En el año 1074 es
proclamado papa Gregorio VII, siendo su pontificado una constante pugna por
implantar la idea de predominio universal. Su teoría (Dictatus Papae de 1075),
se podría condensar en estos puntos:
a)Sólo el
Papa tiene facultad para deponer a los Emperadores.
b)Sólo el
Pontífice romano es, con justicia, llamado universal.
c)Sólo al
Papa corresponde el uso de las insignias imperiales.
d)El Papa
puede dispensar de la obligación de fidelidad a los súbditos de príncipes
injustos. (4)
Los apartados a, b,
y d no producen la extrañeza del c. Pero, tengamos en cuenta que estas
directrices no sólo caracterizaron el papado de Gregorio VII; de hecho, durante
los siglos XI al XV, los pontífices no desistieron en su intento de abarcar el
mayor poderío, incluido el político. Otras dos potencias le disputaban al papa
el dominio: el Imperio de Oriente y los emperadores germánicos. Los bizantinos
tenían su propio enemigo en turcos y árabes, y el definitivo cisma religioso
acentuó más la orientalización del mundo griego medieval. El verdadero rival
era el emperador alemán que, cada cierto tiempo, recorría la península
italiana y ocasionaba más de un disgusto al ocupante de la Cátedra de San
Pedro.
Esta rivalidad por
someter ciudades y territorios al vasallaje papal o imperial se reflejó en la
heráldica. En mayor o menor grado, los gobernantes - incluido el emperador -
tuvieron bien claro que si al derecho logrado por herencia o fuerza de las
armas, se sumaba el beneplácito celestial, aumentaría la sumisión de los
gobernados; ésta fue una de las motivaciones para incorporar cruces e imágenes
religiosas en banderas y adargas. También la fe, que en los siglos del románico
inundaba las mentes europeas, tuvo su influencia en la elección de santos
protectores como San Jorge, en quien se unían las cualidades de guerrero y mártir.
Pero,
regresando al tema ¿a qué «insignias imperiales» se refería Gregorio VII?
Concretamente a las que perduraron como reliquias del poder de antiguos
imperios, y en especial del romano. No era nada anormal; prácticamente, la
totalidad del contenido iconológico de la Iglesia romana asentaba sus raíces
en el mundo pagano antiguo: los ángeles, en las victorias aladas romanas; los
diablos, en los seres maléficos mesopotámicos como Pazuzu, el mortífero
viento abrasador del desierto.
En una pintura de
Mateo di Giovanni (5) podemos analizar cuáles eran algunas de las «insignias»
en litigio entre Papado e Imperio. El tema del fresco es la entrada en Roma de
Gregorio XI; el Papa había regresado definitivamente a la sede romana desde Aviñón,
accediendo a las reiteradas instancias de Santa Catalina de Siena. La fecha de
entrada fue el 18 de enero de 1377 aunque, previamente, había «tomado a sueldo
a una compañía de bretones para encerrar entre murallas a las tropas de los
tiranos de Italia» (6). El desfile es suntuoso y el pontífice, sobre un
caballo blanco, imparte la bendición al pueblo romano. La pintura también
muestra a unos religiosos portando el palio en que están bordadas las armas heráldicas
de la Iglesia: el águila, la columna coronada, la mitra o tiara y las barras
rojas y amarillas.
(4) Vecchia, Pietro; DELLA CHIESA MILITANTE E
TRIONFANTE. Roma, 1683, p.123.
(5) Montanelli, L: La
Italia del año mil. Barcelona 1968, p.177.
(6) Parrilla, M.: Soberanía
temporal de los Papas. Ciudad Real, 1885, p.384.