Evolución del teatro barroco: Tirso de Molina y Calderón de la Barca

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INTRODUCCIÓN

La producción dramática de nuestro siglo XVII se agrupa en torno a la de sus dos figuras máximas: Lope de Vega y Calderón de la Barca. El primero significa la creación de unas fórmulas teatrales que habrán de mantenerse a través de toda la centuria; el segundo, la incorporación a aquellas de los recursos más característicos del estilo Barroco. Estudiaremos, pues, sucesivamente, el ciclo de autores de Lope y el ciclo de Calderón.
La fórmula teatral creada por Lope de Vega fue aprovechada por una serie de dramaturgos que, aunque aportando cada cual notas individuales, siguieron en lo esencial la huella del maestro. Es la llamada “escuela de Lope”, que estaría integrada principalmente por: Tirso de Molina, Guillén de Castro, Ruiz de Alarcón, Luis Vélez de Guevara, Antonio Mira de Amescua, José de Valdivieso, Quiñones de Benavente.
El ejemplo de Calderón fue seguido, como el de Lope, por todo un ciclo de autores dramáticos cuyas características derivan, en lo fundamental, de la técnica del maestro: cuidadosa reelaboración de comedias anteriores, reflexiva estructuración de la obra, gusto por la ornamentación recargada, etc. Rojas Zorrilla, Agustín Moreto, Cubillo de Aragón, Bances Candamo componen entre otros el ciclo o escuela de Calderón. Entre los restantes autores del ciclo de Calderón se encuentran Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Bautista Diamante, cuya comedia El honrador de su padre se inspira en "Le Cid", de Corneille- y no en la obra de Guillén de Castro-, anunciando la moda galicista del siglo XVIII.

El teatro a comienzos del siglo xvii: LA ESCUELA DE LOPE DE VEGA

Desde comienzos del siglo XVII, proliferan los seguidores del Fénix. Forman la escuela de Lope de Vega y sus obras solían aparecer en volúmenes de unas doce obras de diversos autores o confundidas con las comedias de Lope.
·JUAN PÉREZ DE MONTALBÁN (1602-1638), madrileño y amigo de Lope de Vega, cultivó diversos géneros. En teatro apreciamos San Antonio de Padua, La monja alférez, etc.
El murciano Andrés de Claramonte (?-1626) fue director de una compañía teatral, vinculada a Sevilla. Se le atribuye La estrella de Sevilla, impresa a nombre de Lope de Vega. Tragedia histórica, representa el asesinato de Busto Tabera por Sancho Ortiz, prometido de su hermana, Estrella Tabera. Sancho IV ordena este asesinato para gozar a Estrella, que, destrozada, renuncia al matrimonio con el homicida de su hermano.
· ANTONIO MIRA DE AMESCUA (h.1574-1644), natural de Guadix y doctor en teología, aunque de carácter difícil y violento. A este autor, estudiado en profundidad por un grupo de investigación de la Universidad de Granada dirigido por Agustín de la Granja, se le atribuyen cincuenta y tres comedias y catorce autos sacramentales. Sigue a Lope en comedias de enredo, como Galán, valiente y discreto. Su formación teológica se refleja en El esclavo del demonio -anterior a 1612, año en que se publica como obra de Lope-. Funde diversos temas: el santón Don Gil, fingiéndose Don Diego, viola a Lisarda, prometida de éste. Desesperado, la rapta. Su hermana, Leonor, casa con Pedro de Portugal. Gil se arrepiente de vivir como bandido del diablo y Lisarda se hace religiosa. La obra funde mitos, como El burlador de Sevilla, La serrana de la Vera, El condenado por desconfiado e, incluso, el Fausto de Goethe.
Su comedia de santos, La mesonera del Cielo presenta al ermitaño Abraham con su sobrina María, que, de anacoreta, pasa a prostituta, por culpa de su prometido, Alejandro. María muere al fin en gracia de Dios.
· Ignoramos qué obras exactamente son de LUIS VÉLEZ DE GUEVARA (1579-1644), sevillano nacido en Écija, de familia judía. Viajó por Italia y residió en Valladolid y Sevilla. Escribió El diablo cojuelo y deploró su situación económica.
Sus obras -algo más de ochenta- se confundieron con las de Lope, pese a que sobresale por su interpretación de la historia de España y su grandeza trágica.
Tragedia llama a La serrana de la Vera (1613): Gila, aguerrida moza extremeña, venga la deshonra recibida de su fraudulento marido, el capitán Lucas, asesinando a quienes cruzan la sierra, hasta matar al capitán. Los Reyes Católicos no la perdonan y muere ajusticiada.
Reinar después de morir, difícil de datar, trata la muerte de Inés de Castro, amante de Pedro de Portugal, a quien pretenden casar con Blanca de Navarra.
Antes de 1622 escribía El diablo está en Cantillana, sobre las infidelidades amorosas de Pedro I de Castilla, y, hacia 1627, Más pesa el rey que la sangre acerca de Guzmán el Bueno.
El verdugo de Málaga (h.1626-30) aparece en una antología de varias, hacia 1662. Presenta a Domingo de Mesa, libertino desterrado por su padre a una torre embrujada, donde captura a Abencerraje, que, liberado, intenta apoderarse de la familia de su dueño. Vencidos todos por Domingo de Mesa son perdonados por el rey Fernando el Católico.

GUILLÉN DE CASTRO (1569-1631)

Guillén de Castro representa en el teatro español esa circunstancia movediza en que se disolvieron las tradiciones literarias y las prácticas escénicas autónomas, propias de la Edad Media, pero que el federalismo del Renacimiento hispano no extinguió, y en que se constituyó en su lugar un gran mercado teatral - y literario - "nacional", con sede - y centro - en la nueva capital del imperio, Madrid. Fue un instante paradójico: por un lado la culminación de aquella literatura nobiliaria, cortesana y casi autosuficiente que caracterizó a la Valencia virreinal del Quinientos, y que tuvo en el grupo de los Nocturnos (nobles y escritores, y casi siempre ambas cosas a la vez) su última y brillante expresión; por otro lado la definitiva incorporación de los dramaturgos valencianos al teatro "nacional" español, paralela a la incorporación de la sociedad valenciana - y muy especialmente la de su aristocracia - a la sociedad española del Seiscientos. Vivió por tanto Guillén la doble pulsión de la declinación (de una ciudad, de una clase social, de un idioma, de unas tradiciones literarias y dramáticas, incluso de una sensibilidad y de una ideología, humanistas ) y de la fundación (de una literatura y de un teatro "nacionales", de un mercado cultural centralizado, de una aristocracia cada vez más integrada y jerarquizada, de una "Corte" que protagoniza la vida económica y política de todo un imperio, de una nueva sensibilidad, la barroca), y en este entrecruzamiento de impulsos contradictorios (de un lado Los malcasados de Valencia, del otro Las mocedades del Cid), Guillén de Castro adquirió los títulos del más consistente y dotado de los dramaturgos valencianos del fin de siglo, entre los que representó a la segunda generación, y de una de las voces más nítidas, más diferenciadas, más potentes, de la comedia nueva, a cuya etapa fundacional contribuyó con su talento.
EVOLUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS DE SU DRAMATURGÍA
La evolución de la obra dramática de Guillén de Castro está tan poco elaborada como la de la mayoría de los dramaturgos de la época, incluido Lope. Inició su análisis E. Juliá (1925-27) distinguiendo tres épocas, de las cuales sólo la primera, caracterizada por la influencia de los dramaturgos valencianos, y en especial de Virués, aparecía claramente delimitada. R. Froldi (1973, 2ª), sintetizando el estado de la cuestión, diferenció netamente un primer Guillén de Castro, formado en la órbita de la tradición teatral valenciana, de un segundo, que tras la vuelta de Lope a la ciudad del Turia en 1599, se incorporaría de forma innovadora a las propuestas dramáticas de éste. Por su parte J.L.Ramos (1983) llevó más allá las tesis de Froldi al calificar la primera etapa como de estricta formación valenciana, tanto en la línea de la tragedia (Virués) como en la de la comedia (Tárrega) y al afirmar que "es indiferenciable" de la segunda, que no supondría otra cosa que la prolongación de las líneas de fuerza temáticas, estructurales y técnicas establecidas en la primera: "No encontramos por ningún lado las huellas de ese desequilibrio fundamental que hubiera provocado en Guillén de Castro la subordinación, tras la etapa de aprendizaje de la Escuela Valenciana, a los criterios de Lope de Vega. No se trata, pues, de un discípulo de Lope" (242).
La clasificación en géneros de sus obras se ha intentado desde diversos puntos de vista. J.L.Ramos (1983), atendiendo al tipo de conflicto y a la intencionalidad o modalización del autor, establece tres macrogéneros de desigual desarrollo: los dramas de tipo religioso, hacia los que sintió una escasa atracción (sólo nos ha quedado una obra, El mejor esposo San José); la comedia pura, dentro de la que, a su vez, pueden distinguirse las novelesco-cervantinas (Don Quijote de la Mancha, La fuerza de la sangre...) y las costumbristas (Los malcasados de Valencia, El pretender con pobreza...); por último, los dramas ideológicos, subdivididos a su vez en dramas del poder (los dramas de tirano y derecho de resistencia), dramas del deber, y dramas del honor.
C. Faliu-Lacourt (1989), basándose en la fuente literaria y en la materia dramática utilizada en cada obra, distingue un primer y mayor núcleo conformado por las obras que toman su asunto del Romancero histórico-legendario, esto es, las comedias caballerescas (El conde Irlos, El conde Alarcos...), las históricas (Las mocedades del Cid, Allá van leyes donde quieren reyes...) y -forzando un poco el criterio de agrupación- las mitológicas (Dido y Eneas, Progne y Filomena...). Otro grupo lo constituyen aquellas obras cuyo material de base son las experiencias autobiográficas del autor (Pretender con pobreza, El pobre honrado...), otro las que muestran una clara influencia de los dramaturgos valencianos, especialmente de Tárrega y Aguilar (Pagar en propia moneda, Engañarse engañando...), otro las que dependen de novelle italianas (El vicio en los extremos ) o cervantinas (La fuerza de la sangre, El curioso impertinente...), otro las que siendo esencialmente comedias de intriga se sirven como pretexto de un marco histórico (La humildad soberbia, Donde no está su dueño está su duelo, La tragedia por los celos ). Un caso particular de aproximación a la historia sagrada sería el de El mejor esposo San José.
En todo caso la dramaturgia de Guillén de Castro presenta unas características nítidas y considerablemente diferenciadoras, una manera y una voz propias, que le permiten ocupar un lugar precisamente delimitado en el concierto teatral de la época. Entre las claves de esa manera se encuentra su atracción -si bien muy compartida por otros dramaturgos- hacia el universo del Romancero y hacia su popularidad, en la que constantemente se apoya: así, la fascinación por el mundo de la caballería internacional de su primera época (El nacimiento de Montesinos...), deja paso en un segundo momento al interés por la historia como gestación de los valores heroicos, nacional-populares, que legitiman el presente (Las mocedades del Cid), así como a la imaginación mitológica (Dido y Eneas ). Otra clave reside en su concepción trágica de los conflictos del poder tiránico, que explora en un conjunto de obras insólito en la época tanto por la insistencia con que lo plantea como por la radicalidad con que lo hace.
Faltan en Guillén de Castro, y es un dato revelador de su manera, géneros muy utilizados por la Comedia nueva y por Lope, géneros como la comedia palatina, la picaresca, la pastoril, los dramas de la honra villana, las comedias de santos, los autos sacramentales ... Guillén de Castro operó una selección personal, y muy restrictiva, de las posibilidades genéricas que le ofrecía la Comedia nueva.
No hay dramas rurales en su producción de, pero este dato significativo no se compensa con sobreabundancia de comedias urbanas, de capa y espada, que frecuenta poco, aunque haya legado al género una de las más brillantes muestras de toda su historia, Los malcasados de Valencia. Guillén de Castro, puestos a hacer comedias-comedias, se inclina más por las novelescas, de intriga alambicada, de hermanos trocados en la cuna, de revelaciones inesperadas de linaje, de parejas desajustadas que el amor y las peripecias vendrán finalmente a ajustar, como premio a la fidelidad y la abnegación de los amantes, que Cervantes le proporciona - es una lectura muy episódica la que hace Guillén de Castro, sobre todo, Don Quijote de la Mancha, reducida a novella a la italiana-, y puestos a hacer drama le atraen los que germinan entre personajes elevados, Reyes, Condes, Pares de Francia, caballeros famosos, seres legendarios como Eneas...
Notable es asimismo su contribución a la galería de tipos de la comedia con la elaboración temprana de personajes poco convencionales, como la dama-donaire(Los macasados de Valencia) o el lindo, en comedias que anticipan el género del figurón, como ha recordado L. García Lorenzo(El Narciso en su opinión ).
Guillén de Castro razona minuciosamente sus intrigas, las desmenuza, persigue la concatenación de causas y efectos, se detiene con deleite en las circunstancias, justifica los pasos hacia lo inevitable, dota a sus dramas de un espesor dialéctico muy característico. Probablemente este afán analítico se relacione con la tendencia al desdoblamiento de personajes, al discernimiento de un haz y un envés, de situaciones marcadas por la dualidad, la oposición de contrarios o el paralelismo de semejantes, y con esa orientación educativa, en la que tanto ha insistido C. Faliu-Lacourt, que subyace a toda su obra. La rareza del gracioso en sus comedias y, en cambio, una cierta reincidencia en la presencia de la madre (nada usual en la comedia), la preocupación por el valor y las pruebas de la amistad, el recurso reiterado a las situaciones amorosas de desigualdad de condición y estado, o a la ecuación honor-dignidad-pobreza en la caballería, la ensoñación de una redención posible de la pobreza del caballero por medio del amor y del valor militar, el planteamiento desprejuiciado, a menudo cervantino, y en ocasiones poco ortodoxo de los conflictos de la honra, así como la crítica frecuente de sus convenciones e imperativos, o la insistencia en traer a escena los conflictos conyugales (rara en verdad en un teatro que, como el español, no quiso saber nada de las dificultades domésticas ni de la vida cotidiana de los casados) son otras tantas claves de la originalidad, o si se quiere de la ingeniosidad (J.G.Weiger) de Guillén de Castro, un dramaturgo que ya Menéndez Pelayo calificaba de poco convencional.
JUAN RUIZ DE ALARCÓN

Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), el «Terencio español», nació en Méjico y estudió en la Universidad de Méjico, fundada a mediados del siglo XVI.  Obviamente, fue la primera universidad en territorio americano.  En 1600 fue a España y continuó sus estudios en la prestigiosa Universidad de Salamanca.  Practicó derecho en Sevilla y regresó a Méjico en 1608.  Después de vivir en Méjico por 5 años decidió volver a España, a Madrid, donde publicó 25 obras entre 1613 y 1626.  Murió en Madrid en 1639.
Alarcón fue un dramaturgo perfeccionista cuyas obras supuestamente carecen de pasión.  Era jorobado, pelirrojo, patizambo amargado.  Fue cruelmente criticado por sus contemporáneos como Luis de Góngora.  En sus dramas se valoran las virtudes de la amistad, la lealtad, la abnegación en el amor, la inocencia.  También se censuran los vicios como la mentira, la ingratitud, la injusticia y la ambición.  A la vez, Alarcón se preocupó por problemas sociales y costumbres de su tiempo.  En su teatro se reflejan generalmente problemas morales e intelectuales. Asimismo, el poeta se concentró más en el desarrollo de sus personajes que en la intriga. 
Sus dramas más famosos son La verdad sospechosa de 1619, Las paredes oyen (1621) y El examen de maridos  de 1623-25.  En la primera comedia, Don García, a quien le gusta mentir, regresa de Salamanca a Madrid, donde su padre trata de casarlo con doña Jacinta.  Don García ya está enamorado de esta dama, pero por accidente confunde su nombre con el de Lucrecia, su acompañante, con quien termina casándose.   Por consiguiente, Alarcón propone que la verdadera nobleza (vista en términos ya metafísicos) se origina en el espíritu y no en la sangre (sobre esto hay mucho que decir).  Propone entonces, supuestamente, la igualdad social moral.  Ver, por ejemplo, El tejedor de Segovia de 1619-22.  También se interesó Alarcón en aspectos de ocultismo, como se puede ver en Quien mal anda mal acaba (1610-1611), que versa sobre el pacto de un individuo con el demonio.  Otros dramas que usan de este tema son La cueva de Salamanca (1617-1620) y La prueba de las promesas (1618), éste último basado en el ejemplo 13 de El conde Lucanor de Juan Manuel (sobre el nigromántico don Illán de Toledo).  Su único drama religiosos es El Anticristo (1623). 
La estructura dramática de las obras de Alarcón versa sobre los defectos o virtudes de sus personajes.  Sus personajes femeninos suelen ser independientes aunque no tan desarrolladas como los de Lope de Vega.  Su estilo es realista y sus obras consisten de parlamentos largos, diálogos cortos y estilo llano.  Su visión del mundo es barroca y moralista.  Alarcón fue el menos prolífico de los dramaturgos del Siglo de Oro.  Sus obras no se reconocieron hasta después de su muerte cuando refundiciones suyas aparecieron en Francia, Inglaterra e Italia.

EL TEATRO BREVE

La representación barroca fue un espectáculo completo: antes de la comedia, se dirige una loa, variación del introito, al público, a la ciudad en que se representa o a cualquier pretexto divertido. Tras la primera jornada de la comedia se ofrece un entremés -historieta cómica que, durante el siglo XVI, se escribía en prosa- de unos doscientos versos. A continuación, la segunda jornada y, después, un baile, pieza breve, generalmente cantada. Acabada la tercera jornada, una mojiganga o fin de fiesta -originalmente un desfile de máscaras o reunión carnavalesca- podían asegurar el éxito de una representación. Existen géneros mixtos de estas obras y canciones como la jácara, sobre delincuentes famosos.
Estas representaciones carnavalescas presentan tipos fijos: el alcalde bobo, el sacristán conquistador, el estudiante pícaro, la buscona, el cornudo o el delincuente, a menudo llamado Escarramán. Mezcla de todos es Juan Rana, alcalde, doctor, pícaro y figura multiforme. Se le identificó con el actor Cosme Pérez (†1672).
En 1603 publica el madrileño Agustín de Rojas Villandrando (1577-h.1635) El viaje entretenido. En cuatro libros diálogan cuatro personajes reales. Se intercalan anécdotas, una novela y loas, de tema jocoso, sobre diversos temas: los días de la semana, la comedia actual, elogios de ciudades, alabanza del silencio, la mosca, etc. Esta miscelánea ofrece datos de representaciones, historia del teatro antiguo -bululúes, ñaques, farándulas-...
A comienzos de siglo, se escriben entremeses anónimos, como el famoso Entremés de los romances (h.1600), posible fuente de Don Quijote; Los habladores, atribuido a Cervantes, o el Entremés de la cárcel de Sevilla (h.1612)
Poetas de comedias y prosistas, como Francisco de Quevedo -autor de unos dieciséis entremeses en verso y prosa-, María de Zayas y Sotomayor o Salas Barbadillo, escriben teatro breve. Otros se dedican casi exclusivamente a este género, como Antonio Hurtado de Mendoza (1586-1644), Luis de Belmonte Bermúdez (¿1587-1650?), el asturiano Francisco Bernardo de Quirós (1580-1668) o el aragonés Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1599?-1655).
Las ediciones de entremeses se hacen frecuentes desde 1640, aunque apenas media docena de autores publican los suyos en libro. Aparecerán en florilegios, ramilletes y colecciones, o entre las comedias de autores consagrados, como Lope o Tirso de Molina. Su autoría es difícil de establecer por el poco aprecio que inspirarían, frente a géneros aparentemente "mayores".
El toledano Luis Quiñones de Benavente (¿1593?-1651) publicó los suyos en la Jocoseria (1645), colección de entremeses sobre costumbres madrileñas, como Los coches, El guardainfante, Las calles de Madrid... Fue apreciado por sus contemporáneos, que le animaron a editarlas.

EL TEATRO A FINES DEL SIGLO XVII: MORETO, ROJAS... LA ESCUELA DE CALDERÓN

La obra de Calderón animó a dramaturgos posteriores a desarrollar las directrices de su teatro. Brillan con luz propia y suplen la ausencia del maestro hasta el siglo siguiente.
ÁLVARO CUBILLO DE ARAGÓN (Granada 1596-1661) fue autor de una variada obra lírica y dramática, recogida en El enano de las Musas (1654).Incluye su comedia Las muñecas de Marcela, dama que esconde en el cuarto de sus muñecas a Carlos, que ha matado al primo de ésta. Don Luis, padre de la dama, y Otavio, pretendiente suyo, quieren vengarlo. Descubierto don Carlos, gana con el perdón la mano de Marcela, mientras Otavio obtiene la de su hermana Vitoria.
La comedia histórico-religiosa Los desagravios de Cristo trata de Vespasiano y la destrucción del templo de Jerusalén. Destaca entre las de figurón El señor de noches buenas.
De origen portugués fue JUAN DE MATOS FRAGOSO (1608-1689), autor de comedias como El yerro del entendido o la religiosa El Job de las mujeres
En El ingrato agradecido presenta el amor de Enrico y Elena, amenazado por el proyecto de casar a ésta con Carlos. Elena se finge necia para eludirlo, mientras Enrico la traiciona, enamorándose de Porcia. Elena castiga y perdona a Enrico, con quien se casa, al tiempo que lo hacen Porcia y Carlos. La obra se atribuyó a Lope y a Calderón.
Es autor de la primera jornada de El Hidalgo de la Mancha (1673), comedia de tres autores. Presenta en los carnavales del Toboso a Juan de Ayala y Enrique de Vargas, enamorados de Beatriz y de su invitada, Margarita. La presencia de don Quijote y Sancho enreda los carnavales. Los celos y malentendidos no impiden que las parejas acaben en matrimonio.
La segunda jornada es obra del madrileño JUAN BAUTISTA DIAMANTE (1625-1687). Publicó sus comedias en 1670 y 1674, entre las que destacan El honrador de su padre y La judía de Toledo.
JUAN VÉLEZ DE GUEVARA (1611-1675), hijo de Luis, completó la jornada tercera y el fin de fiesta. Los tres autores recrean con gracia episodios de las dos partes de Don Quijote y colaboraron en otras comedias.
De JUAN DE ZABALETA (¿Madrid, 1610?-1670) recordamos El día de fiesta por la tarde (1660), por su sátira del público en el teatro.Apenas dejó una docena de comedias y otras en colaboración, manuscritas o en colecciones de varios autores. En La honra vive en los muertos (1643) presenta el asesinato del padre de Beatriz por su pretendiente Diego, que la engaña y maltrata. Refugiada ella en la capilla familiar, la voz del padre la defiende, causando la vergüenza y arrepentimiento de Diego.
El asturiano FRANCISCO ANTONIO BANCES CANDAMO (1662-1704) rellenó el vacío creado tras la muerte de Calderón. En 1672 se encontraba en Sevilla y representa para la Corte en 1685: será el dramaturgo oficial de Carlos II. Sus escritos se editan de manera dispersa y asistemática, hasta la edición de Obras lyricas (1720) y Poesías cómicas (1722).
En El esclavo en grillos de oro (1692), el emperador Trajano comparte el poder con Camilo, enterado de la conspiración que éste trama. Así descubre el traidor la abrumadora carga del Imperio y renuncia al trono. La comedia sugería a Carlos II la necesidad de buscar un heredero para España. Sobre ese tema insiste en La piedra filosofal (18/1/1693): Hispalo pretende la mano de Iberia, hija del rey Hispán. Encantado por el mago Rocas, cree haberla logrado, pero fracasa. La suerte le devuelve a Iberia. Hispalo, aceptando lo ilusorio de la vida, hereda España y es feliz. La obra recuerda el ejemplo X de El conde Lucanor y La vida es sueño. Ofrece ideas sobre el gobernante y la sucesión en el gobierno, dirigidas al último de los Austrias.
El español más amante y desgraciado Macías es una comedia escrita en colaboración con otros dos autores. Representa la muerte de este trovador en la corte del Marqués de Villena, tras enamorar a diferentes mujeres.
Bances Candamo es autor de un estudio sobre teatro, inédito hasta 1970: el Teatro de los teatros, conservado en tres redacciones entre 1689 y 1694. Lo que comienza como una simple historia del teatro, desde un punto de vista moral, termina en un estudio de la literatura clásica y la poesía, con un enfoque neoplatónico.
Cierran el siglo autores de interés, aunque poco prolíficos, como FRANCISCO SANTOS (1623-1698), dramaturgos que desarrollan su actividad a comienzos del siglo XVIII, como ANTONIO DE ZAMORA (1660/4-1728) -aunque en 1698 ya había estrenado El hechizado por fuerza-, o como JOSÉ DE CAÑIZARES (1676-1750), que se estudiarán en la centuria siguiente.
Se viene diciendo que el teatro posterior a Calderón se limita a repetir y refundir argumentos anteriores, sin aportar nada esencial a la escena. Sin embargo, esta misma reiteración se observa ya en las comedias de don Pedro e, incluso, en las de Lope de Vega. El hecho es que existían mecanismos para producir comedias, que permanecerían vigentes hasta finales del siglo XVIII y que se recordarían en el XIX.

Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648)

Francisco de Rojas de Zorrilla nace en Toledo el 4 de octubre de 1607. Estudió en su ciudad natal y probablemente en Salamanca; en 1631 reside en Madrid, habiendo estrenado para esa fecha algunas piezas aplaudidas no sólo por el vulgo sino también por Felipe IV, a quien Rojas alabará en un Anfiteatro de Felipe el Grande, junto con otros ochenta y nueve poetas, con motivo de haber matado el monarca un toro de un arcabuzazo. Felipe IV protegió a Rojas y pronto las comedias de éste subieron a palacio; siendo fiscal de unos vejámenes en los festejos y agasajos con que se honró a la princesa de Carignan, su sátira contra sus colegas fue tan dura al parecer que alguno de los ofendidos o alguna mano pagada propinó a Rojas varias cuchilladas que lo llevaron al borde la tumba. En 1640, y para el estreno de un nuevo teatro construido con todo lujo, compuso por encargo la comedia Los bandos de Verona. El monarca, satisfecho con el dramaturgo, se empeñó en concederle el hábito de Santiago: las primeras informaciones no probaron ni su hidalguía ni su limpieza de sangre, antes bien, la empañaron; pero una segunda investigación que tuvo por escribano a Quevedo, mereció el placer y fue confirmado en el hábito (1643). En 1644, desolado el monarca por la muerte de su esposa Isabel de Borbón y poco más tarde por la de su hijo, ordenó clausurar los tablados, que no se abrirán ya en vida de Rojas Zorrilla, fallecido de forma repentina en Madrid el 23 de enero de 1648.
Rojas comenzó su carrera dramática en 1632, colaborando con Pérez Montalbán y Calderón de la Barca en la tragedia El monstruo de la fortuna. Después sólo o en colaboración a veces con Vélez de Guevara, Mira de Amescua y otros autores escribió numerosas piezas (un total de 70), entre las que destacan: Del rey abajo ninguno, drama sobre el honor, Entre bobos andas el juego, una de sus mejores comedias, Donde hay agravios no hay celos, Lo que son mujeres, El más impropio verdugo, Casarse por vengarse, No hay ser padre siendo rey y El Caín de Cataluña.
La pieza más famosa de Rojas, Del rey abajo ninguno, y labrador más honrado García del Castañar, participa de la trama de El villano en su rincón, de Lope; de El celoso prudente, de Tirso, y de La luna de la sierra, de Vélez de Guevara; las concesiones al público son manifiestas y entroncan con el teatro más lopesco; el personaje creyéndose ofendido por el rey, trata de lavar la afrenta en su esposa, que ha de huir a la corte, donde don García se entera de que ha sido un caballero y no el monarca quien intentó conseguir los favores de su esposa. El caso se enraíza fuertemente en el sentido tradicional del honor, ya que don García está seguro de la inocencia de su esposa; el mismo deja escapar a quien cree el monarca antes que hubiera lugar a los hechos.
El honor es llevado aquí hasta sus últimas consecuencias, pero no de la manera fría y codificada de un Lope, o, sobre todo, de un Calderón; Rojas humaniza esta lucha de García del Castañar, al mostrar al héroe atenazado por las dudas, por el dilema de la injusticia de su acto, por la tortura cruel del pensamiento: es una lucha corneillana entre el amor y el deber que no alcanza extremosidad trágica por intervención del destino.
Rojas es el trágico por excelencia del teatro dorado; ningún otro tiene su violencia para los desenlaces, hasta el punto de que llena de sangre la escena como los románticos. Trágico hasta la desmesura, hasta cruzar los límites permitidos por Lope, hasta la truculencia. En Cada cual lo que le toca, además de presentar a la mujer como vengadora de su afrenta, matando al ofensor -un seductor que incumple la promesa de matrimonio- con la espada de su marido, adelanta un paso hacia la humanización según las normas, el marido no podía perdonar una vez conocida la falta. Rojas osó hacerlo y recibió la repulsa de un público no acostumbrado a tales desenlaces.
En la vertiente cómica, diremos que las comedias de Rojas se limitan a divertir con enredos hábiles, animación, travesuras y abundante gracia. La más conocida, Entre bobos anda el juego, saca a escena el figurón, que dará pie a un tipo de comedia, así calificado: don Lucas no es el primer viejo avaro y miserable que se pierde en amores por una joven, mientras ésta pone sus ansias en otro personaje más merecedor de ellas por razón y lógica.
Rojas escribió además varios autos siguiendo a Calderón en argumentos y motivos, así como dos comedias de Santos, Santa Isabel, reina de Portugal y La vida en el ataúd, que sólo demuestran la indiferencia de Rojas por los temas religiosos.
La figura de Rojas, injustamente olvidada, ha merecido el honor de unas Jornadas de Teatro Clásico de Almagro (1999) enteramente dedicadas a su obra dramática. En dichas Jornadas, su Director, Felipe B. Pedraza se lamentaba del olvido con que se ha castigado a Rojas, que allá por 1640 estaba considerado a la misma altura de Lope, Calderón y Tirso.

Agustín de Moreto

En Madrid nació Agustín de Moreto y Cabañas -o Cavana- (1618-1669), de padres italianos. Estudió en Alcalá en 1634 y fue clérigo en 1642. La escasez de datos biográficos apuntan a una vida sencilla.
En 1650 representa El parecido en la Corte, comedia de enredo, en que Fernando de Ribera aprovecha que don Pedro de Luján lo confunda con su desaparecido hijo para conquistar a su hija doña Inés. La aparición del ausente no impide las bodas de Inés y Fernando.
Trata el tema del desdén en El poder de la amistad, donde el escita Alejandro conquista a Margarita, hija del rey de Creta, gracias a las hazañas militares de Tebandro y a los enredos de su amigo Luciano y su criado Moclín: fingiéndose enamorado de Matilde, vence los desprecios de Margarita.
En 1652 se imprime San Franco de Sena, que se reedita en la Primera parte de sus comedias (1654) como El lego del Carmen. Es una comedia de santos sobre Franco, que, en su juventud libertina, rapta a Lucrecia y la lleva al ejército. En el juego, pierde los ojos y, comprendiendo su maldad, se hace ermitaño. Aunque Lucrecia se hace bandolera, Custodio la guía hasta salvarla. Franco recibe el hábito del Carmen.
De hacia 1653 será El desdén con el desdén, acerca de la conquista de la esquiva Diana por Carlos, que se finge indiferente y anuncia su boda con Cintia. Diana, incapaz de contener su pasión, la confiesa ante su padre, Conde de Barcelona.
Aparece la Primera parte de comedias (1654). Su autor vive en Sevilla desde 1656, con los pobres del Pradillo del Carmen, donde pidió ser enterrado.
La producción de Moreto se completa con obras de teatro breve. Alguno de sus entremeses, como Las galeras de la honra, se incluyó en los Autos sacramentales y al Nacimiento de Cristo con sus loas y entremeses (1675), entre obras de Calderón. Destacó en la comedia costumbrista, por la psicología de sus personajes y la moral que predica, heredera de Ruiz de Alarcón.

TIRSO DE MOLINA

Tirso de Molina (Madrid, 1579-Almazán, 1648), seudónimo literario del fraile mercedario Fray Gabriel Téllez, ha pasado a los anales de la historia de la literatura como creador dramático del personaje de don Juan, pero es el conjunto de su obra lo que le sitúa al lado de los nombres más importantes de la comedia del Siglo de Oro (Lope de Vega y Calderón de la Barca). Cultivador también de prosa, con obras narrativas, misceláneas e historias, y de poesía lírica, su fama y renombre se deben a la fecunda labor que realizó para la escena barroca.
Nace fray Gabriel Téllez en 1579, en Madrid, donde cursa estudios de Humanidades e ingresa, en 1600, en el convento de la Merced, para ser ordenado un año más tarde en Guadalajara. Durante la primera década del XVII realiza estudios universitarios de Artes, Teología y Sagrada Escritura. En su actividad dentro de la Orden de la Merced ocupará un lugar destacado: ostenta cargos de responsabilidad, y desarrolla labores pastorales, educativas y teológicas, etc.
Entre 1604 y 1610 coincide en Toledo con Lope de Vega, a quien consideraría su maestro; en 1610 ya es conocido como dramaturgo, y a partir de 1615 comienza a firmar sus obras con seudónimo. El lustro de 1620 a 1625 supone un periodo de gran actividad literaria, que se verá oscurecido cuando el 6 de marzo de 1625 la Junta de Reformación de Costumbres le condena por «el escándalo que causa [...] con comedias que hace profanas y de malos incentivos y ejemplos», recomendando «al Nuncio le eche de aquí a uno de los monasterios más remotos de su Religión y le imponga excomunión mayor latæ sententiæ para que no haga comedias ni otro ningún género de versos profanos».
En 1632 es nombrado Cronista General de la Orden y en 1639 termina la Historia General de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes. Pero un año después es confinado en el convento de Cuenca, privándosele de su cargo de cronista y prohibiendo la publicación de su Historia...; éste y otros incidentes y persecuciones posteriores parecen deberse a la nefasta influencia del conde-duque de Olivares.
En 1646 es elegido definidor provincial de Castilla, y en 1648, de camino hacia Madrid, le sorprende la muerte en Almazán, provincia de Soria.
Tirso escribió también obras novelísticas e históricas, entre las que destacan la Historia General de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes (acabada en 1639), y las misceláneas Cigarrales de Toledo (1624) y Deleitar aprovechando (1635).
Cigarrales de Toledo es una miscelánea profana con novelas cortesanas, poemas y tres comedias (El vergonzoso en palacio, Cómo han de ser los amigos y El celoso prudente). Presenta la disposición estructural del Decamerón: con un ritmo muy ágil cuenta la reunión de varios amigos que se han dado cita en una fiesta campestre en Toledo y salpican su diversión con relatos agudos y picarescos.
Deleitar aprovechando es, por el contrario, una obra más grave y serena, formada por relatos piadosos, autos sacramentales y poesía devota. De finalidad formativa y de adoctrinamiento, mantiene un tono de ejemplaridad.

