Durante
los reinados de los Austrias, Castilla se ve sometida a un proceso de
empobrecimiento material y humano muy intenso, con la finalidad de
mantener las guerras de religión que los reyes desarrollaban en
Europa, así como para materializar la conquista del continente
Americano. En el interior, se desmantela la industria manufacturera
para primar los beneficios de la burguesía mercantilista
viviéndose años de miseria, de persecución
ideológica y religiosa y de pobreza intelectual,
pudiéndose los castellanos expresar libremente sólo a
través del arte y la literatura.
Tras la guerra de Sucesión, y la llegada de la dinastía
borbónica a Castilla, a principios del silo XVIII, comienza un
tímido resurgimiento económico y tecnológico
acompañando al Despotismo Ilustrado, proceso que se verá
truncado por las guerras napoleónicas y por las continuas
aventuras militares en que se embarca la monarquía. La llegada
de los Borbones a la corona, provoca además una
transformación del Estado que soporta Castilla, influenciados
por el espíritu centralista francés y por la necesidad de
obtener mayores recursos, se implanta en casi todos los territorios de
la monarquía un modelo de Estado unitario que implica el
comienzo de la "castellanización" de los otros pueblos
peninsulares y el comienzo propiamente dicho del "Estado
Español".
El siglo XVIII se caracteriza igualmente por la proliferación en
distintos territorios de la corona, de asociaciones que, bajo la
denominación de "Sociedades de Amigos de País", comienzan
a preocuparse por la necesidad de libertades y de un mayor progreso
humano, tecnológico y económico. Algunas de estas
sociedades presenten una fuerte afectación castellanista, y en
su seno comienza a gestarse la recuperación histórica del
episodio comunero y su posterior mitificación.
La esperanza liberal
Tras las guerras napoleónicas, el modelo del Despotismo
Ilustrado entre en crisis definitivamente, debatiéndose el
Estado español en una continua pugna entre absolutistas y
liberales, enfrentamiento que durará todo el siglo XIX y que en
Castilla adquirirá particular virulencia.
En la primera mitad del siglo XIX, el liberalismo castellano es
especialmente fuerte, tanto por su destacado papel en la lucha contra
el invasor francés, como por su implantación popular y su
destacada intervención en todos los procesos constituyentes.
Políticamente se articula a través de las denominadas
sociedades secretas, de fuerte componente democrático,
federalista y republicano y que unen a sus deseos de
transformación social un indudable contenido castellano,
recuperando la tradición comunera. Estos grupos ("Los Hijos de
Padilla", "Los Numantinos", "Los Comuneros",... ) fueron extremadamente
activos, contaron con integrantes tan importante como Riego, El
Empecinado o Espronceda y fueron perseguidos con saña por los
absolutistas, que los diezmaron en sucesivos procesos
contrarrevolucionarios.
Los restos de este movimiento liberal progresista, se transformaron en
la segunda mitad del siglo en el ala federalista del Partido
Demócrata Republicano, que a la caída de Isabel II, se
mostró con fuerza suficiente para extenderse por toda Castilla,
ganando numerosos procesos electorales y proclamando en el Pacto
Federal Castellano de 1869 la federación de los Estados de
Castilla La Vieja y Castilla La Nueva, que reunía en una misma
entidad política a las diecisiete provincias castellanas. El
federalismo castellano alcanzó su auge durante la I
República, pero el golpe militar de Pavía, la
restauración borbónica y la represión
consiguiente, acabó con todas sus expectativas.
Durante el siglo XIX, además, con la generalización de un
modelo educativo uniforme para todo el Estado, y debido a la necesidad
de justificación histórica que tiene el liberalismo
centralista, comienza generarse un sentimiento "nacionalista
español" entre sectores cada vez más crecientes de la
población peninsular.
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