario en la nueva estructuración de la trama. También es cómico el
“quid pro quo” de Alisa, madre de la joven enamorada, que insiste en el
“casto vivir y honesta vida” de su hija que no sabe “qué cosa sean
hombres”. El mismo sentido tiene la simpleza de Sosia, criado de Calisto, que,
instigado sutilmente por Areusa, cuenta todo lo que hace su señor en sus
salidas nocturnas.
El sesgo cómico que ha cobrado la acción viene a cruzarse con lo trágico en
el actoXIX; Sosia y Tristán, pajes de Calisto, ponen en fuga a Traso el Cojo y
la cuadrilla preparada por Centurio, pero las voces hacen que el protagonista
intente saltar precipitadamente la valla y se mate. La catástrofe se redoblará
con el suicidio de Melibea.
4. ANÁLISIS
INTERNO DE LA CELESTINA.
Vamos, a continuación, a detenernos en algunos problemas interpretativos de la
obra en sí misma, especialmente los referentes a la concepción del amor y a la
magia que se advierten a lo largo de su argumento.
La concepción del amor
El amor, como se sabe, es el tema determinante, el eje de la obra, el que dicta
y suscita el comportamiento de todos los personajes. Los dos únicos personajes
que no resultan víctimas del amor son Pleberio y Alisa, los padres de Melibea,
pero su papel en la obra es más simbólico, como portadores de los valores
institucionales (la paternidad, la moral), que real.
La Celestina, como sacerdotisa de la realidad, domina todo el escenario, y sus
advertencias, sus recuerdos y sus ardides ocupan gran parte del diálogo.
El modo de presentar el amor en La Celestina es complejo, ambiguo y a veces
contrario a las ideas tradicionales recibidas por los jóvenes. Así, por
ejemplo, en la literatura amorosa tradicional se respetaba cuidadosamente la
separación de las clases sociales, atribuyendo a la clase alta doctrinas y
refinamientos ante el amor que las capas bajas eran incapaces de experimentar,
pero La Celestina, fiel a su postura subversiva ante los valores sociales
establecidos, pone en tela de juicio la validez de esta distinción. Peter E.
Russell ha destacado, sobre las demás, tres concepciones amorosas:
Parodia del amor cortés. Como es sabido, las doctrinas del amor cortés
dominaban desde el siglo XII en adelante gran parte de la literatura amorosa y
caballeresca europea. No es fácil suponer que tales doctrinas formaran una teoría
consistente de aplicación universal, pero se pueden detectar algunos principios
en común: el amante como vasallo de la dama; relación amorosa secreta; exclusión
de la idea de matrimonio entre los amantes; perfección y divinización de la
amada; sufrimiento amoroso que le causa placer al amador...
Desde el primer momento, los lectores de La Celestina, familiarizados con
estas doctrinas, debían darse cuenta de que el caballero y la doncella eran
figuras paródicas y por tanto ridículas, del amor cortés. Pero, Calisto, no
tiene en absoluto la paciencia del amante cortesano, ni guarda el secreto de sus
relaciones amorosas, y la divinización de Melibea le lleva hiperbólicamente a
convertirla en “su Dios”. Este mismo papel paródico del amor cortés lo
desempeña Melibea, aunque de una manera más restringida. En realidad, la
relación amorosa entre Calisto y Melibea más parece propia del amor romántico,
apasionado, que del amor cortés.
Todo parece indicar que se trata de una concepción escéptica del amor. El amor
de Sempronio y Pármeno por Elicia y Areusa está claro que procura explícitamente
el goce físico. Calisto y Melibea, aparentemente, utilizan un lenguaje más
ideal y literario. Una rápida lectura nos podría conducir a la interpretación
de que las diferencias sociales entre criados y amos engendran un concepto
distinto de las relaciones amorosas. Sin embargo, las palabras que emplea
Calisto son una muestra de los tópicos del lenguaje amoroso que durará hasta
el siglo XVIII, e incluso podrían interpretarse como una burla del citado
lenguaje, que aparentemente no sirve nada más que para encubrir intenciones y
deseos más concretos.
El amor como locura. Al lado del amor cortés y entremezclado con él, La
Celestina maneja también una doctrina acerca del amor apasionado que,
con el apoyo de teólogos, moralistas y médicos de la Edad Media y del
Renacimiento representa el punto de vista ortodoxo sobre el asunto. Era el
“loco amor” que el Arcipreste de Hita y gran número de tratadistas habían
denunciado en sus obras. Este amor apasionado no se distinguía de la lujuria, y
era una manifestación auténtica de la locura. Tratados de medicina de la época
colocaban el loco amor entre los cinco tipos de demencia humana.
Calisto, por tanto, no posee una locura metafórica, sino real, y sus
actuaciones y palabras, como continuamente insisten los que le rodean, exhiben
un personaje con todas las características de un loco de verdad.