Como autor teatral se estima que compuso unas 400 obras para los escenarios (en los Cigarrales de Toledo habla de 300), cultivando todos los géneros, pero se conserva aproximadamente un centenar. Sus comedias completas se imprimieron en cinco partes: Primera parte (Sevilla, 1627), Segunda parte (Madrid, 1635), Tercera parte (Tortosa, 1634), Cuarta parte (Madrid, 1635) y Quinta parte (Madrid, 1636).
Continuador de la fórmula dramática lopesca, que defenderá en los Cigarrales de Toledo, su obra presenta unas características propias, unos rasgos personales más acusados. La calidad de su teatro se basa en una aguda capacidad de observación de la realidad política y humana, el tratamiento irónico y, en ocasiones, satírico que imprime a su creación, y una sólida formación intelectual y teológica.
Destaca particularmente el acierto psicológico en la configuración de los personajes, creando una variada galería de caracteres individuales. Sobresale de manera especial la caracterización de los personajes femeninos, fenómeno inusual en la literatura dramática del Siglo de Oro. La crítica, casi por unanimidad (Vossler, Blanca de los Ríos, Mª Pilar Palomo, Margaret Wilson, etc.) ha subrayado en su obra el aspecto de la defensa de la mujer, que, como protagonista de su destino, desde una postura activa reafirma su espíritu de independencia. Un caso ejemplar sería el de La prudencia en la mujer, obra considerada como una de las grandes piezas históricas en el teatro barroco español, en la que retrata a doña María de Molina como reina, mujer y madre (el papel de la madre está prácticamente ausente de la escena española del siglo XVII), además de enfrentar dos concepciones de gobierno (cristiana y maquiavélica).
El origen de sus obras presenta un referente directo en la realidad, lo que supone la desmitificación del carácter más idealizado de la comedia anterior. Configurando personajes individuales, pero representativos, y construyendo una ambientación general, destaca la presencia del pueblo llano y de personajes de clase media: «no sé yo por qué ha de tener nombre de Comedia la que introduce sus personas entre Duques y Condes, siendo ansí que las que más graves se permiten en semejantes acciones no pasan de ciudadanos, patricios y damas de mediana condición» (Cigarrales de Toledo, Cigarral Primero).
Tirso tiende a manifestar objetivamente la realidad que observa, y la plasma a través de unos caracteres, como autor que considera el teatro como representación de la vida, donde todo acaece. Pero esta concepción de la comedia se acerca, por el contrario, a una visión lúdica del hecho teatral, que entronca con la importancia que se otorga a las apariencias:
>          Tirso de Molina es uno de los autores más brillantes en el uso del disfraz, planteando situaciones de gran comicidad y mostrando una burla de la rigidez del sistema, que rodea y condiciona a los personajes, frente a la libertad del individuo. La apariencia, la máscara, el disfraz, dominan sobre el hombre, pero esta oposición entre la apariencia y la verdad, entre los personajes y el medio, no supone un enfrentamiento trágico, sino el modo de establecer un conflicto dramático y realizar la denuncia del ambiente social desde unos planteamientos lúdicos, festivos.
>          En este juego de apariencias y disfraces, Tirso hace que la mujer a menudo se vista de hombre (Don Gil de las clazas verdes, La gallega Mari Hernández), o la dama se disfrace de labradora (La villana de Vallecas), o que sea la mujer quien tome la iniciativa y se declare mediante el artificio de falsamente hablar en sueños (El vergonzoso en palacio). Aspectos todos que han sido comentados por Casalduero, Palomo, Ruiz Ramón o Francisco Ayala.
>          De este modo, se huye de la identificación por medio de distintos recursos de distanciamiento, como el uso del disfraz, el procedimiento del teatro dentro del teatro, la localización espacio-temporal lejana a los espectadores (en El vergonzoso en palacio la acción acontece en el Portugal de 1400), en unas obras que se han venido a llamar «comedias de fantasía».
Porque en la confrontación entre personaje y sociedad va a vencer aquél, excepto en las que quizá sean sus dos mejores comedias: El condenado por desconfiado y El burlador de Sevilla y el convidado de piedra. Con todo, esta derrota del sistema no supone una violación de las normas, pues, en el juego dramático, por encima de la moral predomina la ironía y el humor, en ocasiones, tolerante y comprensivo ante la debilidad del hombre. La conciliación final supone un reconocimiento de la relatividad del juego de las apariencias, del entramado de las conductas sociales, de lo real, porque todo es verdad y todo es mentira.
El humor de Tirso va desde lo satírico hasta la tolerancia; es artificioso en las comedias de enredo, donde predomina la complicación, el embrollo y la intriga en la acción. La comicidad va más allá del simple ingenio lingüístico; la fuerza cómica recae en las situaciones y en distintos personajes. En el lenguaje demuestra un gran dominio, aunque sin la frescura y espontaneidad de Lope de Vega, puesto que su verso es más barroco por mayor virtuosismo formal, con predominio del ingenio lingüístico y del equívoco en el vocablo, con juegos de palabras y construcciones, en ocasiones, conceptistas.
En su TEATRO RELIGIOSO podemos distinguir tres tipos de obras: comedias bíblicas (La venganza de Tamar), comedias hagiográficas (la trilogía de La Santa Juana), y autos sacramentales en los que dramatiza problemas teológicos (El colmenero divino).
Como señala María Pilar Palomo, Tirso destaca en la encarnación dramática de tesis morales y teológicas, aunque sin la capacidad de abstracción de grandes conceptos y de creación alegórica propia de Calderón. Dotado Tirso de Molina de una poderosa fuerza la caracterización de los personajes, no es la calidad de su inspiración la más idónea para la representación escénica de términos abstractos. Así pues, sus autos sacramentales, salvo excepciones, no cumplen en modo alguno la definición que de ellos se viene repitiendo, es decir: pieza dramática en un acto que versa, siempre bajo forma simbólica o alegórico, acerca del Misterio de la Eucaristía. Bien es verdad que dicha definición no tiene una vigencia absoluta sino en los autos calderonianos y, por consiguiente, de su escuela, cuando ya el poderoso aliento conceptual de Calderón ha llevado el teatro a una región no ya idealista, sino ilusionista, y el símbolo ha triunfado sobre el personaje. Tirso de Molina está en este aspecto de su teatro totalmente inmerso en la escuela de Lope. Dominarán en él, como en el resto de la escuela, lo sentimental y lo lírico sobre lo teológico y lo abstracto. Y de otra parte, dotará a estos términos abstractos, de que se sirve como personajes, de tal humanización que, en muchos casos, su auto sacramental transformado en comedia hagiográfica, en esencia no tendrá de tal sino el aspecto formal de ser en un acto, y el hecho histórico de representarse el día del Corpus.
Esta humanización de lo abstracto, este paso de lo simbólico intelectual a lo concreto real, que explica en parte la aparición de su comedia teológica, lo ha visto y expuesto con gran claridad Wardropper al estudiar el teatro sacramental de Tirso, dentro de la evolución del teatro religioso español: «... no representan [los autos sacramentales de Tirso] ninguna contribución sólida a la formación del teatro eucarístico. No avanzó en el auto sacramental por no comprenderlo, por confundirlo con la comedia divina. El punto central de los autos no es el Hombre, sino un hombre, sea santo o pecador»
Tirso de Molina también se dedicó al drama de tesis teológico. Este subgrupo está constituido por aquellas obras que, por distintos caminos, tienden a la dramatización de un problema humano emanado de la Teología. Son tres las obras de este tipo y de muy diferente factura.
1) El mayor desengaño, que sin la intencionalidad que preside su concepción, bien pudiera incluirse entre las comedias hagiográficas, ya que se trata de la historia de la vida secular, creada en gran parte imaginativamente, de Bruno de Hartenfaust, fundador de la Cartuja. Sin embargo, el tercer acto se evade de esta clasificación. En él, la leyenda o historia de la conversión de San Bruno, rodeada de circunstancias milagrosas, está utilizada como base de la idea teológica de que el que espera la salvación por sus méritos propios se condena, y no así el que la espera de la misericordia de Dios. A ello ha de añadirse; el gran aparato erudito que se añade a la obra, con largos razonamientos y disquisiciones teológicas, aunque perfectamente situadas en la estructura de la comedia.
2) En El condenado por desconfiado –dejamos de lado la polémica en trono a si Tirso fue o no su autor–, el teatro de tesis teológico logra su culminación. El aparato teológico mentado en El condenado por desconfiado es de tal evidencia que su sola presencia motivó la seguridad de atribución tirsista de Menéndez y Pelayo, al afirmar que sólo Tirso entre los dramaturgos coetáneos tenía la formación teológica necesaria para ello –desmintiendo por tanto a quienes dudaban de la paternidad de Tirso en esta obra maestra. Y más recientemente el padre Martín Ortuzar, con más conocimiento de causa por su profundo saber teológico, ha llegado a análoga conclusión.
En El condenado la teología preside la concepción total de la obra y el también total desarrollo de la acción. A la luz del profundo análisis del citado padre Ortuzar se van aclarando caracteres, episodios, frases, en tanto representación escénica y bellísima de ideas teológicas, agrupadas en torno a la polémica entre dominicos y jesuitas (partidarios unos del Padre Báñez, y otros del Padre  Molina) en torno al libre albedrío, la predestinación del alma y la función de la gracia divina.
«El poema El condenado —analiza Martín Ortuzar— es una respuesta a dos ideas falsas que se forjan en la desalquilada cabeza de Paulo, ideas que son dos saetas o dos objeciones contra otras dos verdades de la Sagrada Teología: Estas dos ideas falsas que se suceden en la mente de Paulo son: primero, las obras son causa de la predestinación y la gracia; y segundo, Dios es capaz de condenar a uno sin tener en cuenta sus obras, buenas o malas. En una lógica abstracta esas dos proposiciones se excluyen; pero en la lógica viva y concreta de Paulo son perfectamente asociables.»
Para responder a esas ideas, Tirso crea dos personajes: Enrico, el predestinado a la salvación, porque Dios le dará la gracia intrínsecamente eficaz, que ningún humano puede desoír. Como apoyo de la tesis, Enrico, el bandido, lo espera todo de la misericordia de Dios. Y frente a él, Paulo, el soberbio, que lo espera todo de sus obras y que por soberbia y desconfianza va desoyendo reiteradamente las voces divinas que le impulsan al antiguo buen camino; las voces que serán la expresión concreta, de bellísimo juego escénico, de los auxilios de la gracia suficiente concedida a todo hombre y a la que éste, por virtud de su libre albedrío, puede o no acomodar su voluntad. Paulo, el rebelde, las desoye y, aparatosamente, se condena.
3) Con el mismo aparato escénico se condenará el otro gran rebelde del teatro tirsista: Don Juan, en El burlador de Sevilla y convidado de piedra –otra obra con problemas de atribución en torno a Tirso de Molina–. Como señalan Palomo y Ruiz Ramón, el sevillano Tenorio no desoirá las premoniciones divinas por soberbia de su mente, sino por soberbia de su carne. Si Paulo es el gran desconfiado, que reta a Dios por su orgullo y vanidad, Tenorio es el gran confiado que temerariamente reta a Dios por su vitalismo sensual. Ambos desoirán los auxilios de la gracia. Pero si Paulo duda, en angustiosa lucha mental, Tenorio es como una llama que arde en su propio fuego y que cruza por la escena y por la vida como un vendaval que jamás se detiene para reflexionar sobre el gran negocio de la salvación. Ambos se condenan no por sus obras únicamente —los grandes pecadores arrepentidos serán un tema hagiográfico intrínsecamente barroco—, sino por la pertinaz y soberbia negativa a escuchar los avisos del cielo, que con carácter milagroso se les envían.
