El incierto origen de las barras
La
violenta actitud de Barutell estaba motivada en una nueva visión de la
historia, limpia de leyendas y fantasías, aunque él tampoco se libró de
interpretar parcialmente el origen del símbolo. Sin embargo, en su denuncia
contra la «patraña» de Wifredo sí estuvo acertado al usar pruebas concretas:
«El escritor más
antiguo de los Condes de Barcelona, el Monge de Ripoll, en el año 1194(...)sin
embargo de referirse muy circunstancialmente todas las cosas pertenecientes a
Wifredo el Velloso, parte verdaderas, parte fabulosas, no habla una sola palabra
que indique la supuesta gracia de las armas(...) el Monge de Ripoll refirió muy
al por menor cuanto creyó había sucedido a nuestro Conde; la ocasión de
relatarlo no podía ser más oportuna; era glorioso al Conde y a toda la
provincia; era digno de ocupar un lugar en la historia, y muy adecuado al genio
del historiador, amigo de novelas semejantes. Montaner y Desclot tampoco dieron
el menor indicio de escudo blasonado de los Reyes, cuya historia escribieron ¿Qué
causa obligaría a estos historiadores a omitir un hecho que hacía tanto honor
a su patria? ¿Qué es lo que pudo contenerles? no veo otro motivo que el
ignorarlo, y el no haber tenido siquiera noticia de semejante suceso» (80)
Los humanistas de
principios del siglo XVI gustaban de entretejer realidad y fábula. No olvidemos
que los conceptos de rigor y consistencia, fuera de los ámbitos religiosos,
eran inapreciados y frecuentemente se apelaba con voz de autoridad a la «razonable
tradición». Así, el enlace de Petronila de Aragón y Ramón Berenguer de
Barcelona ha sido utilizado, según la creencia, como argumento de una donación
de barras a la heráldica aragonesa por acuerdo del rey de Aragón con el conde
de Barcelona; acuerdo que nunca existió.
Fueron escritores del
siglo XVI los que iniciaron el equívoco. Veamos el ejemplo de un influyente
intelectual de la época, Lucio Marineo Sículo, con actividad destacada en el
primer tercio del citado siglo (m. 1533). Ejerció durante doce años la
docencia en la Universidad de Salamanca y su obra, en castellano y latín, es
fuente de noticias políticas y culturales; su «Crónica de Aragón», describe
supuestas condiciones heráldicas acordadas en el enlace de Petronila y Ramón
Berenguer:
«...que el nombre de
Aragón f'uesse puesto delante del de Barcelona...que en las batallas fuesse alférez
y llevasse la vandera a hombre de Aragón(...)que los capacetes y armadura
fuessen con insignias de Aragón(...)cruz blanca en campo azul; la sobre ropa,
el escudo, y las cubiertas del caballo de colorado y amarillo que son las armas
del condado de Barcelona. Dio assi mesmo luego el Conde Don Ramón sus insignias
a los grandes pueblos de Aragón que se las demandaron; y también las Armas de
San Jorge que eran del Principado de Barcelona (sic) dioles assi mesmo las
cuatro cabezas de moros y en medio una cruz colorada en cuya virtud avia vencido
a los moros y muertos sus reyes. Cuando se caso con doña Petronila tomó por
fuerza d'armas a Tortosa, Fraga, Miqueça y Miravete, muertos los reyes dellos;
cuyas cabezas juntamente con la señal de la cruz figuran en el escudo» (81)
Efectivamente es un
texto confuso. Marineo denomina de dos maneras las posesiones del conde de
Barcelona: condado, atribuyéndole armas amarillas y rojas; y Principado, con la
heráldica de San Jorge. No es necesario subrayar que es un testimonio sin valor
por varios motivos: estar escrito siglos después de lo narrado, por no citar la
fuente utilizada; por el anacronismo de los hechos (como hablar de capacetes heráldicos
en la primera mitad del siglo XII): y, sobre todo, por la poca fiabilidad de sus
escritos, Analicemos, por ejemplo, su versión de la coronación de Pedro II en
Roma en ] 204:
«fue a Roma para ser coronado rey y assi lo fue por manos de Inocencio III (...) le concedió que él y los sucesores d'el llevasen delante del papa la vandera de la Iglesia con las armas de Aragón que son de colores amarilla y colorada» (82)
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(80) Id., p. 209
(81) Marineo Sículo, Lucio: Cronica
d'Aragon. Barcelona 1974. T.3, Fol.XXV
(82) lbídem, fol. XXVII.
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