Criterios de edición
Esta edición toma como base la primera versión de la Filosofía de la elocuencia, publicada en Madrid, en 1777. Se ha actualizado la ortografía (incluida la de los nombres propios), la puntuación del texto original y se ha corregido el leísmo tan frecuente en el siglo XVIII. Se señalan con asterisco las dos notas al pie de página que figuran en el texto original; asimismo, hemos respetado todas las palabras que van en letra cursiva por voluntad del autor o del impresor de 1777. En cuanto a las notas al pie de página, estas hacen referencia a los personajes históricos, legendarios, literarios, artísticos, etc., cuyo conocimiento presenta mayores dificultades para un lector de la época actual; hemos juzgado innecesario anotar a personalidades sobradamente conocidas por todos, como Homero, Alejandro Magno, Demóstenes, Julio César, Marco Bruto, Cicerón, etc.
FILOSOFÍA
DE LA
ELOQUENCIA
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Scribendi recte sapere est et
principium et fons. Horat. Art. Poét. |
POR DON ANTONIO DE CAPAMANY,
de las Reales Academias de la
Historia,
y de la de las Buenas Letras
de Sevilla
EN MADRID
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En la imprenta de D. ANTONIO DE SANCHA. Se vende en su casa en la Aduana
Vieja. |
M. DCC. LXXVII
Con las Licencias necesarias
Si por la palabra elocuencia hemos de entender el arte de exaltar el patriotismo, moderar las costumbres y dirigir los intereses de la sociedad, es preciso confesar que los antiguos llevan grandes ventajas a los modernos; o por decirlo mejor, son hoy nuestra admiración ya que no pueden ser nuestro modelo. Pero si ceñimos su sentido primitivo y general a la elocución, a cuyos efectos debieron su crédito y autoridad los caudillos antiguos y los primeros oradores su triunfo, habremos de convenir en que las lenguas vulgares, aunque menos ricas, flexibles y armoniosas que la griega y romana, han producido escritores iguales a los de aquellos tiempos en la nobleza, gracia y colorido de la expresión, cuando no superiores en la elevación, grandeza y verdad de las ideas. Y como éstas permanecen siempre inalterables, podemos apreciarlas mejor que la dicción que se desfigura o se pierde en las traducciones.
En muchos oradores de la antigüedad leemos los pleitos comunes de nuestros abogados: pretensiones privadas, hechos domésticos, agravios personales, pruebas legales, lenguaje ordinario, detalles prolijos, capaces de hacer bostezar a quien no sea juez, parte o patrono. Sólo las plumas de Salustio y Tácito saben hacer interesantes las cosas más menudas y dar grandeza a los hechos más pequeños, no por la expresión con que los visten sino porque siempre los presentan con relación a la política y a las revoluciones del Imperio Romano. Confesemos, pues, que sólo un ciego entusiasta de todo lo que no se piensa, dice y hace en su tiempo puede encontrar dignidad, hermosura e interés en la mayor parte de aquellas causas forenses que no podían conmover sino al que temía o esperaba de la sentencia de sus juicios. Nuestros Tribunales Supremos, los de Francia e Inglaterra producen magistrados sabios y celosos que en defensa de la justicia, de la propiedad civil del hombre y del derecho de la soberanía han hecho brillar la eficacia y gravedad de la elocuencia. Pero estos hombres viven con nosotros, hablan nuestra lengua, tienen nuestros defectos; y esto basta para no ser leídos ni celebrados.
Los antiguos se miran en perspectiva; no son de carne y sangre a los ojos de la imaginación. Con el transcurso de los siglos han depuesto todo lo grosero y sólo ha quedado lo espiritual: el individuo en abstracto. Así alma, genio, espíritu, numen, talento son los signos con que se los representa la posteridad, ésta que halla héroes a los hombres que nunca lo fueron para su ayuda de cámara. Si pudiésemos leer el diario de la vida privada de Alejandro, Demóstenes, César y Cicerón, ¿cuántas flaquezas, miserias y ridiculeces veríamos, que la historia civil abandonó a la mordacidad de los contemporáneos? Todos los sabios, políticos y conquistadores empiezan a crecer a los cien años de enterrados, porque la muerte de los ofendidos, rivales o envidiosos, sepultando en el olvido todo lo pequeño y personal de los famosos varones, deja sólo el hombre público con lo grande, ruidoso o importante de sus dichos y acciones.
