La tragedia Ataúlfo de Montiano y el concordato de 1753 (1)“La tragedia Ataúlfo de Montiano y el concordato de 1753”, en Revista de Literatura, tomo LXIII, nº 125, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2001, págs. 117-128 José Juan Berbel Rodríguez Virginia y Ataúlfo: teatro leído/ teatro representado; repercusiones de ambas tragedias
Conviene señalar, antes de abordar el asunto más importante de este
trabajo, unas consideraciones previas en torno a las dos primeras
tragedias neoclásicas propiamente dichas, publicadas por don Agustín
de Montiano y Luyando, en 1750 y 1753 respectivamente, y precedidas de
sendos Discurso[s] sobre las tragedias españolas
(2). Más que nada porque la no representación escénica de
ambas tragedias ha sido objeto de interpretaciones políticas e
ideológicas, cuyo máximo ponente es René Andioc
(3), y según las cuales Virginia y Ataúlfo
no se llevaron a las tablas por "la presencia de ciertos elementos
tenidos difícilmente por compatibles con la autoridad del
gobierno", ya que se intuye la existencia de disidencias con la
línea política oficial del absolutismo borbónico durante el reinado
de Fernando VI que anticiparían lo que unos años después sería el
motín de Esquilache (esta presuposición vendría refrendada por el
hecho de que Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, protegido
de Montiano, estuvo realmente implicado en el levantamiento).
En otras palabras, más que de ideología política estamos ante una
cuestión de estrategia cultural. Del conservadurismo humanista del que
parten Luzán y Montiano, tal y como se deduce de las Memorias
literarias de París, se trataba de que a través de un buen rey y
unos buenos ministros se potenciara una élite intelectual y artística
--donde las "Academias" tienen mucho que ver-- encargada de
propagar por toda la nación, y en el ámbito estrictamente literario y
teatral, la restauración de la buena poesía y del buen gusto.
Esto implica necesariamente aferrarse al poder como instancia mediante
la cual impulsar la pretendida reforma y en 1750-1753 la coyuntura no
pasaba precisamente por disentir, sino más bien todo lo contrario, de
Carvajal y de Rávago.
Como puede apreciarse, a Montiano lo que le importaba por encima de
todo era el ser leído por compatriotas, también poetas, y que ellos
fueran los verdaderos artífices de la "ejecución" de su
"fatiga" y "desvelo" por escribir tragedias.
Ahora bien, hay diversas formas de teatro leído,
ciertamente la publicación en libro implica una lectura individual del
receptor, pero también son posibles lecturas públicas en sesiones
celebradas en pequeños círculos de lectores. Esto se hace evidente en
grado sumo cuando Virginia y el Discurso I fueron
leídos en el salón donde se reunía la Academia del Buen Gusto, con
toda probabilidad poco antes del 1 de octubre de 1750. Pues en la citada
fecha, José Antonio Porcel lee su Juicio lunático donde se
satiriza la tragedia y Luis José Velázquez el Examen de la
Virginia, tragedia española en que es analizada en términos
elogiosos; y quince días más tarde, el 16 de octubre de 1750, José
Villarroel leerá dos sonetos burlescos dedicados a Montiano.
Precisamente tanto las observaciones y comentarios de Porcel como de
Velázquez son instrumentos fundamentales en el comentario de Virginia,
al tratarse de testimonios directos del contexto que rodea la
publicación de esta tragedia.
José Villarroel (16 de octubre de 1750.):
Esto no hace sino confirmar la intención del autor, darse a conocer
en los minoritarios círculos de hombres selectos entre los cuales
sembraría la semilla del nuevo tipo de teatro y de tragicidad que él
propugnaba (5). También que Virginia
responde a una especie de reto entre académicos del Buen Gusto:
demostrar a Torrepalma (que el 1 de octubre de 1750 leía asimismo la Oración
del Presidente) y a Porcel que era posible el empeño de hacer
tragedias conforme las reglas de cuya concepción y esencia disentían
de Luzán y de Montiano (6).
Para ser justos conviene insistir en que las dos semillas de la
restauración del buen gusto en el teatro sembradas por
Montiano germinaron en los hombres doctos que se reunían por las noches
en su casa y tardaron poco más de diez años en dar fruto cuando
Moratín el Viejo, la prohibición de los autos sacramentales, el conde
Aranda y Olavide impulsaron el verdadero intento de proyección de la
tragedia neoclásica en España.
