La
Castilla de principios del siglo XVI es una nación
próspera, económica, demográfica y militarmente;
materializa la conquista del reino de Granada, la ocupación de
Canarias y de Navarra y una activa política colonial en
África y sobre todo en América. Se encuentra a la
vanguardia europea en cultura y avances tecnológicos, pero sufre
de una fuerte indefinición política, oscilando entre una
nobleza deseosa de revitalizar el modelo feudal del siglo XIV, una
monarquía tendente al absolutismo y unas ciudades envidiosas de
sus homónimas italianas, verdaderas repúblicas
independientes. Esta inestabilidad se agudizará con el
vacío de poder creado a la muerte de la reina Isabel y las
sucesivas regencias, hasta la llegada de su nieto Carlos, en 1519.
La Revolución comunera de 1520-22 es, en sus comienzos, un
movimiento claramente nacionalista protagonizado por la mayor parte de
los castellanos contra la pretensión imperial de Carlos V de
modificar las formas de gobierno del Reino, entregar los puestos
rectores de la administración a extranjeros, sacar los recursos
financieros de la corona y cambiar la orientación internacional
de Castilla. Algunos calificaron este movimiento como revuelta, otros
como revolución, otros como la primera revolución moderna
europea, antecesora de la francesa, por sus claros contenidos
liberales, democráticos, nacionalistas y su fuerte compromiso
social y decidido espíritu constitucionalista ... después
de la represión a la que se vieron sometidos los supervivientes
de la batalla de Villalar, los ecos de la rebelión comunera, a
lo largo de los siglos se han interpretado desde diversas posturas. Han
sido elegidos como representantes del pensamiento progresista por unos
y de lo más reaccionario por otros, decididamente, no ha dejado
indiferente a nadie.
El 29 de Julio de 1520 se constituye en Avila la Santa Junta del Reino
o gobierno revolucionario castellano. Se elige como presidente de la
Junta al toledano Pedro Laso de la Vega (hermano de Garcilaso de la
Vega) y a Juan de Padilla como jefe del ejército comunero,
formado con las milicias populares de las ciudades insurrectas. Otros
capitanes de las ciudades comuneras son: Juan Bravo (Segovia), Juan de
Zapata (Madrid), Antonio de Acuña, Obispo de Zamora y Francisco
de Maldonado (Salamanca).
El 23 de octubre de 1520 Don Carlos es coronado Emperador y el 31 de
octubre, contando con el apoyo de la nobleza, que veía peligrar
sus privilegios, el cardenal Adriano de Utrecht declara la guerra a la
Junta rebelde. El ejercito imperial toma, tras encarnizados combates,
la ciudad de Tordesillas, escapando la Junta hacia Valladolid,
encabezados por Pedro Lasso y Pedro Girón; Padilla vuelve a
Toledo, el Obispo Acuña vuelve a la Tierra de Campos, donde pone
en pie un ejercito campesino que asalta fortalezas señoriales.
Acuña marcha a la meseta sur para organizar las tropas comuneras
que combaten al prior de San Juan y al Duque del Infantado, aunque no
logra impedir que el 12 de abril de 1521 las tropas del prior de San
Juan arrasen la ciudad comunera de Mora, dando muerte a más de
3.000 ancianos, mujeres y niños. Padilla, por su parte, al mando
de las tropas comuneras de la meseta norte, asalta la fortaleza
imperial de Torrelobatón, al norte de Valladolid, que cae tras
tres días de penoso asedio el 25 de febrero de 1521.
En la madrugada del 23 de Abril, el ejercito comunero sale de
Torrelobatón tratando de alcanzar la seguridad que ofrecen las
murallas de Toro; los imperiales salen en su busca, dándoles
alcance en las cercanías de Villalar. La infantería
comunera, bajo una fuerte lluvia y sin la protección de la
artillería, es dispersada por la caballería de los
nobles, que vencen también sin dificultad a la escasa
caballería de los comuneros. Las bajas imperiales son
ridículas, los comuneros pierden entre quinientos y mil hombres,
mientras que otros seis mil son hechos prisioneros. El 24 de Abril, sin
proceso alguno, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado son
decapitados en la plaza de Villalar. En menos de un mes, todas las
ciudades de Castilla la Vieja (Segovia, Salamanca, León, Zamora,
Toro, Avila, Valladolid, Medina) se rinden ante las tropas de don
Carlos. Sólo Madrid, Murcia y Toledo continúan desafiando
el poder imperial.