Pido que estas reflexiones se me perdonen en obsequio de la verdad y defensa de nuestro siglo, que muchos detestan con la misma justicia que celebran a los pasados. Por cuatro osados sacrílegos, cuatro impíos por vanidad, dignos de no hallar asilo ni sustento sobre la tierra, no se debe amancillar la gloria de una edad ilustrada, que acaso formará la época más memorable en los fastos de los conocimientos humanos. Borremos de la lista de los sabios a los que quieren pervertirnos; pero demos honor a los que con sus luces y doctrina nos llenan de beneficios.
La cátedra sagrada ha recobrado en España sus antiguos derechos: la persuasión evangélica, la sencillez apostólica, la energía profética y la decencia oratoria, a pesar de la obstinación de los esclavos de la costumbre que fundan el amor de la patria en el de sus ridiculeces. Tan feliz revolución, obrada en este mismo siglo, más se debe a los excelentes modelos, que siempre desengañan y enseñan, que a las amargas críticas que irritan el corazón sin ilustrar el entendimiento.
Como hoy los ministros de la palabra del Señor tienen presentes los ejemplos escogidos; esta obra, que sólo trata de la elocuencia en general relativamente a las calidades de la expresión oratoria, no comprende en particular los principios fundamentales del santo ministerio del púlpito. Algunos varones apostólicos, que poseían el celo y ejercicio que yo no conozco y jamás sabría definir, han establecido los preceptos y señalado los caracteres precisos para los que aspiran al oficio de predicador. Pero si me es lícito añadir aquí alguna reflexión afianzada en las observaciones y ejemplos de este tratado, sólo diré a los jóvenes, que se consagran a tan grave profesión, que prueben antes las fuerzas de su entendimiento, que se habitúen a continuos ejercicios; y entonces verán que en el alma sucede lo mismo que en el cuerpo en el cual las partes más ejercitadas son siempre las más robustas. Entonces conocerán que el talento oratorio se ha de sacar de su propio caudal; porque sin ingenio no se inventa, sin imaginación no se pinta, sin sentimiento no se mueve y nadie deleita sin gusto, como sin juicio nadie piensa.
Mas si entramos a considerar el plan de esta obra, vuelvo a decir que el principal fin que se propone es el análisis de los rasgos magníficos y dichos sublimes que en todos tiempos y países han granjeado a sus autores el renombre de elocuentes. Así me ciño precisamente a los principios generales de la elocución oratoria como puntos adaptables al gusto, uso e interés de un mayor número de lectores, y dejo por impertinentes las otras partes de la retórica. Ésta se enseña en las aulas y en éstas se forman los retóricos; pero los hombres que han dominado a los demás con la fuerza de su palabra se han hecho en el mundo entre la pasión de emular la gloria de los ilustres oradores y la necesidad de seguir su ejemplo para defender la virtud, la verdad o la justicia.
Declarado ya el objeto de este libro, resta ahora dar razón de su título, nuevo acaso para algunos, y para otros oscuro. El alma debe considerar en las cosas que la deleitan la razón o causa del placer que siente; y entonces los progresos de este examen purifican y perfeccionan los del gusto. Hasta aquí la elocuencia se ha tratado, entre nosotros, por preceptos más que por principios; por definiciones más que por ejemplos; y más por especulación que con sentimiento; o diciéndolo de otra manera: cuando muchachos tenemos elementos clásicos para trabajar la memoria, y después ninguna luz para guiar el talento cuando hombres.
A este último fin, una retórica filosófica, que es decir la que diere la razón de sus proposiciones, analizase los ejemplos, combinase el origen de las ideas con el de los afectos; en una palabra, que ejercitase el entendimiento y corazón de los lectores es, sin duda, la más necesaria y la única que nos falta.