Melibea, por su parte, una vez que admite la pasión amorosa para con Calisto,
también se comporta como persona loca, y no vacila en poner en peligro tanto su
fama como la de sus padres, introduciendo a su amante de noche en su huerto y
desechando todas las modalidades morales propias de una muchacha de estirpe
aristocrática.
El amor como sexualidad. Celestina, basándose en lo que ha aprendido a
lo largo de una larga vida dedicada al amor ilícito, es la encargada de
proferir juicios y consejos relacionados con amor y sexualidad. Para la vieja,
amor y acto sexual son términos intercambiables. Desde luego pasa por alto la
doctrina ortodoxa, según la cual el acto sexual era sólo permisible dentro del
matrimonio, y defiende la idea de que las finezas del amor cortés son meros
gestos hipócritas mediante los cuales hombres y mujeres aparentan una
sensibilidad en las cosas amorosas, cuya falsedad ella sabe descubrir con
rapidez.
La sexualidad no es cosa privada. Así , la vieja quiere asistir como testigo
experto al acto sexual de Pármeno y Areusa, y Melibea, ya loca de amor, no
halla inconveniente en que su criada Lucrecia esté presente en el huerto
mientras hace el amor con Calisto. Las trágicas consecuencias de este amor
concebido como sexualidad parecen confirmar la interpretación moral de la obra
(Marcel Bataillon), pero hay tanta ambigüedad en ello que se pone en
entredicho esta interpretación.
La magia
Un tema muy discutido de La Celestina es la
magia como arte de persuasión o tiempo implícito, y ha suscitado multitud de
preguntas, como ¿por qué ocupa tanto espacio? Hay argumentos muy numerosos
desde el propio texto: Celestina es denominada alcahueta y hechicera, hay una
descripción del laboratorio y un conjuro, aunque a Plutón. Celestina sabe
interpretar agueros….
Frente a esto se han tomado diversas direcciones de estudio:
Búsqueda de fuentes literarias: Clásicas, como Ovidio, plauto y
terencio, o medievales como El libro del buen amor. El resultado ha resultado más
complejo.
Búsqueda de fuentes no literarias: El resultado han sido estudios
antropológicos e históricos sobre la brujería en Europa que tienen semejanzas
con La Celestina.
Estudios médicos y farmacológicos.
Estudios a nivel lingüístico.…
Frente a los que niegan la existencia de la magia, Peter Russel se apoya en la
historia y en el propio texto considerando que la magia es fundamental para el
cambio de la protagonista: la evidencia del texto es palpable en citas y
alusiones como la denominación de Celestina de hechicera, en referencias a sus
artes hechiceras y en lo que hace Celestina y sus muchos saberes específicos.
También existen elementos que pertenecen a la brujería y son ayudados por
elementos demoníacos. Finalmente encontramos una terminología concreta, de la
cual podemos poner varios ejemplos: “Philocaptio” (cordón - asir , atar),
dolor de muelas (eufemismo erótico), y palabras con un doble sentido erótico.
Patricia Botta está de acuerdo con lo esencial de esta teoría, y destaca la
herencia “brujeril”. Afirma que Celestina recurre a la magia también para
convencer a Pármeno y que aún quedan por estudiar el léxico y las variedades
del tema en las distintas versiones. Por otra parte, Deyermond y Rico explican
la relación directa entre el contacto mágico y el fin desastroso de los
enamorados y demás personajes.
Para algunos autores, como Maria R. Lida, la magia es un mero elemento
decorativo, pero está demostrada la existencia y la creencia
en ella en algunas ciudades españolas de la época, y las autoridades
eclesiásticas persiguieron estas prácticas por considerarlas una influencia
maléfica.
LOS PERSONAJES
La Celestina enfrenta a los personajes entre sí y con su medio. Sin
renunciar a la economía dramática (10 son las criaturas de importancia y
relieve), ante los ojos del espectador surge toda la realidad castellana de
fines del siglo XV. Los personajes del drama son seres individuales, pero también
miembros de un grupo social que está en conflicto, e incluso en guerra
soterrada, con otros. Encarnan posiciones diversas en la estructura social. Una
elemental división nos separaba el mundo de los señores (Calisto, Melibea,
Alisa y Pleberio) y el de los criados (los demás). Las relaciones entre las dos
clases no están, ciertamente, idealizadas como acostumbra a ocurrir en la
“comedia nueva”, por ejemplo. Los sirvientes adulan a sus amos, pero los
odian y murmuran de ellos.
El “dramatis personae” de La Celestina es pese a su esencial
realismo, un prodigio de estructuración. Cada criatura escénica presenta
puntos de paralelismo y contraste con otros personajes. Cada retrato individual
está completado y enriquecido por el reflejo (paralelo o contrastado) de las
figuras que se mueven a su alrededor. Usando la terminología lingüística,
podemos decir que el valor de cada personaje es relativo-negativo.
