El incierto origen de las barras
Barras
Cathalanas en el escudo de Aragón, no tuviessen principio hasta que las publicó
assi el Rey Don Alonso Segundo, hijo de Don Ramón Berenguer y de Doña
Petronila: Esto no tiene nada de violento(...) aunque la de Mariana dice se
introduxeron por los años 1154» (69)
Por tanto, como hijo de Petronila, era un rey de
Aragón el que utilizó la heráldica barrada; esto hace pensar que siempre hubo
historiadores conscientes de la errónea atribución catalana; pero, por
ignorados motivos no polemizaron. Antonio de Moya, autor de la cita, quizá le
resultaba peligroso enfrentarse al influyente Xavier de Garma. No obstante, se
puede apreciar entre líneas la incomodidad de soportar la voluntaria y
consciente «confusión»:
«...enamorado
D. Víctor Balaguer como poeta de tan bella tradición, después de referirla en
su Historia de Cataluña (2ª edición, T.1,p.377) y de transcribir con
imparcialidad cuanto se ha dicho en pro y en contra, añade por su cuenta -Y
pues en la indecisión y en la ignorancia nos dejan los doctos, buena es la
leyenda a falta de otro origen más legítimo, que al menos en ella encierra un
buen ejemplo de sana doctrina con que enseñar al pueblo a ser noble, leal y
bravo» (70)
Víctor Balaguer,
como historiador, no podía admitir la insustancial atribución de las barras a
Cataluña; pero Balaguer era catalán, hecho que desequilibraba la balanza y le
hacía aceptar la fábula. De ahí su decisión de transmitirla «como ejemplo
de sana doctrina», actitud parcial derivada del chauvinismo decimonónico. Si
Ludovico Pío fue emperador del año 814 al 840 y Carlos el Calvo del 843 al
877; justo al año siguiente comenzó su mandato condal Vifredo el Velloso,
hasta el 897; no era difícil llegar a la siguiente conclusión:
«...la
hermosa leyenda de Wifredo el Velloso no se sostiene en nada serio que no sea su
anacrónica belleza. Carlos el Calvo -que habría trazado con sus dedos, las
barras en un escudo- ni siquiera fue contemporáneo de Wifredo. Sin contar con
que en el siglo IX, no se estilaban los blasones» (71)
Los historiadores catalanes no desistieron en su
intento de lograr para Cataluña la propiedad del símbolo y, aunque en realidad
carecían de pruebas convincentes, nos encontramos con opiniones favorables a su
tesis, incluso en el siglo XVII. Las barras son calificadas como armas de Aragón
moderno o dc Cataluña antigua; intentemos, pues, averiguar en qué «antigüedad»
uso Cataluña las barras antes que Aragón, o su rey. El escritor Sanz y
Barutell decía:
«... refiriendo después la modificación
introducida el año 996 por el Conde Raimundo Borrel en memoria del patrocinio
de San Jorge durante el asedio que tenía puesto a su capital (Barcelona)
ocupada por los sarracenos, Desde entonces los Condes, sus sucesores,
cuartelaron con la cruz de gules de San Jorge el primitivo escudo, compuesto de
los cuatro bastones del mismo color» (72)
Es decir, los Condes
tuvieron desde el año 996 las armas heráldicas cuarteladas de cruces y barras;
estas últimas sólo hubieran permanecido (de ser cierta la leyenda de Wifredo)
del año 843 al 996. Sanz y Barutell tiene razón en un punto: sí eran éstas
las armas catalanas, pero su teoría no pasaba de ser un anhelo carente del mínimo
apoyo documental. En el año 996, ni existían catalanes, ni en la defensa de
Barcelona estuvo Borrell al frente, sino cl desgraciado vizconde Udalardus,
preso de los sarracenos. Sí alguna bandera se enarboló, acción poco probable
en una situación de desbandada, sería la cruz o algún símbolo dcl poder
archiepiscopal de Narbona, de cuya silla seguían dependiendo los condados.
A pesar de conocerse desde el siglo XVIII que los blasones de dinastías no comenzaron a surgir hasta fines del XI, encontramos una literatura ansiosa de símbolos con longevidad acusada, alcanzando cotas de lirismo patriótico que rozan la comicidad. En 1853 se publica una obra ensalzadora de la historia catalana plagada de glorias y autoalabanzas como: «más valía
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(69)
Moya, Antonio de: Rasgo Heroyco, declaración de empresas, armas y
blasones. Madrid, l756, p. 33
(70)
Fernández Duro, Cesáreo: Tradiciones infundadas. Madrid, l888. p. 27
(71)
Fatas, Guillermo: op. cit., p. 19
(72)
Fernández Duro. C.: op. cit., p. 27
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