Yo conozco que el título de este libro no puede llenar un hueco tan grande; pero entre tanto suplirá la parte más común y usual, hasta que otro, en quien concurran luces más extensas, perfeccione la obra general con mejor pulso y felicidad que yo he desempeñado la mía.
Una obra de la naturaleza que propongo arredraría a muchos de los que ahora sin vocación genial emprenden lo que es superior a su capacidad, sin duda, porque ignoran el poder de sus fuerzas hasta haberlas comparado con las de los gigantes. Pues así como todo el mundo presume entender de política y de probidad, porque entre nosotros no se enseña en las aulas, del mismo modo todos creen poseer la elocuencia, porque se enseña mal. En efecto, algunos hombres dotados de facilidad, fuego y copia natural para dominar a muchos, en quienes las frías lecciones de la clase habían extinguido el talento, han creído que ser locuaz era lo mismo que ser elocuente. Tal vez esta opinión vulgar ha nacido del capricho y puerilidad de muchas reglas y ejercicios clásicos, que a ciertos escritores han hecho desconocer el sentimiento puro, el gusto simple y natural, sofocándolo con una infinidad de gustos fantásticos, hijos de las falsas impresiones que dejan las cosas cuando se contemplan desde el punto de vista que les quita su buen efecto.
Con esto no intento graduar de inútil el estudio del arte, sí sólo concluir que, mientras éste no prometa más luz y otro fruto, lean los que quieran admirar el ingenio los excelentes escritos y no leyes mal fundadas. ¿Qué preceptos pueden ser preferibles a la meditación de los insignes modelos? Éstos, como dice un ilustre literato, siempre iluminan cuando aquellos muchas veces dañan; además, los preceptos de ordinario se olvidan y sólo quedan los ejemplos. Así los que han pretendido que la elocuencia era toda hija del arte o no eran elocuentes o fueron muy ingratos con la naturaleza; porque el corazón humano ha sido el primer libro que se estudió para moverle y cautivarle, y los grandes maestros fueron el segundo.
Algunos han dicho que el gusto en la elocuencia era de opinión y que la belleza en esta arte, como en todos los de ingenio, era arbitraria, era local. Yo creo que la razón y el corazón del hombre, así como su interés, siempre han sido los mismos: la diversidad de los climas puede alterar o graduar la sensibilidad física, determinar cierto género de vida y las costumbres que de ella nacen; pero sólo la educación pública, o por mejor decir la forma del gobierno, puede variar o depravar los sentimientos morales y hasta la idea de la hermosura real.
Aun entonces no será variable la elocuencia sino el estilo, por razón de los juicios diferentes que de las cosas se forman los hombres modificados por estas circunstancias, ya de costumbres, ya de clima o legislación. La elocuencia es una y los estilos muchos; y quien reflexione sobre el de los orientales verá que es tan contrario a la naturaleza como la misma esclavitud que los degrada. El hombre libre es sencillo, claro y conciso; y hasta en el salvaje reluce lo sublime con lo natural.
La elocuencia puede variar en las calidades secundarias que siguen el genio de las naciones y hasta el carácter de los individuos, mas no en sus principios fundamentales que son del gusto íntimo del hombre, como son: verdad, naturalidad, claridad, precisión, facilidad, decencia, etc.
Todas las naciones han tenido sus pintores, mas sólo los de la antigua Grecia siguieron la naturaleza y, si es posible, la perfeccionaron haciéndola bella. De la armonía de las proporciones compusieron la hermosura constante del arte, aunque sin poder uniformar los pinceles; porque tanto los artistas como los escritores, aun de un mismo pueblo, siempre se han diferenciado en el estilo que, hablando con propiedad, no es más que la expresión del genio o carácter de los autores, que cada uno deja estampado en sus producciones: así leemos lo dulce o lo duro de uno, o lo rápido o lo templado de otro, lo vehemente o lo patético de éste, lo enérgico o lo grave de aquel. En fin, los vemos a todos elocuentes sin parecerse unos u otros. Si Rafael pinta la Transfiguración, Miguel Ángel representa el Juicio: cada uno pinta su genio y ambos son grandes y sublimes.