El concordato de 1753 y AtaúlfoReferente a Virginia no nos atrevemos a formular a
hipótesis sobre posibles connotaciones políticas, aparte del mensaje
de que todo soberano debe respetar la "ley" en tanto conjunto
de normas que regulan la paz social (Ley de las Doce Tablas en Roma) sin
dejarse arrastrar nunca por las "pasiones" (el decenviroApio
Claudio), porque ello supondría una "tiranía" contra la que
no había más remedio que sublevarse enérgicamente. 1. Basándonos en los datos proporcionados por investigadores como Guillermo Carnero, Froldi, Mestre, Aguilar Piñal, Alcaraz Gómez, Georges Demerson, etc. (13), se da por sentado que allá por 1752-1753, Luzán, Montiano y Velázquez (Nasarre murió en abril de 1751) eran "eruditos" filojesuitas muy bien relacionados, por no decir vinculados directamente, en el apoyo y protección de José de Carvajal y Lancáster (Presidente de la Real Academia y, enfrentado a su rival el marqués de la Ensenada, poderoso ministro de Estado hasta 1754 (14)), y vigilados estrechamente, a la par que amparados a pesar de la desconfianza que intuimos les provocaba, por Francisco Rávago (15), el influyente jesuita confesor del rey desde 1747 hasta 1755. Los escritos de Luzán remitidos a Carvajal y elaborados en torno al Plan de Academia de Ciencias y Artes, el Informe sobre Casas de Moneda y el realizado sobre unas cartas de Van Hoey, así como las Memorias literarias de París dedicadas a Rávago, serían datos inequívocos que confirmarían esta vinculación del grupo innovador de la Academia del Buen Gusto a la política del momento. 2. La llegada al trono de Fernando VI supuso un paso más en la política de centralización del Estado y de reformas. Es el intento de crear un nuevo tipo de administración y de burocracia. "Con el ascenso de Ensenada estamos ante la primera gran manifestación de una de las más profundas medidas del siglo XVIII: el paso del sistema polisinodal al de las Secretarías del Despacho [...]; para originar en seguida un conflicto social, el que opone a los miembros de antiguas familias a los llamados golillas; en dos palabras, a los que en el seno de la Administración han seguido el camino tradicional, que de las Universidades y las audiencias los lleva a altos cargos administrativos, y los que llegan a estos mismos cargos por los nuevos caminos de promoción burocrática y la cooptación a través de las Secretarías de Estado. Aunque la medida no es antinobiliaria, sino que busca una más eficaz administración centralizada, suscita la animadversión de la vieja nobleza [...] A través de estas luchas internas puede aparecer una modernización del Estado" (16). 3. En materia de política exterior (dejando al
margen la cuestión de la anglofilia de Carvajal frente a la francofilia
del marqués de la Ensenada) todos los historiadores coinciden en
señalar que el reinado de Fernando VI supuso una época de paz frente a
los conflictos existentes durante la etapa de Felipe V y los
antagonismos planteados por su rechazo al tratado de Utrecht y las
sucesivas campañas militares en Italia (17).
4. En el asunto de las relaciones con la santa sede estamos en la época en que el regalismo va cobrando cada vez mayor fuerza, al convertirse en política oficial de la monarquía española (el mismo Rávago (19) era, según los historiadores, un regalista moderado a pesar de pertenecer a la Compañía de Jesús). Además conviene recordar que, resumiendo los datos históricos existentes (20), los anteriores concordatos de 1717 y 1737 habían sido inútiles e insatisfactorios para todas las partes en litigio; así que, en principio, fue Carvajal el responsable oficial por parte del gobierno de las negociaciones por el nuevo concordato cuando Fernando VI decidió retomar la cuestión. En este sentido, apoyado por Rávago, promovió una Junta del Patronato, especie de comisión asesora que aglutinaba a historiadores, jurisconsultos y eruditos de gran valía: Mayans (21), Burriel, Pérez Bayer, Jover, Manuel Ventura Figueroa, el marqués de los Llanos y Ascensio Morales, entre otras figuras destacadas, participaron en dicha Junta. El caso es que conforme fueron avanzando las gestiones se hizo evidente la existencia de unas negociaciones paralelas y secretas a espaldas de Carvajal y del cardenal Portocarrero, embajador español en la Santa Sede. Y los grandes impulsores de estos secretos acuerdos fueron el marqués de la Ensenada, Rávago, el cardenal Valentí Gonzaga y Manuel Ventura Figueroa. Hasta tal punto que se cuenta la anécdota de que Carvajal cuando, ya consumado el concordato, recibió la felicitación de un "despistado" Ascensio Morales (miembro de la Junta del Patronato), el secretario de Estado respondió desengañado y de forma lacónica: "No he tenido parte en su logro". 5. El concordato de 11 de enero de 1753 suscitó un
clima de euforia y entusiasmo de aquellos regalistas extremos que
creían que "es más conquista ahuyentar los romanos de España que
la expulsión de los moros" (22)
(como llegó a decir Ensenada en una carta a Manuel Ventura Figueroa).