A primeros de Junio de 1521, tras un breve asedio del alcázar
donde se refugiaban los comuneros madrileños, Madrid cae en
poder de los imperiales. Sus principales caudillos son decapitados.
Murcia, que desde el principio de la revolución mantuvo las
posturas socialmente más radicales, resistió un fuerte
sitio hasta ser tomada por las tropas imperiales que luego
acabarían con la revuelta agermanada del Reino de Valencia.
Toledo, liderada por María de Pacheco, viuda de Padilla, es
sitiado; el 1 de septiembre Toledo comienza a sufrir el bombardeo de la
artillería real. El 25 de octubre de 1521, la desfallecida
ciudad de Toledo se rinde a condición de que se respete la vida
de María de Pacheco y demás comuneros implicados en la
Comunidad.
El 9 de enero de 1522, gracias al apoyo del emperador Carlos V, el
cardenal Adriano es nombrado Papa bajo el nombre de Adriano VI. Al
llegar las noticias a Toledo se organizan celebraciones de
júbilo por parte del cabildo catedralicio. En una
procesión el 2 de febrero se provoca a varios antiguos
comuneros, algunos de los cuales son apresados; vuelve la revuelta a la
ciudad y María de Pacheco con sus fieles toma el alcázar
y libera a los comuneros presos; el día 3 de febrero de 1522
vuelven a entrar los imperiales en Toledo y sofocan definitivamente la
nueva rebelión comunera. María de Pacheco logra escapar
con su hijo hacia Portugal, donde morirá en el exilio diez
años después, a los cuarenta de edad, sin renunciar a los
postulados comuneros.
Durante todo el año de 1521 y 1522 se practica en toda Castilla
una represión feroz contra los comuneros; miles de comuneros
anónimos son ejecutados y en los señoríos todos
aquellos implicados en revueltas antiseñoriales son perseguidos
con saña. Especial importancia tiene la ira del emperador contra
los principales cabecillas militares, políticos o
ideológicos de la rebelión: a los ya mencionados Juan de
Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, ejecutados en Villalar, se
unen Pedro Maldonado, ajusticiado en Simancas; los hermanos
Guzmán, en León; el licenciado Urrez, líder de los
comuneros burgaleses, en Palencia; el conde de Salvatierra, ejecutado
en la plaza mayor de Burgos, tras seis meses de tormentos; Juan de
Zapata en Madrid; el pellejero Villoria en Salamanca; el obispo
Acuña, colgado en Simancas; y la práctica totalidad de
los procuradores presentes en la Santa Junta y los frailes franciscanos
y dominicos que elaboraron la mayor parte de los documentos
ideológicos del movimiento comunero. Son confiscados los bienes
de aquellos cuya participación en el movimiento comunero fuese
probada, y las ciudades que apoyaron activamente la revuelta son
sometidas al pago de enormes sumas como reparaciones de guerra, lo que
en la práctica supuso la ruina de las actividades industriales
de Medina, Segovia, Béjar, ... en beneficio de la
burguesía mercantilista de Burgos y Bilbao, más
interesada en exportar la lana a Flandes a través de los puertos
cantábricos que en desarrollar una industria textil en Castilla.
Las Cortes perderán su carácter decisorio,
convirtiéndose en un órgano consultivo que apenas se
reunirá y la Inquisición y la Contrarreforma
sustituirán a la libertad de pensamiento, las doctrinas
erasmistas y el humanismo renacentista que inspiraban el ideario
comunero.
Así pues, los comuneros pretendieron instaurar en Castilla un
régimen representativo, un gobierno de clases medias, un
gobierno ciudadano y burgués, pero esto en un país y en
un tiempo en el que la burguesía era relativamente débil
y además profundamente dividida entre sí, por lo cual
tuvieron que aliarse con los sectores más desfavorecidos de la
sociedad: los campesinos sujetos a vasallaje, incitando una
revolución social en el campo castellano. Fue una
revolución moderna, pero prematura, cuyo fracaso supuso la
pérdida de un proyecto autónomo para Castilla, la falta
de libertad para su pueblo y el atraso económico para su tejido
productivo.
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