Cuando considero la elocuencia con otro respecto, veo que no es para muchachos; pues como suponga un caudal de ideas grandes, el conocimiento del hombre moral y una razón ejercitada, tres cosas de que carece y es incapaz su corta edad, no estimo por racional el método común de anticipar la retórica al estudio de la filosofía. A este inconveniente han añadido los retóricos el de escribir en latín: y acaso es esta otra de las causas del poco o ningún fruto de sus libros. ¿Pues qué atractivo puede tener para los muchachos, que quieren explicarse a poca costa, el estudio de la elocuencia en una lengua muerta que no entienden o entienden mal? Además, cuando todas las circunstancias difíciles de reunir concurriesen para formar un latino elocuente, éste lo sería del mismo modo en su propio idioma. Por lo común se observa que los que blasonan de excelentes latinos son fríos, oscuros o insípidos cuando escriben en romance.
El método más útil y prudente sería que los jóvenes retóricos cultivasen y ennobleciesen con elocuentes composiciones su lengua patria, ésta que hoy la nación ha consagrado a la santidad del púlpito y gravedad del foro. Imitemos a los romanos: estos se dedicaron a escribir exclusivamente en su propia lengua; y entre ellos sólo un pedante compuso en la griega, sin embargo de tener ventajas conocidas para poseerla con más facilidad y perfección que nosotros la latina. La armonía, riqueza y majestad de nuestra lengua la hacen digna de emplearse en todos los asuntos que puedan hacer honor a las letras y a la patria.
Con respecto a la utilidad común y a dilatar el distrito de nuestra propia lengua, sale esta obrita en castellano. Pero espero que, en el siglo decimoctavo y en un libro que trata la elocución oratoria por un término nuevo y con principios más luminosos de los que se solían leer en nuestras obras, me disimularán los anticuarios alguna vez la frase y también la nomenclatura desconocida en el siglo de los Olivas y los Guevaras[1].
El lenguaje del tiempo de Isabel, en Londres, y de Carlos IX[2], en París, dista mucho del que hoy, en el Parlamento de Gran Bretaña y en los Templos de Francia, mueve, enternece e inflama los ánimos. Sólo entre nosotros hay hombres, panegiristas de los muertos para despreciar cobardes a los vivos cuyo gusto rancio halla, en muchos libros viejos y carcomidos, enérgico lo que sólo era claro, correcto lo que sólo era puro, preciso lo sucinto, sencillo lo bajo, numeroso lo difuso, fluido lo lánguido, natural lo desaliñado, sublime lo enfático, y propio lo que hoy es anticuado.
Es menester distinguir los tiempos, las costumbres, el gusto, el estado de la literatura y la calidad de los escritores. Todas las lenguas han seguido este progreso y de estas vicisitudes han sacado la variedad, y de ella su riqueza; pues si aun la sintaxis se altera cada cien años para acomodarse al gusto, ¿qué será el estilo? El autor que no quiere pasar por ridículo debe adoptar el de su siglo. En éste vemos que toda Europa ha uniformado el suyo; y aunque cada nación tiene su idioma, traje y costumbres locales, los progresos de la sociabilidad han hecho comunes las mismas ideas en la esfera de las buenas letras, el mismo gusto y, por consiguiente, un mismo modo de expresarse. Únicamente los turcos, que viven solos en Europa, conservan el lenguaje de su fiero Osmán[3] en testimonio de su barbarie, y la disciplina de Selim[4] para descrédito de sus armas. En fin, como yo no escribo para gramáticos y fríos puristas sino para hombres que sepan sentir y pensar, siempre que estos me entiendan y aquellos me muerdan, mi libro no será un trabajo perdido.
Cuando esta obra no enseñe completamente la oratoria, a lo menos indica por el análisis de los ejemplos que propone el verdadero carácter de los trozos elocuentes. Cuando no enseñe a componer un discurso perfecto y entero en la invención de sus lugares y disposición de sus partes, acostumbrará, con la luz de muchas observaciones y principios naturales sobre el gusto y sentimiento, a discernir los efectos de la sólida elocuencia.