Pero al desarrollar su idea, Tirso se ha valido en ambas comedias de elementos análogos para estructurar el argumento: la tradición popular. Así el tema del bandido, prototipo de salvador cariño filial, se rastrea por la literatura hasta sus orígenes sánscritos y el del joven libertino que se mofa de un muerto hasta invitarle a cenar, corre por la poesía folklórica de toda la península (Menéndez Pidal: El condenado por desconfiado y Sobre los orígenes de «El convidado de Piedra» en «Estudios Literarios». Madrid, 1920). Ahora bien, el poder caracteriológico de Tirso ha producido, en genial simbiosis de teología y tradición, de poesía y fuerza dramática, los tres caracteres —Paulo, Enrico, Don Juan— de mayor potencia de su teatro y de casi toda su época. Particularmente, el sevillano Tenorio, con la creación de uno de los grandes mitos literarios universales.
En las COMEDIAS DE ASUNTO HISTÓRICO, de distinta temática (aragonesa, portuguesa, americana o castellana; cabe señalar que sus variadas estancias en distintos lugares dejarán una influencia destacable en su producción), exalta el valor colectivo y las virtudes nacionales, pero, lejos del predominio lopesco del ambiente, se preocupa por los personajes concretos, cercanos a la categoría de héroes y representativos del grupo. Sus ambientaciones tiene visos realistas, aderezados de hechos maravillosos, batallas,... Sobresalen en su producción la trilogía de Pizarro (Todo es dar en una cosa, Las Amazonas en las Indias y La lealtad contra la envidia), y la historia de doña María de Molina (La prudencia en la mujer).
Lo original de la breve producción histórico-profana del teatro tirsista —siete obras seguras y dos de dudosa atribución— es su preconcebida intención de autenticidad. Tirso no solamente basa su teatro histórico en sucesos verdaderos, en que se siguen, en ocasiones, hasta los detalles, sino que muestra un decidido empeño en dejar constancia de ello. Por ejemplo, el manuscrito autógrafo de Las Quinas de Portugal se acompaña de una nota explicativa, con minuciosidad erudita, de todas las fuentes históricas utilizadas para la redacción de la comedia.
Y esta inspiración directa en crónicas y no en romances, esta sujeción a las leyes no ya de lo verosímil, sino de lo auténtico, se alza en fuerte contraste con la norma más general de la comedia histórico-barroca, a la que el público no pedía sino una sucesión de hechos que mantuvieran su interés sin más sujeción que ser la representación de un espíritu nacional y bebiendo, por tanto, directamente en todo un cúmulo de tradiciones y leyendas transmitidas por el romancero. Tirso, por el contrario, sólo basará en esta fuente popular desde sus comedias histórico-profanas: La romera de Santiago y El cobarde más valiente. Y cuando deforma la autenticidad de lo histórico, alterando lo transmitido por las fuentes eruditas consultadas, no será por un proverbial elemento técnico-literario, sino por una preconcebida intencionalidad extraescénica. Así, el caso de la Trilogía de los Pizarro, en que se tergiversan los hechos históricos, en apoyo de las reclamaciones de títulos de sus herederos, de una manera análoga, sin desviarse de la verdad histórica en este caso, a lo realizado en Antona García, escrita posiblemente en torno a las peticiones de exención -de tributos por parte de los descendientes de la heroína de Toro.
En los dramas bíblicos se observa una compacta homogeneidad. Homogeneidad derivada, fundamentalmente, de la fuente común en que están inspirados. Ya que, precisamente, una de sus características es su escrupulosa fidelidad a los textos originarios. En virtud de ello se utiliza la Biblia más como fuente puramente histórica que hagiográfica, de tal manera que se elegirán sus temas no por lo que entrañan en sí de ejemplificación piadosa, sino por el enorme vigor dramático que encierran. Y de ahí surgirá el hecho de la supremacía, en la elección, del personaje sobre el suceso.
Cinco son las comedias de este grupo. Las tres primeras propiamente bíblicas, y las dos restantes evangélicas: La mujer que manda en casa, o historia de Jezabel. La mejor espigadora, sobre la figura de Ruth. La venganza de Tamar, tendiendo ligeramente a un drama de honor y de honra, que plantea el tema del incesto. La vida y muerte de Herodes, plasmación del recurso teatral de los celos. Tanto es lo de más como lo de menos, que presenta la particularidad, dentro de este grupo bíblicohistórico, de fundarse no en la narración de un suceso o en la dramatización de un personaje auténtico, sino en una parábola evangélica, la del hijo pródigo, enlazada con la historia de Lázaro, el pobre que comía las migajas del rico avariento.
Siguiendo las normas de los dramas históricos, en los dramas bíblicos se sigue escrupulosamente el hilo de la narración bíblico-histórica en lo esencial y en lo accesorio, supliendo la imaginación solamente aquello que falta en el texto de origen y que es necesario o conveniente para el desarrollo de la acción o de la psicología del personaje. Incluso cuando el texto es insuficiente para delinear ésta o aquélla, se acude a fuentes históricas profanas, pero se sigue manteniendo en todo momento la autenticidad de los acontecimientos, como es el caso de La vida y muerte de Herodes, en que, como fuente originaria, aparece el historiador Flavio Josefo junto a la narración evangélica.
También destaca en los dramas bíblicos de Tirso un aliento poderoso de tragedia, no frecuente en sus dramas histórico-profanos. Los personajes se mueven irremediablemente conducidos por el ímpetu de sus pasiones. Sirvan como ejemplo Jezabel, llevada de su lujuria, crueldad y ansias satánicas de poder; Tamar, y'sus inexorables deseos de venganza, o Herodes, enloquecido de pasión y de celos. Sobre ellos, sin embargo, se cierne un destino trágico encarnado en la justicia divina, como cumple a un dramaturgo cristiano, que se anuncia por medio de premoniciones y avisos, como en la escena en que Jezabel contempla ante el espejo la figura ensangrentada de Nabot y su propia y lastimera muerte, mientras se escucha a lo lejos, como en un coro de tragedia clásica, la canción popular que cuenta su historia y su final.
Junto a este ambiente trágico, domina también estas obras un bucolismo de expresión bíblica, enlazado en ocasiones con un bucolismo renacentista, con interferencias de lo villanesca, que anima por ejemplo las escenas finales de La mejor espigadera.
Las COMEDIAS DE INTRIGA O DE ENREDO destacan por la configuración estructural, pues con una magistral técnica para enredar y desenredar situaciones y tramas dentro de una acción dinámica no provoca la pérdida de interés en la acción, y consigue una rápida y eficaz creación de ambiente y de tipos. Entre éstas, sobresale Don Gil de las calzas verdes, comedia urbana con escenarios y personajes cotidianos, perfectamente construida, destaca por su astucia e ingenio, por el brillante enfoque cómico de personajes, situaciones y lenguaje.
En Marta la piadosa, comedia de dramatización de la hipocresía, anterior a Molière y a Moratín, presenta una original comicidad en la censura de la falsa religiosidad, satirizando tipos y situaciones; y El vergonzoso en palacio, con doña Magdalena, ejemplo de sus personajes femeninos, que luchan ante cualquier obstáculo por conseguir sus propósitos.
La argumentación de estas comedias de enredo es siempre una derivación del tema amoroso en cualquiera de las múltiples circunstancias y matices que la amplitud del tema puede originar. El amor, en la trama, estará siempre secundado por los celos, como partes integradoras del tema. Ambas pasiones, inseparables en el sentir de nuestros dramaturgos, serán los resortes humanos y psicológicos fundamentales que motivarán la acción dramática, utilizados siempre bajo una. valoración idéntica. Por el contrario, amor y celos se mantienen siempre dentro de los imperativos de la cortesía y de la galantería —nunca frivolidad—, sujeción que no excluye el que estén utilizados por los grandes dramaturgos como Tirso bajo una complejidad psicológica en la que a la pura observación del alma humana viene a unirse una tradición filosófico-amorosa, de origen renacentista y platónico, a la par que se extrema y refuerza el simbolismo barroco.
Esta conjunción celos-amor, que engendra el conflicto de la trama, verá incrementado su interés con otros elementos, como el histórico, el costumbrista, el satírico, etc., pero sin que estos elementos alcancen jamás un valor más allá de lo puramente accesorio. Esto origina que cuando el desarrollo argumental no posee en sí mismo una importancia escénica, los episodios o situaciones se acumulen o adquieran un valor independiente, cuya accidentalidad menoscaba o distrae el ritmo escénico y la exposición de los hechos que definen el argumento.
Técnicamente, señala Mª Pilar Palomo, la comedia de enredo de Tirso está delimitada por dos planos estructurales, cuyo paralelismo afectará notablemente al desarrollo de la acción: el plano superior, elevado y noble, de los protagonistas, entre los que se desenvuelve la trama amorosa, y el plano inferior, popular, de los personajes más o menos accesorios que les ayudan en su empresa. Si al plano superior está encomendado el desarrollo de la trama amorosa, al plano popular están encomendados en la comedia, en líneas generales, los efectos cómicos. Y de entre los personajes que lo integran, a aquel que tiene más importancia en el desarrollo de la trama se le encomienda uno de los papeles primordiales de la obra: el representar la figura del donaire. Normalmente este personaje es el lacayo o criado del galán. Pero no faltan comedias en que este papel aparece encomendado a una mujer, como la Tomasa de La Huerta de Juan Fernández y, acaso, la Quiteria de El amor médico. Siempre la réplica a esta figura del donaire se la da la criada de la dama o, en los casos citados, el criado del galán, que mantienen, con su trama amorosa, el paralelismo argumental de los dos planos.
Esas diferencias esenciales que hemos visto en los dos planos estructurales marcan el efecto de dos tipos de paralelismo: el de contraste y el argumental. En el primero se sitúan las acciones paralelas y análogas entre los dos planos: señores y criados, y en él es en el que, por virtud de ese contraste, las de éstos serán la caricatura, con efectos cómicos, de los primeros. A los amores de dama y galán se contraponen, contrastados en sus radicales diferencias, los amores de lacayo y criada, en una plástica expresión dramática de una de las notas esenciales del barroco: la burla deformada de los ideales renacentistas. Y ante la expresión idealizada a veces, y siempre sutilmente poética, de unos amantes representantes aún de una teoría amorosa impregnada de petrarquismo, surge la caricatura barroca, saturada de elementos realistas, de oposición a todo literario idealismo.
En cuanto al paralelismo argumental, está mucho menos delimitado, e interferido, además, por otros resortes estructurales. Sin ningún valor de contraste, sirve únicamente como refuerzo del interés de la trama y como medio para embrollar la acción. Es también, a veces, promotor de efectos cómicos, pero solamente de aquellos que derivan de las situaciones, propio, como ya dije, del plano en que mueve. Este paralelismo de acción se desarrolla entre los personajes nobles, contraponiendo un galán a otro galán, y una dama a otra dama, aunque no por parejas.
Naturalmente, esto no es sino la utilización, más o menos matizada, de la fórmula lopesca de la comedia, con tan pleno paralelismo que podría reducirse a una fórmula matemática expresada en una regla de tres. Esta dualidad de parejas está casi siempre opuesta: o dos damas enamoradas del mismo galán, más el desdeñado amante de una de ellas, que completa el cuarteto, o viceversa. De esa rivalidad nacerá el conflicto de la obra.
Finalmente queda destacar en la comedia de enredo de Tirso el uso del ingenio, del impulso irrefrenable de los protagonistas a vencer todas las trabas que impiden su matrimonio con la persona amada. Con astucia, sagacidad y un buen disfraz como el de Don Gil de las calzas verdes se puede superar ese camino espinoso que conduce al triunfo del amor.