El mundo de los señores se dibuja con mayor nitidez en la mente del lector
gracias a la existencia del mundo paralelo y opuesto de los criados. Lida de
Malkiel estudió la “geminación” de los personajes y situaciones. Cada
realidad dramática es remachada por otras que son a la vez repetición y
reverso de la misma. Las relaciones de oposición y paralelismo entre los
personajes son múltiples. Enseguida se dibuja un conjunto de parejas: Calisto y
Melibea, Areusa y Elicia, Pármeno y Areusa. Las pupilas de Celestina contrastan
con Lucrecia que ha preferido la servidumbre. Pármeno y Sempronio tienen una
continuación más joven e ingenua en Sosia y Tristán.
El sabio juego de correlaciones, contrastes y paralelismos no cae en ninguna
reiteración ociosa. Cada criatura es una variante de un tipo humano, próximo a
los que se ven sometidos a sus mismos condicionamientos, pero con rasgos específicos.
De esta manera el reducido reparto de La Celestina es un complejo sistema
de actitudes ante la realidad.
Un notable rasgo de La Celestina es que casi todos los personajes carecen
de pasado, aparte del que van adquiriendo a consecuencia de lo que les acontece
durante el desarrollo de la obra. La única excepción es Celestina misma, cuya
biografía se comunica al lector con gran riqueza de detalles. Parece indudable
que Rojas empezaba a escribir sin tener ningún concepto fijo y detallado,
ideado con anterioridad. A pesar de todo, no nos parece justificable declarar
que, con excepción hecha de Celestina, los personajes de la Tragicomedia
carecen de verdaderos caracteres. Es cierto que no poseen los caracteres de los
protagonistas de una novela, pero cada uno tiene un fondo individual y una
personalidad que se define no sólo por sus propias palabras, sino también por
las de aquellos con quienes conviven.
La Celestina.
El personaje de Celestina se ha convertido en uno de los más famosos de la
literatura española, hasta el punto que su nombre ha venido empleándose como
un nombre común alusivo a funciones iguales o semejantes a las que practica
dicho personaje en la obra de Fernando de Rojas. El peligro de esta fama
posterior de Celestina es su posible reducción a un personaje símbolo, a un
simple tópico literario, cuando en realidad se trata de un personaje denso,
rico, perfectamente vivo y, por supuesto, real.
En un principio notamos que sus motivaciones son relativamente claras y escasas:
codicia, avaricia, astucia, egoísmo y cinismo. Es decir que, en apariencia, se
trata de un repertorio de rasgos fundamentalmente negativos y coherentes entre
ellos, muy propios para despertar en el lector o espectador de la obra una sana
repulsión que realce, de rechazo, las cualidades de los personajes encargados
de simbolizar el mundo moral y positivo. Sin embargo, ni el pesimismo de la
obra, ni su finalidad permiten establecer tales diferencias morales, ni tampoco
la función de Celestina es tan mecánicamente negativa.
El personaje se nos presenta como un ser complejo. Por una parte, es un ser
marginado por la sociedad honrada, condenado al delito y al disimulo, cuando no
a la brujería; por otra, vemos cómo cumple y ha cumplido una función social
importantísima, actuando de medianera para cuantos vicios la sociedad
respetable realizaba acogiéndose a sus artes. Por muy negativos que se nos
presenten estos rasgos, a lo largo de la vida de Celestina aparecen como simple
necesidad de supervivencia. La astucia y el cinismo cumplen la función de
defender su vida. A ella no le amparan ni el nacimiento, ni el oficio, ni la
función social; su vida es un constante sobresalto. Su astucia es su única
tabla de salvación y el cinismo es la consecuencia del trato constante con una
humanidad falsa y engañosa.
La visión de Rojas es psicológica. De hecho, si Celestina es el personaje
central de la obra, esto no se debe solamente a su función, sino también al cúmulo
de experiencias y conocimientos por ella atesorados y que se revelan en la
habilidad y la densidad psicológicas de muchos de sus parlamentos. Celestina es
el personaje que más habla, porque es el personaje que simboliza el
conocimiento y la distancia crítica; sus conocimientos nacen de una larga
experiencia, que le da el dominio total de las personas y de las situaciones.
Gilman en su estudio de las correcciones comprueba que más de la mitad
de ellas están en los parlamentos de Celestina, lo cual demuestra que en 1502
los dos enamorados habían dejado de ser el núcleo vital de la obra y habían
sido reemplazados por Celestina. También Gilman señala que en Celestina
no se produce una trayectoria individual clara, porque su misión consiste en
“engendrar” las trayectorias de los demás personajes; su vida se mantiene
inmóvil dentro de su perfección y sirve de eje en torno al que gira todo lo
demás.
Tal vez lo más importante de la figura de Celestina es lo que Mª Rosa Lida
llama “arte de seducción”. Este arte lo ejerce en varias ocasiones;
Celestina se comporta astutamente, avanza y retrocede cuantas veces son
necesarias hasta descubrir la debilidad de su interlocutor y atacarlo por esa
parte. Con Pármeno fracasa aludiendo a su madre, pero acierta al nombrar a
Areusa y por ahí sigue su ataque; con Melibea cuando lo ve todo perdido da una
hábil vuelta tras dejar en ella la inquietud y logrando lo que buscaba.