Si todos los hombres no tienen necesidad, aptitud o proporción de ser oradores, tienen muchos de ellos, en las diferentes posiciones de la fortuna y estados diversos de la vida civil, ocasiones de acreditar con el imperio de la palabra su mérito, su puesto, su poder o su talento. Así no creo que ni al que se destina a persuadir a los demás ni al que le conviene ser persuadido no les aproveche siempre conocer el arte con que en todos tiempos y países se ha obrado este prodigio: ya en boca del profeta que amenaza o del sacerdote que edifica, del triunfador que aterra o del esclavo que enseña sufriendo; ya del magistrado que defiende las leyes o del caudillo que alienta sus tropas; del héroe que excita a ser grande o del sabio, en fin, que enseña a ser hombre.
Hasta aquí ha sido moda o fórmula bibliográfica de modestia decir los autores en los prólogos mil males de sus obras; mas yo que he visto que ni ellos ni sus libros nada han ganado con esta depresión anticipada, pocas veces sincera y siempre voluntaria; yo que sé que ningún escritor se puede hacer querer del público, si primero no se muere, abandono mis yerros y hasta las erratas al examen y censura de aquellos que por su pereza, timidez o incapacidad tienen más ejercitado el talento odioso y pequeño de tachar las cosas malas que el de producir por sí las buenas.
En una obra que trata del gusto en la elocución oratoria, he procurado quitar de la vista del lector toda la aridez y uniformidad de las retóricas, la mayor parte hasta hoy escritas para niños; a más de esto, las imágenes de que está revestida son de bulto, a fin de deleitar la atención y amenizar en lo posible lo didáctico. Los ejemplos me parecen escogidos en la fuerza de la expresión, elevación de los pensamientos y grandeza e importancia de los asuntos. En fin, los he buscado casi todos de un estilo vehemente, elevado o patético, porque la expresión fría, templada o tranquila no me parece la de los grandes movimientos que han hecho siempre victoriosa a la elocuencia.
Tal vez se echarán [de] menos algunos tropos que más pertenecen a la gramática que a la retórica y ciertas figuras, como la sinonimia y la paranomasia, muy socorridas, la primera para las cabezas estériles de cosas, y la segunda para los versificadores. Últimamente, como se trata aquí de un arte de ingenio y no de memoria, en las definiciones hay poco latín y menos griego, y en las materias muchos principios y pocas divisiones; porque dejo las etimologías a la ciencia de los filólogos y la clasificación sistemática al método de los botánicos.
Después de perfeccionada la facultad de comunicarse las ideas, los hombres cultivaron la de infundirse entre sí sus pasiones. Este ejercicio en la institución de las democracias produjo y acreditó el talento oratorio de cuyos maravillosos ejemplos se vino a formar un arte sublime que, escuchado como oráculo en las deliberaciones públicas, fue árbitro de la paz y de la guerra, terror y azote de la tiranía y, al fin, arma fatal de los tiranos.
De aquí tomó su origen e imperio la elocuencia que, destinada para hablar al corazón como la lógica al entendimiento, llegó en la antigüedad a imponer silencio a la razón humana. Así los prodigios que ha obrado, muchas veces, en boca de un ciudadano cautivando un pueblo entero forman acaso el testimonio más brillante de la superioridad de un hombre sobre otro.
La elocuencia nació en las repúblicas porque allí fue necesario persuadir a unos hombres que no se dejaban mandar: allí se conservó siempre estimada, porque en aquella forma de gobierno era el camino de las dignidades y de las riquezas. Éste fue el móvil para que en aquellos estados populares se honrase no sólo la elocuencia sino todas las demás profesiones propias para formar oradores, como la política, la jurisprudencia, la moral, la poética y la filosofía.
Entonces se vio que, para ser insigne orador, no sólo era menester criarse con aquel concurso de circunstancias necesarias para formar un hombre grande, mas también en tiempos y países donde se pudiese impunemente corregir el vicio, inspirar la virtud y predicar la verdad. En efecto, si Roma y Atenas tan fecundas en ilustres oradores en un tiempo fueron tan estériles en otro, fue porque la elocuencia siguió allí como en todas partes la fortuna de la libertad.