Para saber más sobre Tirso de Molina:
http://parnaseo.uv.es/Ars/Estudios/I_Pascual.htm
http://www.ucm.es/info/especulo/numero7/palomo1.htm
http://www.ucm.es/info/especulo/numero8/palomo2.htm

Colección de textos teatrales del Siglo de Oro
http://www.trinity.edu/org/comedia/textlist.html

 

CALDERÓN DE LA BARCA

INTRODUCCIÓN (resumen de la biografía elaborada por Evangelina Rodríguez en  http://cervantesvirtual.com/bib_autor/Calderon/)

Por su dilatado recorrido vital, por la estratégica situación histórica que le tocó vivir y por la variedad de registros de su excepcional obra teatral, Calderón de la Barca sintetiza el magnífico pero también contradictorio siglo XVII, el más complicado de la historia española. Testigo de tres reinados (el de Felipe III, el de Felipe IV y el de Carlos II) vivió la Europa del pacifismo, la Europa de la Guerra de los Treinta Años y la del nuevo orden internacional, simultáneo al lento declinar de la monarquía. Es decir, el Siglo de Oro de las letras y las artes que fue también el siglo de barro y de crisis que habría de definir después Ortega y Gasset como el del aislamiento o tibetanización de España.
Descendiente de una mediana hidalguía de burócratas, Calderón conjugó el vitalismo popular con la matemática depurada y exacta de la clase oficial de la que fue cronista e intérprete y, a su modo, también conciencia crítica. Se educó en ese pensamiento oficial, pasó por la carrera militar y recaló en el estado eclesiástico, aunque su biografía (más discreta, menos volcada a la extroversión íntima de Lope) revela también actitudes nada condescendientes, a veces, con su contexto histórico y vital. Pero sobre todo, revela al humanista tardío y al enciclopédico preilustrado que alcanzó a conocer aún el lejano magisterio de Cervantes, que convivió con Velázquez (convirtiendo muchas veces en teatro lo que éste retrató) y que fue contemporáneo, entre otros, de Góngora, Quevedo, Gracián, Kepler, Monteverdi, Hobbes, Pascal, Descartes, Espinoza, Hobbes y Locke.
Calderón nace en Madrid, el 17 de enero del año 1600. La primera etapa de su vida (hasta 1620), coincide con la última parte del reinado de Felipe III y de la privanza del Duque de Lerma. La muerte prematura de su madre en 1610 y el sentido autoritario de su padre, que dispone férreamente el destino y oficio de sus hijos, y muere en 1615, hacen que Calderón crezca profundamente influido por la complicidad familiar de sus hermanos Diego y José, pero, sobre todo, por su fundamental estancia en el Colegio Imperial de los Jesuitas (1608-1613) y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá y de Salamanca, en la que permanece hasta 1615. La lógica, el teatro y la persuasión retórica a él inherente, la escolástica, el agustinismo preexistencialista, la historia profana y canónica, el derecho natural y político fueron el bagaje intelectual con el que se enfrentó a la creación literaria (en la que probó suerte primero como poeta de certámenes y justas) y a la fascinación que debió producirle la comedia nueva de Lope que por entonces triunfaba en los corrales madrileños del Príncipe y de la Cruz.
    La llegada al trono de Felipe IV y el ascenso del valido Conde Duque de Olivares en 1621 supone la llegada de una nueva época que persiguió, frente al pacifismo de Lerma, la recuperación de una política agresiva que insiste en la afirmación de España como potencia. Este período de reformismo interior y de deseo de independencia frente a la hegemonía del pensamiento burgués del norte de Europa, que habría de culminar hacia 1640, supone también el del imparable ascenso creativo de Calderón, la definitiva superación de la generación lopista y su consagración en el orden artístico y social. Escribe comedias cortesanas como Amor, honor y poder (su primera obra de éxito, estrenada en 1623 con motivo de la visita a Madrid de Carlos, el Príncipe de Gales); comedias de enredo o de capa y espada como La dama duende o Casa con dos puertas; dramas de celebración oficialista como El sitio de Breda (que a su vez inmortalizará Velázquez en Las lanzas); tragedias como El príncipe constante; o de personajes de exaltado individualismo como Luis Pérez el Gallego y La devoción de la cruz. Entre 1630 y 1640 Calderón se convierte ya en un clásico de su tiempo. Es la década prodigiosa de El Tuzaní de las Alpujarras, que cuenta la épica sublevación de los moriscos frente al absolutismo militar de Felipe II; la década de las grandes tragedias bíblicas como Los cabellos de Absalón, y del honor como El médico de su honra o El pintor de su deshonra. Es también la década en que el debate entre individuo y poder, honor estamental y virtud personal alcanzan la perfección del canon en El alcalde de Zalamea. La década en la que una gran parábola de la ambición del conocimiento y del amor se ofrece envuelta en El mágico prodigioso en la fantasía de una comedia de santos. La obra cumbre de este período (quizá de toda su dramaturgia) es La vida es sueño excepcional drama sobre la libertad del hombre y los límites impuestos por la ética social o la razón de estado. Al mismo tiempo, durante esta etapa Calderón, de la mano de Olivares, entra en palacio para producir sus primeras obras cortesanas y dirigir las representaciones teatrales. Ya en 1634 el dramaturgo escribe el auto sacramental El nuevo Palacio del Retiro, con seguridad encargo expreso del Valido para rememorar la edificación del emblemático Real Sitio del poder, donde comenzarán a representarse espectáculos de gran alcance escenográfico y coral como El mayor encanto Amor. Tales servicios al rey se verán recompensados en 1636 cuando reciba de Felipe IV el hábito de Caballero de la Orden de Santiago.
    A esta década de plenitud creativa, sucede la crisis. El prestigio de la unión de Reinos, Estados y Señoríos que deseó Felipe IV se viene abajo mientras la monarquía hispánica es incapaz de mantener la cohesión interior. Desde 1640 será imparable la rebelión de Cataluña, Portugal, Aragón o Andalucía. En 1643 cesará como Valido el Conde Duque de Olivares. La paz de Westfalia de 1648 marca la independencia de Flandes y un nuevo orden europeo del que España será progresivamente marginada. Calderón participa como coracero en la guerra con Cataluña hasta 1642, ve morir en la misma, en 1645, a su hermano José, prestigioso militar. También morirá su hermano Diego dos años después. Es la época (quizá hacia 1646) en que nacerá su hijo natural Pedro José. Crisis pues exterior e interior que se refleja asimismo en un significativo cambio de su carrera dramática. Y es que las muertes de la reina Isabel de Borbón y del príncipe Baltasar Carlos y la intolerancia de los moralistas imponen en 1644 el cierre de los teatros públicos durante cinco años. El dramaturgo se queda, al menos provisionalmente, sin espacio para el oficio en el que había adquirido fama y prestigio.
    Aunque en 1649 se reabren los teatros, Calderón ha sufrido una crisis tanto espiritual como profesional. La resolución de convertirse en secretario del Duque de Alba durante unos años y la de ordenarse sacerdote en 1651 no pueden separarse tanto de su abatimiento personal como de su necesidad de seguir contando con ingresos económicos en su carrera de dramaturgo. En 1650 Felipe IV se casa con Mariana de Austria y en 1652 se logra la paz con Cataluña. Pero el hundimiento español se confirmará con la Paz de los Pirineos de 1659 y con el auge de Inglaterra que, bajo Cromwell, va a minar progresivamente el horizonte de expansión comercial y naval de España. Calderón, que desde 1653 ocupa la Capellanía de la Catedral de los Reyes Nuevos de Toledo, se sabe en otra etapa creativa, más concentrada, abstracta y oficialista. Sigue fiel a dos espacios escenográficos y políticos: la celebración regia en el Palacio del Buen Retiro y la fiesta teológica del Corpus en los autos sacramentales, adentrándose así en la última y dilatada etapa de su producción dramática, para la que va a contar con medios excepcionales que hoy podrían calificarse de verdadera vanguardia teatral.
    Calderón compone, ya entre 1630 y 1640 los primeros y espléndidos autos sacramentales, de raíz más ética que cristiana como El gran teatro del mundo o La cena del rey Baltasar. A partir de la crisis de 1648 y, sobre todo, tras su regreso, después de su estancia en Toledo, a Madrid en 1663 donde viviría en la calle Platerías hasta su muerte, Calderón detentará en exclusiva la escritura de estas piezas de teatro sacro en la que con el enorme aparato escenográfico de los carros se escenifica de manera grandiosa pero didáctica los misterios de la fe y la proclamación del dogma de la Eucaristía. El Rey, la nobleza civil y eclesiástica contemplan estos dramas, punto culminante de una dramaturgia en la que convergen la suma de toda las artes, desde la música hasta la brillante disposición visual de tramoyas y apariencias. Los personajes alegóricos pueblan el tablado en representaciones que si por un lado reflejan el pensamiento ortodoxo del momento frente a la herejía, por otra documentan que Calderón fue también víctima de la intolerancia del momento, pues al intentar representar en el auto Las pruebas del segundo Adán la absurda imposición de las leyes de limpieza de sangre a la figura de Cristo, fue objeto, incluso del acoso del Santo Oficio.
    Pero el Corpus era también fiesta y regocijo popular: la solemne procesión de la Custodia y de los carros en los que habrían de representarse los autos se acompañaba de bailes bulliciosos y hasta exóticos, como las danzas de negrillos y de gitanos, a la par que la multitud de visitantes que abarrota Madrid disfruta de la Tarasquilla, un dragón de cartón piedra en el que se rememora el demonio del Leviatán vencido por Cristo. La procesión culmina en la Plaza Mayor, escenario habitual de fiestas, corridas de toros y juegos de cañas en las que se entretenían la nobleza y el pueblo llano. El propio Calderón escribirá muchas piezas breves, entremeses y mojigangas, que suponen un aspecto carnavalesco e irreverente frente a la seriedad teológica de los autos.
    Al mismo tiempo Calderón es el autor que con más asiduidad escribirá espectaculares obras, casi siempre basadas en fábulas mitológicas, para el Palacio del Buen Retiro, tanto en diversas estancias reales como en sus jardines y estanque. A partir de 1640, además, se construye un gran Coliseo. Allí la música y el canto, las primeras zarzuelas y óperas del teatro español se ponen en escena con toda la magnificencia vanguardista aportada por escenógrafos italianos como Cosme Lotti y Baccio del Bianco. Son obras como La púrpura de la rosa, La fiera, el rayo y la piedra o Las fortunas de Andrómeda y Perseo, que Calderón continuará escribiendo y vigilando en sus ensayos incluso tras la muerte de Felipe IV en 1665 y la llegada al trono de Carlos II. Con motivo del Carnaval de 1680 Calderón aún compondrá la espléndida comedia Hado y divisa de Leónido y Marfisa.
    En mayo de 1681, cuando está acabando de componer los autos destinados al Corpus de ese año, Calderón muere. Es enterrado con todos los honores, y su cadáver, revestido de sus ornamentos sacerdotales y del hábito de la Orden de Santiago, es llevado, de acuerdo con las propias palabras de su testamento, "descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi mal gastada vida".
    Dramaturgo trágico a la altura de Sófocles o Eurípides en la angustiada perplejidad de los individuos que retrata y a la de Shakespeare en las grietas de humana debilidad que supo mostrar del poder, Calderón representa la cumbre de las artes escénicas de un periodo irrepetible.

La recepción del teatro calderoniano (resumen de una conferencia de Demetrio Estébanez Calderón en la universidad de Bratislava, año 2000)

Al margen de los últimos 25 años en torno a dos celebraciones de centenarios de Calderón, el de 1981 (de su muerte) mucho más modesto y el del año 2000 (de su nacimiento), con gran boato y pompa, en la crítica literaria actual se ha consolidado la idea de que él es el autor más importante del teatro del Barroco y de que su obra, parangonada a partir del Romanticismo con la de Shakespeare, constituye una de las aportaciones más notables de las letras europeas a la dramaturgia universal.
Sin embargo, en la historia de su recepción crítica, han surgido diferentes e incluso contrapuestas interpretaciones de su obra y de su personalidad: para unos se trataría de «el dramaturgo de la Inquisición» (Simonde de Sismondi) y defensor del inhumano código del honor en tragedias como El médico de su honra, para otros, de un inconformista social (Mehring) en textos como El alcalde de Zalamea, y para algunos críticos actuales (Antonio Regalado) un humanista tolerante y abierto, que incluso pudo ser objeto de vigilancia por parte de la misma Inquisición, debido a su espíritu independiente y a su posición crítica frente al rigorismo moral de la época y al despotismo político basado en la razón de Estado. No obstante, unos y otros coinciden en reconocer la gran calidad estética de su producción dramática y el influjo decisivo de su obra en el teatro posterior europeo.
Añádase a ello dos aspectos destacables de la personalidad artística del dramaturgo: el primero, su dominio excepcional de la forma y de la mecánica teatral (Calderón había asimilado a la perfección las técnicas y recursos utilizados por Lope de Vega para mantener en vilo al espectador desde el comienzo de la obra hasta la bajada del telón), y el segundo, su capacidad para desempeñar una función que hoy estaría reservada al director de escena. Preocupado por lograr un adecuado montaje de sus obras, sobre todo en las representaciones palaciegas de gran aparato, Calderón seguía de cerca la organización del decorado, la utilización de la música y de las artes plásticas, en especial la pintura, los efectos de tramoya, la iluminación, el vestuario, y hasta la organización del espacio escénico y la posición de los actores. Un ejemplo de esa organización directa ocurre con la puesta en escena, en una de las fiestas reales del Retiro, de su obra El mejor encanto amor (1635).
El Calderón maestro del juego teatral que divierte y encandila a sus espectadores, sobre todo en sus comedias de enredo, que va a provocar la primera recepción de su teatro en ciertos países europeos como Francia e Inglaterra. De hecho, las dos primeras obras que se vierten al francés son La dama duende (1642) y Casa con dos puertas mala es de guardar (1643). De la primera se hizo una adaptación, que se puso en escena por La Comédie Française y que llegó hasta 344 representaciones. Hay que destacar que estas obras se habían publicado en la Primera parte de comedias de don Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1636), en la que figuraban, además, La vida es sueño, La devoción de la cruz, etc., que no fueron traducidas al francés, como tampoco El médico de su honra, que apareció en la Segunda parte de comedias... (1637), de la que, sin embargo, se tradujo Peor está que estaba (1645). Lo cual significa que el interés de los traductores franceses, en atención, probablemente, a las expectativas de su público, se centró en el Calderón de las divertidas comedias de enredo, dando de lado al Calderón de las tragedias del honor y las obras de temática filosófica y religiosa, con lo que la visión que en un principio se pudo tener del dramaturgo español en Francia resultaba incompleta. Hay que advertir, en este sentido, que su magna obra, La vida es sueño, no llegó a los escenarios franceses hasta 1717, y fue gracias a una compañía italiana, la de Luigi Riccoboni.
La recepción francesa de la obra de Calderón condiciona, a su vez, a la inglesa, cuyo contacto con la comedia española se realiza a través de las versiones en francés; de ahí, la misma predilección por las comedias de enredo, a las que hay que añadir dos obras que aparecen en la Tercera parte de comedias (1664) y que son adaptadas al inglés por William Wycherley: Mañanas de abril y mayo (Love in a wood, 1671) y El maestro de danzar (The genttleman dancing-master, 1672); en este mismo año, John Dryden adapta al inglés Con quien vengo vengo, teniendo como base, según F. Meregalli, la versión italiana de dicha obra realizada por Angiola d'Orso en 1660.
La recepción entusiasta de Calderón en Europa sufrió, no obstante, un cierto declive con el triunfo del neoclasicismo, y especialmente en España, a partir de la Poética de Luzán (1737), obra en la que se realiza una crítica de los presupuestos estéticos que configuran, desde Lope de Vega, la «comedia nueva» y la producción teatral de Calderón, hacia el que se dirigen nuevos ataques de otros críticos neoclásicos como Nasarre, Montiano, Velázquez, Nicolás Fernández de Moratín y Clavijo. Estos ataques preludian la orden real de 1765 por la que se prohibe la representación de los autos sacramentales, aunque dicha prohibición respondía más a motivos religiosos (la representación de los autos había perdido su sentido primigenio de culto popular y se había convertido en un espectáculo de diversión populachera) que estéticos y literarios.
Pero, la recuperación definitiva de Calderón se va a producir gracias a grandes críticos y escritores como Tieck, Goethe (en un principio, entusiasta del dramaturgo español, en el que descubre al gran artista de la palabra y de la acción) y, sobre todo, A. G. Schlegel, que a sus estudios sobre la obra de Calderón une la traducción de algunas de sus obras, prácticamente desconocidas en Europa, y que van a dar una imagen más completa del dramaturgo español: Calderón va a conocer durante dos décadas una verdadera apoteosis. Según apunta un estudioso germano de este periodo, el teatro de Calderón, entre 1820 y 1840, «en lo que concierne a su influencia y al número de representaciones va a la cabeza de todos, sin exceptuar a Goethe, Schiller y Shakespeare». Dicho investigador destaca la importancia que tuvieron para el descubrimiento y entusiasmo de los románticos alemanes por Calderón las representaciones realizadas por E. T. Hoffmann, que, al utilizar la música y la pintura, se adelanta al concepto de «obra de arte total» buscado por Wagner, razón por la que este compositor sentía una gran admiración por el dramaturgo español, sentimiento compartido por pensadores de la talla de Hegel y Schopenhauer.
Por lo que respecta a España, los prejuicios surgidos en la etapa neoclásica se exacerban a raíz de la agria y desafortunada polémica mantenida entre 1814 y 1818 por los ilustrados José Joaquín de Mora y Antonio Alcalá Galiano en su enfrentamiento con Juan Nicolás Böhl de Faber, introductor de los estudios de Schlegel sobre Calderón. Böhl, en sus artículos publicados a partir de 1814 en el Mercurio Gaditano, convierte al dramaturgo barroco en portaestandarte de los ideales nacionales y católicos, que, a su juicio, habrían resurgido en España al producirse la invasión napoleónica y habrían servido de acicate para movilizar al pueblo en su levantamiento contra los franceses en defensa de esos ideales nacionales, traicionados, según él, por los afrancesados e ilustrados españoles. Estos, al introducir en España el «contrabando filosófico» de la Ilustración y la estética neoclásica habrían socavado los fundamentos de la identidad nacional representada por la obra de Calderón y el teatro del Siglo de Oro. Esta imagen distorsionada de Calderón, presentado como escritor católico por excelencia y representante del «espíritu caballeresco» y nacional español, defensor del código del honor y del rigorismo teológico y moral de la Inquisición, va a entorpecer la recepción correcta del teatro de Calderón en España y en el resto de Europa.
Pero va a ser en el transcurso del siglo XX cuando se van a superar los prejuicios apuntados, que venían obstaculizando una recta comprensión y valoración del teatro de Calderón en Europa, y se va a producir el reconocimiento definitivo del extraordinario valor de su obra, gracias a un estudio sistemático y desapasionado de la misma. Pionero de dicho estudio fue A. Valbuena Prat,  con su trabajo sobre Los autos sacramentales de Calderón (1924), a partir de este trabajo de Valbuena, van a ir surgiendo una serie de estudios de hispanistas como Lucien-Paul Thomas, Arturo Farinelli, los ingleses Alexander A. Parker, Bruce W. Wardropper, E. M. Wilson, N. D. Shergold, J. E. Varey, etc., los alemanes H. Flasche, H. Friedrich, E. Hesse, B. Kaufmann, K. Y. R. Reichenberger, S. Neumeister, H. J. Neuschäfer, etc., los franceses M. Bataillon, Ch. Aubrun, etc., los italianos Farinelli, V. Bodini, Maria Grazia Profetti, Franco Meregalli, etc., y los españoles A. Valbuena Prat, A. Valbuena Briones, F. Ruiz Ramón, Ruano de la Haza, A. Regalado, etc. Gracias a los trabajos realizados por estos especialistas en los diversos subgéneros teatrales en los que se desarrolla la producción calderoniana, estamos hoy en condiciones de conocer y disfrutar las obras más importantes del dramaturgo barroco en magníficas ediciones, dirigidas, unas a los estudiosos y, otras, al gran público, en editoriales como Cátedra, Castalia, Crítica, Planeta, Alianza, etc. A lo que hay que sumar el espacio que ocupa Calderón en grupos de investigación universitaria, las Jornadas de Almagro y las de Almería.
Y por último está el hecho de la cantidad ingente de montajes y versiones teatrales del teatro de Calderón que en los últimos cincuenta años se han realizado no sólo en España sino también por compañías, directores y actores extranjeros
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La obra dramática de Calderón