Incluso el Padre Isla realizó comentarios acerca de este fervor creado:
"aquí no se habla más que de concordato [....], hasta los
fanáticos están locos, y todos creen que sueñan; yo no lo soy, y
estoy borracho" (23).
Lo de "someter" la tragedia al "juicio del
público" ya lo abordamos en otra sección donde se enumeran
brevemente las causas que nos hacen pensar que Virginia y Ataúlfo
fueron concebidas como teatro leído mucho más que
representable en un espectáculo comercial (en el sentido de teatro
público), y en cuanto a los "lunares" difícilmente
perdonables para el absolutismo borbónico nuestra opinión es bien
distinta. Más que contra la política oficial de Fernando VI con la que
el autor se siente bastante identificado, Ataúlfo contiene
referencias tan molestas para los sectores reaccionarios opositores al
gobierno (en aquellos tiempos con apoyos relativamente sólidos), como
susceptibles de provocar repercusiones adversas en otros partidos de la
corte (¿el marqués de la Ensenada?, por ejemplo, enfrentado a Carvajal
en asuntos de las relaciones internacionales y que actuó a espaldas
suyas en las negociaciones del concordato). Porque puestos a realizar
hipótesis, Ataúlfo se compuso cuando el concordato aún no
estaba firmado y, por consiguiente, cabía la posibilidad de una marcha
atrás o una ruptura en las negociaciones. Esto explicaría buena parte
del mensaje latente en ella: el error de Ataúlfo al suspender la firma
del tratado con Roma a causa de los temores y dudas sembrados por las
calumnias de los "traidores" y, sobre todo, el detalle de que
la paz con Roma queda sin firmar, aunque se intuye que de ganar Valia la
batalla, así sucederá. En todo caso, Ataúlfo rezuma esos
instantes previos a la firma del tratado y un estado de ánimo propio de
la incertidumbre del momento. Nunca podremos saber a ciencia cierta lo que pensaba realmente Montiano en este asunto. Lo que sí presentimos es que --además de las razones puramente teatrales al tratarse de una tragedia "leída"-- no se atrevió a la posibilidad de representarla sobre los escenarios por prudencia, por temor a que gente demasiado poderosa se diera por aludida y se indignara contra la pluma del poeta-historiador. En todo caso, esa visión negativa de la política cortesana que intuimos en Ataúlfo evidenciaría algo que los historiadores señalan, casi unánimemente, la ruptura del equipo de gobierno formado por la tríada de Ensenada, Carvajal y Rávago. Y él, en virtud del cargo que ocupaba de "Secretario de la Cámara de Gracia, y Justicia, y Estado de Castilla", posiblemente estuviera al tanto de lo que acontecía en ese laberinto de las altas esferas de un Estado basado en los principios del absolutismo "ilustrado" y "racional" que pretendía ser la monarquía borbónica del siglo XVIII. NOTAS 1. El presente artículo es una síntesis de dos secciones que forman parte de la tesis doctoral "Teoría y práctica de la tragedia neoclásica (1737-1754): la Academia del Buen Gusto", leída en la Universidad de Almería (22 de febrero de 2000). 2. Discurso sobre las tragedias españolas. Virginia, Madrid, Imprenta del Mercurio, por Joseph de Orga, 1750. Discurso II sobre las tragedias españolas. Ataulpho, Madrid, Imprenta del Mercurio, por Joseph de Orga, 1753 3. Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia, 1987, 2ª ed., p. 387. 4. Rinaldo Froldi, "El último Luzán", en La época de Fernando VI, Oviedo, Cátedra Feijoo, 1981, pp. 353-366. La cita corresponde a la p. 365. 