Por supuesto el personaje de Celestina no podía quedarse en un perfil tan
sumamente inquietante. Es adornado también por un sinnúmero de rasgos cómicos
destinados a acentuar la truculencia del personaje y a conferirle mayor
espectacularidad teatral. De ahí la riqueza lingüística que lo caracteriza,
su procacidad, sus alusiones obscenas, que contribuyen a configurar la imagen
concreta de un personaje contradictorio que ha de divertir al espectador al
tiempo que encauzar el desarrollo de la obra hacia la tragedia.
Los antecedentes de esta figura se encuentran en las más antiguas producciones
dramáticas. Las obras que más influyen en el personaje de Celestina son El
Pamphilus de amor o Comedia de Vetula y en la literatura española
El Libro de Buen Amor y El Corbacho del Arcipreste de Talavera
Calisto
Celestina monopoliza el interés dramático y Calisto y Melibea quedan
desdibujados ante la fuerza de la vieja. La explicación hay que encontrarla en
el hecho de que los amantes están reducidos a meros símbolos de su función,
ellos son los instrumentos del amor, de la sensualidad y la pasión. Pero ambos
no han sido tratados con el mismo interés.
Calisto aparece con mayor frecuencia que Melibea, posee un carácter mejor
dibujado y está dotado de una mayor individualización. Esta diferencia puede
tener una primera explicación en el aspecto histórico y sociológico: no era
posible dar a una doncella encerrada en su casa, apartada de toda la vida,
considerada como simple receptáculo y custodia de su honestidad, un carácter
socialmente individualizado. Calisto, en cambio, es perfectamente dibujado:
hermoso, pulcramente vestido, algo calavera, dilapidador de su hacienda.
Constantemente nos da muestras de su floja voluntad y de estar dominado por su
pasión. Calisto pasa del papel de enamorado débil al de enamorado cínico,
desprovisto de cualquier dignidad, y este proceso acabará con su muerte, con lo
cual el mensaje del autor parece inequívoco.
MªRosa Lida añade otras notas muy acertadas al carácter de Calixto:
egoísmo que condiciona su concepción de la realidad, su juicio ético y su
conducta social. En cuanto se enamora, Calixto pierde conciencia del tiempo y de
la realidad cotidiana, olvida la moral y se desentiende de familia y sociedad;
el egoísmo de su amor le hace desentenderse de todo lo demás. Otras características
de Calixto son su pesimismo, la falta de confianza en sí mismo que le hace
abandonarse a Celestina y justificarse ante los criados, la exaltación
repentina.
Sin embargo, Marcel Bataillon ha reprochado a la crítica el considerar a
Calixto como la representación del enamorado ideal y sentimental, y destaca su
cinismo y materialismo rastrero.
En suma, el carácter de Calixto oscila entre las más altas cotas ideales y las
numerosas flaquezas humanas, lo cual dice mucho de la verosimilitud del
personaje.
Calixto y Melibea han sido comparados repetidamente con otras parejas famosas de
la literatura. Tanto Menéndez Pelayo como Ramiro de Maeztu
comparen a los amantes de Rojas con Romeo y Julieta. Ambos concluyen en
reconocer la mayor verosimilitud de los personajes castellanos y de su amor.
Melibea
Se nos muestra menos matizada. Se nos presenta como una doncella de honroso
nacimiento, lo que es suficiente para definirla, y la lógica interna del
argumento no necesita personalizarla más. Desde el principio no tiene más
rasgos particulares que los que definen su pudor y su respetabilidad. El honor y
la virginidad son sus únicos bienes.
Pero Melibea, aparentemente, está dispuesta a ceder desde el comienzo y sus
reacciones ante las proposiciones primeras de Celestina son más que personales,
emotivas frente al peligro social. Las escasas apariciones de la joven en la
obra, hacen que su carácter evolucione rápidamente, conservando, eso sí, el
rasgo propio de la tradicional psicología femenina, consistente en simular
hasta el último momento la ignorancia o la renuencia. Este comportamiento está
vinculado a la necesidad para la mujer de salvaguardar por todos los medios el
valor social de su honestidad, utilizando como disfraz el argumento de su
pasividad tradicional que la lleva a representarse siempre como seducida y no
como seductora.
Los dos amantes, finalmente, a pesar de sus dudas y de sus débiles
arrepentimientos acaban por entregarse definitivamente a la fuerza de sus
sentimientos, y entonces es cuando la muerte se ceba sobre ellos, quedando
perfectamente explicativo el mensaje de la obra con su carga de fatalidad y
desengaño.