La elocuencia, que nació antes que la retórica así como las lenguas se formaron antes que la gramática, no es otra cosa, hablando con propiedad, que el talento de imprimir con fuerza y calor en el alma del oyente los afectos que tienen agitada la nuestra. Este sublime talento nace de una sensibilidad rara de todo lo que es grande y verdadero; pues la misma disposición del alma, que nos hace susceptibles de una moción viva y profunda, basta para hacernos comunicar su imagen a los oyentes; luego parece que no hay arte para ser elocuente, una vez que no la hay para sentir.
Los maestros insignes han destinado sus reglas más para evitar los defectos que para producir primores; porque sólo la naturaleza cría los hombres de ingenio, así como forma en las entrañas de la tierra brutos e informes los metales preciosos; el arte hace en el ingenio lo que en estos metales: los limpia y depura. Si la fuerza de la elocuencia dependiese directamente del artificio, no veríamos que lo sublime se traduce siempre, y casi nunca el estilo; pues el trozo verdaderamente elocuente es el que conserva su carácter pasando de una lengua a otra.
Vemos que la naturaleza hace elocuentes a los hombres en los grandes intereses y en las pasiones fuertes: dos puntos que son la fuente de los discursos sublimes y verdaderos; por esto casi todas las personas hablan bien en la hora de morir. El que se conmueve ve las cosas con otros ojos que los demás hombres: para él todo es objeto de rápidas comparaciones y de brillantes metáforas, y, casi sin advertirlo, transmite a los oyentes una parte de su entusiasmo. En fin, la experiencia diaria nos hace confesar que hasta los hombres vulgares se explican con figuras y que no hay cosa más natural y común que estas translaciones llamadas tropos. Así en cualquier lengua el corazón arde, el furor se enciende, los ojos centellean, el amor embriaga, etc.
Esta misma naturaleza es la que inspira algunas veces expresiones vivas y animadas cuando una vehemente pasión, un peligro inminente llamarían al instante el auxilio de la imaginación. Enrique IV de Borbón para alentar a sus tropas en la batalla de Ivry[5], así les dice con su ejemplo: Compañeros, vosotros corréis mi fortuna, y yo la vuestra. Cuando perdáis las banderas, seguid mi penacho blanco que siempre lo hallaréis en el camino del honor y de la gloria.
Diremos, pues, que los rasgos en que brilla la verdadera elocuencia son hijos del sentimiento; que no han nacido de los preceptos fríos, antes por ellos se formaron las reglas, porque en todas las cosas la naturaleza fue siempre madre y modelo del arte. ¿Pero no se ha dicho que los poetas nacen y los oradores se hacen? Sí, es verdad cuando el orador ha necesitado estudiar las leyes, las inclinaciones de los jueces y el gusto de su tiempo. Si en las artes como la elocuencia se pudiesen prescribir reglas tan ciertas y fijas que de su observancia debiesen necesariamente salir discursos perfectos, entonces la elocuencia no dependería del ingenio; antes bien, se haría un gran orador como se hace un gran aritmético.
El que quiera a un tiempo instruir, mover y deleitar ¿qué conocimiento no es menester que tenga del corazón humano, de su propio idioma y del espíritu del siglo? ¿Qué gusto para presentar siempre sus ideas con un aspecto agradable? ¿Qué estudio para disponerlas de modo que hagan la más viva impresión en el alma del oyente? ¿Qué delicadeza para distinguir las situaciones que deben tratarse con alguna extensión de las que, para ser sensibles, les basta ser manifestadas? ¿Qué arte, en fin, para hermanar siempre la variedad con el orden y la claridad?
El hombre elocuente huye de la aridez del estilo didáctico; pues no basta que un pensamiento sea magnífico, profundo o interesante: debe ser felizmente expresado. La hermosura del estilo sólo consiste en la claridad y colorido de la expresión, y en el arte de exponer las ideas.