Su extensa producción teatral ha sido objeto de variadas clasificaciones por parte de la crítica, que ha adoptado preferentemente el criterio temático mezclado con el genérico: dramas históricos, dramas filosóficos, dramas religiosos, comedias de capa y espada, comedias mitológicas, etc. A efectos de simplificar la cuestión –y teniendo en cuenta que por razones de espacio y tiempo excluimos el teatro “menor” o “breve”, esto es, sus entremeses y piezas similares–, distinguimos los siguientes apartados:
1) DRAMAS Y TRAGEDIAS. LOS TEMAS DEL PODER, LA RELIGIÓN Y EL HONOR.
¨ Al TEMA DEL PODER dedicará Calderón una especial atención en diversas obras. Dada la imposibilidad de analizar cada una de estas obras, nos ha parecido oportuno abordarlas en conjunto desde los ejes temáticos mencionados, tratando de esbozar el pensamiento ético y político que subyace en la producción teatral de quien la crítica literaria actual considera como el más importante dramaturgo europeo del Barroco.
En primer lugar hay que descartar, si es que aún persisten, los viejos tópicos que sustentan la imagen de un Calderón reaccionario y defensor del despotismo político, así como del inhumano código del honor. En este segundo aspecto, abordamos expresamente «el escollo» de los dramas del honor, Calderón, lo mismo que Cervantes, combate el mencionado código por boca de sus personajes, que, al tiempo que, por la presión social, se ven empujados a cumplirlo, lo rechazan en su conciencia como un imperativo bárbaro e inmoral. Como han señalado entre otros Antonio Regalado, Evangelina Rodríguez, Felipe Pedraza e Ignacio Arellano, el tópico de un Calderón cruel partidario del código de la honra y de la inquisitorial limpieza de sangre conviene que sea desterrado para siempre.
Pasando ya directamente al tema del poder, es admirable la lucidez con la que Calderón analiza las instituciones en las que se sustenta ese poder, la manera de ejercerlo, los mecanismos psicológicos y sociales con los que opera, las desviaciones y aberraciones a las que conduce el mal uso del mismo y las nefastas consecuencias que estas aberraciones acarrean para las personas y los pueblos que las soportan.
En primer lugar, Calderón comienza rechazando todo abuso de autoridad en el ejercicio de poder, sea éste político, religioso o militar. En el plano político, condena, en primer lugar, la tiranía como forma de gobierno. En este sentido, cabe citar La gran Cenobia, la primera tragedia que Calderón dedica al tema de la ambición política, encarnada en el general latino Aureliano, que, para llevar a cabo su objetivo imperial, termina convirtiéndose en un déspota insoportable, al que sus súbditos desean la muerte, que, a la postre, le será infligida por Decio. Éste, como nuevo emperador, por oposición al anterior, encarnará el modelo del político ejemplar, guiado en sus comportamientos y decisiones cívicas por una recta conciencia moral.
Una forma de condena del fenómeno político de la tiranía es la exaltación de la resistencia moral al poder opresor. De ello es un ejemplo el drama El príncipe constante, en el que el infante don Fernando de Portugal, que es apresado por los moros en la fracasada expedición de los portugueses contra Fez, se opone a ser rescatado si es a cambio de la entrega de la plaza de Ceuta a los mahometanos. El infante rechaza la propuesta y prefiere seguir prisionero y soportar todo tipo vejaciones y sufrimientos, que le acarrearán la muerte.
En el rechazo del abuso del poder, ocupa un lugar importante en los dramas de Calderón la referencia a dicho abuso por parte de los nobles y militares, que frecuentemente encarnan el papel del «poderoso», personaje tipo del Teatro Nacional del Siglo de Oro. Un ejemplo eminente de los dramas en los que se fustiga dicho abuso de poder es El alcalde de Zalamea. En esta obra, el poderoso está encarnado por la figura del capitán Álvaro de Ataide, aristócrata insolente, que trata de seducir a la bella Isabel, hija de Pedro Crespo, villano rico que goza de simpatía y prestigio entre sus vecinos. Despechado por los desdenes de Isabel y ayudado por sus soldados, Ataide rapta a la muchacha y se la lleva al campo, donde la viola y la deja abandonada. Conviene advertir que, en este drama, Calderón introduce ciertas novedades de importancia en el tratamiento del tema del honor y del uso del poder: así, frente a la venganza impuesta por el código del honor, figura aquí la impartición de justicia según la ley y el derecho, aunque, desde nuestra perspectiva actual de una sociedad civilizada, la aplicación de la pena de muerte nos parezca como lo que es: un signo de barbarie; por otra parte, la presencia del monarca y la defensa de sus derechos por parte del pueblo hace prevalecer a la potestad civil y posibilita la igualdad de todos ante la ley, sin privilegio estamental; finalmente, se afirma la dignidad y el honor del pueblo frente al privilegio de los nobles.
Volviendo sobre el tema del poder, y, en concreto, del poder político, Calderón crea cuatro obras de extraordinaria calidad estética, en las que se realiza un análisis de los mecanismos sicológicos y modelos de conducta viciados en la búsqueda y en el uso del poder: Los cabellos de Absalón, La cisma de Ingalaterra, La hija del aire y La vida es sueño. En la primera, Absalón, poseído por una irrefrenable ambición de mando, asesina a su hermano Amón so capa de venganza del incesto cometido por aquél al violar a Tamar, hermana de ambos, aunque el móvil último de su conducta es eliminar un posible contrincante en la carrera por el trono. Esta ambición de mando le empuja a rebelarse contra su padre David, que ha de huir de Jerusalén para salvar su vida. El padre no desea la muerte de su hijo, y cuando ésta ocurre, la interpreta, lo mismo que la muerte de Amón o la violación de Tamar, como un castigo de Dios por los pecados cometidos por él en otro tiempo. Por eso, su retorno a Jerusalén no será en son de victoria sino en tono compungido.
En La cisma de Ingalaterra el tema de la ambición de poder se centra en dos personajes: el cardenal Volseo y Ana Bolena. El primero, cuyos rasgos caracterizadores son la doblez, la lisonja con el rey Enrique VIII y la arrogancia, utiliza sin escrúpulos cualquier resorte psicológico o político para mantenerse en el poder, sirviéndose del atractivo, la vanidad y la presunción de Ana Bolena para incentivar la pasión del Rey, al que trata de desligar de la reina Catalina. La obra supone una exaltación de la conducta virtuosa de la reina Catalina y una condena de los defectos que vician el recto uso del poder.
El tema de la ambición de poder es el núcleo central de La hija del aire, una de las grandes tragedias de la literatura universal y la más importante de Calderón. Dividida en dos partes, la tragedia comienza, en la primera, presentando a la protagonista, Semíramis, nacida bajo el signo de la violencia (su madre, violada, mató a su ofensor, y murió a consecuencia del parto) y encerrada en una gruta bajo la custodia de Tiresias, conocedor de los hados que pesaban sobre ella («que había de ser horror / del mundo» y causa de «tragedias, muertes»; que, por su amor, un glorioso rey se convertiría en «tirano», al que, finalmente, ella habría de «darle muerte»). Finalmente, la trayectoria de la protagonista termina como empezó, con violencia: muere asaeteada por las flechas de los partidarios de su hijo y atormentada por la presencia alucinatoria de los fantasmas de sus víctimas, Menón y Nino, siendo ella, a su vez, víctima de insaciable ambición y soberbia.
La historia de Semíramis nos lleva a otro personaje con una trayectoria similar: Segismundo en LA VIDA ES SUEÑO. El conocimiento general de esta magna obra nos exime de aludir a su trama argumental. Sólo recordar las semejanzas y disparidades entre ambos: como Semíramis, Segismundo se encuentra recluido en una «prisión obscura», alejada en un «desierto monte», adonde está vedado acercarse para que nadie pueda descubrir el «misterio» del encierro de esa «fiera de los hombres», custodiada por su ayo Clotaldo, al igual que Semíramis lo fuera por Tiresias. Su concepción y nacimiento habían estado igualmente rodeados de tales signos turbadores que hacían presagiar que había de ser causa de grandes males para el reino, pronosticados por los horóscopos. Como Semíramis, es llevado a palacio, en su caso no como rey, sino como príncipe puesto a prueba para gobernar. Sin embargo, enseguida muestra signos alarmantes de un uso despótico del poder, guiado por las pulsiones de sus instintos de agresividad y sexualidad incontroladas, que le llevan en poco tiempo a cometer un asesinato y un intento frustrado de violación. Recluido de nuevo en la «prisión», aprende del escarmiento de la experiencia palaciega (interpretada en clave onírica) que «sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa». Sin pretenderlo, se ve empujado a encabezar un levantamiento militar, que hacía prever al Rey y a sus cortesanos el cumplimiento inminente de la catástrofe preanunciada por los horóscopos. Victorioso en la campaña militar contra su padre, y, al contrario de Absalón, Segismundo vence, inesperadamente, a los hados adversos por una decisión de su libre albedrío, y, postrado ante su padre (que temía ser atropellado y vejado), se reconcilia con él, no sin antes haber dado una interpretación de su propia historia ante los representantes de la «Corte ilustre de Polonia». En esta alocución, Segismundo deja en claro que fue un error haber dado crédito a los hados y haber tratado de vencerlos de un modo violento, ya que el género de educación impartida durante el encierro provocó «hacer fieras» sus costumbres. Calderón, en consonancia con lo que expondrán pensadores posteriores, como Locke, defiende una pedagogía basada, no en el rigorismo despótico, sino en la discreción y en la templanza con la que ha de educarse en el buen uso de la libertad, esa libertad anhelada por el protagonista en el primer monólogo de la obra, y cuya ausencia echa en cara a su padre en su primer encuentro en palacio: «tirano de mi albedrío».
Hay que destacar, como supremo logro de esta obra perfecta de Calderón, lo que, evocando el estudio de W. Benjamin sobre El origen del drama barroco alemán, apunta F. Ruiz Ramón al calificarla como «síntesis dialéctica entre la tragedia antigua y la tragedia moderna», imposibles de «reconciliar en una filosofía de lo trágico», a no ser mediante lo que el mismo Benjamin denomina «el salto dionisíaco», gracias al cual la fuerza del «logos en libertad» es capaz de desatar el nudo trágico, insoluble en el esquema de fatalidad de la tragedia clásica. De hecho, es en la escena final del drama donde se realiza este «salto dionisíaco». Hasta ese momento, y en la mente del rey Basilio, la acción parecía abocada a un final marcado por la fatalidad trágica. Y es que el propio Rey tiene visos de personaje de tragedia griega: el mismo Ruiz Ramón lo relaciona con el mito de Urano, que detesta a sus hijos porque los siente más fuertes que él, y, precavido contra ellos, los encadena. En el fondo, el miedo del padre a perder el poder estaría en la base de un complejo de culpa del rey Basilio, que, apoyándose en los horóscopos, proyecta sobre su propio hijo. Este mito sería clave en Calderón y en la literatura barroca europea, dominada por los arquetipos en que se encarnan la Ley, el Código y el Orden» (F. Ruiz Ramón, Paradigmas del teatro clásico español, Madrid, Cátedra, 1997). Pues bien, volviendo sobre esa escena final del drama, es en ella cuando la fatalidad trágica es vencida por el «salto dionisíaco» de la libre decisión inesperada de Segismundo, que, rechazando la «venganza», pronuncia la palabra decisiva («Señor, levanta»), y, tomando una posición sacrificial («humilde aguarda / mi cuello a que tú te vengues / rendido estoy a tus plantas», vs. 3245-3247), realiza una especie de rito de pasaje, por el que renace a un hombre nuevo. El padre, conmocionado por el «prodigio» de la conversión de su hijo, se redime así mismo, al sentirse de nuevo como padre («Hijo, que tan noble acción / otra vez en mis entrañas / te engendra», vs. 3248-3250) y ofrece a su hijo la corona. De esta forma, Calderón, que había realizado, como hemos dicho, en La hija del aire, una tragedia clásica de gran perfección, presentaba, con La vida es sueño, una visión cristiana de la tragedia, o, tal vez con más precisión, un drama de orientación cristiana.