MªRosa Lida se detiene especialmente en los contrastes entre Melibea y
Calixto. Maeztu afirma que ambos se quieren “por contraste” y MªRosa
Lida lo demuestra. Frente a la pasividad y el pesimismo de Calixto, Melibea
se caracteriza por la seguridad en sí misma, la energía y la acción. Frente a
la uniformidad del carácter de Calixto, el de Melibea va evolucionando desde su
postura indignada del comienzo hasta su amor que la lleva al suicidio.
Los criados
Durante la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XVIII, como se sabe, el
orden social se consideraba como emanado de la voluntad divina. Los estamentos
sociales resultaban impermeables unos a otros y la jerarquía social
representaba al mismo tiempo una jerarquía ética: la nobleza y el nacimiento
traían aparejadas las dotes humanas y morales, mientras el pueblo se
consideraba generador de toda clase de vicios y comportamientos pecaminosos. Una
ordenación tan simplista resultaba ambigua, si no cuestionable, para los
propios contemporáneos, de ahí que fueran abundantes las críticas a esta
situación.
La Celestina es buena muestra de ello, Calisto y Melibea, por una parte, son
retratados de una manera poco favorecedora para la clase social a que
pertenecen; Celestina, por otra, alude en varias ocasiones al comportamiento
moral de muchos ministros de Dios. No obstante, la obra parece presentar dos
planos claramente distintos en el ámbito social. Estos planos tienen fuerza e
importancia muy desiguales a lo largo de la obra. La clase “noble” sólo está
representada por Calisto y Melibea, si dejamos las escasas apariciones de los
padres de esta última; todos los demás personajes pertenecen al mundo de
Celestina, al nivel del “pueblo”.
Los personajes populares, con su lenguaje variopinto y descarnado, y la
ambientación de su mundo habrán de suscitar cierto interés morboso entre las
clases altas, que eran las poseedoras de la cultura. Esto explicaría el auge de
la novela picaresca años más tarde. Pero la presencia de los criados en La
Celestina no puede interpretarse desde este solo punto de vista, sino que
hay que ver en ellos también un importante papel dramático.
Estos personajes, vinculados a la realidad del cuerpo, a la sensualidad
elemental, también presentan divisiones entre ellos. Sempronio y Elicia
reproducen punto por punto los vicios de su admirada Celestina: codicia,
cinismo, carencia de sentimientos morales,...Pármeno, por el contrario,
manifiesta el sentido moral y la voluntad de ayudar a su amo para que no caiga
en las redes de la vieja; pero, cuando cae en brazos de Areusa, su carácter
cambia, volviéndose tan cínico como su compañero, para ejemplificar de forma
todavía más contundente la lección moral que se desprende de la obra. En
cuanto a Elicia y Areusa, la obra nos da a entender que serán dignas sucesoras
de Celestina.
Cada uno de ellos posee, a la vez, un carácter individual que lo separa de los
demás. Sempronio, derivado del falso sirviente de la comedia terenciana, es
inteligente, pero hipócrita, receloso, rencoroso y cobarde; Pármeno, más
joven, es leal a su amo, y parece ser ejemplo de la estimación que los amos
deben a los sirvientes fieles; Sosia, tomado también de Terencio, y Tristán
son personajes menores, pero no poco importantes. Las criadas femeninas,
Lucrecia, Elicia y Areusa, desempeñan cada una un papel significativo dentro de
la obra, y ninguna responde al personaje estereotipado que se encuentra en la
literatura anterior.
Sempronio es un ser codicioso, egoísta y cobarde, pero que se amolda dócilmente
a su condición de sirviente y simula astutamente una fidelidad que no siente.
Pármeno comienza siendo honrado y sinceramente fiel, pero vencido por su
envidia hacia Sempronio y por la sutilidad de Celestina, termina cayendo mucho más
bajo que éste porque es más cerebral.
Con estos dos personajes entra en el arte, según Menéndez Pelayo, el
tipo de criado libre, consejero y confidente de su amo, en una situación próxima
a un camarada, que en el s. XVII dará lugar al “gracioso”; sin embargo, en
La Celestina todavía se trata de un personaje verídico, sin los
convencionalismos del siglo de oro. En Rojas comienza el paralelismo entre los
amores de amos y criados tan frecuente en nuestro teatro clásico.
Con respecto a Centurio, Lida de Malkiel consideraba que era una creación
totalmente original basada en la observación de los rufianes de la realidad
social coetánea. Sin embargo, está clara su relación con el “miles
gloriosus” de la comedia romana. El nombre, incluso, parece sacada de Plauto o
Terencio, como lo es su fanfarronería. Rojas, sin embargo, se dedica a
parodiarlo. Al fin y al cabo, el personaje latino es siempre soldado de veras;
el de La Celestina es, en cambio, embustero y cobarde. Es decir, una
caricatura divertida, que no posee ni la complejidad ni el interés psicológico
de los otros personajes. Si recordamos, Miguel Marciales supone que este
personaje no es creación de Fernando de Rojas.