5. Debemos hacer constar la excepción que supuso el que Juan de Chindurza le enviase una Carta al Señor Don Agustín de Montiano. Escrita por Don Jaime Doms (Barcelona, Casa de la Imprenta, 1753) respondida convenientemente, también bajo la fórmula del seudónimo con un Examen de la Carta, que se supone escrita por Jaime Doms, contra el Discurso sobre las tragedias españolas. La ofrece Domingo Luis de Guevara (Madrid, Imprenta de la Música, 1753). 6. Cabría preguntarse si Luzán igualmente contestaría a este reto literario con la publicación al año siguiente de La razón contra la moda (leída casi con toda probabilidad en una sesión de la Academia del Buen Gusto) y en cuya Dedicatoria a la marquesa de Sarria responde a las afirmaciones de Torrepalma y de Porcel en torno a la universalidad de las reglas del poema dramático. 7. Véase Leopoldo Augusto de Cueto, "Bosquejo histórico-crítico de la poesía castellana en el siglo XVIII" en Poetas líricos del siglo XVIII, Madrid,1869, reed.Atlas, en B.A.E., XLI, Madrid, 1952, vol. I, p. CX. Emilio Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1897, p. 20, ratifica casi con idénticas palabras esta tertulia nocturna: "empezó D. Agustín de Montiano, la persona de más reputación literaria de entonces, a reunir por las noches algunos amigos en su casa. A esta tertulia que asistían D. Ignacio de Luzán, D. Ignacio de Hermosilla, D. Antonio Pisón, D. Luis José Velázquez, joven entonces a quien sonreía la fortuna; el célebre escultor gallego D. Felipe de Castro y D. Eugenio Llaguno y Amírola; también acudía D. Juan de Iriarte acompañado de sus sobrinos D. Bernardo y D. Domingo, muy jóvenes todavía. A estas reuniones asistirá más tarde la esposa de Montiano, Dª Josefa Manrique, camarista que había sido de la Reina Isabel de Farnesio, y su sobrina Dª Margarita". Para todas estas cuestiones, consúltese además con el libro de Mª Dolores Tortosa Linde, La Academia del Buen Gusto de Madrid (1749-1751), Universidad de Granada, 1988. 8. Velázquez introduce la nota 100 que reza así: "Memorias de Trevoux. Diciemb. 1750, art. 150." 9. Nota número 101: "P. Isla, en el prólogo al tomo 2 del Año Christiano, traducido del P. Croisset". 10. No hemos podido manejar dicha traducción, pero si nos atenemos a los datos de John A. Cook (Neo-Classic Drama in Spain. Theory and Practice, Connecticut, Greenwood Press Publishers, Westport, 1974, Reimpresión de la edición de 1959, p. 131), D'Hermilly tradujo las dos tragedias y los dos Discursos de Montiano. 11. Durante el verano de 1752, Montiano estaba embarcado, como mínimo en la redacción del segundo Discurso; recordamos ahora el dato de que el "supuesto" certificado del bautismo de Cervantes que Montiano incluye en el Discurso (p. 10, nota al pie de página nº 7) lleva fecha de 19 de junio de 1752. 12. Recordamos brevemente el argumento de esta tragedia: Ataúlfo, casado con Placidia, hermana del emperador romano Honorio, quiere firmar un tratado de paz con Roma; para lo cual está en Barcelona el embajador Constancio, antiguo prometido de Placidia. A pesar de la lealtad de Placidia y de Valia, los nobles levantiscos (Rosmunda, enamorada de Ataúlfo, y Sigerico, movido por la ambición y las falsas promesas amorosas de Rosmunda) consiguen, primero, retrasar unas horas la firma del tratado y, después, asesinar a manos de Vernulfo al rey godo. Finalmente, Vernulfo cae muerto, Sigerico huye, totalmente derrotado por las tropas de Valia, y Rosmunda se suicida arrojándose por un balcón. 13. Juzgamos innecesario repetir la reseña bibliográfica completa de estos y otros autores que ya han sido citados y comentados en muchas ocasiones en casi todos los manuales de historia literaria, artículos de revistas especializadas, etc. 14. Se da curiosa circunstancia de que los dos ministros rivales acabaron su mandato en el mismo año: uno, el marqués de la Ensenada, porque fue destituido y, otro, José de Carvajal, por su fallecimiento. 