El incierto origen de las barras
«significado por la
cruz svástica y el mito solar de Hércules, que debió dar a los iberos unas
preferencias por el color rojo del astro rey».
Los
lirismos propios de los años áureos del nacionalsocialismo, con las
victoriosas tropas alemanas en Hendaya, incluían alabanzas a la «svástica
aria», los «rojos toros de Gerión y la sangre roja del dragó milenario».
Posiblemente, no generaría mucha ilusión a los falangistas esta apología del
rojo; pero el libro recoge interesantes datos sobre las franjas purpúreas de
los antiguos romanos que, aunque no las relaciona con la Iglesia, conviene
reproducirlas:
«Tulo
Hostilio, después que venció a los toscanos o estrucos, adoptó el laticlavo u
orla roja (Plinio IX, 39). Asimismo usaron los magistrados romanos los vestidos,
copiándolos del pueblo toscano (Tito Livio XVII. Floro.l.5.Salustio: Catón,5l
: Dión Casio III.63. Estrabón lib.5.). Usaron, como distintivo, la túnica
laticlavia los senadores romanos y los caballeros u orden ecuestre, distinguiéndose
aquellos de estos, en que la franja de púrpura que, a manera de cinta, en el
borde exterior de las túnicas, l1evahan unos y otros, era más ancha la de los
senadores que la de los caballeros; y e! emperador Augusto amplió el uso del
latoclavo, a los hijos de los senadores al tomar el traje viril» (66)
Resumiendo:
aunque existen discrepancias cronológicas entre autores, es evidente el valor
emblemático de nobleza que tenía la franja roja y el «conopeum». Estos símbolos
de antiguos poderes imperiales fueron asimilados por la naciente estructura de
la pujante Iglesia, como sugieren las fuentes paleocristianas y bizantinas. En
cl comienzo del segundo milenio, las armas eclesiásticas generarán, a su vez,
otras heráldicas de estados europeos.
De
todos es sabido el litigio sobre la primera propiedad de las barras en nuestra
península; por un lado está Aragón, y enfrentada a él, Cataluña. Como en
toda pugna que desborda límites históricos y culturales, se han utilizado
argumentos dudosos: leyendas tomadas como relatos históricos, documentación
tardía como si fuera contemporánea; y, como veremos, alteraciones ciertamente
punibles.
Está
generalizada la creencia de que las barras fueron marcas dejadas por los dedos
ensangrentados de un emperador carolingio sobre el escudo de Wifredo el Velloso;
historia que ilustres heraldistas desde el siglo XVIII coincidieron en calificar
de bella, pero falsa. En 1642, D. José de Pellicer ya arremetió contra
semejante relato; asimismo, el valenciano Beuter mencionaba al emperador
Ludovico Pio (814-840) en lugar de Carlos el Calvo; en el «Libre de feyts
d'armes de Catalunya» (ed. del año 1934) narrado por el catalán Bernat Boades
incluía el episodio, siendo Carlos el Calvo el donante; pero resulta que:
«...
el repetido libro atribuido a Boades, que ha pasado mucho tiempo como auténtico,
es, como se ha demostrado recientemente, una falsificación perptrada entre l673
y 1675, por el rnencionado Roig y Jolpi, persona avezada a este linaje de
supercherías» (67)
Otra
prueba contundente sobre lo tardío de esta leyenda, y que evidencia su
nacimiento posterior al , siglo XIV, es el prólogo a los sermones de San
Bernardo -dedicado al Infante que fue luego el rey Martín el Humano-, y que
redactó fray Juan de Monzón. Allí se decía que:
«...barras
son las de la cruz de Cristo que los reyes de Aragón tomaron como divisa para
poder decir, como San Pablo, que llevaban en su cuerpo la señal de los maderos
de aquella cruz» (68)
Esta
afirmación no se hubiera hecho de ser conocida y admitida la leyenda de los «dedos
sangrientos». En los primeros siglos de la heráldica siempre se atribuye la
propiedad de las barras a los reyes de Aragón, salvo algún dudoso documento.
No obstante, la creencia en la fábula de Wifredo el Velloso fue afianzándose
en los escritos manieristas y barrocos. Veamos un razonamiento ya tardío, en
l756:
«..Francisco Xavier de Garma quiere que las
![]()
(66) Puelles, Antonio María de: Símbolos
nacionales de España. Cádiz, 1941, p. 21
(67) Almela y Vives, Francisco: El
escudo de Valencia. Valencia, 1956, p. 20
(68) Ibídem, p. 22
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