Los padres
Los personajes de Pleberio y de su mujer, Alisa, son tal vez los más enigmáticos
de La Celestina. Repetidas veces se asegura al lector que se trata de una
familia de la más alta aristocracia de la ciudad, pero, en verdad, cuando se
presentan en su amplia mansión, con su huerto deleitoso y su torre señorial,
piensan, hablan y actúan como burgueses. Es posible que Rojas quisiera con ello
caricaturizar a la aristocracia.
El papel de Alisa es contradictorio. Por una parte, se nos asegura que es mujer
resuelta, impaciente y recelosa; por otra, no es capaz de advertir en todo un
mes que su casa ha sido escenario nocturno de los amores de Calisto y Melibea,
y, finalmente, se desmorona física y moralmente al conocer (acto XX) que su
hija está sufriendo.
Pleberio es personaje de poca importancia hasta los dos últimos actos. A lo
largo de la obra, los personajes dan a entender que se trata de un padre
autoritario de tipo tradicional, pero cuando entra en escena se revela como una
persona más bien ingenua, de índole afectuosa, vacilante y poco prudente. Lo más
curioso, sin embargo, es el modo de comportarse este padre aristocrático, al oír
de boca de su hija cómo ella ha difamado su honra y la de toda la familia. No
profiere palabras de indagación ni de represión, sino de cariño. Cuando
reprende a su hija, lo hace porque su suicidio le priva de su compañía
querida. Para el lector del lector del siglo XV, piensa Russell, la
tolerancia y la humanidad de Pleberio debían hacer de él una figura más bien
despreciable que digna de admiración.
VIDA DEL GÉNERO CELESTINESCO.
Como ha dicho Criado de Val, “La Celestina no es sólo el título de
una obra literaria, sino el de toda una familia”. El tema, el ambiente y el
estilo creados por la “Tragicomedia de Calisto y Melibea” se desarrollaron
ya en un conjunto de textos de la primera mitad del XVI. El ambiente de estos
textos roza o cae de lleno en lo prostibulario. El tono es eminentemente
realista, están escritos en prosa y, por lo común, unen el retoricismo a la más
puntual transcripción del habla de la calle.
Su presencia se percibe también en la Égloga de Fileno y Zambardo, de
Juan del Encina, en la comedia Himenea, de Torres Naharro, así como en
diversas obras de Lope de Rueda y de Juan de la Cueva.
Consideración especial merece las tres “Celestinas”, en las que la afinidad
con la obra madre es más patente.
La primera es la Segunda comedia de la Celestina, de Feliciano de Silva.
Se publica en Medina del Campo en 1534. Tiene carácter de farsa y parodia
respecto a la obra de Rojas. Es violentamente anticlerical, motivo por el que
fue incluida en el “Índice” inquisitorial de 1559.
La segunda es la Tercera parte de la tragicomedia de Celestina, de Gaspar
Gómez de Toledo (Medina del Campo, 1536). Pretende ser una continuación de la
de Feliciano de Silva, debido al éxito inusitado que ésta obtuvo. Lo más
interesante en ella es el ambiente, el lenguaje y los cuadros descriptivos. Los
tipos picarescos se mueven dentro de la retórica cortesana con sus juegos y
artificios.
La tercera es la Tragicomedia de Lisandro y Roselia, llamada Elicia y por
otro nombre cuarta obra y tercera Celestina. Aparece en Salamanca en 1542, anónima.
El autor reacciona contra las derivaciones del género y vuelve a la tradición
primitiva. Frente a la comicidad de las anteriores, ésta lleva el dramatismo
hasta el último extremo. A diferencia de las precedentes, esta obra gozó de
escasa aceptación. Quedó sepultada en el olvido hasta que en 1872 la
reeditaron el Marqués de la Fuensanta y José Sancho Rayón.
En definitiva, estas tres “Celestinas” han sufrido en general un injusto
desprecio y constituyen en su conjunto un cuadro muy interesante de la sociedad
contemporánea, observada desde los ambientes más marginales, y en ellas
podemos estudiar las más hondas raíces del lenguaje popular.
Con unas características afines al género celestinesco se nos presenta La
Lozana andaluza de Francisco Delicado, novela dialogada cuyo desenfado y
carencia de prejuicios morales supera con mucho al de las precedentes. Las obra
aparece en Venecia en 1528. Sus raíces hay que buscarlas en el género
celestinesco y ha sido considerada como el punto de partida de la novela
picaresca. Vilanova fue el primero en señalar que sirve de transición entre el
género celestinesco y el picaresco.
Prosiguiendo con esta vida del género celestinesco, debemos recordar La hija
de la Celestina, de Salas Barbadillo, y varias novelas ejemplares y
algunos entremeses de Cervantes. Calderón escribió también una Celestina no
conservada, que suponemos entraría de lleno en la técnica y concepción de la
“comedia nueva”, muy lejos por lo tanto del espíritu y estilo de las
primitivas versiones del mito.