      La vida es sueño se publica en Madrid (1636). En el mismo año de 1636 aparece otra edición de la obra en Zaragoza. Pues bien, en 1992 José Mª Ruano de la Haza publica un interesante estudio: La primera versión de "La vida es sueño" de Calderón en donde propone que ésta es, en realidad, la versión de la obra escrita por Calderón, quien después, en el momento de preparar su hermano la editada en Madrid, atendería a las correcciones definitivas. De resultas de esta hipótesis, seis o siete años después de que Calderón escribiera La vida es sueño, y aprovechando que en 1635 se levanta la prohibición de imprimir comedias en Castilla, Calderón decide imprimir sus comedias. Por consiguiente, existiría una doble redacción o, al menos, una cuidada reflexión de Calderón entre lo que deja escrito y vende apresuradamente a una compañía teatral para que explote comercialmente La vida es sueño en torno a 1629 y el texto que vuelve a reescribir o corregir hacia 1636 con motivo de la publicación del primer volumen de sus obras.
Sin embargo, estudiosos como Evangelina Rodríguez y, con menor intensidad dialéctica, Felipe Pedraza sostienen que la versión publicada en Zaragoza se corresponde a un texto preparado ad hoc para una representación y no a una primera versión (atrevida y eminentemente teatral, según Ruano) de un Calderón que hasta los años treinta no comienza a sedimentar su madurez ideológica. Es decir, ven la mano directa de unos actores, quienes tuvieron realmente que enfrentarse a la representación de la obra. Pero sí que Ruano tiene razón en un hecho insoslayable: la versión que Calderón quería que pasase a la posteridad es la publicada en Primera parte de sus comedias, en Madrid, en 1636.
Desde otro punto de vista, las fuentes esenciales del argumento y estructura temática del conflicto de La vida es sueño, según Evangelina Rodríguez serían:
a) La filosofía hindú sienta las bases del descrédito de la experiencia sensible, de su condición ilusoria a través de la imagen del sueño.
b) Asimismo entre los sufíes de la mística persa eran harto frecuentes las imprecaciones a la vida y las quejas por haber nacido.
c) El cuento del durmiente despierto o del sueño del campesino: de raigambre oriental, parece partir de la versión de Las mil y una noches (Noches 620-641): Harúm Al-Raschid, agradeciendo la hospitalidad del comerciante Abul-Hassan, lo narcotiza y lo traslada al palacio. Abul despierta en la propia cama del califa y, mientras ocupa su papel, se comporta con exquisito tacto y prudencia. Al despertar todo el mundo lo toma por loco hasta que el propio Harúm-Al-Raschid aclara la situación. Derivaciones de este motivo en la literatura castellana serán, por ejemplo, la incluida en el códice de Puñoenrostro de El Conde Lucanor. "De commo la onrra deste mundo no es sinon commo suenno que pasa", en donde el Rey y un herrero borracho intercambian provisionalmente sus papeles. Luis Vives en una carta dirigida al Duque de Béjar en 1556 recuerda la anécdota que, a su vez, es recuperada por Agustín de Rojas en El viaje entretenido (1603)atribuyéndola a Felipe el Bueno de Borgoña y en la Jornada III de su comedia El natural desdichado. El cuento o leyenda es bien conocido en Europa y, por supuesto, en algunas obras teatrales de los jesuitas.
d) La leyenda de Buda y su adaptación cristiana en la de Barlaam y Josafat. Según el texto sánscrito del Lalita Vistara al padre de Buda (rey) le predice el brahmán Anta que su hijo llegará a ser un monarca poderoso o, por el contrario, se convertirá en ermitaño. Para evitar la segunda posibilidad, le encierra en los jardines de su palacio, manteniéndole alejado de toda inquietud y de las miserias mundanas. Pero, logrando salir de su prisión, se encuentra con un viejo enfermo, con un entierro y con un mendigo asceta: acaba, en efecto, en la vida retirada. La traslación cristiana de la leyenda se localiza originalmente en el siglo VI en Afganistán: al padre del príncipe Josafat (temible enemigo del cristianismo) se le profetiza que su hijo acabará convirtiéndose. Pese a su aislamiento es educado en secreto por el eremita Barlaam y, de manera semejante a lo que sucede en la leyenda de Buda, acaba asumiendo el cristianismo. El tema, como expresión de la educación del príncipe mediatizado por el motivo del horóscopo, accederá en el siglo XIII a versiones como el Sendebar o Libro de los engannos et asayamientos de las mujeres y, posteriormente, al Libro de los Estados, de don Juan Manuel. Se considera un desarrollo dramático de la leyenda la versión que vio la luz en el Colegio de los Jesuitas de Sevilla (Tragicomedia Tanisdorus) a finales del siglo XVI y, por supuesto, la obra lopesca Barlaam y Josafat, de 1612.
e) La tradición de los textos bíblicos, especialmente de los libros sapienciales y proféticos. Así en el Libro de Job, XX, 8 y en Isaias, XXIX, 7-8.
f) Desarrollo teórico y pedagógico del mito de la caverna de Platón (República, Libro VII).
g) La doctrina espiritualista del estoicismo senequista, fomentada por la escuela jesuita que acerca a las fronteras de la mentalidad cristiana, por ejemplo, la valoración de la voluntad del hombre por superar el fatalismo, ya que "más fuerte que cualquier fortuna es nuestra alma" y "algo se dejó al libre albedrío del hombre". Junto a este tejido de fondo, los núcleos de tópicos que han recogido diversos críticos, como la concepción de la vida como cárcel o sueño o el delito del nacimiento.
h) La visión barroca de la vida como sueño y como tragedia. Tema heredado, por lo demás, de la meditación medieval sobre el final del mundo y la muerte. En el siglo XVII todas las artes se sienten atraídas por esta visión atormentada y trascendente, como sucede en el cuadro de Pereda, El sueño del caballero.
i) Cabe añadir, a la luz de interpretaciones más contemporáneas las fuentes que descansan en la reflexión sobre mitos primarios (no sólo del rango filosófico de la caverna platónica) como el de Urano y Edipo, y su ordenamiento del conflicto padre vs. hijo. En opinión de Maurice Molho aunque Calderón no tuviera conocimiento directo y literal de la tragedia de Sófocles Edipo Rey la leyenda pertenecía ya a un legado cultural accesible, aunque fuera a través de las traducciones latinas. Su rigurosa formación intelectual debía haberlo hecho conocedor de una tema trágico esencial para la simbolización teatral de una historia moral de la humanidad. Más ampliamente, Francisco Ruiz Ramón identifica, en efecto, la figura emblemática de Basilio (basileus, tirannos, detentador del poder) con los mitos de Zeus, Cronos y Uranos, en el sentido de la destrucción o devoración del padre, temeroso de la pérdida de su poder. Esta línea de fuentes se explicitan, con singular lucidez, en la lectura política de la obra. Tal conflicto (el hijo vs. la autoridad paterna) es medida por parte de Alexander A. Parker en términos de correspondencia biográfica, ya que, al parecer, Calderón hubo de soportar el rigor autoritario de su padre, Don Diego Calderón, cuya inflexibilidad llenó la vida familiar de tensión y tirantez.
¨ Calderón, de sólida formación religiosa en un colegio de los jesuitas y ya en su madurez ordenado sacerdote, trata el TEMA RELIGIOSO no sólo en los autos sacramentales, sino también en dramas de los que destacamos La devoción de la cruz y El mágico prodigioso. En ellos aborda cuestiones teológicas que ya trató en su momento Tirso de Molina en dramas como El burlador de Sevilla y El condenado por desconfiado. Nos referimos a asuntos como el libre albedrío, las potencias del alma, la salvación de las almas, etc. En los dos dramas de Calderón, como señala Ruiz Ramón, vemos dos modelos distintos de conducta: Eusebio (hombre de acción y bandolero), Cipriano (hombre de estudio e intelectual). El primero salva su alma, a pesar de su vida pecadora de violenta rebelión contra la figura paterna e incluso de prácticas incestuosas (viola a su hermana, aunque desconociendo su identidad), gracias a la devoción que siente hacia una cruz que desde niño lleva como colgante. Y el segundo, que había vendido su alma al diablo (antecedente reconocido del Fausto de Goethe) para conseguir el amor de la joven cristiana Justina, termina compartiendo con su amada el martirio en nombre del cristianismo: el libre albedrío, la fe y el auténtico amor hacen posible la conversión de Cipriano.
¨ El TEMA DEL HONOR, más concretamente en dramas como El médico de su honra, A secreto agravio, secreta venganza y El pintor de su deshonra, ha contribuido a esa imagen de Calderón como portavoz de crueles y sangrientas ideas reaccionarias en materia de maridos que matan de forma implacable a sus esposas por  infundadas sospechas de adulterio. Buena parte de la crítica –inclusive los admiradores sinceros de Calderón– cuando llegaba a este punto trataba de contrarrestar esta imagen tópica mediante eufemismos; pero, anclada en un análisis demasiado literal de los dramas calderonianos, admitía en el fondo esta visión de un autor dogmático, monolítico, arcaico y feroz.
Sin embargo, en los últimos años, ha cambiado esta percepción del teatro de Calderón. Ignacio Arellano, Ruano de la Haza, Evangelina Rodríguez, Felipe B. Pedraza, Ruiz Ramón, Antonio Regalado, etc. demuestran que en realidad estamos ante la tragedia del individuo, de unos maridos (verdugos y víctimas) que viven una escisión entre el amor y una obligación mal entendida de la honra. Calderón escenifica, en palabras de Ignacio Arellano, cómo la presión que ejerce una ideología, convertida en rígido e inviolable código, provoca la destrucción de aquellos que la defienden dogmáticamente o que la padecen como víctimas: el marido asesino y la esposa asesinada. En El médico de su honra, Calderón insiste una y otra vez, por los testimonios que dan los diferentes personajes, en que Mencía es un ser inocente que no merece el brutal castigo de morir desangrada. Todos ven y saben la inocencia de la esposa menos Gutierre, que actúa como un paranoico obsesionado con la honra; Calderón aísla así al verdugo para convertirlo en arquetipo de conductas absolutamente reprobables. Se ha especulado mucho acerca de la inhibición del rey para sancionar el asesinato cometido por Gutierre, pero como han señalado algunos, no hay tal inhibición sino una degradación: el rey obliga al protagonista a casarse con una mujer a la que no quiere, que en su día rechazó también por falsos prejuicios de la honra, es decir, le obliga a vivir en la continua pesadilla de su neurosis obsesiva.
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