Pero hay gran diferencia entre un hombre elocuente y un hombre elegante. El primero se anuncia con una elocución viva y persuasiva, formada de expresiones valientes, enérgicas y brillantes sin dejar de ser exactas y naturales; el segundo, por una noble y pulida exposición del pensamiento, formada de expresiones castigadas, fluidas y gratas al oído. Aquel, cuyo fin es persuadir en el discurso, se vale de lo vehemente y sublime dedicándose sobre todo a la fuerza de los términos y al orden de las ideas; el hombre elegante, como aspira a deleitar, sólo busca la gracia de la elocución, esto es, la hermosura de las palabras y la colocación de la frase. En fin, la elegancia podrá formar facundos decidores; mas sólo la elocuencia hará oradores eminentes.
Un escritor puede ser diserto, esto es, puede hacer un discurso fácil, claro, puro, elegante y aun brillante, y no ser, con todo esto, elocuente por faltarle el fuego y la fuerza. El discurso elocuente es vivo, animado, vehemente y patético; quiero decir, mueve, eleva y domina el alma: así, suponiendo en un hombre facundo nervio en la expresión, elevación en los pensamientos y calor en los afectos, haremos un escritor elocuente.
El arte oratorio, como observa un hombre de gusto, consiste, más que en otra cosa, en el estudio reflexivo de los mejores modelos y en un ejercicio continuo de componer: ejercicio que hace fructificar el trabajo más que una ostentación de reglas, la mayor parte arbitrarias.
Dos cosas parece que concurren para formar un orador, la razón y el sentimiento: aquella debe convencer; éste, mover y persuadir. La elocuencia, al fin, estriba sobre estas dos disposiciones naturales, que son como las raíces del árbol. Pero los verdaderos oradores son muy pocos, porque son muy raros los hombres dotados de aquella penetración, extensión y exactitud de entendimiento necesarias para distinguir lo verdadero y hacerlo evidente; porque, en fin, son muy raras las almas delicadas que se dejen herir vivamente de los objetos de sus meditaciones y que puedan transmitir al corazón del oyente los sentimientos de que están penetradas.
Del modo de ver las cosas depende mucho la fuerza o debilidad de sentirlas y, por consiguiente, de expresarlas. Las ideas adquiridas por una reflexión lenta y fría en el retiro del estudio son menos vivas y fuertes que las que nacen del espectáculo del mundo. Sería, pues, un prodigio hallar un ciego de nacimiento elocuente.
Supuesto el talento acompañado de la luz, de la experiencia y nobleza de los sentimientos, es muy importante al orador escoger siempre dignos asuntos. Por eso algunos, si el asunto es vago e indefinido, hablan mucho y nada dicen; otros, si es árido y muy estrecho, se exilan agotando menudencias; otros, si es endeble y frívolo, se ven forzados a cubrirlo con el adorno de florecitas, que se marchitan en sus mismas manos. En una palabra, el genio de la elocuencia no se acomoda sino a objetos sublimes, o a lo menos interesantes para los hombres, y siempre desprecia la insípida verbosidad y la pompa vana de las palabras.
Para ser elocuente a un ingenio elevado le bastan objetos grandes; pues hasta Descartes y Newton, que no fueron oradores, son elocuentes cuando hablan de Dios, del tiempo, del espacio, del universo. En efecto, todo lo que nos eleva el alma o entendimiento es materia propia para la elocuencia, por el placer que sentimos de vernos grandes. También, y por la misma causa, lo que nos anonada a nuestros ojos es digno de la oratoria. ¿Pues qué cosa más capaz de elevarnos humillándonos que el contraste de nuestra pequeñez con la inmensidad de esta morada?
La verdadera
elocuencia necesita los socorros de todas las artes y ciencias. De la lógica saca el método de raciocinar; de la
geometría, el orden y
encadenamiento de las verdades; de la moral,
el conocimiento del corazón y de las pasiones del hombre; de la historia, el ejemplo y autoridad de los
varones insignes; de la jurisprudencia;
el oráculo de las leyes; de la poesía,
el calor de la expresión, el colorido de las imágenes y el encanto de la
armonía
A muchos escritores, por otra parte fecundos, les falta un fondo de sabiduría sin cuyo tino o no se piensa o se piensa mal. Otros sólo cuidan de decir cosas lindas sin advertir que lo esencial para hablar bien consiste en decir cosas buenas; porque para ser elocuente no basta hablar como orador, es menester pensar como filósofo. Digámoslo mejor: no basta al orador formarse sobre el gusto de los grandes modelos, si carece de aquella filosofía necesaria para caminar con firmeza, distinguir la verdad de su sombra y exponerla con acierto y dignidad.