Lope de Vega sintió reiteradamente el influjo de este personaje, tanto en su
novelística (la Gerarda de La Dorotea) como en su teatro, que presenta
numerosas reminiscencias, como observan Montesinos y Oliver Asín. Hay que
destacar, en este sentido, la Fabia de El Caballero de Olmedo, cuya
dimensión celestinesca ha sido estudiada por Marcel Bataillon. Alborg apunta
que este influjo celestinesco aparece en otras comedias de Lope, como El
anzuelo de Fenisa, El arenal de Sevilla y El rufián Castrucho.
La Celestina influyó también en el teatro italiano del Renacimiento y,
a través de las traducciones de la obra a las principales lenguas cultas de la
época, llegó a ejercer su influjo, por ejemplo, en la Nodriza de Romeo y
Julieta de Shakespeare.
Ninguna de estas imitaciones logró entender y reproducir la aguda caracterización
de los personajes ni el uso de la ironía que aparecen en el original. De hecho,
afirma MªRosa Lida que “La Celestina apenas ejerció influjo
literario”
CONCLUSIONES FINALES.
No puede dejar de asombrarnos la modernidad de La Celestina, la riqueza
de sus personajes, el verismo del lenguaje y de las situaciones ambientales, la
soltura del diálogo y su naturalidad. Sin embargo, ya hemos dicho que la obra
se inserta dentro de unos módulos de pensamiento que respondían con fidelidad
al horizonte del siglo XV. Todos los lugares comunes del pensamiento de este
siglo encuentran cabida en la obra, heredados en su mayoría del aristotelismo,
del pensamiento escolástico y de la experiencia de la vida de una época de
transición. Todos los temas de la literatura profana medieval pueden hallarse
de una forma u otra en la obra.
Así, la crítica a la mujer vista con los ojos de toda la tradición misógina
de la Biblia y el cristianismo medieval; el tema del paso del tiempo, la
inutilidad de cualquier gozo o grandeza mundana, la pérdida de la juventud en
una especie de “carpe diem” casi renacentista (“Gocemos y holguemos, que
la vejez pocos la ven”); el tema de la muerte que todo lo acaba, omnipresente
al final de la obra dejando una sensación de total desolación; el tratamiento
literario de las clases sociales...
Finalmente, no podemos terminar esta exposición sin hacer, al menos, una breve
referencia al lenguaje empleado en La Celestina.
La obra es un derroche de lenguaje que fluye con asombrosa facilidad de la boca
de todos los personajes, un torrente de palabras que acierta milagrosamente a
encauzar constantemente todos los elementos dramáticos, las facetas vivenciales
de los personajes, la complejidad de sus tensas relaciones.
Los tonos utilizados, así como los niveles de enunciación, abarcan desde un
lenguaje casi erudito y escolástico hasta la más descarada obscenidad, pasando
por los distintos grados intermedios del habla popular o culta, de la ironía
incisiva o de la más grotesca comicidad, sin olvidar el recurso constante del
habla refranera.
Bibliografía
Fernando De Rojas, La Celestina, ed. di Dorothy S. Severin, Cátedra,
Madrid 1994.
Fernando De Rojas, La Celestina, ed. di Julio Cejador y Frauca, Espasa-Calpe,
Madrid 1954, 2 voll.
Fernando De Rojas, La Celestina, ed. di Stephen Gilman e Dorothy. S.
Severin, Alianza, Madrid 1969.
Fernando De Rojas, La Celestina, ed. di María Eugenia Lacarra, Ediciones
B, Barcelona 1990.
Criado de Val Manuel, Valverde José María (ed.), Las Celestinas,
Planeta, Barcelona 1976.
Ayllón Candido, La perspectiva irónica de Fernando de Rojas, Porrúa
Turanzas, Madrid 1984.
Bataillon Marcel, «La Celestina» selon Fernando de Rojas, Didier, Paris
1961.
Bataillon Marcel, La
Celestine primitive, in Aa. Vv., Studia philologica et literaria in
honorem Leo Spitzer, Franke, Bern 1958, 39-55.
Bataillon Marcel, rec. di S. Gilman, The Art of La Celestina, in
«Nueva Revista de Filología Hispánica», XI, 1957, 215-224.
Bataillon Marcel, Melancolía renacentista o melancolía judía?, in Aa.
Vv., Estudios hispánicos: Homenaje a Archer M. Huddington, Wellesley,
Mass., 1952, 39-50.
Berndt Erna Ruth, Amor, muerte y fortuna en «La Celestina», Gredos,
Madrid 1963.
Bonilla y San Martín Adolfo, Antecedentes del tipo celestinesco en la
literatura latina, in «Revue Hispanique», XV, 1906, 372-386.
Castro Américo, «La Celestina» como contienda literaria: castas y
casticismos, Revista de Occidente, Madrid 1965.
Castro Guisaola F., Observaciones sobre las fuentes literarias de La
Celestina, Anejos de la Revista de Filología Española, Madrid 1924.