15. En cuanto a las relaciones de Rávago con la política y las instituciones culturales y religiosas (la Inquisición. la Biblioteca Real, la censura, los jesuitas y otras órdenes religiosas, etc.) así como con los académicos del Buen Gusto, remitimos al excelente libro de José Francisco Alcaraz Gómez, Jesuitas y reformismo. El Padre Francisco de Rávago (1747-1755), Valencia, Facultad de Teología San Vicente Ferrer, 1995 (Prólogo de Antonio Mestre). 16. Alberto Gil Novales, "El reinado de Fernando VI", en Historia de España (Tomo VII), dirigida por Manuel Tuñón de Lara, Barcelona, Labor, 1985 (2ª ed.), pp. 200-201. 17. En 1717 la escuadra española conquistó Cerdeña, y un año después, Sicilia; tras la intervención anglofrancesa debió retornar dichas posesiones (Tratado de La Haya, 1720). La difícil estancia del infante Carlos (III) en Nápoles; y posteriormente, en 1743, durante la guerra de Sucesión de Austria, España y Francia firmaron en Fontainebleau un segundo tratado de familia, en el que se reconocían los derechos del infante Felipe, hijo menor de Felipe V, al Milanesado y los ducados de Parma y Piacenza; pero la derrota de las tropas del infante en Parma (1746) le obligaron a abandonar Milán. 18. "El último Luzán", en La época de Fernando VI, op. cit., pp. 353-366. 19. M. B. Cava, "El montañés Francisco Rávago, confesor de Fernando VI. Algunas anotaciones sobre los prolegómenos del concordato de 1753", Altamira, 1974, II, pp. 55-91. 20. Para el concordato de 1753, remitimos además del viejo pero imprescindible análisis de R. Sánchez Lamadrid, El concordato de 1753 según los documentos originales de su negociación, Jerez de la Frontera, 1937, a Teófanes Egido, "El regalismo y las relaciones Iglesia-Estado en el siglo XVIII" , en Historia de la Iglesia en España, IV, Primera parte, cap. III, Madrid, BAC, 1979, pp. 125-249 (más concretamente la sección titulada "El concordato de 1753 y el cambio de sistema", pp. 177-188). 21. Como es sabido, una vez incluso aprobado el concordato, Mayans y Siscar, desde Oliva y con fecha 2 de junio de 1753, escribió unas Observaciones sobre el concordato del Santíssimo Padre Benedicto XIV i del Rei Cathólico Don Fernando VI. Las ofrece a la memoria de los españoles, i las dedica a su Rei i Señor, que Dios guarde. 22. Otra nueva coincidencia connotativa con Ataúlfo, el objetivo de los traidores era precisamente "ahuyentar los romanos". 23. Estas palabras de José Francisco de Isla son citadas por Teófanes Egido, op. cit. p. 187. 24. Podría pensarse, dado que Valia fue el verdadero sucesor de Ataúlfo, que Montiano estaría propugnando que Carvajal fuera un auténtico valido o privado. Nada más lejos de la realidad, Montiano, además de las razones de técnica teatral propiamente dicha, se guarda muy bien de presentar a Valia como el que será nuevo rey. En los cinco actos de Ataúlfo, Valia aparece siempre como un "príncipe godo", esto es, como un noble o persona con responsabilidad de gobierno que colabora estrecha y lealmente con el rey y la reina, defendiendo en todo momento y lugar la causa de la paz y de la nueva política basada en ideales de civilización y racionalidad. 25. Teatro y sociedad...., op. cit., p. 387. 26. Véase al respecto el artículo de Philip Deacon, "Vicente García de la Huerta y el círculo de Montiano: la amistad entre Huerta y Margarita Hickey", Revista de Estudios Extremeños, 44, 1988, pp.395-421. 27. Teófanes Egido, "El regalismo y las relaciones Iglesia-Estado en el siglo XVIII", op. cit., pp. 179-180.
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