Nada desluce más la gloria de la elocuencia que algunos discursos igualmente vacíos de ideas que de razón y exactitud: los unos tejidos de paralogismos brillantes que emboban la multitud y hacen reír a los sabios; los otros llenos de pensamientos triviales, de expresiones vulgares y de lugares comunes, ya gastados con el continuo uso.
Para poseer el mérito de la elocución y de las ideas es necesario unir como Platón el arte de escribir con el de pensar bien. Unión rara; pero que el mismo Horacio encarga cuando señala la sabiduría como la fuente de escribir bien. ¿El mismo Platón en su Gorgias no dice que el orador debe poseer la ciencia de los filósofos? ¿Aristóteles, después, no nos demuestra en su Retórica que la verdadera filosofía es la guía secreta en todas las artes?
Un orador dotado de este tacto filosófico, ahondando las verdades más comunes, sabe sacar de ellas nueva sustancia; y mezclándola con sus propios pensamientos produce verdades nuevas que expresa con fuerza, mas sin violencia; porque el que piensa naturalmente habla con facilidad. En fin, como hombre apasionado a la verdad se propone manifestarla a los que la ignoran y hacerla amable a los que la aborrecen. Pues de ordinario el que no tiene unas luces muy extensas y profundas, y una valiente fortaleza de entendimiento suele ser un ciego partidario de las preocupaciones o el débil eco de la opinión.
Este pulso filosófico, que dio a Salustio, Tácito y Lucano el temple fuerte de sus plumas, se forma de la profundidad de las ideas, de la elevación de los sentimientos y de la independencia de las preocupaciones de los hombres. Pero esta filosofía tiene dos bases: una fuerza de razón para profundizar hasta los principios de las cosas y levantarse a los conocimientos más perfectos de que el hombre es capaz; y una sabiduría de razón que, conteniéndola en los límites prescritos al entendimiento humano, le liberta de los errores causados por el orgullo y el amor fatal de la singularidad.
Del sentido del gusto, aquel don de discernir los alimentos, ha nacido la metáfora que por la palabra gusto expresa el sentimiento de lo hermoso y defectuoso en todas las artes. Éste es un discernimiento profundo que se anticipa a la reflexión, como el de la lengua. ¿Qué se necesita para cultivar y formar este gusto intelectual? El hábito, como para el gusto físico. Es menester, pues, ejercitarse en ver igualmente que en sentir y en juzgar de lo bello por la inspección, como de lo bueno por el sentimiento. Éste pide ejercicio y objetos de comparación; porque el que no haya visto otros templos que las Pagodas del Indostán y nunca San Pedro del Vaticano, ¿cómo podrá distinguir lo miserable de lo suntuoso, lo disforme de lo bello, lo monstruoso de lo regular?
Con el hábito y las reflexiones se llega a adquirir el gusto, esto es, el buen discernimiento, esta vista fina y delicada. Así un hábil pintor se arroba delante de un cuadro al ver a la primera ojeada mil gracias y primores que no perciben unos ojos vulgares; pero que podrán distinguir con la continuación de ver. Una vista exquisita es un sentimiento delicado por el cual se perciben cosas de que es imposible dar razón. ¿Cuántas hermosuras hay en un paisaje o en un discurso que sólo se deciden por el gusto, el cual se puede llamar microscopio del juicio pues hace visibles las más imperceptibles perfecciones?
En el escritor, como en el pintor, el buen gusto supone siempre un gran juicio, una larga experiencia, un alma noble y sensible, un entendimiento elevado y unos órganos delicados. Por esto saben distinguir los géneros y las situaciones: son patéticos, sublimes, majestuosos, graciosos como y cuando es menester.
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