Criado de Val Manuel (ed.), «La Celestina» y su contorno social. Actas del
primer Congreso Internacional de «La Celestina» (junio de 1974), Borrás,
Barcelona 1977.
Criado de Val Manuel (ed.), Indice verbal de la Celestina, R.F.E., Madrid
1955.
De Riquer Martín, La Celestina y Lazarillo, Vergara, Barcelona 1957.
Devlin John, La Celestina:
a Parody of Courtly Love. Toward a Realistic Interpretation of the Tragicomedia
de Calisto y Melibea, New York 1971.
Earle Peter S., Love Concepts in La Cárcel de Amor and La Celestina,
in «Hispania», XXXIX, 1956, n. 1, 92-96.
Ferreras Savoye Jacqueline, El 'Buen Amor', 'La Celestina': la sociedad
patriarcal en crisis, in I. Zavala, Breve historia feminista..., cit.,
69-100.
Ferreras Savoye Jacqueline, La Célestine ou la crise de la société
patriarcale, Paris 1977.
Forteza Rey Marta Sara, El personaje de la intermediaria en la literatura
medieval escrita en Sefarad, "Sefarad", L, 1990, 67-83.
Frank Rachel, Four
Paradoxes in the Celestina, in «Romanic Review», XXXVIII, 1947, 53-68.
Gilman Stephen, «La Celestina»: arte y estructura, tr. esp.,
Taurus, Madrid 1974.
Gilman Stephen, Diálogo y estilo en La Celestina, in «Nueva Revista de
Filología Hispánica», VII, 1953, 421-469.
Gilman Stephen, La España de Fernando de Rojas: panorama intelectual y
social de «La Celestina», tr. esp., Taurus, Madrid 1978.
Glaser E., Referencias antisemitas en la literatura peninsular de la Edad de
Oro, in «Nueva Revista de Filología Hispánica», VIII, 1954, 39-62.
Green Otis H., Fernando de
Rojas converso and hidalgo, in «Hispanic Review», XV, 1947, 384-387.
Green Otis H., The Celestina and the Inquisition, in «Hispanic Review»,
XV, 1947, 211-216.
Guazzelli Francesco, Una lettura della Celestina, Università di
Pisa 1971.
Gurza Esperanza, Lectura existencialista de «La Celestina», Gredos,
Madrid 1977.
Heugas Pierre, La Célestine et sa descendance directe, Institut d'Études
Ibériques et Ibéro-Americains, Bordeaux 1973.
Lacarra María Eugenia, Cómo leer La Celestina, Jucer, Madrid 1990.
Lacarra María Eugenia, Sobre la cuestión del pesimismo y su relación con
la finalidad didáctica de La Celestina, in «Studi Ispanici», 1987/88,
47-62.
Laza Palacios, El laboratorio de la Celestina, Málaga 1958.
Lida de Malkiel María Rosa, La originalidad artística de «La Celestina»,
EUDEBA, Buenos Aires 1970.
Maravall José Antonio, «La magia en Castilla durante los siglos XVI y XVII»,
in Algunos mitos españoles, Madrid 1941.
Maravall José Antonio, El mundo social de «La Celestina», Gredos,
Madrid 1986.
Márquez Villanueva Francisco, Origen y sociología del tema celestinesco,
Anthropos, Barcelona 1993.
Martin June H., Love's
Fouls: Aucassin, Troilus, Calisto and the Parody of Courtly Lover, Tamesis,
London 1978.
Martínez Miller Orlando, La ética judía y «La Celestina» como
alegoría, Universal, Miami 1978.
Morón Arroyo Ciriaco, Sentido y forma de «La Celestina», Cátedra,
Madrid 1974.
Orozco Díaz Emilio, «La Celestina»: hipótesis para una interpretación,
in « Insula», 124/1957, 1, 10.
Rodríguez Puértolas Julio, «El linaje de Calisto», in De la Edad Media a
la edad conflictiva: estudios de literatura española, Gredos, Madrid 1972,
209-216.
Russel Peter E., «La magia, tema integral de La Celestina», in Temas
de La Celestina y otros estudios del Cid al Quijote, Ariel, Barcelona 1978,
141-276.
Serrano Poncela Segundo, El secreto de Melibea y otros ensayos, Taurus,
Madrid 1959, 7-36.
Severin Dorothy S., Humour
in La Celestina, "Romance Philology", XXXII, 1979, 274-291.
Sisto David T., The String in the Conjuration of La Celestina and Doña
Barbara, in «Romance Philology Notes», I, 1959-60, 50-52.
Toro Garland Fernando de, La Celestina y la Mil y una noches,
"Revista de Literatura", 29, 1966, 5-33.
Whinnom Keith, El género celestinesco: origen y desarrollo, in García
de la Concha Victor (ed.), Literatura en la época del Emperador,
Universidad de Salamanca, Salamanca 1988.
Yndurain Francisco, Una nota a «La Celestina», in «Revista de Filología
Española», XXXVIII, 1954, 278-281.